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octubre 29, 2017

Laura García Del Castaño


El sabor de lo desecho




ahora que vacilamos
como dos trozos de madera en el mar
el oleaje nos distancia
a una medida en la que podemos sentir
la resignación
una fuerza de tempestad mayor
a nosotros mismos
la respiración del destino
que nos quiebra
algo insiste entre nosotros
y con esa ansiedad
alimenta este muerto
porque lo perecedero se impregna mejor
en el vacío
lo sabemos nosotros y ese perro callejero
que desgarra
el sabor de lo desecho


Mujer-de-pelo-corto

De: "Los demonios del mar", Ediciones del Dock, 2015
Otros poemas de Laura García del Castaño, aquí

octubre 28, 2017

César Simón




Regreso en el tren



Gracias a Alejandra Boero que publicó en Facebook el primer poema que transcribo aquí, me remito a la búsqueda de poemas de César Simón en el  navegador. "A media voz" recopila varios poemas con una breve reseña biográfica. Hoy lo empiezo a conocer.




Las palabras de Orfeo






-¿No estás ahí, no estás?


Y avanza a oscuras,

y se detiene y palpa,

y reclama a lo hueco.

-Pero ¿ acaso no estás ahí,

y este vacío no es tu cuerpo,

y el eco de los cuartos no es tu voz,

y los muros tu carne?

¿Y las vigas no son tus huesos,

y el suelo no son tus pasos,

y el aire del pasillo no es tu aura,

y tu huida las puertas

y mi deseo todo,

y tu presencia nada,

nada,

nada?





Lo que nos diste






Avena diste, nubes.


Diste el silencio de la tierra,

la densa pulsación de un vino

que lamía la carne. Diste el ocre

ribazo que alimenta

esas brozas.

Sabíamos de las piedras

-de noche allí se posan los mochuelos-,

las diferentes copas y los modos

de estar, de ser ásperos, duros,

el olivo, el almendro, el algarrobo.

Para nosotros era el tiempo raudo,

más difícil la llama de la sangre;

pues yo creía ver

en el tostado rosa de la piel

los puntos

de arena aún,

la sal ya seca en finos

encajes, en el pelo aún mojado

de aquella agua del mar que en él olía;

yo allí creía ver algo más hondo

que un fácil cuerno de abundancia.

Oh ribazo clemente, entonces vino

tu cuerpo, vino tu sustancia,

tu hondura, tu volteo

en la luz, en las nubes y la broza.

Vino entonces el acto de las ropas,

tosco, el tanteo de los frutos

que a las manos prendían en sus cepos.

Y nosotros sabíamos, no obstante.

que estábamos perdidos,

hundidos en la tibia madriguera,

en el vergel viscoso de un instante.

Allí, prietos, como un canto rodado

en el lecho del río; allí, entregados,

mas sin perder la aguja que te punza

la frente. Y, por eso mismo,

serios, humanos, con la vida cierta,

verdadera, en sus límites tenaces.

Aquí había de ser la salvación

o no sería nunca.

No, no lo sería.

Así había que ser, amargos

como el baladre en medio de la rambla;

ásperos, duros, como la carrasca;

simples, intensos, sin quererlo ser ,

como el tomillo; sabedores mudos,

como la roca, como el cielo raso,

que allí están y allí insisten, y allí esperan.





Regreso en el tren






Suave


la noche.

Blanca

la espuma, a flor

de labios. Tu cabeza

tronchada, cómo pende

del hombro.

Noche. Las estaciones

del trenecillo suburbano.

Acacias, bugambilias,

nísperos, tras de verjas, los caminos

entre acequias corruptas, de aguas negras

y brillantes. Bultos de moreras,

ásperas cañas de maíz

en dirección al mar. La Malvarrosa.

Ancho vagón de polvo y papelillos.

Cierras los ojos. Sientes

tu cuerpo joven, derrumbado, quieto,

pero germinativo y oloroso

como el estiércol. Sientes

cómo viene el azahar de oscuras fuentes,

cómo se emboscan las barracas

-girasoles, higueras-,

cómo ladran los perros a distancia,

cómo canta la vida desde el fondo

del barro.

