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diciembre 30, 2017

William Ospina

William Ospina


Antibes



Oscuras y mojadas las gárgolas insomnes

no saben de este sol que rompe lento el río.
Ellas, con sus cabezas de piedra y de dragones
están en la Edad Media, vigilando los burgos
aterrados de hogueras. El norte está en sus ojos
y ninguna palabra nombra el país de gritos
donde las labra el miedo. Pequeño diablo gótico
¿quieres morder el sol que alisa estos cabellos?
¿quieres sembrar espanto en estos niños de oro?
La primavera abre las ramas del cerezo,
este es el sur de aquella sombra, ahora
sólo llueve en los cuentos. El tren cruza
las tierras de los cátaros. Hay jóvenes ociosos
con piercing en los labios, bordeando en bicicleta
los patios que florecen. Y la Edad Media ha muerto.
Su fantasma barbado ronda por cien castillos,
desde el tibio Garona que invade el frío Atlántico
hasta el soplo de tordos de Poitiers, hasta el vuelo
de un halcón plateado en Perigord, o el salto
de una ardilla de fuego en las banderas. Oigo
rudas bandas de rock por las tabernas, oigo
tambores africanos en el viento, esta tierra
donde abuelos de hierro dieron filo a sus dogmas,
donde los aldeanos crucificaron cerdos,
donde las brujas últimas ardieron en blasfemias,
con sus serenos valles de amapolas que han dicho,
por hoy, adiós por siempre a la apestosa guerra
llena de huesos rojos y de buitres hambrientos,
es bella esta mañana de llanuras en fuga.
EL TGV hace polvo los castillos, transforma
en trazos de Van Gogh los sembrados simétricos,
hace girar los pueblos ante los campanarios
y cambia a Arles en Nimes y a Nimes en Marsella
y al valle en mar y al mar en sombra y sueño.
Lejos están las gárgolas, en sus rencores góticos,
aquí hay raudas palmeras, y yates, y casinos,
frías playas que esperan sus turistas del norte.
Ha muerto la Edad Media. Yo la vi, vasta y sola
en la tumba más bella del Sur, el claustro inmenso
donde las blancas columnas se abren arriba en palmas,
en las solemnes naves jacobinas, que rayan
y doran y empurpuran los vitrales abstractos.
Allí, en el centro mismo de un palacio vastísimo
en un cofre dorado Tomás de Aquino espera.
Sólo dos santos tuvo la locura de Europa,
aquella edad de dogmas y de hogueras, dos santos
indómitos, ilímites, ingenuos, italianos,
y bastan dos para una edad del mundo, y bastan
dos santos para una religión. Aquí ardieron
dolcinistas y cátaros, teólogos y herejes,
y mil santos anónimos fueron fuego en el viento
bajo la absolución del mudo cielo, pero
estos dos fueron santos ante un dios más piadoso:
Tomás pulió una lengua que educaría a los ángeles,
Francisco hizo canciones que entendieron los pájaros.
Aquí, frente a este sueño de cipreses y rocas,
con todo el mar latino frente a mí, mientras sueño
que en la cercana costa Cartago alumbra al África,
aquí, frente a la costa, con brisas de los Alpes
en mi cuello, esta noche, por ellos dos, y a solas,
le doy gracias a Italia. Vuelven en la memoria
la fortaleza roja de Carcassonne, los nidos
de cigüeña en las blancas almenas, los ciruelos,
las tenaces discordias de Avignon, y hay un fondo
de italiano en el viento. Alma, en el Mediodía
es medianoche. Ladran las colinas de Antibes
y es Italia esta vasta dulzura en las colinas.
Gracias al mar de acero y al faro que lo arrasa,
gracias a la honda noche que borró los cipreses,
y a ese perro que vela conmigo ante el peñasco.
La costa azul es la negra. Y la Edad Media ha muerto.
Yo despido sus buitres.
Yo no quiero pensar en la muerta Edad Media
que hoy cubre con su manto de gallinazos negros
la selva equinoccial que da vida a mi pecho.

WILLIAM OSPINA nació en 1954 en Padua, Herveo-Tolima, (Colombia). Su padre era el cantante de folclore colombiano Luis Ospina. Estudió derecho y ciencias políticas en la Universidad Santiago de Cali. Desde su juventud se dedicó a la escritura a través del periodismo y la literatura.
Vivió en Europa de 1979 a 1981, y viajó por Alemania, Bélgica, Italia, Grecia y España.
En 1982 ganó el Premio Nacional de Ensayo de la Universidad de Nariño, Pasto, con el ensayo Aurelio Arturo, la palabra del hombre y en 1986 publicó su primer poemario: Hilo de Arena.
Fue redactor en la edición dominical de diario La Prensa de Bogotá de 1988 a 1989. Escribió ensayos sobre Lord Byron, Edgar Allan Poe, León Tolstói, Charles Dickens, Emily Dickinson, las mil y una noches, Alfonso Reyes, Estanislao Zuleta, literatura árabe, la brujas de Macbeth.
En 1992 obtuvo el primer Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura.
En 1999 recibió el Doctorado Honoris Causa en Humanidades de la Universidad Autónoma Latinoamericana, de Medellín, y en 2005 el Doctorado Honoris Causa en Humanidades de la Universidad del Tolima.
En el año 2005 publicó su primera novela Ursúa.
Ha colaborado con el diario El Espectador. Es socio fundador de la revista literaria Número y desde hace tres años escribe una columna semanal en la revista Cromos.
Recientemente ha sido galardonado el Premio Rómulo Gallegos 2009 por El país de la canela.
William Ospina está considerado como uno de los poetas y ensayistas más destacados de las últimas generaciones y sus obras son mapas eruditos de sus amores literarios, acompañados de declaraciones ideológicas sobre la historia y el mundo moderno.
Fuente poema: Clave, Nº 17, revista de poesía 
Fuente biografía: Escritores.org (fragmento)
Imagen: www.traslacoladelarata.com


diciembre 28, 2017

Frederick Seidel

Sobre ser galante, poesía norteamericana

Sobre ser galante




Las camisas se agotan a sí mismas de ser vestidas.
Los trajes se ajustan a la perfección,
pero un hombre se esfuerza
décadas en hacer flexiones y ya no encaja.
Me saco a cenar.
Es una gozada sentarse a solas
sin un libro.
Me consumo estando a gusto mientras ceno.
Soy resultado de un conserje del Carlyle.
Pido una botella de Burdeos.
Soy un bulevar de elegancia
en mis restaurantes de confianza.

