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ANTOLOGÍA EPO

POÉTICAS

Marcelo Díaz | Con todo el resplandor de las sombras

Poeta leyendo unos poemas frente a un micrófono. Asus espaldas un gran  ventanal enmarcado por un cortinado color bermellón

 Viajado   

“Una barca es y no es 
cuando se hunde 
ambas desaparecen” 
Issa Kobayashi 
 
De repente pienso en la representación  
de una pluma, no sé  
la memoria casi mnemotécnica repiqueteando 
en los versos de Emily Dickinson, 
tampoco me aprendí los vocablos de los pájaros 
y sin embargo me acuerdo de esa vez 
en casa. ¿Qué sería un viaje 
sino tan sólo otra representación? Ya no la pluma 
si no quizá un trineo y la polvareda de la nieve 
desvaneciéndose en el paisaje mental 
con un efecto para nada lírico. 
¿Dónde guardaste tu voz? 
Sos joven, no sos feliz, ahora vas a contar: 
Uno, dos y tres hasta desaparecer 
como un zorrito dorado en la visión de un arquero 
maravillado por tus ojos 
y el mapa de tus huellas que conduce a tu hogar 
para más adelante encender una fogata y dormirnos 
uno al lado de otro. 
¿No era eso el amor? 
Aquello que me dijiste: “gracias por estar, 
es navidad, mi vida sigue electrizada por la tristeza 
¿me vas a querer igual?” 
En la noche más oscura cubierta de nieve 
con todo el resplandor de las sombras. 
Vuelvo: ¿Encontraste tu voz? 
¿Y dónde la perdiste? ¿Fue en esa noche? 
¿Fue mientras nos imaginábamos 
cayendo 
como esa pluma del poema 
que yo me repito de memoria? 
pero vos ni siquiera lo encontrarías en una canción 
y contra todo pronóstico igual 
¿sabrías que hablo de vos? ¿O acaso la perdiste en el trineo 
yendo hacia quién sabe dónde? 
Esa única noche, digo: 
en la formación de la lírica el proceso 
es parecido al de la descomposición de una helada 
sólo que la claridad del frío 
se desvanece a la inversa de la luz 
hasta convertirse en una emoción nublada 
como un archipiélago 
alrededor del círculo polar. 
¿Qué me ibas a decir? ¿El trineo? ¿Tu voz? 
El poema que no leíste pero y sin embargo es como si. 
¿Qué escuchaste? 
El ángel de la tristeza acariciándote, 
susurrándote por lo bajo: “Una chica y un hombre van perdidos, 
háblale dice el ángel, ahora háblale 
pueden construir una casa: primero la tierra y después 
una cabaña de madera rodeada de pinos 
y al último un sueño compartido 
donde un ángel te habla y te acaricia y así?” 
Cada tanto quisiera ser un auricular 
a veces de oro 
a veces de plata 
sostenido en la imagen acústica de tu corazón, 
un poema que refiere a otro poema que no leímos 
una fábula dentro de una fábula, 
la narración de un cuento de hadas 
que al final termina su recorrido en el mismo punto 
donde nos subimos en un trineo imaginario 
para no regresar nunca 
y por más que lo intentamos 
una y otra vez 
terminamos en el mismo lugar 
donde esta historia recién comenzaba. 




De: "Los gamos", Ediciones Trafinku, 2024. 
Otros poemas de MARCELO DÍAZ, aquí
Imagen: Paola González

Ernesto Carrión

Se observa al poeta Ernesto Carrión con una campera marrón, cruzado de brazos. Una cabellera profusa, usa anteojos y la barba es incipiente. En el fondo se aprecia lo que parece ser una pintura colonial

Papeles de cuaresma    




Albania me encantaba porque no tenía nada que ver conmigo. 
Me ocurría lo mismo con Budapest y Bielorrusia. Aunque a mi hijo  
 
le gustaba ponerlos en la discusión sobre la mesa, a la hora de jugar
a la dominación del mundo. La pregunta sobre cómo se domina algo
tan quemado por dentro sigue retumbando en mi cabeza. 

Mi abuela debe ser la única persona que se fascina con las iglesias
incluso cerradas, porque empieza a merodearlas con ansiedad 

escondiéndose del sol, con los ojos inquietos. Cuando se llega a los ochenta
Jesús es un cachete enrojecido pegado a ti, dando silbiditos y picachos
de repente. 

Pero para alguien como yo, que avanza a los cincuenta años y por lo tanto
carece de zona de confort, la religión es un trabajo que pesa un quintal 

o es esa mímica cruda de los domingos que congela la inmortalidad
con pensamientos casi siempre masoquistas. 

Bibidi Babidi Bú era lo que canturreaba La Hada madrina en el aire
haciendo uso de un falso lenguaje para que la magia existiera, 

lo que quiere decir que para modificar la realidad, hacer agua del mundo,
es insuficiente el lenguaje educado y lleno de jerarquías. 

Para recuperar el amor por la escritura, que ha sido mi única religión,
yo empleo también un falso lenguaje que dice lo que no dice 

y que se desdice de lo que dice, como expongo a continuación: 

Aquí se venden litros de muerte a centavos. Usted puede adquirirla
en todas partes. Porque está en todas partes. Y puede encontrarla 

en muchas presentaciones. Porque para eso hemos diseñado y distribuido
con éxito nuestro producto. Bébala como guste. Fría o caliente. Consérvela
en un lugar apartado de la casa. 

Si la lleva consigo, por favor, llévela bien sellada.
Y no olvide lo más importante: una vez adquirida, 

la muerte no tiene fecha de expiración. 

