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enero 31, 2016

Juan Carlos Moisés

Poesía argentina


El tomate



Corto el tomate en la tabla de un tajo,
lo parto en  mitades sucesivas,
y para no demorar lo inevitable
sigo cercenando esos pedazos indefensos
hasta hacerlos papilla, y salvo el color
rojo como una mancha de sangre
en el pecho del herido ya no podemos saber
lo que fue alguna vez, bajo nuestros pies,
su raíz hablando una lengua desconocida,
ni lo que será, después de condimentar
a gusto, sentarnos a la mesa familiar
y comenzar a comer sin culpa,
mientras conversamos animados
sobre los temas impiadosos del día.



En la casa del galés



En la casa del galés Néstor Milton Jones
al caer la noche las gallinas subían
de memoria a dormir en las ramas
del sauce grande, cuando estaba de pie
el sauce. Hablábamos, los que éramos
entones, con la pasión de la ignorancia
y discutíamos en esos días políticos
de excepción, cuando estaba de pie
el sauce. Era una época de entusiasmos
agitados, confusos, pero lo que hablábamos
no inquieta a las gallinas ni entraba
en los planes de su sueño aéreo.
Con los ojos cerrados parecían equilibristas
de circo que han ensayado muy bien
el número principal al margen de toda
confrontación, mientras apoyábamos
o creíamos apoyar con autoridad
los dos pies en la tierra firme.
El sauce grande un día se pudrió de viejo,
y esos años políticos y las gallinas y el sueño
aéreo en el sauce, cuando estaba de pie,
se fueron como se fue nuestra juventud.
No hay decirlo por decir, porque sabemos
que lo pide la malicia de la imaginación:
nada consuela, ni lo que conocemos del futuro
ni lo que seguimos ignorando del pasado.


(a Paulina Vinderman)


Otros poemas de JUAN CARLOS MOISÉS, aquí
Imagen: ibuk

enero 30, 2016

Efraín Bartolomé


Hacia las montañas blancas   




Música griega en el camino a Omalos.
Vibran las cuer­das limpias del bouzuki en la negra mañana y, aunque ya son las seis, no hay asomo de sol.
A difer­en­cia de nosotros que ya esperábamos, boleto en mano, desde veinte min­u­tos antes de la hora, el sol haraganea.
El clima, sin embargo, es deli­cioso en este amanecer del 15 de sep­tiem­bre de 2008.
Es negra la mañana, y mi mujer y yo —abdomen tenso, ojos de asom­bro, vaga ansiedad— vamos a las Mon­tañas Blancas.
A las Mon­tañas Blan­cas en la mañana negra.
Con­tra lo que pen­sábamos, el camión viene lleno.
No obstante, ten­emos los asien­tos panorámi­cos a un lado del chofer.
Sal­imos de la apre­tada ter­mi­nal a las estre­chas calles de Xaniá y en la primera cuadra nos asalta, de frente, la más per­fecta Luna sobre los edificios.
Ya va cayendo, glo­riosa, hacia el poniente, pero aún se mantiene arriba de los ojos: la oscuri­dad acen­túa su belleza a medida que dejamos atrás las luces de la zona urbana.
La Luna en el corazón: hacia ella avan­zamos, dóciles y mar­avil­la­dos, acatando el mandato.
No puede haber mejor augu­rio ni ben­di­ción mayor para ini­ciar el viaje.
Ahí está su impo­nente redondez al alcance de todas las pupi­las pero la gente sigue hablando del mundo cotid­i­ano, como ajena al milagro.
Pareciera que sólo mi amada y yo vemos el amar­illo tierno del disco sobrecoge­dor, sus del­i­ca­dos rayos…
Oh Luna de Apuleyo…
Está tan extremada­mente bella que siento que no la merezco.
Voy hacia mi niñez o el niño aquel que fui viene y se mues­tra en la pan­talla interna, a caballo, hundién­dose en la noche o en la madru­gada, por caminos bor­dea­dos de fol­la­jes boscosos y Luna en esplendor.
Ahí voy: aquí vengo.
Poco importa, viendo el prodi­gio sideral, que la hora oscura nos imp­ida ver una de las car­reteras más espec­tac­u­lares de toda Creta: es la zona de oli­vares y naran­jales que ahora duer­men en la oscuridad.
La Diosa reina en el horizonte.
Un giro en la car­retera hace que se nos pierda pero aparece pronto: casi a punto de hundirse.
Una vez más se oculta y se mues­tra de nuevo: más bella mien­tras más baja está, mien­tras más al alcance de la mano parece.
Está a punto de tocar la línea del hor­i­zonte y un nuevo monte súbito difi­culta su visión.
Sigue un macizo mon­tañoso y no la vemos más.
Allá vamos: a las Mon­tañas Blan­cas en la mañana negra…



Ascendiendo al abismo 



Ya sin Luna nos per­cata­mos de que hemos entrado a una car­reterita de cur­vas pro­nun­ci­adas y continuas.
El auto­bús parece gigan­tesco en esta estrecha franja: sus hábiles movimien­tos remueven la adren­a­lina y acel­eran el corazón.
Cur­vas y cur­vas y cur­vas en ascenso.
La Luna debe estarse hun­di­endo ahora y sólo vemos cordillera y acantilados.
La luz del sol va mostrando, poco a poco, el árido paisaje soberbio.

