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Mostrando las entradas de marzo, 2011

Joaquín O. Giannuzzi: En la inmóvil confusión

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Lluvia nocturna detrás de la estación de servicio         Bajo la lluvia nocturna, una tumba caótica   de cosas abandonadas a sí mismas   que demora en cerrarse. Pero todavía el conjunto   puede volverse creador sobre su propio sueño.   En esta decantación del desorden   una fría suciedad pegajosa, un estado de frontera   de objetos a punto de perder su identidad.  En la inmóvil confusión gotea el agua silenciosa. Envuelve llantas reventadas, botellas astilladas, ruina de plástico, recipientes chupados, cajones despanzurrados, metales llevados a un límite de torsión, quebraduras, andrajos no identificados, asimetrías tornasoladas por la grasa negra. He aquí una crisis de negación en esta abandonada degradación intelectual de criaturas seriadas, nacidas a partir de la materia martirizada, la idea y el deleite y que fueron manipuladas, raspadas, roídas, girando sobre chapas rígidas y correas de trans...

César Fernández Moreno

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Anoche no dormí  anoche no dormí  mirándote dormir ahora sí tu rostro era todo de noche yo lo besaba a tientas  te abrazaba despacio  suave como tu piel  y seguías dormida  solamente una vez  entreabriste los labios  a ciegas te abrazaba y abrazaba  nunca me equivocaba cuando vino la luz vi que te quería CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO  (1919 / 1985, Buenos Aires, Argentina / París, Francia) De: "Sentimientos completos", Ediciones de la Flor, 1981

Peter Sirr

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Peter Street Casi llegué a querer esta calle; cada vez que pasaba mirando hacia arriba para colgarle el rostro de mi padre a una ventana, me sentía contenido en su mirada. Hoy hay una obra en construcción donde estaba el hospital, y me detengo y miro estúpidamente el aire vacío, buscándolo. Casi rogaría que aún hubiera algún dolor como una imperfección de la estructura, algo inaliviable esperando en el encofrado, entre los pisos, en algún cuarto secreto, obstinado. Una grúa se mueve delicadamente en el cielo, con su propio lenguaje. Olvida todo eso, me digo al pasar, que sea una casa maravillosa, que la música deambule por los pasillos, que haya alegría fácilmente, que el terco corazón de San Valentín llegue flotando desde Whitefriar Street para imponerse, para curar las heridas, para levantar a mi padre de su cama, para dejarlo descolgarse por el ladrillo apagado, sin esfuerzo, y salir corriendo con su vida en las manos. PETER SIRR  (1960, Waterford; Irlanda) Versión de Gerardo Ga...

Héctor Viel Temperley

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Hospital Británico Mes de Marzo de 1986 Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme. Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo. Mi madre es la risa, la libertad, el verano. A veinte cuadras de aquí yace muriéndose. Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara -en Tu llanto- para comenzar todo de nuevo. Héctor Viel Temperley (1933 / 1987, Buenos Aires, Argentina) De. "Hospital Británico, 1986 (Par Avi Cygno) Enlace: El Yo extrañado y el poema disponible, por Juan Alcántara Phols (Universidad Iberoamericana)

Horacio Armani y La casa de los aduaneros

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La casa de los Aduaneros, de Eugenio Montale Tú no recuerdas la casa de los aduaneros sobre el barranco a pico de la escollera. Desolada te espera desde la noche que en ella entró el enjambre de tus pensamientos e inquieto se detuvo. El viento bate hace años los viejos muros y no es alegre ya el sonido de tu risa. La brújula se mueve enloquecida al acaso y el azar de los dados ya no es más formidable. Tú no recuerdas; otro tiempo distrae tu memoria; un hilo se devana. Aún sostengo un extremo; mas se aleja la casa y sobre el techo la veleta ennegrecida gira sin piedad. Tengo un extremo; pero tú estás sola, ni respiras aquí en la oscuridad. ¡Oh el horizonte en fuga, donde se enciende rara la luz del petrolero! ¿El paso es éste? (Nuevamente el oleaje pulula sobre el barranco que se parte...) Tú no recuerdas ya la casa de esta noche mía. Y no sé quién se va ni quién se queda. "Este poema puede ejemplificar la teoría del "correlato objetivo" de Eliot. Un recuerdo o una imagen...

