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Mostrando las entradas de mayo, 2013

Ignacio Uranga, un poema inédito

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el cardio a 125 por minuto, sin nexos causales aparentes con el THS explorado solo: lectores luego específicos interprétanlo estrechamente a lo sistémico nervioso vinculado, al plexo y algo como alma arrugada por diversos duelos: simulan duelos varios arrugando, triste el alma hasta que danse miligramos a calmar... en píldoras  inhibirán, habrán de inhibir lo triste en lo adentro: un punto pretencioso que sutura, tan dulcemente la facultativa joven, que mírame, amor, y veo: amor hay en lo que veo cuando mírame la que faculta y urde el punto sobre el tajo a unir las partes en que fue tocado en lo sanguíneo un vaso: naturalmente hemorragia a calmar, y más facultativos expectantes del rojo en su fluir: tan sáfico tiémblame el cardio en rayas dadas a leer: 115 la frecuencia en suba aun tras prescriptas tomas de sustancias a estabilizar el sáfico cardio, la facultativa escritura, los pálpitos de límites que traspásanse: ha traspasado este cora- zón el facultativo límite prescripto, aun ...

Macky Corbalán

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A hora mismo, por ejemplo, estaría donde llueve, o mejor donde el mar se alza en bramidos sobre una costa y estalla, contrariado por los límites. 8 Un único rayo de luz solar hiende el pliegue brevísimo de la cortina. Pone al descubierto uno de los mundos invisibles: infinidad de partículas desnudas incansables,  bailarinas. ¿Cuántos mundos asesinados sin saberlo, ahora y antes, antes y ahora y por siempre bajo la indoblegable lógica de lo sólido? Tomar en embeleso el cáliz de sangre que nos está destinado, por purgar, ésta  y aquella, culpas La misma hendidura en el amor. El mismo yerro. Tiranías del cuerpo y su jauría. MACKY CORBALÁN  (1963 / 2014, Cutral Có, Provincia de Neuquén, Argentina) De: El acuerdo, Editora la mondanga dark, 2012

Clara Fernández Moreno

Mujer que llora ella llora con ojos anegados como esos patios por donde corren las grandes lluvias o las paredes en que las tormentas resbalan extendidamente el ancho de una mano sobre su nivel sus pestañas son breves aleros donde el agua se acumula resbala sobre las mejillas toma la forma de la cara cubre cada pliegue baja sobre los labios entre los labios y el mentón hasta llegar al encuentro de garganta y nuca está impregnada entre las ropas las frentes de otros apoyadas en las suyas no la calman una voz cálida la desata moja con lágrimas plomizas un pañuelo calado llora ávidamente estirando sus pelos enjuta y apagada con duelo con lujuria es que su llanto empieza en los tobillos sube por las caderas trepa y le toma el pecho hasta sentirlo fundido en láminas que se esparcen como olas que poco a poco se acercan y mueren a nuestros pies en la arena de las playas y la arena las absorbe hasta que queda fría y húmeda se puede caminar y las pisadas no se pierden ella sigue llorando va a c...

Valeria Cervero lee a Teresa Arijón

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En el fondo de un pozo cuya boca ha sido tapada desde afuera sin un resquicio que permita la entrada de la luz un hombre, solo, con una botella de agua. Debe meditar, si puede, sobre la impermanencia de las cosas pero en cambio elige adivinarse las uñas de los pies. Ha fracasado en todo: ni el amor, ni la pura poesía en estado salvaje, ni el ideal paupérrimo de una vida dedicada al arte. Tiene cuarenta años y no puede mirar hacia adelante, tampoco hacia atrás. (El pasado es una cortina de humo sobre todas las cosas; su sola noción opaca los usos del presente, en cierto modo lo desanda.) En el fondo del pozo, el hombre, que es chino y está a punto de morir pero no (y él lo sabe), imagina que enciende un fósforo; siente en la yema de los dedos la aspereza de la pólvora: el fulgor repentino que lo fascinó en su infancia es ahora, en el pozo, un sueño sin dimensión. (Un fantasma sin cara, él mismo sin su aspecto.) En el fondo del pozo el hombre podría ser cualquiera, sumirse en la historia...

Mercedes Roffé

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...por la ventana entra una revelación                                                                                              Remedios Varo El encuentro                     si  me esperas                             te diré quién eres                             ábreme no estoy del todo                             muerta soy tú Cazadora de astros                                          ...