Y así podría seguir colocando ejemplos que vienen al caso
para revelar que al llegar esa noche a mi departamento 

la vida como la conocía mi abuela, pero también mi madre,
mi hermana y su hija y otro montón de gente, desapareció. 

Bombardearon los noticieros mientras fregaba los platos:
contagios y pilos de muertos eran un elemento fantástico y aterrador 

aeropuertos comenzaban a cerrarse; ciudades fueron llamadas
a abastecerse para no desaparecer contenidas en sus capullos metálicos. 

Puentes aplanados por la maquinaria de la guerra, soldados atados
a tanques y a más soldados moviéndose con megáfonos por doquier 

mientras la luna se instalaba en todos los cielos del mundo mostrándose
como lo que ha sido siempre: un salto a la leche o un vacío volando
o una cofia de monja. 

Despedirse en este momento de quién y para qué -me dijo mi mujer-,
si irse sin todos da igual a largarse abrazado con todo el mundo. Hay 

que cerrar la casa. ¿No entiendes que cuando la música acabe todo lo
que veremos será un cuerpo pretencioso y corrupto lastimándonos
con la idea limpia de que al menos la vida fue necesaria para cultivar
estos problemas? 

¿Cuáles problemas?
La física y Las matemáticas. Naderías como esos poemitas que me propongo
a escribir y que nadie más que yo termina comprendiendo cuando empleo 

palabras como bulbo cavernoso y suelo pélvico para describir el acto sexual
o el asalto de dos amantes que se estrujan hasta quedarse
con alguna partecita robada a ese otro yo. 

Algo tan urgente e injusto como el robo de un libro.
Aunque opine firmemente que toda persona debería tener un libro robado 

en la biblioteca de su casa, para así recordar que la literatura
es un riesgo innecesario y un asalto. 

Atiborrado también de historias incurables como las que ahora ocurren:
porque venían ellos así, huyendo a toda lágrima con máscaras en la cara, 

azules y trágicos como la vida extraterrestre dentro de una oreja
y desde el mes de febrero, en plena cuaresma, olvidándose del jefe
de la tribu israelita y su relato de peleas de gallos con montes y lagunas
de arriba hacia abajo. 

De un lado hacia el otro los veíamos paseando por el televisor
zurrados y navegando a la deriva sobre un río incontenible de muertos 

con nombres como Pedro, María, Juan y José cuchicheando borrachos
y sonámbulos como zombis rechazados por un estado indolente que no les ofrecía una cama
de hospital, ni un poco de oxígeno ni un féretro donde apagarse. 

Y a los pocos días tirados como fundas de basura, envueltos en fundas de basura,
convertidos ellos mismos en basura desperdigada por casas y veredas 

o depositados en fríos contenedores, revueltos entre más carne infectada,
para que nadie pudiera reclamar esos cadáveres que eran solo estadística
ruidosa de una guerra silenciosa que no discriminaba por clases ni género
ni raza. Que simplemente arrasaba con todos como aguacero
definitivo, como plaga de Egipto. 

Si aquí hoy alguien despierta es de milagro y lo hace arrastrando un pie
junto al otro. Así vamos dejando de ser materia en fuga o ideas apresadas
como hervidero de gusanos cerrando el horizonte. 

Adscritos al movimiento global. Mi hijo y yo, cuando desayunamos
encerrados, cuando miramos la televisión encerrados, cuando dormimos 

encerrados y con miedo, estamos adscritos al movimiento global,
compartiendo el agua caliente y ciertas rutinas de evasión
que igualmente nos dejan llorando. 

Histéricos, deprimidos y suspendidos entre dos vidas esperando por
la noticia del pariente muerto o agonizando. O porque finalmente 

aparezca la fiebre encapuchada a despedazarnos entre cuatro paredes
con un hilo de palomas muertas atadas al cuello, 
soportando un modo de soledad y compañía insólitos. 

Mientras en cientos de ciudades en este preciso momento hay fosas comunes.
El 2020 será recordado como el año en el que muchos gobiernos del mundo 

se pusieron de acuerdo y actuaron como los nazis: quemando cuerpos, extraviando
cadáveres y ocultando cifras reales. Aunque para el día de mañana, quiero decir, cuando
amanezca, los puentes se caigan y las ciudades terminen sumergidas. 

Nada volverá a ser igual.
Aunque esos muertos regresen a la vida, nada volverá a ser igual 

aunque la luna desprenda una tela espléndida por donde bajen
esos cuerpos como figuras de un tarot obsceno, asolando gemidos. 

Nada volverá a ser igual.
Nadie volverá a tomarse de la mano mirando en silencio nuestra modernidad 

reapareciendo en autos y hoteles de lujo, o en estaciones de metro donde milita
el espectáculo de los telespectadores y su oficio con montones de frívolas citas
que devoran su parte más humana. 

Nadie volverá a hacer el amor con la luz apagada por temor a que ese cuerpo
de pronto desaparezca; 

nadie volverá a cantar una canción en su mente para que nadie más pueda oírla:
la soltará con rabia como un huracán hasta que estallen otros tímpanos y otras
córneas necesitadas de ese incendio. 

Nadie volverá a mentir mirando fijamente a su víctima. Decir la verdad se convertirá en una
necesidad de recuperar la sangre; 

nadie volverá a estornudar sin recordar a sus muertos. Sin perder la mirada en los muebles y
lugares dejados por esos cuerpos traspapelados. 

Derramando otra vez lágrimas y persiguiendo el amor como un superviviente
con la piel completamente quemada, liberados ahora sí del peso de la tierra, 

de la hipocresía y los modales paralelos, de las ceremonias y sus rechonchos
y verdes embustes. 

