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Mostrando las entradas de enero, 2015

Pedro Serrano

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Peregrinaje Ya no estamos esos cuatro que viajamos en busca de la claridad y salvación. La vida ha ido apegándose a sus muros de cal, a su paso. Mi padre no tenía aún mi edad, mi madre era muy joven. Como una burbuja de esperanza íbamos en peregrinación hacia el norte, Houston, Nueva York, Montreal, trenes, aviones, hoteles metafísicos con vacas alzadas en la entrada, albercas a los pies de la cama, cuerpos negros brillantes y sedosos. Todo era novedad. Ana Luisa en su jirafa con ruedas, pequeñita, persiguiendo un mundo que ya no alcanzaría y en el que me conduce. Cruzamos por el cañón del Empire arreando un sol entre los desfiladeros de Nueva York hasta caer dormidos en cabeceras oscuras y en el envés mis padres relucientes y aéreos en la ciudad adulta. Hacia el amanecer juntos de nuevo. Agua de infancia. Todo el itinerario en mi regazo como el tren a Montreal, en un último vagón por bosques aprehendidos, viendo cómo se iba el paisaje desde la barandilla hacia lo que ya fue y sigue si...

Denise Levertov

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La carretera Merritt      Como si se tratara  de moverse continuamente, de  mantenerse en movimiento sin cesar.  Bajo un pálido cielo donde, cual la luz encendida de una estrella, vamos atravesando la neblina, e incesantemente perseguimos fijamente una constante más allá de nuestros seis carriles en un ensueño permanente… Y la gente –nosotros mismos- los seres humanos dentro de los vehículos haciéndose visibles solamente al parar en las estaciones de gasolina, inseguros, mirándose los unos a los otros, bebiendo precipitadamente el café de la máquina automática y, de prisa, regresar a los coches y desaparecer en ellos para siempre continuando el movimiento. Casas y más casas, más allá de la asfaltada pista, árboles, árboles, arbustos que pasan y pasan. Los autos que siguen avanzando, delante de nosotros, junto a nosotros, presionando detrás de nosotros y en la parte de la izquierda, los que vienen hacia nosotros con sus deslumbrantes brillos moviéndose sin d...

Ángel Faretta, poemas inéditos

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Tras reeler la "Consolación" de Boecio No callar una vez, callar dos veces, la razón enaltece al silencio un tiempo y luego lo desdeña sabiéndolo su misma entraña y peña, y a otro lo abisma en modo halagüeño tornándolo ensueño, espuma, mar, figura, coto, albergue, clan, llama, nieve, pan, lamia, mal; impura forma del hablar y errado de creer que todo cura. Sobre la prohibición del incesto Un mismo deseo va desde la mirada del padre hasta la del ajeno. El mismo deseo corre del ojo paterno al externo. No hay curva, pliegue que el ojo no desee aunque altere el entendimiento. Es que asintiendo la mirada acepta que la visión repta a la misma meta. Miramos lo mismo sobre un abismo que el ojo detalla y que la boca calla. No hay nada sin embargo, tan sólo un encargo de millones de años atrás llegando con nuevo disfraz en su propio Alcatraz tan fiero como férreo y tan prieto como hórreo donde se cuece el grano del propio molino que vuelve tan fino algo tan grueso. Mira y mira el ojo y...

Ilya Kaminsky

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El tango de mi madre Veo sus ventanas abiertas en la lluvia, ropa lavada en las                       ventanas— ella monta un poni en mi cumpleaños, un poni blanco en el séptimo piso. “¿Y dónde lo dejamos?” “¡En el balcón!” el poni relincha en el balcón por siete semanas. En el centro de mi vida: mi madre baila, sí, aquí, como en la infancia, mi madre me pide que describa las etapas de mi felicidad— ella habla de sopas, que son su tema: entre los regimientos de platillos y de paños, se mueve tan rápido—se queda estática, abriendo y cerrando puertas. Pero, ¿qué era la felicidad? ¡Un poni en el balcón! El pasado de mi madre, una capa que usaba en los hombros. Yo dibujo un eje a través de la tarde para verla, a sus sesenta, cortejando una lengua extranjera—joven, no tan joven—mi madre galopa sobre un poni en el séptimo piso. Se convierte en una extraña y actúa como ella misma, abre lo que está cerrado, cierra lo que está abierto. ...

