noviembre 08, 2026

John Ashbery | Autorretrato en un espejo convexo

Autor de "Autorretrato en un espejo convexo"


Autorretrato en un espejo convexo    




Como hizo el Parmigianino, la mano derecha 
mayor que la cabeza, tendida hacia el que mira, 
retirándose con suavidad, como queriendo proteger 
aquello que revela. Unos vidrios emplomados, vigas viejas, 
forro de piel, muselina plisada, un anillo de coral 
se acompasan en un vértigo donde descansa el rostro, 
que va y viene flotando, como la mano, 
pero que está en reposo. Es lo que queda
recluido. Dice Vasari: “Francesco se dispuso un día
a hacer su autorretrato, para lo cual se contempló
en un espejo convexo, como el que usan los barberos...
De este modo pidió que un tornero le hiciese
un globo de madera, y tras dividirlo en dos partes
y reducirlo al tamaño de un espejo, se dispuso
con mucho arte a copiar lo que veía en el cristal.”
Principalmente su reflejo, del que el retrato
es el reflejo cuando se ha apartado.
El cristal decidió reflejar sólo lo que él veía
lo cual bastó a su propósito: su imagen
vidriosa, embalsamada, proyectada en un ángulo de 180 grados.
La hora del día o la densidad de la luz
que se adhiere a su rostro lo mantienen
alerta, intacto, en un gesto recurrente
de llegada. El alma se instala.
¿Pero hasta dónde puede saltar desde los ojos
y regresar a salvo hasta su nido? Al ser convexa
la superficie del espejo, la distancia aumenta
significativamente; o sea, lo bastante para mostrar
que el alma está cautiva, tratada con humanidad,
suspendida, incapaz de avanzar mucho más lejos
que tu mirada al tiempo que intercepta el cuadro.
Al verlo, el Papa Clemente y su corte quedaron “estupefactos”,
según Vasari, y le prometieron un encargo
nunca materializado. El alma ha de quedarse donde está,
aunque esté inquieta, oyendo las gotas de lluvia en el cristal,
el suspiro de las hojas otoñales azotadas por el viento,
soñando con salir y ser libre, pero debe quedarse
posando en este sitio. Debe moverse
lo menos posible. Esto es lo que dice el retrato.
Pero hay en esa mirada una combinación
de ternura, de gozo y de tristeza, tan poderosa
en su contención que no es posible mirarla mucho tiempo.
El secreto es demasiado simple. Su pena mortifica,
hace que broten lágrimas calientes: que el alma no es un alma,
no tiene secreto, es pequeña, y encaja
perfectamente en su hueco: su estancia, nuestro instante de atención.
Esa es la melodía pero faltan las palabras.
Las palabras son sólo especulación
(del latín speculum, espejo)
buscan pero no hallan el sentido de la música.
Nosotros sólo vemos las posturas del sueño,
pasajeros de la moción que gira y revela
al rostro bajo cielos crepusculares,
sin falso desaliño como prueba de autenticidad.
Pero se trata de la vida englobada.
Uno querría extender fuera la mano
y atravesar el globo, pero su dimensión,
lo que lo porta, no lo permite.
No cabe duda de que es esto, y no el reflejo
de querer ocultar algo, lo que hace que la mano se avecine,
enorme, al tiempo que levemente retrocede. No es posible
figurarla plana como la sección de un muro:
debe ajustarse al segmento de un círculo
regresando, errática, al cuerpo al que parece
tan insólitamente pertenecer, para cercar y apuntalar el rostro,
cuyo esfuerzo ante este estado se insinúa
en la sonrisa que apenas se dibuja, como una chispa
o un astro que uno cree haber entrevisto
cuando retorna la oscuridad. Una luz perversa
cuyo imperativo de sutileza condena por anticipado
su presunción de iluminar: sin importancia pero intencionada.
Francesco, tu mano es lo bastante grande
para quebrar la esfera, y demasiado grande,
cabe pensar, para tejer unas mallas delicadas
que sugieran tan sólo su pronta detención.
(Grande, pero no tosca, meramente a otra escala,
como una ballena somnolienta en el fondo del mar
comparada con el pequeño, vanidoso barco que flota
en la superficie). Pero tus ojos proclaman
que todo es superficie. La superficie es lo que hay allí
y sólo puede existir lo que hay allí.
En la estancia no hay recovecos, sólo hornacinas,
y la ventana no importa mucho, ni esa astilla
de ventana o espejo a la izquierda, ni siquiera
como indicador del clima, que en francés se dice
le temps, la palabra para tiempo, y que describe
una trayectoria en la que los cambios son sólo
rasgos del conjunto. El conjunto es estable
en su inestabilidad, un globo como el nuestro, que descansa
sobre un pedestal de vacío, una pelota de ping-pong
confiada sobre su chorro de agua.
Y así como no hay palabras para la superficie, o sea,
no hay palabras que digan lo que realmente es, que no es
superficial sino un centro visible, así tampoco existe
solución para el problema del pathos enfrentado a la experiencia.
Tú te quedarás ahí, díscolo, sereno
en tu gesto que no es ni abrazo ni advertencia
sino que contiene algo de ambos
en pura afirmación que nada afirma.

El globo estalla, la atención
hastiada se retira. Unas nubes
se agitan en el charco como fragmentos cortantes.
Pienso en los amigos
que vinieron a verme, en la impresión
que tengo del ayer. Una rara inclinación
de la memoria que se adentra entre los sueños del modelo
en el silencio del estudio mientras éste considera
si levantar o no su lápiz hacia el autorretrato.
Cuántas personas vinieron y se quedaron un tiempo,
pronunciaron palabras claras u oscuras que pasaron a formar parte de ti,
como la luz tras la niebla y la arena empujadas por el viento,
que las filtra, las influye, hasta que nada permanece
que podamos decir que eres tú. Aquellas voces en la penumbra
ya te lo han dicho todo, pero la historia prosigue
en forma de recuerdos depositados en irregulares
terrones de cristales. ¿De quién es, Francesco, la mano curvada
que controla las estaciones cambiantes y los pensamientos
que se desprenden y alejan con prontitud vertiginosa
como las últimas y pertinaces hojas arrancadas
de las ramas húmedas? Yo aquí tan sólo veo el caos
de tu espejo redondo que todo lo organiza
en torno a la estrella polar de tus ojos vacíos,
que no saben nada, sueñan pero nada revelan.
Siento que el carrusel arranca lentamente
y acelera y acelera: mesa, papeles, libros,
fotografías de amigos, la ventana y los árboles
fundiéndose en un solo anillo neutro que me rodea
por todas partes, mire donde mire.
Y no puede explicar el mecanismo de nivelación,
la razón de que todo haya de reducirse a una sola
sustancia uniforme, un magma de interiores.
Mi guía en estas materias eres tú,
firme, oblicuo, aceptándolo todo con la misma
sonrisa espectral, y mientras el tiempo se acelera hasta que pronto
es mucho más tarde, tan sólo logro averiguar la salida más directa,
la distancia que existe entre nosotros. hace mucho tiempo
las pruebas esparcidas significaban algo,
los pequeños accidentes y placeres
del día que en su desidia se arrastraba,
un ama de casa sumida en sus tareas. Ahora es imposible
restaurar aquellas propiedades en esa indistinción plateada
que es el registro de lo que tú has logrado al sentarte
“con mucho arte a copiar lo que veías en el cristal”
con el objeto de perfeccionar y descartar lo extraño
para siempre. En el círculo de tus intenciones aún persisten
ademanes que perpetúan el hechizo de un yo con otro yo:
miradas que se lanzan, muselina, coral. Da lo mismo
pues estas cosas pertenecen al hoy
antes de que la sombra de uno pueda escapar
del campo hacia los pensamientos del mañana.

