Una pista de hielo entre las calles
I País de ramitas
Las palabras aparecen
y desaparecen por todas partes.
Ahora el más
rojo sol sobre las casas es un incendio
que habla.
En algún punto de estas
calles desoladas,
las cosas se niegan
a instalar
su entera luz,
la intensidad
del secreto tiene
el aire de cualquier ausencia.
En cuclillas, atento,
yo todavía espero
una pintura en la tela del aire.
Con un dedo
vuelvo a marcar el círculo luminoso
de un mundo.
En mis ojos de veinte años, todo
ilumina el país de ramitas
de su esperanza.
No pasa
una luna
en tus labios apenas
entreabiertos.
Mirando fijamente el rostro
de una piedra te ilumina.
Como una música,
ahora
se desliza un rumor
de hojas que corre
por todas partes.
Una mano empuja
una nube hermosa en el viento.
El agua invisible que atraviesa el verano,
rodeándome.
Nada.
Solo el pie
del deseo a la orilla de un cielo
misterioso.
Nuestra amorosa
lucha, un estar
hecho de música
y de celebración de la arena de oro
del instante.
Y con una mano
en la cabeza, yo dije,
“Una pista de hielo entre las calles.”
Esa ilusión
entrando, por la boca
del tigre (1), en Santa Fe,
entrando en nuestra
infinita
expectativa de otro
sueño otro
verano.
Esa sensación, grande
como un cielo, me colma
de sentido,
como lo hace esa nena que amontona la luz
en su cara, y hace música
con su sonrisa.
Pero yo estoy parado sobre una calle de hielo
muy delgada, y el hielo
se derrite muy pronto
en Santa Fe.
(1) “Boca del tigre”, de este modo se le dice a la salida de la ciudad de Santa Fe saliendo hacia Santo Tomé, en donde está ubicada la cancha del Club Atlético Colón.
A los 20 años se tiene fe, esperanza y poesía, luego todo se va desdibujando, salvo que decidas, no sólo es destino también es deseo, ser poeta.
Si estás en una ciudad rodeada de agua, dónde no sólo la tierra sino el cielo que tiene olor a río, este paisaje se hará carne y se hará palabra.
Y una fuerte, larga cadena invisible te ata a la tierra. Esa misma tierra en dónde nacieron fe, esperanza y poesía y se fundieron las tres en el latido de una vida: aquel que da voz a la nostalgia que hace sonar el tambor.
Ese juego entre la lengua coloquial y la imagen de raíz surrealista, ese entretejido, hace a la particularidad de la poesía de Fabián Herrero. Pero el poeta no advierte el paso de una frontera a la otra, y es lógico puesto que está en su casa poética. Cuando dice “la edad del agua y del fuego”, está refiriéndose a la edad de la poesía, tampoco sabemos si lo advierte, pero tampoco importa, no avanza sobre la página con su intelecto o buscando una identidad con lo “que se escribe”, es absolutamente personal, y es su mayor logro.
Roberto Daniel Malatesta

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