Sergio Kisielewsky

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Encuentro Inés Ollero está en un bar de Federico Lacroze. La miro.Fuma. Tiene 21 años. Me dice Vamos a la reunión. Tengo varias materias previas e Inés me ayuda en Física. No sabía nada de mí. No olvidaba nada de vos. No me construí. Hoy te veo en esa foto y está fumando. Mirás y me decís que tomás el colectivo 127 a San Martín. Llevás materiales. Detienen el colectivo y vos tenés materiales. No les decis nada. Tenés los pantalones oxford, mirás la calle, las mesa marrones del bar, los espejos, la tibia obscenidad de nuestras edades. Me besás en la mejilla y me decís que estudie. Tomás el colectivo en 1977, Tu sangre es la bandera. SERGIO KISIELEWSKY  (1957, Buenos Aires, Argentina) De. "Electrificar Rusia", Colección de poesía Mascaró, 1999 Imagen: videolife.tk

Dante Alighieri

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Tanto gentile e tanto onesta pare      Tanto gentile e tanto honesta pare  La donna mia quand’ella altrui saluta,  Ch’ogne lingua deven tremando muta,  E li occhi no l’ardiscon di guardare.  Ella si va, sentendosi laudare,  Benignamente d’umiltà vestuta;  E par che sia una cosa venuta  Da cielo in terra a miracol mostrare. Mostrasi sì piacente a chi la mira, Che dà per li occhi una dolcezza al core, Che ’ntender no la può chi no la prova; E par che de la sua labbia si mova Un spirito soave pien d’amore, Che va dicendo a l’anima: Sospira. Tan gentil y tan honesta parece Tan gentil, tan honesta en su pasar es mi dama cuando a otros saluda, que toda lengua tiembla y queda muda, y los ojos no se atreven a mirar. Ella se va, oyéndose alabar, benignamente de humildad vestida, y parece que sea cosa venida para un milagro del cielo mostrar. Se muestra tan grata a quien la admira, dan al pecho sus ojos tal dulzor, que no puede entender quien no l...

Paulina Vinderman

5) Ahora, tarde en la tarde, marzo sonará en la palabra púrpura, al borde de la métrica, inclinada en su terraplén. Escribo dentro de un grabado mientras la palmera izquierda (la pequeña) espera su salud perdida y el encanto del cielo sobre sus nuevas hojas: un mosquitero de encaje. Mi mente está calma como un lago escuchando la voz del hombre que anoche en mi sueño me preguntaba por las constelaciones. ¿Era ésa la voz del lenguaje? ¿Por qué rompí mi poema del tiburón? Si viene la lluvia será un exilio, un intervalo en el teatro de mi pobre, pálida memoria. Montañas azules, pueblos silenciosos, cardos al sol, palomos que arrullan las siestas y un humo (¿la voz?) en la carretera. 9) Invento el jardín que no tuve y me fotografío bajo un toldo de cielo. Cuando menos lo espere, la palabra jardín me abandonará, y volveré a mis pueblos con calles de tierra y corazón dorado. Me dedico a barrer sombras alargadas como cangrejos                   ...

