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enero 28, 2014

Santiago Kovadloff















Externo






Puedo ser a veces, pura exterioridad.

De pie en oficinas donde tramito mis cosas

o atento a que me llamen,
con un número en la mano,
en bancos, casas de cambio,
en la cola
de los que adeudan la luz,
no leo, no pienso, no recuerdo,
ni siquiera miro a los que me rodean.



Aprendí a aguardar mi turno
sin buscar amparo en nada.
Nunca estuve en tantos sitios 
tan desnudo como ahora;
nunca tan entero en una fila
entregado sin más 
a la espera con que espero,
gestos, músculos, sudores solamente, 
libre al fin de mí, sin más allá,
externo, desasido,
absorto en esa mansa
inconsistencia del instante. 


Santiago Kovadloff (1942, Buenos Aires, Argentina)



enero 26, 2014

Dimitris Angelis, ver­sión y nota de Vir­ginia López Recio

El extenso poema que, junto al poeta Pedro Mateo, tra­duci­mos a con­tin­uación con­sti­tuye la primera parte de Con­fir­mando la noche (2011), último poe­mario del escritor griego Dim­itris Angelís. “1989”, título que lo encabeza, se refiere al poeta griego Yan­nis Rit­sos (1909–1990) y la con­mo­ción que sufrió al enter­arse de la caída del Muro de Berlín. “Tenía con­tin­u­a­mente encen­dida la tele­visión, seguía con obsesión las noti­cias, no podía creerlo”, comentó su sec­re­taria a Dim­itris Angelís al adver­tir éste, mien­tras anal­iz­aba su obra, la caída cor­po­ral y psíquica de Rit­sos aquel año.

Por otra parte, encon­tramos en el poema muchas ref­er­en­cias indi­rec­tas a la vida de Rit­sos: Kap­sa­lona y Ai Yanni eran los sana­to­rios donde estaba hos­pi­tal­izado para su tratamiento de tuber­cu­lo­sis y donde cono­ció las ideas marx­is­tas; y los ver­sos: “los per­ros con des­gana a la puerta de los viejos mataderos de Guicio”, están saca­dos de su libro La mon­stru­osa obra de arte. Todo esto se com­bina con frases de la Bib­lia (y allí habían lle­gado a bus­carlo con lin­ter­nas, antor­chas y armas; su morada con­viér­tase en desierto) y tam­bién –con inten­ción de recrear el ambi­ente de aque­lla época–, con esce­nas de cine (la famosa de la escalera de Odesa del Acorazado Potemkin de S. Eisen­stein, el telé­fono del psiquiátrico de la película Stalker de A. Tarkovski, las casas que se quedan con la luna como “dec­o­ra­dos de cine”, etc.), e his­to­rias de la caída del Muro (como la de Ros­tropóvich quien, al enter­arse de la noti­cia, cogió el primer vuelo para ir a Berlín y tocar su chelo frente al Muro).
Con esta mate­ria surgió el esqueleto del poema, cuyo título primero fue “Rit­sos frente al tele­vi­sor” y su tema: cómo un poeta-ideólogo ve el mundo y sus sím­bo­los (el mar­tillo oxi­dado por la hoz y el mar­tillo, la mul­ti­copista para las con­vo­ca­to­rias ile­gales, los estandartes, etc.); cómo aque­llo a lo que había servido durante toda una vida –incluso tam­bién “en cam­pa­men­tos flotantes”, en alusión al exilio– se desmoronaba.
Aunque está claro que lo que cae es un sis­tema total­i­tario e inhu­mano (Siberia, el psiquiátrico, el par­tido en todas partes), pese a que el poeta era cono­ce­dor de lo que regía tras el lla­mado “telón de acero” (“lo sabía pero no hacía nada, yo lo sabía”), el objeto del poema no es humil­lar al anciano poeta, sino mostrar su frus­tración y soledad, dis­crim­i­nar el mundo entero que fes­teja al ideól­ogo soli­tario que llora y, ante todo, señalar que el hecho de la fe –inde­pen­di­en­te­mente si aque­llo en lo que creemos resulta una alu­ci­nación, una men­tira o, aún peor, una men­tira homi­cida– es lo que salva la inte­gri­dad del hom­bre, pro­fun­diza su memo­ria y con­fiere esen­cia a su existencia.
Por eso, el poeta con­fiesa al final de su poema que “la única rev­olu­ción que existe es el Otro”. Prom­ete regre­sar, aunque mien­tras tanto se pierde den­tro de un tele­vi­sor: la real­i­dad icónica reem­plaza la vida, el mundo utópico de la ide­ología es susti­tu­ido por el mundo improce­dente y de fal­sas ilu­siones del con­sum­ismo. En el nuevo medievo, cuyo comienzo marca el final de la fe (1989) –y no solo de la política, sino de cada tipo de fe–, no hay ya ries­gos morales, por eso “la manta de cuadros en el suelo” resulta “una tabla de aje­drez vacía”. Posi­ble­mente, tam­poco antes existieran tales ries­gos, pero sí el debate y el con­flicto en torno a ello. Ahora ten­emos que esperar la nueva “pri­mav­era del cuerpo”, frase de Mar­cus Min­u­cius Felix que deja abierta al final del poema la per­spec­tiva de la esper­anza, ya que el poeta entra en el mundo de la tele­visión prome­tiendo que va a regre­sar. Hasta entonces…