Ya viene el mar, ya hueles

su frescor y su sal, su oscura mole

fragorosa. Ya caminas, ya sigues

al lado de las tapias. La Cadena,

el manantial de Sellarim, jardines

rotos, perdidos, de azulejos,

de fuentes y de bancos de azulejos.

Estrellas. Lejos los silbidos

del tren. Oh madreselva,

verdad, oh dispersión confusa,

aquí amaron tal vez -ficus enormes-,

aquí venían en calesa -blancos trajes

de seda cruda, gasas y sombreros

al viento, al mar-, aquí tomaron

zarzaparrilla, helados. Aquí urdieron

entrevistas nocturnas. Tantas cosas

que ignoras, tantos nombres

que ignoras, tanta dicha,

tanta pasión, que tú nunca sabrás.

Y ahora estos jardines

que pasaron de moda, estos solares,

estos faroles rotos, estas tapias

de bambú, de jazmines, de mojadas

pasioneras.

Oh noche, cómo es frágil

tu paso, cómo es joven

tu ropa descolgada y polvorienta;

cómo están secas estas manos

vacías, que te duelen, entre tanta

facilidad. Mas cómo es grande y pura

la ligereza, el temple con que bebes

lo que te dan: la vida misteriosa,

la densidad oscura, informe, vaga;

este total, lejano desvarío

de tus pasos, en medio del perfume

de los huertos, este ir a casa mudo,

prieto, febril, dichoso, ebrio de muerte.










Poeta español nacido en Valencia en 1932.
Se doctoró en Filosofía y Letras con una tesis sobre Juan Gil-Albert. Fue director del Instituto Luis Vives de Benetússer y profesor de Teoría de la Literatura.Aunque cronológicamente pertenece a la llamada « generación segunda de posguerra»,  su poesía 
coincide con la generación del setenta, década en la que apareció la mayor parte de su obra. Las siguientes publicaciones contienen su obra: Pedregal, "Premio Ausias March 1970", Erosión 1971, Estupor final 1977, Precisión de una sombra 1984, Quince fragmentos sobre un único tema: el tema único 1985,  Extravío 1991 y Templo sin dioses, obra con la que ganó el "Premio Internacional Loewe de Poesía" en 1996. Falleció en 1997.  © http://www.amediavoz.com/simon.htm


Imagen: www.taringa.net


octubre 27, 2017

El poeta ocasional en Facebook




octubre 26, 2017

Carlos Barral

Poesía española

A veces




A veces cuando era
temprano todavía para verte
o cuando la ventana
se abría a la distancia y al sonido
de tanto hierro puesto y tanta arena
que cruje a tierra extraña en los caminos
remoto a la esperanza
me volvía a aquel sitio en que dejamos
las soledades juntas y las voces.

Te hallaba limitada
de corazón disperso y de alegría
por todos los costados y flotando
en la noche segura y abundante
que nunca se consuma.

Sin embargo a lo lejos
tan pronto me acogías con los nombres
de las cosas comunes, en sigilo
sentía que tu isla no estaba ya a mi alcance.

Entonces por entero
reincorporado al límite del cuerpo
volvía a la certeza de la espera.



CARLOS BARRAL (1928 / 1989, Barcelona, Cataluña, España)
Enlaces: A mediavoz

octubre 21, 2017

Claudia Prado: Lo primero es la casa y la voz de su madre ¿la voz de su madre y la luz? ¿el golpe de luz al levantar la persiana?

pájaro azul. Ariel 




Lo primero es la casa 
y la voz de su madre ¿la voz  
de su madre y la luz? ¿el golpe de luz 
al levantar la persiana?  
Nos despertaba y siempre 
decía algún verso. Él habla rápido  
y, en lo que va del por ejemplo 
al ejemplo de lo que ella  
podía decir una mañana  
espero las palabras que hicieron  
de mi amigo el que conozco, este  
que camina por una ciudad mediana  
este que incendia después la soledad 
llenando con letra manuscrita sus papeles.  
El ejemplo llega y no son versos.  
Mientras la primera luz  
entraba al cuarto 
su mamá decía: A levantarse 
que pájaro azul ya está en el mate. 
Supe después que pájaro azul  
era una yerba. Y cuando la vi 
por supuesto, me compré un paquete. 
No explica más, pero yo entiendo: 
Si la poesía 
es en parte convicción,  
por qué no serían versos  
los de la publicidad de yerba. 
A una línea la sigue otra línea, 
una vida de escribirlas, la letra  
manuscrita en el cuaderno. 



