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enero 31, 2026

Luis Correa-Díaz | Una Atlántida que nadie buscará

 

ATLÁNTIDA     




vivimos de espaldas a la mar, como si 
hubiésemos salido de ella de una vez 
y para siempre, pero nos amontonamos 
a la orilla y nos dedicamos al mal arte 
de ignorarla en tanto nos construimos  
casas y torres, nos bañamos al sol y 
hacemos deportes acuáticos, creemos 
conocer las profundidades, dominamos
las olas surfeando con gracia delfinesca,
descargamos ese nuestro estilo de vida
en su vientre como un vómito de bebé
enfermo crónico, le ofrecemos botellas
plásticas y otras alhajas miserables,
olvidamos que ella lo sabe todo todo
sobre nosotros y que algún día el mundo
entero será una Atlántida que nadie buscará
—no estaremos en ninguna lista de exoplanets


EXOPLANETS AGAIN




bien, qué mejor para nuestro futuro esplendor,
ya van 59 + posibles exoplanets identificados
a la fecha esta vez por el Proyecto Carmen
en un observatorio español, Almería, reúnen
varias condiciones de habitabilidad, al menos
10 de ellos califican respecto a que vida podría
haber allí —a qué escala, pues hasta el 2050 no 
tendremos claridad sobre sus atmósferas—
llegar por allá ahora y contemplarlos in real
time/space y las estrellas que orbitan resulta
inviable, decenas de años luz no se recorren
en un santiamén, como no lo hace la lactancia 
de la especie nuestra a traverso de su historia,
jóvenes mujeres rusas van a parir a Argentina
🇦🇷, como hace poco se iban a 🇧🇷 o a 🇺🇸,
la atmósfera local les parece que da un nuevo
colchoncito a sus criaturas en muchos aspectos 
contractuales, incluido el pasaporte de cierto
prestigio internacional y una seguridad social
para no morir en el intento, turismo de parto,
tráfico global de emigrantes a aquellos países 
donde rige el ius soli, o sea ese tan apetecido
derecho de suelo, si te he visto no me acuerdo,
mostly well off inmigrantes de paso a la caza
de una segunda ciudadanía, exogestantes
de ese futuro esplendor pero muy a ras de piso


LUIS CORREA-DÍAZ (1961, Santiago, Chile)
Fuente: Anales de literatura chilena 2024)
Enlaces: LALT | Revista Altazor
Imagen: Luis M. Pimentel

enero 18, 2026

Marcelo Díaz | Con todo el resplandor de las sombras

Poeta leyendo unos poemas frente a un micrófono. Asus espaldas un gran  ventanal enmarcado por un cortinado color bermellón

