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Mostrando las entradas de mayo, 2010

Enrique Lihn

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EN  las cosas se escribe nuestra historia, en ciertas personas que tratan de explicárselo por respeto al absurdo, en los rincones más lejanos de esta ciudad y, por simple extensión, en la ciudad vecina. Hay paisajes enteros del lado de la costa donde el propio mar se limita a escandir más acá del lenguaje un diálogo de sordos. Las persistentes señales de una misma obsesión rompen a hablar marcando expresiones como éstas: tránsito suspendido, de un dolor sin nombre propio y que repite el tuyo incapaz de otra causa. Como en una película muda nuestras caras se eclipsan mutuamente en el cielo un pobre viejo símbolo de la separación. Las cosas son las dueñas de su propio sentido que en circunstancias normales las rodea en silencio, pero ninguna escapa a la inflexiones de la escritura de un loco. En resumidas cuentas, todo habla de ti por boca de una inmensa metáfora que se confunde con todo. ENRIQUE LIHN  (Santiago de Chile, 1929 / Santiago, 1988, Chile) De: "Estación de los Desamp...

Martín Prieto

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Una mañana montevideana Amanece en el puerto de Montevideo. El Río de la Plata, que en su ancho parece mar, oxida las rocas del muelle. Las luces de los barcos anclados allá se reflejan sobre el agua tersa y se hacen, cada una, dos. Fascinado como el joven Burroughs ante un espectáculo semejante, empecé a temer, como él, que si no me iba de Inmediato tendría que quedarme allí para siempre. Acerca del alma Nada más quisiera el alma: una percepción emocionante, materiales levemente corruptos de eso que llamamos "lo real", y no estas construcciones de fin de siglo en el bajo, galerías desde las que miro los mástiles enjutos de un barco griego. Tampoco el agua ni, más allá, eso que dicen es la provincia de Entre Ríos. Martín Prieto (Rosario, Argentina, 1961) De: "Verde y blanco", Libros de Tierra Firme, 1988 Imagen: www.satt.org Enlaces a esta entrada: Revista Vox / Neobarrocos, objetivistas ... ; Eterna cadencia: Diálogos argentinos

Igor Barreto

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Nocturno Durante las noches de mi infancia mi madre saca una silla frente al portón y duerme con el abanico de palma moriche sobre las piernas. El técnico del taller donde reparan radios está aún bajo una lámpara de luz muy pálida. Durante las noches de mi infancia los bulbos de una radio desarmada vuelven a encender su voz y de nuevo la voz desaparece. Entre las ramas de un samán transcurre el río; se diría que esa noche da a su paso un tono más lento. Durante las noches de mi infancia escucho el rugido de los tigres de la casa de los ingleses: pobres animales enjaulados en torno a una piscina. Yo sé que tras el muro lamen sus garras y amurrungan los ojos. Mi padre ha llegado en su jeep y unas lechuzas lo sobrevuelan. El único ratón de la casa da las nueve porque a esa hora corre y atraviesa la sala. Regreso A San Fernando quiero ir en el vapor Delta. Desde las escalerillas ver cómo el barco separa las cargas de troncos de los aserraderos y los lomos florecidos de los caimanes. Llegar...

César Vallejo: Yo soy el único que parte

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París, octubre 1936 De todo esto yo soy el único que parte. De este banco me voy, de mis calzones, de mi gran situación, de mis acciones, de mi número hendido parte a parte, de todo esto yo soy el único que parte. De los Campos Elíseos o al dar vuelta la extraña callejuela de la Luna, mi defunción se va, parte mi cuna, y, rodeada de gente, sola, suelta, mi semejanza humana darse vuelta y despacha sus sombras una a una. Y me alejo de todo, porque todo se queda para hacer la coartada: mi zapato, su ojal, también su lodo y hasta el doblez del codo de mi propia camisa abotonada. Idilio muerto Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí; ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita la sangre, como flojo cognac, dentro de mí. Dónde estarán sus manos que en actitud contrita planchaban en las tardes blancuras por venir; ahora, en esta lluvia que me quita las ganas de vivir. Qué será de su falda de franela;  de sus afanes;  de su andar; de su sabor de cañas d...

