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Mostrando las entradas de junio, 2020

Mirta Rosenberg: Así que tiembla

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Toda pasión concluida      Caprichos de la luz  por el resquicio superior  de los postigos  y el calor,  el frío como cal y el sol,  que no es estar  y es  entre otros brazos  que den lo mismo.  Está  la luz que llena el jarro, el rojo interior que se ha colmado de vacío. ¿Es eso? Es el estilo, más bien, de hueco que acata la continencia, la sentencia que da un adentro donde - si se quiere - por un momento el mundo entra y cree en maneras de hacerse inconmovible. Así que tiembla. Con la luz que cambia. Y con las hojas que se enrejan en el viento. ¿Fuera de él no habrá nada? ¿Ni abrazo que lo sujete? Dura lo que se muere. Quedan familiares cajones con la ropa que se ha vuelto ajena, satenes personales y tizones de dolores que ya no duelen. En rincones de la carne, desusada, la saciedad del poder detenerse. Es la pasión o el paso entre dos vacíos, la atrocidad que deja intacto el corazón tras el carozo de un personaje invent...

Lucas Peralta

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Cuando digo lo que digo, es porque me ha vencido lo que digo  A. Porchia 36 Habrá que masticar al mundo y así agotar toda  obsesión o cómo hacer versos y masticar piedras y elementos de origen. Nuevamente, la  materia es fuente, lenguaje y horizonte que reclama.  No basta con aquello que las palabras significan, sino  con lo que callan. La falta de forma busca su ser, su estrépito. La tarea delimita caminos que encierran  este enjambre de la poesía y su imposibilidad. En torno a las palabras de enlace, a las cuevas  displicentes del verso, habrá que vallejear  en empeño diligente todo denuedo y cruce mutuo. Persistencia y derredor en la tregua, tantear el  complot vencedor cuando se dice. Si verbo y hambre  no vivencian en yunta, la imposibilidad del lenguaje  gana o parece reducir la emergencia estruendosa  gramatical, semigramatical o agramatical.  Persistencia y derredor en la tregua, tantear el  complot vencedor c...

Emilio Basso: Las estrellas parecen muertas

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Mi madre subió 9 kilos durante el embarazo nací un martes 27 en la ecografía dio que era mujer lo real fue que nací con 2 vueltas de cordón en el cuello y es que a veces no me decido y me entretengo en dar la vuelta cómo si la indecisión me hiciera salir campeón del mundo el señor Géminis es mi pastor nada me faltará nada? carecer de deseo la no presencia de la falta dios existe? en el vacío dice mi lado luminoso Lacan rezaba un rosario completo antes de entrar al consultorio sacó su luna en acuario y nos encerró en el hielo mamá viajó en una Vespa roja el día que nací me gusta la velocidad y quiero encontrar esa pared que el aire derriba ten cuidado las estrellas parecen muertas y cuando tu descansas hijo mío mercurio se arrepiente y dios tira los dados Otro poema EMILIO BASSO ,  aquí

Semblanza de Leonor García Hernando, por Sergio Kisielewsky y dos poemas

     La chica ya no está en el bar La Paz, no escribe junto a la ventana que da a la calle, no fuma sus cigarritos que saca de una tabaquera con brillo, ya no atraviesa Corrientes sin fijarse en los semáforos, dice cosas incorrectas en momentos incorrectos. No consigue trabajo, vive en pensiones, se enamora del hombre equivocado sin embargo huye con él, se casa de manera clandestina. Milita, reparte revistas en momentos más que difíciles, trabaja como secretaria en la SADE, es asistente de una gran cantante argentina, es una de las poetas que este país puso debajo de la alfombra con cierta incomodidad, algo generó su obra, por eso es necesario quebrar ese silencio y abrirse a su poesía. Leonor García Hernando nació en Buenos Aires en 1955, pero su época más feliz fue en Tucumán. Y le gustaba decir que su nacimiento fue un accidente de la historia. Su poesía corta por la mitad al lector, es un tatuaje a fondo, no se ve a simple vista. “La belleza ocupó todo su corazón”...

