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mayo 27, 2021

Robinson Jeffers

poesía estadounidense en 27/5/21. Retrato de Robinso Jeffers


Fuego en las colinas     




Los ciervos saltaban como hojas que flotan en el viento 
bajo el humo, frente a la estruendosa ola de la maleza en llamas; 
pensé en las vidas más pequeñas atrapadas. 
La belleza no es siempre adorable; el fuego era bello, el terror 
del ciervo era bello; y al descender por la pendiente 
tras el fin del fuego, un águila se posaba 
en la punta de un pino calcinado, 
insolente y ahíta, envuelta en las plegadas tormentas de sus hombros 
había venido desde lejos por la buena caza, 
con el fuego como batidor para atraer la presa; el cielo era 
de un azul implacable y las colinas implacablemente negras, 
el gran pájaro sombrío dormitaba implacable entre ellas. 
Pensé, con dolor pero convencido:
La destrucción que hace bajar un águila del cielo es mejor que los hombres.




Fire On The Hills




The deer were bounding like blown leaves
Under the smoke in front the roaring wave of the brush-fire;
I thought of the smaller lives that were caught.
Beauty is not always lovely; the fire was beautiful, the terror
Of the deer was beautiful; and when I returned
Down the back slopes after the fire had gone by, an eagle
Was perched on the jag of a burnt pine,
Insolent and gorged, cloaked in the folded storms of his shoulders
He had come from far off for the good hunting
With fire for his beater to drive the game; the sky was merciless
Blue, and the hills merciless black,
The sombre-feathered great bird sleepily merciless between them.
I thought, painfully, but the whole mind,
The destruction that brings an eagle from heaven is better than men.


ROBINSON JEFFERS (1887, Allegheny / 1962, Carmel-by-the Sea, California, Estados Unidos de NA) 
Fuente: Rialta
Enlaces:  Jordi Doce | Círculo de poesía

mayo 23, 2021

Leandro Llull

Joven poesía argentina


Mapaches y elefantes




Hablamos con un amigo acerca de qué cosa sea la belleza
y le cuento que una tarde, acompañado de una tía,
en la trastienda de un circo viejo,
tomé un puñado de yuyos del baldío
y lo acerqué temblando a la boca de un elefante.
Le juro que en ese fondo abierto entre la trompa y los colmillos
sentí el resplandor negro de todo lo perfecto.
Él me responde: "Eso es lo sublime, hermano",
y en sus ojos oscuros y ojerosos como los de un mapache
yo veo un abismo brillante y sincero
al que mi corazón se arroja,
y pruebo de nuevo aquel bocado que mi mano obtuvo
en un viaje lento, humedecido
por el aliento de lo bello.

LEANDRO LLULL (1983, Rosario, Santa Fe, Argentina
Imagen: Poetas argentinos

mayo 21, 2021

Salgado Maranhão

Salgado Maranhão


Lacre 1     



  
Una larva de espino 
que ha mordido el sueño Y 
atravieso la noche 
sangrando pétalos. 
Como estos 
que alumbran mis arcoíris 
—a través de los ojos— 
 
duermo bajo la Vía Láctea 
y la cortesía de los depredadores. 
 
Desolada en su propio 
cuero,  
gime la poesía 
a las puertas del matadero. 



Lacre 4     




Así hecho un perro 
que muerde la sombra, 
la boca de la calle 
                                lame 
la cicatriz de la noche sin cerrojo;
la repartición de eldorado entre víboras.

Así hecho esfinge
                                de sombras
a hurtadillas, nada
resiste a esa mirada solitaria:
ni la luna entre cadáveres
ni la última «Flor del Lacio».

¡Oh costra de la memoria en llamas,
que nos funda y extingue
en trama, en tiniebla, en Troya!

Del otro lado de la lágrima,
una araña insondable
                                          teje el día.



La hija de Atlas




¿De dónde emergerá el sueño
de Platón,
                    en ese atlas sin Atlántida?

¿De qué noche de la memoria
o sangre, o siglo?

Duerme la Historia
en nuestro suelo de estiércol,
ciega de locuras y arquetipos.

El resto de la fábula,
que atraviesa los mares
buscando un rostro.



3. Desnudez




Están por todas partes
esas estaciones heridas
por la puesta de sol. Asustadas

Por la dramática llamada
Del fin (y el frío
Que debilita las palabras).

No pregunta al río
El camino de las aguas,
apenas salva el fruto
de su desnudez.

Aunque el amor ofídico
repte bajo los tulipanes,
la vida baila
                         Hasta cuando envenena.



14. Escisión




Canto para renacer
en la piedra
con la simiente que el mar
robó a los náufragos; canto
para repartir con la brisa
la lúdica sesmaría de la palabra.

Un atlas abrigó sus ramas
para acoger mis reinos:
una geometría de harapos;
un tigre con el sol entre las patas.

Y sigo en ese río de letras
cual tierra en llamas:
la poesía me desnudó
para explotar con los astros.



       

Lacre 1




Uma larva de espinho
mordeu-me o sonho. E
atravesso a noite
sangrando pétalas.
Com essse uns
que alumbram meus arco-íris
—a través dos olhos—

durmo sob a Via Láctea
e a cortesía dos predadores.

Desolada em seu próprio
couro,
             geme a poesía
na porta do matadouro.    



Lacre 4




Assim feito um cão
que morde a sombra,
a boca da rua
                         lambe
a cicatriz da noite sem ferrolho;
a partilha do eldorado entre víboras.

Assim feito esfinge   
                                   de sombras
na espreita, nada
resiste a esse olhar recluso;
nem a lua entre carcaças,
nem a última «Flor do Lácio».

Ó crosta da memória em chamas,
que nos funda e finda
em trama, em treva, em Tróia!

Do outro lado da lágrima,
uma aranha insondável
                                               tece o día.



A Filha de Atlas




De onde emergirá o sonho
de Platão,
                   nesse atlas sem Atlântida?

De qual noite de memória
ou sangre, ou século?

A História dorme
em nosso chão de esterco,
cega de insanias e arquetipos.

O resto é fábula,
que atrevessa os mares
procurando um rosto.



3. Nudez




Andam em toda pate
essas estações feridas
pelo pôr do sol. Assustadas 

pelo dramático apelo
do fim (e o frio
que adolece as palavras).

Não pregunta ao rio
o caminho das águas,
salva apenas o fruto
da sua nudez.

Ainda que o amor ofídico
rasteje sob as tulipas,
a vida baila
                       até quando envenena.



14. Clivagem




Canto para renacer
na pedra
com a semente que o mar
roubou dos náufragos; canto
para repartir com a brisa
a lúdica sesmaria de palavra.

