
Segunda búsqueda
Ayer, en el cementerio, no podía entender las palabras "Pierre Curie" grabadas en la lápida.
Marie Curie, 1906
A la verdad le gusta
ocultarse en lo abierto. Ya por entonces,a solas en el puente, en la soledaddel deseo, nuestra luna inundabalos desfiladeros de Truyère.El músculo satinado de una melodíaserpenteaba por el agua reclamandoatención: por el Wisla, el Biévre,el Sena. La lluvia tiraba con manos invisiblesde la barba de los cedros, socavaba la ribera de los ríos,apretaba los puños con el olor de la tierra,
como si supiera que algún día yo metería
las manos entre el pardo polvo de la menasalpicado de agujas de los pinos de Bohemia,que estaría cuarenta y cinco meses bajo el paraguas o empapadabajo el sol, avivando el espíritu azuldel amargo aliento de la pechblenda.Tantas cosas consumidas, años, para alcanzarese color. Como si la lluvia polaca ya conocieranuestro jardín inundado de París: esperabamientras te traíana casa desde la rue Dauphine, medio cerebrosecándose en el pavimento; la cuchilla de la lunaen la garganta de las flores, carne fresca empapada,sus bocas amoratadas y abiertas,sus gritos deshaciéndose en el polvo en la garganta.Una humedad sepia como la de los bosques de Miniére y Port Royal que tú me describiste, me ayuda a dormir: ya en aquel tiempo me enseñó a no tener miedode la tierra, a agradecer los retorcidos senderos del fracaso que nos juntaron, a rechazar el sudario y en vez de eso cubrirte con espinos, iris, el paño negro de tierra que tanto amabas.
Antes de casarnos
permanecía con el río fluyendo por mis manos como si la pérdida de algo hermoso me hubiera manchado la piel. Qué parecido un brinco de esperanza a un brinco de miedo. Mientras, un pájaro firmaba su nombre en el cielo. Ya entonces te sentía por mis ropas, como el beso del radio en el bolsillo del chaleco de Becquerel, el beso que nunca olvidó, abrasando su vientre.
Aparté tu chaqueta
para verte. Besé la túnica de sombra que te cubría y no quité tu sangre de mis uñas. Le grité a Irene por cerrar un libro que habías dejado abierto sobre la mesa.
Cuanto más avanzaba nuestra vida en común
más te amaba. Día tras día vertía mayor pureza en vasijas y tarros. Te observaba inclinado sobre la mesa como un relojero, engastando lo que no es visible. El regocijo de la concentración, el amorla sustancia precipitante. Nuestras manosnunca dejaban de moverse, pielde zalea, largos guantes devorándonoshasta el hueso. Abrimos la puerta ala aurora boreal, a los icebergs, a lejanasmontañas alineadas en las repisas. El residuo azul que se pega como un olorlo empaña todo con su aliento. Por la noche, trabajando, nos sentábamos igualque bajo las estrellas. La destilación relucientedel tiempo.
Te reías cuando, subrayaba los libros de cocina
con el mismo cuidado que las notas de laboratorio pero para mí era lo mismo: el mismo proceso del amor, disolver, filtrar, reunir hasta que la verdad sea tan pequeña que se palpe en la lengua. Mi cuerpo dolorido de permanecer de pie en el patio, removiendo. O de tenderme debajo de ti. Los sonidos de la noche en el céspedde Sceaux, los faroles del porche,las patas de madera arañando los baldosinescuando tu padre seguía a la luna con la silla. Escuchaba en la oscuridad la canción de la corrientesabiendo que no había diferencia, tu manoadormecida a mi lado, estuvieras pensandoen la esencia de las sales, en guarismos del átomo o en los efectos secretos de la luz de la luna: se trataba del mismo amor,radiante en la memoria, sencillo como la piel.
Todo lo que tocamos
arde a lo lejos, nos hayamos entregado o no, el mismo día de abril se alarga hasta la delgadez,la misma tarde de invierno se espesa hasta la oscuridad. Tenía treinta y ocho años.Cada vez que la puerta se abría esperaba que hieras tú. Durante meses guardé tu ropaacartonada por la sangre. Solamente la calle me entendía. Caminabay cerraba los ojos encomendándome al Diosde los tranvías, de los caballos, de los cabriolés.
Eres el cristal que silencia
las hojas mojadas, el silencio del río en invierno. No puedo ver el mundo con tus ojos, pero puedo verte a ti en el mundo: la invisibilidad que inclina la rama; la reverberación de la luna al seccionarse; la piel desvaneciéndose bajo los rayos. Cuando Albert, en mitad de una prueba, arrojó de repente su mochila para amedrentar los acantilados de Engadine, agarrándome del brazo, histérico; “Necesito saber qué les ocurre a los pasajeros cuando el ascensor cae al vacío” — y yo cogiendo a las niñas, temerosa de que empezaran a reírse allí mismo - era lo que tú habías estado pensando cuando atravesamos el Paso de Majola.
Llevo a nuestras hijas
a los ríos que amabas. Paseamos por la ribera del Biévredonde pasabas noches enteraspescando ideas en el agua. Pienso en su piel de platainvisible en la corriente, separando aún la sangre fría y brillante del río incoloro. Invisible como el oxígeno que sella el agua y el hielo de modo que la línea entre río y cielo no se rompa, el hidrógeno alineándose en una sola dirección, bajo las cuchillas de los patinadores. Moviéndose más rápido a cada lenta zancada. Nada mejor para entrar en calor que el movimiento,la velocidad en nuestros muslos.
Sólo puedo encontrarte
buscando en lo más profundo, así es como el amornos marca el camino en el mundo.
Mis manos arden
todo el tiempo.
De: "Buceadores de la piel", Bartebly Ediciones, 1999Traducción: Jaime Priede. Epílogo: Jordi DoceOtros poemas de ANNE MICHAELS, aquí