Macheteando el viento con el pecho caído;
atravesando túneles sin dios en sandalias y con los bigotes y las melenas plateadas y desesperadas; 

llenos de afecto, pero radiantes como el exceso de defectos, como la ignorancia
y su espejismo alojado en la tráquea; 

como un mercado donde aparecerá la basura y será repartida entre mendigos
que romperán las ventanas y dialogarán con los grillos y las cucarachas
y se alegrarán por tomarse finalmente de las manos llenas de salpullido. 

Volveremos solamente así: ciegos para fundar otra vez una tierra llena de pena.
Deformes por haber sobrevivido lavando cristales; 

culpables por haber sobrevivido lavando cristales y mirándonos hacia adentro
donde desde ahora reposa la nieve y un extraño sinónimo de resistencia. 

Agradecidos por no haber sido nosotros los sacrificados de la especie.


ERNESTO CARRIÓN (1977, Guayaquil, Ecuador)
Imagen en diarioconcepcion.cl

William Osuna | Tiempos difíciles estos

Fotografía del poeta William Osuna de perfil con la vista hacia el marco derecho. Viste una camisa a rayas cruzadas color rojo y azul. El pelo peinado hacia atrás y terminando en una gran cabellera en la nuca, despeja una amplia frente. En el fondo se observa un espejo rectangular sobre una pared blanca
 

UN NOMBRE    



De aquello no quedó nada 
un espacio vacío/humo/adioses/ 
por las estrechas caderas de la vida 
multitudes que el miedo venció 
el hombre recostado a un imperio 
de fracaso fatiga y dolor 
ciudades convertidas en inmensos
garajes de chatarras aves extraviadas
vueltas cenizas ojos en el aire
la Tierra pendiendo en la sala de mi casa
como una esfera de bambú
ni siquiera un nombre de mujer.



AQUEL CHOFER de la línea
de autobuses vía Barcelona-Caracas
que hablaba en llanero
y reía y gesticulaba como el profesor Manuel Bermúdez
y que cambiaba las emisoras de radio
a la velocidad de la noche
cuando todos entraban en el sueño
y él sólo era un trueno vivo
sobre la lluvia del estado Miranda Aquel
escándalo viviente vuelto loco
por la reseña de los aviones que participaron
en la 2ª Guerra Mundial
aparecida en barajitas (sobre verde y chicle negro)
y que no se llamó Monje Jack Palangana
Mocho Ledezma o Héctor Gil Linares
sino Elí Giménez Rivero.
Aquel tipo que en la nariz era Dick Tracy
y en el modo de arrugar la frente
el papa Juan XXIII Aquel viejo Húngaro
que trabajó en el estacionamiento del señor Salas
—murió alcoholizado—
y que en pleno delirium tremens
alababa al Führer siendo de nombre Stefan.
Aquellos que vinieron al barrio
en un camión de mudanzas
con sus viejos colchones y demás parapetos
y que juntos eran más terribles
que la familia Burrón
Arvelo Hernández de apellido aquellos
los que vieron en el vendaval
de los días.
Sueño peligroso visiones de ropa enlutecida
saltando desde caballos envenenados
merecen este homenaje.
Entran en estos desérticos poemas a compartir
tu Episodio Nacional.



EPOPEYA DEL GUAIRE



El río Guaire tiene malos modales, cuando va
en los autobuses nunca le cede el puesto
a las parturientas, se sienta primero que las
damas, en los entierros grita más alto que
las viudas, dice impertinencias del muerto, cuentos de
los otros ríos.
A mí que no me nombre, dice el
Orinoco, no fue grumete en La Invencible ni
pudo unir sus aguas a los siete mares de China.
Los indios lo taparon con concha de totuma
para que los españoles no se lo bebieran.
No se parece a los ríos de don Jorge Manrique.
La mar océano no lo soporta; respecto a
él filosofa como un sabio chino: «Un río que no sabe
morir es un golfo».
¿Quién lo maleó?
No lleva doblón, ni sencillo, ni baúl de
pirata en sus dominios.
Tampoco rabo de tigre, tiene la carne peluda.
No trabaja, no canta.
Se monta en un perol de leche o
sobre el capó de un carro a mirar
los colores de la ciudad: es un río
que contempla, no para que lo contemplen.
Tan pobre: si la luna de los amantes
se atreviera a conversar con él ningún puente
la aceptaría; que no le vaya a pelar
los ojos a la Laguna Negra, el poeta
Acevedo sería capaz de encerrarlo en un soneto.
Bronca de ríos y que hermanos. No me
meto en esos líos familiares. Así me
enseñaron en la escuela. No es mi problema.
Por el camino que da a la selva,
donde se gesta un remolino de caimanes;
y el árbol de caucho brilla como un
estuche de precioso bisturí, Andrés Mejía le fue
a meter chirimbolos del Guaire al Magdalena:
el Magdalena tan reilón con sus dientes de
oro y muelas de esmeralda lo dejó beber
ron durante tres días. No le paró.
Lo emborrachó, le silbó una cumbia, un bambuco.
Y así se lo envió al Motatán, metido en
un guacal de manzanas para la casa de
Hermes Vargas. Cuentos de Andrés. Más sabe Andrés
por Andrés que el Magdalena y sus pedrerías.
La flor fétida, el aceite de las refinerías, la
garcita urbana y una nevera desportillada
son cifras que acompañan. En algunos casos el
sol es un golpe de espuelas contra las
aguas revueltas.
El río Guaire es mi amigo. Yo le
pido la bendición. Él es como un burrito
indómito que atraviesa la ciudad cargado de botellas
vacías:
ningún río de las Francias y de las
Alemanias se le compara. Está enamorado de la
quebrada de Catuche. Qué amores.
Intercambian bacinillas detrás de los estacionamientos,
si los vieran.
El Dumbo Márquez no lo quiere: su Harley Davidson
se ahogó en sus aguas. Yo sí lo
quiero, no es como el Orinoco que se
alimenta de músicos; se tragó toda una orquesta,
y las cartas de amor de Argenis Daza Guevara;
y si no quería cantar y amar, ¿por qué lo hizo?
Qué desperdicio. Tan pedante.
En mi infancia yo quería al Orinoco.
en ese cruce había un araguaney, donde se
enlazaban los gatos, que lo miraban a uno
con sus ojos de oro. El viento corría
por ahí: hablaba como duro cartón. Bajaba gruesa
neblina por la Puerta de Caracas. Todos los
autobuses pasaban de largo y se metían al cine.
Mi infancia que tenía más colores que los
de un poeta de provincia en su provincia,
no distinguía las aguas, todas eran iguales.



