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mayo 23, 2024

Cesare Pavese: Poesía juvenil

Prólogo     


Joven Pavese con anteojos
Cesare Pavese tenía para sí que “escribir es lindo porque reúne dos alegrías a la vez: hablar solo y hablarle a muchos otros”. Dispersos en cartas remitidas a distintos corresponsales, en hojas sueltas, en cuadernos manuscritos y aún en la eventual prolijidad que entonces aportaba una máquina de escribir mecánica (aunque tales transcripciones han llegado a nosotros con tachaduras y correcciones ológrafas marginales) acumuló una obra que había conocido lectores de manera fragmentaria y accidentada. En un libro que la editorial Einaudi dio a la publicidad en el presente siglo se incluyeron por primera vez en un solo volumen (y como parte de la obra poética completa) la suma de estos poemas. Bajo la forma expresa del verso regular (sonetos, cuartetas rimadas), construidos a través de acumulación de imágenes que hacen recordar los procedimientos de cierto famoso poeta con residencia permanente en Camden, Nueva Jersey (iteraciones, anáforas, epanalepsis, repetición incluso de versos enteros), entre la manifiesta tensión del poeta decadente y el cultor de los clásicos (Dante, Petrarca, Leopardi), se prefiguran los temas que el autor luego desarrollaría, con denodada profundidad en su primer libro: el verano aventurado, las colinas, las mujeres de cuño (la búsqueda frenética de ellas), la vida en las ciudades (la música que las glosa), lo que se recuerda como testigo (o como sospechoso), el arte y el amor (u otras palabras fáciles de escribir, aleves y baratas).
En vida del autor sólo se publicó un volumen de su poesía: Trabajar cansa; Italo Calvino, su camarada y albacea, publicaría, bajo un título impuesto por él mismo, el postrer volumen Vendrá la muerte y tendrá tus ojos; años después organizaría ambos libros (más poemas colectados de los escritos privados del autor), bajo el nombre de Poemas éditos e inéditos; los que componen “Poesía juvenil (1923-1930)” no conocían, hasta la fecha, traducciones en nuestra lengua. El poeta Jorge Aulicino presenta al desocupado lector, versiones que articulan un mito, una forma de la verdad que no requiere demostración porque se impone por sí misma: no es algo que pueda hallarse entre las dos tapas de un libro (y eso también implica lo que alguien quiso saber en Turín o en Buenos Aires y que ya no volvería a ver ni en esas ciudades ni en la vida). 
                                                                                                                               El Editor 




¿Por qué si se me cae la cabeza
inconsciente en los papeles gozando,
casi sin darme cuenta, aquel sopor,
de pronto me levanto reiniciando
el esfuerzo, me tenso para luego
cerrar los ojos y caer de nuevo?

[agosto de 1924]




Ninguna viña tiene ya racimo
y corren rojizas por las colinas,
el aire es fresco y el verde lejano.
Oscurece: camino pensativo,
sin una idea que ilumine el alma,
pisando en el barro hojas arrugadas.

[septiembre de 1924]


Oh, ¿cuándo volveré a encontrar una idea
para alzarme y amar otra vez la vida?
¿cuándo volverá a arder en el corazón
esta llama que ahora se está apagando?
¡Oh! si toda esa gloria que yo he soñado
debe terminar en esta oscuridad
¿por qué la pregusté y he sobrevivido?

[noviembre de 1924]


Para una actriz de cine muy joven, extranjera, lejana



Te vi un día por unos instantes
y sé que nunca más podré verte.
Tú pasaste ligero delante,
alzando tu rostro lleno de dulzura,
envuelto en cabello evanescente,
lejana, tal vez incluso diferente.
Tal vez vendiste esa risa a otros,
tal vez aún la vendas, pero la sonrisa
tu sonrisa dolorosa, nunca
podré olvidarla. Sé que el tiempo
borrará la amargura de mi alma
y que nunca más te veré en mi vida,
pero soñar contigo es dulce todavía.