El mañana está claro, pero el hoy por trazar,
desolado, remiso como cualquier paisaje
a ceder lo que son las leyes de la perspectiva,
solamente, en realidad, para el pintor
profundamente desconfiado, un instrumento débil
pero necesario. Que, por supuesto, sabe
que algunas cosas son posibles, pero
no sabe cuáles. Algún día intentaremos
hacer todas las cosas que podamos
y quizás lo logremos con un buen puñado
de ellas, pero esto no tendrá nada
que ver con la promesa de hoy, nuestro
paisaje que se nos escapa para desaparecer
en el horizonte. Hoy queda suficiente forro para bruñir
y mantener unida la suposición de las promesas
en un solo trozo de superficie, permitiéndole a uno
regresar desde ellas paseando hacia casa para que estas
posibilidades incluso más fuertes puedan permanecer
intactas sin tener que ponerlas a prueba. De hecho
la piel de la cámara de burbujas es tan dura
como los huevos de reptil; allí todo se “programa”
a su debido tiempo: cada vez se incluyen más cosas
sin añadir nada al conjunto, y así como uno
se acostumbra a un ruido
que le impedía dormir aunque ya no lo hace,
la estancia contiene este flujo como un reloj de arena
sin variación de clima o cualidad
(salvo quizás para alumbrarse pálida y casi
invisible, en un ángulo de atención precipitado a la muerte –lo retomo
más tarde). Lo que debiera ser el vaciado de un sueño
se va inundando, incesante, a medida que se abre
la fuente de los sueños para que este sueño
pueda crecer, florecer como una rosa densa, desmedida,
desafiando leyes suntuarias, abandonándonos
al despertar y al intento de comenzar a vivir
en lo que ahora es ya un suburbio. Sydney Freeberg
dice en su Parmigianino: “En este retrato el realismo
ya no produce una verdad objetiva, sino una bizarria...
Sin embargo su distorsión no genera
una sensación inarmónica... Las formas conservan
una alta proporción de bella ideal,” porque se nutren
de nuestros sueños, tan vanos, hasta que un día
sentimos el vacío que dejaron. Ahora está clara
su importancia, por no decir su sentido. Estaban ahí
para alimentar un sueño que los incluye a todos,
en su inversión final en el espejo acumulante.
Parecían extraños porque en realidad no podíamos verlos.
Y sólo comprendemos esto en el instante en que se pierden
como una ola que rompe en una roca, que renuncia
a su forma en un gesto que expresa dicha forma.
Las formas conservan una alta proporción de belleza ideal
mientras secretamente hurgan en nuestra idea de distorsión.
¿Por qué no conformarse con este arreglo si en el fondo
los sueños nos prolongan mientras son absorbidos?
Sucede una cosa parecida a la vida, un movimiento
que va desde el sueño hasta su codificación.

Justo cuando empiezo a olvidarlo
vuelve a presentar su estereotipo
pero se trata de un estereotipo poco familiar, el rostro
anclado, incólume tras muchos lances, preparado
para enfrentarse a otros, “más ángel que hombre” (Vasari).
Quizás un ángel se parezca a todo
lo que hemos olvidado, quiero decir cosas
olvidadas que no nos parecen familiares cuando
las volvemos a ver, irremediablemente perdidas,
que una vez fueron nuestras. Esto justificaría
invadir la intimidad de este hombre
que “jugó con la alquimia, pero cuya intención
aquí no fue ya examinar las sutilezas del arte
con espíritu científico, distanciado: las empleó
para transmitir al espectador una sensación de novedad y asombro”
(Freedberg). Retratos posteriores como el “Caballero”
de los Uffizi, el “Joven Prelado” del Borghese,
y la “Antea” de Nápoles brotan de tensiones
manieristas, pero en éste, como apunta Freedberg,
la sorpresa, la tensión están más en el concepto
que en su realización.
La consonancia del Primer Renacimiento
está presente, aunque distorsionada por el espejo.
Lo que es nuevo es el extremo cuidado con el que traza
las veleidades de la redondeada superficie reflectora
(se trata del primer retrato en espejo), hasta el punto
de sentirte confundido por un momento
antes de darte cuenta de que el reflejo
no es el tuyo. Te sientes como uno de esos
personajes de Hoffmann que fueron desposeídos
de su reflejo, salvo que toda mi persona
parece haber sido suplantada por la estricta
alteridad del pintor situado
en otra estancia. Lo hemos sorprendido
trabajando, pero no, él nos ha sorprendido
mientras trabaja. El cuadro está casi terminado,
la sorpresa casi olvidada, como cuando uno mira hacia fuera,
asustado por la nevada que incluso ahora se extingue
deshaciéndose en briznas y destellos de nieve.
Sucedió mientras tú estabas dentro, dormido,
y no hay motivo para que hubieses estado
esperándolo despierto, salvo que el día
concluye, y habrá de costarte mucho
conciliar el sueño esta noche, al menos hasta tarde.

La sombra de la ciudad inyecta su propia
urgencia: la Roma en la que Francesco
estaba trabajando durante el Saco: sus invenciones
fascinaron a los soldados que irrumpieron en su estudio;
decidieron salvar su vida, pero él se marchó poco después;
la Viena en la que hoy está el cuadro, donde
la vi con Pierre en el verano de 1959; Nueva York,
donde estoy ahora, que no es sino un logaritmo
de otras muchas ciudades. Nuestro paisaje
palpita con filiaciones, con enlaces;
los negocios se mantienen con miradas, gestos,
rumores. Es una vida alternativa para la ciudad,
el respaldo del espejo en el estudio
sin identificar aunque nítidamente esbozado. Persigue
desviar la vida del estudio, deflactar su espacio
trazado, abatirlo en promulgaciones, aislarlo.
La operación ha sido temporalmente interrumpida
pero algo nuevo se aproxima, un nuevo preciosismo
empujado en el viento. ¿Lo puedes soportar,
Francesco? ¿Eres suficientemente fuerte?
Este viento trae lo que ignora, llega
autopropulsado, ciego, sin noción alguna
de sí mismo. Es una inercia que una vez
reconocida socava toda actividad, secreta o pública;
suspiros del mundo que no pueden comprenderse
pero pueden sentirse, un escalofrío, una plaga
extendiéndose por los cabos y penínsulas
de tus venas hasta los archipiélagos, hasta esa
clandestinidad, limpia, espaciosa, de alta mar.
Éste es su lado negativo. Su lado positivo
es hacerte percibir la vida y las tensiones
que tan sólo parecían marcharse, pero que ahora,
al ser puestas en duda por este nuevo modo, parecen
precipitarse fuera de moda. Sólo llegarán a ser clásicos
cuando decidan claramente de qué lado están.
Su reticencia ha ido minando
el escenario urbano, permitiendo que sus ambigüedades
parezcan agotadoras, tercas, los pasatiempos de un viejo.
Lo que ahora necesitamos es a este improbable
aspirante aporreando las puertas de un castillo
asombrado. Tu argumento, Francesco,
comenzó a enranciarse al no existir esperanza
de una o varias respuestas. Si se disuelve
en polvo, significa tan sólo que su hora
llegó hace algún tiempo, pero mira y escucha:
puede que haya otra vida allí dentro guardada
en lugares recónditos e ignotos; que ella,
y no nosotros, seamos el cambio; que en realidad seamos
ella si pudiésemos volver a ella, revivir su apariencia
de algún modo, volver nuestros rostros hacia el globo
al tiempo que desciende, y lograr, sin embargo, escaparnos seguros:
pulso normal, respiración normal. Al ser una metáfora
hecha para incluirnos, somos parte de ella
y podemos vivir dentro de ella como de hecho vivimos,
aunque sabemos que nunca podrá ser aleatorio
que nuestras mentes se queden desnudas para interrogar
sino que habrá que ocurrir con un orden que no supone amenaza
para nadie –en el modo normal en que se hacen las cosas,
como el crecimiento concéntrico de los días
alrededor de una vida: correctamente, si lo piensas.