La luna viene a mi mesa.
Todo en ella es típico.
Me gusta su forma de hablarme.
Todo en mí es a medida.
Tú no eres
conocido, y tú no eres un don nadie.
Te recuerdo de antes.
A veces no salgo al día hasta el final del día.
Simplemente me olvido hasta
que salgo corriendo, con miedo a que el día se acabe.
Todo árbol de acera está desesperado
por alguien.

El desierto en esta época del año
son tropas camufladas de desierto.
Traed los cazas no tripulados.
Ceno con mi sonrisa del Carlyle.
Ella me dice que la primavera está al llegar.
La luna pasa por mi mesa
para decirme.
Voy a sacarte el corazón
y a beberme los rubíes y a comerme el coral.
Me gusta la hembra por su coral.
Voy al Carnegie Hall
para hacerle abrir la boca sobre el escenario y gritar.


On being debonair




Shirts wear themselves out being worn
Suits fit perfectly,
But a man does
Decades of push-ups and no longer fits.
I take myself out to dinner.
It is a joy to sit alone
Without a book.
I use myself up being fine while I dine.
I am a result of the concierge at the Carlyle.
I order a bottle of Bordeaux.
I am a boulevard of elegance
In my well-known restaurants.

The moon comes over to my table.
Everything about her is typical.
I like the way she speaks to me.
Everything about me is bespoke.
You are not
Known, and you ar not no one.
I remember you from before.
Sometimes I don’t go out till the end of the day.
I simply forget till
I rush out, afraid the day will end.
Every sidewalk tree is desperate
For someone.

The desert at this time of year
Is troops in desert camouflage.
Bring in the unmanned drones.
I dine with my Carlyle smile.
She tells me spring will come.
The moon stops by my table
To tell me.
I will cut your heart out
And drink the rubies and eat the coral.
I like the female for its coral.
I go to Carnegie Hall
To make her open her mouth onstage and scream.


Traducción: Diego Zaitegui
Otros poemas de FREDERICK SEIDEL, aquí
Fuente: malastierras.com
Imagen; New York Times

diciembre 26, 2017

Vista preliminar del barrio de Once


Pedro Donangelo



prevalecen las paredes
infectadas de gris,
balaustradas en peligro de extinción.
Ventanas art nouveau confrontan con otras ojivales.
Ventanas de pensiones revela
la persiana ladeada, el mínimo watt.
Tres piletones, dispuestos para una sentencia,
atraviesan la perspectiva hacia
el tinglado de la calle próxima.
Nada singular.
Celofanes -como cierta medusa- de cajas
diseccionadas.

La dosis suficiente de espanto.

Se recomienda estrechar
los márgenes, desplazar el cortinado
al meridiano cero, 

a un estado de gracia,
                los enfermos de este piso.

La panorámica, entonces,
se reduce a un resquicio
y el observador troca
en un fisgón.
La vida delata acecho
y llovizna en los mismos días.


 
© PEDRO DONANGELO

diciembre 25, 2017

Andrei Voznesensky



La Nariz



La nariz crece durante toda la vida de uno
(de fuentes científicas)

Ayer me dijo mi doctor:
Usted puede ser muy diestro, sin embargo
Su hocico está helado.
Así que no salgas al frío,
Nariz!

En mi, en ti, en los monjes capuchinos,
De acuerdo a reconocidas leyes médicas
Implacables como relojes, sin pausa
Triunfalmente crecen las narices.

Durante la noche crecen ellas
En cada ciudadano, alto o bajo,
En porteros, ministros, ricos y pobres,
Currucuteando sin parar como búhos,
Heladas y fuera de forma,
Brutalmente golpeadas por un boxeador
O suciamente aplastadas por una puerta,
Y aquellas de nuestras féminas vecinas
Como brocas son astutamente atornilladas
En más de un cerrojo.

Gogol esa mística alma inquieta,
Intuitivamente percibió su rol.

Mi buen amigo Buggins se embriagó: en su sueño
Parecía que, como aguja de iglesia
Rompiendo a través de lavabos y candelabros,
Perforando y despertando llamativos cielorrasos,
Empalando cada piso como
Recibos en un suncho,

Más arriba y más arriba
ascendía
su nariz.
¿Qué significaría eso? se preguntó a la siguiente mañana.
Una advertencia, dije yo, de un día nefasto: parece
Como si fueran a llamarte a cuentas.
El 30 el pobre Buggins fue capturado y hecho preso.
Por qué, O Creador de las Narices, por qué
Nuestras narices se prolongan, y nuestras vidas se acortan,
¿Por qué durante la noche estas protuberancias carnosas,
como vampiros o bombas de succión,
Nos drenan hasta la resequedad?

Reportan que los Esquimales,
Besan con su nariz.
Entre nosotros eso no ha sido comprendido.


Andrei Voznesensky nació en Moscú, en 1933. Se graduó en el Instituto de Arquitectura de Moscú, donde Pasternak lo animó a continuar escribiendo. En 1960 publicó sus primeros libros Balada Parabólica y Mosaico, que llamaron la atención por su innovación y osadas metáforas, aunque Krushchev, lo señalara después, en 1963, como un formalista burgués. Otras de sus obras: Antimundos (1964); Corazón de Aquiles (1966); Sombra del sonido, 1970; Una mirada (Prosa poética, 1972); La pera triangular; y Maestro del espejo estañado. En 1967 se convirtió en miembro del Praesidium de la Asociación de Escritores Rusos.
En 1983 aparecieron en la Unión Soviética tres volúmenes con su obra. W. H. Auden y Stanley Kunitz, son traductores de sus obras. Poeta experimental, ha incursionado ampliamente en la poesía visual. Sus Videos han sido reconocidos en Moscú, París, Nueva York y Berlín. Fue elegido Miembro de la Academia Rusa de Educación, la Academia Americana de Arte y Literatura y la Academia Europea de Poesía, entre otras instituciones. En 1996, Le Nouvel Observateour le llamó “el más grande poeta de nuestro tiempo”. Participó en el XIII Festival Internacional de Poesía de Medellín.
Fuente: World Poet Movement
Falleció en 2010, Moscú, Federación Rusa
Imagen: alchetron

diciembre 16, 2017

Rubén Darío


Yo persigo una forma. . .


Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.
 Adornan verdes palmas el blanco peristilo; 
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga. 


RUBÉN DARÍO (Félix Rubén García Sarmiento, 1867, Ciudad Darío / 1916, León, Nicaragua)

diciembre 09, 2017

Matilde Campilho


Piel de cuero




Fue en el tiempo en que
(como apuntó Herbert)
nos dormíamos
con una mano debajo de la cabeza
y con la otra
en un malecón de planetas
Vivíamos en la isla
de Saint Naumpke

en el palacio de estacas y cal
construido por nosotros mismos
durante los treinta días de agosto
Allí los años nunca eran bisiestos
El pan estaba hecho de romero
Los pescadores venían a
enseñarnos los dones
Y eso era todo
lo que necesitábamos
y necesitaríamos más tarde
para entender la lengua de fuego
que se hablaba en las plazuelas
A veces yo pintaba
mi cara de amarillo
sólo para notar
la conciencia telúrica
que traen consigo algunos
jaguares y cobras corales
En ese tiempo
alguien prefería el relente
a la oscuridad de las casas
así que se iba al parque
armado con binoculares
de lentes-diamante
sólo para toparse
constantemente
con la fórmula exacta
del tiempo de crecimiento
de las hojas de naranja-lima
“El cuero de Goliat
fue dejado aquí,
cinco siglos
atrás” era lo que él decía
de regreso al palacio
a la hora de la comida
Venía sucio y cubierto de arena
trayendo flores viejas
en su balde metálico
Existían héroes de aquella patria
Pero yo nunca supe cuáles
Existían gobernantes y traidores
Pero yo nunca supe cuáles
Había un beato sin rostro
a quien habían hecho un altar
junto a la primera roca de Naumpke
Su estatua era de acero
y todas las mañanas
alguien dejaba a sus pies
una estera de romero.
Aquel fue nuestro tiempo,
el tiempo del descubrimiento de los malecones
y de las cavernas de las que están hechos
los omoplatos de los amantes.


Alguién me avisó




Él dijo que yo necesitaba volver
porque yo era su familia
dijo que los pajaritos
estaban comenzando otra vez
con aquella entonación extraña
que podría ser vista como triste
o como bastante maravillosa
tú necesitas volver él dijo
algunas acacias se están entregando
al abandono o a la desesperación
y la pescadería fue atacada
por una enorme inundación
por favor vuelve ve si vuelves
esta mañana el taxista estuvo
recorriendo todas las estaciones
de radio hasta encontrar una noticia
no hay noticias de ti en la ciudad
hazme un favor y vuelve
está ocurriendo una revolución
quieren retirar al primer ministro
de su silla empedernida
quieren incendiar las calles
quieren mejorar la estructura
de la campana que marca el mediodía
en la garganta de Antoñito
anda ve si vuelves fue lo que él dijo
tú eres mi familia es imposible
presenciar la transición del invierno
a la primavera sin familia cerca
y cómo hago para comprar lollypops
si tú no me estás esperando
allá afuera del lado de afuera en tu coche
jugando con las vibraciones del motor
mientras yo estoy tamborileando mis
dedos sobre el mostrador de madera
de la abacería donde siempre compro
lollypops de naranja o de fresa
tú y yo siempre encontramos un modo
de sincronizar nuestros compases
yo toco cuatro veces en el mostrador
tú aceleras cuatro veces el motor
la familia es eso mismo: dos vaqueros
fintando la gravedad y la monotonía
venga dime si vuelves o si no vuelves
la semana pasada noté
que las plantaciones de maíz
están comenzando a expandirse
no me digas que eso no te seduce
fue lo que él dijo eso mismo
la plantación que se expande te seduce
él dijo que yo necesitaba volver
que tal vez yo debiese ordenar
mi maleta dejar mi empleo
mete todo en tu maleta
no olvides tu camisa blanca
no olvides tu flauta de hueso
no olvides no te cortes el pelo
coloca todo en esa maleta
y si tienes tiempo tráeme siete búzios
vuelve dime que vuelves
fíjate que es la época de las migraciones
y que tú siempre acompañaste
a los colibrís y los pingüinos
ya basta de inscribirse
en ese campeonato del desapego
tú siempre pierdes ya deberías saberlo
él dijo que yo debería volver
que en el restaurante de doña Celia
estaban sirviendo un tipo de pan
diferente del habitual
que en el parque de diversiones
estaban montando un rollo nuevo
que en la cueva de los leones ya no vive
nadie absolutamente nadie
que están comenzando una revolución
tú necesitas volver fue lo que él dijo
vuelve por favor mi amor vuelve para casa
entonces yo hice la maleta y fue por eso que
volví — yo volví porque me llamaron.


Rojo vivo




Aléjate de mí
entiende
soy un raging bull
cuando apareces
ostentando
tu aorta transparente
tu válvula semilunar
tu septo palpitante
Cuando apareces
haciendo sonar los cascabeles
rojos de tu clavícula
mientras caminas
sobre el pavimento
de Terrorland
A ver si desocupas
las líneas telefónicas
que desde hace 20 años
van de Girona a Sant Jaum
yo quiero conectarme
Retira tu timbre
hecho de B / F / Am / C#
de la sala del cine
donde casualmente
pasó galopando
John Wayne
galopando y gritando
sudado como el jabalí
que fue ofrecido
a tu familia
en vísperas de
la resurrección
del niño crucificado
cabeza abajo
Retira tu mano
del rostro del derviche argentino
que hace cuatro años decidió
decir los 1500 nombres
de Alá todas las mañanas
si lo dejas en paz
en pocos meses
tendremos 5000 invocaciones
de la palabra santa
en el Boulevard Las Heras
eso puede muy bien ser
la salvación
del glaciar Perito Moreno
puede muy bien ser
un empujón a las partículas
arenosas del Sáhara
y quién sabe
en algún momento
la canción del desierto
sonará más aguda
más prolongada
y quién sabe
en algún momento
llegará a los oídos
del traficante de joyas
de New Jersey
que at last asumirá
su vocación de profeta
Sí las personas cambian
Intenta retirarte
aunque sea temporariamente
de figurar en los comerciales
que pasan en la pausa
de la novela de las ocho
hace mucho tiempo que
nadie la ve
pero qué si sucede
una tragedia cualquiera
el presidente interrumpe
todas las emisiones
y las antenas de 36 MHz
mantienen de todos modos
la publicidad
eso puede ocurrir
todo puede ocurrir
entonces evítalo
Evita enterrar
tus pies
en el arrozal de Vang Vieng
claro que es sumamente delicioso
el ondular líquido
de las plantaciones
rozando nuestro tobillos
el cuerpo tiene memoria
y agua es igual a cuerpo
entonces es delicioso
pero conviene tener en mente
que un objeto extraño
mezclándose con otro
siempre va a perturbar
el curso continuo de la naturaleza
Mantente lejos de la panadería
Mantente lejos del ring de curling
Mantente lejos de la cabina de control
del aeropuerto de Queensland
Mantente lejos de las lonas
de los paneles que anuncian
la nueva marca de tabaco de seda
Mantente lejos de la tabla
de la piscina de siete metros
por ocho en el último día de mayo
Mantente lejos
porque entiende
Eres rojo y negro
tu tórax tiene mayor diámetro
que la concentración
de los hinchas del Flamengo
toda metida en el Maracanã
Eres todo rojo y negro
Mantente lejos
no te acerques
Porque a nadie le gusta
nadie quiere
ver un toro enloquecido
dando cornadas ciegas
en las cajas de madera del colmado
en los letreros del tránsito
en las motos aparcadas
Mantente lejos
a nadie le gusta
saber despierto
y suelto en la ciudad
a un toro bravo
al que un día le enterraron
la espada de oro
en la línea dorsal.