Allen Ginsberg

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Un supermercado en California    Qué pensamientos tengo de vos, Walt Whitman, esta noche, porque caminé por las boca-calles bajo los árboles con un dolor de cabeza conciente de mi mismo mirando la luna llena.    En mi hambrienta fatiga y para comprar imágenes, entré en el supermercado de frutas artificiales, soñando con tus enumeraciones!   ¡Qué duraznos y qué penumbras! ¡Familias enteras, de compras a la noche! ¡Pasillos repletos de maridos! ¡Esposas en los ahuacates, bebés en los tomates! - Y vos, García Lorca, ¿qué hacías entre las sandías?    Te vi Walt Whitman, sin hijos, solitario y viejo mendigo husmeando la carne, ojeando a los muchachos del almacén.    Te escuché preguntar a cada uno; ¿Quién mató las chuletas de cerdo? ¿Qué precio las bananas? ¿Sos vos mi Ángel?    Paseé entre brillantes pilas de latas, siguiéndote, y seguido en mi imaginación por el detective del mercado.    Recorrimos juntos los abiertos corredo...

Oscar Taborda

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Sol negro    Esta es una casa deshabitada. Parece la mente extenuada de un viejo en cuyos cuartos cerrados latidos son la madera que cruje a cada paso. Un lugar para que la memoria ronde a ciegas hasta desembocar en la cocina, abrir una ventana y otra vez recomenzar. Viento en zig-zag sobre el asfalto mojado husmeando resquicios por donde colarse, grandes ramas que taponan la alcantarilla enredadas con hojas de diario y sucios envoltorios de papel. No precisamente conocimiento se obtiene de estas cosas sino algo más pobre. El Mercurio de bronce entre dos gruesas palmeras que se agitan, lustroso; los automóviles que por evitar el agua estancada desaceleran, torciendo a la izquierda; mesas vacías del "Foglia", blancas en la vereda reluciendo como vacas que abrevan a orillas de un río. Prematuro anochecer en que, sin esperanza, entre desperdicios removidos por la tormenta, la cabeza de ébano, las ancas y los costillares de un caballo vuelven a mí. Uno criado por Loiácono al que ...

Pablo Neruda

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¿Dónde estará la Guillermina? Cuando mi hermana la invitó y yo salí a abrirle la puerta, entró el sol, entraron estrellas, entraron dos trenzas de trigo y dos ojos interminables. Yo tenía catorce años y era orgullosamente oscuro, delgado, ceñido y fruncido, funeral y ceremonioso: yo vivía con las arañas, humedecido por el bosque, me conocían los coleópteros y las abejas tricolores, yo dormía con las perdices sumergido bajo la menta. Entonces entró la Guillermina con dos relámpagos azules que me atravesaron el pelo y me clavaron como espadas contra los muros del invierno. Esos sucedió en Temuco. Allá en el Sur, en la frontera. Han pasado lentos los años pisando como paquidermos, ladrando como zorros locos, han pasado impuros los años crecientes, raídos, mortuorios, y yo anduve de nube en nube, de tierra en tierra, de ojo en ojo, mientras la lluvia en la frontera caía, con el mismo traje. Mi corazón ha caminado con intransferibles zapatos, y he digerido las espinas: no tuve tregua do...

Mirta Rosenberg

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El deseo convive con el pasado: yo paseo  por un costado. Miro los peces - ¿japoneses,  africanos? - comiendo - casi  perros - de la mano.  Son largos como un muslo y anchos, algunos,  como un brazo musculado. Coloreados  como en la infancia, crudos, suben  a la superficie donde aluden, por pedazos,  al interior de un cuerpo humano imaginado. No hay manos pero sí ojos, una boca perfectamente circular, como cedazo, y rígidos indicios de bigote a cada lado. ¿Un torso desmembrado o miembros de la misma cosa? Tejido policromado, conectivo, conectado. La manera de mirar y al manera de ventosa, obscena, de la boca, el tamaño - yo diría, colosal - y la evidencia brutal de los colores contra el agua parda son dignos de admirar: un bagre bello, grande y envidiable en colorido, en el estanque, hasta sociable en el encuadre de un verde japonés que no es de estampa, sino de vida. Pero hay trampa y paseo bajo sombrillas. Atraída, algo en la escena me fast...

