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El poeta ocasional

Jorge Aulicino-Poesía argentina


Jorge Aulicino en “El hombre con el codo en la ventana” a contrapelo de cierta poesía argentina contemporánea, para decir dos palabras emplea dos palabras. La simpleza nunca reproduce una sola cosa y la verdad como irrupción de algo intangible logra hallar su espacio en todo cuanto se puede ver y oír. La peripecia significativa es ardua materia; dicho con el doblez apacible del lenguaje natural: los muchachos del verano ya no imitan ni hurtan y hay ancianos que sólo plantan árboles o tienden al simbolismo (“sin contradicción con el lenguaje oficial, / que establecía una métrica, un ritmo, / y sobre todo un vocabulario según el cual / era preferible decir domicilio que casa, / residencia que hogar, cambio social en / vez de revolución (o siquiera revuelta”). Todos perdimos alguna parte de nuestras personas en un crepúsculo apacible o ante el silencio, que es el principio de todo, sugiere el autor (“Luz es lo que la gente necesita, luz y viento, eso solo / es la vida, efímera, circunstancial, hueca, / para que en ella soplen canciones y fantasmas”).
En esta dulce tierra de porveniristas y conversos, de poetas oficialistas y poetas consulares, siempre estamos hablando de la naturaleza, un territorio (una extensión limitada, un espacio, un segmento histórico): parcelas, proporciones, partes, civiles, uniformadas; y qué palabras serán las electas para dar cuenta de ello, el ritmo y la estrategia de los versos, confiar en las palabras, en la oscuridad de la vida o si se prefiere, la laboriosa concepción del uso del cuerpo, la percepción y el lenguaje a través de su finalidad más radical: zozobra y voluptuosidad (“¿Por qué corre hacia un origen que / no conoce, que no conoció, que no conocerá?”); y el pespunteado invisible de una trama incómoda: escribir es el arte de adivinar el pasado.

El hombre del codo en la ventana     

 

Evocaba a Hölderlin: 
‘Hay una oscura armonía en las cosas.’ 
En la sombra 
Y se decía: 
“La especie libra rencillas todo el tiempo, 
Basta observar el tránsito vehicular,
Los rostros encendidos, los ojos ofuscados, 
pero mira desde lo oscuro el estallido
de la vida”.
“De otra suerte, muere en uno,
y no tiene espacio para celebrarla.
Cara al sol mueren los fascistas, 
los higos y las naranjas.”
Un segundo después el mundo caía 
en un torbellino
de negocios subterráneos,
compras de votos, disputas estentóreas,

gargantas rotas,
ruina de las familias.
meditaba acerca de la luz 



De: "El hombre del codo en la ventana", Barnacle, 2025
Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí
Imagen en Clarín

Eurostar, Riachuelo, Jorga Aulicino


Via del Corso     
Roma 


1 


Cerca de la Piazza del Popolo y de la Piazza di Spagna, 
como dictado por una agencia de turismo 
mi fantasma anda entre muebles repintados 
en el amanecer poblado de perfiles y grúas 
gaviotas y revoques, 
glorietas achaparradas en las terrazas, 
eructos de hongos en escaleras, 
cruces y cúpulas. 
Todo esto era más verdad que la cercanía de la casa de Keats. 



2


Una ciudad y otra,
lluvias y perfiles de acueductos
fueron creados por mi manos y un teclado: es un juego que repito desde hace años.
Todas las ciudades romanas comercian entre sí
y se incendian a veces sus palacios o pocilgas
y hay una columna de humo en el horizonte tranquilo 
    de gaviotas.
Así nacen, de verdad, y mueren las ciudades —Dios sabrá qué significa “de verdad”—. Porque
el paisaje anaranjado, con grúas-espiga en el horizonte 
    y casas secas
es tan irreal o digital o virtual como este juego en el que nacen 
    y renacen, 
cada noche, ciudades, y tan adentro del corazón 
     se desmoronan.



El Puente Viejo
Barracas, Buenos Aires


1


El estrecho puente sobre el que 
un mediodía de invierno se detuvo el Citroën 3CV
y lo arrancaste a manija, fines de los 70,
cuando atronaba el silencio del mediodía
y el agua densa remaba como una mala digestión,
hacia el Plata.

¿A quién le importaba la paradoja, en tanto retórica? 
Era olvidable, mucho más que las chapas del Citroën
que se sacudieron cuando engranó de nuevo
el pequeño motor de dos cilindros.