Um atlas abriu seus galhos
para acolher meus reinos:
uma geometría de farrapos;
um tigre com o sol entre as patas.

E sigo esse rio de letras
como se chão em chamas;
a poesía me despiu
para explodir com os astros. 




SALGADO MARANHÃO (José Salgado Santos, 1953, Caxias, Maranhão, Brasil)
De: "Ópera de naãos, Ópera de noes, Editorial Polibea, 2021
Traducción: Verónica Aranda
Enlaces: Carlos Alcorta
Envio de Carlos Alcorta
Imagen: Imirante

mayo 19, 2021

Alicia Dujovne Ortiz

Alicia Dujovne Ortiz


La Virgen     




Tamizar 200 gr. de harina con seis cucharadas 
de azúcar una pizca de sal una cucharadita de 
polvo de hornear y dos de canela derretir aparte 
medio pan de manteca y agregarle de a poco 
cuatro huevos batidos una taza de leche y una 
cucharadita de esencia de vainilla después mezclar 
los ingredientes húmedos con los secos volcar 
la preparación en un molde previamente enmantecado 
y enharinado y cocer en horno moderado 
durante una hora más o menos hasta que 
el cuchillo salga sequito Dios
Dios Dios que se infla en mi vientre  y olor a
santo creciendo por_la casa creciendo respiración
del éxtasis última onda del orgasmo del
pecho cuando el espíritu y yo enroscamos nuestras
lenguas de lujuriosos hirvientes chorros
amor y yo dos brazos cruzados con jarros de
cerveza en el brindis amor y yo dos vueltas de
tarantela y ávidos girar y girar hasta el jadeo
una hora y saco la torta serena
bella cumplida
inmaculada la madonna torta señora majestuosa
radiante rosa fragans entre aureolas mater entre/
claras diademas
purísima brilla
la extraordinaria paz de su frente.



Sonidos gemidos




Cuando el agua
hierve
es
una lluvia tranquila que dura toda
la tarde pero
cuando
el aceite se
fríe
es
un chaparrón violento en verano grandes
gotas calientes labios besos que sacan
fuera los poros respuesta de besos gruesos o de
gotas de piel y escucho
oh escucho la
tormenta de las cebollas fritas el gemido de la
carne en la plancha y a veces de las tazas sí
de las tazas que dulcemente se lamentan
bajito si
las lleno de té oh Dios un huevo tiembla cuando
voy a partirlo mi codo sobre la mesa aplasta
parientes y el
dolor
levanta
por mi casa por mis gestos una voz conocida
! secretamente debo decirte que
en mi niñez apenas 
podía sostener con las manos desnudas una 
       manzana de-
masiado
viva.



La sagrada familia




He preparado la comida para todos nosotros
para las plantas agua para los dos jilgueros alpiste
y manzana para el gato hígado púrpura
como negra rosa de terciopelo para las dos tortugas
ciruelas gotas del hígado del rojo de la
noche para Cynthia y para mí su madre carne
estriada con los signos que recorren las plumas
mi pelambre o mi sonrisa cuarteada por el sabroso
tiempo arrepollada lechuga jilguero entumecido
a la caída del sol anillado arroz que Cynthia
picotea con labios anillados manzanas con semillas
de mirada de Cynthia nueces como cerebros
de jilgueros y encima de la mesa he puesto la
rosa de negro jugo nuestro oh sangrienta trompa
de la tortuga la rosa con el gesto arrepollado de
mi oreja escuchando ese sonido a frito de la
tierra que chupa del crujido del alpiste y del
ronroneo de la pequeña fiera saciada que se
lame junto
a una banana pintona como un jaguar.



El taco de reina




Qué difícil dilema explicarte "yo soy esto y al
mismo tiempo lo otro" te dije pero cómo sino
a través de un ejemplo ·sencillo pongamos por
caso el taco de reina
que crece entre un revuelto de pálidas lombrices
tocadas apenas por un vago rosa de atardecer
con viento y tiene hojas redondas o casi redondas
con un tallo que no las toma por el medio
y venas enruladas bohemias sí pero por
contraste los nervios principales que parten del
centro de la hoja espero que me sigas porque
esto es fundamental para nosotros son firmes
y rectos
y no los frutos pelotitas de panza verde partida
por una grieta vertical tratamos ahora sino en
cambio las flores pimpollos ladeados primero
campanillas después de interior dividido con
cabo terrestre y cabo al vacío libre para el soplo
del que tanto te hablé y en ese cabo del
cielo dos pétalos de pronunciadas líneas moradas
hacia el vértigo dibujando la figura de la
infinita caída y tres pétalos enfrente lisos contentos
desprovistos de las rayas del pozo que
absorbe pero esto es lo que quiero en definitiva
hacerte notar
en el punto exacto de intersección entre el total
de la flor y el tallo de la tierra donde se encaran
los pétalos lisos y los rayados los de la
vida y los del miedo varios pistilos rojos con
extremos de polvo amarillo rodean adorándolo
a un cuerno de oro de becerro de oro tal vez
y lo hermoso lo extraordinario es eso en el centro
en el medio un solo rayo para las dos mitades
moraleja lo que no piso con mi taco de reina
flotante lo que aferro con mi tallo desordenado
y busco tanteando con mis caprichosos rulos y
encuentro con mis antenas estiradas en realidad
se junta
apenas hallo manera más clara de expresarte
la muy alegre ronda de llamas con que te quiero
danzando alrededor.




ALICIA DUJOVNE ORTIZ (1939, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
Alicia Dujovne Ortiz nació en Buenos Aires y vive en Francia desde 1978. Ha desarrollado una importante trayectoria como periodista, que inició en el diario La Opinión, prosiguió en varios medios de Francia y Argentina y continúa actualmente en La Nación. Fue también asesora de la editorial francesa Gallimard. Es autora de las biografías María Elena Walsh (1979); Maradona soy yo (1994); Eva Perón. La biografía (Aguilar, 1996); Dora Maar, prisionera de la mirada y El camarada Carlos (Aguilar, 2007). Como novelista, ha publicado El buzón de la esquina (1978); El agujero de la tierra (1980); El árbol de la gitana (Alfaguara, 1997); Mireya (Alfaguara, 1998); Anita cubierta de arena (Alfaguara, 2003); Las perlas rojas (Alfaguara, 2005), La muñeca rusa (Alfaguara, 2009), Un corazón tan recio (Alfaguara, 2011), La Madama (Emecé, 2014), La más agraciada (Emecé, 2015) y La procesión va por dentro (Marea Editorial, 2019).  También ha escrito obras para niños y jóvenes. Ha recibido importantes distinciones, como la beca John Simon Guggenheim Memorial Foundation, Premio Konex de Platino, 2014, y sus libros han sido traducidos a más de veinte lenguas. 
De: "Recetas, florecillas y otros contentos", Editorial Rayuela, 1973
Imagen: Los 7 Locos

mayo 16, 2021

Jean Sprackland

Romper la caída     



Imagina ser esa formación de roca 
que sobresale del rostro de la colina, 
 
la roca que interrumpe la caída de la corriente, 
día y noche, por milenios. 
 
