Laura Wittner | Buscando recuperar el estado de flotación
CASA EN EL BOSQUE
PASEO
De: "Lluvias", Bajo la luna poesía, 2009
Fayad Jamis | Heredero de la ceniza del amanecer
FAYAD JAMÍS BERNAL (1930, Zacatecas, México / 1988, La Habana, Cuba)
Claudio Rodríguez | A pesar de todos los pesares

Lo que no es sueño
Déjame que te hable en esta hora
de dolor con alegres
palabras. Ya se sabe
que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,
curan a veces. Pero tú oye, déjame
decirte que, a pesar
de tanta vida deplorable, sí,
a pesar y aun ahora
que estamos en derrota, nunca en doma,
el dolor es la nube,
la alegría, el espacio,
el dolor es el huésped,
la alegría, la casa.
Que el dolor es la miel,
símbolo de la muerte, y la alegría
es agria, seca, nueva,
lo único que tiene
verdadero sentido.
Déjame que con vieja
sabiduría, diga:
a pesar, a pesar
de todos los pesares
y aunque sea muy dolorosa y aunque
sea a veces inmunda, siempre, siempre
la más honda verdad es la alegría.
La que de un río turbio
hace aguas limpias,
la que hace que te diga
estas palabras tan indignas ahora,
la que nos llega como
llega la noche y llega la mañana,
como llega a la orilla
la ola:
irremediablemente.
CLAUDIO RODRÍGUEZ (1934, Zamora / 1999, Madrid, España)
Fuente: Ezequiel Zaidenwerg
Enlaces: Zenda Libros | A media voz
Terrance Hayes | En los barrotes que hay entre nosotros
What it Look Like
TERRANCE HAYES (1971, Columbia, South Carolina, Estados Unidos de NA)
10 poetas españoles contemporáneos
Joan Margarit: Retirada
No conocía este placer
de obediencia a una ley.
Me quedo aquí, adonde la vida me ha traído.
Recorro la ciudad y me siento extranjero.
No comprendo a los amigos que se han hecho tan viejos como yo
y ya no sé de qué conversar con ellos.
Cada nueva pareja de mis hijos me resulta más extraña.
No recordaba haber deseado
con tanta urgencia la soledad.
Son señales. El animal las conoce y las obedece.
Cuesta mucho encontrar un zorro muerto,
un jabalí muerto. Antes se esconden.
Pedro Alcarria: Un paseo por el Louvre
Es el error fatal de abrigar esperanzas:
Siempre que voy al Louvre a iluminarme
me asalta un ataque de furor.
No perdono la belleza
que es como una perra cariñosa
saltando de alegría a mi lado.
Y querría apalearla hasta la muerte,
por un repugnante juego de la inteligencia,
por el trino ambicioso de mi corazón.
Y me pongo a contar fábulas idiotas,
de las que no tengo fotos ni pruebas.
Todo para que el asno ascienda.
A menudo me arrepiento,
-sala tras sala del Louvre
de este arranque atrabiliario,
de esta flor de mi crimen,
de estos estúpidos augurios.
Maldiciendo por los pasillos del museo,
enfermo de esperanza.
Ángeles Mora: Casablanca
As time goes by...
Entre todos los bares de este mundo
he venido a este bar para encontrarte,
furtiva como siempre,
para rozar la piel de tus esquinas.
Y cómo me hace daño tu cansancio
-ya sabes que mañana es cada lunes-
esa vieja, tristísima, memoria
de buscarle sentido a algo que bulle
como se abre una flor,
así, de golpe.
Manías de la ausencia y tus nostalgias.
Te noto tan cansado...
Quiero dormir contigo. Busca sólo
un poco más de sueño y de tabaco.
Quiero morir contigo.
¿Por qué no me prometes un cumpleaños más?
Las arrugas ahí sí que son cosas serias
o el paso de los días,
con mis pechos que bajan a acariciar tus manos.