Lleg­amos a Lakki: un pueblo de casas blan­cas que se deslizan en un acan­ti­lado casi vertical.
El camión se detiene en lo alto, en una pequeña plaza rodeada de cafés y restau­rantes, cer­ra­dos a esta hora.
Suben dos seten­tonas seño­ras grie­gas vesti­das de negro.
¿Cómo se baja a aque­l­las casas her­mosas que cuel­gan en la ladera?
El viaje con­tinúa: arriba nos espera la rocosa cordillera sin árboles ampara­ndo las hon­das oquedades.

Seguimos ascen­di­endo.
Apare­cen sól­i­das casas ais­ladas en oteros, una por acá, otra por allá, entre cer­ros y esca­sos olivares.

El paisaje y el espíritu cretense: a un tiempo roca  y olivo.
La cordillera se va mostrando cada vez más alta y mues­tra nuevos per­files a medida que ascendemos.
Allá la nueva cresta rocosa y su nueva silueta caprichuda: allá, siem­pre más allá…
El tiempo se alarga entre cur­vas y cur­vas en ascenso.
Si la pen­di­ente sigue así, esta car­reterita tal­lada en roca viva nos va a lle­var direc­ta­mente hasta el Olimpo.
“¡Qué miedo…!”, dice mi amada de pronto, en voz bajita, apre­tando mi brazo mien­tras pasamos por una estrecha curva.
Pero seguimos subi­endo en el inmenso auto­bús: enorme en relación a la car­reterita, pero insignif­i­cante ante los volúmenes de la cordillera.
Aparece de pronto un col­me­nar pequeño entre las grandes rocas: una gota de miel en medio del desierto.
Esta­mos avan­zando hacia la parte media de la ele­vada cadena de mon­tañas que atraviesa Creta de Este a Oeste: las Mon­tañas Blan­cas: Lefka Orh o Levka Ori.
La más alta de las cum­bres de esta cadena es el Monte Ida (2456 met­ros sobre el nivel del mar) en una de cuyas gru­tas nació nada menos que Zeus.
En una de esas cuevas nació y en otra de ellas lo dejó su madre Rea al cuidado de la ninfa Amal­tea y de los Curetes o Dác­ti­los del Ida que, como lo indica su nom­bre, eran diez, justo como los dedos de las manos.
Estos Curetes entre­choca­ban sus escu­dos y pro­ducían un ruido ensor­de­ce­dor para impedir que el llanto del dios niño alcan­zara los oídos de Cronos y des­per­tara su furia devo­radora de su propia estirpe y temerosa de la castración.
Una cabra que los mitó­grafos lla­man tam­bién Amal­tea, igual que la ninfa, ali­mentaba a Zeus.
Cuando Amal­tea murió, Zeus la puso en el fir­ma­mento como la con­stelación de Capri­cornio y usó su piel para for­mar su égida, su escudo protector.
Uno de los cuer­nos de la cabra nodriza es el Cuerno de la Abundancia.
El Monte Ida tiene tres met­ros más que el Pico Pachnes, que alcanza sólo 2453 met­ros y a cuyo pie pasare­mos en el trayecto de hoy.
Dice un rumor, y no hay que dudarlo mucho en esta tierra de titanes, que los mon­tañe­ses del Pachnes están acu­mu­lando rocas en su cum­bre para que sea más alto que el Psilori­tis, actual nom­bre del Ida.
Y muy cerca de estos ter­ri­to­rios nue­stro auto­bús avanza.
Y la cum­bre allá arriba, y otra, y otra más, y la res­piración que se detiene y la con­trac­ción abdom­i­nal y el vér­tigo y el escalofrío y el sudor en las manos…
El camión baja noto­ri­a­mente la veloci­dad, casi se detiene, avanza muy despa­cio: pasa lenta y cuida­dosa­mente junto (o sobre) una frac­tura de la carretera.
¡Uff…!
Ya pasamos: la res­piración se nor­mal­iza poco a poco.
Y abajo el acan­ti­lado y arriba las cum­bres que no cesan y siguen cre­ciendo y los pinares que han salido de no sé dónde y hacen un poco más amable la visión de los escarpes violentos.
Allá abajo se abre un ancho hor­i­zonte y una densa neblina.
Y de pronto, como una apari­ción: cabra negra en roca blanca.
Y otra cabra blan­quísima de barba noble y pelo largo y lacio.
Pinos enanos en la roca viva.
“¡Mira esa curva allá abajo: una omega per­fecta!” dice mi culta esposa que ríe cuando le leo estas últi­mas líneas.
“Mal­vado…”, agrega, mien­tras yo veo la omega, cier­ta­mente perfecta.
La cordillera sigue y sube pero nosotros empezamos a bajar lig­era­mente hacia un val­lecito rodeado de mon­taña al que hemos acce­dido después de una curva que nos quitó la res­piración por lar­gos segundos.
Bor­re­gos blan­cos triscan entre las piedras blancas.
Un poco más ade­lante nos detiene un rebaño nutrido: el camión avanza lenta­mente y las edu­cadas cabras se hacen a un lado arracimán­dose en una masa com­pacta y melenuda.
Bajan aquí las grie­gas enlutadas.
Los loquitos seguimos.
Por un ratito avan­zamos sobre ter­reno sin acantilados.
Ah, qué descanso…
El camión se detiene: hemos lle­gado a Omalos.