[20 de diciembre de 1924]




En la gran noche sólo el silencio rompe
el chirriar ronco y trémulo de los grillos.
Me envuelve la oscuridad de los árboles,
azul brilla la luna en el cielo pálido
que sobre los cerros y sobre los bosques
proyecta su luz como un ligero velo.
Ah, quién sabe qué ilumina más allá,
sobre las cumbres y más: donde los claros
se abren solitarios entre los cultivos.
[6 de julio de 1925]



Me consume el alma perdidamente
el deseo de una mujer viva,
espíritu y carne, para estrecharla
sin freno y agitarla, entrelazado
mi cuerpo con su cuerpo tembloroso,
pero luego, en los días más serenos,
quedarme junto a ella suavemente, sin
ningún pensamiento carnal, mirando
su dulce rostro de muchacha, ingenuo, 
como envuelto en dolor,
y oír su voz ligera
hablarme despacio, como en un sueño...

[24 de octubre de 1925] 


Andando triste por las avenidas,
atormentado siempre por el terror
de que desaparezcan ante los ojos
las creaciones largamente deseadas
y que se debiliten dentro del alma
el ardor, la esperanza, todo… todo…
Y quedarse así sin un amor,
una grandeza; vulgar, pequeño,
condenado a la tristeza diaria,
al incesante pensar que infinitos
hombres ya sufrieron esto que yo sufro
y murieron oscuramente, sin alzarse
en una luz de la gloria, desesperados.
En mi dolor no me queda entonces nada,
¡ni siquiera el orgullo de sentirme solo!

[14 de noviembre de 1925]


Esta noche, por un momento,
en el escenario abierto
bailaste para mí.

Entre escenas de pobre papel,
bajo las luces falsas,
en el estruendo de las notas y en la respiración
de la multitud encorvada,
sucedió por un momento
una pausa muy larga,
un escalofrío de pureza extática,
y tocaste el piso de
un cielo de aurora.

Fuiste para mí, un momento,
la ráfaga de música
que desde una puerta abierta
se lanza en torbellino
a la calle nocturna.

Por sólo un momento,
en una luz espléndida,
luego volviste a ti desnuda.

[15 de junio de 1928]


Un solo, de saxofón—

Atronadora en la avenida
de pronto la orquesta se apaga.
Sobre la orquesta en sordina,
canta desplegado un saxofón ronco.

Hasta que la multitud se detiene.
Las casas indiferentes
cuelgan del cielo alrededor.

Vibra la voz bárbara.

Entonces mi vida
se hizo añicos en el suelo como un cristal.
El cansancio que antes la aplastaba
desapareció en el vórtice del sonido.
El alma inútil permanece.
Y las notas se aferran agudas
al aire, retorciéndose.

Es mi propia voz
la que resuena esta noche.
En el alma perdida
canta alto, altísimo, la soledad
un canto borracho de vida.
El cansancio huyó,
no vivo ni un momento más que el grito
modulado, exultante.
Toda mi alma
se estremece y tiembla y se abandona
en el ronco saxofón.

Es una mujer a merced
de un amante, una hoja
en el viento, un milagro,
una música también eso.

Rápido, demasiado rápido, el instante.

La voz sobrehumana,
bárbara de dulzura solitaria,
que al levantarme la cabeza,
como un amigo, enloqueció de alegría,
desapareció en el torbellino del ruido.
Por todos lados los sonidos vuelven a estallar,
brotan de las luces.

Vuelvo a caminar solo
y casi me abandono.
Desde el cielo cuelgan las casas enormes.
Y los transeúntes me miran, con ojos
como ventanas vacías.

