Mostrando las entradas con la etiqueta Fernando Pessoa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Fernando Pessoa. Mostrar todas las entradas

octubre 28, 2025

Fernando Pessoa / Álvaro de Campos

     

Tengo un pedazo de resfriado    




Tengo un pedazo de resfriado, 
y ya todo el mundo sabe que un pedazo de resfriado  
altera todo el sistema del universo, 
nos ponen a mal con la vida, 
haciendo estornudar a la metafísica incluso.  
He perdido el día de tanto sonarme. 
Me duele la cabeza indistintamente. 
¡Triste condición para un poeta menor! 
Hoy soy, de verdad, un poeta menor 
Antes fui sólo un deseo que se ha roto.

¡Adiós para siempre, reina de los cuentos! 
Tus alas eran de sol, pero yo voy tirando.
Hasta que no me eche en la cama no estaré bien,
como nunca estuve bien salvo cuando me echaba sobre el universo.

Excuse. du peu... ¡Qué pedazo de resfriado físico! 
Necesito verdades y aspirinas.


Tenho uma grande constipação,



Tenho uma grande constipação,
E toda a gente sabe como as grandes constipações
Alteram todo o sistema do universo,
Zangam-nos contra a vida,
E fazem espirrar até à metafísica.
Tenho o dia perdido cheio de me assoar.
Dói-me a cabeça indistintamente.
Triste condição para um poeta menor!
Hoje sou verdadeiramente um poeta menor.
O que fui outrora foi um desejo; partiu-se.

Adeus para sempre, rainha das fadas!
As tuas asas eram de sol, e eu cá vou andando.
Não estarei bem se não me deitar na cama.
Nunca estive bem senão deitando-me no universo.

Excusez un peu... Que grande constipação física!
Preciso de verdade e da aspirina.


Otros poemas de FERNANDO PESSOA, aquí

agosto 11, 2016

Fernando Pessoa




Poema en línea recta 







Aún no he conocido a nadie que hayan molido a palos. Todos mis conocidos han sido campeones de todo. 



Y yo, tantas veces despreciable, tantas veces inmundo, tantas veces vil, Yo, tantas veces innegablemente parásito,



Imperdonablemente sucio, 



Yo, que tantas veces no he tenido la paciencia de bañarme, Yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo, 



Yo, que he dado públicos traspiés en las alfombras de etiqueta, Que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante, 



Que he sufrido ofensas y he callado, 



Y que cuando no he callado todavía he sido más ridículo: 



Yo, que les he parecido risible a las camareras de hotel, Yo, que he advertido guiños entre los mozos de cuerda, 



Yo, que he hecho picardías financieras y he pedido prestado sin pagar, Yo, que a la hora del puñetazo lo he esquivado 



Agachándome hasta más debajo de donde era posible el puñetazo; Yo, que he padecido la angustia de las pequeñas cosas ridículas, Yo compruebo que en todas esas cosas no tengo par en el mundo. 



Todos los hombres que conozco y me dirigen la palabra Jamás han tenido un acto ridículo, jamás han sido ultrajados, 



Jamás han dejado de ser príncipes – todos ellos príncipes – de la vida... 



Ojalá pudiese oír la voz humana de alguien Que confesara no un pecado, sino una infamia, Que contara no una violencia, sino una cobardía. No, todos son el Ideal si les oigo y me hablan. 



Es tan vasto mundo, ¿no habrá quien confiese que ha sido vil alguna vez? ¡Oh príncipes, hermanos míos, 



ya estoy harto de los semidioses! 



¿Es que no hay seres humanos en el mundo? ¿Seré acaso el único ser vil y equivocado de la tierra? 



Podrán no haberles amado las mujeres, Podrán haberles traicionado – pero ridículos, ¡nunca! 



Y yo, que he sido ridículo sin que me hayan traicionado ¿cómo voy a hablar con esos superiores míos sin titubear? Yo, que he sido vil, literalmente vil, 



Vil en el sentido mezquino e infame de la vileza. 