Camino a OmalosEFRAÍN BARTOLOMÉ (1950, Ocosingo, Chiapas, México)
Fuente: http://revistacritica.com/
Enlaces: http://www.elem.mx/autor/datos/1862
http://www.laestafetadelviento.es/poesia-viva/maestros-jovenes/efrain-bartolome
Imagen: Facebook/EB

enero 26, 2016

Carlos Drummond de Andrade: Imágenes de mera circunstancia


Tres en el café



En el café semidesierto
la mosca intenta
posarse en el terrón de azúcar sobre el mármol.
La ahuyento. Insiste. La ahuyento.
La luz es triste, amarilla, desanimada.
Somos dos a la espera
de que el garçon, mecánico, nos sirva.
Miro al compañero a la altura de la corbata.
No me atrevo a subir al rostro marcado.
Me fijo en la cadena del reloj
presa en el chaleco; viejos tiempos.
Poco hablamos. El sonido de las tazas,
casi una conversación. Tan raro
encontrarnos así frente a frente
durante más de algunos minutos.
Más raro aún,
en la banalidad del café.
La mosca vuelve.
Ya no la espanto. Queda entre nosotros,
partícipe de mutuo entendimiento.
Entonces, ¿es este el mismo hombre
de antes de yo nacer
y de mañana y siempre?

Curvado.
Su mirada es cansancio de existencia,
¿o siento ya (ni pensarlo) su muerte?
Este estar juntos en el café,
no he de olvidarlo nunca, de tan seco
y desolado -los tres
yo, él, la mosca-:
imágenes de mera circunstancia
o del oscuro
irreparable sentido de vivir.


poesía brasileña
Otros poemas de CARLOS DRUMMOND DE ANDRADE, aquí
Imagen: kultme.com.br

enero 23, 2016

Urszula Koziol



De camino a Struga




Cerca de Sarajevo aúlla un lobo
e incluso varios lobos

en el cielo estrellas amarillas
brillan
como los ojos hambrientos de un lobo
y quizá no son estrellas
sino
que en la misma cima de la colina
el faro de un coche ha chocado
con el resplandor de un charco.


URSZULA KOZIOL (1931, Rakówka, Polonia)
Fuente: FB/Jonio González
Imagen:  Paweł Kozioł / AG



enero 22, 2016

El jugador de fútbol de Juan Carlos Moisés


Fuera del auto estacionado en la banquina

 


Entre Comodoro Rivadavia y Trelew,
en algún lugar de la Ruta Nacional 3.
No era lo que se dice una "Commedia",
tampoco era simulacro, ni era representación.
Estaba con mis hijos en "mitad del camino",
fuera del auto estacionado en la banquina,
de pie en la nieve y de espaldas al aire frío.
Nos habíamos abrigado hasta los ojos antes
de bajar, y no hablábamos porque era posible
que se nos congelara el aliento, las palabras.
A falta de sol, una especie de luz se suspendía
sobre los campos congelados de la tarde.
El chorro tibio, a temperatura corporal,
fue haciendo un hueco en la nieve.
La aureola amarilla avanzaba, concéntrica,
fuera del círculo polar y gradualmente
lo derretía sin que hubiera oposición.
Le devolvíamos a la tierra, paciente bajo
la masa compacta, una pertenencia en común.
Cuando, cada uno en lo suyo, terminamos
de arroparnos y caminábamos hacia el auto
con el motor en marcha y la calefacción
encendida donde esperaba la madre,
coincidimos en mirar trescientos sesenta
grados alrededor. Todo era blanco, y esa
luz precaria se desparramaba envolviéndonos
como el aliento de la respiración. Había algo,
además de la nieve, en ese lugar apartado, sin
puntos de referencia, que nos hacía mover lentos,
callados, como si aún nada tuviera nombre.