Estacionaste el auto y en el húmedo y cálido útero
del bodegón El Puentecito comiste
una gigantesca milanesa a la napolitana.



2


En el nuevo puente Pueyrredón, a unas cuadras,
una mañana de primavera se quedó parado el trajinado 
     Peugeot 404,
porque no funcionaba el indicador del combustible,
y tomaste a tu hija en brazos, bajaste el puente, volviste con el 
     bidón lleno.
La normal circulación no se alteró.
Tu epopeya fue tan mínima
que, en comparación, la de las hormigas junto al surtidor,
empeñadas en deshacer un pedazo de pan y transportarlo,
fue la hazaña gigantesca de ese día.
Pero todos los días estaban hechos de pequeñas epopeyas
y muertes silenciosas.



3


El olor del Riachuelo te despertaba cuando volvías de un viaje.
Era la señal de que estabas en casa. La ciudad resurgía en la 
    ventanilla
como si no la conocieras.

El olor del Riachuelo era indescriptible, no era orgánico, era
el de la putrefacción de los metales
si fuera posible, un olor a maceramiento de ácidos y aguas 
     cloacales, pero no repugnante;
era el olor de tus cosas, del borde de tu ciudad,
como el de un cuerpo que recién se despierta y deja
un suave hedor sobre la sábana.

(Bajo un puente, se hundió 
     un tranvía en 1930.
El poeta Tuñón tenía 25 años y mencionó en la crónica
     que un obrero joven llevaba un sándwich de milanesa
     en el bolsillo.
Una milanesa simple, no una napolitana
como la que comiste en la orilla aquel invierno,
cincuenta años más tarde, en el borde
del agua negra y familiar, en el borde también de la ciudad
de los hechos,
de las cosas que se quieren y siempre son lejanas.)



Estación Perú
Buenos Aires



1


Un mundo entramado queda afuera:
sistemas de semáforos, mensajeros en motos, antenas, 
    ondas, calles, cortadas, puertas viejas,
ascensores:
estamos en el andén, el comercio se reduce a diarios,
alicates y cuchillos, llaveros, billeteras de plástico.
El santuario abre sus bocas en los extremos y el aire 
emite vibraciones que agitan el olor a cable
y grasa, el eléctrico olor del Subte.

Irán los vagones rápidos, transitorios, como el sueño;
las ondas electromagnéticas —ciertas pero fantasmales—
nos seguirán y buscarán 
teléfonos celulares en los vagones, pasaje
fortuito, como el de los sueños.
No habrá piratas petrificados en las paredes ni esqueletos 
fósiles de pájaros,
y sin embargo el túnel conduce a mundos
en su mayor parte imaginarios,
sin que haya un mundo específico del Subte,
una fauna, una flora, descontando las ratas, que también
están de paso.



2


Por alguna razón Disney imaginó que el viaje hacia las islas de
los piratas debía ser por un túnel,
como una galería de los prodigios
(águilas, cabras, serpientes, humanos, caballos entremezclados,
producen grifos, hipogrifos, quimeras, sátiros, centauros).
Un túnel como el de la Corte de los Milagros,
como la madriguera del conejo,
raíces que cuelgan del techo.
Y aquellos cielos puros y las aguas del Caribe,
de color turquesa, y el milagro de peces de colores,
el coral, los manglares,
     el sudor de las mulatas,
convertidos en un cielo de tormenta,
     un agua de cloaca, 
una isla de esqueletos, figuras de cera
pelos en las axilas, cicatrices negras,
risas del Infierno. 
     Una Estigia, el mar.
Un viento de túnel, el huracán.
Un olor de metales recalentados, el de las especias.
Un humo tormentoso, el del tabaco.



3


Y aunque el Subte es sistema, red, 
el túnel va a la nada.
Se mete en uno, en los bronquios, en las cavernas físicas.
Cava. 

Puede que todo lo pueda el túnel.
Que llegue más allá del mar.
—Eurostar hizo un túnel bajo el Canal de la Mancha—.
Se pueden cavar túneles debajo del Atlántico, 
quizá existan subtes bajo el mar.
Hay un túnel que no termina, en alguna parte.
Los que entran en él, ven para siempre 
jardines y viveros, hojas y ramas,
techos que se suceden, campanarios, cúpulas, mundos de peces,
de anémonas, mundos de espadas, trompos,
mundos de cuerpos desnudos,
detalles interminables de un ojo:
guirnaldas, movimientos de un caleidoscopio.
Cosas de las que siempre se estuvo afuera.
Eso debe ser la muerte o la vida eterna, que son lo mismo, 
en términos prácticos.