Una brisa cual página que pasa
me devuelve tu rostro: el instante
se apropia de un bocado tan vasto de la niebla
de la dulce intuición que la sucede.
Ajustarse a un lugar significa “morir”
como dijera Berg de una frase de la Novena de Mahler,
o, citando a Imogen en Cymbeline, “No hay
en la muerte punzada más aguda que ésta,” pues,
pese a ser solamente táctica, ejercicio, acarrea
la inercia de una convicción que se ha ido formulando.
El olvido tan sólo no podrá cancelarlo
ni el deseo regresarlo, en tanto que persista
como blanco precipitado de su sueño
en el clima de suspiros arrojados al mundo,
una tela que cubre una jaula. Pero es cierto
que lo bello solamente se muestra en relación a una vida
específica, experimentada o no, encauzada hacia una forma
bañada en la nostalgia de un pasado colectivo.
Hoy se abate la luz con el mismo entusiasmo
que conocí en otro sitio, y comprendí el motivo
de su sentido aparente, de que otros sintieran
hace años lo mismo. Me empeño en consultar
este espejo que ya no es mi espejo
buscando la porción de fresco vacío
que ahora me corresponde. Y el jarrón siempre está lleno
porque sólo queda ese espacio preciso
y lo acoge todo. La muestra
que uno ve no debe ser tomada sólo
como tal, sino como todo
lo que quepa imaginar fuera del tiempo –no como un gesto
sino como todo en estado refinado, asimilable.
Pero ¿adónde nos lleva este umbral del universo
a medida que gira y oscila hacia dentro, hacia fuera,
negándose a cercarnos pero siendo
lo único que vemos? El amor una vez
inclinó la balanza pero ahora resulta impreciso, invisible,
aunque misteriosamente presente, cerca, en algún lugar.
Aunque sabemos que no puede encajarse
entre dos momentos adyacentes, que sus meandros
no conducen a nada salvo a nuevos afluentes
y que estos se vierten en una vaga sensación
de algo que nunca logra conocerse del todo
por mucho que sea probable que cada uno
de nosotros sepa de qué se trata y consiga
comunicárselo al otro. Pero el aspecto
que algunos portan como señal hace
que deseemos seguir avanzando sin prestar
atención a la aparente ingenuidad del intento,
sin reparar en que ya nadie escucha, pues la luz
ha iluminado sus ojos de una vez por todas
y comparece, incólume, constante anomalía,
despierta y silenciosa. Sobre su superficie
no hay razón especial para que el amor
sea enfocado por esta luz, o para que la ciudad
ocupando con todos sus hermosos suburbios
un espacio crecientemente turbio e indistinto
deba ser comprendida como apoyo en su progreso,
el caballete sobre el cual se desplegó la tragedia
hasta alcanzar su plenitud, llegando hasta el final
de nuestros sueños, un final que nosotros jamás
imaginamos, bajo una luz gastada, con la promesa
pintada que se asoma como indicio, un vínculo.
Esta hora del día anodina, indefinible,
es el secreto del lugar en que sucede
y ya no podemos retornar a esas declaraciones
diversas, enfrentadas, que se acumulan, lapsos
de la memoria en testigos principales. Todo
lo que sabemos es que hemos llegado un poco pronto,
que este día tiene una esencia lapidaria,
que la luz diurna puede fielmente reproducir
arrojando sombras de ramas en aceras
joviales. Ningún día anterior habría sido como éste.
Yo solía pensar que todos se asemejaban,
que el presente parecía siempre igual a todo el mundo
pero esta confusión se desagua a medida
que uno encumbra las olas de su propio presente.
Sin embargo, ese espacio “poético”, pajizo,
del pasillo alargado que conduce de nuevo al cuadro,
su contrario ensombrecido -¿es esto acaso
una quimera del “arte”, que no debe concebirse
como real y mucho menos especial? ¿No tiene su guarida
también el presente del que siempre escapamos
para siempre volver, mientras la noria de los días
insiste en su curso sereno, sin incidentes?
Creo que intenta decir que es hoy
y debemos salir mientras que el público se arrastra
en este momento a través del museo para estar
en la calle cuando cierren. No puedes vivir allí.
El barniz gris del pasado corroe toda experiencia:
secretos de limpieza y acabado que tardaron una vida
en aprenderse y que quedan reducidos a la condición
de ilustraciones en blanco y negro en un libro con pocas
láminas coloreadas. Es decir, todo el tiempo
se reduce a ningún momento especial. Nadie
alude al cambio; hacerlo supondría
llamar la atención y eso
aumentaría el miedo de no poder salir
antes de haber visto toda la colección
(exceptuando las esculturas del sótano:
están donde se merecen).
Nuestro tiempo queda velado, comprometido
por el deseo de durar del retrato. Insinúa
nuestro deseo, que buscábamos mantener oculto.
No necesitamos ni cuadros
ni ripios escritos por poetas maduros
cuando la explosión es tan lograda, tan pulcra.
¿Tiene algún sentido admitir la existencia
de todo eso? ¿Existe acaso?
Desde luego ya ha dejado de existir
ese ocio que permitía pasatiempos
majestuosos. El hoy no tiene márgenes, el suceso llega
encajado en sus bordes, comparta la misma sustancia
que ellos. “Jugar” es otra cosa;
Se da en una sociedad específicamente
organizada como una manifestación de sí misma.
No hay otra manera, y todos esos capullos
que lo confunden todo con sus juegos de espejos
que parecen multiplicar las apuestas y azares,
o que sencillamente enturbian las cosas con un aura
invasora que erosiona la arquitectura
del todo en una bruma de burla reprimida,
resultan irrelevantes. Están fuera del juego,
que no existe hasta que estén completamente fuera.
Parece un universo muy hostil
pero, como el principio de cada cosa individual
es también hostil y existe a expensas del resto,
como muchos filósofos han señalado, al menos
esta cosa, el presente mudo e indiviso,
tiene la justificación de la lógica,
lo cual en este caso no es malo
o no lo sería, si no fuese porque el modo
de decirlo no importunase un poco, tergiversando el resultado
final hacia una caricatura de sí mismo. Esto
siempre sucede, como en el juego en el que una frase
susurrada de unos a otros alrededor de una estancia
acaba siendo al final totalmente distinta.
Es el mismo principio que convierte a las obras de arte
en algo tan diferente de lo planeado por el artista.
Con frecuencia descubre que ha omitido aquello
que quería decir al comienzo. Seducido por flores,
explícitos placeres, se culpa a sí mismo (aunque
secretamente satisfecho con el resultado), imaginando
que pudo opinar sobre este asunto, que ejerció un derecho
a elegir del que casi no era consciente,
sin saber que la necesidad sortea estas decisiones
para crear de este modo algo nuevo
por sí mismo, que no hay otra manera,
que la historia de la creación avanza conforme
a leyes estrictas, que así es
como son las cosas, pero nunca las cosas
que planeamos realizar y que desesperadamente
quisimos ver nacer. Parmigianino
debió de darse cuenta de esto mientras trabajaba
en aquella tarea que frenaba su vida. Estamos obligados
a descubrir el logro perfectamente posible de un proyecto
en ese acabado suave, quizás desabrido (pero tan
enigmático). ¿Debemos tomarnos en serio
alguna cosa fuera de esta alteridad
que acaba insinuándose en las formas más simples
de nuestra vida diaria, que lo cambia todo
leve y profundamente, que nos arrebata de las manos
la materia de la creación, de cualquier creación,
no sólo de la creación artística, para instalarla en alguna
monstruosa y cercana cumbre, demasiado próxima
para ignorarla, demasiado lejana
para que podamos intervenir? Esta alteridad, este
“no ser nosotros” es todo lo que podemos
ver en el espejo, por mucho que nadie sepa
decir cómo ocurrió. Un barco con bandera
desconocida ha entrado en el puerto.
Estás permitiendo que asuntos extraños
desintegren tu día, que nublen el foco
del globo de cristal. Su escena se aleja
sin rumbo cual vapor esparcido en el viento. Aquellas
fértiles asociaciones mentales que tan fácil surgían,
ya no acuden jamás, o lo hacen raramente.
Sus coloraciones son menos intensas, borradas
por lluvias y por vientos otoñales, enlodadas, anuladas,
devueltas a tu persona porque ya no valen nada.
Pero somos de tal modo animales de costumbres
que sus implicaciones nos envuelven aún, en permanence,
enturbiando las cosas. Tomarse en serio
solamente el sexo es quizás una manera, pero las dunas
silban mientras avanzan hacia el comienzo de la gran caída
en lo sucedido. Este pasado
está aquí ahora: el rostro
reflejado del pintor, en el que perduramos,
recibiendo sueños e inspiraciones con una frecuencia
no asignada, pero los tonos se han vuelto metálicos,
las curvas y bordes no son tan suntuosos. Cada persona
tiene una gran teoría para explicar el universo
pero no cuenta la historia completa
y al final lo importante es lo que yace fuera
de esa persona, para ella y especialmente para nosotros
que no hemos recibido ayuda alguna
para descodificar nuestro cociente a escala humana
y tenemos que confiar en conocimientos de segunda mano.
Sin embargo, sé positivamente que el gusto de otra
persona no sirve de nada, y puede ser ignorado.
En otro tiempo parecía tan perfecto – brillo en la piel
pecosa y delicada, labios humedecidos como a punto de abrirse
liberando palabras, y ese aspecto familiar
de ropas y de muebles que uno olvida.
Éste pudo haber sido nuestro paraíso: un refugio
exótico en un mundo agotado, pero eso no estaba
en las cartas, porque no habría sido
lo relevante. Simular llaneza puede ser el primer paso
para alcanzar una calma interior
pero es sólo el primer paso, y con frecuencia
un gesto congelado de bienvenida permanece grabado
en el aire que se va materializando tras él,
una convención. Y realmente no nos queda
tiempo para estos gestos, salvo si los usamos
para encender una pasión. Cuanto antes se consuman
mejor para los papeles que hemos de representar .
Por ello, te lo suplico, retira esa mano,
no la ofrezcas ya más como escudo o saludo,
el escudo de un saludo, Francesco:
hay sitio para una bala en la recámara:
nuestra mirada por el lado equivocado
del telescopio mientras tú retrocedes
a una velocidad superior a la de la luz, aplanado,
confundido con los otros rasgos de la estancia,
una invitación nunca enviada, el síndrome
“todo fue un sueño”, aunque el “todo”
lacónicamente revela que no lo fue. Su existencia
fue real, aunque agitada, y el dolor de este sueño
interrumpido no podrán nunca ahogar
el diagrama que aún flota esbozado en el viento,
selecto, diseñado para mí y materializado
en el brillo enmascarante de esta estancia.
Hemos visto la ciudad; es el ojo creciente
y espejado de un insecto. Todo sucede
en su platea y luego se retoma dentro,
pero la acción es el avance frío, almibarado,
de un desfile. Uno se siente demasiado recluido,
filtrando la luz de abril en busca de pistas,
en la mera quietud de la soltura
de su parámetro. La mano no sostiene tiza
y cada parte del todo se desprende
y no puede saber que supo, excepto
aquí o allí, en fríos reductos
de memoria, susurros pronunciados a destiempo.



