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marzo 31, 2020

Mario Benedetti, poeta italiano en versiones de Ángel Faretta

Tercera muerte



Mi propio nombre se ha equivocado al creer en la continuidad
emotiva, sus lugares íntimos y antiguos, mi historia.
Las palabras han tomado su rumbo.
Los hospitales no tienen carriles. Del cementerio de los perros
cercanos a la punta de Limbiate* salen los muertos en sus collares.
No se adensa nada, se dispersa al teléfono mi pecho
Las palabras han tomado su rumbo.
Estás solo, cansado, repite una voz cualquiera



Tersa morte



Il mio nome ha sbagliato a credere nella continuità
commossa, i suoi luoghi intimi antichi, la mia storia.
Le parole hanno fatto il loro corso.
Gli ospedali non hanno corsie. Dal cimitero dei cani
vicino alla discarica di Limbiate escono i morti al guinzaglio.
Non si addensa nulla, si disperde al telefono il mio petto.
Le parole hanno fatto il loro corso.
Sei solo stanco, ripete una voce qualunque.



Qué cosa es la soledad



He traído conmigo cosas viejas para mirar los árboles:
Un invierno, las pocas hojas en las ramas, la banca vacía.

Tengo frío pero como si no fuese yo.

He traído un libro, me digo de ser yo pensado en un libro
Como un hombre con un libro, ingenuamente.
Parecía un día lejano, hoy, pensativo.
Me parecía que todos  hubieran visto el parque en los cuadros,
la Navidad en los cuentos,
las estampas sobre este parque como un espesor propio

Qué cosa es la soledad

La señora ha dispuesto una manta sobre el pavimento para no ensuciar,
se ha tendido tomando las tijeras para golpearse en el pecho,
un martillo porque no tenía la fuerza, una gran obscenidad.
Lo leí en la hoja de un periódico.
Pido disculpas a todos.



Che cos’è la solitudine.



Ho portato con me delle vecchie cose per guardare gli alberi:
un inverno, le poche foglie sui rami, una panchina vuota.

Ho freddo ma come se non fossi io.

Ho portato un libro, mi dico di essermi pensato in un libro
come un uomo con un libro, ingenuamente.
Pareva un giorno lontano oggi, pensoso.
Mi pareva che tutti avessero visto il parco nei quadri,
il Natale nei racconti,
le stampe su questo parco come un suo spessore.

Che cos’è la solitudine.

La donna ha disteso la coperta sul pavimento per non sporcare,
si è distesa prendendo le forbici per colpirsi nel petto,
un martello perché non ne aveva la forza, un’oscenità grande.

L’ho letto in un foglio di giornale.
Scusatemi tutti.


Mario Benedetti
MARIO BENEDETTI
(1955, Údine / 2020, Milán, Italia)
Traducción: Ángel Faretta
Imagen: foto de Santiago Filipuzzi
Mario Benedetti, "Tersa morte". Milán, Mondadori, 2013.
Traducción y texto introductorio: Diego Bentivegna

Nacido en 1955 en Udine, en la región del Friuli, en el extremo nordeste de Italia, en el límite con Austria y con Eslovenia, Benedetti se trasladó de muy joven a la ciudad de Padua, en la vecina región del Véneto, donde completó sus estudios universitarios con una tesis sobre el filósofo Carlo Michelstaedter, el autor de La persuasión y la retórica, muerto suicida a los 23 años, poco antes del estallido de la primera guerra mundial y, en consecuencia, de lo que se ha pensado como el corto y catastrófico siglo XX. Reside, desde hace años, en Milán, donde trabaja en el ámbito de la industria editorial. Además de varias plaquetas en verso y en prosa, publicó los poemarios Umana Gloria (2004) y Pitture nere su carta (2008), ambas en Mondadori.

Seguir leyendo en http://diegobenti.blogspot.com/2015/11/mario-benedetti-udine-1951-sobre-tersa.html

Nota del Editor: Mario Benedetti falleció el 27/03/2020 por el coronavirus.

marzo 29, 2020

Raquel Jaduszliwer: Entre los numerosos pliegues de una noche tardía


SÍ, era como escuchar voces en la antesala del hospicio
o en el jardín desnudo donde podría haber estado el paraíso
allá donde los árboles prefieren no haber nacido árboles
ni morir como árboles
y todo se ve mal hecho, como de agua enrarecida
mientras tanto
una piedra rodaba con esfuerzo
cargaba los pecados del mundo:
ah, helo aquí, este es el núcleo del dolor atómico
todo el peso rodando sobre la tierra ignota
todo el peso del mundo concentrado en una gota de arena

y así acaba esta historia, se aviene a ser contada
entre los numerosos pliegues
de una noche tardía.