El jugador de fútbol, Ediciones La carta de Oliver, 2015De: "El jugador de fútbol", Ediciones La Carta de Oliver, 2015
Otros poemas de JUAN CARLOS MOISÉS, aquí

enero 19, 2016

Ettore Scola










Las películas más emblemáticas de Ettore Scola






En "La familia", la cámara avanza por el pasillo y de las puertas de las habitaciones, de cada lado, entran y salen los personajes a través del tiempo. El árbol de la vida y sus ramas






Imagen: canaltcm.com






enero 17, 2016

Luis Muñoz



Habla un vecino







Lo que hagan después, ya no lo sé. 

Conmigo están tranquilos. 

Se mecen con el viento, 

se platean, se doran, se zambullen 

en el estanque seco de la noche. 

Lanzan brillos distintos 

para el sol o la lluvia. 

Hacen de su espesor 

el fondo hospitalario del paisaje. 

Llenan de la nostalgia de cosas no vividas 

a los que se pasean, 

y ante sus claros nombres 

ni siquiera se inmutan: 

fresnos, robles, hayas, sauces. 







Campo de alcornoques 







No sé por qué, respiran paz, 

la que no tengo. 

Ordenan la mirada, la sostienen, 

le dan fuerza, la fuerza de esperar, 

la que me falta. 

Son dependientes y únicos. 

No sucumben al hoy. 

No conocen la duda, su cadena explosiva. 

No se llenan de noche, 

la que me sobra. 












Luis Muñoz (1966, Granada, España)

Fuente: Luis Muñoz; Iowa literaria 

Imagen: luismunoz.org

enero 16, 2016

Silvia Camerotto

Devegut




No era cuestión de quedarse con los adminículos
con que se monta una casa:
elegimos la fuente más honda y una docena de cubiertos.
El maelstrom donde se fríen los huevos y raspamos el fondo
Placebos para la iniquidad
Ellos gritan en el cuarto de arriba y el café
chorrea sobre los zapatos que dejaste al costado de la mesa
Yo leo bajo el olor rancio del purificador.



El otro




Este es el reino de dos hornallas
platos que se confunden con el hule descolorido
y fermentos de sartenes mugrientas
Pan con hombre ¡alabado seas!
Que no nazca del agua y del espíritu un muerto asomado al vacío
La remoción concluye en el patio del primer piso donde
los vecinos escuchan la Grosse Fuge
Esto se llama perseverancia, decís, con la ventana abierta
mientras mirás a la que estudia medicina
Un pie de barro otro de hierro
altura y resistencia en los restos de una estatua
No temas, seguirá siendo el reino pulverizado
De la cama al trabajo y del trabajo, cada uno a su casa.















Otros poemas de SILVIA CAMEROTTO, aquí
De: "La Grosse Fuge", Ediciones del Dock,2012
Imagen: FB/SC. Inés Garlan, Silvia Camerotto y Tiffany Atkinson

enero 15, 2016

Enrique Winter


Aquí se esculpe con los ojos oídos




ojalá las imágenes se basten a sí mismas
pero lo que dicen es y debe ser
otra cosa
del dueño que ama hasta el olor de los billetes
se los refriega por la trompa y los párpados como un artista las teorías
en boga nada malo si mantuviera los ojos semiabiertos y la nariz
parcialmente despejada
Como este día en el puerto un buque
de carga se agranda conforme pierde definición la tarde
y recoge a dos mil asilados
esto se trata de dos amigos que conversan de otra cosa
mientras gozan las imágenes que trafican láminas del álbum
de fútbol o monitos que incluyen la que faltaba para completarlo
fotos del fin de semana en la playa de un cumpleaños familiar
si no olvidable de ex novias que renuevan su ricura
desde el paso del tiempo y bajo el humo del asado o del cigarro
del catálogo de autos que jamás podrán comprar de pin ups
u otras bagatelas del recuerdo
y el recuerdo puede ser instantáneo
esto también puede tratarse de una madre y un hijo
o de uno solo de los amigos conversándose en voz baja
mientras las imágenes se le traspapelan echado en y de un hotel
de la ciudad donde vivió toda su vida