las cuentas. Emiliano 



Les hace dar tantas vueltas a la casa 
como errores en las cuentas  
hayan cometido. 
El hombre manda sin moverse 
la gordura incrustada en el asiento  
en el cuerpo un temblor 
que viene de su brazo, de la mano  
con que agita su sombrero en abanico. 
Ellos corren y la tierra  
se les pega a los mocos, en las lágrimas.  
Cansados, se quedan un ratito 
del otro lado de la casa 
ahí no puede verlos, hermanos  
compartiendo una vergüenza  
ni se miran. 
Pero el niño comerciante  
hace otras cuentas en silencio 
a cada vuelta sumas largas sin errores 
cuánto alambre, latas, chapa 
podría vender a los gitanos 
si espera a que regresen, si acumula    
todo el año. Podría incluso 
huir con la ganancia. ¿Y si no vienen? 
El hombre ahora está quieto, está dormido 
ellos siguen dando vueltas a la casa 
después se sientan a la sombra 
al otro lado.  



Otros poemas de Claudia Prado aquí

octubre 16, 2017

Sharon Olds: Y después la paz

Sharon Olds


La timidez



Entonces, cuando nos unimos, me volví

más tímida. Me volví completa, gozosa,
y más tímida. Puede que haya brillado más, reflejado
más, y desde muy dentro de mí surgió
un resplandor que me atravesaba, pero yo no estaba
jugando, ahora. Me sentía como alguien
pequeño, debajo de las vigas de una Iglesia, o en
una catedral, los espacios abovedados del cuerpo
como un bosque sagrado. Estaba quieta cuando no estaba
haciendo esos sonidos metálicos, orbitales, oxidados,
los sonidos de acabar, en la bisagra de la materia con
lo que sea que no es materia. El me lleva a
acabar y acabar, como a otro mundo en el
centro de éste, y después, si él empieza a
acabar cuando estoy descansando siento
un asombro inmenso, casi siento
miedo, a veces por un momento siento
que no me debería mover, ni hacer ningún mido, como
si él estuviera solo, ahora,
aullando en una tierra salvaje,
y sin embargo sé que estamos en este lugar
juntos. Pensé, ahora es el momento
en el que podría volverme más amorosa, y mis manos
lo acariciaron tímidamente, secretas como el cielo,
y mi boca habló, y en la voz de mi
amado, por los huesos de mi cabeza, gimieron
campos, y me uní a él otra vez,
ni tímida, ni osada, liberada, entrando
al verdadero hogar, donde los árboles se inclinan hacia la
tierra y sin embargo siguen de pie, entonces estábamos acostados
jadeando, como a salvo de un desastre, y por instantes
sin fin, sucedió algo sobre lo que
había oído hablar, se me ocurrió
que no sabía que era ajena
a este hombre, no sabía que estaba sola.  



Última hora



En el medio de la noche, me hice una cama

en el piso, alineándola fielmente a mi madre,
la cabecera hacia las colinas, los pies hacia la Bahía donde
los pájaros vadean para buscar moluscos—me acosté,
y el primer cascabel de la muerte sonó
con su autoridad del desierto. Ella tenía ese aspecto de
niño cantor en un ventarrón,
pero su cara se había vuelto más material,
como si los tejidos, almacenados con su vida,
estuvieran siendo reemplazados desde algún abastecimiento general
de jaleas y resinas. Su cuerpo la respiraba,
crujidos y chasquidos de mucosidad, y después
ella no respiraba. A veces parecía
que no era mi madre, como si hubiera sido sustituida
por un ser más adecuado a esa tarea,
una criatura más simple y más calma, y sin embargo
saturada del anhelo de mi madre.
La palma de mi mano le rodeaba la coronilla
donde latía su corazón feroz, la otra mano sobre su
hombro pequeño, me mantuve a la par de ella,
y entonces empezó a apurarse,
a adelantarse, después se quedó quieta y su
lengua, manchada con motas de maná,
se levantó, y un jadeo se formó en su boca,
como si lo hubieran forzado a entrar, después la calma. Después otro
suspiro, como de alivio, y después
la paz. Esto siguió por un rato, como si ella estuviera
expresando, sin apuro,
sus sentimientos sobre este lugar, su tierna
y apesadumbrada conclusión, y después, contra
la palma de mi mano en su cabeza, el regalo de no
sufrir, ningún latido;
por momentos, sus labios parecían curvarse— y después sentí que ella no estaba ahí, sentí como si ella siempre hubiera querido escaparse y ahora se hubiera escapado.
Entonces se transformó,
despacio, en una cosa de hueso,
que marcaba el lugar donde ella había estado