David McLoghlin

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Café Derby  Al cruzar el oscuro paragüero de madera, chorreando junto a la puerta, chica para chico, cuatro jovenzuelos galantean serios con la madurez. Los chicos y su cabello, fijado a lo torero, intensamente engominado; a la francesa, las chicas revisten sus hombros con jerséis pastel, y a la cintura otro. Los atiende un camarero, calvo y retaco, de menester quizá madurado desde mozo en las tertulias de Valle Inclán. Hierático, algo renco, viste una blanca chaquetilla sin cuello abotonada hasta la garganta, parsimonioso. Les lleva una bandeja a la mesa—denso, de las américas, caliente chocolate negro, infusiones en ánforas de alquimia, bullendo. Antonio Muchas noches merodeaba un músico bajo el palacio del Obispo Xelmirez, bajo el arco —la acústica tan buena que lo escuchabas mucho antes de pasar el Obradoiro y subir las escaleras. Sentado por la larga jornada, cuando se ponía de pie andaba como con la pierna mal torcida. No sabía su nombre. 10 años más tarde, descendíamos por C...

Luis Cruz-Villalobos

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Little blue  La joven princesa   Oscura y sola   Pobre y desdichada  Miraba  Desde la esquina  De aquel bar  Una lágrima  Recorría su corazón  Y todas las noches  Quería salir  A volar  Desde sus ojos  Pero ella  Que era tenaz  Como una roca  No la dejaba  Jamás escampar  A lo lejos  En otra esquina  Del nocturno bar  Un piano  Versátil  Melancólico  Hacía que ella  Se tornase  Melodía sutil  Aunque cada noche  Varios grises  Y lejanos hombres  La besaran vacíamente  Tocaran su piel  Sin jamás llegar a su alma  Ella seguía allí  Sola  Triste  Hecha melodía  Sobre el enrarecido aire  De aquel oscuro bar  Donde su cuerpo trabajaba  Vendiéndose  Para no morir del todo. 1 En esta gris ciudad Llueven pétalos blancos De flores de ciruelo Los pájaros cantan Como si fuese primavera S...

ANTÓN CHÉJOV: Gente sobrante

      Son las seis de la tarde de un día del mes de junio. Desde el apeadero de Jílkovo y en dirección a la colonia veraniega marcha un grupo de veraneantes recién bajados del tren. Son, en su mayor parte, padres de familia, y van cargados de paquetes, carteras, sombrereras y esas cajas de cartón que guardan las creaciones de la moda femenina. Todos presentan un aspecto cansado, hambriento y malhumorado, como si para ellos no brillara el sol ni floreciera la hierba. En el grupo se encuentra Pável Matvéievich Zaikin, miembro del tribunal del distrito, hombre alto, un poco encorvado, vestido con un traje barato y portador de una escarapela en su gorra descolorida. Está sudoroso, sofocado y apesadumbrado. —¿Viene usted diariamente a la dacha? —dice dirigiéndose a él un veraneante de pantalones color cobrizo. —No. Diariamente, no —contesta sombrío Zaikin—. Mi mujer y mi hijo residen aquí siempre, mientras que yo vengo dos días a la semana. No tengo tiempo de venir todos los d...

Pearse Hutchinson

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Distorsiones      Qué sorpresa te llevaste —  mientras envejecías y usabas  tan tranquilamente a sexagenarios  como si fuesen espejos  que en realidad no distorsionan  sino que son simplemente proféticos y tanto más confiables que el vidrio del baño que recibe el sol de la mañana o el del vestíbulo que no lo recibe jamás — Qué sorpresa te llevaste cuando un confiable espejo, que se sabía 60 y no 40 de modo que no te necesitaba a ti como espejo, pensó que eras carne y no vidrio, humano y no mineral y por tanto irrompible,  y sin verse a sí mismo como espejo, a tu extravagante manera de ver las cosas comenzó a tratarte como un juguete, como a un hermano, y aunque tú eras carne y no vidrio, te rompiste, y sangraste, no arena, tampoco calcio tampoco pálido plomo rojo— de modo que, cuán grande fue tu sorpresa, al rearmarte sobre el pavimento, carne y no vidrio al observar cómo su erguida nuca se desviaba, con calma, como si jamás se hubiese visto ...

