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junio 30, 2018

Presentación "El libro de los helechos", de Marcelo Rizzi








Poemas de Marcelo Rizzi, aquí





junio 27, 2018

Marcelo Rizzi: El libro de los helechos, Barnacle, 2018


Marcelo Rizzi



LA adversidad convierte a uno 
en testimonio férreo de lo táctil:
se va hasta los robles más purificados 
como si fuese la primera vez,
y se regresa con los dedos manchados 
de azul para conjeturar la próxima; 
otros son los procedimientos
y las consecuencias si uno se demora 
un poco más, al verse en tales 
circunstancias tratándose de un álamo; 
con el mismo cuchillo de los dones 
habrá de sanarse lo sano,
o cavar con huesos o maderos 
una nueva trinchera;
con palabras sucias de tierra 
ladear los panales de la luna, 
los primeros de cien soles 
esparcidos por la arena



LA mejor vista del valle 

puede obtenerse a cierta hora de la tarde, 
cuando los seres que la colman
se anteponen los unos a los otros, 
el aire se llena de ambiciones,
y el círculo se transforma 
gradualmente en elipse; 
cada perímetro coincide 
con su afuera como sucede 
con las superficies invisibles
o con las piedras de una antigua 
ciudadela; todos las lenguas 
pasan a ser desde entonces 
rápidamente memoria:
instrumentos misteriosos 
cuyos fines se olvidaron: 
máscara que hay tras la máscara, 
ropas que al final nunca se queman, 
gotas de ajenjo morado que beben 
de a sorbo los hombres crispados



SOLÍA detenerme a recoger
del suelo las cosas que brillaban 
—un pendiente olvidado, una moneda, 
la hebilla de un cinturón—;
ponía edad a la memoria 
y el pasado se volvía remoto 
hasta el día de ayer;
hoy sólo observo al pasar
viejas casas rodeadas de nieve 

y de cierzos; busco en lo oscuro 
los motivos del claro, 
en lo claro las razones del humo,
y en sus frutos lo amargo; 
la suspensión —de momento— 
de toda variante del alma, 
como en el aire lo hacen
las últimas grullas de invierno


Marcelo Rizzi
De: "El libro de los helechos, Barnacle, 2018
Otros poemas de MARCELO RIZZI, aquí


junio 23, 2018

John Burnside

John Burnside

Indeleble     


Me gustaría mucho que De Hann viese un estudio mío de una vela encendida y dos novelas (una amarilla, otra rosa), colocadas sobre una silla vacía (precisamente la silla de Gauguin), lienzo de 30, en rojo y verde. Hoy mismo estuve trabajando en su equivalente, mi propia silla vacía, una silla blanca y barata con una pipa y un paquete de tabaco. En ambos estudios, al igual que en otros, he buscado un efecto de luz mediante un color claro. De Haan probablemente comprenderá exactamente lo que busco, si le lees lo que he escrito al respecto.

                                            Vincent van Gogh. “Cartas a Theo”, 17 de enero de 1889.



      Muerta hace cuarenta años, mi madre está cortando un corazón
      en la mesa de la cocina.
      Llueve en la puerta, aunque pronto va a ser aguanieve
      y después, de acá al bosque,
      va a nevar.

      Los ventanales de esa casa se empañarían
      en minutos,
      y podríamos haber estado solos todo el fin de semana;
      el resto de la ciudad, hasta donde sabemos, abandonada,
      sin nada del otro lado del jardín, ni iglesia, ni gente.

      Ahora está acá, en mi cocina, cortando un corazón:
      un platito con sal cerca del codo, un puñado de harina
      esparcida en la mesada, la radio encendida,
      ella trabaja igual que siempre, ensimismada,
      con el cuchillo de cocina que capta la luz de este mediodía invernal.

      Nunca creí en fantasmas y no tengo un especial interés
      de ver otra vez a mis muertos
      ¿pero cómo no aceptar lo que se niega a desvanecerse,
      como el borrón de la pintura en que una mano o un bol de porcelana
      oculta el pentimento de un pájaro cantor

      atado, o esa mancha color amapola
      que emerge una vez más
      cuando blanqueamos la pared del lavadero?
      ¿Cómo podría el niño que hay en mí
      poner en duda lo que me contaron

      del amigo de un amigo de un amigo
      que presenció esa luz que nadie podría explicar,
      un resplandor sobre el estanque donde, hace décadas,
      el hijo del panadero se cayó a través del hielo
      en el azul parafina de Año Nuevo, cuando nadie miraba?