[26 de mayo-5 de junio de 1929]


De: "Poesía juvenil 1923/1930" Edición bilingüe, Barnacle, 2024
Traducción: Jorge Aulicino

CESARE PAVESE (1908, Santo Stefano Belbo / 1950, Turín, Italia)
Estudió en Turín y se graduó con una tesis sobre Walt Whitman. Durante la década de 1920 leyó a los principales autores norteamericanos y comenzó a traducirlos. Entre 1935 y 1936, debido a sus vinculaciones con los militantes del grupo “Justicia y Libertad”, fue detenido, juzgado y recluido en Brancaleone Calabro. En 1934, de regreso a Turín, comenzó a colaborar con la editorial Einaudi en la creación de la revista “La Cultura”, que dirigió a partir del tercer número. Entre 1945 y 1946 dirigió la oficina romana de la misma editorial.
Desempeñó un papel clave en la transición de la cultura italiana de la década de 1930 a la nueva cultura democrática de la posguerra. Después de la Liberación, se unió al Partido Comunista. Durante esos años de intenso trabajo publicó sus obras más exitosas. Fue encontrado muerto, por una sobredosis de somníferos, el 27 de agosto de 1950.
Algunos de sus libros son: “Feria de agosto”, “El compañero”, “Diálogos con Leucó”, “La casa en la colina”, “La luna y las fogatas”, “El oficio de vivir”, “El hermoso verano”, “Entre mujeres solas” y “Trabajar cansa”.

Otros poemas de CESARE PAVESE

JORGE AULICINO (1949, Ciudad de Buenos Aires, Argentina) Comenzó su trabajo periodístico en semanarios de izquierda. Se desempeñó luego en agencias, revistas y diarios, incluido “Clarín”, donde dirigió la “Revista Cultural Ñ”. Se incorporó en los años setenta al precursor taller literario de Mario Jorge de Lellis. A medida que publicaba sus libros de poesía, tradujo a Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Eugenio Montale, Luciano Erba, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta, entre otros numerosos autores italianos. 
En los años de la recuperación de la democracia, integró el Consejo de Dirección de “Diario de Poesía”. En 2012 reunió sus libros de poemas en Estación Finlandia. Ocho años después publicaría de nuevo su obra poética reunida, corregida y aumentada. 
En 2015 apareció su primera versión de la Divina Comedia. Ese año recibió el Premio Nacional de Poesía.
Publicó dos libros de ensayos: en 2021 Poesía y política y, al año siguiente, breves trabajos sobre la Divina Comedia, bajo el título El amor que no perdona. Su colección de poemas más reciente —con el sello de esta editorial— es El capital-La lírica.

mayo 18, 2024

Dora Pentimalli: Los años poblados

Poeta Dora Pentimalli apoya su cabeza sobre una mano. Viste un saco tejido color blanco. Se destaca su pelo rojizo


A morte é a curva da strada, 
morrer é só não ser visto. 
F. Pessoa


HAY una flor que se entrega a la luna 
y no pide permiso para morir.

Esa luna que hoy es una herida 
una boca de lobo extraviada, 
sonrisa horizontal
que nos descubre 
hermanas en la sombra.

¡Yo me quedo en la luna! Exclamé 
pero el coche ya estaba en otra curva. 



UN sueño alumbrado 
enloquece de quietud 
en esta noche.

Tras la puerta entreabierta 
la luz se estremece
calla, y no sabe
si podrá amanecer.
 


CON la tormenta
los álamos se mecían alborotados 
             (restos de animales putrefactos
                         bosque y mar
                             espigones se perdían en el agua)
Había risas y palabras 
impronunciables. 



BRUMA, atardecer de un día agitado.
TE DIGO:
Es más fácil comprender la semántica de los lemures
que el sentido de tus aspiraciones.
Luego callo
consciente de haberte herido
y fijo 
un horizonte inexistente.

A Mario Trejo, in memoriam


LA aguja penetra por tu bien
       (blandura de los orificios
                mi cuerpo como un mar microscópico)
Entre basurales y viñedos 
especies organismos órganos 
más o menos bien logrados.

Lo abierto del alma 
no tiene cura. 