The Shyness




Then, when we were joined, I became

shyer. I became completed, joyful,
and shyer. I may have shone more, refleeted
more, and from deep inside there rose
some glow passing steadily through me, but I was not
playing, now, I felt like someone
srnall, in a raftered church, or in
a cathedral, the vaulted spaces of ihe body
like a sacred woods. I was quiet when my throat was not
making those iron, orbital, rusted,
coming noises at the hinge of matter and
whatever is not matter. He takes me into
ending after ending like another world at the
center of this one, and then, if he begins to
end when I am resting I íeel awe, I almost feel
fear, sometimes for a moment I feel
I should not move, or make a sound, as
if he is alone, now,
howling in the wilderness,
and yet I know we are in this place
together. I thought, now is the moment
I could become more loving, and my hands moved shyly
over him, secret as heaven,
and my mouth spoke, and in my beloved’s
voice, by the bones of my head, the fields
groaned, and then I joined him again,
not shy, not bold, released, entering
he true home, where the trees bent down along the
ground and yet stand, then we lay together
panting, as if saved from some disaster, and for ceaseless
instants, it carne to pass what I have
heard about, it carne to me
that I did not know I was sepárate
from this man, I did not know I was lonely.



Last Hour




In the middle of the night, I made myself a bed

on the floor, aligning it true to my mother,
head to the hills, foot to tire Bay where the
wading birds forage for mollusks—I lay
down, and the first death-rattle sounded
its desert authority she had her
look of choirboy in a high wind,
but her face had become matteryer,
as if her tissues, stored with her life,
were being replaced from some general supply
of gels and rosins. Her body would breathe her,
crackle and hearth-snap of mucus, and then
she would not breathe. Sometimes it seemed
it was not my mother, as if she’d been changelinged
with a being more suited to the labor than she,
a creature plainer and caímer, and yet
saturated with the yearning of my mother.
Palm around the infant crown of her
scalp where her lieart fierce beat, palm to her
tiny shoulder, I held even with her,
and then she began to go more quickly,
to draw ahead, then she was still and her
tongue, spotted with manna spots,
lifted, and a gasp was made in her mouth,
as if forced in, then quiet. Then another
sigh, as if of relief, and then
peace. This went on for a while, as if she were
having out, in no hurry,
her feelings about this place, her tender
sorrowing completion, and then, against my
palm to her head, the resolving gift of no
suffering, no heartbeat;
for moments, her lips seemed to curve up—
and then I felt she was not there,
I felt as if she had always wanted
to escape and now she had escaped.
then she tumed,
slowly, to a thing of bone,
marking where she had been.



Otros poemas de SHARON OLDS, aquí
De: "La materia de este mundo", Gog & Magog, 2015
Traducción: Inés Garland / Ignacio Di Tullio
Imagen: ABC

octubre 14, 2017

Juan Carlos Moisés:

Un pollo mojado





Amor, humor, dolor: palabras de uso
común, qu en el poema buscan
tener ocupación cuando lo leas.
No de otro modo es posible admitir
que los sustantivos también contemplan
un punto medio y justo de las cosas.
Tu cuerpo ya había recibido las descargas
de fondo, con sus detonaciones,
y algo cambió para siempre cuando
el bisturí en la mano del cirujano,
bajo la luz irreal del quirófano,
se deslizó desde la axila hasta el centro
de tu mano, indoloramente,
y no sólo porque nos habiámos
propuesto desestimar la congoja.
El pelo te había crecido de nuevo
y fue una sorpresa la aparición
de unos rulos entrometidos
con los que nos permitimos
especulaciones chistosas.

