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junio 30, 2015

Los poetas y el trabajo: Raymond Carver

Raymond Carver
Sala de autopsias

Sala de autopsias     




En esos tiempos yo era joven y la fuerza 
de diez hombres habitaba mi cuerpo. Para 
lo que mandaran, eso pensaba. 
Trabajaba en el hospital en el turno noche 
y una de mis responsabilidades 
cuando el forense terminaba su trabajo 
era la de limpiar la sala de autopsias. 
Ellos no tenían horario, algunas veces 
terminaban temprano, otras demasiado tarde. 
Y, dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo
construida para esas tareas en particular.
Un pequeño bebé quieto como una piedra
y más frío que la nieve. Otra vez un  negro corpulento
de pelo blanco con el pecho partido al medio
todos sus órganos vitales
en una bandeja a un costado de su cabeza.
La manguera derramaba agua.
Las luces colgadas del techo encandilaban.
Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
una pierna de mujer, pálida y bien formada.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin respiración.

Cuando regresaba a mi casa tarde en la noche mi mujer
me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos permutar
esta vida por otra.” Pero, no era así de fácil.
Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Yo pensaba en... cualquier cosa. No sabía en qué.
Yo dejaba que ella llevara  mi mano a su pecho.
En ese momento yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso,
Entonces mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia
y bien formada, que ante la más suave caricia temblaba
lista para elevarse con delicadeza. Mi mente
estaba confundida y cómo decirlo  ¿sacudida?
No pasaba nada. Todo estaba pasando. La vida
era una piedra, moliéndose, tomando filo.  




Traducción: Esteban Moore
Otros poemas de Raymond Carver, aquí
Imagen: Amanece Metrópolis



The autopsy room





Then I was young and had the strength of ten.

For anything, I thought. Though part of my job
at night was to clean the autopsy room
once the coroner’s work was done. But now
and then they knocked off early, or too late.
For, so help me, they left things out
on their specially built table. A little baby,
still as a stone and snow cold. Another time,
a huge black man with white hair whose chest
had been laid open. All his vital organs
lay in a pan beside his head. The hose
was running, the overhead lights blazed.
And one time there was a leg, a woman’s leg,
on the table. A pale and shapely leg.
I knew it for what it was. I’d seen them before.
Still, it took my breath away.

When I went home at night my wife would say,
“Sugar, it’s going to be all right. We’ll trade
this life in for another.” But it wasn’t
that easy. She’d take my hand between her hands
and hold it tight, while I leaned back on the sofa
and closed my eyes. Thinking of … something.
I don’t know what. But I’d let her bring
my hand to her breast. At which point
I’d open my eyes and stare at the ceiling, or else
the floor. Then my fingers strayed to her leg.
Which was warm and shapely, ready to tremble
and raise slightly, at the slightest touch.
But my mind was unclear and shaky. Nothing
was happening. Everything was happening. Life
was a stone, grinding and sharpening.

junio 27, 2015

Domingo Alfonso




Alguien enciende un Hi Fi









He retirado poco a poco mis dedos 

de la selva amarilla que preside tu frente. 


Así, tendida de espaldas, 


se acodan en el pasado tus ojos 


y vuelves a pertenecer a los hombres que me precedieron. 


Prefiero entonces contemplar a la noche; 


interpretar de la gran página abierta en su negrura, 


los muchos enigmas que olvidé con el tiempo, 


verdades ocultas que no pude aprender. 


Ahora alguien, como siempre a esta hora, 


enciende un hi-fi y coloca el mismo concierto 


–precisamente el mismo concierto– 


con sus dos manos que deben parecerse a las mías. 


Tal vez luego beba un vaso de vino, 


se asome a una ventana, mire la noche despacio 


mientras tiene a sus espaldas una mujer que sueña con otro.  










La muchacha que juega al billar









La muchacha que juega al billar 

con el taco en las manos se inclina sobre la mesa 


dejando descender su tanga transparente: 


Dos nalgas doradas iluminan el salón 


donde tres viejos admiramos la escena 


y en un rincón, indolente, 


su novio, quizás hasta orgulloso 


bebe un trago de su clara cerveza.  