1989




Aquel invierno, en la misma Roma y sus alrede­dores
ocur­rieron muchas cosas sobre­nat­u­rales: un niño de seis meses, nacido de
padres libres, gritó “¡Vic­to­ria!” en el mer­cado de ver­duras; un buey se
había subido a la ter­cera planta de un edi­fi­cio en la zona del mer­cado y,
entonces, espan­tado por el alboroto de los veci­nos, se lanzó al vacío; en
Lanu­vio un cuervo revoloteó en el tem­plo de Juno y se posó sobre su lecho; y
en Piceno había caído una llu­via de piedras…


Tito Livio, xxi, 62.



el tele­vi­sor siem­pre encendido
como altar fúne­bre insta­l­ado en la habitación hace

años –un fuego
que no calienta, solo alumbra
tenue­mente
hasta los dos sil­lones y más allá la mesa sin recoger

aún con las miga­jas,
y un mon­tón de sobras (pues fal­ta­mos años) –más

atrás se extiende

densa e insidiosa oscuridad
de chirri­dos llena y un eco per­ma­nente de gri­tos

ahoga­dos allí donde dejó su huella la memoria
al hablar de salas en sana­to­rios públi­cos, Kap­sa­lona

y Ai Yanni,
graneros de ensueño, fábri­cas con los pul­mones de

alquitrán, deporta­ciones a paisajes helados,
al hablar de la mul­ti­tud que espan­tada bajó las

escaleras man­i­fe­s­tando su amor y no las volvió a subir,
del ansia nues­tra para ado­rar a dioses venidos

abajo, idén­ti­cos a nues­tras tristes existencias

‒anun­cios

helada quedó la pan­talla, helado el piso
como si alguien hubiera dejado la puerta de la morgue

abierta y esa rendija se con­vir­tió en un muro que cae
y tre­scien­tos mil hom­bres se escapan sin demora de
la historia lle­vando velas encen­di­das como si volvieran del ofi­cio
de Resurrección vesti­dos de baratillo, con jer­seys apo­lil­la­dos,
arras­trando male­tas preparadas aprisa, la jaula con el canario muerto ‒piensan
en avenidas de Siberia con soli­tarias gaso­lin­eras
al alba, frío y abed­ules ensangrentados,
en el sonido del telé­fono retum­bando en las pare­des
de cemento del psiquiátrico, nadie lo cogió y se quedaron con
la duda de si los estaba bus­cando Stavroguin– piensan
en ciclis­tas del par­tido pasando bajo las ven­tanas
del par­tido con los rojísi­mos geran­ios del partido
en decap­i­tadas igle­sias con sus cam­paneros
inconsolables
en procla­mas por la radio, sovi­ets invic­tos, para
afeitar a Stalin y en el viento peren­nemente arras­trando per­iódi­cos
del 36 en un camino de tierra–“como entonces”
dijo el anciano des­per­tando del letargo (que allí
habían ido a bus­carlo con lin­ter­nas, antor­chas y armas)
recogió del suelo la manta, se la echó sobre las pier­nas,
tenía frío “igual que entonces”, un cuerpo desem­bar­cado pudriéndose
en cam­pa­men­tos flotantes, colum­nas inacabables y
faji­nas junto a las alambradas
‒todos ellos estarán ahora deci­di­da­mente
muer­tos en una probable
San Peters­burgo, hasta hace dos horas Leningrado, si
lo hubieran sabido
si Pedro, Juan, Elías lo hubieran sabido entonces
no pasaríamos hoy lista a los enter­radores, tam­poco
con­taríamos pro­fe­tas remunerados
se enciende y apaga la memo­ria, sube y baja vaguadas,
se defiende
y en la fotografía estás tú son­riendo con toda la
familia del zar,
detrás y al fondo
los pavor­reales
(quédese su man­sión deshabitada)
que a nosotros nos heredarán
otras aves
más humildes
‒power off
en lugar de pedir perdón
se oscure­ció la habitación con­fir­mán­dose la noche
que lo posee
en vez de expe­ri­en­cia indis­ci­plinada vejez, en
vez de sabiduría esas repeti­das ofus­ca­ciones de su soledad
de donde a menudo aflo­ran con toda su fab­u­losa
vaguedad
las antaño para él sagradas Babilo­nias –en
ellas vio
los estandartes de las bar­ri­cadas de mayo arrum­ba­dos
con­tra la pared, hasta sus som­bras se habían desteñido
consignas pin­tadas sobre otras consignas en muros ree­scritos
que parece los mantienen en pie solo las letras y por eso con la luna llena se
quedan los edi­fi­cios en meras fachadas como dec­o­ra­dos de cine– asimismo
vio 
en los rudi­men­ta­r­ios patios ten­di­das en el alam­bre
para secarse las camisas ensan­grentadas iguales a pieles de animales
y entre las orti­gas en la basura: un mar­tillo oxi­dado,
la mul­ti­copista y como un cacharro viejo
la palan­gana plateada de las purifi­ca­ciones donde
dicen que una vez tam­bién Pilatos se lavó las manos
y si en la His­to­ria ha quedado su nom­bre se debe a ella
que rel­e­gada ahora espera por las tardes a
los niños para ser en sus manos aunque sólo sea un pequeño cím­balo
estri­dente, y de nuevo se oiga su voz
“yo sabía y no hice nada, yo lo sabía”, pal­abras ver­te­brales
de una ali­maña desconocida
cuya espina dor­sal mas­cul­lan los per­ros con des­gana
a la puerta de los viejos mataderos de Guicio
y al mismo tiempo que la noche cubierta de ven­da­jes
lo va envolviendo con sus enfer­medades, él
echa a cor­rer por senderos engañosos, por­tando con
ansiedad la antor­cha para encen­der la televisión
y se vayan los drag­ones de esca­mas vis­cosas, que
se vayan
porque en ningún momento fueron del todo impar­ciales
con él