De: "El libro de los lugares sagrados", Barnacle, 2022
Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí
Imagen en Facebook



TENGO que decir que la ex revista Ñ volvió a publicar un "balance" anual de los [mejores] libros -y otras formas del arte- y le destinó solo un recuadro en muchas páginas -en todas sus páginas- a la poesía. La evaluación, a cargo de Nora Catelli, notable ensayista rosarina que menciona solo tres libros... de autores rosarinos.
El poco espacio dedicado a la poesía en estas encuestas y en general en las publicaciones literarias no solo consterna porque desconoce una parte sustancial de la literatura -cuya historia escriben estas encuestas, entre otros artilugios- sino también porque funciona de acuerdo con la estrategia de mercado de las editoriales en general: no se vende poseía, no se publica, no se comenta. Que no haya memoria de ella es lo de menos.


JORGE AULICINO en Facebook
Enlaces: Revista Ñ | Jorge Aulicino, poemas

El fantasma de la estación de transferencia




Se creía en otros tiempos que aquí moría el espíritu.
Pero no.
Esa empresa no puede lograrse.
La muerte del espíritu pudo ser imaginada a partir de sitios
como este,
una estación de transferencia de residuos,
un amontonamiento de lo vano, destazado y fortuito.
Como una trinchera donde al fin las gentes se hacen pedazos,
lo cual ya eran.
Heme aquí, como resplandor o voz o insinuación o movimiento
en la basura, que ha de ser de aquí llevada a los sitios
de "disposición final", tan evidentemente parecidos,
en su formulación, a un cementerio.
Heme aquí y allá contribuyendo con otros espectros
a golpear puertas las noches de viento
y a embargarlos de una depresión irracional
a bordo de un vagón del subte, o metidos en la cama
sin que medie recuerdo ni imágenes, cuando todo es vacío.
Y ustedes, sombras terribles * de lo que fue y será.


* “¡Sombra terrible de Facundo voy a evocarte, para que sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!”, Domingo F. Sarmiento, Facundo.



Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí
De: "Fuera de lo general" (inédito)
Imagen en Ediciones en Danza
Malas memorias


Malas memorias     




Creo que Piglia es el que cuenta que una vez en que hablaba de poesía con Germán García este tapó una copa con la mano y la saco de la mesa. "La poesía habla de la copa que no está", dijo. Si fue así, y pido que me corrijan, y sobre todo si Germán García tiene razón, la poesía es siempre elegía. Incluso en la épica y en la oda. Se citaron hace poco aquí unos versos sentimentaloides, muy conocidos, de Neruda, de aquel Poema XX de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". Todos recuerdan el viento de la noche que gira en el cielo y canta, por no decir el ya desgastado "Puedo escribir los versos más tristes esta noche". Para mí, pese a algunas buenas imágenes, el poema podría dormir en el armario de la cursilería, si no fuera por una idea que sí me pareció misteriosa: "Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise." Antes de evocar su sentimiento, que por ser pasado debería estar muerto, Neruda dice:  "Como para acercarla mi mirada la busca. / Mi corazón la busca, y ella no está conmigo." ¿La amaba o la ama? ¿No la quiere o la sigue queriendo mucho? Corrigiendo levemente a Germán García diría que la poesía es lo que está a medio camino de no ser, o a medio camino de ser, lo cual es lo mismo. Añoranza de lo que sucedió -o mejor dicho, está a punto de dejar de suceder- y de lo que no ocurrió -o mejor dicho, está a punto de ocurrir-. La poesía existe, como tal, en un cruce de caminos fantasmales.



