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abril 25, 2024

Señalador: Israel Eliraz | Adam Gai


Sentarse solo a la mesa…   



Sentarse solo a la mesa de noche 
no es menos misterioso 
que montar un tigre 
y preguntarse 
¿Se supone que aclarará? 
¿La silla en la que me siento está vacía? 
¿Los bolsillos están en llamas?
En el centro del cuarto la muerte cava
un canal de oscuridad
y alguien que no está aquí presente dice:
¿Le molestaría si me quedo
un rato?



abril 24, 2024

Santiago Espel: poemas inéditos

El vendedor ambulante de biblias     




Lleva la palabra de Dios de casa en casa. 
Sabe unos versículos de memoria que recita  
proféticamente cuando le abren la puerta. 
Ego sum qui sum  y alza los globos oculares. 
Por su eficacia infalible en las ventas 
para el dueño de la empresa es el mesías. 
De casa en casa lleva la palabra de Dios. 
Frente a los compradores ensaya 
una exégesis deliberadamente críptica.
Si no fuera por la circunstancia de criar
ovejas negras en la terraza de un piso 20
sería un hombre perfectamente normal
además de un imbatible vendedor de biblias.



Etiología de una pasión




Amontonados y timoratos al fondo del camión,
rechinan la esperanza por la patria y por el bife.
Ilusos los otros, los que juntan monedas en el peaje
y se asimilan a los agregados culturales,
antes siniestros que diestros, simios eximios,
dan de los otros con bonhomía todo, hasta las heces,
sin pestañear ni chistar a la hora del puchero y del sueño.


Babieca




Tratando de entender las propiedades 
abstrusas de los carbones y los aldehídos
en plena clase, en la noche cerrada,
tu cuerpo abierto de ciervo rojo bajo la luna.
Nada de lirismo, me dijiste, haciéndome
                                             lugar en la cama.


Crónica de la muerte del autor




Podría ser un primerísimo y magistral plano de Chabrol,
porque llueve en París, y el viento golpea con fuerza
en los toldos de los cafés, mientras un hombre con
sobretodo cruza la calle con un diario bajo el sobaco
y un cigarrillo en los labios, pegado a la comisura.
Sigue otro plano en perspectiva plana y casi velada:
Una camioneta de lavandería dobla una esquina
y embiste al hombre que no ha terminado de cruzar
ni de llegar a la Sorbona, donde al parecer, se dirige.
El cuerpo acusa el impacto y queda laxo en la calle.
Estamos en la Rue des Écoles, es 25 de febrero de 1980.
Un travelling recorre de pies a cabeza al viejo canoso
que ha perdido sus zapatos y el diario del día.
De alguna extraña manera, el cigarrillo sigue pegado
a su boca, y el fino papel se empieza a teñir de rojo.
Después de amagar algo que parece una disculpa
o un gesto impávido de asombro e indignación,
el hombre que maneja la camioneta con ropa limpia, 
planchada y perfumada, se aleja del círculo de curiosos
y dobla con vehemencia la esquina, dejando el rastro
de los neumáticos borrándose en la película de agua.
El hombre que maneja la camioneta es una silueta
que no sabe que acaba de atropellar a un viejo canoso
nacido Roland Barthes que habló de la muerte del autor.
El viejo canoso morirá un mes más tarde en un hospital.
Predijo la desaparición y la muerte metafórica del autor.
Encontró una mañana de frío y de manera involuntaria 
el signo más concreto de su semántica y su fatalidad.
Los dos inciden en el pensamiento contemporáneo:
Uno por haberlo gestado. Otro por haberlo interrumpido.


Oxford 1856 en mi casa de Olivos




Dos tazas de té con sello de porcelana inglesa cachadas
por los ríos del tiempo y del uso en el liso contorno.
Rojas en sus veteados de muérdago y perros maníacos
que corren eternamente en esa circularidad aromática.
Dos tazas aparecieron en la puerta de mi casa, colgadas
bajo el cielo estrellado una limpia noche de invierno.
Las asas esbeltas son cuellos de cisnes pulidos de brillo.
Ajadas por dentro por el hogar y las manos de sus dueños.
En los residuos del té oscuro, el sedimento de lo que fue
sobremesa, labores, cálculo, y la muerte de labios de amor.
Dos tazas boca abajo como murciélagos propiciatorios
que ya no están. Dos tazas de boca abierta y agrietada.