‒tele­visión

fuera, tras la ven­tana cae rodando la cabeza cor­tada
de la luna, dentro
la habitación hasta arriba cubierta con hojas de
tabaco y el muro
cayendo a cámara lenta una y otra vez, oh noche dis­paratada
cómo es que te has quedado sin pasado y tus gentes
bailan, se abrazan, en sus bol­sil­los y en bol­sas de
plás­tico meten piedras y cas­cotes como recuerdo
el impe­rio se desmorona
‒“todo cae al final” fue lo que
dijo volviendo a coger la manta del suelo
“la cuestión es quién coge las llaves”, los otros
hacen ondear impro­visadas ban­deras, cuel­gan grandes
sábanas blan­cas en los bal­cones, se pre­gun­tan qué dirá
mañana el Pravda
encien­den hogueras rit­uales, escuchan a Ros­tropóvich
y se enam­oran, al mismo tiempo
que un sol­dado novato con los ojos enro­je­ci­dos
grita “deser­tores” –“¿se dirige usted
a mí, señor?” y apri­eta los puños con ira

‒anun­cios

“hay un malen­ten­dido”, volvió a pen­sarlo, “yo soy en realidad
de otra época y un enam­orado de balas,
de llu­vias tóx­i­cas, de sepul­turas de héroes, y sin

embargo
la única rev­olu­ción que existe es el Otro. Esper­e­mos
un poco más y llegará
la pri­mav­era del cuerpo. Entonces,
volveré”.

Avanzó tac­i­turno den­tro de la pan­talla, un bosque
los anun­cios, las series, los pro­gra­mas, tomó por la emp­inada senda,
en un paisaje inver­nal sem­brado de impro­visadas tum­bas
alguien cav­aba con sus manos la tierra pero a él no lo vio
invis­i­ble siguió avan­zando entre los ausentes
dejándole
al viento el encargo de repe­tir susurrando su
testamento:
expectan­dum nobis etian cor­poris
ver est, expectan­dum‒

Y la manta de cuadros en el suelo, un tablero de aje­drez vacío.


DIMITRIS ANGELIS (1973, Atenas, Grecia)
Fuente: www.revistacritica.com
Imagen: www.festivalpoesiagranada.com


enero 25, 2014

Carlos Germán Belli


No despilfarrarlo     




Y en adelante como nunca ayer 
ser absoluto dueño del gran tiempo, 
que es exclusivamente para usarlo 
en cosas entrañables por entero, 
y con tal razón no despilfarrarlo
ni un instante de la futura vida,
que aunque fuera infinito y espacioso
en el seno del mundo terrenal,
no hay que dejarlo torpemente caer
en la boca de lobo de la nada,
que sólo con el paso de los años
los ojos del espíritu descubren
desde acá el más allá desconocido,
porque en alas del rápido minuto
se puede ir muy imperceptiblemente
a los reinos del cielo o del infierno.


