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Mostrando las entradas de abril, 2024

Señalador: Israel Eliraz | Adam Gai

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Sentarse solo a la mesa…    Sentarse solo a la mesa de noche  no es menos misterioso  que montar un tigre  y preguntarse  ¿Se supone que aclarará?  ¿La silla en la que me siento está vacía?  ¿Los bolsillos están en llamas? En el centro del cuarto la muerte cava un canal de oscuridad y alguien que no está aquí presente dice: ¿Le molestaría si me quedo un rato? En  https://adamgai.com/israel-eliraz-sentarse-solo-a-la-mesa-42e1f78e8041

Santiago Espel: poemas inéditos

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El vendedor ambulante de biblias      Lleva la palabra de Dios de casa en casa.  Sabe unos versículos de memoria que recita   proféticamente cuando le abren la puerta.  Ego sum qui sum  y alza los globos oculares.  Por su eficacia infalible en las ventas  para el dueño de la empresa es el mesías.  De casa en casa lleva la palabra de Dios.  Frente a los compradores ensaya  una exégesis deliberadamente críptica. Si no fuera por la circunstancia de criar ovejas negras en la terraza de un piso 20 sería un hombre perfectamente normal además de un imbatible vendedor de biblias. Etiología de una pasión Amontonados y timoratos al fondo del camión, rechinan la esperanza por la patria y por el bife. Ilusos los otros, los que juntan monedas en el peaje y se asimilan a los agregados culturales, antes siniestros que diestros, simios eximios, dan de los otros con bonhomía todo, hasta las heces, sin pestañear ni chistar a la hora del puc...

Mario Sampaolesi: Poemas inéditos

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  Dieciséis de junio     Esa tarde yo caminaba por la plaza Garibaldi.  Tomaba fotos de los monumentos,  de los edificios, de las personas que paseaban.  Bebía el vino árido y rosado de la Provence.  Eran las formas  con las que mi dolor elegía  celebrar mi cumpleaños. Lejos de Buenos Aires, perdido en Niza. Solo con la compañía de tu fantasma los dos inmersos en la bulliciosa luz. Veloces pasaban los pájaros. Dejaban sobre la levedad del aire los rastros de sus vuelos para luego desaparecer entre el follaje de los árboles como el parpadeo de tus ojos en lo oscuro. Imaginé lo feliz que te sentirías si hubieras estado a mi lado vos también absorbida por las sombras de las flores rojas. Los vínculos de tu cuerpo con el mío aún vibraban aunque nuestras raíces hubiesen sido hachadas por una fiereza que jamás intuimos. Cuando día tras día tus hijos comían tu carne bajo la incertidumbre asfixiante de tu soledad mis enterradas pesadillas reapar...

Santiago Sylvester: Me aburren los milagros

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Santiago Sylvester: Me aburren los milagros (no escribo palabras: las investigo)     Cada tanto la cabeza se me llena de palabras antiguas: péñola,   estricote, rabicana, árgana;  o de palabras desorientadas como “matar el tiempo”  cuando lo evidente es al revés.  De las palabras   me gusta hasta el silencio que traen  desde la cueva originaria;  a todas las recibo,   incluso a las que no existen ni hay motivos para eso:  a cualquier palabra, siempre que no grite. Reviso sus posibilidades, se entrometen en mi mesa y también las olvido:   de ellas espero la contundencia de un pedido de auxilio  o del olor que sale de las ollas: lo demás  será o no será según dilemas que el diccionario desconoce y que los laberintos de  la etimología no pueden resolver. (sobre el viaje inconcluso) SI me cuesta dormir  y si he aprendido a estar solo es porque el viaje ha sido largo; si a veces me ...

Alejandra Boero: El resplandor del imperio

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OTOMANA          Tocada por el filo de la vida  interrumpo el curso del azar.     Soy hija de esta fábula.  Patria le dicen.  ¿Destino?    Aprendo a corregir sabores,  a buscar pozos de agua,  a inventar refugios de ave   migratoria.    Desde mi ventana, la oración, el regateo , el curso de los días, en direcciones opuestas, prueban al mundo.   Desordeno genealogías, miro de lejos los muros del palacio, el resplandor del imperio, su voluptuosidad.   De la calle llegan voces, olor a pan recién cocido, pasos que conjuran mi derrota.   Vuelvo hacia el espejo. Sigo siendo la memoriosa, la que olvida. «Otomana» nace de este relato, de este viaje imaginado e imaginario donde confluyen Oriente y Occidente y donde otro universo de palabras y gestos intenta dar voz a las voces de un paisaje que hice mío, por ajeno, por perdido.

Carilda Oliver Labra

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Carilda Oliver Labra Declaración de amor Pregunto si llevo razón cuando despierto el peligro entre sus muslos, si me equivoco cuando preparo la única trinchera en su garganta. Yo sé que la guerra es probable; sobre todo hoy porque ha nacido un geranio. Por favor, no apuntéis al cielo con vuestras armas: se asustan los gorriones, es primavera, llueve, y está el campo pensativo. Por favor, derretiréis la luna que da sobre los pobres. No tengo miedo, no soy cobarde, haría todo por mi patria; pero no habléis tanto de cohetes atómicos, que sucede una cosa terrible: yo he besado poco. CARILDA OLIVER LABRA (1922 /2018, Matanzas, Cuba) Fuente: Fb Jonio González Enlaces: A media voz | Revista El Golem Imagen en Períodico Trabajadores

Horacio Pérez del Cerro: Mandobles al viento

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  iii      Cuelgo de la parra algo que no alcanzo  lo cuelgo alto para no alcanzar  para sobrevivir  a la extrañeza de colgar al tiempo  de su color de ojos  en el olor de las palabras que ven  el olor del tiempo en los colores  para sobrevivir, al tiempo.   Cuelgo la parra tan alto que se confunda con el alerce con el eucaliptus que sombra y demanda un sol -nada menos que un sol!! -de dónde- me pregunto voy a conseguir un sol de dónde la sombra de un eucalipto para poder vestirlo arroparlo con mis ojos entornados como no queriendo mirar tanta luz tanto sol para el alerce   que reclama con sus hojas batiéndole mandobles al viento al sendero entre alambrado y acequia a mis nueve infancias descubriendo la belleza (creo que ahí descubrí la belleza) cuando oí al eucalipto derramarme su torbellino de hojas y le trajera un sol pariente alerce solo, no supe entenderlo ni darle otra cosa que mis nueve sombras… De "Papeles ajados...