LA DESALENTADA



Si andas en rumba de necedad
y en el metro
y en el pico de los puentes
detienes tu andar
y te repites como el ave negra
de Poe
never more
never more
dándote pases de melancolía
en las tinieblas de los supermercados.
Si bestia triste vas de vuelo
a tus recuerdos
como quien guarda un pedazo de muro
de aquel cine de barrio
que ya no existe
y el puñado de tierra es contra tu rostro
cuando te arrodillas
frente al altar de los hoteles baratos.
Digo
Tiempos difíciles estos
y tú más difícil aún.
Como aquel piano del Camilo’s
que nadie pudo sacarle
su serenata de balcón,
la vida caducó en ti
como un
disparate.


WILLIAM OSUNA (1948, Caracas, República Bolivariana de Venezuela)
De: "San José blues 1923", Monte Ávila, 2019
Enlaces: Gredos | Festival de poesía de Medellín | Literatura contra la opresión | Centro Virtual Cervantes

Carlos Alberto Débole


Invocación    




La terca soledad sostiene el cielo 
donde la luna es un temblor en vilo. 
Inútilmente el ojo busca ahondarse. 
La noche es su recinto y su muralla. 
Nada y todo es lo lejos. Acosado 
otra penumbra soy en la penumbra. 
Defiéndeme, Señor,
de mí mismo, quizás, Señor, defiéndeme.
Aquí, en la pampa, mi pavor inquiere:
¿Ese animal, por qué, ese caballo
que todo el universo carga encima
está en lo suyo y nada lo conturba?
¿Por qué, Señor, la inmensidad me oprime
hasta volverme cero, o menos, nada?



El ojo en el espejo




No quiere verme viejo
el ojo compasivo
del espejo.
Y me mira de tal suerte,
que le miro,
y me veo la muerte.
Pero el amor me espera,
y de amor me revisto
hasta que muera.
La muerte será la despedida,
lo se, a tanto amor,
a tanta vida.
Mientras me ampare
el ojo del espejo,
y no repare
en lo que mi ojo mira,
gozaré con ese ojo
mi mentira.




CARLOS ALBERTO DÉBOLE
(1915 / 1990, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)





Jean Valentine

 


Luis Manuel Pérez Boitel | Aquellas fachadas parecen de mal gusto

 Nadie habrá de suponer
que esto sea de gran importancia para la nación
W. C. Williams



mi madre fuma Marboro Light, como si fuese una amenaza
pública. mientras descubro que en la cálida habitación duerme
un gato siamés, me olvido del Empire State
y confundo las postales. la observación que hago
de las cosas dispuestas al límite, es irracional. el ser que soy
se diferencia de lo irracional, del negativo?
deambulo. tengo adicción por los breves momentos.
pretender que un instante anterior me nace,
se reproduce en mi sino, es justificar
ese humo que a ras de la cabeza me sostiene,
como la trastienda. y corre marzo sobre el cuerpo.
el fantasmagórico ¿cuerpo del otro?
así fue la impresión que nos dejó ver los peces
en el mercado central.
mi madre mira de soslayo la avenida
donde el que va delante tiene su cuartada y la razón;
parte de la razón. (viendo que la razón es un supuesto
juicio que provoca un ideal abstracto).
el sacrificio es admitir en el otro que la reducción
de tales espacios nos provee de felicidad.
luego se evaporó el gramófono y las cartas
(¿tus cartas?) fueron el pretexto
para adueñarse de lo que quedó.
tengo mal dormir y entre la ventana y el cuadro
del abuelo las cosas fueron desapareciendo.
todo está en marcha cuando busco
en la prensa nacional aquellos otros peces
y la bitácora. Nadie habrá de suponer que esto sea
de gran importancia para la nación
.
mi madre fuma Marboro Light y desmiento
cada una de las postales del ilusionista. cada una de sus jugadas
que parecen perfectas. a simple vista es descubrir
cómo se empolva la memoria o parte de la memoria,
y hasta los discos de los Beatles. aquellas fachadas
parecen de mal gusto y enrarecen los quioscos de la multitud,
aún cuando hemos perdido el tiempo. mi madre reconoce
que existe la posibilidad de doblegar ese espacio,
cuando en la calle nos detenemos en un punto preciso
(¿en el mercado?), sólo ella y yo nos damos cuenta
que por un minuto algo de nosotros había cambiado
de repente.