De regreso a nuestra casa del sur,
donde pies y pensamientos se aparean
de igual modo, al final del día,
en la curación de cada noche, trataba
de que no me temblaran las manos
en el momento de ayudarte
a cambiar la gasa de los drenajes.

Hoy, durante la mañana, volví a pensar
en la otra escena teatral que anoche
nos tuvo de protagonistas exclusivos
en la intimidad del baño de la casa.

¡Ay, mi amor, mi amor!, dijiste,
como queja, cuando entraste decidida
a no salir. Y mientras te desnudabas
frente al espejo con un pudor
que no conocíamos y me preguntabas
cuánto iba a tardar en la ducha,
podía ver a través del vapor
la imagen mutilada de tu cuerpo
que devolvía el reflejo empañado.

¡Toda la vida te amaré!, dije, cantando.
¿Te parece poco? (no hacía falta decir más),
y te reclamaba para que te unieras
bajo la lluvia caliente como antes.
Tu respuesta fue salpicarme con gotas
de agua fría que en la canilla del lavatorio
juntaste en el cuenco de tus manos.

¡Soy un pollo mojado!, dije, tiritando.
Giré la canilla y salí con los pies
resbaladizos fregándome los ojos para ver
que me esperabas con una mueca
en tu cara al alcanzarme la toalla como si
fueras Eva recibiéndome en el paraíso.
Te asusté cuando di ese grito en el espasmo:
¡Aaah, esto sí que es el amor!


De: "El jugador de fútbol", Ediciones La carta de Oliver, 2015


Un bar en el camino




Cuando entré a ese baño de bar
del camino y la puerta se trabó
sin explicación, creí encontrarme
en el mismo infierno; no advertí
que hubiera lo que estrictamente
se llama fuego, crepitaciones,
gritos de dolor, sólo unos pocos malos
olores que me envolvieron
y la lamparita que no prendió.
Para estar en medio de la pampa alta
y desmesurada ese baño era un lugar
demasiado pequeño, sucio, opresivo.
Ni las frases chistosas escritas
en la pared con letra despatarrada
fueron capaces de provocarme
la mueca de una risa.

En las manchas de humedad
del revoque descascarado
vi con horror la sombra del que soy,
vi rostros no amados,
vi todo lo que no se desea ver:
de mí, de los otros, de lo otro.
Dije es el fin, ahora sé cómo es
la última visión de una persona.

Mi única esperanza fue
el ventanuco; después de forcejear
en lo alto durante unos momentos,
el hierro viejo, debilitado, carcomido
por el óxido, cedió,
y cielo y nubes entraron
increíblemente a tiempo.



Flamencos en la laguna




Esos flamencos todo
el día al sol sumergen
la cabeza movediza en el agua
apoyados en el firme equilibrio
de una de sus patas; están clavados
en la laguna, tallados en el aire.
Cada tanto rompen la monotonía,
curvan el fino pescuezo, el pico se levanta,
estiran la pata encogida y dan un paso largo
y lento que se hunde y se clava
como la pata anterior,
que ahora se pliega y espera
mientras bajan la cabeza a bucear.
Todo el interés está ahí, en la turbiedad
del fondo, en los pequeños hallazgos nutritivos.

Ninguno de esos actos minuciosos
me incluye, ni soy de la familia de esas aves;
tampoco soy lo que se dice trigo limpio
para acercarme a refrescar mis pies
sin que algo no deseado ocurra
en el plan trazado por los flamencos.

Y aunque no son mis ojos los que ven bajo esa agua
ni tengo plumas rosadas, no me aguanto: mordido
por las hormigas de la curiosidad
que siempre me empujan a donde no me llaman
me acerco a la orilla
todo lo que más puedo,
hasta que en el límite de la confianza
los flamencos levantan vuelo
con tres o cuatro aletazos,
las flacas patas colgando sobre la laguna.