Jorge Boccanera

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Allegro ma non tropo Simplemente                  una llamada telefónica diaria justo al amanecer                  cuando la voz de ella todavía no era más que un gemido prisionero por un terrible ejército de sábanas simplemente                  esa llamada por teléfono y escuchar las primeras palabras que esos labios resecos por la espuma sagrada de la noche                  dejaban escapar luego el itinerario de una voz insegura que inauguraba el día con la saliva aún no resuelta en saludo o más dulce simplemente                    esa llamada por teléfono y la profanación de aquel que cree escuchar el roce de una piernas o              adivinar el norte y sur de ese cabello negro e             ...

Louis Aragon

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Licantropía contemporánea     El grado más alto de la tristeza tanto puede ser  un general ciego mendigando a través de las islas  como hacia las 3 de la mañana la avenida de la Ópera  No hay límites para la melancolía humana  Se cuenta siempre con una piedra para colocar sobre la pirámide de las lágrimas  Estáis seguros de padecer tanto como una mujer estrangulada en el momento en que ella sabe que todo ha terminado y desea acabar Estáis seguros de que no valdría más ser estrangulado si uno piensa en los cuchillos de las horas que se acercan Desde hace tiempo vivo mi último minuto La arena que mastico es la de una agonía invisible y perpetua las llamas que hago recortar de tiempo en tiempo por el peluquero son las únicas en delatar el negro infierno interior que me habita Como cuerpos privados de sepultura los hombres se pasean por el jardín de mi mirada Soñadores inexplicables o soy el único a quien golpea una mano desecada en este desierto pobl...

Alfonsina Storni

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Tristeza Al lado de la gran ciudad se tiende el río. Cieno muy líquido. Parece que no se mueve, que está muerto, pero se mueve. Justamente como es cieno se va buscando el mar azul y limpio, y hacia él muy pesado, mueve el cuerpo, sin detenerse nunca; siempre otro aunque parezca el mismo. Río muerto, desde esta torre, mientras muere el día, ensoñando lo veo que se ensancha en un vasto semicírculo y se pierde allá lejos bajo la bruma gris, cortada a ratos por un triángulo blanco. Sobre el puerto buques y buques se amontonan, y éstos parecen peces monstruos afanados sobre un mismo alimento. Alfonsina Storni (Sala Capriasca, Suiza, 1892 / Mar del Plata, Argentina, 1938) De: "Languidez", 1920 Enlaces:  Biblioteca virtual Miguel de Cervantes Imagen:www.kempis.nl

Fernando Balseca

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Al contrario que yo tú no has estado en Sacsaywaman preguntándote de dónde, cómo vino a parar tanta piedra cincelada en paisaje con otra economía. No has andado por las trochas de Cascol en busca de un haz de luz para producir una emulsión en mi tumba cuando me quede mudo. Tampoco te han visto entregada a la garúa en la rada de Cojímar. Nunca te asomaste al acantilado del callejón sin salida de Sound Beach. Mas cada vez que retorno a los espacios que para mí he descubierto percibo que ya estuviste allí silenciosa, prefigurando el tiempo del absoluto comienzo y de la inútil proposición del reencuentro. Tampoco di contigo en un casa esquinera en Lacret y Pasaje Oeste cuando aprendí un paso de son que salva al que ha perdido el ritmo. Nunca consumí mi espera frente al número 2 de la calle Teodoredo atisbando el segundo piso alto en busca de la silueta de la revelación. No rondé por el barrio Centenario buscando que se desprendiera un aerolito. No estuve contigo en la sala de los claustros...

Alberto Szpunberg

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I Pensativa en el balcón casi como la hoja en el aire cuando lo único que la agita es la luz, trémula y efímera como el equilibrio entre el cielo y la tierra y grave y definitiva como el equilibrio entre el cielo y la tierra. Sólo ella puede decir que los hombres que caminan allá abajo son como las nubes que avanzan por arriba, también ella, formas que cambian al amparo del otoño, o de ella quizás, o del aire suave,                            del tierno frío que parece derramarse sobre el mundo desde sus manos                            sostenidas en un adiós. X Ella vuelve al balcón, sonrie, gira y sus manos sobre mi frente borran toda la sombra de las                            huellas, todas las prisas. "trémula y efímera como el equilibrio entre el cielo y la tierra y gra...

