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Mostrando las entradas de abril, 2013

Jaime Sabines: Te digo a media voz

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Tu cuerpo está a mi lado Tu cuerpo está a mi lado fácil, dulce, callado. Tu cabeza en mi pecho se arrepiente con los ojos cerrados y yo te miro y fumo y acaricio tu pelo enamorado. Esta mortal ternura con que callo te está abrazando a ti mientras yo tengo inmóviles mis brazos. Miro mi cuerpo, el muslo en que descansa tu cansancio, tu blando seno oculto y apretado y el bajo y suave respirar de tu vientre sin mis labios. Te digo a media voz cosas que invento a cada rato y me pongo de veras triste y solo y te beso como si fueras tu retrato. Tú, sin hablar, me miras y te aprietas a mí y haces tu llanto sin lágrimas, sin ojos, sin espanto. Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas se ponen a escuchar lo que no hablamos Otros poemas de JAIME SABINES : aquí

Carolina Esses

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HABÍA   que retratarse la una a la otra mirarse como en un espejo. Laura tomó el lápiz para dibujarme. ¿Ves?, dijo la profesora y corrigió un trazo acá la boca se pierde en una línea fina, desaparece. Nunca había pensado en mi boca de esa manera pero ahí estaba el hilo delgado de la forma como la cuerda por donde un audaz equilibrista podría medir la entereza de su oficio. ¿O era la voz? Un timbre apenas audible porque es mejor, alguien alguna vez me dijo confundirse entre la multitud, que quedar al descubierto. NO  sabíamos que el aceite derramado traía mala suerte. La idea había sido freír unas papas cortarlas en rodajas y echarlas todas al mismo tiempo en una sartén descolorida. Los caracoles- agregó mi madre mientras raspaba el piso negro la superficie cubierta de pequeñas motas doradas- cualquier cosa, en realidad, que provenga del mar también es portadora de mala fortuna. Nosotras mirábamos desde el sofá atentas a la ceremonia imposible: borrar las huellas de l...

Inmaculada Mengíbar

 Sesión continua Vamos andando tan deprisa a veces. Video club, relaciones humanas, pub, se vende, ¿qué voy a hacer mañana?, si estuvieras conmigo ahora, el mar. El mar triste de las agencias de viajes, o el de aquella postal, tierna y cursi, que nunca me enviaste es tan desconsoladamente verde como las luces de los taxis amargos del otoño. Y es un desesperado abuso de desconfianza y soledad el que me lleva de nuevo a ti, esta tarde, ahora que las tiendas empiezan a cerrarse, y es hermoso pensarte entre la gente, aferrarse a la idea de que podrías surgir debajo de cualquier paraguas, sorprenderme de espaldas, tapándome los ojos y los sueños. Sobre todo, los sueños. Dónde irá la gente, tan deprisa, desandando esta ausencia de pájaros, buscando refugio en los portales de la noche. Ahora sé que es preciso haber muerto muchas veces de amor para atreverse de esta manera a reincidir y admitir que me dueles como un beso prohibido para siempre, casi secretamente, como sólo la vida puede doler...

Cees Nooteboom

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Atardecer      La silla azul en la terraza, café, la tarde,  el euforbio que se extiende hacia dioses ausentes,  con gran añoranza de la costa, todo un alfabeto  de anhelos secretos, este es su último rostro  antes de la oscuridad,  del velo en su cerebro. Él lo sabe,                    desaparecerán las formas de las palabras,  en su cáliz ya tan solo zupia ,  las líneas no más unidas  que antes fueron pensamientos,  ya no llega aquí palabra alguna  que sea cierta. Gramática pulverizada, movidas imágenes sin nexo, del viento el sonido mas ya no el nombre, alguien lo dijo y la muerte estaba sobre la mesa, un criado remiso, que espera en el pasillo, riendo tontamente, hojeando las noticias enloquecidas del periódico. Todo esto lo conoce: el euforbio, la silla azul, el café en la terraza, el día que lo envuelve lentamente y luego se al...