Si yo fuera ellos
daría un rodeo largo y sin pausa
con la esperanza de que se fuera el entrometido
y entonces volvería lo más campante
con las alas desplegadas
a posarme otra vez en medio de la laguna,
una sola pata apoyada
en la turbiedad del fondo.

Pero se ve que esos flamencos
tienen otros planes para resolver el dilema,
y acribillados inútilmente
por la doble intención de mi mirada
siguen adelante y se pierden en el cielo
capaces como son de ver a lo lejos
adónde lleva el camino.

De “Animal teórico”, Ediciones del Dock, 2004



Otros poemas de JUAN CARLOS MOISÉS, aquí



octubre 12, 2017

Wallace Stevens




Wallace Stevens









Estudios de dos peras





I




Oposculum pedagogum.


Las peras no son violines,

desnudos o botellas.

No se parecen a ninguna otra cosa.





II





Son formas amarillas


compuestas de curvas

combándose hacia la base.

Son toques rojos.





III





No son superficies planas


de curvados perfiles.

Son redondas, 

ahusadas en el vértice.





IV





Tal como están modeladas


hay porciones de azul.

Una tiesa hoja seca culega

del vástago.





V





El amarillo resplandece,


brilla en distintos amarillos,

limones, verdes y naranjas

que florecen en la piel.





VI





Las sombras de las peras


son burbujas sobre el verde mantel.

Las peras no se ven

como el observador quiere.






octubre 04, 2017

Señalador: Vittorio Sereni





Vittorio Sereni / La muchacha de Atenas







Ya el día es un suspiro

y toda el Ática una sombra.


Y así como un fulgor alumbra los opacos



vidrios que en fuga pasan


tu rostro allá abajo se irisa
junto a la aureola de la lumbre
que al icono nocturno
le enciendes.
Pero aquí...




Leer más en El trabajo de las horas




octubre 01, 2017

Anne Michaels: A la verdad le gusta ocultarse en lo abierto. Ya por entonces, a solas en el puente, en la soledad del deseo

Anne Michaels



Segunda búsqueda



Ayer, en el cementerio, no podía entender las palabras "Pierre Curie" grabadas en la lápida.

Marie Curie, 1906 


A la verdad le gusta
ocultarse en lo abierto. Ya por entonces,
a solas en el puente, en la soledad
del deseo, nuestra luna inundaba
los desfiladeros de Truyère.
El músculo satinado de una melodía
serpenteaba por el agua reclamando
atención: por el Wisla, el Biévre,
el Sena. La lluvia tiraba con manos invisibles
de la barba de los cedros, socavaba la ribera de los ríos,
apretaba los puños con el olor de la tierra,

como si supiera que algún día yo metería
las manos entre el pardo polvo de la mena
salpicado de agujas de los pinos de Bohemia,
que estaría cuarenta y cinco meses bajo el paraguas o empapada
bajo el sol, avivando el espíritu azul
del amargo aliento de la pechblenda.
Tantas cosas consumidas, años, para alcanzar
ese color. Como si la lluvia polaca ya conociera
nuestro jardín inundado de París: esperaba
mientras te traían
a casa desde la rue Dauphine, medio cerebro
secándose en el pavimento; la cuchilla de la luna
en la garganta de las flores, carne fresca empapada,
sus bocas amoratadas y abiertas,
sus gritos deshaciéndose en el polvo en la garganta.
Una humedad sepia como la de los bosques de Miniére y Port Royal 
que tú me describiste, me ayuda a dormir: ya en aquel tiempo 
me enseñó a no tener miedo
de la tierra, a agradecer 
los retorcidos senderos 
del fracaso que nos juntaron, 
a rechazar el sudario y en vez de eso 
cubrirte con espinos, iris, el paño negro 
de tierra que tanto amabas. 

Antes de casarnos 
permanecía con el río 
fluyendo por mis manos 
como si la pérdida de algo hermoso 
me hubiera manchado la piel. Qué parecido 
un brinco de esperanza a un brinco 
de miedo. Mientras, un pájaro 
firmaba su nombre en el cielo. Ya entonces 
te sentía por mis ropas, como el beso del radio 
en el bolsillo del chaleco de Becquerel, el beso que nunca olvidó, 
abrasando su vientre.

