María Lanese | Mejor seguir como si nada fuera a durar

La imagen muestra un retrato cercano de una mujer mayor con una expresión serena y reflexiva. 🌿  Tiene cabello corto, lacio y completamente canoso, peinado con una raya lateral que enmarca suavemente el rostro.  Su piel clara presenta arrugas finas y naturales, especialmente alrededor de los ojos y la boca, lo que sugiere una edad avanzada.  La mujer apoya la mejilla sobre la palma de su mano, en un gesto tranquilo y contemplativo.  Lleva aros plateados grandes y un anillo metálico de diseño, que destacan discretamente.  Viste una blusa de tono coral o salmón, que aporta calidez a la imagen.  Su mirada es directa pero suave, con un leve gesto de sonrisa en los labios.  El fondo aparece desenfocado, con tonos neutros y un elemento de madera que sugiere un interior doméstico o un ambiente tranquilo, lo que dirige toda la atención hacia el rostro de la mujer.  En conjunto, el retrato transmite calma, intimidad y una sensación de reflexión o serenidad

El fuego    



Así como de la madera 
se desprendió 
                con un crujido 
la primera llama 
irrumpe ahora 
despedido por los astros 
el fuego celestial. 
Trae consigo los presagios 
de cometas preñados 
                          por misiles.
Son partos siderales
que resecan los ríos
y atormentan los mares.
Con la furia incandescente
de los remolinos
componen el cuadro sonoro 
de una tempestad
  de la que ya no sabemos
                       o no queremos
                                  leer su partitura.



Nosotros




En los mitos de origen
es frecuente encontrar
                                     en los relatos 
el lugar prominente que ocupa 
la mención de algún fruto
el protagonismo de algún árbol
o la fatalidad de una caída.

¿Habremos caído de los arboles?

Deambulamos un sinnúmero de años 
sin noción de rumbo ni destino
            comiendo raíces 
oliendo rastros que nos alejaran
del peligro inminente 
de alguna quijada entrenada
                                 en devorarnos.

Imaginar la exactitud
de cada hueso 
                           orientando
la tensión en cada músculo
                 la fluidez 
                   vertical
               de la sangre 
              en cada vena
             en cada arteria

acechar la pulcritud de aquel instante
       en que nuestro cuerpo 
                  desolado
a merced de la voracidad 
de una gravedad incontenible

logró alzar su cabeza
                           alinear la mirada

fundar para siempre el horizonte
               fin y principio
de nuestros puntos cardinales

es solo comparable a la irrupción 
              de algún saber inesperado

al vértigo que siempre
               nos produce la belleza.


Hubo también otro instante 
                                      prodigioso
aquel del zumbido 
                     de la primera flecha.

Con la invención del arco
en el temblor de aquella única 
                     cuerda primordial

—según Pascal Quignard—

                   se originó la música.

También la disonancia
                          y la maquinaria de la muerte.


Seguir 



Con los brazos disponiéndose
al encuentro
                     con los pies descalzos
sin recelo por algún destino incierto
con la mirada abierta a horizontes 
                                              impensados.

En el pedernal
el pulso seguirá encerrado 
                     por milenios
esperando el golpe
                      esperando el soplo
que despierte la chispa del entendimiento.

La claridad que el fuego nos concede
            es según la intermitencia de la llama
                                            más o menos engañosa.

Con el primer despertar
algo queda prendido en el adentro
¿es acaso el pálpito remoto
del primer parpadeo
el comienzo
del camino hacia la luz?

Es preciso seguir
seguir a tientas las señales
la oscuridad agudiza los sentidos
sin nocturnidad las estrellas
se ausentan.

Seguir como si aquello 
que debió permanecer en secreto
a resguardo de nuestra codicia
de nuestra lectura defectuosa
continuara escribiéndose sin pausa
en cavernas remotas
                      esas 
donde la fuerza incontenible 
del agua que mueve al mundo
se aquieta en los lagos 
                           necesitada de silencio.

Las palabras 
están en todas partes
aguardan a la espera
desde el comienzo
de los tiempos.
El destino de los signos
¿será quizás colgarse del aliento
dispuestos a entregarse
a quién intente nombrar
aquello que aún no tenga nombre.
y así dejarse oír?

Mejor seguir como si nada fuera a durar 
como si el viento fuera el único testigo
de la eterna corriente donde se mezclan
 y se abrazan desde siempre 

                               todas las lenguas del mundo.






MARÍA LANESE
 (1945, Ripalimosani, Italia. Reside en Rosario, Argentina 
De: "El pulso en la piedra, Barnacle, 2026

¿Quién habla en este libro?  ¿Qué voz antigua y sabia discurre y medita en él? Porque sentimos que camina y se detiene, se abisma en las galerías subterráneas del mundo y de sí misma. Una voz que parece recorrer las eras, retroceder hasta el pasado para interrogar las piedras y las manos primitivas que pintaron en ellas, para calentarse junto al fuego y elevar su pregunta al cielo. Y, de nuevo, volver su vista atrás. 
¿De quién es esta voz que habla desde tan atrás? ¿Desde el comienzo de la vida, de las eras geológicas? 
Poesía del preguntar es este libro. Poesía del ensimismamiento grave y gozoso. Yerra quien crea que estos poemas son ocurrencias del azar. Son meditaciones, vertientes de dónde nacen imágenes que tratan de nombrar las cosas. Los escasos elementos de lo que se compone la realidad y la experiencia de esa voz: fuego, agua, aire, piedra, luces en el cielo, escritura, consumación. Sí, lo que existe, reducido a sus más esenciales elementos. 
 Libro que aspira a escuchar lo imposible: un latido en una piedra. Y, no por imposible, deja de hacerlo, de poner en ello todo su empeño. Y, acaso una fe, que es casi como un amor desmesurado. No hay pulso, pero hay el escuchar. 

Carlos Andrés Jaramillo 

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