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octubre 20, 2026

Marcelo Kacanas | La historia no tiene un destino inevitable

La fotografía muestra a un hombre mayor, de cabello blanco y corto, con gafas de montura metálica y una expresión serena y reflexiva. Viste un abrigo oscuro de solapas amplias y una prenda de cuello alto, también oscura.  Se encuentra en una vereda arbolada de Villa Crespo, Buenos Aires, en un día soleado. La luz del sol otoñal ilumina su rostro y produce sombras alargadas sobre la acera. A su espalda se distinguen las fachadas de edificios residenciales, algunos automóviles estacionados y un café de barrio con un cartel negro que anuncia café, tortas, sándwiches y vinos. En la parte superior derecha, un letrero identifica el barrio.  La composición tiene un carácter espontáneo y cercano: el hombre ocupa el primer plano, mientras que la calle se prolonga hacia el fondo, aportando profundidad y una atmósfera urbana porteña.  En conjunto, es un retrato callejero cálido y natural, que transmite la personalidad de quien pasea por un barrio tradicional de Buenos Aires, entre cafés, árboles y edificios que forman parte de la vida cotidiana de la ciudad.


PLEGARIA




Si ocuparas el rincón de la habitación que es el escenario de tu primera biblioteca
no pienses jamás en retirar los libros de aquella infancia barrial en Versailles.
No abandones en el taller los estantes con la arcilla que sigue esperando de tus manos,
que los estantes con la arcilla sean el comienzo de tu dibujo del camino,
de los objetos de la subjetividad.
No abandones tu pequeño escritorio del amanecer donde leías a Whitman y González Tuñon,
sus cuatro patas fijan el límite de tu abecedario adolescente.
No dejes de estar en la esquina de Zelada y Cañada de Gómez, aun navegan los barquitos de papel
que tu padre construía con misterio inmigrante para las tardes de lluvia delicada.
No olvides estar en cada lugar, en cada geografía de tus juegos y lecturas.
La naturaleza detesta el vacío.



CAFÉ




En el susurro de las mesas cercanas siempre el mismo dibujo de geometrías sin trasluz
sobre el detalle de manteles prolijamente manchados.
Pedro Donangelo me habló de su necesidad de caminar por Buenos Aires, de su respiración por las esquinas
cruzadas por la memoria de los años.
Aquella tarde hablamos del asombro por las noticias del mundo, cuando nuestro lenguaje
tenía un proyecto universal,
cuando no nos habitaba la decepción en la química de la realidad urbana
por donde corríamos firmes y hormonales convencidos que éramos justos y los venenos del dolor
no intoxicaban la piel.
Acariciábamos el borde del pocillo de café con hermandad simultanea e inconsciente...
Tarde nos dimos cuenta que la historia no tiene un destino inevitable.


in memoriam



La distracción de nuestra fe era un hecho natural embriagados
entre tanta poesía al paso y futuros tangibles en el devenir
de los caminos de la revolución.
Movilizados por las calles de cercanía con estandartes de utopías sanguíneas
fuimos solidarios en un tiempo que aún no presagiaba.
La poesía era el recurso de la eternidad de cada momento.
Conocí a Leonor García Hernando en el atardecer de un taller literario
cuando sus letras
ya prefiguraban y sus preguntas desmontaban el maquillaje de las imposturas.
En aquellos años, tal vez sin darnos cuenta, concebíamos un mundo como voluntad omnipresente.

Supe de su muerte y pensé en qué continuidad del oxigeno
volverán sus ojos a ver el día.