Variables de hacienda




Gasto más de lo que produzco:
mis remedios son más caros que mis versos.
Los índices de la economía importan
más que el hambre de la gente.
Por suerte, la retama está en flor.


Dos escualos bailando en un balde con música de Astor    



Ligeros y circulares, rozándose los lomos
y cortando el agua con el filo de las aletas
se compadrean y estiran el ojo hacia atrás,
hacia las colas, en cada ronda corta y veloz.
 
Chatos y al compás percusivo, salpicando
el agua afuera de la boca ancha del balde,
se miran ahora de frente y renuevan
el arabesco y el ocho infinito.
Se frotan la viruta escamada y abren
las branquias en signo de galantería.
 
Dos escualos en un balde y el fuelle de Astor.
Pequeñas miniaturas de un acuario y estreno.



poesía argentina - poemas inéditos
SANTIAGO ESPEL
(1960, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
Imagen en Inmediaciones.org

abril 15, 2024

Mario Sampaolesi: Poemas inéditos

 Dieciséis de junio    




Esa tarde yo caminaba por la plaza Garibaldi. 
Tomaba fotos de los monumentos, 
de los edificios, de las personas que paseaban. 
Bebía el vino árido y rosado de la Provence. 
Eran las formas 
con las que mi dolor elegía 
celebrar mi cumpleaños.
Lejos de Buenos Aires, perdido en Niza.
Solo
con la compañía de tu fantasma
los dos inmersos en la bulliciosa luz.
Veloces pasaban los pájaros.
Dejaban sobre la levedad del aire los rastros
de sus vuelos
para luego desaparecer entre el follaje de los árboles
como el parpadeo de tus ojos en lo oscuro.
Imaginé lo feliz que te sentirías
si hubieras estado a mi lado
vos también absorbida por las sombras
de las flores rojas.
Los vínculos de tu cuerpo con el mío aún vibraban
aunque nuestras raíces hubiesen sido hachadas
por una fiereza que jamás intuimos.
Cuando día tras día tus hijos
comían tu carne bajo la incertidumbre asfixiante
de tu soledad
mis enterradas pesadillas reaparecían.
La afilada navaja cayó sobre tu cuello
como decapitación.
La cancerbera de turno te daba de comer
en la boca
y vos masticabas de tu alimento el suplicio
de las formas que se desprendían confusas
de tu memoria.
Cuando finalmente supe
que no habría clemencia posible
en mí no sobrevivió ningún residuo de perdón
y la muerte se acercó a la velocidad vertiginosa
de las corrientes marinas bajo la superficie del agua.
Sobre la plaza corrían las sombras grises
de las nubes.
Yo observé con minuciosidad sus desplazamientos,
pero no pude descifrar el presagio.
Recordé las pequeñas huellas triangulares
que cada amanecer dejan las gaviotas sobre la arena
y el viento suave que las borra,
y el oleaje que las cubre.



Niza



Era uno de esos días donde los restos de las sombras
se evaporaban bajo el sol.
Los bañistas y algunos veleros blancos
flotaban sobre el mar azul.
Una gaviota se hundió en busca de presas
como se hunde un día de tormenta.
Me recordó mi soledad.
Las palmeras -mecidas por el viento-
revelaron sin saberlo por qué ya nada de vos
quedaba en mí.
Cerca de la orilla, algunas piedras resplandecían
cuando las alcanzaban las olas.
Otras, algo alejadas, redondas, grises,
se agrietaban desteñidas
por el ardiente sol.
Me pregunté si las piedras no serían la materialización
de nuestros deseos jamás cumplidos.
Como la gaviota
yo también me arrojé a la transparencia.
Aunque no perseguía presas.
Sólo nadé hacia un punto imaginario
anterior a los veleros blancos.
Nadé a través de la ondulación
azul del agua.
Me dejé abrumar por su frescura, por la espuma.
Floté en esa suavidad fuera del tiempo.
Sin pensar, miré las nubes,
los dibujos instantáneos de una bandada de estorninos
y la línea blanca -recta en el cielo- del vuelo de un avión.
Después me sumergí.
Reconocí algas, peces.
Toqué la arena del fondo.
No busqué lo perdido.




