Daniel Battilana

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Agujeros nupciales Por la puerta Juana abierta o cerrada es igual a llevar la vida separada las cerámicas de la fina mirada te deforman deformada en llanto la puerta es de sombra esto puja por vencerme la puerta es tu párpado tus agujeros nupciales son nupciales de pan Los hechizos de pan mis esferos se precipitan propulsos en sus bolsas por la puerta mi escaramuza reemplazar con clemencia cada recuerdo . La mujer que me nombra  Corría desnudo por el jardín y supe que fui cobarde en tu batalla. Amé la verdad que no puede durar. Amaste durar en mi verdad. Rompí amigos que no blandieron amistad para defenderse. Era Marcial yo y era Torquato Accetto, qué no era si no sino hecho de lo que se gasta. Soy un hombre que no puede durar desnudo en un jardín. Hay una parte mía que no obedece en ninguna parte. La mujer que me nombra, la despierta a mi lado, dice que no tengo parte que obedezca; se engaña con alegorías de la desobediencia, O soy el poema que no puede durar ¿Cuánto dura una pala...

Michel de Montaigne: De la tristeza

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Fuente: www.qotd.org Yo soy de los más exentos de esta pasión y no siento hacia ella ninguna inclinación ni amor, aunque la sociedad haya convenido como justa remuneración honrarla con su favor especial; en el mundo se disfrazan con ella la sabiduría, la virtud, la conciencia; feo y estúpido ornamento. Los italianos, más cuerdos, la han llamado malignidad, porque es una cualidad siempre perjudicial, siempre loca y como tal siempre cobarde y baja: los estoicos prohibían la tristeza a sus discípulos. Cuenta la historia que Psamenito, rey de Egipto habiendo sido derrotado y hecho prisionero por Cambises, rey de Persia, y viendo junto a él a su hija, también prisionera y convertida en sirviente a quien se enviaba a buscar agua, todos los amigos del rey lloraban y se lamentaban en su derredor mientras él permanecía quedó sin decir palabra, y con los ojos fijos en la tierra; viendo en aquel momento que conducían a su hijo a la muerte, mantúvose en igual disposición, pero habiendo observado q...

Bárbara Alí

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Repetición proyectabas sobre muros derruidos películas de marionetas de colores bailando afuera el sol amarilleaba las hojas carruseles giraban con caballos de cuentos nunca entendí por qué cerrabas las cortinas soñabas sobre la pared       amarrabas fuerte un anillo roto quizás pensabas que vencías al villano de esa historia Piedra lunar la curandera habla de una piedra que está escondida en el fondo de mi cabeza hecha de sombras de veneno de noche de hojas secas que por eso miro alucinada la luna que hay que escarbar con un trozo de espejo veo los dados del tiempo rodar sobre un tapiz negro qué dirán los números sobre el sol en el cruce de cuándo y dónde nos encontraremos cuántas piedras moveré para hacer el poema qué dice la magia de esta gramática rota de las semillas doradas nacerán hijos de fuego los he visto en sueños lo sé. BÁRBARA  ALÍ  (1984, Buenos Aire...

Sharon Olds: Yo había perdido el lenguaje de los gestos

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Sentimientos Cuando el médico residente auscultó el corazón detenido yo lo miré, como si él o yo  fuéramos salvajes, fuéramos de otro mundo: yo había perdido el lenguaje de los gestos, no sabía qué significaba para un extraño levantar la bata y ver el cuerpo desnudo de mi padre. Mi rostro estaba mojado, el de mi padre apenas húmedo con el sudor de su vida, esos últimos minutos de trabajo duro. Yo estaba recostada en la pared, en un rincón,  y él estaba echado en la cama, los dos hacíamos algo,  y todos los demás creían en el Dios Cristiano, llamaban a mi padre la cáscara sobre la cama,  sólo yo sabía que se había ido del todo,  sólo yo le dije adiós a su cuerpo que era todo cuanto él era. Sujeté con fuerza  su pie, pensé en ese anciano esquimal que sostiene la popa de la canoa mortuoria,  y lo abandoné suavemente al mundo de las cosas. Sentí la sequedad de sus labios  en los míos, sentí la levedad de mi beso mover su cabeza sobre la almohada así c...