                     Y es siempre un volver 
al taladro inmóvil
a la pregunta sobre el dintel 
como un aviso
de alarma calefaccionada.


             Y es siempre un volver 
al punto ciego donde cayeron 
todos los nombres
como piedritas alentadoras.


             Y es siempre un volver
                        Y es siempre un volver 
a la tela de araña
al botón bien cosido.

Anclarse aunque duela.
             Y es siempre un volver. 



EN la creciente quietud del fuselaje 
buscan restos de vida
como deslizándose
             (hierro oxidado) 
liman presagios.

Aperturas íntimas en este abandono 
donde el ruido tiene el peso del espanto.
Chispazos de besos congelados 
sin saberlo, percibo
el jadeo que precede la caída. 


De: "Los años poblados", Barnacle, 2024




DORA PENTIMALLI
nació en Barcelona en 1968. De padres argentinos y origen italiano, estudió en la universidad La Sapienza de Roma, donde se graduó en Letras. Desde 1994 reside en Buenos Aires. Ha ejercido la docencia en distintos ámbitos. Ha realizado numerosos trabajos de traducción del italiano al español, en particular de documentales y guiones cinematográficos. Desde 1999 trabaja en el Instituto Italiano de Cultura. En 2011 obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados en Cultura y Sociedad otorgado por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín. Es autora de dos ensayos breves sobre la vanguardia española y ha publicado algunos de sus textos poéticos en revistas literarias.

Dora Pentimalli en "Los años poblados" escribe bajo la austera apelación de una premisa, de una hoja de ruta probable: los ojos están para mirar y para abrirlos ("Hay una flor que se entrega a la luna/ y no pide permiso para morir"). El volumen incluye poemas y textos en prosa (no glosan momentos dichosos mientras suceden, eso los estropearía y reduciría a mero recuerdo); el tan mentado problema de las condiciones vitales de la producción artística es abordado y resuelto con agudeza e ingenio: cada situación ofrece sus bienes y por añadidura, toda clase de riesgos y aventuras ("el aire nuevo que se te ofrece/ como una amapola"); porque siempre se pierde algo en las palabras pero una palabra (como quería un poeta exiliado y rante), o una ciudad, es un sitio muy grande y lejano y otra vez grande. Al leer estas páginas el desocupado lector podrá descubrir que el mundo se traslada de lugar y vuelve a ser nombrado con un solo nombre otra vez ("la precariedad arenosa y húmeda/ de un inminente surgimiento").                                                              
                                                                                                                                                       Daniel Freidemberg



mayo 14, 2024

Jorge Fondebrider y la tradición irlandesa

Hace ya muchos años que me dedico a leer y traducir literatura irlandesa porque considero que es una de las mejores que se escriben en Occidente. Me importa su profunda referencialidad, algo que forma parte de la tradición de Irlanda, país que visité muchas veces y donde tuve la suerte de tratar personalmente con muchos de sus escritores y escritoras. Con ellos aprendí sobre mi propia tradición y mi propia escritura. Por eso, me pone muy contento saber que algunos de los autores que traduje o cuya publicación impulsé encontraron lectores en el ámbito de la lengua castellana. Algunos, como Claire Keegan, despertaron mucho entusiasmo. De vez en cuando, los lectores locales me preguntan por qué los irlandeses escriben tan bien. No creo tener una única respuesta. Con todo, aventuro una posible: gracias a la conciencia de la lengua que impone su tradición, no confunden literatura con expresión; vale decir, al contar una historia o escribir un poema, saben que hay reglas, principios estructurales y no confunden esos elementos con la mera emoción. No escriben por escribir, sino que saben que tienen una responsabilidad. Es lo que aprenden leyendo fundamentalmente gran literatura tanto en la escuela como en la universidad o en forma privada.
De hecho, en Irlanda no hay talleres literarios y mucho menos gente que aconseje públicamente qué leer. Así, para mi sorpresa, cuando le pregunté a Claire Keegan -- que hizo una maestría en escritura creativa en la Universidad de Cardiff, en Gales-- cómo había aprendido a escribir, me dijo que, en realidad no fue haciendo ese máster, sino leyendo por su cuenta, con atención y criterio, a Anton Chejov y a John McGahern. Me dijo que no se concentraba en la historia en sí, sino en cómo estaba contada. Nada más lejos de la costumbre que se instaló en Argentina de buscar que alguien haga ese trabajo por nosotros en un taller de los muchos que proliferan desde hace cuatro décadas, o, desde hace menos, atendiendo el consejo de un booktuber.

