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mayo 30, 2026

10 poetas españoles contemporáneos

Pintura de tres mujeres vestidas de negro enfrentadas

Esta es una recopilación absolutamente arbitraria de poetas españoles en mi blog. Algunos de mis poemas preferidos, lo mínimo para destacar. El resto lo encontrarán en esta dirección: El poeta ocasional | Poesía contemporánea

Joan Margarit: Retirada    


No conocía este placer
de obediencia a una ley.
Me quedo aquí, adonde la vida me ha traído.
Recorro la ciudad y me siento extranjero.
No comprendo a los amigos que se han hecho tan viejos como yo
y ya no sé de qué conversar con ellos.
Cada nueva pareja de mis hijos me resulta más extraña.
No recordaba haber deseado
con tanta urgencia la soledad.
Son señales. El animal las conoce y las obedece.
Cuesta mucho encontrar un zorro muerto,
un jabalí muerto. Antes se esconden.



Pedro Alcarria: Un paseo por el Louvre     


Es el error fatal de abrigar esperanzas: 
 
Siempre que voy al Louvre a iluminarme 
me asalta un ataque de furor. 
 
No perdono la belleza 
que es como una perra cariñosa 
saltando de alegría a mi lado. 
Y querría apalearla hasta la muerte,
por un repugnante juego de la inteligencia,
por el trino ambicioso de mi corazón.
Y me pongo a contar fábulas idiotas,
de las que no tengo fotos ni pruebas.
Todo para que el asno ascienda.
A menudo me arrepiento,
-sala tras sala del Louvre
de este arranque atrabiliario,
de esta flor de mi crimen,
de estos estúpidos augurios.
Maldiciendo por los pasillos del museo,
enfermo de esperanza.



Ángeles Mora: Casablanca

                 As time goes by...

Entre todos los bares de este mundo
he venido a este bar para encontrarte,
furtiva como siempre,
para rozar la piel de tus esquinas.
Y cómo me hace daño tu cansancio
-ya sabes que mañana es cada lunes-
esa vieja, tristísima, memoria
de buscarle sentido a algo que bulle
como se abre una flor,
así, de golpe.
Manías de la ausencia y tus nostalgias.
Te noto tan cansado...
Quiero dormir contigo. Busca sólo
un poco más de sueño y de tabaco.
Quiero morir contigo.
¿Por qué no me prometes un cumpleaños más?
Las arrugas ahí sí que son cosas serias
o el paso de los días,
con mis pechos que bajan a acariciar tus manos.
Y luego cuando un labio nos elude
en la piel de las ingles, ay, no muerdas,
y nos brinca por dentro...
                                          Pero ahora llega el tren
como un viejo caballo del National
qué diestro en los obstáculos,
qué sucia su taberna,
qué mediodía oscuro al despedirte.
Te veo tan delgado
con tus causas perdidas,
tus canas en la llama de la copa,
mi amargo luchador, .
sonriendo lentamente, como si te murieras.
Como al decirme adiós.


Antonio M. Figueras: La vida por delante    


Mi perro
es un cachorro
incapaz de intuir
que no ha venido
para llevarse la vida
por delante.
Parece feliz,
ajeno a la necesidad
de tomar partido
en lo que sucede
en la plaza Maidan
o en Tahrir
o en el penúltimo desahucio.
Mi perro
ha destrozado
las muñecas rusas
que traje de Moscú.
Da la impresión
de que no le ha extrañado
que al final del misterio,
tras la última matrioshka,
no hubiera
nada.



Concha García: Yo te quise



No hay por qué reencontrarse. Yo te quise. 
Estoy en un jardín. Hay tres magnolios 
y césped. Es un diminuto paisaje que emula 
la naturaleza. Vivo en una casa pareada 
el balcón da a la calle, el dormitorio 
a una laguna de sueños que ya tuve. 
Cuando me reclino para hacer la cama 
de la sábana brotan nidos de aconteceres 
que recuerdo. En la cocina, las tazas 
brillan cuando el sol se va a ocultar 
y el olor de los magnolios impregna 
los cubiertos. 
Yo te quise. Desordeno los papeles
que me desnudan, porque no tengo nada
para cubrir la cuota de alquiler. Yo
te quise.