poetas argentinos, Niza
Otros poemas de MARIO SAMPAOLESI

abril 13, 2024

Santiago Sylvester: Me aburren los milagros

Santiago Sylvester: Me aburren los milagros


(no escribo palabras: las investigo)   



Cada tanto la cabeza se me llena de palabras antiguas: péñola,  
estricote, rabicana, árgana; 
o de palabras desorientadas como “matar el tiempo” 
cuando lo evidente es al revés. 
De las palabras  
me gusta hasta el silencio que traen 
desde la cueva originaria; 
a todas las recibo,  
incluso a las que no existen ni hay motivos para eso: 
a cualquier palabra, siempre que no grite.
Reviso sus posibilidades, se entrometen en mi mesa
y también las olvido:
  de ellas
espero la contundencia de un pedido de auxilio 
o del olor que sale de las ollas: lo demás 
será o no será
según dilemas que el diccionario desconoce y que los laberintos de 
la etimología no pueden resolver.

(sobre el viaje inconcluso)



SI me cuesta dormir 
y si he aprendido a estar solo
es porque el viaje ha sido largo;
si a veces me desencuentro o trato de no estar
es porque el viaje ha sido largo.
No me quejo del frío en verano, del calor en invierno, 
ni de mis 37º de temperatura, que siendo idénticos ya no son los 
mismos.

   Cuando el viaje ha sido largo 
las verdades pasan como un bostezo de visita,
las historias viejas se repiten con actores nuevos;
lo que se ha ido quiere volver, y vuelve con recuerdos.
 
Con el viaje ya largo,
no me gustan el vino artesanal, la ostentación, las comidas de 
mucha gente,
y en cambio me gusta la relectura: soy lector de detalles;
creo en la sintaxis, en las buenas maneras,
me aburren los milagros 
y estoy atento a los matices. 

   El viaje ha sido largo y su ganancia 
es la variedad: si se suman las partes
el resultado no es el mismo siempre.
Lo que en cambio no importa es el viaje concluido:
ya no varía, ya no tiene curiosidad

(la calle vacía)


Llegan risas, la arenga del predicador, la discusión en la taberna.
Los pasos son rápidos o lentos, pero no se sabe dónde están: 
hay huellas que esperan su momento, siempre a punto de
explicarse
y siempre sin explicación.

Las cosas 
tienen nombre para evitar la confusión, pero las palabras no
explican lo que dicen;
en alguna parte llueve
pero qué hacer con una lluvia que no moja;
alguien mira desde donde no hay nadie;
y si no se sabe quién habla ni quién contesta
es porque ignoramos demasiadas cosas.

La ciudad manda señales como un barco en apuro;
y yo voy tanteando la pared como un ciego,
rodeando el farol como la niebla,
pero todo lo que sucede
no sucede aquí.

(informe de la NASA)


Gente que sabe 
asegura que el Sol acabará con nosotros: el planeta Tierra
o lo que quede de él 
sufrirá una quemazón que abarcará no sólo agosto
sino todo el calendario.

      Ahora 
sabemos con precisión lo que sabíamos por leyendas;
y mientras vivimos y morimos y practicamos deportes, 
el reloj universal sigue a buen ritmo, un paso y otro
sin perder ninguno;

y cuando llegue el día se incendiarán los bosques, las islas, la 
     cordillera de los Andes, el trópico y los polos, la crecida de 
     los ríos, el lucero del alba y Don Quijote de la Mancha 
que por costumbre y confianza en el futuro
empiezo a leer otra vez.