Otros poemas de Fernando Pessoa, aquí


enero 24, 2012

Fernando Pessoa



XLIX



Me meto adentro, y cierro la ventana.
Traen el candelabro y dan las buenas noches.
Y mi voz contenta da las buenas noches.
Ojalá mi vida sea siempre esto:
el día lleno de sol, o suave de lluvia,
o tempestuoso como si se acabara el Mundo.
La tarde suave y las cuadrillas que pasan.
Miradas con interés desde la ventana,
la última ojeada amiga al sosiego de los árboles.
Y después, cerrada la ventana, el candelabro encendido,
sin leer nada, ni pensar en nada, ni dormir,
sentir la vida correr en mí como un río por su lecho.
Y allá fuera un gran silencio como un dios que duerme.




De: "Poemas", Compañía Fabril Editora, 1972
Traducción: Rodolfo Alonso
Enlaces: El poeta ocasional



julio 10, 2010

Fernando Pessoa

Fernando Pessoa


Tabaquería




No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quien es
(Y si supieran quién es, ¿Qué sabrían?)
Dais hacia el misterio de una calle cruzada constantemente por gente.
Hacia una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas debajo de las piedras y de los seres.
Con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
Con el destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.

Estoy vencido hoy, como si supiese la verdad.
Estoy lúcido hoy, como si estuviese por morir,
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
La hilera de carruajes de un convoy, y un silbato de partida
Dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al salir.

Estoy perplejo hoy, como quien pensó y hallo y olvidó.
Estoy dividido hoy entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
La enseñanza que me dieron,
Descendí de ella por la ventana de detrás de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí encontré sólo hierbas y árboles,
Y cuando había gente era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se conciben en sueño genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe?, ni uno,
Ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos pensativos con tantas certezas!
¿Yo, que no tengo ninguna certeza, soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas bohardillas y no-bohardillas del mundo

No hay a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas,
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,
Y hasta realizables,
Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de gente?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He apretado a un pecho hipotético más humanidades que Cristo.
He hecho filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la bohardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para eso;
Seré siempre sólo el que tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta,
Y cantó la canción del Infinito en un gallinero,

Y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derramemé la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me busca el cabello,
Y el resto que venga si viniere, o tuviera que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
Pero lo miramos y es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, pequeña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates.
Mira que las religiones todas no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y, al tirar el papel de plata, que es hoja de estaño,
Echo todo al suelo, como he echado la vida.)

Pero al menos queda la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico partido para lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos en el ademán ancho con que arrojo
La ropa sucia que soy, sin orden, para el decurso de las cosas,
Y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
Diosa griega, concebida como estatua que fuese viva
Patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
Princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
Marquesa del siglo dieciocho, escoltada y distante,
Cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
No sé qué moderno —no concibo bien qué—,
Todo eso, sea lo que fuera, que seas, ¡si puede inspirar qué inspire!
Mi corazón es un balde vaciado.
Como los que invocan espíritus me invoco
A mí mismo y no encuentro nada.
Llego a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo los paseos, veo los carros que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como un condena a la deportación,
Y todo esto es extraño, como todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca vivieses ni estudiases ni amases ni creyeses
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan la cola
Y que es cola para acá del lagarto revolviéndose.
Hice de mí lo que no supe,
Y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que vestí era equivocado.
Me tomaron luego por quien no era y no desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la tiré y me ví en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba ebrio, y no sabía vestir el disfraz que no había tirado.
Acosté fuera a la mascara y dormí en el guardarropas
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
Quién me diera encontrarte como algo que yo hiciese,
Y no quedase siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Calcando a los pies la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete en que un ebrio tropieza
O una espuerta que los gitanos robaron y no valía nada.

Pero el Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal doblada
Y con la incomodidad del alma mal entendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
A cierta altura morirá el letrero también, y los los versos también.
Después de cierta altura morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto se dio.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,
Siempre una cosa enfrente de la otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie,
Siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me yergo a medias enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
Y gozo, en un momento sensitivo y competente,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar indispuesto.
Después me echo para atrás en la silla
Y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando.

(Si me casase con la hija de mi lavandera
Tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy a la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Me dijo adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.


FERNANDO PESSOA (Alavaro de Campos) (Lisboa, 1888 /  Lisboa, 1935, Portugal)
De. ""Fernando Pessoa, poemas", Cia. General Fabril Editora, 1972. Traducción: Rodolfo Alonso
Enlaces:  Poéticas  Escribirte

Dice Anne Carson

  "Los adjetivos son las asas del Ser. Los sustantivos nombran el mundo, los adjetivos te permiten asir el nombre e impedirle que vuele...