 Viajado   

“Una barca es y no es 
cuando se hunde 
ambas desaparecen” 
Issa Kobayashi 
 
De repente pienso en la representación  
de una pluma, no sé  
la memoria casi mnemotécnica repiqueteando 
en los versos de Emily Dickinson, 
tampoco me aprendí los vocablos de los pájaros 
y sin embargo me acuerdo de esa vez 
en casa. ¿Qué sería un viaje 
sino tan sólo otra representación? Ya no la pluma 
si no quizá un trineo y la polvareda de la nieve 
desvaneciéndose en el paisaje mental 
con un efecto para nada lírico. 
¿Dónde guardaste tu voz? 
Sos joven, no sos feliz, ahora vas a contar: 
Uno, dos y tres hasta desaparecer 
como un zorrito dorado en la visión de un arquero 
maravillado por tus ojos 
y el mapa de tus huellas que conduce a tu hogar 
para más adelante encender una fogata y dormirnos 
uno al lado de otro. 
¿No era eso el amor? 
Aquello que me dijiste: “gracias por estar, 
es navidad, mi vida sigue electrizada por la tristeza 
¿me vas a querer igual?” 
En la noche más oscura cubierta de nieve 
con todo el resplandor de las sombras. 
Vuelvo: ¿Encontraste tu voz? 
¿Y dónde la perdiste? ¿Fue en esa noche? 
¿Fue mientras nos imaginábamos 
cayendo 
como esa pluma del poema 
que yo me repito de memoria? 
pero vos ni siquiera lo encontrarías en una canción 
y contra todo pronóstico igual 
¿sabrías que hablo de vos? ¿O acaso la perdiste en el trineo 
yendo hacia quién sabe dónde? 
Esa única noche, digo: 
en la formación de la lírica el proceso 
es parecido al de la descomposición de una helada 
sólo que la claridad del frío 
se desvanece a la inversa de la luz 
hasta convertirse en una emoción nublada 
como un archipiélago 
alrededor del círculo polar. 
¿Qué me ibas a decir? ¿El trineo? ¿Tu voz? 
El poema que no leíste pero y sin embargo es como si. 
¿Qué escuchaste? 
El ángel de la tristeza acariciándote, 
susurrándote por lo bajo: “Una chica y un hombre van perdidos, 
háblale dice el ángel, ahora háblale 
pueden construir una casa: primero la tierra y después 
una cabaña de madera rodeada de pinos 
y al último un sueño compartido 
donde un ángel te habla y te acaricia y así?” 
Cada tanto quisiera ser un auricular 
a veces de oro 
a veces de plata 
sostenido en la imagen acústica de tu corazón, 
un poema que refiere a otro poema que no leímos 
una fábula dentro de una fábula, 
la narración de un cuento de hadas 
que al final termina su recorrido en el mismo punto 
donde nos subimos en un trineo imaginario 
para no regresar nunca 
y por más que lo intentamos 
una y otra vez 
terminamos en el mismo lugar 
donde esta historia recién comenzaba. 




De: "Los gamos", Ediciones Trafinku, 2024. 
Otros poemas de MARCELO DÍAZ, aquí
Imagen: Paola González

enero 11, 2026

Ernesto Carrión

Se observa al poeta Ernesto Carrión con una campera marrón, cruzado de brazos. Una cabellera profusa, usa anteojos y la barba es incipiente. En el fondo se aprecia lo que parece ser una pintura colonial

Papeles de cuaresma    




Albania me encantaba porque no tenía nada que ver conmigo. 
Me ocurría lo mismo con Budapest y Bielorrusia. Aunque a mi hijo  
 
le gustaba ponerlos en la discusión sobre la mesa, a la hora de jugar
a la dominación del mundo. La pregunta sobre cómo se domina algo
tan quemado por dentro sigue retumbando en mi cabeza. 

Mi abuela debe ser la única persona que se fascina con las iglesias
incluso cerradas, porque empieza a merodearlas con ansiedad 

escondiéndose del sol, con los ojos inquietos. Cuando se llega a los ochenta
Jesús es un cachete enrojecido pegado a ti, dando silbiditos y picachos
de repente. 

Pero para alguien como yo, que avanza a los cincuenta años y por lo tanto
carece de zona de confort, la religión es un trabajo que pesa un quintal 

o es esa mímica cruda de los domingos que congela la inmortalidad
con pensamientos casi siempre masoquistas. 

Bibidi Babidi Bú era lo que canturreaba La Hada madrina en el aire
haciendo uso de un falso lenguaje para que la magia existiera, 

lo que quiere decir que para modificar la realidad, hacer agua del mundo,
es insuficiente el lenguaje educado y lleno de jerarquías. 

Para recuperar el amor por la escritura, que ha sido mi única religión,
yo empleo también un falso lenguaje que dice lo que no dice 

y que se desdice de lo que dice, como expongo a continuación: 

Aquí se venden litros de muerte a centavos. Usted puede adquirirla
en todas partes. Porque está en todas partes. Y puede encontrarla 

en muchas presentaciones. Porque para eso hemos diseñado y distribuido
con éxito nuestro producto. Bébala como guste. Fría o caliente. Consérvela
en un lugar apartado de la casa. 