Y luego cuando un labio nos elude
en la piel de las ingles, ay, no muerdas,
y nos brinca por dentro...
Pero ahora llega el tren
como un viejo caballo del National
qué diestro en los obstáculos,
qué sucia su taberna,
qué mediodía oscuro al despedirte.
Te veo tan delgado
con tus causas perdidas,
tus canas en la llama de la copa,
mi amargo luchador, .
sonriendo lentamente, como si te murieras.
Como al decirme adiós.
Antonio M. Figueras: La vida por delante
Mi perro
es un cachorro
incapaz de intuir
que no ha venido
para llevarse la vida
por delante.
Parece feliz,
ajeno a la necesidad
de tomar partido
en lo que sucede
en la plaza Maidan
o en Tahrir
o en el penúltimo desahucio.
Mi perro
ha destrozado
las muñecas rusas
que traje de Moscú.
Da la impresión
de que no le ha extrañado
que al final del misterio,
tras la última matrioshka,
no hubiera
nada.
Concha García: Yo te quise
No hay por qué reencontrarse. Yo te quise.
Estoy en un jardín. Hay tres magnolios
y césped. Es un diminuto paisaje que emula
la naturaleza. Vivo en una casa pareada
el balcón da a la calle, el dormitorio
a una laguna de sueños que ya tuve.
Cuando me reclino para hacer la cama
de la sábana brotan nidos de aconteceres
que recuerdo. En la cocina, las tazas
brillan cuando el sol se va a ocultar
y el olor de los magnolios impregna
los cubiertos.
Yo te quise. Desordeno los papeles
que me desnudan, porque no tengo nada
para cubrir la cuota de alquiler. Yo
te quise.
Francisca Aguirre: Desmesura
Luego, la vida hizo una pausa
y todo pareció recomponerse
como esos acertijos infantiles
en los que sólo falta una palabra,
una palabra necesaria y rara.
Pero dijo que no. Cerró los labios
y escuchó el gorgoteo de las sílabas
luchando por vivir a la intemperie.
Dijo que no. Y el tiempo oyó el silencio.
Luego, la vida hizo una pausa.
Y todo fue distinto: el dolor fue
más cauto, más sensato,
la lujuria lloró en su madriguera.
Y el tiempo inauguró sus máscaras:
hubo un pequeño espanto en los rincones,
temblaron los espejos agobiados
defendiendo impotentes el azogue.
Los pájaros callaron esa tarde
y la luna brilló blanca y sin manchas.
Ardió la noche como vieja tea
con la absurda avaricia de la muerte,
con su luto distante y pegajoso,
y un rencor resabiado y carcomido
descargó como lluvia en el desierto.
Entonces, sólo entonces,
oyó a su corazón ladrando
y se volvió despacio a los espejos
y los vio tiritar con mucho frío
y pedir compasión desde su escarcha.
Y no supo qué hacer con tanta desmesura:
cerró los labios y escuchó al silencio.
Raquel Lanseros:En ocasión de todos los finales
Yo nunca resistí las despedidas
con su mezcla de muerte y precipicio
con el aroma amargo de la finitud
empalagando el ánimo
con esa luz de hielo matutino
que penetra debajo de los párpados.
Yo nunca resistí las despedidas
pero no sé por qué.
Me lo pregunto porque no ha supuesto
una sorpresa súbita casi ninguna de ellas.
He solido saber
con esa exactitud de los relojes
el lugar, el momento
la documentación y el escenario
en que sobrevinieron.
No hay engaño. El jueves diecinueve
era un jueves sin ti. Estaba escrito
mucho antes que las lágrimas
anunciasen el fin
y todo fin es único.
Las despedidas son como el otoño
inevitables pérdidas
vienen puntuales con aviso previo.
Nadie puede acusar de su tristeza
a la pequeña hoja tiritando dormida
en medio del camino.
De repente esa hoja me recuerda
los hoteles pintados de naranja.