La corriente se desborda, brillante como el mercurio, 
sin más opción que golpearte: 

estalla en gotas que se disparan lejos 
en ángulos más o menos predecibles. 
 
Todo lo que varía es el peso del agua, 
en la sequía, o después de fuertes lluvias; 

el ritmo del flujo, el grado de inclinación
y el volumen del caudal.

Imagina el punto muerto,
la pasión. Imagina las estrellas.

 

El ruiseñor de Birkdale

(Bufo calamita - El sapo corredor)


En las noches de primavera puedes oírlos
a dos millas de distancia, llamando a sus parejas
al lugar de reproducción, la parte suelta y húmeda de las dunas.
Los amantes ocultos en las cercanías son sorprendidos
por la música acuciante. Un hombre busca durante toda la noche
una nave espacial estrellada.

Para ser anfibios, ellos son nadadores terribles:
donde es difícil llegar a tierra, se ahogan.
De día duermen en grietas bajo el muelle,
corren como lagartijas de principio a fin
sin el instinto de saltar cuando una gaviota quiere engullirlos.
Sí, el macho puede hacerse temible,
inflando sus pulmones al doble de su tamaño.
Pero los automóviles en la carretera de la costa no se detienen.

La hembra pondría un collar de perlas en los juncos.
A la mañana siguiente, un perro correrá dentro del agua y los dispersará.
O ella desovará en una huella llena de lluvia salada
que se secará como una costra en dos días.

 Aun así, cuando él la llama y la monta
demuestran estar bien diseñados. Las almohadillas nupciales en sus muslos
se adhieren como velcro a su espalda. Ella permanece firme debajo de él.

El charco se desborda con la luz de la luna.
Todo conduce a esto.
 

El camino descendente




Olvida el camino.
 Atraviesa los arbustos y los espinos
y camina hacia el arroyo.

Lo que pasa con un arroyo es
que sabe a dónde va, tiene el don
para encontrar la ruta más corta.

Un camino puede perder su temple,
desaparecer en el pantano o los helechos, dividirse
inescrutablemente en dos. He estado en ese lugar

y sopesé las opciones, las sopesé
y verifiqué una y otra vez, mientras la niebla se deslizaba
sobre la montaña como el sueño.

Cuando el arroyo se divide,
ambas corrientes son igualmente seguras.
Cada una juega su propio partido -la capa resbaladiza del musgo,

la carrera repentina sobre un surco de la roca -
y cada una, si las dejas,
te llevarán abajo.



Hielo en la playa


Una sola lámina de luz surgiente.
Tocada con la punta de la bota
duele en algún lugar distante.

Caso de sueños, con acústica interna propia.
Golpeada con un palo produce
una nota sorprendida, un blanco lamparón bajo la piel -
la fisiología del hielo sobre arena
El mar sólo puede quemar el borde.
es extraña, no tiene mapas.
Toda esta bahía se encierra
En una punta, un buque tanque
bajo una tapa de dolor.
surge de la boca del río.
En su estela, la capa de hielo
apenas tiembla.
Pero treinta millas al sur,
en otra ciudad, cruje
bajo el muelle, donde alguien se arrodilla,
observando desde lo alto como un dios
a través de un cielo partido, sobre un desierto
de lomas y sombras azules.



Breaking the Fall




Imagine being that fluke of rock
that juts out from the face of the hill,

the rock that breaksthe stream's fall,
 day and night, for millennia.

The stream runs over, sleek as mercury,
 has no choice but to strike you

shatters into beads that fire away
at more or less predictable angles.

All that varies is the weight of water,
in drought, or after heavy rain;

the pace oft he flow; the pitch
and volume of the shattering.

Imagine the deadlock,
the passion.Imagine the stars.



The Birkdale Nightingale

(Bufo calamito - the Natterjack toad)


On Spring nights you can hear them
two miles away, calling their mates
to the breeding place, a wet slack in the dunes.
Lovers hiding nearby are surprised
by desperate music. One man searched all night
for a crashed spaceship.

For amphibians, they are terribles wimmers:
where it's tricky to get ashore, they drown.
By day they sleep in crevices underthe boardwalk,
run like lizards from cover to cover
without the sense to leap when a gullsnaps.
Yes, he can make himself fear some,
inflating his lungs to double his size.
But carson the coast road are not deterred.
She will lay a necklace of pearls in the reeds.
Next morning, a dog will run into the water and scatter them.
Or she'll spawn in a footprint filled with salt rain
that will dry a crust in two days.

Still, when he calls her and climbs her
they are well designed. The nuptial pads on his thighs
velcro him to her back. She steadies beneath him.

The puddle brims with moonlight.
Everything leads to this




The Way Down




Forget the path.
 Hack through gorse and blackthorn
and walk into the stream.

The thingabout a stream is
it knows where its going, has a gift
for finding the shortest route.

Apath can lose its nerve,
peter out into bog or bracken, divide
inscrutably in two. I've stood atthat place

and weighed the choices, weighed
and checked again, while mist crawls
overthe mountain like sleep.

When the stream divides
both streamlets are equally sure.
Each plays its own game -the slick of moss,

the sudden race over a sill of rock-
 and each, ifyou let it,
will carry you down.



Ice on the beach 




One single sheet of sprung light
Touched here with the toe of your boot
 it hurts in a distant part

Dream stuff with its own internal acustic
Striking it with a stick raises
a shocked note, a white bruise under the skin -

the physiology of ice of sand
is strange, we have not mapped it
The sea can only scorch the edge.


This whole bay is locked
under a lid of referred pain.
At one end, a tanker

nudges out of the rivernouth,
In its wash. the ice shelf barely shivers,

But thirty miles south,
in another town, it creaks/
under the pier. where someone kneels,

staring down like a god 
trough a damaged  sky,
onto a wilderness
of ridges and blue shadows.