      Recuerdo ese paseo de domingo
      cuando paramos en la niebla súbita, los árboles,
      una pausa en la blancura extensa como el cielo,
      y ella en aquel vestido verde que tanto le gustaba,
      tan vivaz que casi estoy ahí de nuevo

      aunque no es el vestido ni ella, simplemente
      es el color que me lleva hacia atrás,
      el verde que te quiero verde en este mundo que no
      cesa, mientras vamos pasando
      incesantes, pero siempre

      cambiando, verde que te
      quiero… Y sólo por un momento quiero
      detener su mano y decirle
      que ya no comemos corazón, o no
      en esta casa; no comemos

      hígado, tripas o patas de cerdo hervidas
      a fuego lento, durante horas, para extraer
      sus jugos, pero cuando giro hacia ella
      mi madre ya no está y la silla
      está vacía, como el espacio muerto en el bosque

      cuando talan un árbol, o para ser más preciso,
      la silla en el famoso “lugar vacío” de van Gogh
      que pintó al irse Gauguin, la luz de la lámpara de gas
      azul en la madera pulida y el cabo de la vela, clarísima
      y casi insoportable de tan viva.



Indelible



I should like De Haan to see a study of mine of a lighted candle
and two novels (one yellow, the other pink) lying on an empty chair
(really Gauguin’s chair), a size 30 canvas, in red and green.
I have just been working again today on its pendant, my own empty chair,
a white deal chair with a pipe and a tobacco pouch. In these two studies,
as in others, I have tried for an effect of light by means of clear colour,
probably De Haan would understand exactly what I was trying to get
if you read to him what I have written on the subject.                                 

                                                     Vincent van Gogh. Letter to Theo, 17th January 1889



Forty years dead, my mother is dicing a heart
at the kitchen table.
Rain at the door, but soon it will turn to sleet
and, later, from here to the woods
there will be snow.

In that house, the windows would cloud
in minutes,
and all weekend we could have been alone,
the rest of the town abandoned, as far as we knew,
nothing beyond the garden, no church, no people.

Now she is here, in my kitchen, dicing a heart:
a saucer of salt at her elbow, a handful of flour
sprinkled across the table, the radio on,
she works as she always did, absorbed in her task,
the chef’s-knife catching the light of this winter’s noon.

I have never believed in ghosts, and I’ve no great wish
to see my dead again,
but how could I not respect what refuses to fade,
like the blur in the paint where a hand or a porcelain bowl
conceals the pentimento of a tethered

songbird, or that poppy-coloured stain
emerging, once more,
when we whitewash the scullery wall?
How could the boy in my shoes quite disbelieve
what they told me about

the friend of a friend of a friend
who witnessed a light that nobody could explain,
a lucency over the pond where, decades ago,
the baker’s son fell through the ice, in the paraffin blue
of Hogmanay, when nobody was watching?

I remember us stopping one day, in a sudden fog,
out for a Sunday walk, the trees
a held breath in the sky-wide white of it
and she in that green print dress she loved to wear
so vivid I am almost there again,

but it isn’t the dress, or her, it’s purely
the colour that pulls me back,
the verde que te quiero verde in this world that never
ceases, while we go on passing through
as ceaselessly, though always

changing, verde que te
quiero – and, just for a moment, I want to stay
her hand and say
we never eat heart any more, or not
in this house; we never eat

liver or tripe, or pigs’ trotters simmered for hours
on low heat to draw
the juices – but when I turn to where she was,
my mother is gone and the chair
is empty, like the dead space in a wood

after a tree is felled, or to be more precise,
like the chair in the famous van Gogh, the ‘empty place’
he painted when Gauguin left, the light from the gas lamp
blue on the polished wood and the stem of a candle,
perfectly clear and almost too vivid to bear.

                                      

Et canem meum



Recién cuando me levanto a despedirme
sabés que este perro es mío:

porque se cuida solo, en un rincón,
a menos que lo necesiten,

silencioso, invisible,
como medio dormido,

sombra ligeramente elaborada
entre las sombras

hasta que se levanta rápido
de un solo movimiento,

como un oso que emerge de los árboles
y extrañamente es más que cualquier cosa que hayas visto,

él va conmigo –y yo con él–
y lo que a mí me falta lo lleva en esa gran

cabeza negra, una reserva
llena de sueños

de los que no soy parte, aunque les sigo
el hilo, como el humo de un arma en un claro

o una hueste lejana de voces en lo oscuro, corriendo
hacia nosotros, arriesgando al viento su alegría

como si la tierra misma
estuviera hecha de deseo.



Et Canem meum



It's only when rise to take my leave,
you know this dog is mine:

for he keeps to himself, in the corner,
unless he is needed,

invisible, silent,
seemingly half-asleep,
a slightly elaborate shadow

amongst the shadows,
till, rising to his feet
in one swift move,

The way a bear, emerging from the trees,
is strangely more than anything you know,

He goes along with me - and I with him -
and what I lack, he carries in that great

dark head, a brimming
reservoir of dreams

I am not party to, although I catch
the drift of it, like gunsmoke in a clearing,

or some far host of voices in the dark,
running towards us, changing their joy to the wind,

as if the earth itself
was done with longing


Otros poemas de JOHN BURNSIDE, aquí
Fuente: Hablar de poesía / Jámpster
Traducción: Daniel Lipara
Imagen: Herald Scotland

junio 20, 2018

Diego Brando, un poema inédito


14    



Hay un silencio de catedrales 
y un búho atraviesa la noche. 
Grazna y me recuerda 
que no hay descanso en los ojos abiertos, 
que el corazón lleva años latiendo. 
Y que no se detendrá hasta el diluvio, 
hasta que entregue con mis manos 
la memoria que abandoné en el campo. 
Soy el hombre peculiar que fuma 
y ve en el humo el deseo de una mujer 
calcinada como una flor en el verano,
mientras su propia cabeza se asemeja
a una piedra suelta sobre el asfalto.
Erro por los suburbios y veo el fogonazo
de mis huesos sobre la niebla.