Francisca Aguirre: Desmesura

                                                                      A Javier Statié

Dijo que no. Y el Tiempo se quedó sin tiempo.
Luego, la vida hizo una pausa
y todo pareció recomponerse
como esos acertijos infantiles
en los que sólo falta una palabra,
una palabra necesaria y rara.
Pero dijo que no. Cerró los labios
y escuchó el gorgoteo de las sílabas
luchando por vivir a la intemperie.
Dijo que no. Y el tiempo oyó el silencio.
Luego, la vida hizo una pausa.
Y todo fue distinto: el dolor fue
más cauto, más sensato,
la lujuria lloró en su madriguera.
Y el tiempo inauguró sus máscaras:
hubo un pequeño espanto en los rincones,
temblaron los espejos agobiados
defendiendo impotentes el azogue.
Los pájaros callaron esa tarde
y la luna brilló blanca y sin manchas.
Ardió la noche como vieja tea
con la absurda avaricia de la muerte,
con su luto distante y pegajoso,
y un rencor resabiado y carcomido
descargó como lluvia en el desierto.
Entonces, sólo entonces,
oyó a su corazón ladrando
y se volvió despacio a los espejos
y los vio tiritar con mucho frío
y pedir compasión desde su escarcha.
Y no supo qué hacer con tanta desmesura:
cerró los labios y escuchó al silencio.



Raquel Lanseros:En ocasión de todos los finales


Yo nunca resistí las despedidas
con su mezcla de muerte y precipicio
con el aroma amargo de la finitud
empalagando el ánimo
con esa luz de hielo matutino
que penetra debajo de los párpados.
Yo nunca resistí las despedidas
pero no sé por qué.
Me lo pregunto porque no ha supuesto
una sorpresa súbita casi ninguna de ellas.
He solido saber
con esa exactitud de los relojes
el lugar, el momento
la documentación y el escenario
en que sobrevinieron.
No hay engaño. El jueves diecinueve
era un jueves sin ti. Estaba escrito
mucho antes que las lágrimas
anunciasen el fin
y todo fin es único.
Las despedidas son como el otoño
inevitables pérdidas
vienen puntuales con aviso previo.
Nadie puede acusar de su tristeza
a la pequeña hoja tiritando dormida
en medio del camino.
De repente esa hoja me recuerda
los hoteles pintados de naranja.
Son dos cosas que llegan de otra época
igual que llega la bruma de noviembre.
Traen una carga de nostalgia limpia
sin traición ni sorpresa.
Y sin embargo el alma
no logra acostumbrarse en una vida.
Yo nunca resistí las despedidas
porque en cada una de ellas se marchita la voz
de todas las personas que yo he sido
y ya no puedo ser.


Adolfo García Ortega: Los vasos de Morandi 


He ahí la astucia de las formas 
y el secreto privado de los colores; 
he ahí una medida para el mundo, 
a veces pura, a veces sórdida, 
siempre ligeramente manchada 
como una gota de pintura blanca 
resbalando por un pincel usado;
sabiduría y zozobra están ahí,
dentro del apacible vidrio
de esos vasos vacíos y en calma. Pero
también están en su interior todos los
días de una vida cualquiera; los 
enormes, los esplendorosos
hechos de una biografía anónima y común.
A mi entender, eso pintó Morandi:
la vida entera, sucia y general.  



Jordi Doce: Desierto de los Monegros


El coche en sombra bajo el tendejón
y flecos de maleza parda junto a las ruedas.
El sol de mediodía percute en el asfalto
y siembra el arenal de transparencias.
Dos muros desdentados,
una señal de tráfico,
restos de chapa y neumáticos rotos
son cuanto evoca
el tiempo de los hombres, su transcurso.
La botella de agua y tus gafas veladas.
Estar de paso es de repente
este paisaje alucinado,
esta incredulidad de diez minutos
que es otro modo de distancia
y convierte la vida en memoria precoz.
Dejas caer el agua por tu frente
y el pelo se te encrespa, más oscuro.
Has vuelto a abrir los ojos
y una sonrisa rompe el maleficio,
este breve paréntesis de insidia
que tiembla con el aire, como humo.
La mueca de tu alivio es una calma
y sé reconocer su contundencia.
Veloz hacia un destino
que nos llama sin conocernos,
el coche arranca y deja surcos en el arcén.
Queda sólo esta luz,
la aguja fiel de agosto
que horada cuanto toca,
más allá de nosotros.