Jean Sprackland
JEAN SPRACKLAND (1962, Burton upon Trent, Inglaterra, Reino Unido)
De: Inclinación, Komorebi Ediciones, 2018 (Los tres primeros poemas)
Enlaces: Jean Sprackland (en inglés) | Círculo de poesía | Jampster
Traducción: Manuel Naranjo Igartiburu, salvo Ice on the beach, en versión de  Andrew Graham-Yoll 






mayo 14, 2021

María Gainza

María Gainza


Tratar con extraños      




Hay días en que se aparece 
rengueando como la vecina 
más vieja de la cuadra, 
otras en que se abalanza 
y hay que apretar 
los dientes con cuidado 
para no morderse la lengua. 
Así es la vida, cielo, 
pero no quiero desanimarte 
con la monserga de los grandes 
que es de lo peor. 
además es muy posible 
que a la larga la veas 
como una mancha difusa 
sobre la copa del plátano.
Hay quienes la llaman luz mala
halo, alma en pena y
huyen, pero yo que conozco
el trato con extraños
prefiero saludarla como si nada:
hacerse amiga de las cosas
sin nombre es indispensable
para la salud. 




MARÍA GAINZA (1971, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
De: "Un imperio por otro", Mansalva, 2021
Vía Alejandro Méndez en Facebook
Imagen: El País

mayo 11, 2021

Begoña M. Rueda

Begoña M. Rueda




En la lavandería del hospital donde trabajo  
la ropa de los enfermos, la ropa  
de los que o regresan de la úlcera  
o se dejan amarillear por la muerte,  
se amontona en bolsas a las siete de la mañana.  
Dos lavadoras industriales  
bastan para blanquear la ropa de las heces  
y de la sangre que podría ser mi sangre, mi miseria 
podría ser, algún día, un camisón 
cubierto de vómito 
de los que una vez lavados lucen como nuevos, 
bendita sea mi vida, bendita mi salud 
porque algún día, quizás, podría ser mi miseria 
un camisón.




Un minuto de silencio 
en la puerta principal del hospital. 
Una compañera ha fallecido 
víctima de la pandemia. 
Han venido de la televisión 
para grabar y emitir el dolor a mediodía, 
cuando la gente esté comiendo, 
tintineando las cucharas en los platos de sopa 
como si tintinearan 
en la cerámica de una urna funeraria. 
Se ha ido joven. 
Deja dos hijas y un marido 
que ya nunca vendrá a recogerla con la moto.  
Por la edad podría haberse tratado de mi madre. 
Me alivia saber que no. 




A pesar de que la ropa es lavada
a temperaturas de ochenta grados
y tratada con detergentes específicos,
productos neutralizadores de cloro,
lejías y suavizantes,
no es raro percibir un leve aroma a perfume
al doblar las camisas de los pijamas.
Sé a qué huelen los enfermos
antes de fallecer,
sé que algunos se peinan, se afeitan
y se empapan en Varón Dandy
como si morir
no consistiera sino en dar otro de muchos paseos
los domingos por la mañana.




BEGOÑA M. RUEDA (1992, Jaén, Andalucía, España)
De: "Servicio de lavandería", Premio Hiperión 2021
Enlaces: El coloquio de los perros  | La poesía alcanza | El arpa de Nerón

mayo 10, 2021

Jordi Doce sobre Evan S. Connell



Cuenta el poeta Eduardo Moga en una entrada de su bitácora (un texto que cabe leer como extensión o suplemento del prólogo que encabeza este libro) que llegó a Points for a Compass Rose [Puntos para una rosa de los vientos], del escritor Evan S. Connell (Kansas City, 1924-San Francisco, 2013), gracias a la recomendación de su hermano norteamericano Daniel C. Richardson, con cuya familia pasó un año como estudiante de intercambio a fines de la década de 1970. Y que al elogio le siguió el regalo de un ejemplar de la primera edición, publicada por Alfred A. Knopf en 1973. Un ejemplar que nuestro poeta describe así: «un libro grueso, de tapa dura; en la portada lucía una rosa de tallo muy alto, cuyos pétalos eran rostros humanos. Y al nombre del poeta que figuraba en ella lo seguía una indicación genealógica: “Jr.”». Y, en efecto, así es: si uno busca la edición original de este libro en Amazon, por ejemplo, verá esa misma rosa de alto tallo, con unos rostros humanos tapizando el anverso o parte visible de los pétalos. No es la única edición de este libro singular. Hay una segunda, de 2012, en el sello independiente Counterpoint, que lleva una cubierta más ortodoxa o previsible: la imagen de un pequeño velero deportivo que convive con la de una vieja carta marina y el dibujo de una rosa de los vientos…

Añado que cuando Moga me hizo entrega personalmente de un ejemplar de este libro, mi primera reacción fue confesar mi ignorancia. Nada sabía de su autor. Es más, ni siquiera su nombre me era familiar. Me precio de conocer con cierto detalle el panorama de la poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo veinte, pero ni este libro ni Connell habían aparecido jamás en mis pesquisas. Lo confirmé luego al visitar algunas páginas web, como el portal de la Academy of American Poets, o Poetry Foundation, la página oficial de la legendaria revista Poetry. Pero que Connell, como explica Moga en su introducción, no parezca existir como poeta para muchos de sus colegas estadounidenses (sabemos bien que el mundo poético puede alimentar un espíritu gremial exclusivo y hasta excluyente) no significa ni mucho menos que sea un escritor desconocido. En realidad, Connell gozó de un discreto reconocimiento como poeta y divulgador histórico. El suyo parece un clásico ejemplo de escritor que puede ganarse mal que bien la vida gracias a la existencia de un mercado editorial saneado, eficiente y con aptitud para llegar a un amplio número de lectores; un profesional de la escritura que puede desarrollar su trabajo sin depender de la sanción de los críticos, digamos, oficiales o de los centros universitarios. De hecho, algunos de sus libros han sido traducidos y editados en España, siendo el primero la novela Doble luna de miel en 1977. Otras referencias incluyen los libros de divulgación Custer: la masacre del 7º de caballería: la Batalla de Little Bighorn y Una crónica de las Cruzadas, así como las novelas Mr. Bridge y Mrs. Bridge, que son sus obras más conocidas, las que le dieron cierta fama e incluso merecieron una adaptación cinematográfica a cargo del director James Ivory, con Paul Newman y Joanne Woodward en los papeles protagonistas. De hecho, la fecha de edición en España de estas novelas coincide grosso modo con la del estreno de la película. Es una pena que no dispongamos en España de uno de sus últimos trabajos: su biografía de Goya, que publicó en 2004, nada menos que a los ochenta años.