CARLOS GERMÁN BELLI (1927, Lima, 2024, Surquillo, Perú)
Imagen:  www.transtierros.blogspot.com

enero 21, 2014

Selva Casal


III


Estos fueron los días sobre la tierra.
Nuestros días.
Cuando éramos tan pequeños como sombras de sueños.
¿Es cierto que vivíamos al borde de las cosas
sin jamás descubrirlas
y que las tardes se arracimaban dulces
en el umbral de la casa?
Y que había fechas para sonreír, para llorar.
Y yo no estaba nunca
porque siempre era tarde, porque siempre era ayer.


Selva Casal
(1930 / 2020, Montevideo, Uruguay)

De: “Días sobre la tierra”

enero 19, 2014

Señalador: Edwin Miur / Enrique Solinas





Entonces esa noche
al final del verano los extraños caballos regresaron.
Oímos un lejano retumbar en el camino,
un traqueteo cada vez más violento; se detuvo, luego empezó de nuevo
y al doblar el recodo se transformó en un clamor vacío.

Cuando vimos las cabezas
como una gran ola salvaje tuvimos miedo.
Habíamos vendido los caballos en época de nuestros padres...



Enrique Solinas / El Desaguadero



Descorro la sábana y al mismo tiempo
vuela una mosca como ninfa sorprendida.
He aquí la cuestión:
sus labios entreabiertos y la piel extraña
contrastan con el gesto de una sonrisa,
y el único signo de vitalidad
es la mosca
que ha bebido toda su respiración.

enero 18, 2014

Pablo Anadón: una anotación

Anoche me quedé sentado en el patio de ladrillos, fumando y tomando en silencio y observando, sobre la línea de los techos y los tanques de agua, la luna llena. Fui siguiendo su lentísimo ascenso. En un tiempo, estando lejos, cada uno en su ciudad, sabíamos que el otro la miraba y eso calmaba un poco la melancolía de la ausencia. Parece una tontería, seguramente lo es, pero era una tontería, al fin de cuentas, hermosa, y eficaz como remedio para la nostalgia. Lo mismo hacían mis abuelos, según me cuentan, pero con una estrella, que los dos miraban a una misma hora convenida. Recordaba esto y pensaba que no hay caso, contra toda artimaña, siempre llega la noche en que la luna ya no es más que la luna, o cuanto más esa vieja metáfora de la poesía persa, que recordaba Borges: “cristal de soledad”, “espejo del pasado”. Así me adormecí y me desperté a las cinco de la mañana, con la cabeza todavía levantada, el cuello dolorido y la luna desaparecida detrás de la tapia.

A partir de los comentarios en Facebook que coinciden en señalar que el texto de arriba, de alguna manera, es un poema camuflado en una nota, Pablo Anadón sugiere aclarar su procedencia, "que no pretendía ser un poema, sino sólo una anotación en prosa vil"  

Imagen:  Facebook

enero 17, 2014

Henri Cole


Delfines



Los delfines parecen felices —tumbados sobre su espalda,
mostrando su reluciente dorso— mientras la
entrenadora
acaricia sus carrillos y hace que chillen enérgicamente.
Cuando se hace la muerta, ellos la empujan con sus
hocicos.
como a través de un cielo Tiepolo, y los niños gritan
alegremente,
destrozando mis sentidos.
                              
       Recientemente, entre las cosas de Madre,
encontré esto:
“Tengo miedo de él. Necesita atención psiquiátrica. Me incita
a creer cosas extrañas. Me ignora, me  ataca.
Muy tacaño. Quiere saber las condiciones de mi seguro”.
Aquí, en medio del revoltijo, la fidelidad y el amor no
han sido
sustituidos por problemas y conflictos. ¿Qué protege
a los delfines de la angustiosa soledad? ¿Por qué sus
almas
no son conscientes de su insignificancia? Qué lejos
parecen del mundo moderno. La belleza permanece
inalterable.


HENRI COLE (1956, Fukuokoa, Japón)
Versión de Carlos Alcorta
Fuente: carlosalcorta.wordpress.com
Imagen: www.bu.edu
Envio de Ven Dimias

enero 15, 2014

Alma que sólo ves un animal herido al fondo del espejo: cesa ya de jadear.


enero 12, 2014

Julien Green: "Diarios 1946-1949"




1946















14 de enero. Un diario es una larga carta que el autor se escribe a
sí mismo, lo más sor­pren­dente es que se da a sí mismo sus propias noticias.




8 de febrero. Traduje un poema breve de Donne, otro de
Her­bert y un ter­cero de Hop­kins. Releí una parte de mi Mal­fai­teur lamen­tán­dome
de no haberlo pub­li­cado jamás; hay un capí­tulo en ese libro que aún me
parece bueno.




26 de febrero. Ayer en la noche, un poco antes de
acostarme, saqué de mi secreter un sobre lleno de pape­les a los que me había
afer­rado a un grado ape­nas con­ce­bible si lo con­tase. Sabía bien lo que
quería hacer, pero durante un buen cuarto de hora me quedé cerca de la est­ufa con
el sobre en las rodil­las. Por fin, abrí la est­ufa y lo deslicé al fuego.