Si la lleva consigo, por favor, llévela bien sellada.
Y no olvide lo más importante: una vez adquirida, 

la muerte no tiene fecha de expiración. 

Y así podría seguir colocando ejemplos que vienen al caso
para revelar que al llegar esa noche a mi departamento 

la vida como la conocía mi abuela, pero también mi madre,
mi hermana y su hija y otro montón de gente, desapareció. 

Bombardearon los noticieros mientras fregaba los platos:
contagios y pilos de muertos eran un elemento fantástico y aterrador 

aeropuertos comenzaban a cerrarse; ciudades fueron llamadas
a abastecerse para no desaparecer contenidas en sus capullos metálicos. 

Puentes aplanados por la maquinaria de la guerra, soldados atados
a tanques y a más soldados moviéndose con megáfonos por doquier 

mientras la luna se instalaba en todos los cielos del mundo mostrándose
como lo que ha sido siempre: un salto a la leche o un vacío volando
o una cofia de monja. 

Despedirse en este momento de quién y para qué -me dijo mi mujer-,
si irse sin todos da igual a largarse abrazado con todo el mundo. Hay 

que cerrar la casa. ¿No entiendes que cuando la música acabe todo lo
que veremos será un cuerpo pretencioso y corrupto lastimándonos
con la idea limpia de que al menos la vida fue necesaria para cultivar
estos problemas? 

¿Cuáles problemas?
La física y Las matemáticas. Naderías como esos poemitas que me propongo
a escribir y que nadie más que yo termina comprendiendo cuando empleo 

palabras como bulbo cavernoso y suelo pélvico para describir el acto sexual
o el asalto de dos amantes que se estrujan hasta quedarse
con alguna partecita robada a ese otro yo. 

Algo tan urgente e injusto como el robo de un libro.
Aunque opine firmemente que toda persona debería tener un libro robado 

en la biblioteca de su casa, para así recordar que la literatura
es un riesgo innecesario y un asalto. 

Atiborrado también de historias incurables como las que ahora ocurren:
porque venían ellos así, huyendo a toda lágrima con máscaras en la cara, 

azules y trágicos como la vida extraterrestre dentro de una oreja
y desde el mes de febrero, en plena cuaresma, olvidándose del jefe
de la tribu israelita y su relato de peleas de gallos con montes y lagunas
de arriba hacia abajo. 

De un lado hacia el otro los veíamos paseando por el televisor
zurrados y navegando a la deriva sobre un río incontenible de muertos 

con nombres como Pedro, María, Juan y José cuchicheando borrachos
y sonámbulos como zombis rechazados por un estado indolente que no les ofrecía una cama
de hospital, ni un poco de oxígeno ni un féretro donde apagarse. 

Y a los pocos días tirados como fundas de basura, envueltos en fundas de basura,
convertidos ellos mismos en basura desperdigada por casas y veredas 

o depositados en fríos contenedores, revueltos entre más carne infectada,
para que nadie pudiera reclamar esos cadáveres que eran solo estadística
ruidosa de una guerra silenciosa que no discriminaba por clases ni género
ni raza. Que simplemente arrasaba con todos como aguacero
definitivo, como plaga de Egipto. 

Si aquí hoy alguien despierta es de milagro y lo hace arrastrando un pie
junto al otro. Así vamos dejando de ser materia en fuga o ideas apresadas
como hervidero de gusanos cerrando el horizonte. 

Adscritos al movimiento global. Mi hijo y yo, cuando desayunamos
encerrados, cuando miramos la televisión encerrados, cuando dormimos 

encerrados y con miedo, estamos adscritos al movimiento global,
compartiendo el agua caliente y ciertas rutinas de evasión
que igualmente nos dejan llorando. 