JORGE AULICINO en Facebook
Enlaces: Poemas de Jorge Aulicino
Imagen en China Daily







24    




Como un amor que se estrangula a sí mismo, 
   así es el río. 
El amor no se tolera a sí mismo y sólo lo tolera 
el que pesca con tanza, el de pocas luces. 
Es mejor, decía, pescar en la oscuridad. 
evitar la pasión, que termina en oscuridad. 
Y no con absurda caña, sino con tanza, cordel 
que tiembla sobre el costado del dedo,
que presiente la gravitación del pez.
El río no se tolera a sí mismo, por eso
se abre, se aparta de todo, lleva
lo que encuentra, que no es mucho, pero
no desespera, se abre más, porque esa es la ley
de la llanura, sobrevolada por loros.
Todo canta a su alrededor. El río lo consigue
pero no escucha cantos: los envuelve, los diluye,
   los lleva.
Liberado de pasión, no de amor, el río no es él mismo.
Una gota de vino cuelga a veces del labio
del pescador, se embriaga apenas, a veces.
Pero no pregunta lo que no comprende.
Apagó todas sus luces, como el río,
al que iluminan apenas el farol de una canoa,
   los astros.


Carpe diem




Muchos creían oír el
sonido del día
y nada oían
sino el sordo caer de la
civilización,
Y a esto el encierro
nos conduce, pero no han
puesto
todavía final a nuestra
cabeza,
y eso es lo mejor que
podemos decir de este eufemismo.
Ya no llueve como antes
llovía: es lo cierto.
No
sobre adoquines como los
de antes,
aunque aquello fuera
también ilusión.
El nombre de la verdad
no era aquel
resplandor sobre unos
techos de teja
después de la lluvia en
el barrio del Aeropuerto;
no los confusos truenos
del cielo o de los aviones
entre nubes gris y
gualda.
Quizá tampoco esa confusión,
fue la verdad. Ni ese
sonido
que llamaste día
y es para mí el de una
rajadura que se extiende
por la totalidad de las
cosas
y sólo oímos vos, yo,
los inútiles que no
tienen
otra cosa que escuchar.



De: "El río y otros poemas", Barnacle, 2019
Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí




7   




Nadie mejor que el fresno imita al fresno. Repite 
los dibujos su corteza. Un programa binario  
los maneja. Este fresno no es idéntico al otro,  
pero seguramente iguales variaciones del  
dibujo podrán ser encontradas en distintos 
fresnos. No pensamos en esto al mirar los fresnos. 
Una hoja nada más caída al barro es un mundo  
indescriptible, sobre todo en el instante en que 
diversas tormentas moleculares comienzan 
en la superficie al entrar en contacto con el 
barro. Nadie cree que todo lo que sucede 
en ese único segundo puede ser narrado.
Nada de un mísero instante puede ser narrado. 
Nada, pintado. Sombras doradas las palabras 
se tienden sobre el río y le dibujan cortezas 
de aquel fresno, que no le rozan la superficie.
Colecciones de poemas entran y salen por 
sus bocas, y por las bocas de sus poros y de 
sus células. El río da que hablar, pero en la 
realidad profunda donde hubo una explosión gris 
que le dio nacimiento nadie entra, el río sólo 
permite que hagamos las sinuosas realidades,
poemas que no nacen de él y que nos llevan a 
remar en cierto cielo de pintura oriental, 
como entre camalotes no sostenidos por el 
agua sino por la tela blanda de la página, 
con microscópicas briznas de corteza que la 
amarronan en conjunto, pero son de cerca 
puntos oscuros, canoas entre poros, breves 
embudos del agua blanca, neutra, resultado 
del litigio que hace años mantenemos con el 
río pacífico pero inabordable, como 
si de materia no fuera.


JORGE AULICINO, de "El río", inédito
Dibujo: ER

Nueva Caledonia     




Nada quedaba ya de Troya 
ni de Babilonia ni de todas las ciudades del oriente, 
incluida Samarcanda y Labuán, 
ni siquiera de los suburbios de Buenos Aires, 
donde anduvo la sombra de un imperio. 
Nueva Caledonia era el refugio natural. 
Alzaste allí versos y columnas ecuestres, 
y con soldados de plomo y desguaces militares 
formaste tu ejército blindado.
Inútil.
Es sabido que los versos no admiten defensa.
Caen y renacen como esas plantas
entre los rieles que viste tantas veces,
durante tus esperas en estaciones del abandonado ferrocarril
bonaerense.
Antes de los zumbantes camiones, los contendores, antes
de las autopistas que cintilan.



Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí




Mujeres que cuentan su experiencia





Mujeres que cuentan su experiencia,
el alto tejado ajeno, el regreso
a la casa paterna,
el dentista, los chicos ensortijados, altos ya.
El trabajo alienante las has hecho sentir la distancia
-que en realidad existe- entre lo que se recuerda
y lo que se ve: bolsas negras
para devolver a la tierra
la ropa y el tocador de la madre muerta;
cartas que no se sabía que existían, el dentista,
el plomero, el trastorno de hoy, el auto finalmente
parado en el costado de una calle,
y mirar enfrente a los que corren en el parque.



Jorge AulicinoDe: "Corredores en el parque", Barnacle Libros, 2016
Fuente: De lo que no aparece en las encuestas
Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí




Posiciones frente a la luz en el barrio de Flores




En esa casa no vive nadie hace rato, las ventanas de la planta baja
fueron tapiadas con ladrillos y las del primer piso tienen los vidrios rotos.
Los pisos son altísimos y mi amigo advierte cómo se ve el cielo desde allí.
Lo dice como si estuviera dentro de la casa y no mirándola desde afuera.
Para mí, allí donde se ve el cielo de Buenos Aires se ve la pampa.
El cielo está lleno de pampa. pero la casa es gótica y no es difícil imaginar
el fantasma del poeta Guido Spano levantándose de la cama
sólo para ir a buscar un vaso de agua -porque allí, dicen,
vivió Guido Spano sin salir de la cama-.
Mi amigo se ha desplazado en esos planos mentales como suele hacer.
No puedo acompañarlo mientras su mirada mira el cielo por encima de los   techos.]
Sólo con ver el cielo desde la calle sé que ha gritado un tero,
que se pierden los ruidos en la pampa tremenda
y que el aire argentino tiene una luz que casi hiere
como el borde de una hoja de papel,
y a la vez es huidiza; nueva o muy vieja parece,
no lo sé, pero no es la luz opaca de tantos otros países, es una luz
que a la final molesta, te ha rasguñado y no te diste cuenta;
tampoco es insoportable y agresiva como en el Caribe donde
Lezama Lima entornaba todo el día los postigos para verla tamizada
y para, en última instancia, disfrutar el fresco del ladrillo o la piedra.
Es otra cosa acá.
Acá, fácil, uno se hace amigo de la oscuridad.




De: "El Cairo", Ediciones del Dock, 2015Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí
Imagen: Facebook de JA. Jorge Fonderbrider, Jorge Aulicino y Jonio González










Irene Gruss




Limpieza 





Jabón y agua tibia arrastran lo que quedó de la fiesta.

Todavía no es rancio el perfume del vino
y el ahora pastoso manjar barrido de los platos es burbuja
que salta en un mover sagrado;
otra vez la vajilla sin mácula, nada que reste de alegría
esmerada en un durar interior.
Lo que brilla es pasado y preparación para lo que urge, lo
que se aproxima.



Pero lavar




Como lavar después de una fiesta, se va, la alegría se va:

pero el jabón barre grasas, azucares, lo que sobró,
el resto de vino en esa copa,
la ceniza intacta pendiendo de nada, la huella
ahí, donde alguno rió y derramó algo, y volvió a pisar y a reír,
la vajilla sin usar, limpia en una esquina, casi al borde;
corchos, tapitas, marquillas vacías retorcidas
como esa servilleta doblada y vuelta a doblar, nerviosa,
ahora quieta.
Respirar lo que queda del aire de esa fiesta,
humo, el cielo afuera, otro aire afuera. Pero lavar,
la mesa lista.


De: "Entre la pena y la nada", Ediciones del Dock, 2015



Jorge Aulicino





Siberia




Papá podía discutir una noche acerca de trabajar para el Estado.

No tenía moral de los fondos públicos sino la incipiente certeza férrea
de que había que montar una máquina de guerra.
Y no había sol ni escarcha en las palabras
que aprendió en los inviernos fúnebres y los días despejados.
Un solo recuerdo le perturbaba el sueño y no supe cuál era.
Papá se nublaba y volvía en sí a cada rato,
como un oculto cielo en el charco de un patio.
Las palabras no podían, la acción se perdía en consignas
cada vez más lejanas, y cada vez menos mágicas.
Papá ya no decía nada, sólo que todo había ocurrido porque debía.
Papá no hizo transferencias, no dejó papeles, no perdió inocencia.
Fijate en Siberia, en los grandes transatlánticos petroleros
encallados en la taiga, los amigos del KGB hecho mafiosos
piratas aventureros galácticos, mirá el noticiero,
el nuevo perfil del National Geographic, las grandes fotos
los tubos de petróleo en los que rascarán el óxido la marta
y el zorro y el tigre y los fugitivos de una gran tormenta;
pensá en la Patagonia nuestra, en Ushuaia en los presos
en los muertos en los fusilados en los enterrados bajo el viento;
pensá en el frío, medio bosque talaron con las manos nevadas.
Era de la intemperie tu gusto burgués por las cosas ciertas, tu odio al                                         pequeñoburgués
tu carácter santurrón y nietzscheano, tu vorágine, tu prolijidad aprendida,
tu admiración estética por la solidez, tu garbo extraño, irónico, recatado.
No me hablen de cambios. Es la marcha.
Lo que permanece nunca cuadra.


