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El poeta ocasional


CIUDAD     




Un llanto 
un llanto de mujer  
interminable, 
sosegado, 
casi tranquilo. 
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado. 
Primero un ruido de cerradura, 
después unos pies que vacilan 
y luego, de pronto, el llanto.  
Suspiros intermitentes 
como caídos de un agua interior, 
densa, 
imperiosa, 
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.


Otros poemas de ÁLVARO MUTIS, aquí
Fuente: Biblioteca Sarmiento
Imagen en Pigonsa4



COTIDIANO    



Como sucede con los cuadros que cuelgan 
en las paredes 
cada mañana sorprendes 
una leve inclinación de tu adentro 
Cada mañana crees corregir este desnivel 
Pero entre la primera posición y la segunda 
queda siempre un residuo 
una brizna de polvo que se acumula 
Sobre esta oscura aritmética se edifica tu alma 

a Rietze Mersedus


DESTINO



Una vez al año, al inicio de las lluvias
la isla es invadida por una ola de cangrejos
que bajan de los montes a aparearse
                                       y desovar en el mar

Se les puede ver enfebrecidos escalando muros
acortando caminos
                por entre los zaguanes de las casas

Días después los minúsculos recién nacidos
abandonan el agua
e inician un penoso reflujo

Muchos mueren destrozados por los automóviles
o en los malvados juegos de los niños

Pasajes de este misterioso argumento pueden leerse
en los cientos de caparazones dispersos por la isla
O con ciertas variantes que lo magnifican
                         en algunas paginas de Sófocles



HOMBRE SENTADO EN UNA SILLA PLEGADIZA



Un hombre sentado en una silla plegadiza, todo él
                                                        mirando el mar
lleno de moluscos, de ahogados, de estrellas caídas
Mirando el mar, solo
el vaivén del mar, el monótono fluir de las nubes

No algo más allá, oculto detrás del telón,
                  sólo la rizada superficie, el espectáculo

Ningún bello delfín agonizando en el palacio
                                                        de la memoria
Ninguna blanca obsesión de la ballena
                                                   transita estas aguas

No el vórtice de la flor de nueve pétalos,
                                                        el dulce samadi
es el objeto de esta contemplación
de espaldas a la zona de los nuevos hoteles

No el gran vacío, madre de los diez mil seres
Solo el grande, el pequeño saco,
                                                  el verdadero vacío
Algo suspendido, presente y sólido

como un hedor inevitable que comienza
                                                              a esparcirse
Un hombre solo sentado en una silla
                                                 plegadiza de alquiler
perdido de sí, hallado de sí
de tanto en tanto, cambiando
ligeramente de posición, ligeramente de canal
como un viejo monje que ha extraviado su fe
y ahora sólo mira
un gran televisor a colores

a Ray, el contemplador


EN EL ZOOLÓGICO

Lo siniestro (Umheimlich) es todo lo que
debiendo permanecer secreto, oculto,
no obstante se ha manifestado
Schelling

Quizás no haya más viva y precisa expresión
de lo siniestro que el trasero del mandril

Por definición
una vez que lo siniestro se ha manifestado
               no podemos evitar pertenecerle entrar
               en su tortuoso juego
De allí ese comportamiento ambiguo
               y hasta divertido de los visitantes del zoo
cuando llegan a la zona de los mandriles
Una vez que el ojo ha hallado
las conocidas y chocantes callosidades posteriores
                                           de estos simios
–y es como si secretamente
                            hubiera estado buscando–
en movimiento de péndulo
o en vértigo de lo simultáneo
los apropia y expulsa como su objeto.
                                           De allí en adelante
los visitantes mirarán de reojo
como si estando no estuvieran
o como si quisiera que cuando voltearan a verlos
                                           hubieran desaparecido
pero solo acaso, extrañamente, para poder seguir
observándolos a su gusto en la imaginación

Esto sucede sobre todo con las muchachas.
                 Sobre todo con las muchachas de bellos
                 y lustrosos traseros
Sobre todo si van en grupo las muchachas
cuchicheando entre sí y luego apartándose
                                               y retornando
siempre ruborosas retornando las muchachas

Y allí estarán esperando en ofensivo contrapunto
                                                      los mandriles

La escandalosa floración visceral
                                    desbordando sus límites
ofreciéndose obscena a los ojos del visitante

Los mandriles
por supuesto, no han leído a Shelling ni a Freud
              ni mucho menos a Bataille como tú,
              mi ilustrado lector
Pero algo deben intuir
de su papel en la complicada economía
                                        espiritual del visitante
No en balde son ramas de un mismo árbol
Por eso se pavonean exhibiendo sus repulsivas
                                                      corolas–culos

Algo deben sospechar del asunto
cuando irritantes dan la espalda
                       y comienzan a observarlo con su gran ojo
                       inescrutable, único

Acaso en ese momento el visitante
                                            alcance a comprender
que no es ese ojo paródico del mandril,
                     ni el mandril mismo sino algo distinto
lo Absolutamente Otro
es decir, lo íntimamente tú afuera respirando,
                              desbordado de ti
lo que lo mira