Otro poema de LUIS M. PÉREZ BOITELaquí

(Cuba, 1969). Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.  Ha publicado los siguientes libros: Unidos por el agua (Poesía, Editorial Capiro1997), Los inciertos dominios del escriba (Poesía, Editora Abril, 1999), Bajo el signo del otro (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 2000), La oración del inquilino (Poesía, Editorial Sed de Belleza2001), Aún nos pertenece el otoño (Poesía, Editorial Casa de las Américas2002. Segunda edición en la Editorial Capiro, 2018), Para no quedar en el andén (Poesía, Editora Capiro, 2002), Nunca preguntes por la gloria (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 2003), No pidas el perdón (Poesía, Editorial Sed de belleza, 2004), Antes que la noche acabe (Poesía, Editorial Monte Ávila Editores2005), En esta extraña circunstancia (Poesía, Editorial La cuadrilla de la langosta, 2005), Ciudades del invierno (Poesía, Editorial Ediciones Ávila2005), No llames en la noche (Poesía, Editorial Azafrán y cinabrio, 2005), Memorial de invierno (Poesía, Editorial Casa de Teatro2006), La sagrada estación (Poesía, Editorial Capiro, 2006), Un mundo para Nathalie (Poesía, Editorial Cauce2007), Las naves que la ausencia nombra (Poesía, Editorial La Garúa Libros2008), Conversaciones con máscara (Poesía, Litera Libros2009), Hay quien se despide en la arena (Poesía, Editorial La Ronda2010), Algo parecido a un ciprés (Poesía, Editorial Cadelpo2011), Artefactos para dibujar una nereida (Poesía, Editorial Secretaría de Cultura de Coahuila, México, 2014. Segunda edición, Editorial Letras Cubanas, 2018), Un hombre errante, (Poesía, Editorial Capiro, 2015), Cartas de Rilke (Ensayo, Editorial Capiro, 2015), La isla invertebrada. Antología de poetas cubanos, selección, nota y prólogo de Luis Manuel Pérez Boitel (Editorial Capiro, 2018), Mecánica sobre el ciudadano A (Editorial Vigía, 2018), El libro de los hijos de Lev, (Ediciones El fortín,2019). Obtuvo en el 2002 el Premio Internacional Casa de las Américas en poesía, con el poemario Aún nos pertenece el otoño, y en el 2013 obtuvo el Premio Internacional en Lengua Española “Manuel Acuña” que otorga la secretaría de Coahuila en México, con el poemario Artefactos para dibujar una nereida, entre otros múltiples premios literarios. Posee la Distinción por la Cultura Cubana que otorga el Ministerio de Cultura de la República de Cuba. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y colabora con múltiples revistas literarias en la actualidad. En Revista Altazor

Elena Anníbali | Poemas sentimentales

Muchos días de calor seguidos. Mucho manglar espiritual.
Anoche no conseguí dormir por los mosquitos y la luna llena:

todo embatía hacia mi espíritu cansado y mi cuerpo, sudoroso,
pegado a las sábanas. Escuchaba la respiración de mi marido,

pausada y rítmica, como debe ser la forma en que respiran los
que no se preguntan nada, los que no dudan. Tengo una forma

pulcra de envidiarlo: apago y prendo la luz del velador. Lo
llamo, me responde, apago la luz otra vez. No vamos a tener

ninguna conversación difícil. No vamos a hacernos daño. Vamos
a hablar, otra vez, con la lejanía del salmo y las miradas. Pero

ahora no. Ahora no. A esta hora él camina en la casa donde su 
padre reza en armenio antiguo y su madre, perfecta, sin cáncer,

duerme una siesta pegada a su cuerpo, todavía azul. Lo sé por
la manera en que, a la luz del velador, su rostro adquiere la

consistencia de una felicidad atávica y vira, luego, hacia una
angustia infantil, cuando su madre se pierde otra vez entre puertas

y camas blancas. La luna traspasa las cortinas. Tengo sed y
cansancio. Esta vez me muevo como un fantasma, llego

a la habitación de mi hijo. Está dorado por el verano, dormido
perfectamente, bajo sueños sin desesperación ni dolor. Nuestra

genética ha conducido, como el salmón, por aguas contrarias,
y ha generado este ser, lleno de felicidad y amor. Sueña tus 

sueños, ahora. Nosotros construiremos con este terso y amargo,
-amargo- mármol, una escalera.


Otros poemas de ELENA ANNÍBALIaquí
Del libro inédito Poemas sentimentales












Ernst Jandl | Intenta escribir un poema

La imagen muestra al poeta Ernst Jandl sonriente de frente a la cámara. Leva un saco gris a cuadros sutiles y una camisa blanca. Las gafas son levemente oscuras

sala de espera     




todos esperan, pero nunca 
se esperan unos a otros 
todos esperan al hombre 
con gafas y bata blanca 
 
sucias están las revistas,  
todos temen infectarse, 
pero todos se arrastran por las arrugas rotas
de una ilustración.

siempre se sientan tres
uno junto al otro,
siempre dos
a cada lado,
pero el del medio
ha venido por él y no
por los otros dos.

sucias están las revistas
y aunque su piel está seca,
tocarlas resulta más agradable que
tocar la humedad piel del vecino
también más cómodo.

cuando se abre la puerta
entra el siguiente.
qué lejos está el siguiente.
camina solo

hay consultas
de tres a seis

las revistas están sucias, 
las sillas revueltas

quitarse las gafas
quitarse la bata
qué lejos está ya el siguiente.
se queda solo


correcciones



tiene
mucho que hacer
no lo hace
sino que escribe
un poema
corrección:
sino que intenta
escribir 
un poema

esto sería todo
lo que tiene
que hacer
y lo hace
corrección:
y lo intenta 
hacer


ERNST JANDL (1925/2000, Viena, Austria )
Diario de Poesía Nro. 83
Traducción: Sandra Santana
Imagen en rp-online. de

Dos poemas de Néstor Mux

La imagen muestra a una persona en actitud amable, cruzado de brazos, con un saco color gris-azulino (al parecer tipo tweed) una camisa al tono y una corbata color beige. El fondo es una exuberante vegetación
 

Hilos    




Uno siempre se negó a coincidir 
con las tías cuando aseguraban 
que todos tenemos el destino fijado. 