SE oye decir que la mañana es límpida y se llevará la bruma
 y las horas que vendrán serán propicias; ilusionado
a las puertas del día el hablante parte de la idea
de que el tiempo es pródigo
y que la duración tiene la misma extensión que el horizonte
curvado en sus extremidades sobre la tierra plana

de eso se trata el aire de la narración:
el magnetismo de un presente continuo
su ondulación hipnótica
la distracción que puede ser fatal.



DEMASIADO ese hielo donde jamás estuve
me ceñían tus ojos como una venda oscura
y era tanto ese blanco
el viento se perdía como un viajero ciego

ahora
por la planicie de la tarde avanzo
ya sé cuánto de plomo se esconde en el doblez de la mañana
cuánto de inabarcable lo que la noche vuelca en su deceso

sin embargo
quiero pensar en algo incierto

indicios de un tesoro
algo que brille.




POR el declive de la noche
siguiendo sin saberlo la dirección de lo ausentado

de pronto me sorprende el caracol del tiempo, sus desvíos
allá voy al encuentro de la rosa volcada

la verdad es flagrante, como una flor se abre
la rosa está inundada, excedida de abismo.



TOMARÁS un manojo de ceniza
lo arrojarás al aire como un ramo de novia
será tu gesto grávido, tu señal de la cruz

cada gramo de nada que se eleva y se cae
será de tu semilla
simiente dispersada de lo que creías tuyo
y no será de nadie

oscurece
todo aquello descenderá en tu nombre


Raquel Jaduszliwer
De: "Ángel de la enunciación, Barnacle, 2020
Foto de Humberto Meoli

marzo 28, 2020

Linda Gregg: Luego te fuiste como habíamos acordado


En qué dirección caminar     




Podríamos haber pasado como una pareja casada 
yendo en tren de Manhattan a Chicago 
la última vez que estuvimos juntos. Recuerdo 
mirar por la ventanilla apreciando la belleza 
de las cosas comunes: los lugares de paso, el mundo 
de espaldas a nosotros, las estaciones pequeñas 
y abandonadas de nuestra historia. Dormí contra tu 
pecho y tu panza sin preguntarte 
porque eran las últimas horas. Había un 
olor en el forro de piel de tu chaleco nuevo
de China que no reconocía. Quise olerlo
a propósito. Me desperté temprano y te pedí
que vinieras a tomar un café. Dijiste: dormí un rato más
y yo dije que solo nos quedaba una hora y viniste.
No hablamos mucho más después. En la estación,
agarraste tus cosas y me dejaste el chaleco,
luego te fuiste como habíamos acordado. Así tenías
diez minutos para encontrarte con tu familia y poder irte.
Me quedé parada junto al asiento aturdida por el cansancio
y la contundencia del final, tan inmóvil que podía
sentir mi propia respiración. Me puse el chaleco
y mi campera, agarré la valija y, al darme vuelta, te vi
por la ventanilla sucia parado afuera
mirándome. Nos miramos sin expresión
alguna. Invisibles, inadvertidos, inmóviles.
Ese momento es el que cuento como prueba
de que me quisiste definitivamente. Después de eso fui
una mujer sola con una valija preguntándole a un obrero
en qué dirección caminar para conseguir un taxi.



Asking for Directions



We could have been mistaken for a married couple
riding on the train from Manhattan to Chicago
that last time we were together. I remember
looking out the window and praising the beauty
of the ordinary: the in-between places, the world
with its back turned to us, the small neglected
stations of our history. I slept across your
chest and stomach without asking permission
because they were the last hours. There was
a smell to the sheepskin lining of your new
Chinese vest that I didn’t recognize. I felt
it deliberately. I woke early and asked you
to come with me for coffee. You said, sleep more,
and I said we only had one hour and you came.
We didn’t say much after that. In the station,
you took your things and handed me the vest,
then left as we had planned. So you would have
ten minutes to meet your family and leave.
I stood by the seat dazed by exhaustion
and the absoluteness of the end, so still I was
aware of myself breathing. I put on the vest
and my coat, got my bag and, turning, saw you
through the dirty window standing outside looking
up at me. We looked at each other without any
expression at all. Invisible, unnoticed, still.
That moment is what I will tell of as proof
that you loved me permanently. After that I was
a woman alone carrying her bag, asking a worker
which direction to walk to find a taxi.



Linda Greer LINDA GREGG (1942, Suffert, New York / 2019, New York, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Mariángel Mauri
Otros poemas, aquí
De: Asking for Directions, en "Chose by the lion", 1994
Enlaces: Círculo de poesía | Emma Gunst
Imagen: The New York Times

marzo 23, 2020

Sohrab Sepehri

La luz, yo, la flor, el agua.