22 de mayo. Visita a Gide. Me recibió como de cos­tum­bre
en su bib­lioteca, en un rincón cerca de la ven­tana, sen­tado en la pequeña
mesa de madera pul­ida. Su crá­neo está a medias cubierto por la boina negra a
la que es afecto. Me habló de su viaje a Egipto y a Líbano… Un poco después
llegó Jef Last, un mucha­cho alto, holandés, de ojos claros. Hablamos de Brown­ing,
quien les gusta a los dos, y de la forma en que yo pro­nun­cio el nom­bre de
Hop­kins, me sor­prendió que no lo


conocieran, que nunca hubieran oído hablar
de él. La con­ver­sación inde­cisa roz­aba un tema y otro. En cierto momento,
Jef Last citó a Rilke y dijo, dirigién­dose a Gide: “Él cree, como tú, que son
los hom­bres los que han creado a Dios” (en ese instante pensé en el “Dios
será” de Renan). Él, con cierta vivaci­dad, negó haber tomado algo de Rilke. Un
poco antes de la lle­gada de Jef Last le había dicho que Mencken, en su dic­cionario
de citas, atribuía a Ver­laine en su lecho de muerte el dicho: “¡Vic­tor Hugo,
qué des­gra­cia!” “Es una respuesta que yo di hace mucho y que tal vez no
hubiera sido recor­dada si Remy (él pro­nun­ciaba Reumy) de Gour­mont no la
hubiera citado diciendo que resumía todo. Y es ‘¡Hugo, qué des­gra­cia!’, que
no es lo mismo (reso­plido de impa­cien­cia). Además no es algo que Ver­laine
hubiera dicho. Ver­laine apre­ciaba mucho a Lamar­tine…” Todavía en pres­en­cia
de Last, me habló larga y, me pare­ció, afec­tu­osa­mente. A propósito de Mark
Ruther­ford, me dijo que Ben­nett lo había hecho leer ese libro admirable y
total­mente descono­cido en Francia.




19 de junio. Domingo, al Français para ver Esther.
Siem­pre he preferido leer a Racine que verlo inter­pre­tado, pues por más dota­dos
que sean los actores me parece que se quedan un poco por debajo de lo que, por
el texto, se podría esperar. Se trata tal vez de una música muy difí­cil de can­tar
de forma exacta. Sólo la voz y entonación de Yon­nel me pare­ció que le daba el
tono que requería.




9 de julio. Hay en mí una ten­den­cia a descon­fiar de
todo lo que escribo, sea una carta o una nov­ela. Esta ten­den­cia es la causa
de que jamás con­tin­uara Les pays loin­tains, uno de cuyos frag­men­tos apare­ció
en uno de los volúmenes de mi diario. En las horas de desán­imo por las que
atravieso actual­mente, me agarro a la idea de que mi nov­ela pueda ser mejor
de lo que creo. Otra ten­den­cia aún más mis­te­riosa es la que me empuja a com­pro­m­e­ter
el éxito de lo que emprendo. Por razones que no alcanzo a des­cubrir, pero que
pueden ser de ori­gen reli­gioso, le tengo descon­fi­anza al éxito. Cuando vi
que Léviathan era mejor recibido que mis otros libros, hice a propósito una nov­ela
en la que no pasaba nada y que no podía tener éxito: Epaves. ¿Por qué? No lo
sé. El fra­caso de Epaves me hizo muy sen­si­ble. Me hicieron falta años para
com­pren­der que, de todos mis libros, ése era el más difí­cil de escribir y en
el que más había reflex­ion­ado. Como sea, era nece­sario escribirlo si quería
pasar al siguiente.




11 de julio. Alguien me dijo: “Hay un artículo sobre
ti en tal diario.” Com­pré el diario, encon­tré el artículo y la primera frase
me dis­gustó. Había una alcan­tar­illa cerca. Deslicé suave­mente el diario
como si lo metiera en el buzón. No fue del todo un gesto de mal humor. Por el
con­trario, quise detener de golpe cualquier acceso de mal humor.




15 de julio. R. me pre­gunta si leí un artículo que
alguien escribió sobre mí en tal diario. Era el del otro día. Le respondí que
había leído la primera frase. “Deberías leerlo hasta el final. Es exce­lente.”
La ver­dad me obliga a decir que es total­mente cierto. No puede uno escribir
con mucho tacto sobre temas difí­ciles. Envié por la tarde una carta al autor,
quien igno­rará siem­pre la primera impre­sión que tuve de su artículo.