Por capas el mar va poniendo en el sol




el recuerdo del recuerdo de la luz
sábanas que descorren la leche derramada
en el braceo
y una nueva oportunidad para entenderse
en pares trae la noche
que toca a los actores secundarios
adónde miran los protagonistas confluirán sus aguas
servidas de café o té verde
en algo como el mar sal de los ojos
sal de quien mira atrás
las sábanas la leche o por la tarde
por capas la pintura va poniendo en la tela
el recuerdo del recuerdo de la ola
luz derramada de interrogatorio
qué nos quiere decir el retratado
si ahora mira como no podría
una quietud inquieta
le inquieta acaso hueso o solo humus
cuando contempla inapetente
la arena que no está en las córneas de quienes lo indagamos
aprieta el pecho y se parece al hambre
en un idioma que no habla el castellano se refugia
en un castillo y castra
el color es la costra o su accidente
braceando los actores secundarios
una piscina roja con los muros marrones
el nácar raspa un hueso día que al sanar la carne oculta
como su mano sobre el pecho
nada en la tela que respira
ano distinta sin tomarla
entre las nuestras ni juntarnos
en la playa por un café por el té de las cinco
esa mano en el pecho de la tela
que no damos ni nos busca



poesía chilenaENRIQUE WINTER (1982, Santiago de Chile, Chile)
De: "Lengua de señas", Alquimia Ediciones, 2015
Fuente: Facebook de Silvina López Medín
Enlaces: Círculo de Poesía, Letras.s5
Imagen: resistenciamusical.wordpress.com

enero 13, 2016

Marina Kohon


La Chacra en Confluencia



La casa rodeada
por el camino de piedras,
piedras que chasqueaban
anunciando unas pocas
llegadas y partidas.
Un balcón estirándose
hasta tocar el Limay,
de telón barda rebelde,
un jardín,
toda la chacra era un jardín,
un pino
artífice de los rituales de navidad,
una farola- partenaire de danzas.
Una calesita y una hamaca.
Más allá
la acequia,
las ranas
besándose en la orilla,
el bajo
(sacrílegos los pasos
que osaban internarse)
los rayos de sol
filtrándose en ocres
entre las hojas caídas.
Una mesa de troncos,
un banco,
lugar de reunión de los peones.
Después, los frutales y las vides.
Por encima, el ojo de una nena
comprendiendo la abstracción de lo lejano.





Otros poemas de MARINA KOHON, aquí
Fuente: Ogham
Imagen: Facebook de MK

enero 09, 2016

Wallace Stevens


Los Acantilados Irlandeses de Moher



¿Quién es mi padre en este mundo, en esta casa,
al pie del espíritu?

El padre de mi padre, el padre de su padre, sus
sombras como vientos

Vuelven a un padre antes del pensamiento, antes del discurso,
a la cabeza del pasado.

Van a los acantilados de Moher levantándose de la bruma,
sobre lo real.

Levantándose desde el lugar y el tiempo presente,
sobre el pasto verde y húmedo.

Esto no es un paisaje, lleno de las ensoñaciones
de la poesía

y mar. Esto es mi padre o quizá,
es como él era.

un parecido, uno de la raza de padres: tierra
y mar y aire.


WALLACE STEVENS, The Collected Poems of Wallace Stevens,
Vintage Books Edition, 1990
Otros poemas de Wallace Stevens, aquí
Imagen:thethepoetry.com
Versión:  Marina Kohon / Traducciones y poemas de Marina Kohon





The Irish Cliffs of Moher



Who is my father in this world, in this house,
At the spirit’s base?

My father’s father, his father’s father, his—
Shadows like winds

Go back to a parent before thought, before speech,
At the head of the past.

They go to the cliffs of Moher rising out of the mist,
Above the real,

Rising out of present time and place, above
The wet, green grass.

This is not landscape, full of the somnambulations
Of poetry

And the sea. This is my father or, maybe,
It is as he was,

A likeness, one of the race of fathers: earth
And sea and air.

enero 08, 2016

Archivo Frederick Seidel


Frederick Seidel ha sido llamado "el poeta que el siglo XX se merecía" y alabado como uno de "los mejores poetas que escriben hoy"; también ha sido acusado de escribir una  poesía "siniestra" y preocupante". Ange Mlinko, en  Nation, describió su trabajo como el empleo de tales reacciones divisivas han seguido Seidel desde el principio "la prosodia de la atrocidad.": su primer libro, Final Solution (1963), fue elegido por Robert Lowell, Lousie Bogan y Stanley Kunitz por un premio ofrecido por la publicación 92nd Street Y se retrasó, sin embargo, cuando el manuscrito fue rechazado por el comité editor por lo que creían era anticatólico, antisemita, y calumnioso. Lowell, Bogan y Kunitz renunciaron a la junta en señal de protesta. (...) Recogido por Random House, el libro fue publicado el año siguiente.