No hay nubes.
No hay viento.
Me siento al lado del estanque:
El viraje de los peces, la luz, yo, la flor, el agua.
La pureza del racimo de la vida.

Mi madre recoge la albahaca.
Pan, albahaca, queso, un cielo sin nubes, las petunias húmedas.
Una salvación cercana está entre las flores del jardín.

¡Ah, las caricias que vierte la luz sobre el bol de cobre!
Desde el muro alto, la escalera trae la mañana a la tierra.
Detrás de la sonrisa todo está oculto.
El muro del tiempo tiene un agujero, dentro del cual se ve mi rostro.
Hay cosas que no sé.
Sé que moriría si corto una hoja.
Subo hasta llegar a la cima, soy el vuelo de alas y plumas.
Veo un camino en la oscuridad, soy el vuelo de la linterna.
Soy el vuelo de la luz y la arena.
Estoy lleno de árboles.
Estoy lleno de camino, de puente, de río, de ola.
Estoy lleno de la sombra de la hoja en el agua:
Ah, cómo estoy vacío por dentro.


Desde el párpado de la noche



Era una noche desbordante.
El río fluyó desde los pies de las píceas, al más allá.
El valle estaba cubierto por la luz de la luna, y la montaña brillaba tanto que dios era visible.

En las alturas, nosotros
estábamos lejos y perdidos, las superficies estaban lavadas, y las miradas eran más delgadas en la noche.
Tus manos me entregaron el brote verde de un mensaje
y con tus alientos, la cerámica de la intimidad lentamente se agrietaba
nuestros latidos se derramaron sobre la roca.
De un vino viejo, las arenas del verano fluyen en las venas
y el esmalte de la luna irrigaba tus acciones.
Fuiste maravillosa, libre, y digna de la tierra.

La oportunidad verde de la vida se unió al aire fresco de la montaña.
Las sombras volvieron.
Y sin embargo, en el camino de la brisa
aún los arbustos tiemblan
y los misterios se atraen.


SOHRAB SEPEHRI, poeta iraní con anteojos, barba tupida y mirada perdida
SOHRAB SEPEHRI (1928, Kashan / 1980, Teherán, Irán)
Fuente: Concreto Azul
Enlaces: Arquitrave | Cetr
Imagen: Radio Iranshahr

marzo 20, 2020

W. G. Sebald

W.G .SEBALD


IV.     




En el Chicago Art Institute 
está colgado el autorretrato de un pintor 
joven y desconocido que llegó en 1929  
al mercado de objetos de arte de Francfort 
procedente de Suecia. La pequeña tabla de arce 
muestra a un hombre de apenas veinte años 
ante la ventana de un cuarto exiguo. 
Detrás de él, en un anaquel en falsa perspectiva,
escudillas de colores, una espátula, y un costoso
frasco veneciano con una esencia transparente.
El pintor tiene en la mano
un cuchillo tallado en hueso y afila
la pluma para seguir dibujando
un desnudo femenino que aparece frente a él
al lado de un tintero.
Por la ventana que está a la izquierda se ve
un paisaje con montaña y valle
y la sinuosa línea de un camino.
Es, infiere Zülch, el camino al mundo
y nadie puede seguido sino el hombre
desaparecido sin dejar huella, a quien
dedicó su investigación y cuyo arte
cree reconocer en la pintura anónima.
La razón que explica la firma M. N.
sobre el marco de la ventana
es sin duda que el pintor Mathis Nithart
descubierto en los archivos pero no irreconocible
por su propio trabajo, encubre el nombre de Grünewald.
De ahí las iniciales M. G. y N. en el Altar
de la Nieve en Aschaffenburg, de ahí también
la identidad, notable sobre Iodo por la diferencia de edad,
del joven pintor con el Sebastián traspasado por flechas
en Isenheim. Y realmente la figura de Mathis Nithart
según los documentos de la época
se convierte hasta tal punto en la de Grünewald
que uno parece haber sido la vida
y finalmente también la muerte
del otro.
Una radiograrfía de la tabla de Sebastián
revela detrás del retrato elegíaco
del santo aquel mismo rostro, el medio perfil
apenas ladeado en la pintura definitiva.
Aquí dos pintores en un único cuerpo,
cuya carne herida pertenece a ambos,
estudiaron a fondo su propia naturaleza. Primero
Nithart completó su autorretrato a partir de la imagen
en el espejo, y Grünewald, con gran amor,
precisión y paciencia y un interés en la piel
y el pelo de su compañero que llega hasta la sombra
azul de la barba, lo retocó.
El martirio pintado es la representación,
perceptible aun en los bordes de las heridas,
de una amistad entre hombres
que oscila entre el horror y la lealtad.
No es inverosímil que Nithart,
quien además de pintar frecuentaba la hidráulica,
alentara en los últimos altos la confusión
de su persona con la del maestro de Isenheim,
cada vez más insociable, y que acaso fuera
el intermediario entre él y el mundo
que su desdicha tomaba inaccesible. Hacia 1527,
casi doce años después de su trabajo en Alsacia,
Nithart se mudó de Francfort (donde
debe haber compartido por un tiempo la vida de Gninewald)
a Halle, y planeaba construir allí,
para sus famosas fuentes de aguas salinas,
juegos de agua con un complejo sistema
de ruedas de molino y tubos como en el Meno
de Aschaffenburg, espléndida obra de la mecánica
muy visitada en la época.
Pero se dice que Nithart no consumó en Halle
su tarea y se mudó reiteradas veces. En el verano
del año veintiocho se hundió en una profunda
depresión y, parece, la muerte llegó rápida.
Después de conocer la noticia de su fallecimiento
los magistrados de Francfort ordenaron
un inventario de los objetos domésticos
que había en su taller. La extensa lista comprende
un amontonamiento de las cosas más diversas:
cucharas y fuentes soperas, marmitas,
elementos para pintar al agua, quince
pieles blancas de cabra, táleros de plata
y monedas de cobre de Schwaz en el Tirol,
libros, proclamas, manuscritos y muchos
impresos luteranos, todo eclipsado
por la gloria de una única
reserva de colores: blanco plomo y albus,
rojo Paris, cinabrio, verde pizarra,
verde montaña, verde alquimia, azules
pastas de vidrio y minerales
de Oriente. También trajes,
preciosos, un par de pantalones dorados.
chaquetas color canela, las solapas forradas
en terciopelo púrpura con costuras negras,
un jubón de raso gris, un sombrero rojo
y otros muchos atavíos exquisitos.
El patrimonio es en realidad de dos hombres,
pero no nos atrevemos a decir
si Grünewald, inventor de colores,
compartía la predilección del amigo muerto
por atuendos tan abigarrados.