Self-Portrait In A Convex Mirror




As Parmigianino did it, the right hand
Bigger than the head, thrust at the viewer
And swerving easily away, as though to protect
What it advertises. A few leaded panes, old beams,
Fur, pleated muslin, a coral ring run together
In a movement supporting the face, which swims
Toward and away like the hand
Except that it is in repose. It is what is
Sequestered. Vasari says, "Francesco one day set himself
To take his own portrait, looking at himself from that purpose
In a convex mirror, such as is used by barbers . . .
He accordingly caused a ball of wood to be made
By a turner, and having divided it in half and
Brought it to the size of the mirror, he set himself
With great art to copy all that he saw in the glass,"
Chiefly his reflection, of which the portrait
Is the reflection, of which the portrait
Is the reflection once removed.
The glass chose to reflect only what he saw
Which was enough for his purpose: his image
Glazed, embalmed, projected at a 180-degree angle.
The time of day or the density of the light
Adhering to the face keeps it
Lively and intact in a recurring wave
Of arrival. The soul establishes itself.
But how far can it swim out through the eyes
And still return safely to its nest? The surface
Of the mirror being convex, the distance increases
Significantly; that is, enough to make the point
That the soul is a captive, treated humanely, kept
In suspension, unable to advance much farther
Than your look as it intercepts the picture.
Pope Clement and his court were "stupefied"
By it, according to Vasari, and promised a commission
That never materialized. The soul has to stay where it is,
Even though restless, hearing raindrops at the pane,
The sighing of autumn leaves thrashed by the wind,
Longing to be free, outside, but it must stay
Posing in this place. It must move
As little as possible. This is what the portrait says.
But there is in that gaze a combination
Of tenderness, amusement and regret, so powerful
In its restraint that one cannot look for long.
The secret is too plain. The pity of it smarts,
Makes hot tears spurt: that the soul is not a soul,
Has no secret, is small, and it fits
Its hollow perfectly: its room, our moment of attention.
That is the tune but there are no words.
The words are only speculation
(From the Latin speculum, mirror):
They seek and cannot find the meaning of the music.
We see only postures of the dream,
Riders of the motion that swings the face
Into view under evening skies, with no
False disarray as proof of authenticity.
But it is life englobed.
One would like to stick one's hand
Out of the globe, but its dimension,
What carries it, will not allow it.
No doubt it is this, not the reflex
To hide something, which makes the hand loom large
As it retreats slightly. There is no way
To build it flat like a section of wall:
It must join the segment of a circle,
Roving back to the body of which it seems
So unlikely a part, to fence in and shore up the face
On which the effort of this condition reads
Like a pinpoint of a smile, a spark
Or star one is not sure of having seen
As darkness resumes. A perverse light whose
Imperative of subtlety dooms in advance its
Conceit to light up: unimportant but meant.
Francesco, your hand is big enough
To wreck the sphere, and too big,
One would think, to weave delicate meshes
That only argue its further detention.
(Big, but not coarse, merely on another scale,
Like a dozing whale on the sea bottom
In relation to the tiny, self-important ship
On the surface.) But your eyes proclaim
That everything is surface. The surface is what's there
And nothing can exist except what's there.
There are no recesses in the room, only alcoves,
And the window doesn't matter much, or that
Sliver of window or mirror on the right, even
As a gauge of the weather, which in French is
Le temps, the word for time, and which
Follows a course wherein changes are merely
Features of the whole. The whole is stable within
Instability, a globe like ours, resting
On a pedestal of vacuum, a ping-pong ball
Secure on its jet of water.
And just as there are no words for the surface, that is,
No words to say what it really is, that it is not
Superficial but a visible core, then there is
No way out of the problem of pathos vs. experience.
You will stay on, restive, serene in
Your gesture which is neither embrace nor warning
But which holds something of both in pure
Affirmation that doesn't affirm anything.

The balloon pops, the attention
Turns dully away. Clouds
In the puddle stir up into sawtoothed fragments.
I think of the friends
Who came to see me, of what yesterday
Was like. A peculiar slant
Of memory that intrudes on the dreaming model
In the silence of the studio as he considers
Lifting the pencil to the self-portrait.
How many people came and stayed a certain time,
Uttered light or dark speech that became part of you
Like light behind windblown fog and sand,
Filtered and influenced by it, until no part
Remains that is surely you. Those voices in the dusk
Have told you all and still the tale goes on
In the form of memories deposited in irregular
Clumps of crystals. Whose curved hand controls,
Francesco, the turning seasons and the thoughts
That peel off and fly away at breathless speeds
Like the last stubborn leaves ripped
From wet branches? I see in this only the chaos
Of your round mirror which organizes everything
Around the polestar of your eyes which are empty,
Know nothing, dream but reveal nothing.
I feel the carousel starting slowly
And going faster and faster: desk, papers, books,
Photographs of friends, the window and the trees
Merging in one neutral band that surrounds
Me on all sides, everywhere I look.
And I cannot explain the action of leveling,
Why it should all boil down to one
Uniform substance, a magma of interiors.
My guide in these matters is your self,
Firm, oblique, accepting everything with the same
Wraith of a smile, and as time speeds up so that it is soon
Much later, I can know only the straight way out,
The distance between us. Long ago
The strewn evidence meant something,
The small accidents and pleasures
Of the day as it moved gracelessly on,
A housewife doing chores. Impossible now
To restore those properties in the silver blur that is
The record of what you accomplished by sitting down
"With great art to copy all that you saw in the glass"
So as to perfect and rule out the extraneous
Forever. In the circle of your intentions certain spars
Remain that perpetuate the enchantment of self with self:
Eyebeams, muslin, coral. It doesn't matter
Because these are things as they are today
Before one's shadow ever grew
Out of the field into thoughts of tomorrow.

Tomorrow is easy, but today is uncharted,
Desolate, reluctant as any landscape
To yield what are laws of perspective
After all only to the painter's deep
Mistrust, a weak instrument though
Necessary. Of course some things
Are possible, it knows, but it doesn't know
Which ones. Some day we will try
To do as many things as are possible
And perhaps we shall succeed at a handful
Of them, but this will not have anything
To do with what is promised today, our
Landscape sweeping out from us to disappear
On the horizon. Today enough of a cover burnishes
To keep the supposition of promises together
In one piece of surface, letting one ramble
Back home from them so that these
Even stronger possibilities can remain
Whole without being tested. Actually
The skin of the bubble-chamber's as tough as
Reptile eggs; everything gets "programmed" there
In due course: more keeps getting included
Without adding to the sum, and just as one
Gets accustomed to a noise that
Kept one awake but now no longer does,
So the room contains this flow like an hourglass
Without varying in climate or quality
(Except perhaps to brighten bleakly and almost
Invisibly, in a focus sharpening toward death--more
Of this later). What should be the vacuum of a dream
Becomes continually replete as the source of dreams
Is being tapped so that this one dream
May wax, flourish like a cabbage rose,
Defying sumptuary laws, leaving us
To awake and try to begin living in what
Has now become a slum. Sydney Freedberg in his
Parmigianino says of it: "Realism in this portrait
No longer produces and objective truth, but a bizarria . . . .
However its distortion does not create
A feeling of disharmony . . . . The forms retain
A strong measure of ideal beauty," because
Fed by our dreams, so inconsequential until one day
We notice the hole they left. Now their importance
If not their meaning is plain. They were to nourish
A dream which includes them all, as they are
Finally reversed in the accumulating mirror.
They seemed strange because we couldn't actually see them.
And we realize this only at a point where they lapse
Like a wave breaking on a rock, giving up
Its shape in a gesture which expresses that shape.
The forms retain a strong measure of ideal beauty
As they forage in secret on our idea of distortion.
Why be unhappy with this arrangement, since
Dreams prolong us as they are absorbed?
Something like living occurs, a movement
Out of the dream into its codification.