Seidel ha publicado más de una docena de libros de poesía, incluyendo el National Book Critics Circle Award, Sunrise (1979), Premio Pulitzer nominado Going Fast (1998), y Ooga-Booga(2006), que fue nominada a otros National Book Critics Circle y finalista del Premio Internacional de Poesía Griffin. Poemas recogidos de Seidel, Poems 1959-2009 (2009), se extiende por medio siglo y casi quinientas páginas.  (...)

Seidel nació en 1936 en St. Louis, Missouri. Su padre era dueño de una mina en Virginia Occidental, así como una empresa de carbón y coque en St. Louis, y Seidel creció como un hijo privilegiado de una familia rica. Al asistir a Harvard, se hizo amigo del encarcelado Ezra Pound y viajó a París eventualmente instalado en Nueva York. Durante los años 1950 y 60, Seidel fue parte de la brillante escena literaria de la ciudad, y  todavía cuenta sobre una serie de personajes famosos, Diane Von Furstenberg y Bernardo Bertolucci, como amigos. Independientemente rico, Seidel es algo anómalo en la poesía contemporánea; aunque  evita lecturas públicas y la enseñanza, su trabajo ha recibido un amplio reconocimiento de la crítica. Sus admiradores incluyen al novelista Norman Rush y al crítico literario Richard Poirier. El trabajo de Seidel está influenciado por su estilo de vida, y es a la vez famoso y tristemente célebre por escribir poemas que tratan abiertamente con las trampas de la riqueza, incluyendo su afición por las motocicletas Ducati construidas a mano, el sexo con mujeres mucho más jóvenes, y los hoteles caros. A pesar de que ha sido objeto de ataques de "name-dropping", el poeta Billy Collins ha defendido a Seidel, argumentando: "Cuando él menciona East Hampton o el Carlyle o Le Cirque o Ducati, que ni siquiera parecen name-dropping. Él hace lo que todo poeta emocionante debe hacer: evita escribir lo que todo el mundo piensa como  "poesía".


Los primeros trabajos de Seidel se compararon frecuentemente con los de Robert Lowell por su voz profética y la voluntad de participar de la historia, pero su poesía también ha sido relacionada con Silvia Plath por su fusión de drama personal con el evento político. (...)


Seidel escribió el primer volumen de la trilogía, The Cosmos Poems, después de ser designado por el Museo Americano de Historia Natural para conmemorar la apertura del Planetario Hayden; secciones del Area Code 212 fueron serializados por el Wall Street Journal. elogiado y censurados, a veces, en la misma medida, los admiradores de Seidel sostienen que sus poemas son mascaradas sofisticadas, (...)


Fuente: http://www.poetryfoundation.org/bio/frederick-seidel

ame-dropping (soltar nombres) es la práctica de mencionar a personas o instituciones importantes en una conversación, narrativa, canción, identidad online, u otro tipo de comunicación. El término a menudo tiene como connotación el intentar impresionar a otros, por lo que generalmente se usa de forma negativa, y en ciertas circunstancias puede constituir una falta de ética profesional. Usado como parte de un argumento lógico, puede ser un ejemplo de falacia de falsa autoridad. (Wikipedia)


Poemas de Frederick Seidel:

enero 07, 2016

Carlos Martín Eguía

Carlos Martín Eguía
Poeta Eguía con remera negra

Crisma    



No quiero arruinarte 
el fin de año optimista 
ni la utopía 
de no contribuir 
con tu grano 
a crispar la disyuntiva 
no quiero 
echar a perder nada 
con mi incredulidad 
ante el eslogan 
“volvamos a intentarlo todos juntos” 
me gustaría incluso 
no tener que hacer 
el trabajo sucio 
de recordarte la opinión 
que tenías 
sin ir más lejos 
ayer 
que una cosa  
es un mínimo 
de tolerancia 
como para que 
no nos comamos
entre nosotros
pero unidad
vamos
dejémonos de joder
ni a palos
no quiero amargarte
con el vocablo irónico
que titula este poema
no es una mezcla
de oliva y bálsamo
para bautizar
el falso equilibrio 
de una flamante civilidad
inexistente
es simplemente
una fusión imposible
ni siquiera la imaginarías
en un manual voluntarista
de pedagógica atenuación
que pretendiera eliminar 
la pasión vengativa 
en pos de una fingida convivencia
es simplemente
una mala caricatura
por reír un rato
o hacer una pausa ante el cortocircuito
asociando las declamadas antípodas
haciendo que se tomen de la mano
los espectros
políticos
quizá porque
no pinta nada
en verdad nuevo
bajo el sol
pero vamos viejo
a la hipocresía
de la armonía de los argentos
nunca se la tragó
del todo nadie
tal mentira logró desencantar
mi pequeño entusiasmo
antes de los treinta
completó su trabajo
desde el pacto de Olivos
no la repitamos más
no resiste ni un discreto lugar
en la escuela 
inquieta mal a los pibes de primaria
estoy de acuerdo
la división produce desgracia
superarla
sería transgredir el odio
estoy de acuerdo
que tal cosa
siempre debería importarnos
por eso
si te sirve de algo
para seguir 
pensando este problema
que parece
no tener solución 
te cuento una
de las cientos
de historias
que hay en el mundo
de tenor similar
a la hora de pensar
el efecto pernicioso
de los rencores
la podés encontrar
en los escritos
de Humboldt
paridos en su viaje
a las regiones equinocciales
del nuevo mundo
en un tiempo
de su largo circunnavegar
el capitán de navío ruso
Adam Johann von Krusenstern
constató que el odio finito
entre dos marineros fugitivos
fue la causa de otra guerra
absurda como todas
los habitantes de las islas Marquesas
no dudaron en matarse
unos a otros
bajo el efecto 
de la encarnizada fiebre
de aquellos tipos
que pretendían pertenecer 
al selecto núcleo
que se renueva cada tanto 
gente casi te diría
como vos y yo
salvo por la gruesa diferencia
de que esos ejemplares oyen
el extravagante llamado
que según su delirio los conmina 
a dirigir el mundo
a salvarlo de sus errores
creyendo 
la mayoría de las veces
imprescindible
erradicar la gradación
aniquilar al otro
no dejando ni vestigio.



Cuando me di cuenta




Recuerdo que tenía
la remera al revés
y acababa de advertirlo
pero hubiese dado lo mismo
que la tuviera puesta
como se debe
ante el mundo implacable
que giraba sin compasión
mi vida se columpiaba sola
sobre una hamaca endeble
sin el más mínimo atisbo
de remedio.


A imagen y semejanza




La humedad traspasó primero la pared
después los caños
tomando los cables y comiéndole la luz
a ese sector de la casa
un espacio a oscuras en el nirvana del mineral
donde se levantó moho.
La causa está a la vista y no hay nada que suponer
me dice ella que siempre supo que vivir es actuar
y que está de nuevo
en lo que una vez pensamos como hogar.
Con cara de desconcertado inquilino que vuelve
de trasnochar a la deriva
me pregunto que rincón de mi cerebro
se arruinará primero
a imagen y semejanza.



CARLOS M. EGUÍA 
(1964, Castelli, Provincia de Buenos Aires, Reside en La Plata, Argentina)
Enlaces: Revista Colofón | Club Hem Editores | Poesía La Plata
Imagen: El Diario de Carlos Paz



enero 06, 2016

Francisco Gandolfo


Una mariposa matizada...



Una mariposa matizada
por contrastes de color beige,
estuvo volando y golpeándose constantemente
contra un tubo de luz fluorescente encendido,
hasta quedar agotada cerca de mi mano derecha
que ahora está escribiendo sobre su efímera vida.
Estaba junto a mí de espaldas, rendida,
con la cara rota de tantos choques,
un ala con un pedacito menos
y sus grandes ojos negros
enceguecidos por el exceso de luz.
Hasta sus patitas finas como telarañas
estaban inmóviles.
La di por muerta, pero al tocarla se movió.
A mi tercer toque reaccionó
y se paró en sus patas.
Al verla recuperada,
seguí escribiendo y me olvidé de ella.
Cuando terminé de escribir,
vi que no estaba más en mi mesa.
La busqué: ahora cerca de la puerta.
Al llegar a ella comprobé que estaba inmóvil
y separada de la pared, como levitando,
con sus alas plenamente abiertas.
Las telitas de araña que la sostenían
eran casi invisibles.
A mi segundo toque volvió a moverse brevemente
como fastidiada de que la molestase,
mientras esperaba morirse
ante de que volviera la araña.



FRANCISCO GANDOLFO (1921, Hernando, Provincia de Córdoba / 2008, Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina)
Imagen: www.lasvueltasdelcamino.blogspot.com

enero 05, 2016

Manuel Serrano Pérez

La pelusa



A lo mejor el tiempo
no puede dar con más materia
de razonada certidumbre y prestigio
de su faena destructora
que ese tacto de seda
ocupando rincones del bolsillo.
Desde el primer instante, 
el saco que me cubre desnudeces
pulveriza su trama
en cierto algodón de oscuridades, 
sorpresa de los dedos, 
nutrida lentamente por costuras
de hilos desflecados en redondo.
Y es un objeto fulminante
jugando en las esquinas
el impalpable luto
que interrumpe con plumas
lo concreto
y descubre averías, lesiones, menoscabo
del mundo construido.
Quede la hora en los relojes
con sus marcas de número.
El riesgo de marchar hacia la muerte
también se deletrea en la pelusa.