(para no equivocarse)



Tendré que acostumbrarme a esas llamadas en las que no hablo con 
nadie;
tendré que aceptar que aunque no haya nadie 
yo hablo, 
como camino aunque no vaya a ningún sitio
o tomo agua sin sed.

Y no es contradictorio porque nada 
es claro entre nosotros: vamos entre construcciones sin finalidad
y situaciones próximas que se excluyen.

La armonía es una tregua
y la concordia se asienta en otro suelo:
            saber esto 
evita equivocarse cuando nadie llama
y yo contesto.

(visita a un viejo álbum de fotos)

 


Están vivos en alguna parte: les toca 
no morir del todo y tener una historia que tal vez no sea la suya.

De la soprano 
se dice que lloraba cuando cantaba Casta Diva;
un anciano de levitón, magistrado o profeta, mira como si 
comprendiera muchas cosas,
y la que esperaba un amor se desilusionó cuando lo tuvo.
Una chica sonríe con su belleza sin dilemas;
otra, una existencia siempre en guardia, reclama lo que le 
seguirán debiendo;
un muchacho mira como si no hubiera estado nunca en un lugar 
como ése. 

Lo vivido y lo que agregamos: recuerdos
verdaderos o inventados 
para la necesidad de los sobrevivientes.


 (la memoria a los 80 años)


La memoria: una buena compañera de viaje. 
Me sigue a donde voy, pondera lo que sé, disimula 
lo que ignoro 
y defiende sus versiones: 
        un sitio para ver el mundo, 
guarida contra el descampado.

Por el trato que tenemos,
juego todavía en un patio de Salta, 
camino por lugares que conozco y por otros 
que conozco más porque no existen;
una chica me trae una cerveza y no deja de mirarme; 
una mendiga grita en la calle: amenaza con la boca mientras pide 
piedad con el resto de la cara.

Los recuerdos
no son sólo ladridos del pasado, y la nostalgia 
no ayuda con su olor a incienso, a casa polvorienta;
se trata de estar al acecho, de las conversaciones que tendremos.
Y en cuanto al olvido, no es sólo olvido sino necesidad: que los 
recuerdos 
no ocupen todo el sitio del presente
y la memoria no termine siendo un libro de meditación.



Un anciano sentado en una silla. Santiago Sylvester, el gran poeta.
SANTIAGO SYLVESTER
(1942, Salta, Argentina) 
Vivió veinte años en Madrid y hoy vive en Buenos Aires.
Publicó más de treinta libros en Argentina y España: poesía, cuento, ensayo y antologías; entre otras: “Poesía del Noroeste Argentino”; de Manuel J. Castilla, Néstor Groppa, Juan Carlos Dávalos y “Los que se fueron” (poetas argentinos en el exterior).
Sus últimos libros de poesía: “La conversación”, Visor 2017; “Llaman a la puerta”, Ed. del Dock 2019; “Ciudad”, Pre-Textos 2020; “Letanías”, el Suri Porfiado, 2023; y “Tal vez llegue caminando”, 2024.
De ensayo: “Sobre la forma poética”, EUDEBA 2019 y “Estar de paso”, Visor 2022. 
Algunos premios: de la Provincia de Salta, Fondo Nacional de las Artes, 3º Nacional de Poesía, Internacional Jorge Luis Borges, Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Fundación Argentina para la Poesía. En España, Ignacio Aldecoa y Jaime Gil de Biedma.
Dirigió veinte años la colección de poesía de Ediciones del Dock. 
Es miembro de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española.

De: "Tal vez llegue caminando", Ediciones Barnacle, 2023
Imagen en Nagari

abril 11, 2024

Alejandra Boero: El resplandor del imperio

poesía argentina, otomano, oriente


OTOMANA     
 
 
Tocada por el filo de la vida 
interrumpo el curso del azar. 
  
Soy hija de esta fábula. 
Patria le dicen. 
¿Destino? 
 
Aprendo a corregir sabores, 
a buscar pozos de agua, 
a inventar refugios de ave  
migratoria. 
 
Desde mi ventana,
la oración,
el regateo ,
el curso de los días,
en direcciones opuestas,
prueban al mundo.
 