Retrato del vaso de cristal 









Está el vaso delante de mí 

Un vaso de cristal sobre el mantel 


el vaso en una esquina de la mesa 


este vaso rebosante de nada 


el vaso cerca de mis manos 


un vaso de cristal amarillo 


mi vaso decorado con estrías 


Inmóvil y callado como estatua.  










Matinal 









 A Javier Marimón 

 "Abrí la verja de hierro": Fayad Jamís 












pongo los pies encima del suelo 

Calzo mis chancletas, una detrás de la otra 


me incorporo con cierta dificultad: 


Miro la sábana que cubre mi cama 


con su montón de arrugas 


Doy ocho pasos 


(estoy en el cubículo del baño) 


Un líquido ocre y maloliente me abandona, 


camino dos metros, enfrento la escalera 


y bajo los escalones de madera sin pintar 


Tuerzo a la derecha, atravieso la sala 


(Un golpe de ceniza me empuja a este espejo 


que rechaza mi imagen) 


Giro la llave, abro la puerta de hierro 


y absorbo 


como a nueva vida 


La flor de la mañana que comienza a despertar.  









Domingo Alfonso (1935, Jovellanos,   Cuba)

Fuente: www.artepoetica.net









junio 24, 2015

Desnudez y exuberancia




Henri Rousseau

junio 21, 2015

Luciana Jazmín Coronado



No mira atrás al bajar 




Inicia un viaje por cuerpos de tiza, desciende sobre paisajes desvestidos entre ocres casas prematuras. Quita el agregado: formas repetidas en la retina que muerden la pureza del objeto, ciclos que distraen el tren de la imagen, fracturan la memoria. 

El búho quieto palidece en las roturas. 



De La insolación (Viajero Insomne, 2014) 


Dos poemas inéditos




no sé qué haría con la carne 
pero procesaría mis huesos 
hasta hacerlos arena  
a otros los moldearía en caracoles 
las trizas viajarían en bolso 
hasta una playa virgen 
y al abrirse el cierre 
la arena de huesos volaría atropellada 
cubierta con el calor de una hora tardía 
los otros pedazos quedarían como réplicas 
perfectas entre la espuma 




CUANDO me abandona 
papá muere 
luego revive 
es una flor nocturna 
se le alargan los pétalos  
como billetes gruesos 
y me abraza 
dejándome la sombra 
a papá lo mato y lo revivo 
soy su alquimista 
papá tiene que morir en el viento 
porque ya hice varias mutaciones 
siempre de un resto lograr una joya 
papá debe morir ser piedra dejar de ser pantera 
no a los ojos felinos no a la astucia  
papá ya no es porque de tanto mentir 
fue árbol le cosieron la boca  



LUCIANA JAZMÍN CORONADO nació el 3 de abril de 1991 en Buenos Aires. Estudia Licenciatura en Letras en la UBA y Traductorado de inglés en el Lenguas Vivas. Desde 2012 trabaja como docente de lengua, literatura e inglés. Algunos de sus poemas fueron premiados en concursos nacionales y en España. Publicó La insolación (Viajero Insomne, 2014). Poemas suyos fueron publicados en antologías como La juntada. VI Festival de Poesía Joven (La guillotina, 2014) y El Rayo Verde (Viajero Insomne, 2014).  