El poeta Diego Brando con un gato negro
De: "Todo lo que se hunde" (inédito)


junio 16, 2018

Diego Colomba




Poetas argentinos





Puedo dividir (mentalmente) la realidad en varios planos 

si lo deseo sentado en la antesala de una morgue 

hospitalaria donde las enfermeras bromean entre sí 

mientras aguardan la ambulancia que pedimos hace un rato. 

Vos también bromeás narrándome tu última aventura 

porque sos un viejo amigo y te sentís autorizado 

aunque la escena en la que actuamos lleve por nombre

“la muerte golpea nuestra puerta”.

En eso te parecés a estas mismas mujeres que conviven

a diario con los muertos: pero te estaba diciendo que puedo

que estoy en condiciones de festejarte la anécdota 

de buena gana riéndome y palmeándote en el hombro 

(como lo hago) porque no hay nadie de la familia 

merodeando y no me importa lo que piensen unas mujeres desconocidas y sin embargo podría estar llorando 

y soplándome los mocos a conciencia

o discutiendo con los de la administración 

por la dudosa factura que hace poco recogí y pagué 

con plata ajena: cualquier de las opciones sería digna 

de esta luz que no quiere dejar nada en la penumbra.









La tibieza de las chapas 

la fragancia del estiércol 

las partículas de polvo 

que se agitan en el aire 

el ritornelo del agua

y de los tordos

son materia 

poética

del mundo.



Íntima. Extraña.

Desmedida.



Me pregunto:



¿Quién respira?



¿Quién será el inocente

que vendrá a rescatarnos?







Si al momento de lavarme las manos como ordenó 

la enfermera que se queda custodiando la puerta

pienso en la mutación que cada uno de los visitantes 

ha sufrido después de permanecer algún tiempo

en esta gran habitación repleta de camas y biombos 

que voy a recorrer en breve espero que la suerte no me sea esquiva: he visto llorar con mayor o menor grado 

de desconsuelo a una quincena de hombres y mujeres

y no soportaría ver ahora cómo respiran con dificultad 

niños o jóvenes desconocidos. No sería piadoso de mi parte mostrarle el rostro desencajado a quien merece palabras 

de aliento y de ternura. Y en efecto la suerte 

está de mi lado porque en cada una de las camas 

que repaso en mi camino hallo personas viejas 

que han vivido lo suficiente para no sentirse 

defraudadas un tiempo razonable a los ojos 

de un desconocido que no les tiene cariño alguno 

y afortunadamente encarna un papel secundario 

en esta historia de sábanas blancas tubos y mangueras

donde suenan variopintos chillidos de alarma 

y el oxígeno se distribuye

con relativa justicia.









Un artista de provincia busca su propio estilo








Atisba el revoltijo de luces y de sombras que hacen 

esos chicos penitentes que caminan alrededor 

del mástil el director de escuela el único pintor paisajista 

del pueblo que piensa en su última tela  y siente el súbito deseo de terminar con todo: tocar la campana para no tener que buscar a la portera que se encierra en la cocina cuando empieza a apretar el frío revisar las nucas de los varones 

y las trenzas de las mujeres propinar el coscorrón 

que le debe al travieso que se fue ayer antes de hora 

trepándose al tapial del fondo para encaminar de una buena vez sus pasos hacia una casa con olor a encierro y la estufa apagada donde esperan el caballete de campaña y una valija roída con pomos retorcidos y pinceles. Si se apura cuenta todavía con un poco de luz natural para dar las pinceladas finales en el campo mismo donde brota la impresión 

el pajonal del bajo donde cerdos perros galgos y potrillos 

se alimentan de los restos de basura que el pobrerío 

de los ranchos tira a diario mientras mira ondear las aguas poco profundas si la brisa sopla. Sabe que lo que busca 

oscuramente es la expresión en el paisaje una manera 

personal de darle lumbre pero el paisaje cambia 

como su misma alma que no encuentra asidero y lo obliga 

a seguir manchándose los dedos. Esas cavilaciones ocupan su mente cuando camina cargado y se detiene un segundo para contemplar la escena que ya ha plasmado en otro 

cuadro: los árboles sin hojas la paja brava una bandada 

de tordos en el celaje el camino solo.