As I start to forget it
It presents its stereotype again
But it is an unfamiliar stereotype, the face
Riding at anchor, issued from hazards, soon
To accost others, "rather angel than man" (Vasari).
Perhaps an angel looks like everything
We have forgotten, I mean forgotten
Things that don't seem familiar when
We meet them again, lost beyond telling,
Which were ours once. This would be the point
Of invading the privacy of this man who
"Dabbled in alchemy, but whose wish
Here was not to examine the subtleties of art
In a detached, scientific spirit: he wished through them
To impart the sense of novelty and amazement to the spectator"
(Freedberg). Later portraits such as the Uffizi
"Gentleman," the Borghese "Young Prelate" and
The Naples "Antea" issue from Mannerist
Tensions, but here, as Freedberg points out,
The surprise, the tension are in the concept
Rather than its realization.
The consonance of the High Renaissance
Is present, though distorted by the mirror.
What is novel is the extreme care in rendering
The velleities of the rounded reflecting surface
(It is the first mirror portrait),
So that you could be fooled for a moment
Before you realize the reflection
Isn't yours. You feel then like one of those
Hoffmann characters who have been deprived
Of a reflection, except that the whole of me
Is seen to be supplanted by the strict
Otherness of the painter in his
Other room. We have surprised him
At work, but no, he has surprised us
As he works. The picture is almost finished,
The surprise almost over, as when one looks out,
Startled by a snowfall which even now is
Ending in specks and sparkles of snow.
It happened while you were inside, asleep,
And there is no reason why you should have
Been awake for it, except that the day
Is ending and it will be hard for you
To get to sleep tonight, at least until late.

The shadow of the city injects its own
Urgency: Rome where Francesco
Was at work during the Sack: his inventions
Amazed the soldiers who burst in on him;
They decided to spare his life, but he left soon after;
Vienna where the painting is today, where
I saw it with Pierre in the summer of 1959; New York
Where I am now, which is a logarithm
Of other cities. Our landscape
Is alive with filiations, shuttlings;
Business is carried on by look, gesture,
Hearsay. It is another life to the city,
The backing of the looking glass of the
Unidentified but precisely sketched studio. It wants
To siphon off the life of the studio, deflate
Its mapped space to enactments, island it.
That operation has been temporarily stalled
But something new is on the way, a new preciosity
In the wind. Can you stand it,
Francesco? Are you strong enough for it?
This wind brings what it knows not, is
Self--propelled, blind, has no notion
Of itself. It is inertia that once
Acknowledged saps all activity, secret or public:
Whispers of the word that can't be understood
But can be felt, a chill, a blight
Moving outward along the capes and peninsulas
Of your nervures and so to the archipelagoes
And to the bathed, aired secrecy of the open sea.
This is its negative side. Its positive side is
Making you notice life and the stresses
That only seemed to go away, but now,
As this new mode questions, are seen to be
Hastening out of style. If they are to become classics
They must decide which side they are on.
Their reticence has undermined
The urban scenery, made its ambiguities
Look willful and tired, the games of an old man.
What we need now is this unlikely
Challenger pounding on the gates of an amazed
Castle. Your argument, Francesco,
Had begun to grow stale as no answer
Or answers were forthcoming. If it dissolves now
Into dust, that only means its time had come
Some time ago, but look now, and listen:
It may be that another life is stocked there
In recesses no one knew of; that it,
Not we, are the change; that we are in fact it
If we could get back to it, relive some of the way
It looked, turn our faces to the globe as it sets
And still be coming out all right:
Nerves normal, breath normal. Since it is a metaphor
Made to include us, we are a part of it and
Can live in it as in fact we have done,
Only leaving our minds bare for questioning
We now see will not take place at random
But in an orderly way that means to menace
Nobody--the normal way things are done,
Like the concentric growing up of days
Around a life: correctly, if you think about it.

A breeze like the turning of a page
Brings back your face: the moment
Takes such a big bite out of the haze
Of pleasant intuition it comes after.
The locking into place is "death itself,"
As Berg said of a phrase in Mahler's Ninth;
Or, to quote Imogen in Cymbeline, "There cannot
Be a pinch in death more sharp than this," for,
Though only exercise or tactic, it carries
The momentum of a conviction that had been building.
Mere forgetfulness cannot remove it
Nor wishing bring it back, as long as it remains
The white precipitate of its dream
In the climate of sighs flung across our world,
A cloth over a birdcage. But it is certain that
What is beautiful seems so only in relation to a specific
Life, experienced or not, channeled into some form
Steeped in the nostalgia of a collective past.
The light sinks today with an enthusiasm
I have known elsewhere, and known why
It seemed meaningful, that others felt this way
Years ago. I go on consulting
This mirror that is no longer mine
For as much brisk vacancy as is to be
My portion this time. And the vase is always full
Because there is only just so much room
And it accommodates everything. The sample
One sees is not to be taken as
Merely that, but as everything as it
May be imagined outside time--not as a gesture
But as all, in the refined, assimilable state.
But what is this universe the porch of
As it veers in and out, back and forth,
Refusing to surround us and still the only
Thing we can see? Love once
Tipped the scales but now is shadowed, invisible,
Though mysteriously present, around somewhere.
But we know it cannot be sandwiched
Between two adjacent moments, that its windings
Lead nowhere except to further tributaries
And that these empty themselves into a vague
Sense of something that can never be known
Even though it seems likely that each of us
Knows what it is and is capable of
Communicating it to the other. But the look
Some wear as a sign makes one want to
Push forward ignoring the apparent
NaÏveté of the attempt, not caring
That no one is listening, since the light
Has been lit once and for all in their eyes
And is present, unimpaired, a permanent anomaly,
Awake and silent. On the surface of it
There seems no special reason why that light
Should be focused by love, or why
The city falling with its beautiful suburbs
Into space always less clear, less defined,
Should read as the support of its progress,
The easel upon which the drama unfolded
To its own satisfaction and to the end
Of our dreaming, as we had never imagined
It would end, in worn daylight with the painted
Promise showing through as a gage, a bond.
This nondescript, never-to-be defined daytime is
The secret of where it takes place
And we can no longer return to the various
Conflicting statements gathered, lapses of memory
Of the principal witnesses. All we know
Is that we are a little early, that
Today has that special, lapidary
Todayness that the sunlight reproduces
Faithfully in casting twig-shadows on blithe
Sidewalks. No previous day would have been like this.
I used to think they were all alike,
That the present always looked the same to everybody
But this confusion drains away as one
Is always cresting into one's present.
Yet the "poetic," straw-colored space
Of the long corridor that leads back to the painting,
Its darkening opposite--is this
Some figment of "art," not to be imagined
As real, let alone special? Hasn't it too its lair
In the present we are always escaping from
And falling back into, as the waterwheel of days
Pursues its uneventful, even serene course?
I think it is trying to say it is today
And we must get out of it even as the public
Is pushing through the museum now so as to
Be out by closing time. You can't live there.
The gray glaze of the past attacks all know-how:
Secrets of wash and finish that took a lifetime
To learn and are reduced to the status of
Black-and-white illustrations in a book where colorplates
Are rare. That is, all time
Reduces to no special time. No one
Alludes to the change; to do so might
Involve calling attention to oneself
Which would augment the dread of not getting out
Before having seen the whole collection
(Except for the sculptures in the basement:
They are where they belong).
Our time gets to be veiled, compromised
By the portrait's will to endure. It hints at
Our own, which we were hoping to keep hidden.
We don't need paintings or
Doggerel written by mature poets when
The explosion is so precise, so fine.
Is there any point even in acknowledging
The existence of all that? Does it
Exist? Certainly the leisure to
Indulge stately pastimes doesn't,
Any more. Today has no margins, the event arrives
Flush with its edges, is of the same substance,
Indistinguishable. "Play" is something else;
It exists, in a society specifically
Organized as a demonstration of itself.
There is no other way, and those assholes
Who would confuse everything with their mirror games
Which seem to multiply stakes and possibilities, or
At least confuse issues by means of an investing
Aura that would corrode the architecture
Of the whole in a haze of suppressed mockery,
Are beside the point. They are out of the game,
Which doesn't exist until they are out of it.
It seems like a very hostile universe
But as the principle of each individual thing is
Hostile to, exists at the expense of all the others
As philosophers have often pointed out, at least
This thing, the mute, undivided present,
Has the justification of logic, which
In this instance isn't a bad thing
Or wouldn't be, if the way of telling
Didn't somehow intrude, twisting the end result
Into a caricature of itself. This always
Happens, as in the game where
A whispered phrase passed around the room
Ends up as something completely different.
It is the principle that makes works of art so unlike
What the artist intended. Often he finds
He has omitted the thing he started out to say
In the first place. Seduced by flowers,
Explicit pleasures, he blames himself (though
Secretly satisfied with the result), imagining
He had a say in the matter and exercised
An option of which he was hardly conscious,
Unaware that necessity circumvents such resolutions.
So as to create something new
For itself, that there is no other way,
That the history of creation proceeds according to
Stringent laws, and that things
Do get done in this way, but never the things
We set out to accomplish and wanted so desperately
To see come into being. Parmigianino
Must have realized this as he worked at his
Life-obstructing task. One is forced to read
The perfectly plausible accomplishment of a purpose
Into the smooth, perhaps even bland (but so
Enigmatic) finish. Is there anything
To be serious about beyond this otherness
That gets included in the most ordinary
Forms of daily activity, changing everything
Slightly and profoundly, and tearing the matter
Of creation, any creation, not just artistic creation
Out of our hands, to install it on some monstrous, near
Peak, too close to ignore, too far
For one to intervene? This otherness, this
"Not-being-us" is all there is to look at
In the mirror, though no one can say
How it came to be this way. A ship
Flying unknown colors has entered the harbor.
You are allowing extraneous matters
To break up your day, cloud the focus
Of the crystal ball. Its scene drifts away
Like vapor scattered on the wind. The fertile
Thought-associations that until now came
So easily, appear no more, or rarely. Their
Colorings are less intense, washed out
By autumn rains and winds, spoiled, muddied,
Given back to you because they are worthless.
Yet we are such creatures of habit that their
Implications are still around en permanence, confusing
Issues. To be serious only about sex
Is perhaps one way, but the sands are hissing
As they approach the beginning of the big slide
Into what happened. This past
Is now here: the painter's
Reflected face, in which we linger, receiving
Dreams and inspirations on an unassigned
Frequency, but the hues have turned metallic,
The curves and edges are not so rich. Each person
Has one big theory to explain the universe
But it doesn't tell the whole story
And in the end it is what is outside him
That matters, to him and especially to us
Who have been given no help whatever
In decoding our own man-size quotient and must rely
On second-hand knowledge. Yet I know
That no one else's taste is going to be
Any help, and might as well be ignored.
Once it seemed so perfect--gloss on the fine
Freckled skin, lips moistened as though about to part
Releasing speech, and the familiar look
Of clothes and furniture that one forgets.
This could have been our paradise: exotic
Refuge within an exhausted world, but that wasn't
In the cards, because it couldn't have been
The point. Aping naturalness may be the first step
Toward achieving an inner calm
But it is the first step only, and often
Remains a frozen gesture of welcome etched
On the air materializing behind it,
A convention. And we have really
No time for these, except to use them
For kindling. The sooner they are burnt up
The better for the roles we have to play.
Therefore I beseech you, withdraw that hand,
Offer it no longer as shield or greeting,
The shield of a greeting, Francesco:
There is room for one bullet in the chamber:
Our looking through the wrong end
Of the telescope as you fall back at a speed
Faster than that of light to flatten ultimately
Among the features of the room, an invitation
Never mailed, the "it was all a dream"
Syndrome, though the "all" tells tersely
Enough how it wasn't. Its existence
Was real, though troubled, and the ache
Of this waking dream can never drown out
The diagram still sketched on the wind,
Chosen, meant for me and materialized
In the disguising radiance of my room.
We have seen the city; it is the gibbous
Mirrored eye of an insect. All things happen
On its balcony and are resumed within,
But the action is the cold, syrupy flow
Of a pageant. One feels too confined,
Sifting the April sunlight for clues,
In the mere stillness of the ease of its
Parameter. The hand holds no chalk
And each part of the whole falls off
And cannot know it knew, except
Here and there, in cold pockets
Of remembrance, whispers out of time.