W.G. SEBALD (1944, Wertach, Alemania / 2001, Norfolk, Reino  Unido)
Traducción: Pablo Gianera
Enlaces: Letras Libres | Biografía | Multiversos

marzo 16, 2020

Francesca Angiolillo: un poema de Etiopía


Etiopía, Etiopía     




Etiopía era la estación 
de metro de mi casa 
cuando me cambié de aquí – 
no tardaste  
en acordarte 
de tu Etiopía. 
La estación de metro tenía 
una cabeza de león 
como emblema 
tu Etiopía tenía 
un cachorro de chacal y
un imperador 
teniendo en brazos a la cría del animal
una piedra en el anillo
en el dedo del imperador
sobre la cabeza del cachorro
– en ella brillaba el sol.
El fascismo que
deploraste desde el alto
de tus ocho años
en la cola para la leche
porque leche no había
irguió ciudades
en Etiopía.
(El año en que naciste
el emperador fue elegido
hombre del año
por la Time Magazine;
después de ello
mucho después algo después de
nacida yo
otros niños padecieron hambre
sin derecho a cola
en el valle del río Omo.)
Jamás he sabido de las ciudades
que no erguiste
en las tierras de Afar
donde Lucy nuestra madre
hasta hoy está
pero sé de la piedra del anillo
en el dedo de
Haile
Selassie
como si estuviese yo allá
como si estuviese en tu lugar.

Tu Etiopía hoy no es
más que una fotografía
– en ella te encuentras
cercado de gente
negra pintada –
guardada
en una caja
de cartón.



Etiópia, Etiópia



Etiopía era a estação
de metrô da minha casa
quando eu me mudei daqui –
você logo
se lembrou
da Etiópia.
A estação de metrô tinha
uma cabeça de leão
como emblema
a sua Etiópia tinha
um filhote de chacal e
um imperador
segurando o filhote de animal
uma pedra no anel
no dedo do imperador
sobre a cabeça do filhote
– nela brilhava o sol.
O fascismo que você
deplorou do alto
de seus oito anos
na fila do leite
porque leite não havia
ergueu cidades
na Etiópia.
(No ano em que você nasceu
o imperador foi eleito
homem do ano
da Time Magazine;
depois disso
bem depois um tanto depois de
nascida eu
outras crianças passaram fome
sem direito a fila
no vale do rio Omo.)
Nunca soube das cidades
que você não ergueu
nas terras de Afar
onde Lucy nossa mãe
até hoje está
mas sei da pedra do anel
no dedo de
Haile
Selassie
como se eu estivesse lá
como se eu fosse você.