Isabel Bono: Salir a la calle

SALIR a la calle
sin otro trabajo
que vagar sin objetivo
entretener el miedo
se convierte en superstición
nos dirán qué hacer
tú y yo parados
en el centro de la muchedumbre
uno piensa en una flecha
de alguna manera
el dolor desaparece
como la luz menguante
de los charcos


Imagen: Teresa Carneiro

mayo 23, 2026

Santiago Sylvester | La cantera (Notas del Tiempo)

describir esta imagen:

Manuel Mujica Lainez por Madrid, siempre teatral e ingenioso. Hace muchos años almorzamos en Salta. En el almuerzo me preguntó si yo pensaba volver a Salta a vivir; era mi época de estudiante en Buenos Aires; y yo entendí (con razón) que en su pregunta había una crítica: consideraba que Salta (y todas las ciudades del país, salvo Buenos Aires) era un pueblón sin mucha gracia. Le contesté con un poema chino: “un pueblo de hombres simples y mujeres sencillas, y pienso que cualquiera de ellos es mejor que yo”. Se sintió tocado, se revolvió como un pájaro que da un picotazo, y señalando hacia fuera por la ventana dijo: “¡Por supuesto, cualquiera de estos es mejor que yo, en el peor sentido de la palabra!” A Mujica no se le puede ganar con chicanas.

La anécdota anterior unida a otra de mucho después. El motivo que me había dado Mujica para llamarme en Salta fue que él tenía una novela cuyo personaje es un poeta de apellido Sansilvestre; huye a Londres y lo modifica por Sylvester. Yo no había leído entonces Los ídolos (cuyo protagonista, más que poeta, es un sospechoso de impostor); pero muchos años después el azar hizo que la editorial Cátedra, de Madrid, le encargara a Leonor, mi mujer, la edición crítica de ese libro.


El conocimiento tiene complejidad; es comprensible que el artista, al exponer su resultado, no facilite la tarea. Hubiera sido absurdo que Picasso, cuando pintó Las señoritas de Avignon, hubiera llenado el cuadro de carteles aclaratorios. El tiempo se encarga de aclarar intenciones y resultados. Pero cuidado: si los aclara demasiado les quita interés. La lectura de los clásicos (Quevedo, San Juan de la Cruz) es posible para cada nueva generación porque siempre quedan zonas en la penumbra, algo sin aclarar. Lo contrario ocurre con algunos versificadores, incluso buenos: el tiempo aclaró demasiado, y perdieron alarma por exceso de iluminación.

El consejo de Eugenio D´Ors, oscurezca (lo contrario de lo que diría un retórico: aclare), es un buen consejo, pero tampoco resuelve el problema; el tiempo también se encargó de demostrar que en muchas obras sólo había falsa oscuridad


Calderón y Shakespeare a raíz de una conversación.

Calderón, buen poeta y excelente dramaturgo: tiene ritmo teatral y sentido del desenlace. Fue un dramaturgo moral, didáctico sobre dónde están el bien, el mal, la salvación, etc. España era el país de la Contrarreforma, y Calderón estaba obligado (tampoco hay pruebas de que quisiera hacer lo contrario) a ensalzar una creencia y una ideología: su obra está presidida por la idea de que todo poder viene de Dios.

Shakespeare vivía en un país convulso y permisivo; es un poeta-dramaturgo laico. Dios no aparece en sus obras, salvo como exclamación (¡oh Dios!); nunca se apela a la autoridad divina para resolver conflictos humanos. El poder está tratado críticamente: reyes y autoridades son (pueden ser) locos, asesinos, dudantes o tortuosos; algo que no podría haber hecho Calderón. Ningún personaje de Calderón podría haber dicho “la vida es un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia”, a menos que, inmediatamente, lo refutara y probara que la vida tiene un sentido trascendente.