Lo siniestro
ciertamente nos constituye y nos habita

Pero sobre eso ya se han ocupado suficientemente
                                                      los teóricos
Yo solo quería hablar de los visitantes del zoológico
                               sobre todo de las muchachas
de los bellos y lustrosos traseros de las muchachas




DE LA DIFICULTAD PARA ATRAPAR UNA MOSCA



La dificultad para atrapar una mosca
radica en la compleja composición de su ojo

Es el más parecido al ojo de Dios

A través de una red de ocelos diminutos
puede observarte desde todos los ángulos
siempre dispuesta al vuelo

Parece ser que el gran ojo de la mosca
no distingue entre los colores

Probablemente tampoco distinga entre tú
que intentas atraparla
y los restos descompuestos en que se posa





RÓMULO BUSTOS AGUIRRE (1954, Santa Catalina, Colombia)
De: "De la dificultad para atrapar una mosca", Universidad Externado de Colombia, 2008
Enlaces: La raíz invertida | Literaridad | Revista Altazor
Imagen en  El Universal Cartagena   




Origami     




Esta ciudad no se ha atrevido 
a dejarse horadar por un metro. 
 
Tal vez por miedo a entremezclar 
el ruido que guarda en las entrañas: 
se sabe que no es el mismo ruido 
en el centro y en la periferia. 
 
O bien por temor a verse expuesta 
en el mapa de sus rutas, 
los pliegues que conforman 
a una bestia de papel. 



Portal




Parado en el centro así,
justo debajo de la ducha,
se proyecta una sombra de agua sobre las baldosas,
un molde invertido hecho de gotas
que demoro en la caída:
el espacio que ocupo
y me priva de su transparencia.

La limpieza, por supuesto, es un motivo, pero sospecho
que si regreso a diario es en busca de otro don:
sólo en el perímetro intrazable
de las gotas al caer, se me ocurren ideas de fiar,
la poca claridad que cada día me reserva
me llega como caída del cielo;
pero de mucho más abajo, a un palmo o dos de mi cabeza.

Tal vez la lluvia riegue el pensamiento
en mentes más altas; la mía,
ajena como es a la lengua de las nubes,
se conforma con girar la llave
para desperdigar las líneas de la argumentación,
escamotear el discurrir de los gigantes
y recorrer gota por gota
todas las formas de caer.






JUAN DIEGO OTERO (1987, Bucaramanga, Colombia)
Fuente: Cordite
Imagen en Metromash


Poema 1

Poema 1    




Es el último día del año, 
no es el fin. 
El viento parece de otra 
dimensión. 
Las hojas revolotean 
como si huyeran 
del mismo Apocalipsis. 
Después de los años  
solo cambia el semblante  
y algunos vicios de tu forma  
de ser. 
En vano extrañas la infancia, 
las horas perdidas, 
las traiciones del amor,
los amigos que dejaste.
¿Para qué develar
en tus noches de insomnio
aquello que no repite?
La gente pasa al galope
con su historia en el costado,
la misma que lo empuña y lo derriba.
Acaso el alma sea la única constante.
Saber que esperas por el oro del final.
Que nada está perdido.
Que todo está en tus manos.


                                                                                                     A Giovanni Quessep
                                                                                                     Diciembre 31 de 2018



Poema 20




Hay libros por toda la casa.
En la sala,
la cocina,
en el cuarto,
el balcón.
Regados como esta soledad,
como la única habitante.
Libros que me hablan,
a quienes miro fijamente
como si fueran a devolverme
la infancia.
Hay un libro que late
en cada rincón
esperando ser 
tocado,
devorado,
sensible al tacto,
a los ojos,
a cualquier forma de aproximación.
Hay libros por toda la casa.
Libros que como yo
se mantienen aguardando,
polvorientos.



Poema 31




Vamos cayendo
livianos
con las alas rotas.
Moretones llevo en el pecho
y un país desolado.
El brillo de la muerte
ha fijado sus coordenadas.
¿Quién puede estar a salvo
bajo la sombra de la vida?
Me dieron un paraíso por reino
en el cristal de mis ojos.
Como polvo caemos,
y dispersos,
¿en qué otra tierra
sembraremos
cuando solo haya grietas
en el alma?

                                                                             A Lizette Marina, mi hermana.
                                                                 

MONIQUE FACUSEH (1964, Santa Marta, Colombia)
De: "Maneras de decir",  Ediciones Exilio, 2020
Enlaces: Festival de Poesía de Medellín | La raíz invertida | Instituto Cultural Iberoamericano | EG
Imagen en Festival Internacional de Poesía de Medellín
Cita, Maqroll el gaviero


Cita

  In memoriam  J. G. D.      
 