Una noción tan casera 
-sin fundamento alguno- 
se podía desechar sin miramiento 
como se desechan tantas cosas.

la jactancia que uno 
ataba los hilos de la propia existencia.

Pero un día, inesperadamente,
tomé el teléfono
y aquí estamos. Uno frente al otro
como si hubiéramos tenido el destino fijado.



Posesiones




A nuestra realidad iniciada
se agrega la posesión
de una sartén reciente


ella explica que el teflón
es materia plástica fluorada
resistente al calor y a la corrosión


el fritado de papas y huevos invita
a una expectativa doméstica en común


mientras -a fuego lento también
- crece este último amor de nosotros
aunque se haya hecho tarde



Otro poemas de NÉSTOR MUX,
Fuente: Revista El espiniyo 5/6

Joan Margarit | Me quedo aquí, adonde la vida me ha traído

Retirada    


No conocía este placer de obediencia a una ley. Me quedo aquí, adonde la vida me ha traído. Recorro la ciudad y me siento extranjero. No comprendo a los amigos que se han hecho tan viejos como yo y ya no sé de qué conversar con ellos. Cada nueva pareja de mis hijos me resulta más extraña. No recordaba haber deseado con tanta urgencia la soledad. Son señales. El animal las conoce y las obedece. Cuesta mucho encontrar un zorro muerto, un jabalí muerto. Antes se esconden.

Otros poemas de JOAN MARGARIT, aquí
Imagen en milenio





Diego Brando | Es lo opaco del viento

1    

Mudas las campanas no hacen más que incendiar la noche en nombre de un santo o un reo, fiebre que repica el oro en las aguas. Aquí solo veo caballos pasar ante el caos del césped y su luz y un agravio en el canto del pájaro que se dirige al fuego y al deseo, murallas altas de pan que brotan de cada boca y el sol, ese imperio de muecas que solo al barro enaltece. 

2    

¿qué voz oír cuando el aire es frío y la niebla un animal? En los pliegues de la noche se ilumina el día, astros penden y la luz que deviene en sangre es lo opaco del viento en donde aparece un hombre, y en sus pupilas la forma del mundo donde todo fuego cabe


Otros poemas de DIEGO BRANDOaquí










Mirtha Lucía Makianich | Saerianas

Aunque Mirtha Makianich, en su introducción al poemario “Saerianas”, diga que es una presunción creerse intérprete de algunas obras de Saer, lo cierto es que la poeta hace años que viene revisitando la obra del escritor santafecino en un diálogo íntimo que va enriqueciéndose, una y otra vez, porque también son íntimas las vivencias, las imágenes y el paisaje evocado por el escritor santafecino. Y son precisamente esas vivencias, esas imágenes y ese paisaje compartido –en igual y a veces trágico trasfondo histórico– los dardos envenenados que la llevan a la escritura –no académica– sino poética. Este encuentro dialéctico y profundo la conducen al reencuentro con su propia identidad: “¿cuánto de mío / atravesado / por el cuánto tuyo?” y la retrotraen porque la memoria aunque le pese– es un oscuro animal en acecho constante.

Y aunque la verdad sea un chisporroteo fugaz, una fuente, un núcleo remoto –acaso delirante– le alcanza a Makianich para la perseverancia, la insistencia en penetrar en los misterios del sueño y en los círculos obsesivos de Saer, que son como los suyos, porque también los suyos son como fantasmas / o nubes de humo / telarañas / que se entrecruzan. Sin embargo –y es lo más importante– oye en el canto del narrador-poeta su propio canto. Dice la poeta–: ¿Sabes? // Yo sí he visto la rosa / la vieja rosa marchita / crecer entre tus hojas / pétalos abriéndose / jirones de amarillo / color y perfume // y ¿sabes?/escucho cantar / entre esos pétalos porque es / así efímera / y particular / la alegría / de la belleza. Mirtha cumple acabadamente con lo que dice Saer, texto que ella misma cita–: “Toda lectura es interpretación, no en el sentido hermenéutico, sino más bien musical del término. Lo que el lector ha vivido le da al texto su horizonte, su cadencia, su tempo y su temperatura”. 
                                                                                                                                          Livia Hidalgo

BORRADORES que siguen 
gestándose
¿y entonces?
se avanza y se retrocede 
puntitos     destellos
luz lucecita 
señales
y todo para contemplar 
una fuente
un núcleo remoto 
desnudo delirio.

  
  
  
ESPORÁDICA luz 
perfora la fronda
y bajo los eucaliptos 
el bayo amarillo 
tasca y tasca

ya sin vino el hombre 
yergue su espalda 
deja el áspero sillón
y entra a ese interior 
entra al círculo animal

va hacia el bayo y salta 
se cuelga del cuello 
tirando hacia abajo
mientras tensos hacia arriba 
los músculos del bayo

repican las patas 
contra el suelo
equilibrio contrario 
tensiona el hombre 
débiles los relinchos

minutos así 
sin dirección
su pensamiento 
luego el salto
se desprende y abandona

¿Qué fue eso
sueño y anticipo 
premonición
o qué?
¿Sabes?

Yo sí he visto la rosa 
la vieja rosa marchita 
crecer entre tus hojas 
pétalos abriéndose 
jirones de amarillo 
color y perfume

y ¿sabes?
escucho cantar 
entre esos pétalos.