Época y sitio condicionan la obra de uno y otro: se los lee con agrado, pero a uno hay que situarlo en la historia, mientras que el otro pregunta con nuestras preguntas y a veces responde con nuestras respuestas.


Hay escritores, y hay gente que escribe. La diferencia es tajante, no sólo de calidad, sino de algo previo: la escritura como destino.


 Un poeta reclamaba para la poesía actual el poder de escándalo de Las flores del mal. El problema, sin embargo, no está en la poesía actual sino en la sociedad actual: no se escandaliza por nada, y menos por una expresión artística. En la época de Baudelaire, la clase dominante era una burguesía ilustrada a la que se podía molestar con un libro de poemas, con una ópera o una obra de teatro (ejemplo, “la batalla de Hernani”). Hoy eso es imposible, ni la burguesía ni ninguna otra clase se entera hoy de las modificaciones artísticas, ni le interesa en general el arte: menos aún el actual. Al poder de escándalo le falta contradictor, y no se puede jugar a la paleta sin frontón que devuelva la pelota. Vivimos la consecuencia del derrumbe del frontón. En la época de Baudelaire el frontón era poderoso: le hicieron un proceso judicial por su libro; la situación de hoy no admite ni siquiera imaginar la censura de aquella época, por lo que el arte tendrá que buscar otras intenciones. El arte de escándalo reclama un censor, y de eso ya no hay, afortunadamente, porque tampoco reclamemos lo que no estamos dispuestos a aguantar.

Por otra parte, hay mucho artista (incluso bueno) que elabora su arte de ruptura asistido por una beca o ayuda similar. No tengo objeciones a eso, pero hay que reconocer que esa situación le ha mojado la pólvora: su poder de escándalo queda reducido al estar “autorizado” a decir cosas terribles. Un crítico alemán usa esta fórmula: “a la subversión por la subvención”; es decir, el hecho de ser pagado para provocar: una ferocidad de boutique. 

Una anécdota que le oí a Roberto Tálice, con quien durante un tiempo fuimos vecinos en Buenos Aires. Tálice había sido amigo de Carlos de la Púa, poeta del lunfardo, y contaba que, con cierta jactancia, de la Púa se declaraba ateo cada vez que podía. Un día de la Púa se enfermó de verdad, enfermedad que lo llevó a la tumba, y Tálice fue a visitarlo al sanatorio. Al entrar a la habitación, se cruzó con un cura que salía; por supuesto, Tálice no dijo nada, pero de la Púa se sintió como pillado en una falta, y atinó a decirle en el mejor estilo tanguero: —Y bueno, flaco, tirarse un lance no cuesta nada.

“No hay persona más insoportable que una celebridad de provincia”, Chejov.


De: "La cantera (Notas del Tiempo)", Ediciones Barnacle, 2026
Poemas de SANTIAGO SYLVESTER, aquí
Imagen en literaturaargentinaunsa

mayo 14, 2026

Joaquín Giannuzzi | Un foco de energía estallando hacia la gracia

El galgo    




Vi la carrera de un galgo filmada en cámara lenta. 
Era como soñarlo. El mecanismo del movimiento 
diseñaba una coreografía 
de ondulantes miembros articulados 
para mínimos puntos de apoyo. Blanca 
la estirada estructura moteada, sobre finas columnas 
que extendían tensiones dilatadas 
hasta límites regidos 
por una pulsación aérea de velocidad. 
Un foco de energía estallando hacia la gracia 
de un orden sano bajo el sol, 
mientras hacia atrás corrían 
confusamente, nubes, árboles y vientos.
Y yo sentado
aplastado al planeta con excesiva grasa
y mi torpe universo dislocado.
Equivocado y discontinuo,
una distorsión oscura
que jadeaba ante el galgo, su decisiva claridad.