Sua Etiópia hoje é
uma fotografia
– nela você aparece
cercado de gente
negra pintada –
guardada
numa caixa
de papelão.


poesía brasileña

FRANCESCA ANGIOLILLO (1972, Niterói, Brasil)
Traducción: Francesca Angiolillo
Enlace: Vallejo&Company
De: "Etiopía", 7Letras, 2017







marzo 13, 2020

Laura Macor: La soledad puede ser oceánica a veces


¿Dónde viven las babosas?




Entran por el patio,
trepan los cajones
y dejan su rastro
espeso
de creación galáctica
sobre el colador rojo
que compré esa vez
cuando otro hacía café.

Ese otro,
y vos,
y los otros,
arman la trama
que filtrará la sangre
para por fin
desentenderse
y dejar
la angustia
        en la pileta.

Después
en dos, tres o cuatro
veces o días
despacio y dedicada
arrastraré la mugre
hasta el
fondo del patio,
donde el poder
de lo sutil
           surfea.



Desnivel




La soledad
puede ser oceánica a veces
o sólo una bolita de pan
que hacemos con los dedos,
tiramos al piso
rueda lejos
se olvida
abajo de los muebles
y llena de moho
se pulveriza
disuelve
            y transita
junto al agua
que saco
del piso al patio,
cunado olvido
la canilla abierta.



El dolor mínimo de las cosas




El cuerpo me sobra
por todos lados
como si quisiera
decirme que ya
es tiempo.

Sólo queda
un silencio de gemidos
cotidianos como la piel
donde la vida sucede.

Los malos fantasmas
a veces
traen buenos recuerdos.


Laura MacorLAURA MACOR (Río Cuarto, Córdoba, Argentina)
De: "La niña bajo la cama y otros lugares, Barnacle, 2020









marzo 10, 2020

Recopilación de poemas de Louise Glück aparecidos en El poeta ocasional


Vísperas




En tu prolongada ausencia, me permites
el uso de la tierra, anticipando
cierta ganancia por la inversión. Yo debo declarar
que fracasé en mi tarea, principalmente
respecto de las plantas de tomate.
Pienso que no debería ser alentada a su cultivo
Pero si es así, deberías detener
las grandes lluvias, las noches frías
tan seguidas aquí, mientras que otras regiones reciben
doce semanas de verano. Todo esto
te pertenece a ti: por otra parte,
yo he plantado las semillas, observado los primeros brotes
como alas rasgando el suelo y fue mi corazón
roto por el pulgón, la mancha negra multiplicándose
veloz en las hileras. Dudo
que tú tengas corazón, así como entendemos
este término. Tú que no discriminas
entre muertos y vivos, tú que en consecuencia eres
inmune a los presagios, pareces no saber
el pánico que sufrimos, la hoja manchada,
las rojas hojas del arce cayendo
incluso en agosto, con temprana oscuridad. Yo soy la responsable
de estas viñas.


Caballo




¿Qué te da el caballo
que no puedo darte yo?

Te observo cuando crees estar solo,
y cabalgas en el campo, detrás de la cuadra
con tus manos hundidas
en las oscuras crines de la yegua.
Conozco entonces lo que yace detrás de tu silencio:
tu desprecio, tu odio por mí, por nuestro matrimonio.
Y aún así pides mis caricias. Lloras
como lloran las novias, pero te observo
y noto que no hay pajecitos a tu alrededor.
Entonces ¿qué hay en ti?

Nada, pienso. Sólo la prisa
por morir antes que yo.

En un sueño te he visto cabalgar
sobre los campos arrasados. Luego
desmontas; caballo y tú caminan juntos
en la oscuridad, sin sombras.
Y yo sentía las sombras venir hacia mí
—ellas, dueñas de su albedrío por la noche,
pueden ir a cualquier parte.

Mírame. ¿Crees que no lo entiendo?
¿Qué cosa es el caballo
sino un pasaje fuera de esta vida?



El fuego




Si hubieras muerto cuando estábamos juntos
no hubiera querido nada de ti.
Ahora te pienso como si hubieras muerto, es mejor.

A menudo, en las frescas tardes de primavera
cuando, con los primeros brotes,
entra al mundo todo lo que es mortal,
encendía una fogata para los dos,
con ramas de pino y manzano. Una y otra vez
las llamas disminuyen, relumbran
mientras cae la noche y podemos
vernos uno al otro con claridad.

Durante el día nos contentamos,
como antes,
con la hierba alta,
con las verdes puertas de madera y las sombras.