Desordeno genealogías,
miro de lejos los muros del palacio,
el resplandor del imperio,
su voluptuosidad.
 
De la calle llegan voces,
olor a pan recién cocido,
pasos que conjuran mi derrota.
 
Vuelvo hacia el espejo.
Sigo siendo la memoriosa,
la que olvida.

«Otomana» nace de este relato, de este viaje imaginado e imaginario donde confluyen Oriente y Occidente y donde otro universo de palabras y gestos intenta dar voz a las voces de un paisaje que hice mío, por ajeno, por perdido.

abril 07, 2024

Carilda Oliver Labra

Carilda Oliver Labra

Declaración de amor




Pregunto si llevo razón
cuando despierto el peligro entre sus muslos,
si me equivoco
cuando preparo la única trinchera
en su garganta.
Yo sé que la guerra es probable;
sobre todo hoy
porque ha nacido un geranio.
Por favor, no apuntéis al cielo
con vuestras armas:
se asustan los gorriones,
es primavera,
llueve,
y está el campo pensativo.
Por favor, derretiréis la luna que da sobre los pobres.
No tengo miedo,
no soy cobarde,
haría todo por mi patria;
pero no habléis tanto de cohetes atómicos,
que sucede una cosa terrible:
yo he besado poco.


CARILDA OLIVER LABRA
(1922 /2018, Matanzas, Cuba)
Fuente: Fb Jonio González
Imagen en Períodico Trabajadores

abril 06, 2024

Horacio Pérez del Cerro: Mandobles al viento

 
iii     



Cuelgo de la parra algo que no alcanzo 
lo cuelgo alto para no alcanzar 
para sobrevivir 
a la extrañeza de colgar al tiempo 
de su color de ojos 
en el olor de las palabras que ven 
el olor del tiempo en los colores 
para sobrevivir, al tiempo. 
Cuelgo la parra tan alto que se confunda con el alerce
con el eucaliptus que sombra
y demanda un sol
-nada menos que un sol!!
-de dónde- me pregunto
voy a conseguir un sol
de dónde la sombra de un eucalipto
para poder vestirlo
arroparlo con mis ojos entornados
como no queriendo mirar tanta luz
tanto sol para el alerce 
que reclama con sus hojas batiéndole
mandobles al viento
al sendero entre alambrado y acequia
a mis nueve infancias descubriendo la belleza
(creo que ahí descubrí la belleza)
cuando oí al eucalipto
derramarme su torbellino de hojas
y le trajera un sol pariente alerce
solo, no supe entenderlo ni darle otra cosa
que mis nueve sombras…


De "Papeles ajados"


iv

"Pienso 99 veces y no encuentro nada. Dejo 
de pensar, nado en el silencio y la verdad viene a mí".
Albert Einstein



la verdad juega silencios, - tantas veces!!-
se dispone confundirnos el camino que no hay
del tan procaz conocimiento
tardía intuición de su porqué baldío
ausente consciencia sumida en la oscuridad.
Rezo posibilístico de los dados que adversos
colman plano a otra mismidad
desesperadamente humana, 
tristemente racional…


poesía argentina
Otros poemas de HORACIO PÉREZ DEL CERRO, aquí 

abril 05, 2024

Poesía y realismo sucio a 30 años de la muerte de Charles Bukowski por Demian Paredes



Se han cumplido 30 años de la muerte de Charles Bukowski, poeta y narrador.
Último “maldito” de la literatura estadounidense. Admirado y criticado por igual, dejó seis novelas, correspondencia, ensayos, prólogos, y, especialmente, una treintena de volúmenes de poesía, y ejerció influencia -tal como en su momento Borges, García Márquez y Bolaño-, dejando una pléyade de imitadores y emuladores, en temáticas y “estilos”, de diversa y dudosa calidad. 
Hijo de una alemana y un norteamericano, Heinrich Karl Bukowski Jr. nació en 1920 en Andernach, una ciudad alemana, y a los pocos años iría a vivir con su familia a Estados Unidos. Hijo también de la época de la Gran Depresión y la guerra, el niño (apodado Hank) recibiría pocos afectos, e incluso lo contrario: una educación rígida y rigurosa, reproches de su madre y severos castigos del padre, cuestión que -coincidente en esto, por ejemplo, con el escritor argentino Alberto Laiseca- será posteriormente objeto del recuerdo infinidad de veces, como un triste y exorcizante “ritornello”, en sus escritos.