NOTA: Ezra Pound recomendaba no seguir consejos literarios de nadie a quien no admiremos mucho.

mayo 11, 2024

Eduardo J. Espósito: Al frío refilón de los asombros

ACERCA DE LA SENSACIÓN ILUSORIA DE QUE EL TIEMPO SE DETIENE CUANDO TE ENAMORÁS A PRIMERA VISTA 



Un hombre decide
pasear por las cornisas
de una ciudad impiadosa
No es el hombre araña
Su condición de héroe 
ha caído en desuso
entre sus hijos
Es más bien
el regusto seco de la muerte
lo que lo acerca
al vuelo de la vida
Al frío refilón de los asombros

Una mujer parte
a una aventura similar
en el revés del edificio
No calza un batitraje nocturnal
pero es hora de mostrarles
que se puede
Es acaso la danza de la vida
con su doblez de náusea
lo que la acerca
al gusto dulce de la muerte
Un acre repudio
a todo tedio

Él: elegante sport
Ella: de mini
Se encuentran dos segundos
en el aire
Se gustan de una
Se desean
No alcanzan a tocarse
Mala suerte.


Eduardo Espósito con fondo de montañas
Otros poemas de EDUARDO J. ESPÓSITO, aquí
Imagen en NinfaEco

mayo 09, 2024

Poemas inéditos de Raquel Jaduszliwer

Raquel Jaduszliwer


ARTE POÉTICA     



No importa. Tus oraciones de la noche, temprano en la mañana siguiente 
habrán sido molidas. Allá estará el mortero. Allá estarán tus restos, 
molida la orla de tu anhelo, 
en fragmentos lo que balbuceabas en la oscuridad 
 -la mirada en lo alto, dirigida más allá de los techos, perforando la bóveda, 
alcanzando el caudal del que quisieras formar parte-. Después 
vendrá la tarde, habrás hecho bastante, te ganarás el día,
te ganarás tal vez mirar hacia el torrente sanguíneo del crepúsculo
y otra vez, por la noche, elevarás tus oraciones.



Te escribo con los ojos cerrados.
No ha comenzado aún la creación del mundo,
aún no es día primero. El recuerdo es anticipación,
se adelanta a los dioses demorados que después vendrán.
No hay aquí. No hay allá. Nada hay organizado aún,
antes del comienzo de algún día primero. Se diría tal vez
que son las vísperas.  Hay una rara calma.
Es como una rama que ya se quebró y que, sin embargo
respira todavía el aire fresco.
Como una bailarina en el vacío, así se está.



Finales de la noche. Iluminada en velas,
la ciudad sueña con un destino incierto. 
Desde alguna ventana se ve una luz pequeña. Desde otra
ha llegado una música. Quizás no sea de aquí,
tal vez viene de lejos, de alguna aldea perdida,
absorta en la memoria que yace bajo una piedra única
entre todas las piedras,
enterrada tal vez bajo la sombra profunda de los bosques
o las alas oscuras de algún pájaro -Los pájaros,
flechas envenenadas
cruzando en diagonal el cielo, veloces, como en ráfagas. 