Y tú nunca dices
“déjame”
—a los muertos no les gusta estar solos.



Semejanza final




La  última vez  que vi a mi padre  ambos hicimos lo mismo.
El estaba parado en la puerta de su habitación,
esperando que yo acabase de hablar por teléfono.
Que él no estuviera pendiente a su reloj
era una señal de que quería conversar.

Conversar para nosotros siempre significó lo mismo.
El decía algunas palabras, yo decía unas de vuelta. 
Y en eso consistía.

Casi terminaba agosto, hacía mucho calor, mucha humedad.
Al lado los trabajadores arrojaban gravilla fresca  en la marquesina.

Mi padre y yo evitábamos estar solos;
No lográbamos conectarnos, hablar por hablar.
Era como si no existieran
otras posibilidades.
Así que esta era especial: cuando un hombre se esta muriendo,
hay de que hablar. 

Debe haber sido temprano en la mañana. De un lado a otro de la calle
los aspersores empezaron a funcionar. El camión del jardinero
apareció al final de la cuadra
hasta que se detuvo para estacionarse.

Mi padre quería contarme cómo era eso de morirse.
Dijo que no estaba sufriendo.
Dijo que se había quedado esperando el dolor, aguardando, pero nunca vino.
lo único que sentía era una especie de debilidad.
Le dije lo mucho que me alegraba, que me parecía que tenía suerte.
Algunos de los maridos se subían a sus carros para ir al trabajo.
No gente que conociéramos. Nuevas familias,
familias con niños pequeños.
Las amas de casa se paraban en la marquesina,  gritando o haciendo ademanes.

Nos dijimos adiós como acostumbrábamos,
Sin abrazarnos, nada dramático.
Cuando el taxi vino, mis padres lo observaron desde la entrada,
Agarrados de las manos, mi mamá tirando besos como suele hacer,
ya que le molesta cuando una mano no se  está usando.
Pero por primera vez, mi padre no sólo se quedó parado ahí.
Esta vez saludó.

Eso mismo hice yo en la puerta del taxi.
Como él, saludé para esconder el temblor de mi mano.



Madre e Hijo




Somos todos soñadores; no sabemos quiénes somos.

Alguna máquina nos hizo, máquina del mundo, la familia constrictora.
Luego de nuevo al mundo, lustrados
por suaves látigos.

Soñamos; no recordamos.

Máquina de la familia: pelaje oscuro, bosques del cuerpo de la madre.
Máquina de la madre: ciudad blanca
dentro de ella.

Y antes de eso: tierra y agua.
Musgo entre las rocas, trozos de hojas y pasto.

Y antes, células en una gran oscuridad.
Y antes de eso, el mundo velado.

Es por eso que naciste: para silenciarme.
Células de mi madre y padre, es vuestro turno
de ser fundamental, ser la obra maestra.

Improvisé, nunca recordé.
Ahora es tu turno de ser conducida,
sos la que demanda saber:

¿Por qué sufro? ¿Por qué soy ignorante?
Células en una gran oscuridad. Alguna máquina nos hizo
Es su turno de abordarlo, volver a preguntar
¿para qué soy? ¿para qué soy?



Un jardín de verano




1



Varias semanas atrás descubrí una foto de mi madre
sentada al sol, su rostro sonrojado como por el logro o el triunfo.
El sol brillaba. Los perros
estaban durmiendo a sus pies donde el tiempo dormía también,
calmo y estático como en todas las fotografías.

Saqué el polvillo del rostro de mi madre.
Ciertamente el polvillo cubría todo; me parecía la persistente
confusión de la nostalgia que protege todas las reliquias de la infancia.
En el fondo, una variedad de muebles de jardín, árboles y arbustos.

El sol bajó en el cielo, las sombras se agrandaron y oscurecieron.
Cuanto más polvillo sacaba, más crecían esas sombras.
El verano llegó. Los niños
se inclinaban sobre el cerco de las rosas, sus sombras
se fundían con los sombras de las rosas.

Una palabra vino a mi cabeza, nombrando
este movimiento y cambio, estos borrones

que ahora eran obvios-

Aparecía y rápidamente desaparecía.
¿Era ceguera u oscuridad, peligro, confusión?

El verano llegó, luego el otoño. Las hojas cambiando,
los niños, puntos brillantes en una mezcla de bronce y siena.



2



Cuando me recuperé un poco de esos acontecimientos,
coloqué la foto como la había encontrado
entre las páginas de un antiguo libro,
muchas de sus partes habían sido escritas
en los márgenes, algunas veces en palabras, pero más a menudo
en vivaces preguntas y exclamaciones

que significaban “estoy de acuerdo” o “me siento inseguro, confundido-”,
La tinta se desvanecía. Aquí y allá no podía decir
qué pensamientos le venían al lector
pero a través de las manchas como moretones podía sentir
la urgencia, como si hubieran caído lágrimas.