Llaves




No toda llave es de metal, hay otras
que no saben de puertas
sino de cuestiones que empañan el alma
en trances de andar sola.
Conocen la nostalgia y el vacío
de partir sin adioses.
Y aparecen de pronto en el momento exacto
  -de sujetar la pena en las paredes...
  -de inventar el olvido
al regreso de toda pesadilla...
  -de ver que tiembla un niño
y pretendes calmar su desventura...
  -de alargarte en el río
más allá de las cumbres que refleja...
Son llaves que no invaden cerraduras,
desasidas atmósferas y espejos
que juntan la moneda en sus dos caras
con lujoso relámpago.
Ahora, en la vereda que conduce a casa,
lugar de los resúmenes de aurora
en los trajines de mi compañera
acicalando los manteles,
frazadas, los hijos, los recuerdos,
surgen las de metal y me atropellan
de música las manos
para que cualquier sombra se distraiga
al abrir la puerta.


MANUEL SERRANO PÉREZ (1917 / 2015, Tucumán, Argentina)
De: "Objetos de bolsilllo", 2011)
Imagen: lagaceta.com.ar

Jorge Aulicino


Posiciones frente a la luz en el barrio de Flores




En esa casa no vive nadie hace rato, las ventanas de la planta baja
fueron tapiadas con ladrillos y las del primer piso tienen los vidrios rotos.
Los pisos son altísimos y mi amigo advierte cómo se ve el cielo desde allí.
Lo dice como si estuviera dentro de la casa y no mirándola desde afuera.
Para mí, allí donde se ve el cielo de Buenos Aires se ve la pampa.
El cielo está lleno de pampa. pero la casa es gótica y no es difícil imaginar
el fantasma del poeta Guido Spano levantándose de la cama
sólo para ir a buscar un vaso de agua -porque allí, dicen,
vivió Guido Spano sin salir de la cama-.
Mi amigo se ha desplazado en esos planos mentales como suele hacer.
No puedo acompañarlo mientras su mirada mira el cielo por encima de los   techos.]
Sólo con ver el cielo desde la calle sé que ha gritado un tero,
que se pierden los ruidos en la pampa tremenda
y que el aire argentino tiene una luz que casi hiere
como el borde de una hoja de papel,
y a la vez es huidiza; nueva o muy vieja parece,
no lo sé, pero no es la luz opaca de tantos otros países, es una luz
que a la final molesta, te ha rasguñado y no te diste cuenta;
tampoco es insoportable y agresiva como en el Caribe donde
Lezama Lima entornaba todo el día los postigos para verla tamizada
y para, en última instancia, disfrutar el fresco del ladrillo o la piedra.
Es otra cosa acá.
Acá, fácil, uno se hace amigo de la oscuridad.




De: "El Cairo", Ediciones del Dock, 2015Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí
Imagen: Facebook de JA. Jorge Fonderbrider, Jorge Aulicino y Jonio González







Jonio González

La imagen muestra a una persona de pie frente a una pared con dos fotografías enmarcadas. La persona lleva una chaqueta de cuero marrón sobre un suéter oscuro con cierre y una camisa blanca.  La fotografía en el lado derecho de la imagen representa una escena en blanco y negro con varias personas apuntando con rifles, posiblemente en un contexto de guerra o conflicto. La fotografía en el lado izquierdo está parcialmente visible y parece mostrar un grupo de personas, quizá en un entorno similar al de la fotografía de la derecha.


Conocimiento  



1  



¿Cómo brutalizas   
a un hombre?   
¿Cómo le tiendes la mano  
para que te la corte?  
¿Cómo haces descender  
la niebla  
sobre la montaña  
hasta cubrirla toda?  



2  
  


El agua del deshielo  
arrastra hojas.  
El hombre que ha perdido  
la mano  
se detiene para hundir  
en ella  
aquello que le falta.  
No distingue lo distinto  
de lo semejante,  
la ausencia  
de lo que se tiene.  
Echa de menos  
cuanto sujetaba  
cuanto perdía  
las formas de lo innecesario  
de lo inevitable.  
  


3  



Ahora esperas un viento de tormenta  
el artífice de la furia que desencadenaste  
lo que hizo que perdieras  
el volumen de los cuerpos  
y las cosas  
los cuerpos  
y las cosas  
el tiempo que es el tiempo  
que se tarda en poseerlas.  


JONIO GONZÁLEZ (1954, Buenos Aires. Argentina. Desde el año 1982 reside en Barcelona)
De: "La invención de los venenos", Ediciones en Danza, 2015
Imagen: Fb de Jonio González