De: "Papá trajo a casa un cuatro ele", Barnacle, 2018




Diego Colomba (San Nicolás, Santa Fe, 1972) 

Es poeta y crítico literario. Ha colaborado con reseñas, notas y entrevistas en numerosos medios. Seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (2009). Publicó su tesis de doctorado Letras de Rock Argentino (2011) y el libro de crítica Mesa de novedades. Poesía y narrativa del presente (2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012). En poesía publicó Baja tensión (2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Desaire (2014), Inmemorial (2015), Chispero (2016), El largo aliento (2016) y el ebook La hospitalidad del mundo (2017).



junio 09, 2018

Alicia Silva Rey, un poema inédito


No hay grullas en Dublín     




No hay grullas en Dublín. 
Entre mayo y noviembre  
abre el embarcadero Gingelgracht.  
Se recorre la ciudad (Amsterdam)  
en hidropatines  
que provee el mismo embarcadero (no es caro).  
Los padres y sus niños salvajes 
atraviesan ciegamente, aun bajo la lluvia, 
esa mollera fermentada, 
una ciudad( Amsterdam - Dublín), 
bajo cobertores impermeables 
que el embarcadero entrega junto con 
chocolates y mapas metalizados. 
Después, 
dormiré en habitaciones con grullas 
adosadas a paredes de estuco 
(no serían grullas o sí, acaso).



De: “El poder de unos límites”. Publicará en Buenos Aires, Mora Barnacle.
Otros poemas de ALICIA SILVA REY, aquí

junio 07, 2018

Presentación de "Herbarium", de Celia Fontán









La mariposa y la iguana presenta Herbarium de Celia Fontán en el Centro Cultural de la Cooperación 


Av. Corrientes 1543, CABA,  viernes 08 de junio a las 19:00 hs.






Amorphophallus titanum





Odoardo Beccari había oído hablar de esa flor, acaso la más grande y extraña de Sumatra, la isla de las flores prodigiosas, y había sonreído con escepticismo, no por su tamaño desmesurado ni por su belleza, sino por el terrible olor que, según los nativos, emanaba del alto espádice y de los pliegues violáceos de la corola, que volvía penosa su contemplación. Sin embargo, aquella mañana, cuando a poco de andar lo sorprendió el olor inconfundible de la carne muerta, no dudó en seguir su rastro, avanzando en medio de la selva. La bocanada honda y sombría  revivió su alma de huérfano y se quedó allí, en puntas de pie, como si estuviera ante el signo del mundo y hubiese regresado al cuarto de Florencia, donde en tardes de lluvia y al paso de los cortejos fúnebres hacia la Puerta Santa, soñó con la espesura viva de las tierras del sur.









Malvaria









En los últimos meses se ha detectado en los viveros la proliferación de la malvaria. A la luz del día, el aspecto de esta malva silvestre es inofensivo, si bien la ausencia de clorofila le confiere una palidez lechosa, similar a la de los peces abisales. Durante las horas de la noche, la malvaria se adhiere a los tallos de las plantas vecinas, transformándolas en involuntarias hospedantes y las penetra por medio de filamentos que retrae con las primeras luces del amanecer. La malvaria recupera, entonces, la apariencia de una pequeña mata de gramínea. Pero la planta succionada sobrevivirá apenas unas horas, antes de apagarse sin remedio. A diferencia del resto de las parásitas, su apetito es voraz.






De: "Herbarium", La mariposa y la iguana, 2018


Basilio Fernández, un poeta ocasional












EL 28 de julio de un año sin gloria

nací a la extrañeza,

y al bienestar de los rincones familiares,

discontinuo y sin sueño

como el que no espera visitas.





Nunca necesité afanes para diluirme,

ni testigos para la emancipación al menudeo;

sin transacciones ni pretextos

he rechazado el clima de esas horas inevitables

vana escoria de una imagen desenfocada.

Condenado a negarme,

ya firmar pactos de inactividad con maniquíes

sibilinos,

he llegado a este mundo

como un puente tendido a la contradicción

o al nihilismo de los galeotes.

Guiado por vilanos,

desatrancando puertas cerradas al hastío de los

transportes,

he desdeñado los mejores auspicios

y las frambuesas anexionadas por un devaneo

de otoño.

Al paso del tiempo,

apenas me doy cuenta del declive de la virtud,

de la degradación paulatina de las tormentas de

verano

de las torres oblicuas

que se tambalean

en el error de las actitudes imprevisibles.

A veces prolongo las palabras con que juego

sin gran convicción

y vagamente sigo la porfía

de una nueva forma de vislumbre.

Sálvese el que pueda

en el cataclismo de la tristeza

o en las consolas donde naufragan los deseos

imbricados en lo irreal

aunque sin provecho de nadie.

Poco se sabe

de los predestinados a la irreflexión

y mucho menos

de los que comparten su miseria en el

aburrimiento.

Más de trescientos años queman mi orgullo,

mis gestos de pana marchita

o cordobán raído, ahíto de polvo,

sobre la prudencia anónima

que cede a la vanagloria de la luz.








Elegía









Lo que hubo en ti de roca, sangre y sigilo,

fue del último viento estéril,

de la última nevada transitable, a los ojos

ya las banderas abatidas, solas.

