El fuego
Así como de la madera
se desprendió
con un crujido
la primera llama
irrumpe ahora
despedido por los astros
el fuego celestial.
Trae consigo los presagios
de cometas preñados
por misiles.
Son partos siderales
que resecan los ríos
y atormentan los mares.
Con la furia incandescente
de los remolinos
componen el cuadro sonoro
de una tempestad
de la que ya no sabemos
o no queremos
leer su partitura.
se desprendió
con un crujido
la primera llama
irrumpe ahora
despedido por los astros
el fuego celestial.
Trae consigo los presagios
de cometas preñados
por misiles.
Son partos siderales
que resecan los ríos
y atormentan los mares.
Con la furia incandescente
de los remolinos
componen el cuadro sonoro
de una tempestad
de la que ya no sabemos
o no queremos
leer su partitura.
Nosotros
En los mitos de origen
es frecuente encontrar
en los relatos
el lugar prominente que ocupa
la mención de algún fruto
el protagonismo de algún árbol
o la fatalidad de una caída.
¿Habremos caído de los arboles?
Deambulamos un sinnúmero de años
sin noción de rumbo ni destino
comiendo raíces
oliendo rastros que nos alejaran
del peligro inminente
de alguna quijada entrenada
en devorarnos.
Imaginar la exactitud
de cada hueso
orientando
la tensión en cada músculo
la fluidez
vertical
de la sangre
en cada vena
en cada arteria
acechar la pulcritud de aquel instante
en que nuestro cuerpo
desolado
a merced de la voracidad
de una gravedad incontenible
logró alzar su cabeza
alinear la mirada
fundar para siempre el horizonte
fin y principio
de nuestros puntos cardinales
es solo comparable a la irrupción
de algún saber inesperado
al vértigo que siempre
nos produce la belleza.
Hubo también otro instante
prodigioso
aquel del zumbido
de la primera flecha.
Con la invención del arco
en el temblor de aquella única
cuerda primordial
—según Pascal Quignard—
se originó la música.
También la disonancia
y la maquinaria de la muerte.
Seguir
Con los brazos disponiéndose
al encuentro
con los pies descalzos
sin recelo por algún destino incierto
con la mirada abierta a horizontes
impensados.
En el pedernal
el pulso seguirá encerrado
por milenios
esperando el golpe
esperando el soplo
que despierte la chispa del entendimiento.
La claridad que el fuego nos concede
es según la intermitencia de la llama
más o menos engañosa.
Con el primer despertar
algo queda prendido en el adentro
¿es acaso el pálpito remoto
del primer parpadeo
el comienzo
del camino hacia la luz?
Es preciso seguir
seguir a tientas las señales
la oscuridad agudiza los sentidos
sin nocturnidad las estrellas
se ausentan.
Seguir como si aquello
que debió permanecer en secreto
a resguardo de nuestra codicia
de nuestra lectura defectuosa
continuara escribiéndose sin pausa
en cavernas remotas
esas
donde la fuerza incontenible
del agua que mueve al mundo
se aquieta en los lagos
necesitada de silencio.
Las palabras
están en todas partes
aguardan a la espera
desde el comienzo
de los tiempos.
El destino de los signos
¿será quizás colgarse del aliento
dispuestos a entregarse
a quién intente nombrar
aquello que aún no tenga nombre.
y así dejarse oír?
Mejor seguir como si nada fuera a durar
como si el viento fuera el único testigo
de la eterna corriente donde se mezclan
y se abrazan desde siempre
todas las lenguas del mundo.
MARÍA LANESE (1945, Ripalimosani, Italia. Reside en Rosario, Argentina
De: "El pulso en la piedra, Barnacle, 2026
¿Quién habla en este libro? ¿Qué voz antigua y sabia discurre y medita en él? Porque sentimos que camina y se detiene, se abisma en las galerías subterráneas del mundo y de sí misma. Una voz que parece recorrer las eras, retroceder hasta el pasado para interrogar las piedras y las manos primitivas que pintaron en ellas, para calentarse junto al fuego y elevar su pregunta al cielo. Y, de nuevo, volver su vista atrás.
¿De quién es esta voz que habla desde tan atrás? ¿Desde el comienzo de la vida, de las eras geológicas?
Poesía del preguntar es este libro. Poesía del ensimismamiento grave y gozoso. Yerra quien crea que estos poemas son ocurrencias del azar. Son meditaciones, vertientes de dónde nacen imágenes que tratan de nombrar las cosas. Los escasos elementos de lo que se compone la realidad y la experiencia de esa voz: fuego, agua, aire, piedra, luces en el cielo, escritura, consumación. Sí, lo que existe, reducido a sus más esenciales elementos.
Libro que aspira a escuchar lo imposible: un latido en una piedra. Y, no por imposible, deja de hacerlo, de poner en ello todo su empeño. Y, acaso una fe, que es casi como un amor desmesurado. No hay pulso, pero hay el escuchar.
Carlos Andrés Jaramillo

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