Manrique Fernández Moreno

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Veintitantos años de nuevo me he encontrado con la noche su recinto es el mismo no ha cambiado el estanque húmedo las balaustradas la soledad es la misma la arbitraria aunque apriete los tacos simule indiferencia y silbe las manos en los bolsillos laureados no puedo ignorar la noche hirviendo sus caracoles negros infinitos contra mi corazón que es un desastre cada noche que pasa entre sus focos cada sueño que tiro por la cama cada bala que deja tu revólver cada petunia que ofrezco a la mujer cada vez que llamo el ascensor y le pregunto por el piso mío sólo la muerte se me acerca un poco Manrique Fernández Moreno (1928 / 2006, Buenos Aires, Argentina) De: "Pateando un empredado", Rodolfo Alonso Editor, 1970 Enlaces a esta entrada: La Nación Imagen: Daniel Grad

Santiago Sylvester

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Hamlet en el mercado También nosotros podemos, como Hamlet, sostener la calavera y hacer las conjeturas de la angustia, preguntas sin paliativo que sólo tienen, como él, un estado de emergencia. Algunos, sin embargo, no preguntan: usan la calavera para abreviar la desgracia. Ahí está, por ejemplo, ese ciego que cambia ceguera por conmiseración, la puta de ojos exagerados que no cree en los hombres pero los acoge con amabilidad, el niño-monstruo, el pintor sin brazos, el sordomudo hábil en juegos adivinatorios, el gitano de la cabra que saca aplauso de la miseria de ambos. Cada uno con su calavera, con su sonrisa en mitad del espanto, ahuyentando la duda con voluntad socrática, conociéndose a sí mismo para poder comer. SANTIAGO SYLVESTER (Salta, Argentina, 1942) De: "Libro de viaje", Libros de Estaciones, 1982) Enalces: Revista Omni-bus ; Las elecciones afectivas Argentina Imagen:www.picasweb.google.com

John Landry

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Cuando la noche es un golpe de suerte Una lámpara de sobrio diseño ilumina la sobremesa de la cena: ya no hay platos sobre la mesa y el llavero de pata de conejo cae con gracia desde la puerta del closet Es la hora en que los sueños hecho de números se entremezclan y tosen en la mano un aliento parecido al contabilizar cuántos sueños fuimos capaces de hurtar O quizás a esos breves instantes de suerte. Así, el tiempo se congrega y se hacen anotaciones y listas en una pequeña libreta y se presenta ese ensamblaje que hurga y rastrea las huellas de la familia Ahora sobre los restos de comida y los cartones de bingo Ahora en que los números cuentan historias de generaciones completas arbitrariamente dispuestas sobre la mesa Y tantos jugadores clave ahora están ausentes, y la pregunta: qué integrante de este juego de cartolas y fichas o porotos permanece aquí para reemplazar en mi cabeza y mi corazón cansado tan cansado, pregunto: Quién va a podar los ciruelos cuando yo abandone este juego. ...

Gabriela Saccone

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Una polilla entre cáscaras Una polilla entre cáscaras de papa, este hombre humilde de ojos azules -vejez alada entre desperdicios, No es un necio y bala monosílabos como toda respuesta. ¿Por qué se apiada del censista? Acercarse a la carpa del traidor para grabar en la retina lo que quiere llevarse del Atlanta: banderines nomás, el hule de las mesas, y el sol pegando an la cancha de básquet. Que en mí queden unidos... Que en mí queden unidos a lo que debería ser un crepúsculo tres hombres entre los yuyos hurgando montículos de basura a quién le importa. El puente roto sobre el Saladillo y más gente para el transbordo en la explanada del Swift. El que vende choripanes como hostias se apoya en la baranda y escupe al paso de los que él llama una manga de hijos de puta, el cielo ambarino vacila sobre el agua y hasta ese paquebote a medio hundir parece hundido del todo. GABRIELA SACCONE  (Rosario, Argentina, 1961) De: "Diario de poesía" Nro. 56 Imagen:www.salidaalmar.wordpress.com...