De: "El Cairo", Ediciones del Dock, 2015



Jorge Aulicino


La firmeza de la soledad en los manubrios




No necesito los anchos campos para oír la soledad poblada –
oír o ver, oler o palpar, un sentido debe dar cuenta de esto.
Estás parada ahí,
tras un sillón, en un estrecho espacio, de espaldas a una ventana
de vidrios esmerilados –
no puedo evitar un escalofrío a lo Poe, pero recuerdo,
y el recuerdo hace tu sombra más amable.
La diafanidad de los campos y los espectros tienen un raro vínculo.

Sustancial es esta ancha soledad en las motocicletas estacionadas sobre la vereda.

Tarde de diciembre, 2013. Buenos Aires.
Sustancial en el agobio que siente hasta el sol estrellado
contra un cielo de celeste ardiente.

El desierto de gentes recorrido, de beduinos, de motociclistas sin raíces,
pero cuyas raíces portan el lejano partir de una embarcación cualquiera,
una chalupa guerrera, un barco al palio, un petrolero.
Raíces imantadas de desierto y de soledad y de palabras
que se recuerdan, que mitigan, que ahondan a la vez, el fantasma.

Nadie escribe en estas paredes Viva mi madre. Nadie escribe la verdad.



Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí
De: "El Cairo", libro inédito
Imagen: foto de Leticia Scattini
Poeta Jorge Aulicino de perfil sobre fondo violeta claro


Saint Germain des Prés    




El viejo temor. En una iglesia de París  
encendí una vela y no supe -aun con mi más 
ferviente deseo penetrando mis huesos, 
como el frío entre aquellas piedras medievales-
si podía creer, si me era dado creer, si mi fe era cierta
y aceptada. Eran indescifrables los labios
de la Virgen en aquella piedra tan gastada.
El viento, no el de ayer, no el del Quinientos,
un viento frío de hoy -aunque puro en cierto modo,
o puro contra todo- apagó una vela. Creí que era
mi pequeño cirio, mi querido cirio, el cirio de mi deseo, rojo
en su cápsula de vidrio. Y aun creyendo
que había perdido todo, que la boca de Dios
o del Averno
o del siglo
lo había apagado,
lo volví a encender
con el mismo encendedor de plástico.
Y luego de rezar de algún modo, me di cuenta
de que no era mi vela la que había vuelto a encender,
sino otra, la de al lado, chamuscada, vieja, ennegrecida.
Fui raramente feliz y lo confieso.
Sin quererlo, había avivado otra plegaria,
un rezo desconocido, el rezo de otro.


Enlaces: Jorge Aulicino
Fuente: "El Cairo", Ediciones del Dock, 2015

Jorge Aulicino

Hueso duro de roer




decir
una mujer se parece a una catedral
es mezclar el arte con la naturaleza

una mujer sólo se parece a sí misma
reino velado, luz en tinieblas
hueso duro de roer

una mujer es obvia, impenetrable.



Romance de barrio




Tres versiones sobre vos son posibles.
Una, la estación de lluvias y una dama de pique que baja de un taxi;
otra, la enfermedad, el desasosiego, las
polillas aplastadas con el dedo en un ventanal frente al mar;
la última: la cita lejana de abril, la humedad,
las sequías, la fuga al galope tendido hacia el desierto,
un hombre entre los restos de un naufragio construyendo
casas con mesas, jardines con madera podrida, estopa,
un casco con la vieja cacerola para parar la lluvia de meteoritos,
la simplicidad del momento.