Jorge Fondebrider

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Este no es un mundo plano de ficciones donde alguien dice y otro escucha. Hay mucho ruido, alrededor hay mucho ruido y el viento que trabaja, las ramas de los árboles se mueven contra el cielo y el cielo se refleja sobre el agua del estanque donde hay un plástico que flota. Y más allá, al lago lo surcan unos patos. Sin ganas, los patos se recortan sobre un telón de fondo con palmeras, y faltan los aviones, también faltan los coches, claro, que cruzan la avenida. A todo esto, una mujer ventruda, de buzo azul, empuja un árbol para elongar las piernas. Un viejo en pantalones cortos, con músculos brillantes. Nada, nada propone nada al paso de la tarde. ¿Cómo se ven las cosas desde la orilla opuesta? Las cañas desde el aire ¿se ven como las veo desde aquí? Pasé los treinta y ocho. Y hay rostros y hubo fechas por distracción borrados, por ilusión mentidos, por omisión secretos y otras tardes y habrá seguramente muchas otras tardes de sol, de invierno. No se puede evitar una marcada desco...

María Cristina Santiago

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Vidrieras de Amsterdam El empapelado tiene marcas que a veces se ven al descolgar un cuadro. Como si el pudor de la señora desvistiera. Por eso considero para tranquilizarme, imprescindible repintar los muros. Aunque siempre es el desasosiego quien se muestra. ¿Qué el ansia del estreno, la pared sino restos tachados de alguien que en el fragmento nadie nota? Posesión de una zona: Mejor a la utopía consumarla en sueños. Virtud o costumbre del deseo no es deseo. ¿Está claro? También resta otra forma, una puede inventarse con destreza acto de perfumes que matan suavemente. Y demorarse allí. Ver como la franja de tafetán crece y decrece en la ventana. Nadie revela la clausura del papel en blanco, estancia cerrada donde se alimenta lo inmutable que es gesto repetido por la mano en las piernas y el roce del satén. Todo, ¿ese desengaño? y la pintura el espectro del beso, la belleza que con hábil oficio se suicida. ¿Nada más que eso? Cuestión de luces y de sombras, al rojo desencanto de un foq...

Nicanor Parra

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Recuerdos de juventud Lo cierto es que yo iba de un lado a otro, a veces chocaba con los árboles, chocaba con los mendigos, me abría paso a través de un bosque de sillas y mesas, con el alma en un hilo veía caer las grandes hojas. Pero todo era inútil, cada vez me hundía más y más en una especie de jalea; la gente se reía de mis arrebatos, los individuos se agitaban en sus butacas como algas movidas por las olas y las mujeres me dirigían miradas de odio haciéndome subir, haciéndome bajar, haciéndome llorar y reír en contra de mi voluntad. De todo esto resultó un sentimiento de asco, resultó una tempestad de frases incoherentes, amenazas, insultos, juramentos que no venían al caso, resultaron unos movimientos agotadores de caderas, aquellos bailes fúnebres que me dejaban sin respiración y que me impedían levantar cabeza durante días. Durante noches. Yo iba de un lado a otro, es verdad Mi alma flotaba en las calles pidiendo socorro, pidiendo un poco de ternura; con una hoja de papel y un...

Antonio Cisneros: El pampón de los perros

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L o que quiero nombrar es una calle. Calle que nombro por no nombrar el tambo de Gabriel y el pampón de los perros y el pozo seco de Clara Vallarino y la higuera del diablo. Y quiero recordarla antes que se hunda en todas las memorias así como se hundió bajo la arena del gobierno de Odría en el año 50. Los viejos que jugaban dominó ya no eran mi recuerdo. Nadie jugaba y nadie se apuraba en esa calle, ni aún los remolinos del terral pesados como piedras. Ya no había hacia dónde salir ni adónde entrar. La neblina o el sol eran de arena. Apenas los muchachos y los perros corríamos tras el camión azul del abuelo de Celia. El camión de agua dulce, con sus cilindros altos de Castrol Yo pisé entonces una botella rota. Los muchachos (tal vez) se convirtieron en estatuas de sal. Los perros (pobres perros) fueron muertos por el guardián de la Urbanizadora. Y la Urbanizadora tenía unos tractores amarillos y puso los cordeles y nombró como calles las tierras que nosotros habíamos nombrado. (¿T...