abril 04, 2024

Marcelo Rizzi, poemas inéditos




UN mito fugitivo sostiene que toda belleza 
es indolente, su epicentro un andamio flojo, 
una ciudad ideal perdida de otro continente. 
Un ángel te flechó con hipodérmicas de oro 
hace mil años, tu manuscrito original borrado 
con aguas repentinas de la inundación. Buscás 
en las gavetas y solo emergen dos cartuchos 
que nunca disparaste. Quizá una exquisita brisa 
veraniega indague esta vez por tu infancia tan
imposible como verdadera. Hay de hecho siempre
una mariposa de alas negras clavada en la pared,
y un alacrán de madera como única pieza de toda
genuina partida de ajedrez.



HAY que volver a medir pero con otros instrumentos
la altura exacta de estos árboles, la extensión de estas
calles, el arco que describe un triunfo, el límite de un cuerpo
y su acto colindante: algo que distraiga al ojo de su ambición
por el último detalle. Por caso, de esta hoja de bitácora,
la cuestión del tiempo, siempre inminente, escaso, que debería
acelerarse si la mirada pudiera posarse un momento sobre la línea
que separa la Umbria de la Toscana, o dibujara con esa tinta ocre
del solsticio dos pies de mujer que sobresalen de la cama,
o un horizonte, fluvial, y que uno de ellos no señalara hacia
dónde deberíamos proseguir.


SE entiende poco de los años que han pasado, 
del desierto que allá afuera nos espera. Algo es seguro: 
no habrá esta vez otros veinte años de espera, 
tiempo donde fallecen mientras tanto los Cristos 
de toda emancipación. Junio regresa con frutos 
aún sin madurar, la grulla madre pudo cruzar tranquila 
los mares, nosotros ceremoniar el fuego y sus cien quimeras, 
el abejorro, la flor del nogal.


Estos poemas pertenecen al libro inédito "Un círculo invisible y perfecto", de pronta aparición



Poeta Marcelo Rizzi con anteojos y remera roja
Otros poemas de 
MARCELO RIZZI, aquí

abril 02, 2024

Cecilia Collazo: El cuerpo no es el mismo

 El precio   




En el vislumbre del deseo 
fue triste despertar sin tu regazo,  
a dónde iba a volar 
si he sido golondrina de tierra y no de aire 
y he caminado a tientas sin tu nombre 

vinieron soles, días lluvias, nubes,

y tuve que escoger, 
y elegí el vuelo.


El cuerpo    



lleva la marca 
de la historia,  
la suya propia  
la de los ancestros, 

después de esa marca 
el cuerpo no es el mismo,

como una casa
cuando sus paredes ceden
y se quiebra, 

si el cuerpo
asocia la marca con la historia
crece

si no, 
perece enfermo para siempre.

El cuerpo elige.



Otros poemas de CECILIA COLLAZO, aquí 

Eugenio Montale: tres versiones del poema Delta

Fotografía en blanco y negro de un hombre sentado en una silla, posiblemente el poeta Eugenio Montale, conocido por su poesía hermética.