Bien sea en la orilla del río que baja de la cordillera   
golpeando sus aguas contra troncos y metales dormidos,   
en el primer puente que lo cruza y que atraviesa el tren 
en un estruendo que se confunde con el de las aguas;     
allí, bajo la plancha de cemento,                         
con sus telarañas y sus grietas                         
donde moran grandes insectos y duermen los murciélagos;                                                .
allí, junto a la fresca espuma que salta contra las piedras;
allí bien pudiera ser.
O tal vez en un cuarto de hotel,
en una ciudad a donde acuden los tratantes de ganado, 
los comerciantes en mieles, los tostadores de café.
A la hora de mayor bullicio en las calles,
cuando se encienden las primeras luces
y se abren los burdeles
y de las cantinas sube la algarabía de los tocadiscos, 
el chocar de los vasos y el golpe de las bolas de billar; 
a esa hora convendría la cita
y tampoco habría esta vez incómodos testigos,
ni gentes de nuestro trato,
ni nada distinto de lo que antes te dije:
una pieza de hotel, con su aroma a jabón barato 
y su cama manchada por la cópula urbana
de los ahítos hacendados.
O quizá en el hangar abandonado en la selva,
a donde arrimaban los hidroaviones para dejar el correo. 
Hay allí un cierto sosiego, un gótico recogimiento 
bajo la estructura de vigas metálicas
invadidas por el óxido
y teñidas por un polen color nanranja.
Afuera, el lento desorden de la selva,
su espeso aliento recorrido
de pronto por la gritería de los monos
y las bandadas de aves grasientas y rijosas.
Adentro, un aire suave poblado de líquenes
listado por el tañido d elas láminas. 
También allí la soledad necesaria,
el indispensable desamparo, el acre albedrío.
Otros lugares habría y muy diversas circunstancias;
pero al cabo es en nosotros
donde sucede el encuentro
y nada sirve prepararlo ni esperarlo.
La muerte bienvenida nos exime de toda vana sorpresa.



De: "Summa de Maqroll, el gaviero. Poemas 1948-1970, Barral Editores, 1973
Otro poema de ÁL VARO MUTIS, aquí
Imagen en El Espectador
Aeropuerto


Aeropuerto     



Tu futuro se eleva en línea recta. 
Se esfuma en el horizonte como un pájaro. 
El mío se queda aquí. 
Contra el ventanal del aeropuerto 
que rozo con la punta de la nariz. 
Sé lo que me corresponde 
en el próximo episodio 
de nuestra historia de amor: 
fundirme a la ausencia para embellecerte 
y recorrer la ciudad 
convertida en los pasillos 
de una inmensa sala de espera 
donde se escucha: 
PASAJEROS DE LO PASAJERO, 
FAVOR PASAR A BORDO.




El insomnio tiene zancos



El insomnio tiene zancos
para golpear en la ventana
de mi sexto piso.
Son las tres de la mañana
cuando escucho cantar un gallo
por milésima vez.
Pobre animal,
ha perdido la noción del alba
como una veleta de lata
mecida por el tiempo loco
de esta ciudad
donde todo muere
y nace de continuo.
Aún no asoman
las primeras luces de la mañana
pero siento una lámpara halógena
instalada en la mente.
Son glaciales las luces nocturnas.
Aguardo con estupor la llegada del sol,
como un vampiro incapaz de rehuir el día.


JOHN GALÁN CASANOVA (1970, Bogotá, Colombia)
De: "Al pie de la letra", Antología, Univerdidad Externado de Colombia, 2008 
Enlaces: Antonio Miranda | Universo Centro
Imagen: Seshar Ediciones


El velorio de la amanuense 



Escribí la larga estela de tus árboles
a imagen y semejanza de tu dictado.
La luz que quisieron tus ojos
son hoy de las hojas
palabras detenidas
que la arena de las diásporas entierra.
He sido la amanuense del fenecer de los siglos
recolectora de veranos vacíos
bajo un olmo fértil que no existe.
He ido a averiguar en la antigua vegetación
de las estepas
el nacimiento de los limos.
Hoy, dueña de voces extrañas,
paisajes ajenos que no comprendo
añoro una voz para decir el árbol
que ronda mis sueños, el nombre de una mujer
que semeja el descenso de las mareas,
y el diálogo interrumpido que sostengo
con el ángel.


Avenida Helen Keller en el cruce de la calle 15



Vaya lugar para una cita de amor.
aquellos que acordaron el reencuentro
en la Avenida Helen Keller,
en el cruce de la calle 15,
a las cinco de la tarde, hora de Lisboa,
jamás se encontraron.
Cruzaron tan cerca que no se vieron.
Tropezaron con el viento frío
que venía de ese muelle
donde Fernando y los otros
huyeron como niebla.
La rosa, la misma rosa de Keller,
en las manos de estos amantes,
afilaba sus espinas,
justo cuando el día
auguraba la hora ciega
del olvido.