El amor me da hambre




Tropecé en un menú de ventas de comida ready-made
Y por una de esas fatalidades que vienen encuadernadas
en vales de correo o publicidad sin personalizar
Me he dado cuenta de que ahora tú y tu chica hacen
almuerzos para entregar a domicilio
Perdón quería decir desayunos
dejemos el café y las mañanas para otras dinastías
En mi tiempo yo era el príncipe y tú la imagen
más pura del pequeño Jean-Nicolas-Arthur Rimbaud
Dos saltimbanquis cruzando la ciudad y los días
También cruzábamos los dedos pero eso ahora no importa
Dos chavales robando medio croissant y tres sorbos de  zumo
de las mesas impecablemente puestas de los hoteles
 más bonitos de la ciudad
La comida no era de todo lo que más nos interesaba
si pensamos que la pasión alucinante era mecha suficiente
para reventarnos el estómago hasta el nivel de la alegría
Había siempre alguien dispuesto a pagarnos comidas
así como nosotros estábamos siempre listos a saltar el fuego mágico
Nos acostumbramos desde muy pronto a salir de las celebraciones
con las rodillas chamuscadas y con las ropas más o menos rasgadas
Eso era motivo suficiente para que uno de nosotros
         cogiese la moto
y entonces los dos acelerábamos hasta la playa más desierta del país
No por eso dejábamos de escaparnos a los eventos
pero aquellos fueron indudablemente las zambullidas  de oro
Ahora las hogueras se elevan mucho más altas que las magias
a las cuales dedicamos casi toda nuestra juventud igualitaria
Hoy tenemos más de treinta años y desde mi ventana se pueden ver
los disparos de los incontables snipers de las barricadas de Kiev
Desde este balcón pueden oírse los gritos de las calles venezolanas
sobreponiéndose al viejo papá que sólo quiere decir pásame el pan
Desde aquí se puede oler la amenaza de pólvora semi- invisible saliendo
del documento que declara el estado de excepción en el sur de Bahia
Parece que la primavera del mundo es un trabajo en progreso
pero el camino hasta allá está siendo hecho entre los senderos
y entre las ramas de fuego de un gigante invierno
En nuestro tiempo yo creía mucho en las noticias y en la televisión
Hoy yo creo totalmente en las experiencias que me cuentan los hombres
Ayer éramos los hijos de los nietos de la revolución
Y nos explicaron que la tabla de multiplicar y la pasión
 alucinante eran todo
lo que necesitábamos y necesitaríamos para el ejercicio
 de la construcción
Hoy somos padres de algunos niños y padres de nosotros mismos
y ya vamos sabiendo algunas cosas sobre la palabra deconstrucción
El amor aún es el estandarte donde vamos colgando las banderas
El coraje es todavía el hierro donde vamos colgando las ropas
Sí todavía rasgamos nuestras ropas Sí todavía nos
 despellejamos las rodillas
Pero ahora es todo en nombre de un cierto cambio universal
Dónde andarás tú y tu sueño en esta mañana ya no lo sé
Mucho menos que especie de alimentos entregas a domicilio
Sea como sea el amor aún me da bastante hambre
y el rocío aún me parece el asfalto justo para toda revolución
Así que (a pesar de los vales) hoy mi chico y yo escogemos
tomar un desayuno en la calle y dejar de lado el domicilio


We never did too much talking anyway




Por ejemplo
olvida Coney Island
y las trescientas piezas
de metal que componen
el juego mágico de Coney
Island en el mes de agosto
Recuerda la palabra sushi
siendo gritada en el metro
cuando todo lo que alguien
quería gritar era su devoción
por pedacitos de plata
Recuerda mi fascinación
profunda por los deportistas
nocturnos que sincronizan
la respiración con el compás
de los dedos de la amante muerta
Olvida la pastilla
compuesta de estearato
de magnesio y macrogol
recetada por el doctor Roberto
cuando el pobre doctor Roberto
ya no sabía que más intentar
o entonces tenía algo más que hacer
en aquella tarde de miércoles
en la emergencia de São Vicente
Recuerda que miércoles
es día de juego de futbolín
y sobre eso no hay discusión
Recuerda cuánto me iluminan
los animales tallados en el marfil
principalmente aquella ballena
de ocho centímetros y medio
mi única herencia
mi única esperanza
Olvida tal vez
la maniobra repetida
de lamer sobres
en el silencio de un cuarto
cuando ya hay sol en las plazas
Estamos hechos para el relente
Recuerda que a veces
tienes mucha razón
y que otras veces no
Olvida anda olvida
el invierno en Ipanema
y el tiburón nadando
en las venas de la bestia
de Ipanema helada
Recuerda mi deseo
muchas veces verdadero
muchas veces no
Recuerda el descubrimiento
de aquel trecho que decía
nosotros subimos los escalones
corriendo y salimos del frío
brillante hacia el frío oscuro
Y si puedes no olvides
el rostro calmo del tigre
que está parado en la puerta
esperando entrar
para luego atravesarnos.