Cezanne


                                        a Santiago Kovadloff


sólo con inclinarme de derecha a izquierda
de izquierda a derecha, me basta,
escribía Cezanne

podría pasarme la vida aquí
inclinándome de derecha a izquierda
y de izquierda a derecha
y no agotaría la realidad, explicaba

espacios en blanco en las últimas telas de Cezanne
indican a los expertos
que había llevado su teoría hasta el último extremo

otros
los atribuyen a problemas de la vista:
Cezanne dejó en blanco lo que no podía ver

en este caso (o en ambos)
¿por qué Cezanne no esforzó la imaginación?

el interrogante debe hacer pensar
a esos esoteristas vernáculos, a
distintas especies de mistificadores

¿por qué Cezanne no quiso pintar lo que sus ojos
- aun moviéndose con su cuerpo de derecha a izquierda
de izquierda a derecha - no podían ver?

¿por qué escriben sobre lo que el corazón no ve?
¿por qué escriben sobre lo que la inteligencia no celebra o llora?



Enlaces: Jorge Aulicino
De: "Poeta antiguo", de Jorge Ricardo, Ediciones Botella al Mar, 1980


Olímpicas



2



Prometeo liberado de sus cadenas
va con ellas
por la calle golpeando a los falsos ciegos,
a los inválidos,
a los menesterosos,
como si todos ellos
fueran mercaderes en el templo.
He ahí
dice Zeus,
el resultado
de condonar, compadecer, indultar
y, por así decirlo,
el resultado general de la piedad..





Guillermo Enrique Hudson



Lo que no había percibido es el polvo.
El polvo de desierto. El que el viento
arroja sobre los cardos y los zapatos.
No había aventurado el auto
que se refleja en los círculos concéntricos
del agua, desde donde acaba de volar un pato.
Lo que no percibí fue el trabajo.
La producción en masa. El altercado épico
convertido en noticia policial.
La epopeya de la tierra hecha "sociedad".
Lo que no vaticiné -pues no vaticiné-
fue la alta máquina en el campo.
El fuel, el almuerzo del peón, la peladura, el lento o rápido
trabajo de la contaminación donde acaba
¿o empieza?lo sagrado.



Paradise Lost



Porque cuando te mira fijo, es
absolutamente, absolutamente,
dios. Lo mirás con la maza y las escamas
de las que lo ha dotado el buen cine industrial.
Creen engañarte
-recuerda el viejo corriendo las lagartijas entre los tomates:
diablos menores entre latas de tierra y abandonados manubrios-,
y te dicen la diabólica verdad.
Es una guerra de titanes, de músculos y ángeles.
Una guerra, ah, decírtelo: de hermanos. Cielo de los reptiles,
tierra de los charcos con miradas de querubes.
Rasgada la túnica, Gabriel muestra bíceps de gimnasio,
entrenado cuerpo, batiente tórax, pelos bestiales.



A "El cuervo", de Poe



Así pues, toda la cultura, los extraños conocimientos
y las brasas que arrojaban luz y sombra
a los pies, diríamos,
de un águila de piedra; la intrincada industria de la alfombra,
los cortinados de telas polvorientas:
¿lóbrega la distancia,
y plutoniana,
o lóbrega la estancia?
que se precipitaba en cavernas de ignorancia,
en tanto era más íntima y cercana
la conquista civilizatoria...
Libros, chimenea, bibliotecas, terciopelos.
Pero las incontables grietas del cuarto ¿qué?
Allí donde las arañas, nacidas al parecer para los cuartos y
gavetas, tejen su arcana tela;
allí donde corren ínfimas sombras;
la suciedad que de noche no llamamos suciedad, pues se borra
el insípido contorno.
El extraño silencio de los objetos suntuarios...
De dónde, pues, vino el cuervo?




Jorge Aulicino (1949, Buenos Aires, Argentina)
De: "El camino imperial. Escolios" (inédito)




Enlaces: 
El poeta ocasional, 
JorgeAulicino a puro desengaño,
CuestionarioSchmidt
Imagen: apeuropeos.org


EL tallo que detiene el ojo
crece un centímetro por día
en la ansiedad del día.
A un centímetro diario el tallo crecerá
3,65 metros anuales.
Pero el ojo no se engaña:
el árbol joven del jardín
no crecerá hasta esa altura en un año.
Hoy, solamente ahora, crece
un centímetro diario.