Tranvía en una calle de Lisboa
MARÍA C. SÁNCHEZ (1970, Itagüí, Colombia)
Fuente: Aurora Boreal
Imagen: Jonhatan Lukas en Flickr



Brisa 



El sólo movimiento de una hoja en el limonero puso en actividad toda la casa
A ras de suelo un leve humo disipó sus sombras y dejó al descubierto el dulce
                ladrillo de los antepasados
El antiguo fantasmero de caoba fue puras risas entrecortadas y pasos  blandos
                como guantes
Las vigas en el techo y el soporte de las arañas temblaron como una trapecista
                en celo de tendones
-Apagada estaba ya la vela en el altar contra el rincón y no se movía-
Al borde y al centro de una pantalla de adobe había ahora puertas y
                ventanas en vaivenes de secos golpes y monótonos
Paso tuvo el sol que quedaba restando y sumando por los postigos y los portillos
En la fragilidad de sus lazos y la corredera del hilambre la hamaca dijo sí o dijo nó
Corrió veloz la mariposa única hasta el escaño deshuesado y sólido que esperaba
                en el corredor
Y desde allí la ahumada cocina hizo leve muestreo de rescoldos y cenizas
Viejas ollas en depósito de sentencias y perfumes
Desierto de áridos granos y legumbres florecidas
Leña ya en el musgo y el renacimiento de las parásitas
Tardo hueco del fogón y su encanto
Platos y tazas desportillados por un constante repique de los usos
Pocillos en la pared como una interrogación colgando
Por el patio donde se desvanecía el acento trinitario y el punto aparte de las gallinas
caminó como un murmullo que no era sino roce y frotación de pieles desnudas por la
hierba
El cielo se sostenía en un meridiano preciso que era una nube gris y
                   muchas blancas más azul
Fue sólo un múltiple movimiento de pies como las hojas cortadas del plátano
Un sólo movimiento en esa tarde
Pero al detenerse el limonero
Todo en aquel sitio continuó como antes



Tentativa de canto en el camino

Meeting at night

“¿Oyen los muertos lo que los vivos
dicen luego de ellos?”
Luis Cernuda


No es fácil  encontrar en el cementerio
de la Isola di San Michele
a estos dos habitantes de la noche y el día.
A pesar de que casi se tocan con los pies o las manos,
sus tumbas guardan precavido silencio.
Poco tienen para decirse
estos combatientes derrotados
en la guerra fría.
Victorioso en el desborde de sus palabras,
el uno.
Victorioso en el verbo contenido,
el otro.
Felices de verse a cuerpo entero en el poema,
aunque derrotados al fin.
En la Isola di San Michele
una de las tumbas se regocija entre las flores,
manos dulces y amigas
vienen a menudo a acariciarla.
En la otra sólo se nota una mano solitaria
que a intervalos limpia el polvo
y controla la enredadera.
Nunca se conocieron,
ni hubieran querido hacerlo, de seguro,
estos dos habitantes de rostro maldito por la poesía.
El más viejo,
Ezra Pound
en la ironía de su nombre,
rugía de ira frente a los gusanos
de la usura en su patria, que era el mundo.
El más joven,
Joseph Brodsky
en la ironía de su nombre,
aplastaba con los dedos de sus palabras,
la insana y maligna burocracia de su patria,
que era para él sólo una parte del mundo.
Ninguno odiaba lo que el otro odiaba,
o amaba lo que el otro amaba,
excepto esta tierra que ahora visten
como sepultura.
Esta tierra de marinos y comerciantes
y viajeros atropellados por la muerte
en lápidas envejecidas
por el sol y el descuido.
No es para contemplar fantasmas
que  uno se acerca  a estas tumbas,
ni para oír sus diálogos secretos
sobre la inmortalidad del alma,
es quizás para ver
que el sol se hace noche
en los versos rimados y los metros precisos
del más joven y moderno,
mientras que en el más viejo y antiguo
sus versos saltan libres
de las rejas de las páginas,
y en diversos idiomas
imponen la prosodia de su osada aventura.
Sin embargo, si un oído allá esta noche
nos permitiera oírlos leyendo sus poemas,
encontraríamos la misma cadencia,
el dejo que permite el arrastre de las sílabas.
Bien sabemos que ambos habitaron
su imagen con orgullo y soberbia,
que apostaron a perder el cielo
para ganar la tierra,
que respondieron con fuego y dolor
a las tres preguntas de Dios,
porque ante el estar, el ir y el venir
imponían el incendio de adentro.
Por gritar desaforado,
por no roer su ira en sus intestinos
como lo hacen los hipócritas,
el de barba blanca y ojos enloquecidos
va al encierro del hospital Saint Elizabeth,
for the criminally insane;
por vagabundo,
poeta sin oficio conocido,
lacra de la sociedad,
parásito,
el de ojos tristes y rostro desafiante,
va a las estepas del Gulag.
Hijos de la historia,
y por ella condenados y consagrados,
sólo les resta el exilio
de lo que a duras penas podrían llamar patria.
Debe haber sido la diosa Fortuna,
que se pasea por la Plaza de San Marcos,
quien vino a anclar juntos en este cementerio
a estos dos seres que atormentados
atormentaron con sus versos los imperios.
No se conocieron,
ni se amarán nunca,
escrito va en la eternidad.
Pero juntos son una verdad
que ya es muy difícil ver
en este mundo de mentiras
que jugamos como niños perdidos.
Ya no nos quedan lenguas y plumas
para aquél que hablaba todas las lenguas,
o para éste que volaba con todas las plumas.
Pienso que si hay una luz
que los hermana y los une,
está allí por los meandros de Venecia,
en la parte roñosa de una iglesia,
en un oloroso portón,
en la calzada de los incurables,
o tal vez en una gárgola, una columna,
el polvo.
Extraño es pensar
que ahora no viene a mí
la palabra
agua.