César Moro

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carta de amor (1942)  Pienso en las holoturias angustiosas  que a menudo nos rodeaban al acercarse el alba  cuando tus pies más cálidos que nidos  ardían en la noche  con una luz azul y centelleante  Pienso en tu cuerpo que hacía del lecho el cielo y las montañas supremas  de la única realidad  con sus valles y sus sombras  con la humedad y los mármoles y el agua negra reflejando todas las estrellas  en cada ojo  ¿No era tu sonrisa el bosque resonante de mi infancia no eras tú el manantial la piedra desde siglos escogida para reclinar mi cabeza? Pienso tu rostro inmóvil brasa de donde parten la vía láctea y ese pesar inmenso que me vuelve más loco que una araña encendida agitada sobre el mar Intratable cuando te recuerdo la voz humana me es odiosa siempre el rumor vegetal de tus palabras me aísla en la noche total donde brillas con negrura más negra que la noche Toda idea de lo negro es débil para expresar la larga ululación de negr...

Mary O'Malley: Los objetos de la casa ya no son inertes o agradables

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En Friar's Hill Cuando partas a Itaca / ruega que tu viaje sea largo" Cavafy A esta hora de la noche los objetos de la casa ya no son inertes o agradables. Despiden emanaciones cargadas de ceniza. El frío televisor, el panel de la ventana y el teléfono tiemblan ligeramente en sus sueños de baratija. Hace casi dieciocho años regresamos del sol con dos hijos pequeños a esta, nuestra ciudad universitaria. Aquí, no lo sabíamos, planeaban abrir una calle. En la colina de enfrente solían pastar dos caballos, Verano e Invierno, que nuestra hijita adoraba. Arriba, en las constelaciones, convergían trayectorias de estrellas candentes. Pese a las señales de desastre, cada colisión fue evitada. Cuando volví al hogar esta noche los gatos vinieron hacia mí, una sombra gris, una nube naranja. ¿Hogar? No hay peligro de elegía. Ya nunca tendremos treinta años de casados. Este anillo de bodas que fue nuestra O de regocijo y “para siempre” y que está en un oscuro cajón, todavía me va bien. Cuan...

José Miguel Silva: Penélope escribe

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Gran circo de Montekarl     No me gusta especialmente el circo, pero como no hay nada más  y una persona tiene que entretenerse con alguna cosa, aquí vine.  Confieso que me atrajo sobre todo el número de la Gran  Conflagración del Capitalismo, anunciado con letras rojas  en el cartel. El asunto que surge es:  ¿a qué horas comienza? Pregunto, nadie sabe.  Francamente, esto ni parece una producción americana.  Estamos aquí de pie hace quién sabe cuántas horas y nada sale   de la rutina: entran payasos, salen payasos, unos más  ricos, otros menos, pero de todos modos sin gracia. Ya ni siquiera puedo ver. Y los domadores de caniches, burros, comedoras de latón. Esto me enferma. Ahora son los comedores de fuego. Que fastidio de mierda. Sólo necesitamos un mago, listo ¿para qué dije eso?. Más valía haberse quedado en casa. Pero la culpa es mía — boletos tan baratos, debí haber desconfiado—. Podría intentar salir, ¿pero cómo, si ...

Nicos Cavadías: Leía con ardor a la santa de Ávila

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Marabú  (i)    Dicen los marineros que viajan conmigo  que soy un tipo agrio, intratable y malvado,  que odio a las mujeres de una manera ruin  y que yo nunca suelo acostarme con ellas.  Y aún dicen más, que tomo hachís y cocaína,  que una pasión terrible me tiene poseído,  que tengo el cuerpo lleno de horribles tatuajes,  extraños y angustiosos, con los que estoy marcado.  Y aún dicen otras cosas peores, muchas más, que, sin embargo, son mentiras e invenciones. Pues lo que de verdad me marcó mortalmente, no lo ha sabido nadie, a nadie dije nada. Pero ahora que ha caído la tarde tropical y huyen hacia el oeste aquellos marabús hay algo que me incita a poner por escrito aquel suceso oculto que siempre silencié. Yo fui una vez grumete en un barco correo que llevaba las cartas de Egipto al sur de Francia. Entonces conocí a mi flor de los Alpes y nos ligó una estrecha amistad fraternal. Era aristocrática, ligera y melancólica, hija de u...