No durmió bien el observador.
El jardín, en una barrio
que hace cien años fue rico,
tiene plantas frondosas, oscuras, frescas.
El árbol joven, ensimismado entre ellas,
insolente y frágil,
no promete una copa frondosa
ni pájaros ni el suavísimo sonido a sedas
de las hojas de los otros árboles
pero crece, hoy, 3,65 metros anuales.

El momento es absoluto
para los árboles mayores,
lentos o eternos
con velocidad de acuario,
y para el tallo nuevo,
ágil y voraz.
Tallo  que no entiende, como los árboles mayores,
que su objeto es limitar el infinito,
no conquistarlo;
este tallo joven quisiera, en su velocidad,
abarcar con su copa, ramificada millones de veces,
el espacio completo
hasta anular todo dibujo del espacio
entre sus futuras ramas y sus futuras hojas.
Lo comprende bien el hombre que no durmió esta noche.
Su espíritu es
los árboles:
los viejos
y el nuevo.


JORGE AULICINO
De. "Almas en movimiento", Libros de Tierra Firme, 1995
Enlace: El poeta ocasional
Imagen: festivaldepoesiaderosarioenfotos.blogspot.com

Cangrejos en la playa de Armação    



Al principio son invisibles como los cabellos 
    rubios de un cuadro de Boticelli 
    pero a la hora de la siesta empiezan a 
    salir otros más grandes 
    tiemblan al paso del turista desprevenido 
y huyen se esconden rápidamente cobijados en 
los parasoles: cada uno tiene su hoyo en la arena 
en cuyo fondo oscuro cometen las torpezas de
cualquier ser viviente. ¿Ignoran el ruido del mar?
¿Ocultan claves esotéricas? ¿Se preocupan por
   el último best seller?
Lo cierto es que nos miran con dos enormes radares negros
y de costado utilizan la cámara fotográfica con
   un solo ojo electrónico compuesto por
   millones de células solares. En la playa
                     solitaria
                         de
                     Armação
hemos quedado este verano del 78
fotografiados por la vida, apenas levemente como la arena
hasta que la marea del invierno cubra esos
    desconocidos cráteres, borre las huellas
    de los cangrejos, transporte hacia las costas africanas
    mujeres en bikini, risas, y ¿por qué no?
la imagen de un árbol desconocido
a cuya sombra hablaban portugués nuestros amigos.


ALFREDO VEIRAVÉ (1928 / 1991, Gualeguay, Provincia de Entre Ríos, Resistencia, Provincia del Chaco, Argentina)
De: "Historia natural", Editorial Sudamericana, 1980)


Documental




Los biólogos empeñados en repoblar de tortugas
las costas de Bermudas descubrieron
que los bebés de las tortugas
necesitan cruzar por sus propios medios
la playa del mar en el que se internan para crecer.
Observaron que de no cumplir esa travesía
no volverían al lar, maduros ya, y
fuertes de navegaciones. Pero
las playas de Bermudas están infestadas de cangrejos
prodigiosamente blancos y feroces
en cuyas pinzas perecen algunos bebés tortuga
como tributo al medio atroz donde nacieron.
Los cangrejos tal vez pueblan en exceso las playas
pero los biólogos lanzan a los bebés a horas tempranas
cuando el sol no despierta a los cangrejos
Es más que un acto de piedad burlar el sueño de las bestias


JORGE AULICINO (1949, Buenos Aires, Argentina)

De: "La caída de los cuerpos", El lagrimal trifulca, 1983  
Jorge Aulicino



"La poesía tiene una felicidad que le es propia" 



Sobre el pentagrama Haendel
señaló el momento en que comenzó a quedarse ciego
y el manuscrito yace ahora en su casa natal donde
el visitante es invitado a sentarse y escuchar el furioso advenimiento del Mesías
o lo que es igual todo es sacudido por la música
hasta los clavecines y los pisos donde Haendel jugueteó de niño
mientras la inscripción marginal señala que hay que cerrar los ojos
y pensar en la música del caos, algo
que ignoran los astronautas o que conozco
por repetidas incursiones a la realidad
pero que para Haendel fue quedarse ciego
tentar el borde la cama, probar el vacío a cada paso
con el orinal en la mano por esos pasillos de Dios.


Enlaces: Jorge Aulicino
De: "La caída de los cuerpos", El lagrimal trifulca, 1982
Imagen: launicarevista.com

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