¿Por qué nuevos caminos vas

acumulando noche, noche para siempre?

En qué colinas toma rumbo a los cielos

tu fluir de testigo delgado, actitud del alba?

Aquellas aguas grises,

aquel tardío florecer de las tierras aradas,

tu paso del otro lado de las lícitas aves,

eran los simulacros de amor para el otoño.

Todo fue inútil, inútil como una bocina

entre las losas del mundo y las cabelleras

cansadas,

y ahora que un fusil me apunta a los ojos

y sobre mi cabeza caen árboles tronchados,

te necesito: háblame muy cerca del pie,

muy cerca, sube lentamente en pudor de

neblina

hasta mi voz petrificada de emigrante celeste.

Vanidades, humaredas, glorias humanas,

no son tan inmóviles como yo mismo,

como mis vagonetas cargadas de recuerdos

que pasan sobre tus moldes terrenos,

sobre los senderos que hollaste

y que conducen a ti,

tan lejana de los viejos modos y de los días.






(Solitude, optional april)






BASILIO FERNÁNDEZ (Valverdín, León, 1909-Gijón, 1987) es un caso singular de poeta secreto en la literatura española del siglo xx. Publicó, a finales de los años veinte, cuatro poemas en revistas de vanguardia: tres en Carmen, dirigida por Gerardo Diego, a la sazón profesor suyo en el Instituto Jovellanos de Gijón, y uno en Meseta, promovida en Valladolid por Francisco Pino. Luego Ezra Pound incluyó su poema “Hombre erguido”, junto con otros de Luis Cernuda y Juan Larrea, en un dossier de poesía española, publicado en 1933 en el suplemento literario del periódico Il Mare, que dirigía en Rapallo. Estas cinco piezas participan de la estética creacionista en la que Basilio y su compañero de estudios Luis Álvarez Piñer se formaron, bajo el magisterio de Gerardo Diego y, por su mediación, de Juan Larrea –“larreístas”, se calificaron en alguna ocasión–, aunque “Hombre erguido” –escrito más tarde y perteneciente a Solitude, optional april, el único intento coherente de Basilio de reunir sus poemas en un libro–, sugiera ya una depuración de los mecanismos expresivos y preocupaciones que desbordaban el perecedero cauce de las imágenes múltiples. Tras publicar estos cinco textos, Basilio enmudeció literariamente. Y lo hizo del todo: ni siquiera se permitió merodear por los arrabales del circo literario: cenáculos, ateneos, colecciones provinciales. Sólo se carteó con Gerardo Diego, su maestro de siempre, y con Gonzalo Torrente Ballester, del que se había hecho amigo en la Universidad de Oviedo, en cuya facultad de Derecho demostraron idéntico desinterés por el Derecho. Basilio se dedicó toda su vida a regentar un almacén familiar de vino y coloniales en Gijón, “un negocio más bien humilde y de ámbito local, hasta tétrico”, en el que Basilio se desempeñaba con una “bata azul de dril, vigilando las compras”, como ha recordado José Solís. Lo que no significa que no escribiera: durante casi sesenta años, aunque con grandes periodos de inactividad, Basilio siguió componiendo poemas, que guardaba meticulosamente en un cajón; 130, para ser exactos. Estos poemas fueron descubiertos, a su fallecimiento, por su sobrino Emiliano Fernández, que los dio a conocer en 1991, y que es el responsable de las dos antologías de su obra publicadas hasta ahora: Antología poética, en 2007, y esta Antología (1927-1987). Basilio obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1992, el primero que se concedía a título póstumo, gracias al empeño de un esforzado grupo de lectores, entre los que se contaba Antonio Gamoneda. Se publicaron entonces apresuradas noticias y reseñas detestables, pero, poco a poco, el calor de su hallazgo se atenuó en un tibio rumor y acabó convirtiéndose en un ignaro silencio. Basilio Fernández constituye, junto con Álvarez Piñer, como ha señalado Juan Manuel Díaz de Guereñu, la segunda generación del creacionismo español, la generación fracasada que habría podido impulsar, de forma natural, aquellas sonorosas veleidades ultraístas. Este mismo fracaso llena de sombras existenciales el deambular juguetón del lenguaje basiliano, que, sin abandonar la fe vanguardista, ya no sólo cascabelea, sino que golpea con furia. Ésta es la clave de su poesía: la conjunción del funambulismo ultraísta, siempre en busca de lo rítmico, de lo inesperado –“crear un poema como la naturaleza hace un árbol”, escribió Huidobro–, y la conciencia irrestañable de la pérdida, o de lo nunca poseído: la certeza de que todo se desvanece. Tengo para mí que el origen de este malestar se sitúa en la traición de Basilio a su destino de poeta, a cambio de la holgura económica y el bienestar social, como sospecha Torrente Ballester. El novelista se había encontrado por casualidad con Basilio a su regreso de Italia: como consigna en el epílogo de Poemas (1927-1987), “había terminado su licenciatura, estudiaba en Italia, vestía muy bien y parecía otro. A mi pregunta sobre su poesía, me respondió despectivamente. Y no volvimos a vernos hasta mucho tiempo después”. En Filomeno, a mi pesar, publicada en 1988, Torrente describe un encuentro similar entre el protagonista y Benito, su antiguo compañero de estudios y primeras armas literarias –trasunto probable de Basilio–, a quien halla “muy bien trajeado y algo más grueso. Ya no fumaba. Tenía novia formal, estudiaba Derecho con ahínco con vistas a unas oposiciones, y parecía olvidado de la poesía”; y añade: “Benito había hallado la felicidad correcta y permitida a costa de su libertad, y quién sabe si a la renuncia de su destino; una felicidad y una libertad relativas […] que yo no llegué a envidiarle”. La poesía de Basilio aparece, en efecto, saturada de motivos que reflejan el sufrimiento por lo que podía haber sido y no ha sido: el amor frustrado, la libertad perdida, el vuelo libérrimo del ser por los cielos de la fantasía y la plenitud. Frente a ello, denuncia una vida plagada de grisura y sinsentido, el fluir anodino de las cosas, la creciente palidez de los recuerdos, la oxidación de todo. Y utiliza abundantes recursos de la retórica clásica, inspirados en la lectura atenta de los autores de los siglos de oro españoles –con Garcilaso y Jorge Manrique a la cabeza–, junto con asociaciones irracionales, propias de la poesía contemporánea –en especial, de los surrealistas. “Sólo se ama/ lo que se pudre a nuestro lado”, escribe Basilio en “Los remedos empalidecidos”. Y luego: “Todo parece equivocado/ en una sucesión de ecos y lágrimas/ cuando evocamos el rostro furtivo de viejos personajes/ ya sin perfil en la lejanía de los siglos/ disfrazados de lluvia/ o de ausencia traspapelada entre incertidumbres”.