21 de julio. Leí a Auden, primero con admiración,
después con cierta fatiga. Su extra­or­di­naria facil­i­dad de expre­sión
provoca el efecto de alguien que siem­pre gana en la lotería. Hay algo que
irrita y acaba por exas­perar. Evi­den­te­mente está orgul­loso de su agili­dad
ver­bal; dice todo lo que quiere sin bal­bucear jamás, incluso dice lo que tú
pien­sas, lo que estás a punto de decir y de decirlo mucho menos bien que él.
La emo­ción en él es rara pero exquisita (por ejem­plo en el poema sobre los
dos refugiados).




22 de agosto. Tra­bajé esta mañana, como de cos­tum­bre,
pero sin áni­mos. ¿A quién le gus­tará este libro? Pensé que la única cosa de
la que puedo enorgul­le­cerme es jamás haber escrito una línea por dinero ni
haber hecho la mín­ima rev­er­en­cia para obtener un premio.




27 de agosto. Releí el Nar­cisse de Valéry. Casi todo
el tiempo pensé en Mar­lowe al leer estos ver­sos deli­ciosos. ¡Qué no hubiera
hecho él con un tema tan de acuerdo con su nat­u­raleza! Me asom­bra que no lo
haya inten­tado, ni Shake­speare, todavía más indi­cado tal vez, pues él
hubiera podido lle­var más lejos el refi­namiento cere­bral, el concepto.




30 de agosto. Leí en Ovidio la his­to­ria de Eco y de
Nar­ciso. Ahí están estas pal­abras patéti­cas: sed tamen haeret amor. Conocía
bien este pasaje, pero ahora me ha emo­cionado. Imposi­ble recor­dar un tiempo
en el que no hubiera estado enam­orado, imposi­ble con­ce­bir la vida sin el
amor; desde la infan­cia hasta el momento en que escribo estas pal­abras ha
estado ahí, dán­dole sen­tido a todo.




15 de sep­tiem­bre. “La
bril­lante vana­glo­ria de su peluca rubia”. Ese sim­pático verso de Molière. Y
este otro: “En un pequeño rincón som­brío con mi negra pesad­um­bre…” Pero no
puedo dejar de pen­sar que Le mis­an­thrope pierde en escena. Alces­tes es
inter­pre­tado por un viejo hom­bre joven. Un ver­dadero hom­bre joven no
sabría, no ten­dría la expe­ri­en­cia nece­saria. Es exac­ta­mente el mismo
prob­lema que con Ham­let, al que vi inter­pre­tado, un poco somera­mente, por
L. O. en Lon­dres, en 1937. Un actor tan bueno no fue sufi­ciente. En Les
fourberies de Scapin, Denis d’Inès exagera a placer las des­gra­cias de la edad
y parece el decano de los ancianos. Cuando entra en escena, uno cree ver a
Louis XI cubierto con un som­brero alto de una
condi­ción tal que podía haberlo encon­trado en un bote de basura. Pero la
tradi­ción pide que con Molière los hijos ten­gan 20 años y los padres 90.




1 de octubre. Pasé a ver a Gide al final del día. Le
dije en sus­tan­cia: “Estoy lejos de com­par­tir las opin­iones que expresa en
su Thésée, creo sin embargo que no hay nada suyo que me haya pare­cido más
bello en relación a la forma.” Me dijo que escribió ese libro en dos meses y
con ale­gría. La sim­pli­ci­dad con la que me habla me parece muy conc­reta y
me per­mito decirle que el último monól­ogo de Thésée me ha dejado una sen­sación
de melan­colía porque no he podido dejar de verlo como una suerte de des­pe­dida
com­pa­ra­ble al de Pros­pero en La tem­pes­tad. “Por supuesto, me dice, es un
adiós.” Sin embargo de inmedi­ato agrega que podría escribir “aún otro libro” y
pro­nun­cia esas pal­abras con una especie de arrebato que le quita cuarenta
años de encima. Enseguida se declara harto del mundo en el que vivi­mos y de la
marea cre­ciente de autori­tarismo, que él abor­rece. Un poco más tarde me con­fía
que sal­drá en enero. “¿Para Egipto? —Mucho más lejos. —¿Para América?” Me mira
un instante. “Para Tahití”, responde por fin sep­a­rando las sílabas de la pal­abra.
“Y puede ser que ya no regrese.” Me habla de mi diario, donde “muchas cosas
pasan en silen­cio”; le pre­gunto si se refiere a las cosas car­nales. “Sí,
ésas”, dice. “¿Pero, le pre­gunto, conoce usted un diario, uno solo, que se haya
pub­li­cado y que no pase en silen­cio por esas cuestiones?”




23 de octubre. “La belleza, ese don injusto…” ¿De
quién son esas pal­abras? Pensé en eso el otro día, al ver un ros­tro cuyo
poder sería ter­ri­ble si la belleza no pasara, en gen­eral, desapercibida. Lar­vata
prodeo, podríamos decir.