Por lo que uno ha podido averiguar, Connell fue lo que se llama en Estados Unidos un loner; un solitario que renunció voluntariamente a formar familia y a tener un trabajo estable para dedicarse plenamente a la escritura. Resulta plausible que su participación de muy joven en la segunda guerra mundial, en la que combatió como piloto, le dejara ligera o manejablemente traumatizado, y desde luego con una aversión vitalicia hacia cualquier forma de violencia o de poder indiscriminado; un trauma, por cierto, que la prolongación de la guerra de Vietnam, que comparece de manera acusada en este libro, parece haber revivido o agravado. Esto es algo que, como veremos, tiene su importancia a la hora de abordar críticamente Puntos para una rosa de los vientos. Las fotos que se conocen de él nos muestran a un hombre atractivo, de rostro curtido y afilado, y con una perilla que me hace pensar en el poeta Robert Creeley, del que fue contemporáneo.
Pero dejemos a un lado las consideraciones de orden biográfico y vayamos al libro, que es lo que importa. Este Puntos para una rosa de los vientos, publicado como ya se ha dicho en 1973, es el segundo poemario de Connell después de Notes from a Bottle Found on the Beach at Carmel [Notas de una botella encontrada en una playa de Carmel], de 1962. La referencia a Carmel, por cierto, nos lleva a recordar a aquel gran poeta que fue Robinson Jeffers, quien construyó con sus propias manos una torre frente al Pacífico que remeda la torre de Ballylee de Yeats, y cuya obra es sin duda uno de los modelos o antecedentes de este libro monumental (más de 650 páginas en la edición bilingüe del sello barcelonés Godall), cuyo grosor intimidante no impide que uno, al empezar a leer, se quede enganchado de inmediato, casi en suspenso, como el invitado a la boda al que se dirige, perentorio, el viejo marino de Coleridge. Connell es sobre todo un narrador, un gran contador de historias, y el comienzo tiene la fuerza y la naturalidad de quien está seguro de lo que cuenta:

Permíteme empezar esta historia, como todos los mitos verdaderos,
con la afirmación de que nunca he conocido a mis padres.
Y, a continuación, permíteme que me describa.

La convicción narrativa es una cuestión de tono de voz, de aplomo, de soltura, y Connell resulta de lo más convincente desde los primeros versos. Sigo en esta primera página del poema: «Escucha. He decidido irme de viaje. […] Cuento con volver/ menos ignorante, y estás invitado a acompañarme./ ¿Qué dices, pues? Ven conmigo. Viajemos juntos». Y los lectores asentimos a esta invitación de tono entre homérico y eliotiano («Let us go, then, you and I…») y nos vemos embarcados en un viaje fascinante, casi vertiginoso, de la mano de un narrador mudable, aficionado al transformismo, que cambia de personalidad, pero rara vez de tono o de punto de vista, para ofrecernos un vasto panorama de la historia de la humanidad, un diorama opulento, lleno de incitaciones y lecciones. Moga habla en su introducción, quizá más propiamente, de panóptico, y algo hay de eso, como si cada pasaje o fragmento significativo fuera una variación de los demás, y todos apuntaran a un centro invisible o no del todo manifiesto.

Me gustaría aclarar en este punto que cuando el narrador dice que «Cuento con volver/ menos ignorante» está siendo ligeramente insincero. Escrito cuando su autor andaba por la parte alta de los cuarenta, la vastedad de sus conocimientos e informes, así como el carácter esotérico o al menos lateral y hasta extravagante de muchos de ellos, resultan abrumadores; también, sobra decirlo, muy estimulantes. El libro es una mina de datos, de personajes, de sucesos históricos y míticos, de anécdotas, de citas… Toda una cornucopia tomada de libros incontables —el narrador, hacia el final, da la cifra, misteriosamente precisa, de 64.138 títulos leídos— sobre los temas más diversos, aunque todos, o la mayoría, tienen que ver con el pasado de la humanidad, con la historia —no sólo europea u occidental— y con el modo en que esa historia se ofrece a nuestros ojos y nuestra consciencia como una interminable sucesión de errores, fracasos, desastres, padecimiento y también hallazgos, sorpresas, revelaciones: venturas y desventuras en una misma trenza indivisible. Este largo y colosal poema se lee en buena parte como un libro de divulgación, y creo que no es una herejía o una simplificación grosera referirse a este componente didáctico o ilustrativo. Quizá sea mejor decir enciclopédico, porque hay en él una evidente ambición de totalidad, de decirlo todo, de abarcar o encerrar, iluminándola al mismo tiempo, la historia entera de los hombres. En ese sentido, Puntos para una rosa de los vientos se inscribe en una tradición muy estadounidense, que se remonta al menos a Whitman y que tiene en los Cantos de Pound su modelo más emblemático. Pero a la que pertenecen también libros mucho menos conocidos como Holocausto de Charles Reznikoff y Letter to an imaginary friend [Carta a un amigo imaginario], del gran Thomas McGrath, largo poema en cuatro libros que relata y retrata las luchas sociales de Estados Unidos durante los años terribles de la Depresión.

Con todo, hay diferencias: mientras que Reznikoff plasma la terrible factualidad del Holocaustro con precisión quirúrgica, dejando las inferencias emocionales al lector, y en McGrath actúa una conciencia de clase que busca la reivindicación y puesta en valor de una cultura proletaria norteamericana no tocada aún por el demonio del consumismo (y el empeño utópico, pero necesario, de crear una historia alternativa de su país), la mirada de Connell es a la vez más universal y más escéptica, más profundamente descreída. Y este descreimiento convive, de manera que no deja de resulta extraña o paradójica, con una fascinación inagotable por la infinita variedad del universo humano.

Basta con abrir este libro al azar, por cualquier página, y ver cómo operan siempre ahí dos planos discursivos: uno, el que conforman esos ejemplos incesantes tomados de la historia, de los mitos, de los anales de la industria o del comercio, del arte, del pensamiento, de la literatura o la música, etcétera; y uno segundo, de carácter sentencioso o aforístico, que mezcla una profunda voluntad reflexiva con cierta retranca popular, como de sabio de taberna; hay todavía un tercero, una especie de comentario continuo en subtítulos —lo que los angloparlantes llaman running commentary— que tiene carácter metapoético, es decir, que nos aclara el porqué de ciertas transiciones o quiebros argumentales. Lo que unifica estas distintas voces es el tono, la modulación peculiar con que el narrador, que es muchos narradores, nos lleva de la mano desde el primer al último verso, con un aplomo casi imperturbable que nos tranquiliza y nos da seguridad.