La edición de la antología no aporta novedades reseñables sobre la vida y obra de Basilio, salvo la agrupación en un solo conjunto de los poemas escritos a partir de 1982 que, en recopilaciones anteriores, habían aparecido separados: Las ocasiones convocadas y Raudos contornos donde el silencio persevera. Emiliano Fernández adjunta unas útiles “Notas a los poemas”, aunque no corrige algunas de las muchas erratas que afean las sucesivas ediciones de la poesía de su tío, e insiste en desdeñar sus composiciones más tempranas, propiamente creacionistas –tanto las publicadas como las que permanecen inéditas en el archivo personal de Gerardo Diego–, de las que sólo incluye tres en Antología (1927-1987). Lo cual no es óbice para que este nuevo compendio de su poesía revele al extraordinario poeta que es Basilio Fernández, aunque siga escondido. 





Fuente: Letras Libres


junio 06, 2018

Lu Menezes


Río congelado     




Raro Río frío: 
en mañana marina de Leblon 
en la esquina de Delfín con Reina Guillermina, 
belleza de lo Real -ferina- urdida en azul omnipresente 
violado por banderas de alerta rojas, almendros refulgentes... 
tachos de basura naranja, transeúntes, velas a lo lejos 
y -sí- un perfecto pero: 
este perro 
negro con pata 
enyesada - rota? torcida? Perro cojo 
en blanco y negro en el corazón de la realidad hipercolorida 
Todo tan vívido engendrado por el DJ del Azar
que ningún disco de Newton
jamás haría girar y generar
saldo amnésico
Síntesis de cenizas 



Un río luso-holandés




Además de lado a lado alinear
Pan de Azúcar, Cristo Redentor, Piedra de Gavea, Dos Hermanos,
el Rio pintado en la pared de la panadería "Joya"
tenía molinos de viento a orillas de la bahía.

La ensenada carioca
tuneada por la mente aglutinante del pintor
anclada en una Holanda sin Mondrian,
sin diques de contención,
era aún enriquecida por el mecenas portugués

exponiendo a su vez
- contra la liquidez azul pincelada-
en el estante de los lácteos, entre latas de leche en polvo Nido
un ventilador polvoriento,
subtipo tropical de molino.

Y el girar de los diversos tipos de pan
en la mirada de un cliente
iría a alimentar
- mientras su café durase -
incierta energía vital elemental
empujándolo, de nuevo, a ordeñar
la voluble vasta vaca azul-lavable llamada imaginación



Era negra y era la Luna


(A Carlito Azevedo) 

Al astronauta le extrañó el lado oscuro de la Luna:
"Era negra como alquitrán
y era la Luna"

Una cosa es saber
que se trata de to be and not to be
la cuestión; otra, estar ahí -
en la oscuridad lunar como en nevasca negra
experimentando
un miedo incomparablemente nuevo 

Aquí
en la noche eléctrica clara por demás,
huésped turbulento de esta altísima
torre de hormigón sin sombra
de Aladdín, 

el viento

- flautista actuante, antes tan antes
de las primeras flautas de ala de buitre y presa de mamut -

seductor precursor
de Hamelín,

artista ancestral
con hambre sonora infinita,
ya no asombra,
infunde un miedo farsesco dudoso

mientras obsesivo, astuto, mañoso
infiltra por las rendijas de las ventanas antiruidos
su orquesta furiosa de soplos discursivos

Poesía brasileñaLU MENEZES (1948, São Luís do Maranhão, Brasil)
Traducción: Aníbal Cristobo
Fuente: http://kriller71.blogspot.com/
Imagen: radiobatuta.com.br

junio 04, 2018

Fernando Ayala

#10





Qué tren, qué tren.