Así ingresa el día, por el ojo que recibe la primera figura
a la que le abre su puerta. A esa primera línea,
a ese dibujo extraído de la noche en que estaba
el ojo se quedará prendado, se quedará prendido como el recién nacido
al pecho del maná. Ah las formas tempranas cuando todo está abierto.
La mañana promete: otro trazo, otro raso, la seda que envuelve de color
lo que antes no había. Porque todo era ausencia de luz y resumía
todas las ausencias de la que fuiste hecho, gorrión,
alto gorrión en vuelo, pájaro de esperanza.


Otros poemas de RAQUEL JADUSZLIWER, aquí
Extraído del prólogo de Todos los lugares se llamaban promesa (Ed. Ruinas Circulares, 2023. Premio Rubén Reches)

“…Este trabajo, el de Raquel, su esfuerzo, su capacidad de provocar sucesivas imágenes resplandecientes, está al servicio de una paradoja: un ocaso que mengua, es decir, que se enciende, que vuelve a encontrar la energía. Del color melancólico pasa al rojo para hacerse luminoso como aquel mediodía justo, preciso y clásico, y por eso mismo inabarcable, del poeta Valéry. Diría yo que lo que hace Raquel -más que decir- es un trabajo para transformar el adiós, las despedidas, los fines y las clausuras, el daño irremediable de la edad. Volver fugazmente comprensible lo que nos da fuerza: la sensación de que somos la parte pensante del universo inmortal. Nuestra palabra es el ángel de la guarda de esa presencia nuestra”.

                                                                                                                                            Jorge Aulicino

Extraído de la contratapa de Ángel de la enunciación (Ed Barnacle, 2020)

“…En un lenguaje poético demoledor, como una lengua-tiempo que enuncia en todas sus instancias, se tantea en cenizas y se recuenta todo cuanto ésta acumula: muebles, árboles, seres, espacio y tiempo, hasta articular la memoria recuperada del fuego. Así una voz desde el futuro revela el pasado de nuestro presente pues, si la enunciación es lo-que-ya-no-es, Raquel Jaduszliwer en este libro dice lo-que-deja-de-ser-y-otra-vez-sucede-al-ser-dicho.

“la voz; me guardaría la voz/ para plegaria y canto (…) / eterna como no lo será nada de lo que lamenta.” Y, porque Rilke ya dijo “Todo ángel es terrible”, también se nos muestra la medida absoluta de la belleza, su esplendor y su desolación.

                                                                                                                                         Jotaele Andrade 

Acerca de Ángel de la enunciación (Ed Barnacle, 2020):

“…El libro de Raquel Jaduszliwer es un recorrido por aquellas zonas y círculos secretos que recuperan la voz del ángel, el que sobrevive. El mensajero que alumbra y crea sombras. Pero también es una reflexión sobre cada una de las palabras que se dispone sobre el papel, sobre cada sentido que las cosas oscurecen y olvidan. Hay una historia detrás de cada poema que resguarda el valor de la memoria y del fragmento y que busca una palabra que pueda sorprender. Una historia que nos devuelven esos “animales fabulosos” que lejos de tener o ser una palabra nos invaden como señales de una poesía en lo deshabitado y en lo nuevo.

Ángel de la enunciación es un libro donde se recrean los mitos, las herencias en un teatro de sombras y en la sombra; que limita cada imagen con el sonido impreciso del mar y del murmullo. Un libro para imaginar durante la noche”.
                                                                                                                     Reseñado por Lucas Margarit

Extraído del prólogo de En el bosque (Ed. Modesto Rimba, 2018)

…Una voz es un paso de gracia entre palabras avanzando. La voz agita el follaje y sube como un tallo desde la luz diezmada hacia la luz implacable del desierto que comienza más allá del bosque. No hay amparo para la voz que emiten estos poemas escritos con la delicadeza de una ofrenda horadada por la ferocidad del mundo. Hay una línea que condensa en mi memoria de lectora el aroma de este libro: así será tu alba/ sombra creciente pequeña luz en los peligros del follaje.