Histéricos, deprimidos y suspendidos entre dos vidas esperando por
la noticia del pariente muerto o agonizando. O porque finalmente 

aparezca la fiebre encapuchada a despedazarnos entre cuatro paredes
con un hilo de palomas muertas atadas al cuello, 
soportando un modo de soledad y compañía insólitos. 

Mientras en cientos de ciudades en este preciso momento hay fosas comunes.
El 2020 será recordado como el año en el que muchos gobiernos del mundo 

se pusieron de acuerdo y actuaron como los nazis: quemando cuerpos, extraviando
cadáveres y ocultando cifras reales. Aunque para el día de mañana, quiero decir, cuando
amanezca, los puentes se caigan y las ciudades terminen sumergidas. 

Nada volverá a ser igual.
Aunque esos muertos regresen a la vida, nada volverá a ser igual 

aunque la luna desprenda una tela espléndida por donde bajen
esos cuerpos como figuras de un tarot obsceno, asolando gemidos. 

Nada volverá a ser igual.
Nadie volverá a tomarse de la mano mirando en silencio nuestra modernidad 

reapareciendo en autos y hoteles de lujo, o en estaciones de metro donde milita
el espectáculo de los telespectadores y su oficio con montones de frívolas citas
que devoran su parte más humana. 

Nadie volverá a hacer el amor con la luz apagada por temor a que ese cuerpo
de pronto desaparezca; 

nadie volverá a cantar una canción en su mente para que nadie más pueda oírla:
la soltará con rabia como un huracán hasta que estallen otros tímpanos y otras
córneas necesitadas de ese incendio. 

Nadie volverá a mentir mirando fijamente a su víctima. Decir la verdad se convertirá en una
necesidad de recuperar la sangre; 

nadie volverá a estornudar sin recordar a sus muertos. Sin perder la mirada en los muebles y
lugares dejados por esos cuerpos traspapelados. 

Derramando otra vez lágrimas y persiguiendo el amor como un superviviente
con la piel completamente quemada, liberados ahora sí del peso de la tierra, 

de la hipocresía y los modales paralelos, de las ceremonias y sus rechonchos
y verdes embustes. 

Macheteando el viento con el pecho caído;
atravesando túneles sin dios en sandalias y con los bigotes y las melenas plateadas y desesperadas; 

llenos de afecto, pero radiantes como el exceso de defectos, como la ignorancia
y su espejismo alojado en la tráquea; 

como un mercado donde aparecerá la basura y será repartida entre mendigos
que romperán las ventanas y dialogarán con los grillos y las cucarachas
y se alegrarán por tomarse finalmente de las manos llenas de salpullido. 

Volveremos solamente así: ciegos para fundar otra vez una tierra llena de pena.
Deformes por haber sobrevivido lavando cristales; 

culpables por haber sobrevivido lavando cristales y mirándonos hacia adentro
donde desde ahora reposa la nieve y un extraño sinónimo de resistencia. 

Agradecidos por no haber sido nosotros los sacrificados de la especie.


ERNESTO CARRIÓN (1977, Guayaquil, Ecuador)
Imagen en diarioconcepcion.cl

enero 06, 2026

William Osuna | Tiempos difíciles estos

Fotografía del poeta William Osuna de perfil con la vista hacia el marco derecho. Viste una camisa a rayas cruzadas color rojo y azul. El pelo peinado hacia atrás y terminando en una gran cabellera en la nuca, despeja una amplia frente. En el fondo se observa un espejo rectangular sobre una pared blanca
 

UN NOMBRE    



De aquello no quedó nada 
un espacio vacío/humo/adioses/ 
por las estrechas caderas de la vida 
multitudes que el miedo venció 
el hombre recostado a un imperio 
de fracaso fatiga y dolor 
ciudades convertidas en inmensos
garajes de chatarras aves extraviadas
vueltas cenizas ojos en el aire
la Tierra pendiendo en la sala de mi casa
como una esfera de bambú
ni siquiera un nombre de mujer.