Tomé el libro por un tiempo
era Muerte en Venecia (traducido)
Había anotado la página en caso de que, como creía Freud,
nada fuera un accidente.

Así la pequeña fotografía
fue enterrada otra vez, como el pasado es enterrado en el futuro.
En el margen había dos palabras,
unidas por una flecha: “esterilidad” y más abajo “olvido”-

“y a él le pareció que el pálido y adorable
convocante allí afuera, le sonreía y llamaba con un gesto”



3



Qué quieto está el jardín.
Ninguna brisa ondula el cerezo silvestre;
el verano ha llegado.

Qué quieto está
ahora que la vida ha triunfado. Las rústicas
columnas de los sicomoros
soportan los inmóviles
estantes de follaje,

el césped debajo
frondoso, iridiscente-

Y en el medio del cielo,
el dios presuntuoso.
Las cosas son, él dice. Son, no cambian;
la respuesta no cambia.
Qué silencioso está, tanto el escenario
como el público, el respirar
parece una intromisión.

Él debe estar muy cerca;
no hay sombras en el pasto.

Qué quieto está, qué silencioso,
como una tarde en Pompei.



4



Beatrice llevó a los niños al parque en Cedarhurst.
El sol brillaba. Aviones
pasaban una y otra vez por encima, pacíficos, porque la guerra había terminado.

Era el mundo de su imaginación;
lo verdadero o falso no tenía importancia.

Recién lustrado y brillante-
así era el mundo. El polvillo
no había irrumpido aún sobre la superficie de las cosas.

Los aviones pasaban, una y otra vez, con rumbo
a Roma y a París- no podías llegar allí
a menos que volaras por sobre el parque. Todo
debe atravesarlo, nada puede detenerse-

Los chicos se daban las manos, se inclinaban
para oler las rosas.
Tenían cinco y siete años.

Infinito, infinito-esa
era su percepción del tiempo.

Ella se sentó en un banco, un poco escondida entre los robles.
A lo lejos, el miedo se aproximaba y partía;
de la estación de trenes venía su sonido.

El cielo era rosa y naranja, más viejo porque el día había terminado.

No había viento. El día
proyectaba sombras de roble sobre el pasto verde.


Poetas norteamricana
LOUISE GLÜCK, todos los poemas publicados hasta el momento en El poeta ocasional.

Las entradas originales con sus versiones en inglés, aquí


marzo 08, 2020

Federico Italiano: Nunca tuve miedo de la casa de los otros.



Nunca tuve miedo de la casa de los otros.
La puerta entreabierta
de un baño, la penumbra

de una sala, los olores imprevisibles
de las cocinas en stand-by por las tardes,
los acantilados de luz,

las trampas de la ropa fuera de uso,
o las siluetas ambiguas de las plantas –
todo se disponía

cartográficamente en el presagio
de aventuras futuras, todo cabía
en el mapa de los tesoros sepultados.

De chico, no tenía miedo de la casa
de los otros, pero ahora
son sus fantasmas los que me visitan:

las pantuflas rosadas
que cruzaban atentas
las inconexas distracciones del juego,

la curva parabólica
de una pista Polistil, negra,
reguladora de afectos y tensiones,

o la oscuridad de un armario,
detrás de ropa desconocida.


Del libro "Habitat" (2020)


Poeta italiano
FEDERICO ITALIANO (1976, Galliate, Italia)
Traducción: Diego Bentivegna
Enlaces: Federico Italiano | Buenos Aires Poetry

"Nací en la ribera del Ticino en junio de 1976. He estudiado filosofía en Milán e imparto clases de Literatura Comparada desde hace más de una década en Múnich (Baviera). Desde 2016 vivo en Viena con mi mujer y dos hijos, y trabajo como investigador de la Academia Austriaca de las Ciencias. He publicado algunos libros de poesía: los más recientes son L'invasione dei granchi giganti (Marietti, 2010), L'impronta (Aragno, 2014) y Un esilio perfetto. Poesie scelte 2000-2015 (Feltrinelli, 2015). Mis poemas han sido traducidos al alemán, español, inglés, hebreo, albanés y rumano; y han formado parte de varias antologías, tanto en Italia como en el extranjero. He publicado ensayos de teoría y crítica literaria; también he traducido poetas modernos y contemporáneos del español, del inglés, del francés y del alemán. He editado antologías y volúmenes colectivos, entre ellos una antología de la poesía italiana publicada en alemán por Hanser en 2013. He amado, estudiado y devorado muchísimos poetas, pero los más importantes en mi formación no parece que hayan dejado indicios en mis versos: Vittorio Sereni, el primer Zanzotto, René Char, Celan, Montale, Brodskij, Milo De Angelis, Heaney, Gelman, Derek Walcott, el joven Grünbein y Paul Muldoon"