3 de diciem­bre. Vi a Lau­rence Olivier en el Rey
Lear. Me parece pleno de inteligen­cia y autori­dad en ese papel que se le
parece tan poco. Dijo O fool, I shall go mad de un modo y con una exaltación
que se le oía muy lejos de la escena. Así de pro­fundo era el silen­cio que
había sabido lograr. Pero el lado melo­dramático de esta obra es mucho más evi­dente
que en la lec­tura, y por des­gra­cia la belleza prác­tica de cier­tas esce­nas,
como la de la tor­menta, está muy dis­minuida por la óptica defor­mante del
teatro. Me pre­gunto si Charles Lamb no tenía razón cuando desacon­se­jaba la
rep­re­sentación de Shakespeare.




El domingo ante­rior, en el con­vento de
Latour-Maubourg para escuchar a Camus. Había mucha gente y los dos salones del
primer piso esta­ban llenos. Nos pusieron en la primera fila. Camus estaba sen­tado
a dos met­ros, frente a nosotros, detrás de una pequeña mesa. Junto a él, el
padre May­dieu vestido de blanco. En la pieza vecina, un dominico parado sobre
la chime­nea fum­aba tran­quil­a­mente su pipa. Camus, vis­i­ble­mente enfermo,
habló, sin embargo, de una forma que me pare­ció muy con­move­dora de lo que
uno espera de los católi­cos en 1946. Es con­move­dor a pesar de él, sin
ninguna pre­ten­sión de elocuen­cia; es su hon­esti­dad lo que pro­duce esa sen­sación.
Habla con sen­cillez, ráp­i­da­mente, con la ayuda de algu­nas notas. En su ros­tro
un poco lívido, la mirada es triste, e igual­mente triste su son­risa. Al ter­mi­nar
la con­fer­en­cia, el padre May­dieu me pre­gunta si tengo alguna cosa que
decir, le hago señas de que no, no puedo respon­der sin tener antes algunos min­u­tos
para reflex­ionar. Ni Jean Wahl, ni Beuve-Méry, ni Pierre Leyris, ni Mar­cel
Moré, todos pre­sentes, tomaron la pal­abra. Algunos oyentes tomaron la pal­abra,
pero tan mal que hubiera sido mejor que guardaran silen­cio. Uno de ellos, un
rev­olu­cionario de mirada cán­dida, dice algo que a todos nos provoca un sobre­salto:
“Yo tengo la gra­cia, y usted, mon­sieur Camus, se lo digo con toda humil­dad,
no la tiene.” La única respuesta de Camus es esa son­risa de la que hablé hace
poco, pero un poco más tarde dice: “Yo soy vue­stro Agustín antes de la con­ver­sión.
Me debato con el prob­lema del mal y no logro salir.” Agustín, en efecto, pen­samos
en él frente a este latino de África del norte que busca des­cubrir cómo nos
com­portare­mos en pres­en­cia de los ván­da­los. Otro oyente que lo ha
escuchado con aten­ción se lev­anta y dice: “Mon­sieur, no puedo decidir en
cuarenta segun­dos la con­ducta que adop­taría si la igle­sia fuera perseguida.
Med­i­taría en eso toda mi vida.” “Mon­sieur —responde Camus—, tiene usted
cinco años.”




13 de diciem­bre. Regreso fati­gado y desmor­al­izado
de una reunión de hom­bres de letras. Una vez más con­stato hasta qué punto me
siento ajeno a ellos.















Fuente: www.revistacritica.com


Imagen: www.guidaaltoadige.blogspot.com

enero 09, 2014

Edel Morales: Leyendo a Baudrillard...


En la línea verde    




Leyendo a Baudrillard en la línea verde del Metro 
entendí por un instante, en toda su ironía, 
aquello de que el objeto y el sujeto son lo              
      mismo. 
Es la verdad de este mundo: 
el asesino y la víctima, 
el origen que se dilata y estalla, 
el destino que se contrae y estalla. 
Una dualidad de mirada y reflejo 
que el devenir resuelve
en la incertidumbre de la huella en la Nada.
Acogidos por la transparencia
los pueblos del espejo entraban y salían a sus anchas
en el espacio-tiempo de los vagones silenciosos,
con toda su alteridad a cuestas:
eran ellos mismos y distintos,
una misma persona,
en último término, en última instancia:
la certeza imposible de lo Uno.
O quizás no llegué a entenderlo del todo
y fue solo una ilusión,
apenas un instante, lo he dicho:
la pasión de la ilusión que se muestra y huye,
sacudiendo el vértigo
de un cuerpo arropado en duermevela;
o el paso de una partícula inestable,
yendo y viniendo en los dispositivos de la línea verde,
con la lucidez de una mente enfocada,
perseguida hasta la desaparición,
por el ojo inflexible de las cámaras de vigilancia,
bajo el centelleo eficaz de otras imágenes hiperreales,
ya carentes de inocencia.