AQUEL CHOFER de la línea
de autobuses vía Barcelona-Caracas
que hablaba en llanero
y reía y gesticulaba como el profesor Manuel Bermúdez
y que cambiaba las emisoras de radio
a la velocidad de la noche
cuando todos entraban en el sueño
y él sólo era un trueno vivo
sobre la lluvia del estado Miranda Aquel
escándalo viviente vuelto loco
por la reseña de los aviones que participaron
en la 2ª Guerra Mundial
aparecida en barajitas (sobre verde y chicle negro)
y que no se llamó Monje Jack Palangana
Mocho Ledezma o Héctor Gil Linares
sino Elí Giménez Rivero.
Aquel tipo que en la nariz era Dick Tracy
y en el modo de arrugar la frente
el papa Juan XXIII Aquel viejo Húngaro
que trabajó en el estacionamiento del señor Salas
—murió alcoholizado—
y que en pleno delirium tremens
alababa al Führer siendo de nombre Stefan.
Aquellos que vinieron al barrio
en un camión de mudanzas
con sus viejos colchones y demás parapetos
y que juntos eran más terribles
que la familia Burrón
Arvelo Hernández de apellido aquellos
los que vieron en el vendaval
de los días.
Sueño peligroso visiones de ropa enlutecida
saltando desde caballos envenenados
merecen este homenaje.
Entran en estos desérticos poemas a compartir
tu Episodio Nacional.



EPOPEYA DEL GUAIRE



El río Guaire tiene malos modales, cuando va
en los autobuses nunca le cede el puesto
a las parturientas, se sienta primero que las
damas, en los entierros grita más alto que
las viudas, dice impertinencias del muerto, cuentos de
los otros ríos.
A mí que no me nombre, dice el
Orinoco, no fue grumete en La Invencible ni
pudo unir sus aguas a los siete mares de China.
Los indios lo taparon con concha de totuma
para que los españoles no se lo bebieran.
No se parece a los ríos de don Jorge Manrique.
La mar océano no lo soporta; respecto a
él filosofa como un sabio chino: «Un río que no sabe
morir es un golfo».
¿Quién lo maleó?
No lleva doblón, ni sencillo, ni baúl de
pirata en sus dominios.
Tampoco rabo de tigre, tiene la carne peluda.
No trabaja, no canta.
Se monta en un perol de leche o
sobre el capó de un carro a mirar
los colores de la ciudad: es un río
que contempla, no para que lo contemplen.
Tan pobre: si la luna de los amantes
se atreviera a conversar con él ningún puente
la aceptaría; que no le vaya a pelar
los ojos a la Laguna Negra, el poeta
Acevedo sería capaz de encerrarlo en un soneto.
Bronca de ríos y que hermanos. No me
meto en esos líos familiares. Así me
enseñaron en la escuela. No es mi problema.
Por el camino que da a la selva,
donde se gesta un remolino de caimanes;
y el árbol de caucho brilla como un
estuche de precioso bisturí, Andrés Mejía le fue
a meter chirimbolos del Guaire al Magdalena:
el Magdalena tan reilón con sus dientes de
oro y muelas de esmeralda lo dejó beber
ron durante tres días. No le paró.
Lo emborrachó, le silbó una cumbia, un bambuco.
Y así se lo envió al Motatán, metido en
un guacal de manzanas para la casa de
Hermes Vargas. Cuentos de Andrés. Más sabe Andrés
por Andrés que el Magdalena y sus pedrerías.
La flor fétida, el aceite de las refinerías, la
garcita urbana y una nevera desportillada
son cifras que acompañan. En algunos casos el
sol es un golpe de espuelas contra las
aguas revueltas.
El río Guaire es mi amigo. Yo le
pido la bendición. Él es como un burrito
indómito que atraviesa la ciudad cargado de botellas
vacías:
ningún río de las Francias y de las
Alemanias se le compara. Está enamorado de la
quebrada de Catuche. Qué amores.
Intercambian bacinillas detrás de los estacionamientos,
si los vieran.
El Dumbo Márquez no lo quiere: su Harley Davidson
se ahogó en sus aguas. Yo sí lo
quiero, no es como el Orinoco que se
alimenta de músicos; se tragó toda una orquesta,
y las cartas de amor de Argenis Daza Guevara;
y si no quería cantar y amar, ¿por qué lo hizo?
Qué desperdicio. Tan pedante.
En mi infancia yo quería al Orinoco.
en ese cruce había un araguaney, donde se
enlazaban los gatos, que lo miraban a uno
con sus ojos de oro. El viento corría
por ahí: hablaba como duro cartón. Bajaba gruesa
neblina por la Puerta de Caracas. Todos los
autobuses pasaban de largo y se metían al cine.
Mi infancia que tenía más colores que los
de un poeta de provincia en su provincia,
no distinguía las aguas, todas eran iguales.