No hay abismo, el tren existe en su ruta callejera

insiste el acero en dejarla rodar,

hay huella marcada en realidad.

Cuentan las estaciones que hubo una vez

y habrá tantas como sean necesarias

hasta que entienda el ganador:

que lo humano se pierde, pero no se olvida.

No hay abismo, hay soledades

como trenes sin estación

dentro de nadie, todo, es algo

ahí donde la sangre está seca

se unen músculos, huesos y piel.

Pero no hay abismo, eso es religión

hay historia en treinta mil pedazos

hay cercos que romper, por los trenes

que aún no salen, por la estación 

amanecer.









b






Nuevos ritmos, viejos aromas, rocío matinal

de maldiciones celestes, ricos de pobreza humana

recreos serviles consientes, reos de la propiedad

fantasmas luminosos de las noches dulces,

aptos de calamidad callejera, 

perecederos de bellas durmientes

dorados de plata falsa, perdurables

claros de luna nueva, hijos del dueño de nada

fieles trepadores del futuro, cíclicos, sistémicos

monitos con cola de paja, dealers de tecnología seca

soñadores del ensueño promiscuo, duros planetas

sin órbita, atletas de golpes bajos, prometeos

del renacimiento, tapones de luna, asteriscos

de estrellas fugaces, matemáticos del calendario,

oportunistas del espacio material, infantes de marina

polvos frescos del ocaso, 

berretines del consuelo amoroso,

van siempre para arriba, porque el día 

que caigan del cielo

ellos saben, no los busca nadie.








De: "Conurbano, mano de obra", Barnacle, 2018


junio 03, 2018

Diego L. García: Anejo "Las calles nevadas", Barnacle, 2020


Peinados de otra época en un bar para no ser nada. 
para cruzar en la parte ambiental como quien deja enfriar el café. 
la mueca de una camarera que sirve un vaso 
con la historia congelada en sus movimientos. 
es todo nuevo y viejo a la vez. 
hay una fascinación por empujar la materia 
hasta los bordes de su lectura. 
nadie observa los mejores detalles:
el juego de dislocar aquello
que cumple una función a su renta
para no pagar de más esas torceduras
en las caras menos familiares. fuman.
se trata de poner en relieve una minoría
pero sólo para que el paisaje sea sustentable.
un imperio puede ser un pequeño error en una escena
que sale en primera toma.
así: colonizar cualquier juicio sin proteínas o arder
en una pila de cartas mal enviadas


UNtipo en musculosa tras una persiana:
el dibujo de una porción de tarta
en un plato amarillo se incrusta en alguien más atrás.
es difícil distinguir superposiciones
cuando todas las letras se leen espejadas.
limpia el polvo de sus productos.
tire-empuje.
bajo techo el umbral giratorio de un pronombre
advierte el peligro.
cada extra es un gangster
dispuesto a dispararle a los suyos



EL mejor vendedor tiene una cortina detrás.
su nombre es el de una planta que crece en las ventanas
de bangladesh los días feriados.
la hora de los agradecimientos. un corte comercial.
el aplauso del público
lleva en andas cada frase de superación.
son azules las personas de las luces.
un contrabajo empieza a anexar viejos con barba blanca
y chicas orientales.
es afuera o adentro?
las conversaciones dicen
todo está bien. todo está bien

De: "Las calles nevadas", Barnacle, 2020



(gugleo) se trataba del episodio 9
de la segunda temporada titulado
Tren de carga. willie recuerda que
cuando tenía 17 años recorrió el
país viajando en trenes de carga.
es su secreto. no quiere que sus 
hijos copien el (mal)ejemplo. un
derecho típico de la paternidad
temerosa del buen civil: evitarse
en la autoflagelación del encierro
propio. pero quién más que alguien
que proviene de afuera realmente
de afuera para cortar la ley? suena
una armónica vagabunda y oímos
“no hay como una estación de trenes en la noche”
algo vive en esa huida
que titila en el fondo oscuro del cielo



la diversión es una píldora para mirar




otra guerra en 3d mientras el mundo 
se rompe las caderas por patinar en el 
hielo con las zapatillas agujereadas. 
en el retrovisor: una mesa con mantel 
de hule y un helicóptero ardiendo en 
saigón en manos del pequeño johnny
no es gracioso ver cómo se achicharran
los huesos plásticos de los chinos?
escribiré una canción para explicarte 
de qué se trata la vida. tendrá un final 
tan jugoso como esos folletos de la iglesia