No hay casi imágenes, o las que hay están tomadas de lo real, son estampas o ilustraciones de hechos acaecidos en el pasado. No hay metáforas. El libro, como explica su traductor, se sitúa en la estela objetivista de Reznikoff o de un George Oppen. Lo maravilloso, aquí, surge de la textura misma de la vida: de acoger de manera indiscriminada, pero a la vez con orden y concierto —un orden y un concierto que se van desvelando conforme avanzamos en la lectura—, la riqueza inagotable del mundo. Es asombrosa la variedad de datos, de historias y anécdotas que maneja al autor. Asombrosa, apabullante y, a la larga, iluminadora. Hallamos un ejemplo típico en la página 193 de esta edición, donde el narrador revisa con su habitual locuacidad el mito platónico de la Atlántida:

[…] Según Platón, la Atlántida se encuentra frente al puerto de Cádiz,
pero mi vecino, que es biólogo marino, discrepa.
Él y otros científicos sondearon el lecho oceánico que lo rodea
y midieron un estrato de arcilla pelágica roja, compuesto
principalmente por plancton fósil. Tenía un espesor de 11.000 pies.
Esto significa que deben de haber transcurrido unos 500 millones de años
desde la última vez que el lecho del Atlántico frente a Cádiz
estuvo expuesto a la luz del sol, ya que dicho sedimento se deposita
a una velocidad de 3/10 de pulgada cada 1.000 años. Quién sabe, pues,
cuál sería el emplazamiento de la Atlántida.

Las islas Canarias representan las Hespérides,
en opinión de la mayoría de los expertos, y el pico más alto
de Tenerife encarna al gigante Atlas. Las manzanas doradas
de Hércules, han decidido, son fáciles de encontrar:
coge el fruto dorado del Arbutus canariensis,
nuestro conocido madroño.

Los antropólogos han identificado el vellocino de oro
con lana de ovejas sumergida en el río por nativos de Fasis,
que periódicamente las cepillas en busca de partículas de oro
adheridas a las pieles. Mirabile dictu! […]

Y así avanza el relato, infatigable, echando mano de Plino, la leyenda de Thule, referencias al rey galés Madoc y un largo etcétera. Al cabo, la cosmovisión que emerge de estas páginas es impermeable a los prejuicios ideológicos, a toda voluntad sistematizadora, a los espejismos del optimismo —antropológico o no— y a los consuelos de la religión y demás lenitivos espirituales. Pero no es desoladora, porque se muestra en todo momento enamorada de los pliegues y texturas del mundo y de las posibilidades que ofrece para vivir con más intensidad, para hacer de la vida algo intrínsecamente valioso e interesante. No hay trascendencia, pues. La vida es esto que se nos ha dado sin que lo pidamos y nuestro deber es hacer de ella algo valioso, en línea con algunas ideas del pensamiento oriental que se pusieron justamente de moda en California a finales de los años sesenta…, aunque nadie más lejano que Connell del ideario hippie o de la poesía beat. La claridad de su mirar no admite más distorsión que la vecindad entre datos solo en apariencia incongruentes.

Este libro, en fin, es un viaje. Y el viajero que lo narra es muchos viajeros, un narrador que muta cada cierto tiempo y que nos permite visitar de primera mano una infinidad de puntos en el espacio-tiempo de la historia. Como dice Moga, «la voz que nos habla en estos versos […] nos pertenece a todos: reyes y campesinos, teólogos y soldados, verdugos y alquimistas, astrónomos y navegantes, herejes y papas, muchos con nombre y apellidos, otros anónimos». El resultado, añade, es una «obra coral, sostenida por una muchedumbre de gargantas e idiomas». Al carácter monumental del resultado le corresponde el hercúleo trabajo de traducción que ha realizado nuestro poeta a lo largo de muchos años, y que debemos celebrar y elogiar como se merece. El idioma literario de la traducción es preciso, cuidadoso y flexible. Basta comparar el texto original con la traducción para ver que Moga opta en todo momento por aquella ordenación o estructuración sintáctica que resulta más clara, pertinente y elegante en español. Por no hablar de la riqueza léxica o de referencias del original que, sospecho, le habrán obligado a fatigar diccionarios, enciclopedias y páginas web. La claridad es una cortesía de la inteligencia, y tanto Connell como su traductor al español son un dechado de estas cualidades. Pero le cabe a este último el mérito de editar en español este magnífico libro, que, como tantos otros hitos de ese continente inagotable que es la poesía norteamericana contemporánea, amplía sobradamente los cauces y la definición de lo que solemos entender por lírica.

[Versión revisada y ampliada del texto de presentación del libro en la librería Enclave de Madrid, 14 de febrero de 2020]


Fragmento inicial


Permíteme empezar esta historia, como todos los mitos verdaderos,
con la afirmación de que nunca he conocido a mis padres.
Y, a continuación, permíteme que me describa. Mis facciones,
excepto cuando me siento animado, expresan indolencia y desidia.
Suelo mantener abierta la boca, de labios húmedos y sensuales,
porque tengo problemas para respirar por la nariz.
Los ojillos, marrones, miran hacia adentro. Como puedes suponer,
me paso los días solo, por no hablar de las noches.
¿Sabes quién soy?

Puede que un profesor de teatro clásico me criticara
por dirigirme a ti con tanta confianza, y quizá señalase que
el poeta ha de fingir que habla consigo mismo
o con otro. Pero estoy harto de trucos manidos.

Escucha. He decidido irme de viaje. Me voy a Padua
como Nicolás Copérnico, para estudiar la cosmografía de Aquellini;
como Andrés Vesalio, para visitar a los maestros de la anatomía;
como Alberto Durero a Florencia. Cuento con volver
menos ignorante, y estás invitado a acompañarme.
¿Qué dices, pues? Ven conmigo. Viajemos juntos.
Dios, nuestro soberano, tiene el deber de proteger a Sus vasallos;
pero, con o sin Él, iremos de aquí para allá
por caminos polvorientos y elegiremos el conocimiento
como punto de partida. Mezclando hechos y tradiciones,
interpretando la experiencia según su propósito moral,
adoptaremos el método de nuestros predecesores medievales.
Pero no lo olvides: los que peregrinan
rara vez se convierten en santos. ¿Entiendes?

Mira. Mi tío está diseñando una catedral,
aunque no se la haya encargado ninguna iglesia.
Cuando le preguntan quién pagará los materiales,
no responde, porque, bajo su punto de vista,
el mundo visible no es sino reflejo
de un incomprensible orden espiritual.
¿Está claro?

Lo diré de otra forma. Cito al gobernador de Bitinia,
Plinio el Joven, cuando le escribe, incómodo, a Trajano
para pedirle consejo sobre cómo negociar con los cristianos.
Nunca he participado en interrogatorios…
Así empieza, y el resto de la carta da cuenta
de su angustia y su perplejidad. Trajano responde
mayestáticamente que los cristianos deben ser castigados,
aunque no cree que hayan de ser perseguidos,
lo cual significa que no los considera una amenaza.
Cuántas cosas no ven los emperadores.