Armando Romero
ARMANDO ROMERO (1944, Cali, Colombia. Reside en EEEUU)
Fuente: Lyrikline | Revista Altazor | La Otra
Imagen: Mecánica Celeste

Jaime Jaramillo Escobar

Numeración de los pasos en falso



Oigo mis pasos resonando por todos los lugares por donde he corrido:
calles de puertas cerradas, caminos de sólo árboles, y el mercado donde cada uno acaricia una zanahoria sonrojada.
Y los muertos atrincherados en sus tumbas, que me disparaban palabras obscenas en la calle del cementerio.
Y el bar donde la música hace carambolas en el salón de billares, mientras le muerdo la oreja a un pocillo que tengo acorralado entre mis dedos.
Y el andén por donde caminaba pegado a las paredes mientras llovía inconsolablemente,
yo tratando de llegar a alguna parte para escampar la sangre de la herida que en pleno muslo
me hizo un desconocido con sus pantalones de vaquero.
Y el largo puente sobre el río Cauca, donde amé como se hace siempre en plenilunio,
a un lejano muchacho cuatro años antes de que se estrellara en su motocicleta contra un camión que transportaba carbones de la época cuaternaria.
Y yo con mi pecho debajo de mi vestido de caucho en la hondonada,
mientras el huracán arrastraba truenos y se revolcaba debajo del puente echando relámpagos por la boca.
Después comiendo helados bajo los neones, y mirando el asfalto mojado y los reflejos de la calle y de los ojos y de los vidrios y de los automóviles,
y un señor con un paraguas dándole de comer maní a un perrito de felpa que decía mamá si uno le daba cuerda con una llavecita.
Y un amor que tuve en el Polo con una foca dorada, de cuya piel un zapatero de Londres me hizo un par de zapatillas frescas quince meses después para el verano.
Más tarde me quedé dormido al pie del sicomoro donde el profeta Eliécer enterró las uñas en el mes de Adar,
y vi el pueblo desfilando con sus vestidos de colores y sus trastos y frutas en la cabeza,
pues dormir es regresar al pasado.
Y al despertar había junto a mí una mujer y la tomé y le di un hijo,
y esto también fue un paso en falso.
Y se mezclaban a diario las grandes y colectivas cosas con las pequeñas y personales, pero siempre me movía entre ellas falsamente,
recordando a mi perro cuantas veces estuve en peligro de muerte.
Actualmente tengo trescientos sesenta y cinco años, y escondo en mi barba un puñal de acero de la era atómica. Este puñal me será útil si alguien ha ocupado mi asiento numerado en el Cielo.


JAIME JARAMILLO ESCOBAR (1932, Pueblorrico / 2021, Medellín, Colombia)

poesía colombiana


Lección única sobre las cosas viejas

Ya dije:
no sé quién inventa el olor de la casa,

no sé.
Más aún si lo que te gusta es

la vista ruinosa de los tejados
y la pared deslucida, el muro demolido
y su puerta que ya no tiene afuera.
Más aún,

si ya no recuerdas que no es el olor,
sino la bondad de las cosas
al exhibir su derrota.


Estación de luz



Verás, es tu ciudad que no descansa,
en la que siempre hay algo a punto de venirse abajo.
Por ejemplo, la lluvia —derrumbada en la luz—
ya sabes;
o los árboles
quemados de cielo a media tarde,
aniquilados como pájaros
que se lanzan desde el aire
y caen en los parques,
arrastrando su manía de caer.
Porque es verdad que es mi ciudad
y es del otoño,
la casa misma de todo lo que lentamente se desploma,
hastiado de durar
en el aire y la intemperie de la luz.
Es mi ciudad,
la casa de las cosas
que siempre son más bellas
cuando están a punto de acabar.

ANDREA COTE BOTERO (1981, Barrancabermeja, Colombia)
Fuente: 400 Elefantes
Enlace:U Externado | Otra iglesia es imposible

Aurelio Arturo


Entre años, entre árboles, circuida
por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa,
casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas,
a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso.

En el umbral de roble demoraba,
hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,
demoraba entre el humo lento alumbrado de
remembranzas:

Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas
del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo
asombrosas ramas.

Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,
Yo subí, yo subí a las montañas donde un grito
persiste entre las alas de palomas salvajes.