Matilde Campilho, poeta portuguesa en El poeta ocasional
MATILDE CAMPILHO nació en Lisboa, Portugal, en 1982. Vivió en Rio de Janeiro entre 2010 y 2013. Publicó textos y poemas en varios periódicos y revistas de Brasil, Portugal, Alemania y Estados Unidos. “Jóquei”, su primer libro, fue publicado en Portugal en 2014 (Edições Tinta da China) y en Brasil en 2015 (Editora 34). Vive y trabaja en Lisboa.
De: "Jócquei", Kriller71 Ediciones, 2017
Traducción: Aníbal Cristobo
Imagen: Pinterest / Killer71 Ediciones

diciembre 03, 2017

Robin Myers: Así son las palabras: aproximaciones.




Para la poeta y traductora Robin Myers la contemplación representa una oportunidad de hacer contacto, “la traducción es sobre todo una lectura intimísima —una manera de habitar un texto y desde dentro estudiar cómo está hecho— y la escritura en todo momento se va alimentando de las lecturas”. De esas premisas parte el libro de poemas Amalgama / Conflations (Ediciones Antílope), en el que Myers revela “la maravilla de recordar la vertiginosa simultaneidad de nuestras vidas” y permite “atisbar toda la vulnerabilidad que ahí está”. Resulta una suma de experiencias vitales. El segundo volumen de la colección de poesía “Alberca vacía” es también el primer libro bilingüe de la casa editorial.1 En esta conversación, la autora ahonda en su proceso creativo.



Alejandro García Abreu: “Una vez, escuché caer un vaso, que se quebró / mientras el saxofonista sostenía una nota grave y dulce por tanto tiempo / que me quedé esperando que volviera a respirar / o que se le parara el corazón,” escribiste en “Las carreras”. ¿Cómo contrastas la imagen del músico que persevera con el brío que implica la literatura?



Robin Myers: Para mí, todo arte tiene que ver con estirar, alargar, descelerar, detenerse. Vivimos el brío cuando podemos quedarnos quietos, aunque sea por un instante, adentro de él. Tanto la música como la literatura son capaces de exponer y celebrar esa tensión: la música, posibilitada y limitada por el hecho de intentarlo sin palabras; la literatura, posibilitada y limitada por el hecho de intentarlo con ellas. A mí me parece que las experiencias de escribir y de leer tienen todo que ver con la repetición: con la oportunidad de corregir y cambiar mientras escribes, o la oportunidad de volver a leer algo que lees. Por otra parte, la música es todavía más fugaz por ser algo más corpóreo. El músico no sólo persevera, sino que su cuerpo genera algo ante lo cual él mismo, y en ese mismo momento, responde. Escuchar al saxofonista del poema mientras sostiene una sola nota más allá de lo que parece posible es gozar de esa suspensión, habitarla un rato; es sentir algo estirarse en el pecho propio; es compartir el alargamiento de un instante que, tarde o temprano, se tendrá que terminar.



AGA: La mirada atenta es una de las características de Amalgama. ¿De qué manera concibes el arte de la contemplación?



RM: Contemplar algo es una manera de involucrarse en él. Una manera pasiva, muchos dirán. Tal vez sí. Pero yo creo que la cuidadosa observación de lo que nos rodea, incluso lo que está más feo o doloroso o cruel o sinsentido de lo que nos rodea, representa siempre una oportunidad de hacer contacto. (Hacer contacto es lo único que quiero, en el fondo, al escribir.) También nos da la oportunidad de reconocer todas las realidades simultáneas que son verdaderas al mismo tiempo, aunque aparenten oponerse.



AGA: Un elemento constante es el agua.



RM: Es curioso: toda la vida he tenido relativamente poco contacto con el agua, me empiezo a fastidiar después de un par de días en la playa, soy vergonzosamente miedosa como nadadora, etcétera. Pero a pesar de eso, o a lo mejor en parte por ello, me parece fascinante el agua, la relación entre los humanos y el agua. ¿Cómo es que la vista del mar a veces nos puede hacer sentir la tranquilidad más honda y a veces un absoluto terror existencial? El océano, o incluso un río o un lago, parece ser hecho de una sola cosa, parece ser una sola cosa, pero es un universo, mundos entre mundos; es el espacio. Siempre me llama la atención lo que se siente en la atmósfera de un pueblo o ciudad a la orilla del mar o de algún lago grande —porque se siente algo, ¿no?—. El agua ahí ejerce un magnetismo muy particular. Y la ausencia o la lejanía o la privación del agua, también.



AGA: Cito versos de Amalgama: “Esto es alguien que toca a Brahms bajo las escaleras” y “un chelista solitario / munido de su arco hace que los armónicos / graves retumben por la cueva”. Y previamente mencioné al saxofonista. ¿Cómo relacionas la música con la poesía?



RM: Hay mucho que se puede decir sobre los recursos que comparten, como la dependencia vital del ritmo y de la textura sonora, o sobre el hecho de que la poesía empezó (y en muchos sentidos sigue siendo) una tradición oral. La verdad es que no confió tanto en mi propia capacidad de decir nada ni nuevo ni particularmente interesante al respecto. Siento que están relacionadas como un río y un lago están relacionados, pero no me importa cuál es cuál. Por otra parte, confieso que siento una reverencia hacia la música que casi ninguna otra cosa me provoca. Es raro. En el fondo estoy convencida de que es lo mejor que tenemos como seres humanos, la máxima expresión de lo que ha logrado nuestra absurda especie. El arte más generoso, más abierto hacia todo lo demás.



AGA: “Antelmo a su hija, Norma (1991-2009)” es un poema desolador. ¿Cuál es el vínculo entre pérdida y escritura?



RM: Me daría gusto no creer esto, y tal vez algún día lo logre, pero por lo general me parece más fácil escribir de cosas que ya no están. Si uno pierde algo, lo que va aprendiendo, midiendo, pesando, es la forma que tiene ahora ese algo —no la forma que antes tenía, porque eso inmediatamente se modifica en la memoria—. Hay más claridad en observar el efecto de la pérdida en uno que definir exactamente lo que se perdió, aunque la primera muchas veces esclarece la segunda: nos ayuda a ver otros matices de lo “tenido”, aspectos que, por costumbre o por culpa o por nostalgia preventiva o por cualquier otro motivo, no habíamos podido vislumbrar en el momento. Y es difícil hablarlo de manera que no me suene cliché, pues toda escritura es inevitablemente una suerte de aproximación, una traducción tentativa de lo que aspiras transmitir a lo que terminas diciendo. Así son las palabras: aproximaciones. Ni modo. Se podría decir, entonces, que ahí existe siempre una pérdida, un haber-perdido-algo-antes-de-empezar. Pero me empieza a parecer divertido justamente eso, ¿sabes? Me hace recordar que siempre hay más, y que partimos precisamente de esa tensión entre lo que anhelamos hacer y lo que tememos perder.