LA DESALENTADA



Si andas en rumba de necedad
y en el metro
y en el pico de los puentes
detienes tu andar
y te repites como el ave negra
de Poe
never more
never more
dándote pases de melancolía
en las tinieblas de los supermercados.
Si bestia triste vas de vuelo
a tus recuerdos
como quien guarda un pedazo de muro
de aquel cine de barrio
que ya no existe
y el puñado de tierra es contra tu rostro
cuando te arrodillas
frente al altar de los hoteles baratos.
Digo
Tiempos difíciles estos
y tú más difícil aún.
Como aquel piano del Camilo’s
que nadie pudo sacarle
su serenata de balcón,
la vida caducó en ti
como un
disparate.


WILLIAM OSUNA (1948, Caracas, República Bolivariana de Venezuela)
De: "San José blues 1923", Monte Ávila, 2019
Enlaces: Gredos | Festival de poesía de Medellín | Literatura contra la opresión | Centro Virtual Cervantes

enero 01, 2026

Carlos Alberto Débole


Invocación    




La terca soledad sostiene el cielo 
donde la luna es un temblor en vilo. 
Inútilmente el ojo busca ahondarse. 
La noche es su recinto y su muralla. 
Nada y todo es lo lejos. Acosado 
otra penumbra soy en la penumbra. 
Defiéndeme, Señor,
de mí mismo, quizás, Señor, defiéndeme.
Aquí, en la pampa, mi pavor inquiere:
¿Ese animal, por qué, ese caballo
que todo el universo carga encima
está en lo suyo y nada lo conturba?
¿Por qué, Señor, la inmensidad me oprime
hasta volverme cero, o menos, nada?



El ojo en el espejo




No quiere verme viejo
el ojo compasivo
del espejo.
Y me mira de tal suerte,
que le miro,
y me veo la muerte.
Pero el amor me espera,
y de amor me revisto
hasta que muera.
La muerte será la despedida,
lo se, a tanto amor,
a tanta vida.
Mientras me ampare
el ojo del espejo,
y no repare
en lo que mi ojo mira,
gozaré con ese ojo
mi mentira.




En la imagen se ve a un hombre mayor, de piel clara, con cabello canoso peinado hacia atrás y un bigote blanco bien definido. Tiene el rostro levemente girado hacia la derecha, con una expresión serena y reflexiva, casi melancólica.  Apoya las manos entrelazadas cerca del rostro, como si estuviera escuchando o pensando con atención. Viste una camisa clara y un saco de tono marrón con textura, de estilo clásico. El fondo es suave y desenfocado, en colores cálidos, lo que hace que el foco esté completamente en su cara y en la expresión.  En conjunto, transmite una sensación de calma, experiencia y contemplación, como alguien acostumbrado a observar y reflexionar más que a hablar.
CARLOS ALBERTO DÉBOLE
(1915 / 1990, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)