Otros poemas de JOHN ASHBERY
Traducción: Julián Jiménez Heffeman

noviembre 06, 2026

María Malusardi | Tu herida en mi herida es una fiesta


octubre 29, 2026

Denise Levertov | Un mundo del que hablar

Poeta norteamericana, sentada en un sillón en una habitación iluminada con la suave luz de un velador


El matrimonio    



I  



Vos tenés mi atención: que es  
una delicadeza, más allá   
de lo que yo pueda decir. Yo tengo   
tu constancia hacia algo 
más allá de mí misma. 
La fuerza 
de tu compromiso nos recarga: vivimos 
de ese empuje, prestándonos coraje 
el uno al otro. 



II



Quisiera hablar con vos.
¿Con quién más podría hablar?
Sos vos el que hace
un mundo del que hablar.
Va madurando en tu calor
la fruta: todas esas manzanas
y las peras que crecen
junto al muro, al sur de mi
cabeza. Si prestás atención
la lluvia cae para ellas, y
ellas beben. Y si
hablás en respuesta
las semillas
saltan al suelo.
Hablá o no digas nada. Tu silencio
va a hablarme.


Otros  poemas de DENISE LEVERTOV
Fuente: Substract de Ezequiel Zaidenwerg
Imagen en El placer de la lectura


octubre 24, 2026

Kamala Surayya Das | Ruidosos escalones para llamar a la puerta de otro

Poeta india


La edad de piedra



Cariñoso marido, antiguo colono de la mente
Vieja araña gorda, tejiendo telas de desconcierto
Sé amable. Me conviertes en un pájaro de piedra, una
Paloma de granito, construyes a mi alrededor un salón deprimente
Y acaricias mi cara picada de viruela distraídamente
Mientras lees. Con tono alto quiebras mi sueño pre-matinal
Metes el dedo en mis ojos soñadores. Y
sin embargo, en los sueños de día, hombres fuertes
proyectan sombras, se hunden
Como soles blancos en el oleaje de mi sangre dravídica
Secretamente, los desagües fluyen bajo las sagradas ciudades.
Cuando te vas, conduzco mi destartalado coche azul
A lo largo de un mar más azul. Subo corriendo los cuarenta
Ruidosos escalones para llamar a la puerta de otro.
A través de las mirillas, los vecinos espían,
Me ven llegar
E irme como la lluvia. Me preguntan, todo el mundo me pregunta
Lo que él ve en mí, me preguntan por qué le llaman león
Libertino, me preguntan por el sabor de su
Boca, me preguntan por qué su mano oscila como una cobra
Antes de cerrarse sobre mi pubis. Me preguntan por qué como
Un gran árbol, talado, se desploma sobre mis pechos,
Y duerme. Me preguntan por qué la vida es corta y el amor
Más corto aún, me preguntan qué es la felicidad y cuál es su precio.



La buganvilla salvaje




Hubo un tiempo en que
Estaba triste en Calcuta, unos días estivales
Que pasaban lenta, y tristemente,
Como un cortejo detrás de un ataúd. Días
Cuando incluso mi cama no me daba descanso,
Sino que como un mar agitado me sacudía
Con sus olas y cómo gemía y me lamentaba,
Y constantemente ansiaba un hombre
De otra ciudad… Entonces, poco a poco,
Mi amor se marchitó, di largos paseos
Anduve por caminos que nunca había visto
antes, vi caras que me gustaron por su encanto.
Es un mundo bueno, y
Lleno de distracciones. Anduve por calles al lado
Del mar, donde las barcazas
Flotan, con sus fondos pudriéndose, y la basura
Se pudre, y los peces muertos se pudren
Y olí el hedor de lo moribundo y la
Fetidez de lo muerto pudriéndose,
Pasé por calles donde las chicas de la noche con postizos
Y llamativos pechos deambulaban
Y bajo farolas amarillas, paseaban arriba y abajo
Lanzando sus sonrisas enfermizas
A los hombres. Y, por las calles cerca de los viejos cementerios
Donde los muertos están tan muertos
Que incluso sus lápidas han perdido sus nombres en
Las lluvias, y son ahora pálidas y amarillentas
Como dientes grotescos, una cosecha de
Viejos dientes, y nadie de duelo
Que deposite un ramo por ellos o derrame una lágrima
Pero, sí que vi al lado
De las viejas tumbas algunas caléndulas floreciendo y la
Buganvilla roja salvaje
Escalando sus minaretes. Paseé, vi y
Oí, la ciudad se calmó
Para mí, y entonces mi ansia de
Una determinada caricia disminuyó
Y un día le envié algunas rosas y dormí
Toda la noche un silencioso
Sueño sin sueños y me levanté por la mañana libre.


KAMALA SURAYYA DAS (1934, Kerala / 2009, Pune, India)
Fuente: Poesía más poesía 


octubre 23, 2026

Gerardo Gambolini | El libro no alivia lo fútil


Crusoe     




Hice una choza, un corral,
una huerta, puedo pescar
y tengo un libro
A veces, reconozco, añoro York
pero me atrevo a decir, me adapté
y aprendí – 
Mi autor, sin embargo, se equivoca
ve fe y convicción 
donde no hay nada
El libro no alivia lo fútil
de mi reinado 
Y nadie de quienes hablen un día, si lo hacen
me habrá preguntado qué pienso en realidad
más allá de mi instinto
cuando cae la noche –
Nunca había imaginado un naufragio
pero ocurrió
York, el barco, el conjunto del pasado
Y me trajo aquí, una isla desierta
poblada de calles, sonidos, otras siluetas
iguales a mí 
deambulando, yendo al trabajo, 
los bares, las citas, volviendo a casa
ansiando alguna forma de salida.


