abril 25, 2024
Señalador: Israel Eliraz | Adam Gai
abril 24, 2024
Santiago Espel: poemas inéditos
El vendedor ambulante de biblias
Lleva la palabra de Dios de casa en casa.
Sabe unos versículos de memoria que recita
proféticamente cuando le abren la puerta.
Ego sum qui sum y alza los globos oculares.
Por su eficacia infalible en las ventas
para el dueño de la empresa es el mesías.
De casa en casa lleva la palabra de Dios.
Frente a los compradores ensaya
una exégesis deliberadamente críptica.
Si no fuera por la circunstancia de criar
ovejas negras en la terraza de un piso 20
sería un hombre perfectamente normal
además de un imbatible vendedor de biblias.
Etiología de una pasión
Amontonados y timoratos al fondo del camión,
rechinan la esperanza por la patria y por el bife.
Ilusos los otros, los que juntan monedas en el peaje
y se asimilan a los agregados culturales,
antes siniestros que diestros, simios eximios,
dan de los otros con bonhomía todo, hasta las heces,
sin pestañear ni chistar a la hora del puchero y del sueño.
Babieca
Tratando de entender las propiedades
abstrusas de los carbones y los aldehídos
en plena clase, en la noche cerrada,
tu cuerpo abierto de ciervo rojo bajo la luna.
Nada de lirismo, me dijiste, haciéndome
lugar en la cama.
Crónica de la muerte del autor
porque llueve en París, y el viento golpea con fuerza
en los toldos de los cafés, mientras un hombre con
sobretodo cruza la calle con un diario bajo el sobaco
y un cigarrillo en los labios, pegado a la comisura.
Sigue otro plano en perspectiva plana y casi velada:
Una camioneta de lavandería dobla una esquina
y embiste al hombre que no ha terminado de cruzar
ni de llegar a la Sorbona, donde al parecer, se dirige.
El cuerpo acusa el impacto y queda laxo en la calle.
Estamos en la Rue des Écoles, es 25 de febrero de 1980.
Un travelling recorre de pies a cabeza al viejo canoso
que ha perdido sus zapatos y el diario del día.
De alguna extraña manera, el cigarrillo sigue pegado
a su boca, y el fino papel se empieza a teñir de rojo.
Después de amagar algo que parece una disculpa
o un gesto impávido de asombro e indignación,
el hombre que maneja la camioneta con ropa limpia,
planchada y perfumada, se aleja del círculo de curiosos
y dobla con vehemencia la esquina, dejando el rastro
de los neumáticos borrándose en la película de agua.
El hombre que maneja la camioneta es una silueta
que no sabe que acaba de atropellar a un viejo canoso
nacido Roland Barthes que habló de la muerte del autor.
El viejo canoso morirá un mes más tarde en un hospital.
Predijo la desaparición y la muerte metafórica del autor.
Encontró una mañana de frío y de manera involuntaria
el signo más concreto de su semántica y su fatalidad.
Los dos inciden en el pensamiento contemporáneo:
Uno por haberlo gestado. Otro por haberlo interrumpido.
Oxford 1856 en mi casa de Olivos
Rojas en sus veteados de muérdago y perros maníacos
que corren eternamente en esa circularidad aromática.
Dos tazas aparecieron en la puerta de mi casa, colgadas
bajo el cielo estrellado una limpia noche de invierno.
Las asas esbeltas son cuellos de cisnes pulidos de brillo.
Ajadas por dentro por el hogar y las manos de sus dueños.
En los residuos del té oscuro, el sedimento de lo que fue
sobremesa, labores, cálculo, y la muerte de labios de amor.
Dos tazas boca abajo como murciélagos propiciatorios
que ya no están. Dos tazas de boca abierta y agrietada.
Variables de hacienda
mis remedios son más caros que mis versos.
Los índices de la economía importan
más que el hambre de la gente.
Por suerte, la retama está en flor.
Dos escualos bailando en un balde con música de Astor
abril 15, 2024
Mario Sampaolesi: Poemas inéditos
Dieciséis de junio
Esa tarde yo caminaba por la plaza Garibaldi.
Tomaba fotos de los monumentos,
de los edificios, de las personas que paseaban.
Bebía el vino árido y rosado de la Provence.
Eran las formas
con las que mi dolor elegía
celebrar mi cumpleaños.
Lejos de Buenos Aires, perdido en Niza.
Solo
con la compañía de tu fantasma
los dos inmersos en la bulliciosa luz.
Veloces pasaban los pájaros.
Dejaban sobre la levedad del aire los rastros
de sus vuelos
para luego desaparecer entre el follaje de los árboles
como el parpadeo de tus ojos en lo oscuro.
Imaginé lo feliz que te sentirías
si hubieras estado a mi lado
vos también absorbida por las sombras
de las flores rojas.
Los vínculos de tu cuerpo con el mío aún vibraban
aunque nuestras raíces hubiesen sido hachadas
por una fiereza que jamás intuimos.
Cuando día tras día tus hijos
comían tu carne bajo la incertidumbre asfixiante
de tu soledad
mis enterradas pesadillas reaparecían.
La afilada navaja cayó sobre tu cuello
como decapitación.
La cancerbera de turno te daba de comer
en la boca
y vos masticabas de tu alimento el suplicio
de las formas que se desprendían confusas
de tu memoria.
Cuando finalmente supe
que no habría clemencia posible
en mí no sobrevivió ningún residuo de perdón
y la muerte se acercó a la velocidad vertiginosa
de las corrientes marinas bajo la superficie del agua.
Sobre la plaza corrían las sombras grises
de las nubes.