Carlos López Degregori

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Retrato de la vida que te escribí La vida que te escribí ya no la recuerdo: de cuál luna o cuello colgará, en qué árbol habrá escondido hermosas o terribles sus palabras, en que voces se oirá, en qué calle incendiada seguirán caminando sus pasos para siempre y en qué cristal perfecto beberá para después bailar con quién en qué salón deshabitado y se mirará en qué espejo y en cuál lecho dormirá cubierta de labios, de jardines, de falenas: como las olas que pierden a sus olas en el último mar o las manos que ya no encuentran a sus manos o los rostros desvanecidos en los retratos: la vida que te escribí ya no la recuerdo. Carlos López Degregori (1952, Lima, Perú) De: www.literaturalatinoamericana.com

César Vallejo: Huyendo de sus pies

Va corriendo, andando, huyendo... Va corriendo, andando, huyendo de sus pies... Va con dos nubes en su nube, sentado apócrifo, en la mano insertos sus tristes para, sus entonces fúnebres. Corre de todo, andando entre protestas incoloras; huye subiendo, huye bajando, huye a paso de sotana, huye alzando al mal en brazos, huye directamente a sollozar a solas. Adonde vaya, lejos de sus fragosos, cáusticos talones, lejos del aires, lejos de su viaje, al fin de huir, huir y huir y huir de sus pies - hombre en dos pies, parado de tanto huir - habrá sed de correr. ¡Y ni el árbol, si endosa hierro de oro! ¡Y ni el hierro, si cubre su hojarasca! Nada , sino sus pies, nada sino su breve calofrío sus paras vivos, sus entonces vivos... Enlaces: CÉSAR VALLEJO De: "Antología póetica", Biblioteca El Nacional, 2002

Marcos Silber

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Ella se demoró  por la maldad de las llaves extraviadas.  Él se equivocó de esquina  porque la pasada fue noche de tala  y se llevaron el árbol del encuentro.  El sol cayó en una emboscada  y quedó detenido en el día anterior;  y la luna, la luna se distrajo  en el patio de juego de una nebulosa.  Camino hacia los dos,  ambos se cruzaron sin advertirse,  velados como iban  adentro de un alborozado viento de ensueños.  Esto ocurrió  entre otras calamidades de un día enemigo, que uno y otro quisieran olvidar. MARCOS SILBER  (1934 / 2021, Buenos Aires, Argentina)

Jill Battson

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Ésta es mi madre ahora      En la calle principal de un pequeño pueblo inglés   ella cierra de golpe la puerta, la bolsa de compras ya no en su falda y a la calle  con una fuerza que es tan anormal, tan inusual  que el resto de la familia se queda muy silenciosa, muy quieta  y pareciera que yo soy la única que respira  saliendo rápidamente para estar sola  ésta es mi madre  después de años con su condición física, de vivir  confinada a una silla de ruedas  cuando llego de regreso en el auto ella trata de atacarme  agitando los brazos, gritando y llorando desde el asiento trasero  ella y yo somos las únicas que respiramos  y yo contengo una ira cercana a la náusea  mientras vamos de vuelta a la casa de mi hermana  donde voy inmediatamente a mi cuarto  espero que venga alguien y diga  está bien  pero nadie lo hace  estoy a punto de decir ¡la puta!  de embutir mi ropa otra vez...

Jorge Aulicino: El rezo del otro

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Saint Germain des Prés     El viejo temor. En una iglesia de París   encendí una vela y no supe -aun con mi más  ferviente deseo penetrando mis huesos,  como el frío entre aquellas piedras medievales- si podía creer, si me era dado creer, si mi fe era cierta y aceptada. Eran indescifrables los labios de la Virgen en aquella piedra tan gastada. El viento, no el de ayer, no el del Quinientos, un viento frío de hoy -aunque puro en cierto modo, o puro contra todo- apagó una vela. Creí que era mi pequeño cirio, mi querido cirio, el cirio de mi deseo, rojo en su cápsula de vidrio. Y aun creyendo que había perdido todo, que la boca de Dios o del Averno o del siglo lo había apagado, lo volví a encender con el mismo encendedor de plástico. Y luego de rezar de algún modo, me di cuenta de que no era mi vela la que había vuelto a encender, sino otra, la de al lado, chamuscada, vieja, ennegrecida. Fui raramente feliz y lo confieso. Sin quererlo, había avivado ...