Otros poemas de JOAQUÍN O. GIANNUZZI, aquí
Fuente: Correo de Ezequiel Zaidenwerg

mayo 01, 2026

Pablo Caramelo | La ausencia no tiene explicación


La lectura ocurre cuando se lee por segunda vez un texto, cuando se puede interpretarlo. El azar me ha deparado esa oportunidad. Pablo Caramelo en “Un zumbido bajo y constante” recorre un periplo compuesto de enigmas; con altivez y un lenguaje directo presenta una retórica descriptiva o el efecto que lo real produce en la subjetividad. Una vida particular, una historia íntima, el proceso mediante el cual se puede inferir la emergencia de un conflicto propio de aquellas zonas tangibles de la experiencia con el orden de lo imaginario (“nada en este mundo debería ser / tan hermoso y tan ajeno”). El autor tensa de modo ex profeso la dimensión biográfica y testimonial en la construcción del sujeto y del texto, evocativo y sombrío, con una lógica excluyente: donde hay vida, hay amor. A partir de esos materiales cifra la intuición lírica en su plena intensidad y logra un equilibrio inconmensurable como un recuerdo. Sin obviar los sucesos de la época, los dislates de la moral burguesa, el quebrantamiento de las leyes, el sentido común (“Aún hay magnicidios y récords deportivos, robots / que galvanizan muertos a distancia”) y los ruidos creados por los norteamericanos, entre esa dispersión y polifonía, queda todavía un mundo más antiguo, más firme: “Venías sólo a darte cuenta del amor”. Así se templa el acero.   
                                                                                                                                        Alberto Cisnero                                         
2    


En cada turno oscuro un gemido coral,  
en cada indicación imprecisa  
las madres asfixian al futuro dios 
entre sus ropas, el zorzal se aturde 
cuando su canto grazna y, entonces,  
prefiere hundir también sus patas 
en los desagües fríos y resignarse
a una tonada más simple, más antigua.
Los ciclistas que recorren la noche 
relatan ese repliegue de la vida, cuya 
penumbra vibra para bien y para mal,
y turba a los ancianos despiertos: 
nunca tardaron tanto las señales del cielo.
Sombras sobrecogidas en vano, regatean 
sus horas en nombre de un antiguo velar.
Un pregón entra en el palier, recorre el pasillo
de la morada, padres supernumerarios frotan
el moho de los pesebres. Resuellan edictos,
despachos de un nuevo orden jadeante.



5



De vez en cuando, en medio de los gritos, 
un destello. Una emergencia luminosa, 
imposible de seguir. Con la apariencia 
de relax que nos produce esa epifanía,
nos miramos: no alude a un mundo sumergido. 
Es ella misma. Un cambio de aire para seguir 
la agitación sin rumbo. Hablamos mucho 
sin obtener nada. Extraviamos la taza de té 
y el sentido del brío. Sin numen ni penurias,
en el cuarto inmenso, tres clavos en la pared.  
Abrazados, discutimos la imagen que sostenían.



15




¿Una pelota de cuero, entonces,
no debiera ser objeto de devoción,
sin que decidamos, luego, jugar
y disolvernos? Ay, aquellos bienes: 
durante generaciones aumentaron 
la alegría, incluso en la derrota,
incluso en ese almuerzo ambiguo 
donde la silla destinada al mensajero
por primera vez quedó desocupada, 
y resolvimos desoír teorías al respecto, 
pues los misterios descarrían la teoría
hacia el misticismo, y porque la ausencia 
no tiene explicación, aunque con ella 
desprendamos en paz el nombre 
de cada cosa: hasta las copitas chinas 
de licor quedan deshechizadas.
Respirás con incomodidad, 
este último paseo es innecesario.
Imágenes anárquicas reinando
sobre nada, puro éxtasis negativo.
La materia acumulada por tu clan
descansa del deseo y de la historia: 
alguien reclinado te reconoce y pregunta 
si te molesta cerrar todas las ventanas.



PABLO CARAMELO (Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
De: "Un zumbido bajo y constante", Barnacle, 2026
Imagen en Barnacle Ediciones