AGA: En el poema “Amalgama” hay un cuestionamiento: “Todos dicen que el mundo ya está roto, / pero ¿no está más bien / entero pero siempre al borde de romperse?”. ¿Qué significado le das al concepto de ruptura?



RM: La ruptura, o más bien la amenaza de la ruptura, es el caos incipiente, el sufrimiento latente, la fragilidad incesante que define el mundo en que vivimos y nuestro modo de habitarlo. Es el asombro, entre admiración y horror, ante la multiplicidad inabarcable que nos rodea. El otro día me tocó estar en Metro Tacubaya a hora pico, y mientras todos nos arrastrábamos los pies, un río rebosante de gente avanzando por el pasillo, todos tan apretados que hubiera sido físicamente imposible cambiar de sentido o salir de la fila si a uno le diera infarto —ni hablar de acelerar el paso—, lo empecé a pensar: ¡qué frágil es todo esto!, qué fácil sería que algo terrible pasara en este momento, que alguien se desmayara o que un niño se separara de su mamá o que alguien se asustara y así les asustara a los demás, y ¡pum!, caos; y, por otra parte, más allá de ese tipo de paranoias, qué increíble que en este momento, en esta gran improbabilidad de urbe, seamos no solamente tantas personas sino tantas vidastodas juntas, cada una con sus dichas y sus dolores, sus rencores y sus resignaciones; qué increíble también que al final vivamos dando y recibiendo una confianza tan honda y tan básica que muchas veces ni lo pensamos ni expresamos, un reflejo: el hecho de que, simplemente, estamos caminando todos juntos por un pasillo bajo la tierra, juntos, yendo hacia el mismo lado, rumbo a casa. Ahí está la médula para mí: la maravilla de recordar la vertiginosa simultaneidad de nuestras vidas y atisbar toda la vulnerabilidad que ahí está, todas las cosas que se podrían quebrarse o derramarse en un instante y sin embargo no lo hacen.



AGA: “El retorno” encierra la insinuación de un regreso. ¿Anhelas el retorno de algo o alguien cuando escribes?



RM: Antes, o al menos antes más que ahora, escribía en parte desde un deseo feroz de no olvidar. De sentir que si recordaba algo, iba a poder comprenderlo, y si lo comprendía, pues de algún modo iba a poder “tenerlo”, retenerlo: sería “mío” de verdad. Ya no creo ni que eso es posible ni tan deseable ni tan relevante como antes. Pero sí: más que anhelar el retorno de algo o alguien, anhelaba simplemente poder mantener un contacto consciente, deliberado, con lo que recordaba, aunque no volviera.



AGA: Y en “Elegía” se lee: “Obtenida, entregada, perdida, tú, la vida perdida, / sigues perdida, sigues durmiendo, tibia todavía / contra mis vértebras y me tocas aún / todos las zonas que todavía no alcanzo”.



RM: Hace unos años tuve lo más parecido a una revelación de lo que me ha tocado, por más ridículo que suene llamarle así. (Como muchas pseudo-revelaciones, sucedió en un momento totalmente banal, en una fiesta en la que no quería estar, mientras veía a la gente esperar con forzada paciencia para poner rolas en YouTube.) En fin, empecé a entender que no iba a salir de mis duelos ni “superándolos” ni tratando de dominarlos con la memoria, sino que tenía que permitirme olvidar incluso aquellas cosas que más me importaban. Intuí que, al supuestamente olvidarlas, más bien se iban a ir disolviendo en mí, diluyéndose en la sangre. Y así me a iban a seguir nutriendo, informando. Había algo enormemente liberador en eso. Escribí “Elegía” anticipando un poco esa idea, pero sin sentir confianza todavía en su consuelo.



AGA: En un par de poemas —“Las carreras” y “Puesto de control de Belén”— se atisba la muerte. ¿Cuál es el origen de la aproximación?



RM: Yo todavía no logro abordar el tema de la muerte de manera que no sea atisbarla simplemente. Hace poco me preguntaste por la mirada atenta; aquí diría que respecto a la muerte tengo todavía la mirada distraída, nerviosa. Que se siente su presencia por todos lados, sí: la muerte violenta y no violenta, la muerte abrupta y como la simple culminación del paso del tiempo, la enfermedad, el accidente, el suicidio, la guerra. Busco registrar cada vez más su presencia, aunque sea fragmentariamente, y aunque sea con algo de distancia. Sospecho que seguiré con esa distancia hasta que ya no pueda. Lo que sí, pensándolo bien, es que me siento mucho más aterrizada abordando el concepto de la muerte de las cosas: no me refiero a los objetos, sino a otros elementos de la vida, ciertas etapas, ciertas experiencias, ciertas relaciones, ciertas esperanzas o urgencias o convicciones que viven su vida en nosotros y luego se mueren. Las pérdidas, otra vez, que marcan nuestro paso en el mundo y hacen que el mundo nos marque.



AGA: Jerusalén y Belén son dos alusiones en Amalgama. Viviste un tiempo en Palestina. ¿Qué te condujo a referirte a las dos ciudades?



RM: Son los dos lugares donde viví durante el año y cacho que estuve en Palestina, justo después de terminar la carrera universitaria. Ambos me impactaron mucho, cada uno a su manera. Belén tiene la escala de pueblo, pequeño, de ritmo más mesurado; Jerusalén, una ciudad grande, fragmentaria, intensísima, es otra cosa; los dos lugares, con una distancia minimísima entre ellos, están separados ahora por la barrera que construyó Israel, entonces la mayoría de la gente que vive en Belén no puede ir a Jerusalén, y los demás tienen que pasar por un opresivo sistema de permisos, controles militares, interrogaciones, etc. Para mí, mucho del impacto ciertamente tenía que con ver la arrasadora realidad política, omnipresente y espesa en el aire —una realidad que definía la vida cotidiana de mis amigos y vecinos palestinos—. Pero otra parte era simplemente el hecho de ir asimilando todo eso al mismo tiempo que iba practicando las primeras pequeñas intimidades de la vida adulta. Vivir en pareja, comprar jitomates en el mercado, aprender a decir “jitomates” en otro idioma, cosas así. Estaba todo revuelto. Siempre está todo revuelto, pues. Era abrumador, doloroso, exhilarante. Tanto Belén como Jerusalén tienen todo que ver con eso para mí.