Clement Attlee fue el primer ministro británico
que convino con el presidente Truman
en aniquilar Hiroshima. Sin embargo, 16 años después
Attlee escribió: En aquel entonces, no sabíamos nada en absoluto
de los efectos genéticos de una explosión atómica.
Yo no tenía ni idea de la lluvia radioactivani de nada de lo demás…
Pero H. J. Muller había ganado el Premio Nobel en 1927
por sus estudios sobre los efectos genéticos de la radiación.
¿No será que nos gobierna una camarilla de individuos tan informados
como los pastores de Palestina?

Los biólogos que descubrieron estroncio radioactivo en las quemaduras
de los animales expuestos a las pruebas nucleares de Nevada
entendieron muy bien que el estroncio emprende una siniestra búsqueda
del hueso; pero su investigación era secreta,
clasificada bajo el nombre en clave de «Operación Sol Radiante»
y las unidades de estroncio se identificaban con la denominación «unidades
[de sol radiante».
¿Comprendes ahora de lo que quiero decir?

Mira. Los residuos radioactivos duran
miles de años. Mucha de esa basura
—nadie sabe cuánta— está enterrada en zonas
llamadas granjas. Quizá a ti no te importa que te engañen,
pero yo lo lamento amargamente. El odio me alimenta.

Caballeros, nos han inform…

Echan sapos por la boca;
les asoman serpientes por la nariz.

Frost tiene razón: condenados a carreras rotas,
hemos de soportar ser incompletos. Aunque
la desobediencia nos abre alguna alternativa. Tú eliges.

Esta leyenda, inscrita con letras de oro en la torre
de la puerta verde de Kaliningrado, puede guiarte:
Vultus fortunæ variatur imagine lunæ:
Crescit, decrescit, constans persistere nescit.
Significa que el rostro de la fortuna cambia,
y que no sabe permanecer constante.

En las ruinas del pasado se deposita un polvo fino, amigo mío;
nadie conoce el porvenir.

Mi madre solía decirme que tenía un extraño
aire de ensueño, que me volvía indiferente al futuro.
Tenía razón, por supuesto. Pero, como escribió Virgilio,
cada uno se siente atraído por su propio placer.

Mi hermano, con la afabilidad natural del genio,
permite graciosamente que los niños se le suban a la espalda
y que los tontos se aprovechen de su inteligencia. Yo,
menos dotado, no soporto ni lo uno ni lo otro. Como Sócrates,
mi hermano lleva las discusiones hasta sus últimas consecuencias.
Hermoso, iluminado por la sabiduría y la bondad,
me recuerda al hijo de Odín, Balder —al que se consideraba
un ser perfecto—, por su reticencia
a concluir nada. O al músico Ives,
que dedicó años a una intrincada sinfonía
que no pensaba acabar. Trahit sua quemque…

Probablemente te des cuenta de que las ideas se mezclan,
igual que las galaxias se atraviesan unas a otras,
y de que los hombres perspicaces conciben analogías osadas,
como una marea celestial. Te pondré un ejemplo.
Escucha. Nadie niega que la araña teja su tela
con el veneno de su ser ni que el buen vino se escancie
en vasos feos.

Aquí va otro. Los etíopes son sarracenos negros;
a Gengis Kan lo mató un trueno.

Un enjambre de abejas vigila el Danubio; en Damasco,
las cabezas ensangrentadas de los cristianos se apilan
en la plaza del mercado: hay más que sandías.
Lo cual me recuerda al feroz Ricardo Corazón de León,
que partió una barra de hierro por la mitad
para demostrarle a Saladino lo afilado de su espada.
Entonces el musulmán probó lo tajante de la suya
lanzando un cojín al aire y cortándolo con la cimitarra
sin hacer el menor ruido. Era previsible, desde luego,
porque los astrónomos árabes ya calculaban
la precesión equinoccial y el ángulo de los eclipses
cuando los europeos aún creían en un cielo
ornado por cabras, toros, cangrejos y peces.

Mi hijo opina que me obsesionan litigios olvidados.
He intentado explicarle que el amor por la Antigüedad,
en sí mismo, no es la razón, ni tampoco el engreimiento,
ni un sentimiento de condescendencia, sino el deseo
de desentrañar el comportamiento del Hombre —cómo ha llegado
a ser lo que es— y de seguir su arduo descenso,
por espesuras innumerables, hasta el presente.
Me gustaría que volviéramos a descubrirnos en nuestro primer gozo
y nuestro primer dolor, en nuestro asombro y nuestro afán creativo,
en nuestro éxito y nuestro más absoluto fracaso, y en todo lo demás.
No creo que me hayas entendido. Tanto peor.
Quizá me alcance o quizá no.
No esperaré a nadie.

[…]


Traducción: Eduardo Moga
Fuente: El Cuaderno. Cuaderno digital de cultura

"Esta obra constituye, desde su título, un viaje por la historia y el conocimiento humanos; sobre todo, por la estupidez y la crueldad del hombre. Pero este viaje —señalado a lo largo del libro por diferentes coordenadas geográficas— no es lineal, sino circular; ni individual, sino plural, más aún, multitudinario; ni exterior solamente, sino también interior.
Puntos para una rosa de los vientos no es un poemario convencional. Su lirismo no emana de la dicción exaltada ni de la síntesis introspectiva, sino de la desnudez de los hechos. Connell se sitúa, pues, en la estela objetivista de Charles Reznikoff y George Oppen. Los datos que aporta, así como las crueldades y sevicias de la historia con las que ilustra su irónica y desquiciada meditación, destilan, en ascética sucesión, una pureza metálica y una perturbadora capacidad de suscitar asociaciones y ecos que multiplican su sentido, como incumbe a la mejor poesía."
EDUARDO MOGA (fragmento del prólogo) "Puntos para una rosa de los vientos", Godasll Edicions, 2020 
Imagen: Sausalito People

mayo 08, 2021

Matthew Arnold

Matthew Atnold



La playa de Dover     




El mar está en calma esta noche. 
La marea alta, la luna duerme hermosa 
Sobre el estrecho – en la costa francesa la luz 
Resplandece y se ha ido; los acantilados de Inglaterra alzan, 
Tenues y vastos, allá en la plácida bahía. 
Ven a la ventana, el aire nocturno es dulce, 
Soñoliento, desde la larga línea de espuma 
Donde el mar besa la tierra empalidecida por la luna, 
  
¡Escucha! Puedes oír el rugir de las piedras 
Que las olas agitan, arrojándolas 
a su regreso allá en el ramal de arriba, 
Comienza y cesa, y luego comienza otra vez,
Con trémula cadencia disminuye, y trae
La eterna nota de la melancolía.