junio 14, 2015

Los poetas y el trabajo: Charles Bukowski

La condición existencial del trabajo es paradójica. Por un lado, el discurso de la normalidad dicta que es necesario trabajar para vivir, trabajar para ganar el dinero que nos permita sostener una vida, trabajar para emplear nuestro tiempo y nuestra energía en algo productivo. Pero, desde otra perspectiva, parece pertinente citar el título de la novela de Milan Kundera y decir que “la vida está en otra parte”. Si es cierto que el ser humano está llamado a realizarse, a ser más que los confines que lo limitan, quizá el trabajo no sea la mejor manera de conseguirlo.
A mediados de la década de 1980, Charles Bukowski se encaminaba ya a los 70 años. Para entonces era, irónicamente, un autor respetado, un escritor que de las márgenes del vagabundeo y la vida desenfrenada se asentó en el canon de la literatura estadounidense, no con plena comodidad, pero había
ganado ese lugar y lo defendía con suficiencia.
A esa época pertenece la carta que ahora compartimos. Grosso modo, se trata de una disertación en torno al trabajo y sus consecuencias sobre el ser humano —así, casi filosóficamente. Bukowski eligió este tema porque el destinatario fue John Martin, publicista de Black Sparrow Press que en 1969 le hizo una proposición extraordinaria: le pagaría 100 dólares mensuales con tal de que Bukowski renunciara a su trabajo y se dedicara únicamente a escribir. Bukowski, que llevaba casi 15 años trabajando como cartero para el servicio postal de Estados Unidos, aceptó de inmediato y un par de años después entregó a Black Sparrow Press su primera novela: Post Office (traducida como Cartero en español).

¿Un golpe de suerte? Probablemente. Quizá tan importante como tener el talento suficiente para responder a eso. O, por lo menos, el deseo de hacerlo.

12 de agosto de 1986

Hola, John:
Gracias por la carta. A veces no duele tanto recordar de dónde venimos. Y tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman “De 9 a 5”. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar.
Ya conoces mi viejo dicho: “La esclavitud nunca fue abolida, sólo se amplió para incluir todos los colores”.
Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo.
Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Por sexo? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas?

Desde siempre, cuando era bastante joven e iba de trabajo en trabajo, era suficientemente ingenuo para a veces decirle a mis compañeros: “¡Eh! El jefe podría venir en cualquier momento y echarnos, así como así, ¿no se dan cuenta?”.
Ellos lo único que hacían era mirarme. Les estaba ofreciendo algo que ellos no querían hacer entrar a su mente.
Ahora, en la industria, hay muchísimos despidos (acererías muertas, cambios técnicos y otras circunstancias en el lugar de trabajo). Los despidos son por cientos de miles y sus rostros son de sorpresa:
“Estuve aquí 35 años…”.
“No es justo…”.
“No sé qué hacer…”.
A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no? Me di cuenta de que la banca del parque era igual de buena, que ser cantinero era igual de bueno. ¿Por qué no estar primero aquí antes de que me pusiera allá? ¿Por qué esperar?
Escribí con asco en contra de todo ello. Fue un alivio sacar de mi sistema toda esa mierda. Y ahora estoy aquí: un “escritor profesional”. Pasados los primeros 50 años, he descubierto que hay otros ascos más allá del sistema.
Recuerdo que una vez, trabajando como empacador en una compañía de artículos de iluminación, uno de mis compañeros dijo de pronto: “¡Nunca seré libre!”.
Uno de los jefes caminaba por ahí (su nombre era Morrie) y soltó una carcajada deliciosa, disfrutando el hecho de que ese sujeto estuviera atrapado de por vida.
Así que la suerte de, finalmente, haber salido de esos lugares, sin importar cuánto tiempo tomó, me ha dado una especie de felicidad, la felicidad alegre del milagro. Escribo ahora con una mente vieja y con un cuerpo viejo, mucho tiempo después del que la mayoría creería en continuar con esto, pero dado que empecé tan tarde, me debo a mí mismo ser persistente, y cuando las palabras comiencen a fallar y tenga que recibir ayuda para subir las escaleras y no pueda distinguir un azulejo de una grapa, todavía sentiré que algo dentro de mí recordará (sin importar qué tan lejos me haya ido) cómo llegué en medio del asesinato y la confusión y la pena hacia, al menos, una muerte generosa.
No haber desperdiciado por completo la vida parece ser un logro, al menos para mí.
Tu muchacho,

Hank
Fuente: www.pijamasurf.com