Otros poemas de GERARDO A. GAMBOLINI 

octubre 20, 2026

Marcelo Kacanas | La historia no tiene un destino inevitable

La fotografía muestra a un hombre mayor, de cabello blanco y corto, con gafas de montura metálica y una expresión serena y reflexiva. Viste un abrigo oscuro de solapas amplias y una prenda de cuello alto, también oscura.  Se encuentra en una vereda arbolada de Villa Crespo, Buenos Aires, en un día soleado. La luz del sol otoñal ilumina su rostro y produce sombras alargadas sobre la acera. A su espalda se distinguen las fachadas de edificios residenciales, algunos automóviles estacionados y un café de barrio con un cartel negro que anuncia café, tortas, sándwiches y vinos. En la parte superior derecha, un letrero identifica el barrio.  La composición tiene un carácter espontáneo y cercano: el hombre ocupa el primer plano, mientras que la calle se prolonga hacia el fondo, aportando profundidad y una atmósfera urbana porteña.  En conjunto, es un retrato callejero cálido y natural, que transmite la personalidad de quien pasea por un barrio tradicional de Buenos Aires, entre cafés, árboles y edificios que forman parte de la vida cotidiana de la ciudad.


PLEGARIA




Si ocuparas el rincón de la habitación que es el escenario de tu primera biblioteca
no pienses jamás en retirar los libros de aquella infancia barrial en Versailles.
No abandones en el taller los estantes con la arcilla que sigue esperando de tus manos,
que los estantes con la arcilla sean el comienzo de tu dibujo del camino,
de los objetos de la subjetividad.
No abandones tu pequeño escritorio del amanecer donde leías a Whitman y González Tuñon,
sus cuatro patas fijan el límite de tu abecedario adolescente.
No dejes de estar en la esquina de Zelada y Cañada de Gómez, aun navegan los barquitos de papel
que tu padre construía con misterio inmigrante para las tardes de lluvia delicada.
No olvides estar en cada lugar, en cada geografía de tus juegos y lecturas.
La naturaleza detesta el vacío.



CAFÉ




En el susurro de las mesas cercanas siempre el mismo dibujo de geometrías sin trasluz
sobre el detalle de manteles prolijamente manchados.
Pedro Donangelo me habló de su necesidad de caminar por Buenos Aires, de su respiración por las esquinas
cruzadas por la memoria de los años.
Aquella tarde hablamos del asombro por las noticias del mundo, cuando nuestro lenguaje
tenía un proyecto universal,
cuando no nos habitaba la decepción en la química de la realidad urbana
por donde corríamos firmes y hormonales convencidos que éramos justos y los venenos del dolor
no intoxicaban la piel.
Acariciábamos el borde del pocillo de café con hermandad simultanea e inconsciente...
Tarde nos dimos cuenta que la historia no tiene un destino inevitable.


in memoriam



La distracción de nuestra fe era un hecho natural embriagados
entre tanta poesía al paso y futuros tangibles en el devenir
de los caminos de la revolución.
Movilizados por las calles de cercanía con estandartes de utopías sanguíneas
fuimos solidarios en un tiempo que aún no presagiaba.
La poesía era el recurso de la eternidad de cada momento.
Conocí a Leonor García Hernando en el atardecer de un taller literario
cuando sus letras
ya prefiguraban y sus preguntas desmontaban el maquillaje de las imposturas.
En aquellos años, tal vez sin darnos cuenta, concebíamos un mundo como voluntad omnipresente.

Supe de su muerte y pensé en qué continuidad del oxigeno
volverán sus ojos a ver el día.

octubre 18, 2026

El poeta ocasional, blog de Pedro Donangelo

La dirección de mi blog: https://epoelpoetaocasional.blogspot.com

Un hombre de la tercera edad y su perro blanco descansando en el salón de su hogar. La imagen, capturada en un elegante estilo artístico en blanco y negro, muestra al hombre sonriente vistiendo una camisa blanca de botones mientras se relaja en un cómodo sofá gris. A su lado, un pequeño perro de compañía de pelaje rizado blanco —característico de razas como el Bichón Frisé, Poodle Caniche o Maltipoo— mira fijamente hacia la cámara con expresión dócil. Al fondo de la escena, se aprecia una decoración acogedora y hogareña con cuadros desenfocados en la pared, transmitiendo una atmósfera de calidez, tranquilidad, bienestar en el hogar y la fiel amistad de las mascotas.


octubre 17, 2026

Natasha Trethewey

Poeta norteamericana, premio Pulitzer 2007


Al anochecer




Primero me parece que llama a un niño, mi vecina,
contra el marco de su puerta
al anochecer, el zumbar de farolas
por telón de fondo nocturno. Escucho
luego el retín del arrumaco que hacemos
a los animales que entienden sonidos,
no el sentido de las palabras -misina
misina- ni que a veces se queden cortos.
En otro jardín, donde no alcanza a ver
mi vecina, la gata aguza el oído,
se vuelve hacia la voz, para retornar
hacia la constelación de luciérnagas
que titilan junto a ella. Aún no sabe
si saltar por encima del seto bajo,
la cuidada hilera de flores, y brincar
sobre el porche, en el círculo permanente
de luz, o quedarse donde está: el hechizo
de lo posible -lo que la retendría
lejos de casa- que ante ella revuela.
Oigo a mi vecina, su voz que se apaga.




AT DUSK



At first I think she is calling a child, / my neighbor, leaning through her doorway / at dusk, street lamps just starting to hum / the backdrop of evening. Then I hear / the high- pinched wheedling we send out / to animals who know only sound, not / the meanings of our words - here here -/ nor how they sometimes fall short. / In another yard, beyond my neighbor's/sight, the car lifts her ears, turns first / toward the voice, then back / to the constellation of fireflies flickering / near her head. It's as if she can't decide / whether to leap over the low hedge, / the neat row of flowers, and bound/ onto the porch, into the steady circle / of light, or stay where she is: luminous/possibility - all that would keep h away from home - flitting before her. / I listen as my neighbor's voice trails off. /


NATASHA TRETHEWEY (1966, Gulfport, Estados Unidos de NA)
De: "Guardia nativa", 2009, Bartebly Editores
Traducción: Luis Ingelmo.
Imagen en creativeloafing



octubre 10, 2026

Dice Anne Carson

 "Los adjetivos son las asas del Ser. Los sustantivos nombran el mundo, los adjetivos te permiten asir el nombre e impedirle que vuele por tu mente como una explicación presocrática del cosmos. En Proust, por ejemplo, el aire (de forma adjetival) puede ser pegajoso, escamado, exprimido, rasgado, prensado o diluido en el Libro 1; pulverizado, ruinoso, embalsamado, destilado, esparcido, líquido o volatilizado en el Libro 2; tejido o quebradizo en el Libro 3; coagulado en el Libro 4; fundido, vidriado, untuoso, elástico, fermentado, contraído, distendido en el Libro 5; solidificado en el Libro 6; y no parece haber aire en absoluto en el Libro 7.

Percibo un muy escaso valor en esta clase de información, pero hacer estas listas es parte de la mejor diversión que tendrás una vez que te internes en el Desierto de la Vida después de Proust.
¿Qué es un adjetivo? Los sustantivos nombran el mundo. Los verbos activan esos nombres. Los adjetivos provienen de otro lugar. La palabra adjetivo (epitheton en griego) es en sí misma un adjetivo que significa "colocado encima", "añadido", "adjunto", "extranjero". Los adjetivos parecen añadidos bastante inocentes, pero miremos con atención. Estos pequeños mecanismos importados se encargan de conectar todo en el mundo con su lugar en la particularidad. Son las trabas del ser.
Claro que hay varias formas de estar. En el mundo del épico homérico, por ejemplo, el ser es estable y la particularidad queda bien fija en la tradición. Cuando Homero menciona sangre, la sangre es negra. Cuando aparecen las mujeres, las mujeres son de mirada fugaz. Poseidón siempre tiene las cejas azules. La risa de los dioses es inapagable. Las rodillas humanas son rápidas. El mar, incansable. La muerte es mala. Las vísceras de los cobardes son blancas. Los epítetos de Homero son una dicción fija con la que Homero sujeta cada sustancia del mundo a su atributo más adecuado y las mantiene en su sitio para el consumo épico. Hay pasión en todo eso, pero ¿qué tipo de pasión? “El consumo no es una pasión por las sustancias, sino una pasión por el código”, dice Baudrillard.