De: "Lejos de la corriente", Ediciones Unión, 2004



Corte de luz




Toda la noche la casa ha estado vacía.
Viajaba en esa oscuridad:
Babilonia, Atenas, el Cuzco
—ciudades que invitan a vivir otra vida
en calles trazadas para el ejercicio y el goce del amor.

Echado en la cama durante toda la noche
mira al techo vacío de la casa:
es blanco y está totalmente limpio de significados.
Pero hay tanta promesa de vida en la contemplación,
tanta posibilidad en las preguntas
que la incertidumbre y la blancura de un techo aceptan.

Barcelona, Buenos Aires, La Habana
—ciudades que ha visto pasar desde siempre
en el tiempo de la meditación que impone una casa apagada
(ni demasiado suyas, ni demasiado ajenas,
ni demasiado iguales)
invitándolo a vivir una vida distinta
en calles trazadas para el ejercicio y el goce de la libertad.

Las mira desvanecerse mutuamente
después de habitar en ellas durante muchas horas.
Sabe que volverán en el próximo corte de luz.
Como vuelve en el techo iluminado de la casa
el tiempo de la realidad y de la poca acción.



EDEL MORALES (1961, Cabaiguán, Cuba)
Fuente: www.isliada.org
Imagen: pagina 1- jose pivin.blogspot.com






enero 05, 2014

B. H. Fairchild


B. H. FairchildDos fotografías



Luz invernal,
una casa de madera blanca cubriendo el fondo
como en un sueño –las ramas desnudas
de un álamo, un fragmento de cielo.
En primer plano, mi padre
de joven, y un coche, un Packard.
Su cuerpo está desparramado sobre la carrocería
del coche, la espalda pegada contra la puerta,
los codos rígidos en el borde de la ventana,
la pierna doblada, y unos Florsheim pulidos descansando
en el estribo.
Sostiene un cigarrillo con una gracia especial,
o tal vez con fingida despreocupación,
el humo enredándose a lo largo de la patilla derecha.
El pelo fue engominado sólo
un momento antes, y la cabeza está levemente
ladeada mientras mira con algo de
timidez el ojo del obturador.

Luz invernal. Se desprende desde su camisa blanca
a la manera de los cuadros de Hopper,
la luz dura y flotante.
Está también allí, en la segunda fotografía
en la cual estoy recostado contra mi coche:
cigarrillo, las mangas enrolladas dos veces
hacia el nacimiento del antebrazo,
el cabello oscuro brilla,
una débil línea de ansiedad
inquietando las cejas. Casa blanca,
árbol, cielo, esta extraña, envolvente desnudez
que es todo lo que quiero dejar atrás,
y ya veo la autopista estrechándose
hacia el punto de fuga
más allá de los elevadores de granos
y las agujas de las iglesias Metodistas hasta que Kansas
no es más que un mar de campos pardos
desvaneciéndose en el espejo retrovisor.

La luz emprende su larga evolución hacia
mi padre y su hijo:
el ojo del obturador se abre,
dos camisas blancas arden en una caja negra,
arden todavía bajo la luz de los faroles,
y un coche se acerca al horizonte.

B.H. FAIRCHILD (1942, Houston, Texas, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Gastón Navarro.
Fuente:  www.espaciomurena.com
Imagen: www.newletters.org

Two photographs / / Winter light, / a white frame house filling the background / as in a dream – the bare branches / of a cottonwood, a piece of sky. / In the foreground, my father / as a young man, and a car, a Packard. / / His body drapes the body / of the car, back pressed against the door, / elbows rigid on the window’s lower edge, / leg bent, polished Florsheim resting on the running board. /  He holds a cigarette with a particular grace / / or perhaps feigned casualness, / smoke curling up along the right sideburn. / The hair was slicked back only moments before, and the head is bowed / slightly as he gazes almost / shyly into the eye of the shutter. / / Winter light. It rises from his white shirt / in the way of Hopper paintings, the hard, floating light. / It is there, too, in the second photograph / where I lean against my car: cigarette, sleeves twice-rolled / / to where the forearm’s lower muscle / just begins, the hair sleekly dark, / a thin wire of anxiety / disturbing the eyebrows. / White house, / tree, sky, this odd, surrounding bareness / that is everything I want to leave, / and already I see the highway / narrowing / to the vanishing point / past the GANO grain elevators / and Methodist church spires until Kansas / is only a sea of brown fields / diminishing in the rearview mirror. / / The light in its long evolution toward / my father and his son: / the eye of the shutter opens, / two white shirts burn in a black box, / burn still under lamplight, / and a car approaches the horizon.