AGA: Los poemas fueron escritos en diversas etapas. Amalgama contiene varios de los poemas incluidos en Lo demás —tu primer libro, traducido por Ezequiel Zaidenwerg y publicado en España por Kriller71 y en Argentina por Zindo & Gafuri— y otros que escribiste recientemente. ¿Cómo fue el proceso de selección de los poemas que integran Amalgama y qué determinó la estructura?



RM: Llevo ya varios años trabajando en un manuscrito de poemas en inglés, que sigue inédito en ese idioma, y que está dividido en tres secciones distintas, la segunda de las cuales está construida de los poemas relacionados con Palestina. Dos de los traductores de Amalgama, Ezequiel Zaidenwerg (a partir del 2009) y José Luis Rico (unos años después), me ayudaron de manera indispensable en varios momentos para tallerear los poemas y darle una estructura más sólida al libro entero. En paralelo a esas conversaciones continuas, ambos terminaron traduciendo poemas del libro. Más tarde, otros amigos traductores —Óscar de Pablo, Jesús Carmona-Robles e Isabel Zapata— también tradujeron otros poemas por su cuenta, cosa que sigo sintiendo como un gran regalo. En fin, ya en conversación con Isabel y los demás editores de Antílope, decidimos trabajar con los poemas que ya estaban traducidos: es decir, para que Amalgama contuviera varios de los poemas de mi manuscrito original además de algunos otros, más nuevos, que en ese libro no aparecen. Luego buscamos darle una estructura más aerodinámica, digamos, por la extensión relativamente más corta de Amalgama; de ahí la decisión que los poemas aparecieran de corrido, sin dividirlos en secciones. Nunca se movieron ni el primer poema, “Lo demás”, ni el último, “Luz”. Por lo demás, experimentamos unas veces con el orden para que los poemas largos y más narrativamente pesados estuvieran distribuidos de modo más equilibrado a lo largo del libro. Como bien dices, ya salió en España y en Argentina una versión bilingüe de ese manuscrito original que tengo en inglés. Pero como tanto el libro que llegó a ser Lo demás como Amalgama vienen, de alguna forma u otra, de ese manuscrito, y como los procesos editoriales fueron más o menos simultáneos, la verdad es que veo Amalgama como mi primer libro también.



AGA: Pienso en tu labor como traductora y en tu propia poesía. Recuerdo lo que el historiador rumano Alejandro Cioranescu afirmó sobre la traducción y la escritura: “el traductor debe ser, antes que todo, escritor nato”. Las dos vías confluyen en tu trabajo. ¿De qué manera convergen la escritura y la traducción?



RM: Se nutren entre sí, sin duda. La traducción es sobre todo una lectura intimísima —una manera de habitar un texto y desde dentro estudiar cómo está hecho— y la escritura en todo momento se va alimentando de las lecturas. De los registros, lenguajes, contextos que nos enseñan otras obras escritas en otros lados y en otros tiempos. Yo casi nunca he sentido que empiece a imitar directamente a un escritor que yo esté traduciendo, pero sí sé que al escribir empiezo a hacer uso de ciertos recursos que he ejercido al traducir. Por ejemplo, si estoy traduciendo un poema medido, es decir, con una métrica específica, luego me doy cuenta de que mis propios versos se agarran de ese ritmo y tengo que esforzarme para romper el hábito (“¡No más endecasílabos!”), si es que lo quiero romper. De una manera más amorfa, desde hace poco me empieza a pasar algo muy extraño. Estoy escribiendo una serie de poemas en voz de una especie de personaje, un anciano que nunca se nombra en un lugar que tampoco se nombra, y al escribir en esta “voz” a veces me siento… como si estuviera traduciendo. Como si algo se doblara en medio. No es para hacerle sonar más místico de lo que es. Pero sí me pregunto si me pasaría eso si yo no ejerciera la traducción como oficio: si no me hubiera acostumbrado a la sensación de hablar con una voz que es mía y no es mía al mismo tiempo.



AGA: En el texto “Bailar a lo largo de la línea amarilla” afirmaste que el primer poeta con el que sentiste una conexión al traducirlo fue Federico García Lorca, luego Gonzalo Rojas. Cuando llegaste a Luis Cernuda ya te estabas obsesionando. Y habías empezado a sospechar que respetar algún patrón formal, estructural, te podía resultar liberador en lugar de asfixiante. Concluyes con una pregunta: “(¿Y a poco no toda comunicación escrita —toda comunicación, diría yo— es un baile torpe con otro cuerpo que nunca alcanzaremos a abrazar?)”. ¿Cómo es la ejecución de ese “baile torpe”?



RM: Primero que nada, pues bailo mal; hay que decirlo. Pero cuando sabes que bailas mal y sin embargo intentas hacerlo de vez en cuando, lo que haces para compensar es escuchar la música con mucha atención antes de salir a la pista, es observar los pies y los cuerpos y los gestos de los otros que ya están bailando, es responder lo que te pueda decir el cuerpo de ese otro que te invita a acompañarlo y que te acompaña en el intento. La comunicación es eso para mí. Escuchar, sobre todo. Al otro y a ti mismo. Y luego intentar responder con toda la honestidad que te sea posible. (Y con algo de dignidad, si se puede. Pero también saber reírte si te tropiezas.)



AGA: En la conversación que sostuviste con Tedi López Mills titulada “Movimiento de traslación” afirmaste que querías habitar el inglés y el español. Y querías entender lo que pasaba en la traducción para hacer que se sintiera tan distinto habitar cada uno por separado. Recuerdo que la casa significa el ser interior, según Gaston Bachelard. Bajo esa premisa, ¿cuáles son las diferencias entre las formas de habitar ambos idiomas?



