Laura López Morales
En su atenuada modulación, cada uno de estos poemas resulta inseparable del que lo precede. El último no cierra el círculo porque no hay círculo que cerrar. El poema se fragmenta como la materia en suspensión pero no pierde su unidad con los materiales que lo constituyen: el agua, la arena, la escasez, el espanto, los pozos sucesivos, el guadal que vio desprenderse íntegro el cuerpo de la madre. Fracciones integradas de una materia sólida reticente es lo que la poeta denomina con precisa ambigüedad “las desperdigadas minucias”. Leer estos poemas es ir hacia una voz nítida que prescinde de un cuerpo con su edad o sus días contados. Lo personal es esa voz que pone a evanescer un cuerpo – el del poema – que el lector aloja pero no alcanza a tocar en el cuerpo a cuerpo de la lectura. Construida con oraciones impersonales – he aquí el hallazgo que permite haber alzado una estructura tan sólida con casi invisibles pilares –, “aquello” que solo pronuncia “yo” tres veces, alcanza para fu...