     
MIRTHA LUCÍA MAKIANICH (Villa Carlos Paz, Córdoba, Argentina) De: " Saerianas", Barnacle, 2025











Daniel Martucci | El mejor modo de esperar

La imagen muestra al poeta Daniel Martucci con la mirada altiva, con el pelo muy largo hacia ambos lados de la cara descubriendo una amplia frente. Viste una remera con cuello en v color  vinotinto. Detrás un estante contiene algunos libros



EL mejor modo de esperar es ir al encuentro 
La espera da fuerza al deseo 
 
Ir al encuentro no es ir hacia donde el objeto está 
No es ir detrás de los guiños del objeto. 
 
El encuentro sucede en un punto de lo 
desconocido 
cualquier punto
un punto en especial

El deseo sabe de nada
es ese sabor el que lleva el cuerpo
Hacia el encuentro en otra parte

En una palabra
lo lleva hacia el cielo de un borde
donde se despeña al vacio
de un nuevo deseo sin nombre aún


DANIEL MARTUCCI (1957 / 2012, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
Fuente: "Música rara N° 2", 2004

Suray Traba | Indómito despertar


4   



Desbaratado 
 
el sueño que sus brazos 
mece 
abre sus ojos 
la noche su tamboril      
que besa y daga 
una paciencia de escombros 
dibuja en el aura 
un quejido 
que no es reproche. 
 

10 



Muerde la noche
afín
herida diurna al día
la nimiedad
en su labio
musita
espasmos  despabilados 
la precisión desgrana
con instrumento
disonante
palabras inmunizadas
al destierro
su inciso
en clave de bestia
de vida láctea
rastrea destroza encontrando
pistas
negadas al alba
halo petrificado
anticipa
un aguijón de danza
destello mudo    afásico
en una palabra
escasez y abundancia
la noche
derrama
alaridos silvestres
noctámbula volví
para ser
su escribiente.


32



De intermitencia    infinita
pulsa         difuminada
en un cuenco
donde la luz mecía
se agitan             penumbras
la atmósfera se  tiñe de voraz
apura el paso
se acerca           se aleja
merodea el letargo
pierde equilibrio
al acierto
sazona un resquemor
envuelve
engulle      traga
soy su manjar.


VI



La voz 
muta
en sus jirones
despide esquirlas
de sueño roto.


VII



Es tarde
para la palabra
una consonante
   es insignia
pretextos que la noche inventa
duermen
bajo una bombita que titila.


SURAY TRABA (1969, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
De: "Indómito despertar", Barnacle, 2025

En su libro "La llegada a la escritura", la filósofa Hélène Cixous señala: "Lo único que tengo para escribir es lo que no sé". Esta idea resuena en este libro, el primer poemario de Suray Traba, donde la escritura se convierte en errancia por lo que no ha de saberse. Escribir como un estado de presencia en el no-saber. Situarse en el desconocimiento pleno como inicio de la escritura, atravesar el vértigo de esa inocencia, desaparecer para ser.
Suray recorre el campo abierto de la noche, buscando con su lámpara ciega los fragmentos de luz de un alba que se retrasa. 
En el territorio extenso de la vigilia, el lenguaje se extravía. ¿Cómo encontrar las palabras, en el espacio delimitado entre lo no-dicho y lo por-decir, cuando cada signo se revela urgente?
En hebras, desmenuzado, lo que no-se-sabe teje la trama de un idioma noctámbulo e insomne. Teje una voz.
Y la voz se extiende sobre el paisaje de la noche, poderosa y lúcida, delicada y caótica, tropezando con lo que se supo callar. 
"Quedate despierta, hilachita de voz", susurra. Y la voz se hace presente, se nace, se alumbra.
"Quiero escribir la noche", dice Suray, "quiero escribirla ahora, que no sé qué digo, con lo que no sé qué digo". 
El poema es mantra y plegaria, es fe y manifiesto para esa que tabula en la oscuridad, para la mujer que escribe en la noche, y en la noche, despierta.

Mariana Finochietto

Ángelica Morales | Mientras dormía salieron pájaros de mis oídos y otros poemas


Mientras dormía salieron pájaros de mis oídos      

 


Eran pequeñas porciones 
                        de carne 
                        y pluma 
que se pusieron 
a caminar en recto 
                        sobre la almohada. 
Era una generación
de músicos sordos
que no sabían volar.
No sabían hacer otra cosa
que entrar
y salir de mis oídos,
como quien sale de una jaula
                        y vuelve a entrar,
como quien cierra
la puerta de una cárcel
                        y vuelve a entrar,
como quien abandona
el nido de un amor
                        y le prende fuego
                        a sus canciones
                        mientras baila desnudo
                        en mitad de las llamas.
Eran pequeñas criaturas
sin nombre,
con el peso
de un dolor liviano,
con el peso
de una carta
perfumada de tambor,
con el peso
de una pierna amputada
que sigue buscando
el camino de regreso.
Aún los guardo
dentro de mi silencio,
comen lluvia en rama,
la soledad dormida del otoño,
el primer frío de la muerte.