RM: La distinción tiene mucho que ver con una cuestión de densidad y expansión. Por una parte, el español está esparcido de esos verbos maravillosos, compactos, que se despliegan en un instante y expresan cosas que se tomarían una frase entera en inglés: desvelarse, por ejemplo. Encebollar. Pero luego están esas frases verbales que son directas e indirectas al mismo tiempo, con flechitas de intención que se doblan en el aire, mezclando acto con actor con acción: Se me cayó la pluma. ¿Qué onda con eso? El español es literalmente más reflexivo de lo que el inglés es capaz. Al hablarlo, todavía siento que me doy más vueltas, rodeo y rodeo, recurro a más cláusulas, mis chistes tienen menos filo. ¿Será eso por cómo percibo yo la “casa” del español? ¿O será simplemente la manifestación de unas compensaciones tonales, un efecto secundario de vivir en un segundo idioma, uno en el que me siento muy cómoda pero nunca igual? Quién sabe. Ambas cosas, supongo. Siento que el inglés tiene una textura más volátil, más puntiaguda, con una plasticidad que amo cada vez más, aunque no pueda amar mucho de lo que el idioma haya llegado a representar o los intereses que haya ayudado a servir en el mundo. Silt. Plaintive. Needling.En inglés me siento un poco más directa, un poco más sarcástica. (Otra vez: ¿es el idioma que me genera ese efecto? ¿O es por haberlo hablado primero y siempre?) Lo que sí siento como una gran diferencia al habitarlos es el tema del acento. Mi español, aunque sea todavía y tal vez para siempre con una inflexión gringa, es un español chilango. Pero ya no sé si mi inglés remite a alguna zona en particular. En el gabacho me han preguntado de dónde soy.



AGA: ¿Colaboraste directamente con los cinco traductores al español de los poemas incluidos en Amalgama?



RM: Estuve en contacto directo con todos, con algunos durante un tiempo largo de colaboración y comunicación y con otros de manera más puntual. Digo “colaborar” simplemente en el sentido de que había una conversación, porque cada traductor hizo por su parte lo que implica toda la labor de la traducción en sí, y yo llegué hasta final como una lectora que comenta unas cosas y ya. En todos los casos, los traductores trabajaban en una primera versión, me la enseñaron, la platicamos, y ellos luego le hicieron ajustes para armar una versión final. Me siento inmensamente agradecida con cada uno de los cinco, todos escritores que admiro y traductores de lujo y también personas que quiero mucho como personas.



AGA: Tú también has traducido a tus traductores. Se han adentrado mutuamente en sus textos. ¿Cómo puntualizas esa reciprocidad?



RM: De hecho, he traducido a sólo dos de los cinco traductores representados en Amalgama (a Ezequiel y a José Luis). Admiro mucho a los otros tres y me encantaría traducirlos a ellos también. En el caso de Ezequiel y de José Luis, yo he vivido esa reciprocidad como una gran conversación, como una manifestación tangible y continuo de respeto y de curiosidad.



AGA: ¿Quiénes son tus autores predilectos?



RM: En inglés, para hablar nada más de poetas, vuelvo una y otra vez a Emily Dickinson, Wallace Stevens, Derek Walcott, Robert Creeley, George Oppen, Louise Glück, Galway Kinnell, Robert Hass. Estoy últimamente muy clavada con Jericho Brown, un poeta muy joven, y con Stephen Dunn, no tan joven pero de descubrimiento reciente para mí. En español, dos que me vuelan la cabeza desde que los empecé a leer son Vallejo y Viel Temperley. Más recientemente he estado fascinada también con el trabajo del poeta peruano Rafael Espinosa.



AGA: ¿Cómo es tu proceso creativo?



RM: Lento. Lo que muchas veces ha sido un fuente de inseguridad para mí —el hecho de escribir lento y poco y de haber publicado realmente muy poco— es algo que cada vez más siento la necesidad de afirmar. No porque sea la manera adecuada de hacer las cosas, sino porque tal vez sea mi manera de hacerlas, al menos por ahora. Por lo general, empiezo fijándome en una frase o una imagen, algo que se me queda en la cabeza como un cacho de canción, y ando por la vida pensándola, volteándola, dejándola ser y cambiar, durante días, semanas, hasta más. Para el momento en que me sienta lista para sentarme a escribir algo, típicamente me sale el borrador de un tirón. Escribo esa primera versión a mano y luego la transcribo en la computadora. De ahí le voy modificando, agregando cosas y quitando otras, y todo eso también prefiero hacer a mano, al menos al principio, copiando el poema una vez tras otra. Me gusta sentir esa lentitud; me gusta tener que irme yo más lento para ir sintiendo cómo el poema mismo vaya cambiando. Últimamente me gusta pegarlos en la pared para ver cómo se interactúen entre sí y con el espacio, para poder leerlos y cambiarles cosas con toda espontaneidad, y para convivir con ellos. Verlos todos los días, como cualquier otra cosa.


Entrevista de Alejandro García Abreu, ensayista y editor.
Fuente: https://cultura.nexos.com.mx/?p=11866

diciembre 02, 2017

Robin Myers


Exceso




Hay un mercado acá que vende todo:

delineador, papayas, rosarios, carne cruda,
plantas en sus macetas junto a otras
retorcidas en ramos.
No sé muy bien cómo lo toleramos.
Hace ya varios años, vi una puesta de sol que duró horas;
o eso me pareció:
el resto de mi cuerpo acompañó a mis ojos
a mirar desde el techo
como si hubiera sido la primera
vez. Más tarde, en camión por las montañas, todos
los que subían en cierta parada
trataban con apremio de venderte algo, casi siempre cebollas.
Ayer me desperté con una angustia
clavada al corazón igual que una mordida sobre un hombro,
y a la mañana fui al mercado
y compré una canasta para el pan.
Me parece que esto es lo que busca la memoria:
no en sí la permanencia,
sino una relevancia
permanente.
Lo dispar todo junto
y luego una canasta para el pan.



Exceso
"Robin Myers (Nueva York, 1987) reside actualmente en la ciudad de México, donde trabaja como traductora freelance y escribe poesía. Sus poemas se han publicado en Letras Libres, Revista Metrópolis, Ventizca, y F Cultura Escrita. Ha traducido a diversos escritores del español al inglés; entre ellos se encuentran los poetas Antonio Gamoneda, Mirta Rosenberg, Eduardo Espina, Alejandro Albarrán, Alejandro Tarrab, Ezequiel Zaidenwerg, Daniel Saldaña y Alejandro Crotto, y los narradores Verónica Gerber, Israel Centeno, Álvaro Bisama e Iris García Cuevas."