Sor Juana Inés de la Cruz

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Fuente: www.cuentosyfabulas.com.ar Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión Éste que ves, engaño colorido, que, del arte ostentando los primores, con falsos silogismos de colores es cauteloso engaño del sentido; éste en quien la lisonja ha pretendido excusar de los años los horrores y venciendo del tiempo los rigores triunfar de la vejez y del olvido: es un vano artificio del cuidado; es una flor al viento delicada; es un resguardo inútil para el hado; es una necia diligencia errada; es un afán caduco, y, bien mirado, es cadáver, es polvo, es sombra, es nada. Juana Inés de Asbaje /Sor Juana Inés de la Cruz (1648-51, San Miguel de Neplanta / 1695, Ciudad de Méjico, Méjico) Enlaces:  Biblioteca virtual Miguel de Cervantes

Marina Kohon traduce a Louise Glück

Un jardín de verano       1 Varias semanas atrás descubrí una foto de mi madre sentada al sol, su rostro sonrojado como por el logro o el triunfo. El sol brillaba. Los perros estaban durmiendo a sus pies donde el tiempo dormía también, calmo y estático como en todas las fotografías. Saqué el polvillo del rostro de mi madre. Ciertamente el polvillo cubría todo; me parecía la persistente confusión de la nostalgia que protege todas las reliquias de la infancia. En el fondo, una variedad de muebles de jardín, árboles y arbustos. El sol bajó en el cielo, las sombras se agrandaron y oscurecieron. Cuanto más polvillo sacaba, más crecían esas sombras. El verano llegó. Los niños se inclinaban sobre el cerco de las rosas, sus sombras se fundían con los sombras de las rosas. Una palabra vino a mi cabeza, nombrando este movimiento y cambio, estos borrones que ahora eran obvios- Aparecía y rápidamente desaparecía. ¿Era ceguera u oscuridad, peligro, confusión? El verano llegó, lue...

Catalina Boccardo lee a Carlos Drummond de Andrade

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Mundo grande  No, mi corazón no es mayor que el mundo. Es mucho menor. En él no caben ni mis dolores. Por eso me gusta tanto narrarme. Por eso me desnudo, por eso me grito, por eso frecuento los periódicos, me expongo crudamente en las librerías: necesito de todos. Si, mi corazón es muy pequeño. Sólo ahora veo que en él no caben los hombres. Los hombres están aquí afuera, están en la calle. La calle es enorme. Mayor, mucho mayor de lo que yo esperaba. Pero tampoco en la calle caben todos los hombres. La calle es menor que el mundo. El mundo es grande. Tú sabes cómo es de grande el mundo. Conoces los navíos que llevan petróleo y libros, carne y algodón. Viste los diferentes colores de los hombres. los diferentes dolores de los hombres, sabes qué difícil es sufrir todo eso, amontonar todo eso en un sólo pecho de hombre, sin que él estalle. Cierra los ojos y olvida. Escucha el agua en el cristal, tan calma. No anuncia nada. Entre tanto se escurre en las manos ¡tan calma! Va inundando ...

Circe Maia: Ruido del mar

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El ruido del mar      Hay un tejido, una red luminosa  que tiembla en la arena, por abajo del agua.  Se ve a través del verde transparente  como una temblorosa trama.  Cuando la ola rompe su espuma quedan burbujas sueltas, chiquitas sobre la piel del agua: brillan intensa, nítidamente en seguida se apagan. Por la suave curva de las olas sobre su lento avance sobre su amplio movimiento seguro la luz resbala. Se deslizan los resplandores por los movedizos toboganes del agua. Ruido del mar, qué golpe derramado qué entreverada voz y qué sonido tan confuso y oscuro cuando todo en derredor está tan claro. Todos los límites firmes y recortados todo con su color tan decidido los colores tocándose uno al lado del otro, sin mezclarse. Y parece que cada uno: limpio y liso azul, rojo tejado verdor brillante diera un sonido puro e inaudible y todos un acorde fuerte y claro. Pero el ruido del mar no se comprende, se desploma continuamente, insiste una y otra vez, co...