De: https://ojs.uv.es/index.php/zibaldone/article/view/9533
Imagen: Centro Cultural Tina Modotti

marzo 07, 2020

Marcelo Rizzi: Toda elección debe tener algo de testimonial



TODA elección debe tener algo 
de testimonial, como por ejemplo 
la del insecto que trepa por la punta 
de un cuchillo y desdeña el índice tibio 
que se ha ofrecido como rampa o puente, 
y continuar así con su camino hacia el umbral 
del desierto más perfecto 



TAMBIÉN están esos ejercicios mentales 
de los que se extraen los presagios más 
puntuales: el empeño con que ciertas bestias 
despiadadas seguirán alimentando a sus 
crías; los dos que beben de la misma sopa,
y cuya distancia estará mensurada sólo
por el ruido que produce al sorber el líquido
con cada ración perfecta en la cuchara.



PARA muchos visitar sus muertos es
de precavidos, pero yo lo hago sólo
por presunción: ellos transitan nuevos
caminos una vez que hemos alcanzado
de común acuerdo un punto de reunión.
En esquilmadas planicies d elo inciero
se hace el balance de lo ocurrido,
un arqueo de caja entre lo ganado
y perdido: nada en las manos,
poco para agregar a la maleta,
o cargar en los bolsillos.


De: "Driftwood", Barnacle, 2020
Otros poemas de MARCELO RIZZI, aquí

marzo 06, 2020

Adi Keissar


Ars poética      




Fui a un evento poético 
estaba allí uno 
leyó las palabras 
con tono serio 
para que yo supiera que sus palabras eran importantes. 
Después subió una 
leyó las palabras 
con tono triste 
para que yo supiera que sus palabras eran conmovedoras. 
Después subió otro
leyó las palabras
con tono de actor
para que yo supiera que él sabe
él sabe
leer poesía.

Y todo lo que yo quería era
que ellos leyeran como si
me hubiesen llevado a una comida
familiar a casa de sus padres
y mientras todos comían
hubiesen quitado
el mantel de la mesa
haciéndolo volar así
por los aires
con todos los cubiertos.


Negro sobre negro




Con un fuerte acento me amaba mi abuela
y me decía palabras yemeníes
que yo no entendí nunca,
y cuando era niña
recuerdo
que tenía miedo de quedarme a solas con ella,
temía no entender la lengua de su boca
que seguía sonando para mí con una sonrisa,
y no entendía
ni una palabra de lo que decía
los sonidos se oían lejanos lejanos
incluso cuando me hablaba de cerca.
Una vez
recuerdo,
me compró un Prily de piña
y tras haber roto con el pulgar
la tapa fina de aluminio
y habérmelo bebido entero,
quería decirle gracias,
pero no sabía
en qué lengua.
Entonces salí a un gran jardín,
recogí una flor
y se la di,
avergonzándome
recuerdo
cuánto apuro había entre nosotras
de la misma sangre
y de dos lenguas mudas.
Lavó el vaso del Prily
en silencio
lo llenó de agua
y le puso dentro la flor que le di.

Nunca entendí
ni una palabra de lo que decía
mi abuela,
pero sus manos las entendía
y su carne la entendía
aunque no
haya entendido nunca de verdad
las palabras que decía
y ella sencillamente amaba mi pequeño cuerpo
de la hija de su hija.

A veces al corazón se le ocurren
cosas extrañas
como aprender la lengua yemení
y volver a visitarla
para pegar los labios sobre la tierra
y gritarle dentro
todo lo que había querido decirle
aquella niña


ADI KEISSAR (1980, Jerusalén, Israel)
Enlaces: Trans Reveu de Litterature | Poetry International

marzo 05, 2020

Novedades 2020 de Barnacle libros


  • ANDREINI, VANNA, Fatebenefratelli

  • CERVERO, VALERIA, Ctalamochita

  • CISNEROS, ALBERTO,  Akata Mikuy

  • FILC, JUDITH, Lagos

  • GARCÍA, DIEGO L., Las calles nevadas

  • JADUSZLIWER, RAQUEL, Ángel de la Enunciación

  • MACOR, LAURA, La niña bajo la cama

  • OLGUÍN, CECILIA A., Jardín animal

  • PANIAGUA, ANDRÉS, (Una banda de punk llamada) Rattus

  • RIZZI, MARCELO, Driftwood