Néstor Groppa: Con todas sus albas encendidas
La conexión eléctrica Llovía. Los obreros estaban con sus caparazones de plástico de vivos azules y amarillos subidos a un púlpito y en medio de la escalera de la lluvia. Manipulaban las viboritas eléctricas adormecidas en el interior de los cables; separaban los voltios reacios; apartaban las chispas y endilgaban la procesión de la luz hasta un fornido pacará frente a la demolición de la casa vieja de los Caballero. Jugaban con fuerza magnéticas, volúmenes, curvas y voltios en ese espinoso jardín de amperes con flores mortales decorando la noche que sostiene a la luz. Del cielo bajaba agua y neblina; fuerzas armadas de la provincia vigilaban esa poda eléctrica y empalme en las alturas entre los pájaros con todas sus albas encendidas. Ninguno advirtió que la máquina que sostenía el púlpito sería un caballo de Troya cargado con jardineros electricistas colgados del cielo por la cintura; pegados a los postes entre derrames de agua fulminante. Y de pronto el grito. Y le aumentaron aplauso...