Moya Cannon

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Manos      Para Eamonn y Kathleen   Fue en algún lugar sobre la costa noreste de Brasil,  sobre Fortaleza, una ciudad de la que nada sé,  salvo que está llena de gente  cuyas vidas son un misterio  mayor que el río Amazonas;  fue ahí, mientras el avioncito del monitor de vuelo  se desplazaba al ecuador  y viraba al este hacia Marruecos,  cuando empecé de nuevo a pensar en las manos,  en lo extraño que es que nuestras vidas –la vida de la francesita pelirroja a mi izquierda, la vida del niño argentino a mi derecha, mi vida y las vidas de todos los pasajeros dormidos que están siendo rápidamente transportados en la oscuridad sobre el oscurecido Atlántico–, todas esas vidas ahora estuvieran siendo sujetadas por las manos del piloto, y pienso en otras manos que pueden sostener nuestras vidas, las manos del cirujano a quien tendré que volver a ver cuando llegue a casa, las manos de la inteligente enfermera de cabello negro que ...

El poema comienza siempre con una circunstancia

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g iro la perilla,  el segundo paso del inicio del día. El primero fue  la devastación  de mi cara frente al espejo, como lo dije en la primera versión. El comprimido intenta  demostrar la magnificencia de una vida ordinaria, y para colmo, hurgo los bolsillos  vacíos. Una nube de vapor navega hacia el exterior por el ventiluz. El canto de un pájaro la atrae. © PEDRO DONANGELO Imagen: Detalle de Woman in a blue dress, de Modigliani

Félix Lope de Vega

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Fuente: poemasparajulia.blogspot.com Soneto 126 Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso; no hallar fuera del bien centro y reposo, mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, enojado, valiente, fugitivo, satisfecho, ofendido, receloso; huir el rostro al claro desengaño, beber veneno por licor süave, olvidar el provecho, amar el daño; creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño: esto es amor, quien lo probó lo sabe. Féliz Lope de Vega (1562 / 1635, Madrid, España

Marcela Morel

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S oles, pajarera la materna vista tierna de las casas derrumbadas. Corazones en el Centro furgoneta, daban vueltas a la chacra, la comanda un tío bueno: el que " nunca tuvo hijos ". Salvada caricia, moneda del día, ¿quién paga? La misma cordura que luego, jangada de imágenes sacras, aquellos burlesques devuelven al tío, Avenida Corrientes. Sueños en hilera se aproximan, ¿quién paga el pulso, el devenir idiota, la mañana? Constante boliviana con las frutas, pimentones y corpiños, ¿y el azar? Surco exacto entre los pelos, quintaesencia. ¿Quién paga  a los ajenos muertos, tatuaje del recuerdo y el arroz yamaní integral?  Calla el verso, costo impuesto de un marido, libertades infligidas a los días. La música, salvando el habla con el miedo del que olvida sin deseo ante el azar. La lluvia cava el lodazal del sueño, un parpadeo entre las hojas de los libros previos. Y escalada de ojo abierto, sonidos alternan en la sombra tu presencia ingrata. Silencio diera al concentrar la palab...

Raúl Artola, poemas inéditos

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E sta noche he llorado por una soledad de treinta años. Nunca recé a ningún dios para que cesara en su castigo. Es más, llegué a amar ese castigo. Esa soledad era mi fortaleza. Dije "mi casa soy yo". Ahora estoy desnudo, en el mayor desamparo. Deambulo, abro cuando hay cerrar, guardo vasos vacíos en la heladera, la gata no me reconoce (creo que hay momentos en que ladra), Nina Simone canta para vos. Y me pregunto quién soy, cómo me llamo y dónde queda mi casa. M e llaman todas las mañanas desde la cárcel. No necesito despertador, porque el teléfono es sistemático y puntual. Siempre preguntan lo mismo: si he planeado escapar y cuándo decido mudarme con ellos. Como mis respuestas negativas también son invariables, estoy seguro de que al día siguiente volverán a llamar. Aunque no tengo necesidad de levantarme muy temprano en este paraje solitario donde cultivo la única huerta y alimento animales que crío para mi sustento.           L o que no se puede explicar...

Mauro Viñuela

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Quitada esa medida quitada esa medida descendió hacia el cadalso  envuelta en ramas de menta seca y hambrienta de su propio fuego como si dijera arcilla en arcilla  y encapsulara los vehículos estropeados de la próxima noche como si dijera todos moriremos, se cae un frasco sentir sentir-el-sol-ancla-aérea como si dijera por la gloria de la abstracción de la sangre, la sangre mientras yo adoctrinaba al imposible mediodía partiendo en mil la sombra de un celuloide de limonero que, antaño,amarró las tormentas cual si dijera todos moriremos, como se cae un frasco luego los ovillos, esos ovillos de malezas rodando de pronto invisibles por la calle y ese olor perpetuo de hormonas de animales amenazados para el efecto de la impresión de los vivos sobre los muertos Enlaces:  Mauro Viñuela