Poesía y realismo sucio a 30 años de la muerte de Charles Bukowski por Demian Paredes

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Se han cumplido 30 años de la muerte de Charles Bukowski, poeta y narrador. Último “maldito” de la literatura estadounidense. Admirado y criticado por igual, dejó seis novelas, correspondencia, ensayos, prólogos, y, especialmente, una treintena de volúmenes de poesía, y ejerció influencia -tal como en su momento Borges, García Márquez y Bolaño-, dejando una pléyade de imitadores y emuladores, en temáticas y “estilos”, de diversa y dudosa calidad.  Hijo de una alemana y un norteamericano, Heinrich Karl Bukowski Jr. nació en 1920 en Andernach, una ciudad alemana, y a los pocos años iría a vivir con su familia a Estados Unidos. Hijo también de la época de la Gran Depresión y la guerra, el niño (apodado Hank) recibiría pocos afectos, e incluso lo contrario: una educación rígida y rigurosa, reproches de su madre y severos castigos del padre, cuestión que -coincidente en esto, por ejemplo, con el escritor argentino Alberto Laiseca- será posteriormente objeto del recuerdo infinidad de vec...

Marcelo Rizzi, poemas inéditos

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UN mito fugitivo sostiene que toda belleza  es indolente, su epicentro un andamio flojo,  una ciudad ideal perdida de otro continente.  Un ángel te flechó con hipodérmicas de oro  hace mil años, tu manuscrito original borrado  con aguas repentinas de la inundación. Buscás  en las gavetas y solo emergen dos cartuchos  que nunca disparaste. Quizá una exquisita brisa  veraniega indague esta vez por tu infancia tan imposible como verdadera. Hay de hecho siempre una mariposa de alas negras clavada en la pared, y un alacrán de madera como única pieza de toda genuina partida de ajedrez. HAY que volver a medir pero con otros instrumentos la altura exacta de estos árboles, la extensión de estas calles, el arco que describe un triunfo, el límite de un cuerpo y su acto colindante: algo que distraiga al ojo de su ambición por el último detalle. Por caso, de esta hoja de bitácora, la cuestión del tiempo, siempre inminente, escaso, que debería acelerarse si la...

Cecilia Collazo: El cuerpo no es el mismo

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  El precio    En el vislumbre del deseo  fue triste despertar sin tu regazo,   a dónde iba a volar  si he sido golondrina de tierra y no de aire  y he caminado a tientas sin tu nombre  vinieron soles, días lluvias, nubes, y tuve que escoger,  y elegí el vuelo. El cuerpo     lleva la marca  de la historia,   la suya propia   la de los ancestros,  después de esa marca  el cuerpo no es el mismo, como una casa cuando sus paredes ceden y se quiebra,  si el cuerpo asocia la marca con la historia crece si no,  perece enfermo para siempre. El cuerpo elige. Otros poemas de CECILIA COLLAZO ,  aquí  

Eugenio Montale: tres versiones del poema Delta

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DELTA /  Versión: Pablo Anadón La vida, que se rompe en los trasiegos secretos, la he arraigado en vos: esa que se debate en sí, y casi parece que de vos nada sepa, ahogada presencia. Cuando el tiempo en sus diques se sofoca, acuerdas tu existencia a la de ella, inmensa, y resurges, memoria, más visible, de la oscura región donde bajabas, como ahora, después de la tormenta, vuelve a adensarse el verde de las ramas y el cinabrio, en los muros, se oscurece. Todo ignoro de vos, salvo el mensaje mudo que me sostiene en el camino: si como forma existes, o aprensión en la niebla de un sueño te alimenta la costa que se enturbia, enfebrecida, cuando restalla en ella la marea. Nada hay de vos en este vacilar de las horas grises o desgarradas por un fulgor de azufre, salvo el silbido del remolcador que emerge de las brumas, llega al golfo.

Rogelio Ramos Signes: La terrible inocencia

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Cuando la vida no sea vida     No soy rápido con las preguntas,  tampoco con las respuestas.  Soy rápido para hacer silencio,  para quedarme callado antes que los demás,  para hacer uso de mi derecho  a permanecer con la boca cerrada,  con las cuerdas vocales en reposo. Soy rápido para no decir lo que otros dicen, para callar en medio de la barahúnda. Sólo sé decir “permiso” y “por favor” y “gracias”. Eso me permite hacerme entender sin esfuerzo en cualquier lugar donde me encuentre. Eso me permite ignorar otras lenguas por dominar la mía hasta el silencio. Así voy preparándome sin apuro para cuando la vida no sea vida, y el ruido y todo este cacareo ya no tengan sentido La vuelta Ella siempre elegía alguna mesa cerca de la ventana; yo mentía estar de acuerdo, pero me sentaba a la sombra. Ella pedía un café liviano; yo, un café pesado,  pesadísimo; un café al que le agregaran toda esa fuerza que le sacaban al de ella. Nos complementábamos. Yo...