Yo observé con minuciosidad sus desplazamientos,
pero no pude descifrar el presagio.
Recordé las pequeñas huellas triangulares
que cada amanecer dejan las gaviotas sobre la arena
y el viento suave que las borra,
y el oleaje que las cubre.
Niza
Era uno de esos días donde los restos de las sombras
se evaporaban bajo el sol.
Los bañistas y algunos veleros blancos
flotaban sobre el mar azul.
Una gaviota se hundió en busca de presas
como se hunde un día de tormenta.
Me recordó mi soledad.
Las palmeras -mecidas por el viento-
revelaron sin saberlo por qué ya nada de vos
quedaba en mí.
Cerca de la orilla, algunas piedras resplandecían
cuando las alcanzaban las olas.
Otras, algo alejadas, redondas, grises,
se agrietaban desteñidas
por el ardiente sol.
Me pregunté si las piedras no serían la materialización
de nuestros deseos jamás cumplidos.
Como la gaviota
yo también me arrojé a la transparencia.
Aunque no perseguía presas.
Sólo nadé hacia un punto imaginario
anterior a los veleros blancos.
Nadé a través de la ondulación
azul del agua.
Me dejé abrumar por su frescura, por la espuma.
Floté en esa suavidad fuera del tiempo.
Sin pensar, miré las nubes,
los dibujos instantáneos de una bandada de estorninos
y la línea blanca -recta en el cielo- del vuelo de un avión.
Después me sumergí.
Reconocí algas, peces.
Toqué la arena del fondo.
No busqué lo perdido.
Otros poemas de MARIO SAMPAOLESI
abril 13, 2024
Santiago Sylvester: Me aburren los milagros
estricote, rabicana, árgana;
o de palabras desorientadas como “matar el tiempo”
cuando lo evidente es al revés.
De las palabras
me gusta hasta el silencio que traen
desde la cueva originaria;
a todas las recibo,
incluso a las que no existen ni hay motivos para eso:
a cualquier palabra, siempre que no grite.
Reviso sus posibilidades, se entrometen en mi mesa
y también las olvido:
de ellas
espero la contundencia de un pedido de auxilio
o del olor que sale de las ollas: lo demás
será o no será
según dilemas que el diccionario desconoce y que los laberintos de
la etimología no pueden resolver.
(sobre el viaje inconcluso)
(la calle vacía)
(informe de la NASA)
(para no equivocarse)
(visita a un viejo álbum de fotos)
abril 11, 2024
Alejandra Boero: El resplandor del imperio
OTOMANA
interrumpo el curso del azar.
Patria le dicen.
¿Destino?
a buscar pozos de agua,
a inventar refugios de ave
migratoria.
la oración,
el regateo ,
el curso de los días,
en direcciones opuestas,
prueban al mundo.
miro de lejos los muros del palacio,
el resplandor del imperio,
su voluptuosidad.
olor a pan recién cocido,
pasos que conjuran mi derrota.
Sigo siendo la memoriosa,
la que olvida.
«Otomana»
nace de este relato, de este viaje imaginado e imaginario donde confluyen
Oriente y Occidente y donde otro universo de palabras y gestos intenta dar voz
a las voces de un paisaje que hice mío, por ajeno, por perdido.
abril 07, 2024
Carilda Oliver Labra
Declaración de amor
abril 06, 2024
Horacio Pérez del Cerro: Mandobles al viento
iii
Cuelgo de la parra algo que no alcanzo
lo cuelgo alto para no alcanzar
para sobrevivir
a la extrañeza de colgar al tiempo
de su color de ojos
en el olor de las palabras que ven
el olor del tiempo en los colores
para sobrevivir, al tiempo.
Cuelgo la parra tan alto que se confunda con el alerce
con el eucaliptus que sombra
y demanda un sol
-nada menos que un sol!!
-de dónde- me pregunto
voy a conseguir un sol
de dónde la sombra de un eucalipto
para poder vestirlo
arroparlo con mis ojos entornados
como no queriendo mirar tanta luz
tanto sol para el alerce
que reclama con sus hojas batiéndole
mandobles al viento
al sendero entre alambrado y acequia
a mis nueve infancias descubriendo la belleza
(creo que ahí descubrí la belleza)
cuando oí al eucalipto
derramarme su torbellino de hojas
y le trajera un sol pariente alerce
solo, no supe entenderlo ni darle otra cosa
que mis nueve sombras…
iv
se dispone confundirnos el camino que no hay
del tan procaz conocimiento
tardía intuición de su porqué baldío
ausente consciencia sumida en la oscuridad.
Rezo posibilístico de los dados que adversos
colman plano a otra mismidad
desesperadamente humana,
tristemente racional…
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abril 05, 2024
Poesía y realismo sucio a 30 años de la muerte de Charles Bukowski por Demian Paredes
abril 04, 2024
Marcelo Rizzi, poemas inéditos
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abril 02, 2024
Cecilia Collazo: El cuerpo no es el mismo
El precio
El cuerpo
Eugenio Montale: tres versiones del poema Delta
La vida, que se rompe en los trasiegos
secretos, la he arraigado en vos:
esa que se debate en sí, y casi parece
que de vos nada sepa, ahogada presencia.
y resurges, memoria, más visible,
de la oscura región donde bajabas,
como ahora, después de la tormenta,
vuelve a adensarse el verde de las ramas
y el cinabrio, en los muros, se oscurece.
si como forma existes, o aprensión
en la niebla de un sueño te alimenta
la costa que se enturbia, enfebrecida,
cuando restalla en ella la marea.
salvo el silbido del remolcador
que emerge de las brumas, llega al golfo.
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