DELTA / Versión: Pablo Anadón



La vida, que se rompe en los trasiegos
secretos, la he arraigado en vos:
esa que se debate en sí, y casi parece
que de vos nada sepa, ahogada presencia.
Cuando el tiempo en sus diques se sofoca,
acuerdas tu existencia a la de ella, inmensa,
y resurges, memoria, más visible,
de la oscura región donde bajabas,
como ahora, después de la tormenta,
vuelve a adensarse el verde de las ramas
y el cinabrio, en los muros, se oscurece.
Todo ignoro de vos, salvo el mensaje
mudo que me sostiene en el camino:
si como forma existes, o aprensión
en la niebla de un sueño te alimenta
la costa que se enturbia, enfebrecida,
cuando restalla en ella la marea.
Nada hay de vos en este vacilar de las horas
grises o desgarradas por un fulgor de azufre,
salvo el silbido del remolcador
que emerge de las brumas, llega al golfo.

abril 01, 2024

Rogelio Ramos Signes: La terrible inocencia

Cuando la vida no sea vida   




No soy rápido con las preguntas, 
tampoco con las respuestas. 
Soy rápido para hacer silencio, 
para quedarme callado antes que los demás, 
para hacer uso de mi derecho 
a permanecer con la boca cerrada, 
con las cuerdas vocales en reposo.
Soy rápido para no decir lo que otros dicen,
para callar en medio de la barahúnda.
Sólo sé decir “permiso” y “por favor” y “gracias”.
Eso me permite hacerme entender sin esfuerzo
en cualquier lugar donde me encuentre.
Eso me permite ignorar otras lenguas
por dominar la mía hasta el silencio.
Así voy preparándome sin apuro
para cuando la vida no sea vida,
y el ruido y todo este cacareo ya no tengan sentido


La vuelta



Ella siempre elegía alguna mesa cerca de la ventana;
yo mentía estar de acuerdo, pero me sentaba a la sombra.
Ella pedía un café liviano; yo, un café pesado, 
pesadísimo;
un café al que le agregaran toda esa fuerza
que le sacaban al de ella. Nos complementábamos.
Yo limpiaba mis anteojos con el faldón de la remera
y ella jugaba a enojarse por mi vulgaridad.
Así pasaron 15 años y 6 meses, más 11 noches terribles
hasta el lluvioso día del adiós, en octubre. Sí, en octubre.
4 años, un mes y 17 días después volvimos a 
encontrarnos
—los almanaques tienen esas precisiones tal vez 
innecesarias—
pero ya no éramos los mismos. Habíamos perdido la 
alegría.
Ella ya no bebía café liviano, sino cargado, muy espeso;
y yo limpiaba mis anteojos con esas gamucitas
que te regalan en las ópticas


La terrible inocencia




No soy William Blake
pero sé que este hueco es La Puerta.
Aquí comienzan los sueños
y concluyen tus miedos.
No es una puerta inmaterial
abierta al vacío,
es el vacío en sí mismo
abierto a lo imposible.
Sobre la gramilla pasta un gamo.
Sobre el gamo: la noche y otra puerta



Aniversario




Y de pronto
sin darme cuenta
me volví viejo
y me sentí cansado
y no reconocí mi cama
y busqué huellas
donde ya se habían borrado
con un quitahuellas
fabricado en Corea
y un ridículo pajarito
llamado Manantial
pasó volando
a ras del tendedero
con un cartelito en el pico
que decía “c’est fini”
y puse un disco de Los Beatles
y lloré,
y alguien corrió en el patio de tierra
(sin consuelo)
gritando que la abuela se moría.


Inventario




Hay una noche oscura llena de barcos.
Hay un cuerpo mío cansado
por asientos de madera sin brazos
y hay dos muchachas con tapados marrones
haciendo limosna de sus vidas
en un cine suburbano.
Hay una puerta desvencijada llena de barcos.
Hay una risa insolente
hiriendo sin compasión mi falta de credo.
Hay un sol entre abedules
y una selva
y una lluvia
y una espina sin espinas
y una tarde.
Hay diez agendas con anotaciones llenas de barcos.
Hay diez agendas con poesías
consultadas por verdugos estivales
desde un puente.
Hay tres jóvenes bañistas llenas de barcos.
Hay un contrapunto de garfios,
anatemas y ropas interiores.
Hay un escritor sudamericano lleno de barcos.


Eleanor Rigby y otro poemas, poesía argentina actual
De: "Eleanor Rigby y otros poemas", Editorial Eos, 2021
Otros poemas de ROGELIO RAMOS SIGNES, aquí