Aparté tu chaqueta
para verte. Besé la túnica de sombra que te cubría y no quité 
tu sangre de mis uñas. Le grité a Irene 
por cerrar un libro que habías dejado abierto sobre la mesa. 

Cuanto más avanzaba nuestra vida en común 
más te amaba. Día tras día 
vertía mayor pureza 
en vasijas y tarros. Te observaba 
inclinado sobre la mesa como un relojero, 
engastando lo que no es visible. El regocijo 
de la concentración, el amor
la sustancia precipitante. Nuestras manos
nunca dejaban de moverse, piel
de zalea, largos guantes devorándonos
hasta el hueso. Abrimos la puerta a
la aurora boreal, a los icebergs, a lejanas
montañas alineadas en las repisas. 
El residuo azul que se pega como un olor
lo empaña todo con su aliento. 
Por la noche, trabajando, nos sentábamos igual
que bajo las estrellas. La destilación reluciente
del tiempo. 

Te reías cuando, subrayaba los libros de cocina 
con el mismo cuidado que las notas de laboratorio 
pero para mí era lo mismo: el mismo 
proceso del amor, disolver, filtrar, reunir 
hasta que la verdad sea tan pequeña que se palpe 
en la lengua. Mi cuerpo dolorido de permanecer de pie 
en el patio, removiendo. O de tenderme 
debajo de ti. 
Los sonidos de la noche en el césped
de Sceaux, los faroles del porche,
las patas de madera arañando los baldosines
cuando tu padre seguía a la luna con la silla. 
Escuchaba en la oscuridad la canción de la corriente
sabiendo que no había diferencia, tu mano
adormecida a mi lado, estuvieras pensando
en la esencia de las sales, en guarismos del átomo o en los efectos 
secretos de la luz de la luna: se trataba del mismo amor,
radiante en la memoria, sencillo como la piel. 

Todo lo que tocamos 
arde a lo lejos, nos hayamos entregado 
o no, el mismo día de abril se alarga hasta la delgadez,
la misma tarde de invierno 
se espesa hasta la oscuridad. Tenía treinta y ocho años.
Cada vez que la puerta se abría 
esperaba que hieras tú. Durante meses guardé tu ropa
acartonada por la sangre. 
Solamente la calle me entendía. Caminaba
y cerraba los ojos encomendándome al Dios
de los tranvías, de los caballos, de los cabriolés. 

Eres el cristal que silencia 
las hojas mojadas, el silencio del río en invierno. 
No puedo ver el mundo 
con tus ojos, pero puedo verte a ti 
en el mundo: la invisibilidad que inclina la rama; 
la reverberación de la luna al seccionarse; 
la piel desvaneciéndose bajo los rayos. 
Cuando Albert, en mitad de una prueba, 
arrojó de repente su mochila 
para amedrentar los acantilados de Engadine, 
agarrándome del brazo, histérico; “Necesito saber 
qué les ocurre a los pasajeros 
cuando el ascensor cae al vacío” — 
y yo cogiendo a las niñas, temerosa 
de que empezaran a reírse allí mismo - 
era lo que tú habías estado pensando 
cuando atravesamos el Paso de Majola.

Llevo a nuestras hijas
a los ríos que amabas. 
Paseamos por la ribera del Biévre
donde pasabas noches enteras
pescando ideas en el agua. 
Pienso en su piel de plata
invisible en la corriente, 
separando aún la sangre fría y brillante 
del río incoloro. Invisible 
como el oxígeno que sella el agua y el hielo 
de modo que la línea entre río y cielo 
no se rompa, el hidrógeno alineándose 
en una sola dirección, bajo las cuchillas de los patinadores. 
Moviéndose más rápido a cada lenta zancada. 
Nada mejor para entrar en calor que el movimiento,
la velocidad en nuestros muslos. 

Sólo puedo encontrarte 
buscando en lo más profundo, así es como el amor
nos marca el camino en el mundo. 

Mis manos arden
todo el tiempo. 



De: "Buceadores de la piel", Bartebly Ediciones, 1999
Traducción: Jaime Priede. Epílogo: Jordi Doce
Otros poemas de ANNE MICHAELS, aquí