Y sí, cómo no estar felices por la atención del mundo a la carsoniana
Imagen en Zenda


octubre 07, 2026

Juano Villafañe | En un cuadro de melancolía


Es poeta, ensayista, periodista y gestor cultural. Comenzó a escribir a los 14 años. Dirigió durante quince años (1987-2002) Liber-Arte / Bodega Cultural. Tuvo a su cargo la Dirección Artística del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” (2002-2025). Publicó: “Poemas anteriores” (Editorial de la Universidad Central, Quito, Ecuador, 1982); “Visión retrospectiva de la botella” (Libros de Tierra Firme, 1987); “Una leona entra en el mar” (Ediciones del Dock, 2000 - Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2004); “Deconstrucción de la mañana” (Ediciones Atuel, 2006); “Los Villafañe. Poesía familiar”: selección de poemas de Javier Villafañe, Elba Fábregas y Juano Villafañe (Ediciones Colihue, 2012); “Públicos y privados” (Melón Editora, 2013); y “El Corte argentino” (Ediciones en Danza, 2020).

Un autor no se define por los temas o el estilo mediante los cuales divulgue los hechos que conjugan su historia sino por el vínculo que logre establecer con su época y con el propio lenguaje. Juano Villafañe en "Antología personal" reúne la suma discursiva de una certeza en estos días proclive a la disolución: ser argentino es algo de lo que nos informaron mal. Los poemas fueron elegidos de entre sus siete libros éditos y uno inédito: todos ellos dan cuenta de una profunda indagación en la pequeña mitología social y personal, en la percepción instintiva de lo verídico, y sus signos geográficos y emotivos (“Así circula el tiempo / como la idea de un muñeco roto”). 

Con los sueños comienzan las probabilidades y las responsabilidades; ello implica un camino de dirección única, como en el caso de las argucias del corazón; con la sangre ocurre lo mismo. No debería confiarse más en un libro que en un amigo y es altamente improbable que la belleza logre salvar al mundo: esas dos premisas o propósitos sostienen la música y el silencio (en el mejor orden posible) de una escritura exacta y directa, ajena a cualquier latinajo o acidia, sustentada en una riqueza poética (una actitud lírica) de indudable solidez, continuidad e imaginación (“Nos vimos frente a frente como se hacen las palabras / y el amor”). Quien tenga dos espejos, que venda uno y compre este libro.

Alberto Cisnero


La escena contemporánea



En un inmenso mar de fuego se ha perdido la dicha.
En tu calendario arden sólo días de conquista 
y se muere de frente.
Eran todos los árboles en la tormenta.
Todo caía desde un cielo de vapor y humedad de mundo.
No eran el tumulto ni la gloria, ni una piedra dormida 
luego de correr el agua.
No eran así, ni la felicidad ni el olvido.
Rodeada de hojas te dejabas ver en la ventana 
que ilumina el parque profundo,
la noche sin mar
el invierno sin fuego.
Otro calendario vive sin quemarse.
Viven los días que se esparcen en la arena,
con infinitos caballos que regresan del frente.



Una mujer y su hija caminan con una sombrilla de verano




La ceremonia se produce por la rigidez de una mecánica 
que sirve para cubrirse del sol.
Se trata de una sombra que se deriva de una poética 
de metal más alta que las propias mujeres.
De la naturaleza de una protección que se conduce 
caminando y deja su estela de sombras y de luces, 
de arenas hacia el fondo de los montes y de orillas 
hacia el fondo del mar.
No se sumerge una sombrilla, ni su sombra, 
solo van por un camino que las aleja en la mecánica 
que se ha inventado para cubrirse del sol.
Miran el horizonte, sea de agua o de médanos 
o de árboles, no miran el cielo.
El sentido es visible a los ojos, lo que deja la sombra 
siempre se pierde en las espaldas de las mujeres 
y al caer la luz sobre el resto del camino.

Más allá la mujer le dice a su hija: “eran así la felicidad 
y el olvido”, “córrete un poco de mi lado, para que no 
sufras, que la luz te ciegue y te bañe la piel con todos 
los colores del mundo”.



Ciudad Capital, agua de río




Qué será de lo público como una multitud que brilla 
en la ciudad y en los puentes agrestes de rocío 
y césped de comedores.
Qué será de lo privado en un espíritu que bebe 
su vaso de vino desde la altura que dejan las luces del centro,
giro de una provincia que va como siempre hasta la vuelta 
sobre sí, 
tan corta y respirada.
Qué será de mi amor en los puertos y en los claroscuros 
que caen otra vez y otra, para que descanses sobre esta calle 
y la casa del bosque con un frío de alientos 
en la madrugada de un caballo fugado.
Porque el borde de lo sagrado y del agua 
a unas cuadras de aquí, serán altura para darte, 
altillo, secreto mirador 
de una avenida que concluye al río.
Será secreto a voces, con un público que ingresa, 
salida al balcón y a los días que van con los vecinos, 
con los herrajes, los llamadores y el silencio 
de las llanuras construidas y penetradas.
Multitudes rodeadas en los verticales rígidos.
Río extendido, a pasos de aquí, sobre los infinitos de la luz 
y sus reservas, conquistas que fueron una provincia, 
un parador de noche, un campo de indios y malevos 
con copas en su arteria, en su avenida, en sus pendientes 
de las lluvias eternas.
Oh, Ciudad Capital, agua de río.



La conversación




Conversamos casi a la orilla del agua
O sobre un río que corre
Pero la conversación es un estado del mundo 
por donde nos vamos
Por eso no hay río necesario ni un lugar de silencio
Porque son dos los que se hablan y se entienden

¿Pero qué silencio da el recuerdo de lo que yo te dije 
cuando no pude decirte lo que no te dije?
Y yo igual hoy te escucho en lo que dije y pienso:
¿Será la conversación un recuerdo o hay que abrir el parque 
y subirse con el agua?
Y de nuevo explicarte lo que no te dije 
y quizás vos tampoco dijiste lo que ahora recuerdo que te dije
¿Será que hay que conversar para recordar la orilla 
y los reflejos del agua que nos daban de abajo?
¿Cómo será recordar una conversación con los peces 
en el agua marrón del dique?
Nos vimos frente a frente como se hacen las palabras y el amor
Tanto sabemos ya que nada hace falta de nuevo
Conversamos como si hubiéramos amado el silencio 
y el brillo de tu patria.



Ella nunca comprendió mis poemas




James Joyce se había enamorado de una mujer
Se trataba de Nora Barnacle, que era una camarera 
del hotel Finn’s, de Dublín
Y que nunca pudo realmente reconocer la figura de Molly Bloom
Ni comprender las imágenes de Joyce y el viaje de Ulises
Aunque para muchos la propia Nora era también 
la propia Molly y la propia Penélope
Y así ella terminaba con su monólogo de mujer inventada
Con un sí, siempre con un sí, o como termina 
la vida realmente con un sí
Que es la palabra más hermosa que puede pronunciar una mujer

Porque realmente yo he sufrido
Porque deseaba destruir la imagen clásica del mundo
Y que mi amante terminara de decirme el propio final 
de su propia palabra como fin
Para poder disolver la imagen de la realidad 
en un cuadro de melancolía
Porque al entrar al restaurant ella me dijo: 
sería ideal que una camarera
se enamorara de un intelectual moderno
Y que lo importante era amar 
y no comprender absolutamente nada de mis poemas
Y que ella podía terminar con un sí, iniciar con un sí, 
que es la palabra más bella que puede pronunciar una mujer
Y queda ese dolor por no pedirlo todo
Al quedarme solamente explicando mi última imagen 
de un intelectual moderno
Y que una estación del sur no se recorre en un solo día
Ni Temperley es Dublín, ni en mi barrio 
hay un hotel como Finn’s,
Aunque mi camarera me lo dijo con una claridad extraordinaria
Puedo amarte y no entender nada de tus poemas
Y decirte sí una mañana, 
que es la palabra más hermosa que puede pronunciar una mujer
Y recorrer el sur como si fuese una calle con su plaza
Y dar la vuelta tantas veces como ocurre con tu barrio
Cuando siempre te pregunté lo mismo
Y que no hace falta que yo entienda tus poemas para decirte sí
Que es la palabra más hermosa 
que puede pronunciar una mujer
Y que yo puedo llevarte por el mundo 
sin comprender la menor de las metáforas
Verte con esta boca de tan cerca
Decirte sí de nuevo
Volver sobre el fin con una sola palabra, 
que es la palabra más bella que pueda pronunciar una mujer
Y yo tratar de terminar este propio monólogo 
sin que hayas entendido
absolutamente nada
Y que me digas que sí
Que yo imagino que me dices que sí
Que yo escribo que sí
Que es la palabra más bella que puede pronunciar una mujer 
cuando te escribo.


De: "Antología personal", Ediciones Barnacle, 2026