Son dos cosas que llegan de otra época
igual que llega la bruma de noviembre.
Traen una carga de nostalgia limpia
sin traición ni sorpresa.
Y sin embargo el alma
no logra acostumbrarse en una vida.
Yo nunca resistí las despedidas
porque en cada una de ellas se marchita la voz
de todas las personas que yo he sido
y ya no puedo ser.
Adolfo García Ortega: Los vasos de Morandi
He ahí la astucia de las formas
y el secreto privado de los colores;
he ahí una medida para el mundo,
a veces pura, a veces sórdida,
siempre ligeramente manchada
como una gota de pintura blanca
resbalando por un pincel usado;
sabiduría y zozobra están ahí,
dentro del apacible vidrio
de esos vasos vacíos y en calma. Pero
también están en su interior todos los
días de una vida cualquiera; los
enormes, los esplendorosos
hechos de una biografía anónima y común.
A mi entender, eso pintó Morandi:
la vida entera, sucia y general.
Jordi Doce: Desierto de los Monegros
El coche en sombra bajo el tendejón
y flecos de maleza parda junto a las ruedas.
El sol de mediodía percute en el asfalto
y siembra el arenal de transparencias.
Dos muros desdentados,
una señal de tráfico,
restos de chapa y neumáticos rotos
son cuanto evoca
el tiempo de los hombres, su transcurso.
La botella de agua y tus gafas veladas.
Estar de paso es de repente
este paisaje alucinado,
esta incredulidad de diez minutos
que es otro modo de distancia
y convierte la vida en memoria precoz.
Dejas caer el agua por tu frente
y el pelo se te encrespa, más oscuro.
Has vuelto a abrir los ojos
y una sonrisa rompe el maleficio,
este breve paréntesis de insidia
que tiembla con el aire, como humo.
La mueca de tu alivio es una calma
y sé reconocer su contundencia.
Veloz hacia un destino
que nos llama sin conocernos,
el coche arranca y deja surcos en el arcén.
Queda sólo esta luz,
la aguja fiel de agosto
que horada cuanto toca,
más allá de nosotros.
Isabel Bono: Salir a la calle
SALIR a la calle
sin otro trabajo
que vagar sin objetivo
entretener el miedo
se convierte en superstición
nos dirán qué hacer
tú y yo parados
en el centro de la muchedumbre
uno piensa en una flecha
de alguna manera
el dolor desaparece
como la luz menguante
de los charcos
Imagen: Teresa Carneiro
Santiago Sylvester | La cantera (Notas del Tiempo)
Manuel Mujica Lainez por Madrid, siempre teatral e ingenioso. Hace muchos años almorzamos en Salta. En el almuerzo me preguntó si yo pensaba volver a Salta a vivir; era mi época de estudiante en Buenos Aires; y yo entendí (con razón) que en su pregunta había una crítica: consideraba que Salta (y todas las ciudades del país, salvo Buenos Aires) era un pueblón sin mucha gracia. Le contesté con un poema chino: “un pueblo de hombres simples y mujeres sencillas, y pienso que cualquiera de ellos es mejor que yo”. Se sintió tocado, se revolvió como un pájaro que da un picotazo, y señalando hacia fuera por la ventana dijo: “¡Por supuesto, cualquiera de estos es mejor que yo, en el peor sentido de la palabra!” A Mujica no se le puede ganar con chicanas.
La anécdota anterior unida a
otra de mucho después. El motivo que me había dado Mujica para llamarme en
Salta fue que él tenía una novela cuyo personaje es un poeta de apellido
Sansilvestre; huye a Londres y lo modifica por Sylvester. Yo no había leído
entonces Los ídolos (cuyo protagonista, más que poeta, es un sospechoso
de impostor); pero muchos años después el azar hizo que la editorial Cátedra,
de Madrid, le encargara a Leonor, mi mujer, la edición crítica de ese libro.