                                                                                                                                    Dolores Etchecopar


mayo 07, 2024

Ruth Lasters

Distancia    




Precisaba un instrumento para medir la distancia entre mí misma 
y los demás, una pila de platos, por ejemplo, interpuesta entre alguna gente 
 
y yo, como una competencia por la torre de platos más torcida que pudiera mantenerse en pie. Con otros me limité a sostener 

ante mí la porcelana, como un prematuro donativo para una posible reconciliación futura. 
En tu caso reduje la pila a la mitad, formé dos desvencijados asientos en que 

nos sentamos a conversar acerca de un absurdo: de jóvenes, tener mucho en común con otros nos parecía una amenaza a la autenticidad, ya mayores

el temor es, sin embargo, que prescindibles nunca, casi, del todo… como un mugroso platito debajo del cuenco de leche

para los gatos.


RUTH LASTERS
(1979, Antwerpen, Bélgica)
Traducción: Micaele Van Muylem
Imagen en goedgezind.be

mayo 01, 2024

Un poema de Cristina Rivera Garza

Publico este poema porque representa algo de mis permanentes aspiraciones. Un modelo, un ejemplo.
Un poema simulacro de un instructivo: cómo convertir lo prosaico en estética. En diarios o cualquier otra edición, captamos información, conocimientos, opiniones. En este poema se convierten majestuosamente, en impura delectación.  

Despejar     

 

No es extraño que la libertad sea a veces una gran pared blanca. 

El blanco, como se sabe, no es la ausencia de color. 
 
A través del disco de Newton, un viejo ejercicio escolar, los niños aprenden que el blanco resulta de la rápida combinación de todos los colores. 

The woman brought two glasses of beer and two felt pads. She put the felt pads and the beer glass on the table and looked at the man and the girl. The girl was looking off at the line of hills. They were white in the sun and the country was brown and dry.

‘They look like white elephants,’ she said. 
’I’ ve never seen one,’ the man drank his beer. 
’No, you wouldn’t have.’ Todo eso en un famoso texto del escritor norteamericano Ernest Hemingway.

La aparente calidad de vacío del color blanco invita, por sí mismo, a soñar.

Las almohadas adoptan poco a poco la forma de una cabeza apocalíptica.
La niebla, a veces. La nube, que cae. El velo.
Es cierto que en el sueño todo ocurre por primera vez.

Alrededor del iris un paisaje invernal y, dentro del paisaje, un animal antediluviano y, sobre el paisaje, un falcón de plumas blanquísimas.

Prefiero, entre muchas, la palabra súbita.

La leve sonrisa en los labios es un signo de placer muy íntimo.

En el 2002, alguien publicó el artículo: From Yellow to Red to Black: Tantric Reading of «Blanco» by Octavio Paz, en el Bulletin of Latin American Research, 21: 4, 527-44.

La discreción suele ser una virtud.

En lo personal, me tienen sin cuidado las virtudes.

Frente al gran muro vacío, el cual es de color blanco, resulta fácil preguntarse: ¿Es cierto que si corro el velo desaparece el rostro? ¿Es esta la tela del invierno más largo? ¿Cómo cae sobre tu espalda la mano del amanecer?

El futuro es un trazo.
El futuro me mira con sus ojos alucinados.
El futuro sabe escuchar jazz.

De repente, de la nada, la palabra cañaveral.

«Blanco» es uno de los títulos de Trois Couleurs, la triología de Krzyzstof Kieslowski, de la cual prefiero en realidad «Azul».

En el momento del despertar, el mundo es justo como esa gran pared despejada.

Empequeñecida por el tamaño del muro, pronuncio en voz baja las palabras: la vida empieza aquí.

Nunca he entendido lo que es un adverbio de lugar.

Tengo la impresión de que el disco de Newton es un breve estado de gracia.

Todos los colores están, en efecto, aquí.


La imagen presenta a una persona de cabello hasta los hombros, de pie frente a un fondo de árboles altos en un bosque.
CRISTINA RIVERA GARZA
(1964, Matamoros, México)
Imagen en La Jornada