 

Pudiera ser que el otoño sangre en la ciudad


 
 
Hoy comienza
un cambio de estación.
Hay maletas
arriba del armario
que aguardan la ropa vieja
                        o el sudor,
que esperan el hambre
de una polilla.
Allí he de guardar
el ruido más cálido
de una noche de agosto,
versos de Shakespeare
que no sé pronunciar en francés,
un cupón de la suerte.
Hoy la ciudad
despierta su lengua al frío,
sus mujeres tumban la herida
y pasean famélicas
por las aceras,
abrazando sus propios huesos,
sin reconocerse
en el cristal de los escaparates,
haciéndole la burla a la leche en flor
que hierve dentro de sus pezones.
Hoy habrá música de hojas
cayendo dentro
de una taza de té,
habrá ancianos
que pisen por primera vez un asilo.
Todos serán mayores
de ochenta años,
sabrán bailar tangos,
escupir sobre una palangana,
morder el corazón del trueno.
Hoy mi casa
se hace más pequeña
y hay un dolor cautivo
dentro de mis orejas,
como de burros lamiendo la sal
que no existe en la montaña,
como de obrero de la construcción
derribando tabiques
dentro de mi cabeza.
Hoy los pájaros me dan la espalda.
Hoy los árboles
desnudan el silbido de una serpiente,
mudan su alma de tierra blanca
por un hueco
de silenciosa negrura.
Mientras tanto...
                        Golpes en el televisor,
                        golpes de estado
                        en países que comen silencio
                        en llamas,
                        partidos políticos
                        que rompen su sexo en dos
                        y masturban ideas viejas
                        frente a un muro de metacrilato.
Hoy mi ciudad
es la misma ciudad de hace un año,
idéntica a la de hace un siglo,
con total seguridad,
no ha cambiado nada
desde que Dios puso aquí
                        el primer terror
                                    de sus lámparas.


 

Pero también puedo soñar cosas bellas dentro del fuego 

 



Alguien me pidió fuego
y yo saqué mi corazón
y se lo ofrecí.
Recuerdo
que en la calle
empezaban a caer
las primeras gotas
del otoño
y que una niña china
me sonrió
desde el escaparate metálico
de sus dientes.
Fue entonces
cuando empecé a escribir
este silencio,
cuando me puse a buscar
en el mapa
la lentitud mística
de los pájaros.
 
 
 

La ceguera de Dios



 
Mi casa está abierta a la ternura de la tarde.
Mi casa que es hueco lunar o lagartija reptando entre las manos del tiempo.
Tantas veces he visitado en sueños su ceniza, Dios amarillo,
como quien visita una tacita de té los domingos
o la pierna amputada de esa bailarina que sigue girando al borde de un puñal.
Mi casa que es de bronce y olvido y huele a leche caliente y vicks vaporub,
a tormenta que agita el alcohol de sus ángeles y un chocar de música lujuriosa.
¿Por qué tendremos tanto dolor cuando se nos muere una casa, una infancia, el pecho de una pared?
¿En qué cielo se tumba la órbita de nuestro llanto?
He de decirte, Dios amarillo, que mi casa está plena de fantasmas,
mujeres infelices que levantan la piel de sus vestidos
y brincan sobre el fémur de un cajón
donde las polillas se emborrachan de hambre.
Un día de estos tienes que contarme cómo es tu casa, Dios amarillo,
qué animal humano roe el hueso de tu corazón,
le da una patada a tu ceguera


ÁNGELICA MORALES
(1970, Teruel, España)
Imagen en deconcursos 




 

Dos poemas de Pablo Queralt

 

TENER LIBROS en el baño en la cocina como la plata en distintos lugares
para que nunca me falte así alguien que no conozco esconde dentro mío ideas
recuerdos que de pronto aparecen como cuando salía a fumar para no sentirme desplazado del que narra y quién mira
donde se gesta el poema y pone algo que va del pasado al presente como quién confunde
los tiempos y viene de lo antiguo y no de lo reciente tirando del hilo.



CAMINAMOS caminamos y puedo decir que allí nuestras almas hablaron 
tan cerca estuvimos que nada tocábamos y ni hablar necesitábamos 
yo era tu imagen o mi materia era la tuya la sustancia única 
de nuestras palabras estalladas en su microcosmos al espacioso infinito 
que era la nada y el todo donde llegamos sin decir que llegamos. 


De: "La doble pena de volver a contarlo todo, Ediciones La yunta, 2025
Otros poemas de PABLO QUERALTaquí 

Fernando Pessoa / Álvaro de Campos

     

Tengo un pedazo de resfriado    




Tengo un pedazo de resfriado, 
y ya todo el mundo sabe que un pedazo de resfriado  
altera todo el sistema del universo, 
nos ponen a mal con la vida, 
haciendo estornudar a la metafísica incluso.  
He perdido el día de tanto sonarme. 
Me duele la cabeza indistintamente. 
¡Triste condición para un poeta menor! 
Hoy soy, de verdad, un poeta menor 
Antes fui sólo un deseo que se ha roto.

¡Adiós para siempre, reina de los cuentos! 
Tus alas eran de sol, pero yo voy tirando.
Hasta que no me eche en la cama no estaré bien,
como nunca estuve bien salvo cuando me echaba sobre el universo.

Excuse. du peu... ¡Qué pedazo de resfriado físico! 
Necesito verdades y aspirinas.


Tenho uma grande constipação,



Tenho uma grande constipação,
E toda a gente sabe como as grandes constipações
Alteram todo o sistema do universo,
Zangam-nos contra a vida,
E fazem espirrar até à metafísica.
Tenho o dia perdido cheio de me assoar.
Dói-me a cabeça indistintamente.
Triste condição para um poeta menor!
Hoje sou verdadeiramente um poeta menor.
O que fui outrora foi um desejo; partiu-se.

Adeus para sempre, rainha das fadas!
As tuas asas eram de sol, e eu cá vou andando.
Não estarei bem se não me deitar na cama.
Nunca estive bem senão deitando-me no universo.

Excusez un peu... Que grande constipação física!
Preciso de verdade e da aspirina.


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