Te hablo de días circuidos por los más finos árboles:
te hablo de las vastas noches alumbradas
por una estrella de menta que enciende toda sangre:

te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria
que cae eternamente en la sombra, encendida:

te hablo de un bosque extasiado que existe
sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa
violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,
entre millares de hojas inquietas, de una sola
hoja:
pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde es de todos los colores,
los vientos que cantaron por los países de Colombia

Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales, junto
a cielos,
que tiemblan temerosos entre alas azules:

te hablo de una voz que me es brisa constante,
en mi canción moviendo toda palabra mía,
como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan
dulcemente,
toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.

AURELIO ARTURO (1906, La Unión / 1974, Bogotá, Colombia)
Fuente: Zenda
Enlaces: 
  • http://amediavoz.com/arturo.htm
  • http://cvisaacs.univalle.edu.co/aurelio-arturo/
  • https://buenosairespoetry.com/2018/10/03/aurelio-arturo-un-lenguaje-un-territorio-por-santiago-espinosa/
Imagen: You tube
William Ospina


Antibes



Oscuras y mojadas las gárgolas insomnes

no saben de este sol que rompe lento el río.
Ellas, con sus cabezas de piedra y de dragones
están en la Edad Media, vigilando los burgos
aterrados de hogueras. El norte está en sus ojos
y ninguna palabra nombra el país de gritos
donde las labra el miedo. Pequeño diablo gótico
¿quieres morder el sol que alisa estos cabellos?
¿quieres sembrar espanto en estos niños de oro?
La primavera abre las ramas del cerezo,
este es el sur de aquella sombra, ahora
sólo llueve en los cuentos. El tren cruza
las tierras de los cátaros. Hay jóvenes ociosos
con piercing en los labios, bordeando en bicicleta
los patios que florecen. Y la Edad Media ha muerto.
Su fantasma barbado ronda por cien castillos,
desde el tibio Garona que invade el frío Atlántico
hasta el soplo de tordos de Poitiers, hasta el vuelo
de un halcón plateado en Perigord, o el salto
de una ardilla de fuego en las banderas. Oigo
rudas bandas de rock por las tabernas, oigo
tambores africanos en el viento, esta tierra
donde abuelos de hierro dieron filo a sus dogmas,
donde los aldeanos crucificaron cerdos,
donde las brujas últimas ardieron en blasfemias,
con sus serenos valles de amapolas que han dicho,
por hoy, adiós por siempre a la apestosa guerra
llena de huesos rojos y de buitres hambrientos,
es bella esta mañana de llanuras en fuga.
EL TGV hace polvo los castillos, transforma
en trazos de Van Gogh los sembrados simétricos,
hace girar los pueblos ante los campanarios
y cambia a Arles en Nimes y a Nimes en Marsella
y al valle en mar y al mar en sombra y sueño.
Lejos están las gárgolas, en sus rencores góticos,
aquí hay raudas palmeras, y yates, y casinos,
frías playas que esperan sus turistas del norte.
Ha muerto la Edad Media. Yo la vi, vasta y sola
en la tumba más bella del Sur, el claustro inmenso
donde las blancas columnas se abren arriba en palmas,
en las solemnes naves jacobinas, que rayan
y doran y empurpuran los vitrales abstractos.
Allí, en el centro mismo de un palacio vastísimo
en un cofre dorado Tomás de Aquino espera.
Sólo dos santos tuvo la locura de Europa,
aquella edad de dogmas y de hogueras, dos santos
indómitos, ilímites, ingenuos, italianos,
y bastan dos para una edad del mundo, y bastan
dos santos para una religión. Aquí ardieron
dolcinistas y cátaros, teólogos y herejes,
y mil santos anónimos fueron fuego en el viento
bajo la absolución del mudo cielo, pero
estos dos fueron santos ante un dios más piadoso:
Tomás pulió una lengua que educaría a los ángeles,
Francisco hizo canciones que entendieron los pájaros.
Aquí, frente a este sueño de cipreses y rocas,
con todo el mar latino frente a mí, mientras sueño
que en la cercana costa Cartago alumbra al África,
aquí, frente a la costa, con brisas de los Alpes
en mi cuello, esta noche, por ellos dos, y a solas,
le doy gracias a Italia. Vuelven en la memoria
la fortaleza roja de Carcassonne, los nidos
de cigüeña en las blancas almenas, los ciruelos,
las tenaces discordias de Avignon, y hay un fondo
de italiano en el viento. Alma, en el Mediodía
es medianoche. Ladran las colinas de Antibes
y es Italia esta vasta dulzura en las colinas.
Gracias al mar de acero y al faro que lo arrasa,
gracias a la honda noche que borró los cipreses,
y a ese perro que vela conmigo ante el peñasco.
La costa azul es la negra. Y la Edad Media ha muerto.
Yo despido sus buitres.
Yo no quiero pensar en la muerta Edad Media
que hoy cubre con su manto de gallinazos negros
la selva equinoccial que da vida a mi pecho.