Antjie Krog

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Canción de amor africana      ni la húmeda intimidad de tus párpados aromáticos como el hinojo  ni la violencia de tu cuerpo resistiéndose entre las sábanas  ni lo que viene hacia mí como tu vida  tendrá tanta menuda piedad de mí    como verte durmiendo  tal vez a veces te veo  por primera vez  tú con tu pecho de guayaba y uva tus manos frías como cucharas tus grandes penas altivas manchan de azul cada parte nos soportaremos uno a otro incluso si el sol abraza los techos incluso si el estado cocina lugares comunes llenaremos nuestros corazones de color y nuestras trifulcas de pinzones incluso si mis ojos ascienden hasta el horizonte incluso si la luna viene con la espalda desnuda incluso si las montañas forman una conspiración contra la noche persistiremos cada cual a veces te veo por primera vez. ANTJIE KROG  (1952, Kroonstad, Estado libre de Orange, Sudáfrica) Traducción de Nicolás Suescún Imagen: www.wknofm.org

Carlos Alcorta, cuatro poemas inéditos

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Parte de la historia    Un día como éste, también ventoso y húmedo, cuando apenas faltaban unas horas para embarcar con rumbo a la Península y era el uniforme militar, restituido ya al celoso furriel, un colgajo arrugado y maloliente, baqueteado en marchas nocturnas y maniobras intimidatorias en la frontera; un doce de febrero por la tarde, de hace ya más de treinta años organizaba mi equipaje y decía adiós al campo de instrucción, a los gritos del oficial al mando ― Joseph Roth las describió en Puesto de vigía como “amargas  vejaciones” ― y al miedo acuartelado en el cuerpo de guardia, persuadido de que finalizaba una etapa superflua de mi vida. Tricornios, metralletas, amenazantes ráfagas de fuego amotinado dentro del hemiciclo me sorprenden varios días después, mientras reparo algunos desperfectos en mi casa con más voluntad que pericia. Vuelve  el tiempo de la espada y la cruz. Oficiales conjurados y guardias civiles a sus órdenes pretenden convertir la faz de Es...

Rutger Kopland

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XI      Todos los años que estuve mirando  en la terraza del río  pensé yo: así como aquí, como debe ser  nada falta, nada sobra  es fácil comprenderlo  es demasiado obvio para describirlo  pues allí está  el paisaje con el río  q ue nunca habré de conocer RUTGER KOPLAND  ( Rutger Hendrik van der Hoodakker  , 1934, Goor / 2012, Glimmen, Holanda) Traducción: Carlos Ciro Fuente:  Errancias de sombra Referencia: Jonio González en Facebook  XI Al die jaren dat ik zat te kijken op het terras aan de rivier dacht ik: zoals hier, zo moet het zijn niets ontbreekt, niets is overbodig het is te eenvoudig om te begrijpen te vanzelfsprekend om te beschrijven zo ligt het daar het landschap met de rivier ik zal het nooit kennen

Raquel Sinelli

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Escenas en el patio En la enamorada del muro se refugian pájaros tan fugaces que casi ni se ven. Hacen huecos pequeños túneles de hojas donde se aquietan un instante, sin recuerdos. Luego se van al mismo espacio misterioso del que surgen. Llevan su sonido y esa levedad pesa como si algún significado fuera a revelarse. En silencio, ella cuelga la ropa. Con los pies aferrados al piso áspero alza la cabeza mira el cielo, puntos oscuros un trazado que desconoce. Un pozo Al fondo de la casa alguien hizo un pozo. Al costado quedó tierra amontonada; cascotes, ramas, lombrices. Despacio, te acercas a mirar; entre paredes de barro un cuadrado se despeja y atrae. Desde el borde hacia abajo se ve un cielo oscuro que parece no terminar. De: "La envoltura", Ediciones del Dock, 2012 El visitante De madrugada alguien barre el aire enrarecido de  los cuartos sacude el sueño  y del rostro que se  asomó a hablarte no queda sino tu  turbación. No hubo palabras que ahora puedas abrir o...

Joshua Corey

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Mercado de déficit cognitivo Ella ha olvidado lo que olvidó esta mañana: sus llaves, la tostada en la tostadora que ennegrece el interior de cráneos amados, pequeños planetarios que proyectan constelaciones cada vez más incompletas y extravagantes: el Culo Grávido, la Rueda Mesozoica, la Gran Barba de Chivo, el Ínfimo Fascista. Al otro lado de su ventana se congrega un gentío que bulle en blanca confusión como leche que hierve hasta secarse en la sartén—algunos alzan dedos para apuntar en esta o aquella dirección con certeza saltimbanqui pero ellos están demasiado cerca para todas esas manos voladoras, de manera que botan anteojos y sombreros—disculpas inaudibles, alguien ofrece un puño, la reyerta inunda el exiguo tráfico de bicitaxis y camiones repartidores llenos hasta el copete de lechugas que se pudren. Mientras, por encima de todo, ella prepara las cosas del té: taza y plato de cerámica, cucharita de peltre, tetera de hierro enguijarrado, un pedazo de Sara Lee. Espera recordar en...