El conocimiento tiene complejidad; es comprensible que el artista, al exponer su resultado, no facilite la tarea. Hubiera sido absurdo que Picasso, cuando pintó Las señoritas de Avignon, hubiera llenado el cuadro de carteles aclaratorios. El tiempo se encarga de aclarar intenciones y resultados. Pero cuidado: si los aclara demasiado les quita interés. La lectura de los clásicos (Quevedo, San Juan de la Cruz) es posible para cada nueva generación porque siempre quedan zonas en la penumbra, algo sin aclarar. Lo contrario ocurre con algunos versificadores, incluso buenos: el tiempo aclaró demasiado, y perdieron alarma por exceso de iluminación.
El consejo de Eugenio D´Ors, oscurezca (lo contrario de lo que diría un retórico: aclare), es un buen consejo, pero tampoco resuelve el problema; el tiempo también se encargó de demostrar que en muchas obras sólo había falsa oscuridad
Calderón y Shakespeare a raíz de una conversación.
Calderón, buen poeta y
excelente dramaturgo: tiene ritmo teatral y sentido del desenlace. Fue un
dramaturgo moral, didáctico sobre dónde están el bien, el mal, la salvación,
etc. España era el país de la Contrarreforma, y Calderón estaba obligado
(tampoco hay pruebas de que quisiera hacer lo contrario) a ensalzar una
creencia y una ideología: su obra está presidida por la idea de que todo poder
viene de Dios.
Shakespeare vivía en un país
convulso y permisivo; es un poeta-dramaturgo laico. Dios no aparece en sus
obras, salvo como exclamación (¡oh Dios!); nunca se apela a la autoridad divina
para resolver conflictos humanos. El poder está tratado críticamente: reyes y
autoridades son (pueden ser) locos, asesinos, dudantes o tortuosos; algo que no
podría haber hecho Calderón. Ningún personaje de Calderón podría haber dicho
“la vida es un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia”, a menos
que, inmediatamente, lo refutara y probara que la vida tiene un sentido
trascendente.
Época y sitio condicionan la
obra de uno y otro: se los lee con agrado, pero a uno hay que situarlo en la
historia, mientras que el otro pregunta con nuestras preguntas y a veces
responde con nuestras respuestas.
Hay escritores, y hay gente que escribe. La diferencia es tajante, no sólo de calidad, sino de algo previo: la escritura como destino.
Por otra parte, hay mucho
artista (incluso bueno) que elabora su arte de ruptura asistido por una beca o
ayuda similar. No tengo objeciones a eso, pero hay que reconocer que esa
situación le ha mojado la pólvora: su poder de escándalo queda reducido al
estar “autorizado” a decir cosas terribles. Un crítico alemán usa esta fórmula:
“a la subversión por la subvención”; es decir, el hecho de ser pagado para
provocar: una ferocidad de boutique.
Una anécdota que le oí a Roberto Tálice, con quien durante un tiempo fuimos vecinos en Buenos Aires. Tálice había sido amigo de Carlos de la Púa, poeta del lunfardo, y contaba que, con cierta jactancia, de la Púa se declaraba ateo cada vez que podía. Un día de la Púa se enfermó de verdad, enfermedad que lo llevó a la tumba, y Tálice fue a visitarlo al sanatorio. Al entrar a la habitación, se cruzó con un cura que salía; por supuesto, Tálice no dijo nada, pero de la Púa se sintió como pillado en una falta, y atinó a decirle en el mejor estilo tanguero: —Y bueno, flaco, tirarse un lance no cuesta nada.
“No hay persona más insoportable que una celebridad de provincia”, Chejov.
Poemas de SANTIAGO SYLVESTER, aquí
Joaquín Giannuzzi | Un foco de energía estallando hacia la gracia
El galgo
Otros poemas de JOAQUÍN O. GIANNUZZI, aquí
Pablo Caramelo | La ausencia no tiene explicación
15
PABLO CARAMELO (Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina)