cada post quiere convencerte




de tu capacidad de mutación
hacia una zona de neutralidad.
hacer lo correcto. dicen los
avisos publicitarios. pero
si se trata de leer no debería
ser bueno? mirá aquel
rostro de ojos azules cómo
sonríe. como si entráramos
en un templo todo se vuelve
milagrosamente protector.
iré a poner unas tostadas
en la máquina y cuando regrese
el mundo habrá cambiado
a una plantilla elegante



reconstrucción de las viandas pasadas)





un miami beach con ron cubano

tapa de revista 
un peso por cargar el televisor hasta
las gomas quemadas
como un amigo, como un viejo enemigo
se canta en las vidrieras
sánguche presidencial para el escenógrafo 
que barre el fondo de la piscina
bronceado el canónico
da su campanada vip
la época 
un táper olvidado en el fondo de la heladera


Las calles nevadas

Otros poemas de DIEGO L. GARCÍA, aquí
De: "Una cuestión de diseño", Barnacle, 2018

junio 01, 2018

Lorine Niedecker


Entrevista de Antonio Gómez Ribelles a Natalia Carbajosa en El coloquio de los perros (fragmento)


—ECP: Es complicado hacerse una idea del ambiente literario estadounidense, no solo el de Nueva York o Chicago. Sabemos de grupos como los modernistas, imagistas y objetivistas, que se vieron influidos por las vanguardias artísticas europeas y el desembarco en Estados Unidos del arte europeo con el Armory Show en 1913 o la creación del MOMA en 1929, y la llegada de artistas y escritores exiliados. Pero ¿cómo una persona que vive aislada de los centros culturales, en una zona pantanosa e inundable de Wisconsin, llega a un conocimiento y a una práctica de la poesía más vanguardista del momento?

—NC: Se ha especulado mucho, a veces interesadamente, sobre ese aislamiento de Lorine Niedecker que la convierte en una rara avis de la poesía de vanguardia norteamericana y la emparenta con otro ilustre ejemplo del aislamiento y la experimentación, Emily Dickinson. En el caso de Lorine Niedecker, sin embargo, esa imagen idílica de la inspiración innata no es del todo exacta. Niedecker siempre fue muy consciente de su vocación poética: leía metódicamente y recibía la revista Poetry desde Chicago, paradigma de la poesía más avanzada del momento, y en la que ella misma publicó; revisaba cada poema hasta la saciedad, y de hecho escribió relativamente poco tras una vida entregada a la poesía; organizó cuidadosamente su legado hasta donde pudo, y vivió su falta de repercusión con bastante desaliento. Es verdad que hay algo “innato” en su manera de escribir poemas surrealistas y objetivistas incluso antes de entrar en contacto directo con los centros de referencia de estos movimientos; pero su estilo se fue afinando gracias a dicho contacto, en persona cuando viajó a Nueva York, por carta y con visitas puntuales de artistas el resto de su vida. Por otro lado, las influencias directas de su entorno inmediato (la naturaleza fluvial, el folclore autóctono y las cuitas de la clase trabajadora empobrecida a la que pertenece) sí aportan matices personales que hacen casi de cada uno de sus poemas una pieza inconfundible

...El objetivismo constituye la segunda generación del modernismo poético norteamericano. Al igual que el cubismo en pintura, los objetivistas conciben los poemas como artefactos con sentido en sí mismos, sin necesidad de aludir a la realidad externa, esto es, renunciando a la función referencial del lenguaje. Por eso prefieren los poemas breves, la elipsis que deja que el lector supla lo que falta, la presencia en los poemas de objetos a priori “no poéticos”. Los objetivistas puros rechazan la intromisión del yo profundo del surrealismo en una poesía que aspira a ser lo más impersonal posible. Sin embargo, el objetivismo de Lorine Niedecker aparece desde el principio en combinación con las imágenes inexplicables del surrealismo; la intromisión de las voces populares de su entorno inmediato (la madre, la vecina)...




MI VIDA JUNTO AL AGUA


Mi vida
           junto al agua--
                      Oíd
la rana primera
              de la primavera
                      o la madera
sobre la tierra
             helada
                       al crujir
Las musarañas
             royendo
                        las puertas
que dan a la pradera
                  las artes y las letras 
                            Los conejos
rapiñando
              mis acelgas
                        Una barca
dos--
          de cara a
                       mi ribera

al alzar el vuelo
             goteo de ala
                      descenso de algas
por el agua
          suave
                y severa



MY LIFE BY WATER

My life
          by water--
                 Hear

spring’s
            first frog
                      or board

out on the cold
         ground
                 giving

Muskrats
            gnawing
                      doors

to wild green
           arts and letters
                       Rabbits

raided
         my lettuce
                        One boat

two--
         pointed toward
                        my shore

thru birdstart
            wingdrip
                     weed-drift

of the soft
           and serious
                    Water






LORINE NIEDECKER (1903, Fort Atkinson / 1970, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Natalia Carbajosa
Entrevista completa a Natalia Carbajosa, aquí