WILLIAM OSPINA nació en 1954 en Padua, Herveo-Tolima, (Colombia). Su padre era el cantante de folclore colombiano Luis Ospina. Estudió derecho y ciencias políticas en la Universidad Santiago de Cali. Desde su juventud se dedicó a la escritura a través del periodismo y la literatura.
Vivió en Europa de 1979 a 1981, y viajó por Alemania, Bélgica, Italia, Grecia y España.
En 1982 ganó el Premio Nacional de Ensayo de la Universidad de Nariño, Pasto, con el ensayo Aurelio Arturo, la palabra del hombre y en 1986 publicó su primer poemario: Hilo de Arena.
Fue redactor en la edición dominical de diario La Prensa de Bogotá de 1988 a 1989. Escribió ensayos sobre Lord Byron, Edgar Allan Poe, León Tolstói, Charles Dickens, Emily Dickinson, las mil y una noches, Alfonso Reyes, Estanislao Zuleta, literatura árabe, la brujas de Macbeth.
En 1992 obtuvo el primer Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura.
En 1999 recibió el Doctorado Honoris Causa en Humanidades de la Universidad Autónoma Latinoamericana, de Medellín, y en 2005 el Doctorado Honoris Causa en Humanidades de la Universidad del Tolima.
En el año 2005 publicó su primera novela Ursúa.
Ha colaborado con el diario El Espectador. Es socio fundador de la revista literaria Número y desde hace tres años escribe una columna semanal en la revista Cromos.
Recientemente ha sido galardonado el Premio Rómulo Gallegos 2009 por El país de la canela.
William Ospina está considerado como uno de los poetas y ensayistas más destacados de las últimas generaciones y sus obras son mapas eruditos de sus amores literarios, acompañados de declaraciones ideológicas sobre la historia y el mundo moderno.
Fuente poema: Clave, Nº 17, revista de poesía 
Fuente biografía: Escritores.org (fragmento)
Imagen: www.traslacoladelarata.com



Hospedaje de paso




Nunca he conocido a los inquilinos de mi vida.
No he sabido cuándo salen, cuándo entran,
en qué estación desconocida descansan sus miserias.
Las mujeres han salido de este cuerpo a los portazos
quejándose de mi tristeza,
en algunas temporadas se han quejado de humedad
de mucho frío, de algún extraño moho en la alacena.
Se marchan siempre sin pagar los inquilinos de mi vida
y el patio queda nuevamente solo
en este hotel de paso donde siempre es de noche.


“He amado el fútbol. He llorado viendo películas como La Guerra de las Galaxias o Cinema Paradiso. He cantado a destiempo canciones de Calamaro, Jim Morrison o Lennon y sin embargo sigo temiendo cada día, por lo cual debo dormir con la luz encendida. Por esos pequeños sucesos, esos pequeños asuntos que siempre me han asombrado y que de tanto repetirlos se han vuelto hogareños y cotidianos, escribo poesía.”
Federico Díaz-Granados

De: "Hospedaje de paso", Valparaíso Ediciones



Pastelería Metropol

Yo vengo sin idiomas desde mi soledad
Luis García Montero


Miro en la vitrina
el reflejo de mi cuerpo
Sobre el vidrio
Y me veo gordo, cansado, sobre aquellos pasteles de vainilla.

Y pienso en los amigos que no volví a ver
¿y qué sabían ellos de este corazón caduco
donde no cabe ni un centímetro del mundo?

Y cuando no te reconoces en los pasos del hijo, ni en el espejo
harto de esquivar malos presagios
viendo de lejos el esplendor de las pérdidas
lo indescifrable y lo desconocido.

Callo: mi silencio alcanza ese cuerpo que no entiendo,
desmancho mi corazón de su último incendio.

Y sigo extranjero en ese vidrio,
gordo y cansado
y atrás de mí
algunas sombras, gestos de abuelos y tíos muertos
sobre los pasteles de vainilla.



Retornos



No creo en retornos 
pero este amargo corazón de casas viejas y calles rotas 
late en cada regreso 
sin gestos ni ademanes 
y sabe que el mundo es un mal lugar para llegar

Y se regresa a escribir un poema que trate de una muchacha en un aeropuerto
que espera un avión de quién sabe dónde 
o escribir sobre la carta que nunca recibí aquel sábado 
escuchando el viejo casette con mis nostalgias favoritas 
o sobre los versos robados a Salinas, Borges, Walcott 
y las tardes de sol en el estadio de fútbol

No creo en los regresos 
pero este seco corazón de otros días canta a destiempo 
sobre el cielo que quema el nombre de una mujer que amé

No creo en retornos 
pero mi vocación de viajero hace, que siempre que parto hacia la intemperie en el mundo 
deje, como en mis días de boy scout, piedritas y migas de pan 
para no perder el camino de regreso a tu cuerpo.




FEDERICO DÍAZ-GRANADOS (Bogotá, 1974). Poeta, periodista, profesor de literatura y divulgador cultural. Es codirector de la revista de poesía Golpe de Dados desde el año 2000. Ha publicado los libros de poesía Las voces del fuego (1995), La casa del viento (2000), Hospedaje de paso (tres ediciones: 2003; 2003; 2004). La Universidad Externado de Colombia publicó una antología de sus poemas con el título Álbum de los adioses (2006). Además, es autor de varias antologías poéticas en Colombia y el exterior. En 1998 aparecieron sus versiones de la poesía de Jim Morrison bajo el título Una oración americana. En 2007 preparó la muestra “12 poetas colombianos 1970-1981” para Punto de partida. Ha participado en numerosos festivales, congresos y eventos literarios en Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Ecuador, Venezuela, Cuba y México.

Fuente: http://www.puntodepartida.unam.mx/index.php/680
poesía colombiana


Don Quijote de La Mancha aconseja a un poeta hispanoamericano del Siglo XXI



Rescate en el aire nocherniego del barrio
el perfume de la pomarrosa, un nido de torcaza
en el entrepaño de la ventana.
Y luego ponga alto en la mañana
la música de un tango o una guaracha
mientras termina de bajar de la cama
para ir al baño en el corredor del hotel.
No importa que a su paso se interpongan
molinos de viento, rebaños de carneros
galeotes encadenados o toneles de vino.
O que de vuelta en la habitación
de aventure en sus brazos
alguna Maritornes, enemiga y hechicera.
El mundo, ya se sabe, es del color conque se mira
y hasta la bacía del barbero puede parecerle
el yelmo de Mambrino.
La Edad de Oro no tiene pasado ni futuro
porque a cada instante se levanta de sus ruinas
en el corazón humano,
aunque su Frestón cotidiano —cordura o cobardía—
no le permita apreciarlo de ese modo,
al subir a diario al autobús.

In memoriam Mario Cesariny

Amores malhumorados




Todo lo que restaba al día era una carta lacrada
la burbuja de tus labios siempre a flor del deseo.
Se oía el ronroneo de una abeja pero la miel
se hacía de rogar más que la escarcha
QUE CUBRÍA CON ANTELACIÓN EL COMERCIO
donde solías ir de compras en las mañanas.
Tan disímiles eran el paisaje y su marco,
la almohada y el sueño,
que a diario te ponía mala cara el paso del tiempo.
Yo escuchaba a mi vecino cantar las letras
de un tango a tus espaldas,
pasar al sereno en bicicleta,
pero no conseguía conciliar la realidad.
Me resignaba a esperar a solas tu ausencia
a contarle por teléfono mi malhumor a la noche.


RAÚL HENAO (1944, Calí, Colombia)
Fuente: http://www.poesiabogota.org/?p=1607
Enlaces: http://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Festival/Antologia/raulhenao.html
Imagen en Facebook






5.




Todo es lluvia






ruido como de huesos que se parten
bajo la opacidad de la tarde.
Buscan las aves entre senderos misteriosos de agua 
en el cielo
una rama dónde anclar.








Chengue






En la radio anuncian que han tomado el pueblo.
Que hubo explosiones
restos de carne que se estrellaron contra otros cuerpos.
Que todo fue muy rápido.
Que las gallinas dejaron en el aire
después de arder bajo el estallido
sus plumas como un ala de neblina
que no permitió ver con claridad
cuántos muertos fueron.
Que fue un horror no haberlos visto bien.
Que deberán regresar en la madrugada para contar los cuerpos
adivinar las formas entre los fragmentos
en pleno domingo,
sin día de descanso,
sin recibir un pago adicional.
  Dijeron, en la radio, que la vida nunca es justa.









Camila Charry Noriega (1979, Bogotá, Colombia)

Enlaces: 


  • Conexos

  • Sociedad de los poetas amigos

  • Aurora boreal 












Todo el mundo necesita una caja







Una caja vestida con su corbatín llega a un pueblo a decir: Todas las cosas

del mundo necesitan una caja.




Y uno sabe lo que hay en una caja, les dice la caja a los hombres, mujeres
y niños parados a campo abierto, junto a unas cajas que sonríen.




El universo es una caja con rincones que brillan por aquí y por allá, dice
la caja sacando unos pollitos, unos cortauñas y otras sorpresas.




El  universo es una caja, la tierra es una caja. Razones suficientes para que las gentes
quieran viajar por el universo. Motivos para buscar en las profundidades
de la tierra.




Las partidas de bautismo, títulos de propiedad y las cartas más preciadas de la gente
necesitan vivir en una caja. Muchos secretos de las parejas se guardan en
una caja.




El cuerpo es una caja preciosa. Cuando el alma se aleja, sus secretos permanecen
en la carne, depositados cuidadosamente en una caja. Solo la caja sabe lo
que hay adentro.




“Incluso los árboles, el río y las nubes necesitan de la caja transparente del aire”
¿no se dan cuenta ustedes? les grita la caja.






Juan Carlos Galeano (1958, Caquetá, Colombia)

Fuente: http://www.laotrarevista.com/wp-content/uploads/2008/12/juan-carlos-galeano.pdf

Imagen: www.jornaldepoesia.jor.br



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