Sófocles, hace mucho tiempo
Lo escuchó en el Egeo, y trajo
A su mente el turbio flujo y reflujo
De la miseria humana, nosotros
También encontramos una idea en el sonido,
Cerca de este remoto mar del norte.

El Mar de la Fe
También era uno, en su plenitud,
Y rodaba en las orillas de la tierra,
Yacía como los pliegues de una gloriosa diadema.
Pero ahora sólo escucho
su rugir lleno de tristeza, largo y en retirada,
alejándose hacia el sereno de la noche
Hacia los extensos bordes monótonos.
Oh, mi amor, ¡seamos fieles el uno al otro!
Pues el mundo, que parece yacer ante nosotros
Como una tierra de sueños,
Tan variada, tan bella, tan nueva,
No posee en realidad ni gozo, ni amor, ni luz,
Ni certeza, ni paz, ni alivio para el dolor;
Estamos aquí como en una llanura sombría
Envueltos en alarmas confusas de fugas y batallas,
donde los ejércitos, ignorantes, se enfrentan por la noche.



Dover Beach




The sea is calm tonight.
The tide is full, the moon lies fair
Upon the straits; on the French coast the light
Gleams and is gone; the cliffs of England stand,
Glimmering and vast, out in the tranquil bay.
Come to the window, sweet is the night-air!
Only, from the long line of spray
Where the sea meets the moon-blanched land,
Listen! you hear the grating roar
Of pebbles which the waves draw back, and fling,
At their return, up the high strand,
Begin, and cease, and then again begin,
With tremulous cadence slow, and bring
The eternal note of sadness in.

Sophocles long ago
Heard it on the Ægean, and it brought
Into his mind the turbid ebb and flow
Of human misery; we
Find also in the sound a thought,
Hearing it by this distant northern sea.

The Sea of Faith
Was once, too, at the full, and round earth’s shore
Lay like the folds of a bright girdle furled.
But now I only hear
Its melancholy, long, withdrawing roar,
Retreating, to the breath
Of the night-wind, down the vast edges drear
And naked shingles of the world.

Ah, love, let us be true
To one another! for the world, which seems
To lie before us like a land of dreams,
So various, so beautiful, so new,
Hath really neither joy, nor love, nor light,
Nor certitude, nor peace, nor help for pain;
And we are here as on a darkling plain
Swept with confused alarms of struggle and flight,
Where ignorant armies clash by night.





MATTHEW ARNOLD (1822. Middlesex / 1888, Liverpool, Inglaterra, Reino Unido)

mayo 04, 2021

Diego Brando: El reino de los peces



3     




Hubo promesas de fin del mundo, 
pero ahora lo que existe es el silencio 
y un aire que gira como un huracán 
ante la idea de una posible ofrenda. 
¿Ofrenda? Sacrificio, inmolación, 
la pérdida de las extremidades 
con que construíamos castillos de arena, 
endebles como tierra y agua 
en pleno abatirse contra el fuego. 
¿Llegaste a ver el ocaso? 
¿Su tono azul en tus ojos de insecto? 
De esa manera va a girar la noche, 
como si nuestras familias afuera 
bailaran en un ritual de despedida; 
lo prometido, aseguran, se aproxima 
aunque de lejos solo se vea 
un estallido o una tormenta de nieve.



8




No fui hacia los hechos,
fueron ellos los que vinieron y destruyeron,
calmaron su hambre, famélicos
como el astro que al ocultarse
piensa ya en incendiar la tierra
al día siguiente. Y cuando enmudecí
olvidé cómo seguir, y desenterré
a los animales del patio para huir
con sus huesos al hombro. Busqué luego
lo interminable en la nervadura de una hoja,
en los insectos que se reproducían
invisibles como el hielo que me tapaba
por la noche, la capa del metal más hiriente.
Hasta que envejecí. Aún así, si
después de todo, me recuerdan,
seré siempre aquel que se deshacía
en la esquina de una habitación,
un grillo, la ansiedad, el exilio.



10




Todas esas campanas que suenan
en la madrugada, como flores abriéndose
dentro de la selva, saben de alucinaciones.
Unos perros afuera, la maquinaria de un sistema
eléctrico de trenes, la humareda del basural,
nos llegan hasta aquí como moscas,
o bichos que cruzan el patio del suburbio
hasta enterrarse en los rincones.
Y un espacio siempre abierto para el milagro,
un tiempo que se agota en lo salvaje de una tierra
poblada de rarezas que se articulan hasta desaparecer



23




Mi memoria hecha de fragmentos
de vos, de tierra arrojada sobre baldíos, tan
abandonados como una osamenta iluminada por la luna,
y el humo que esparce la calma cuando ya es
demasiado tarde pero aún así, todavía a tiempo.
Regresás pero retrocedés, un orificio en el presente,
una mantis que fagocita a otra, siempre en el pasado,
y un futuro que no promete nada de calma, salvo
bajo una idea de encierro y separación.
Todas tus flores apuntan hacia el cielo,
aunque las nubes prometan escarnio, soledad
de ala batiente, como de pájaro, como de hombre
odiado en secreto, por más que suene la melodía
en tu mente, en espera de una visita incómoda y real.



31




Nadie se percate que convalece,
que tantea las paredes de la irrealidad y vuelve,
inmune, entregado al delirio como si no bastara, 
y hubiera que subirse abierto a la sed de una tierra
en medio de la sequía que lleva meses de encanto, 
a toda una basura a la que llamamos restos, 
mar de podredumbre. Y como si la realidad fuera
solo un cuarto oscuro, un par de cordones en las manos.



42




Pienso en el final, mientras
el recuerdo de lo vivido se aquieta
en el cuerpo. Solía confundir las ideas
con las formas del mundo, canto inútil
y ridículo, un odio que nacía desde adentro
hasta perforar las aguas, un túnel directo
al infinito. Los balcones dan a la calle
y las personas circulan y enloquecen
por el ruido, todo devorado aquí por el viento,
autos hacia el norte, figuras en los techos.
Todo enrarecido, la sombra de un cuervo.





De: "El reino de los peces", Barnacle Libros, 2021
Otros poemas de DIEGO BRANDO, aquí

mayo 01, 2021

Víctor Redondo


Al Amanecer




Al amanecer soy otro. 
Todos los amaneceres soy otro. 
Pero este amanecer era otra. 
Era una diosa de relampagueo continuo 
que me miraba y proponía un contrato. 
Un contrato de amor. 
Cuando uno encuentra a estas mujeres 
decir no, es suicidarse. 
Y de suicidios están hartos los purgatorios. 
La vida, que venga. Ser puros, dignos 
de esta majestad que nos ofrece el destino. 
Bailando en el night club café. 
Arrastrándonos por la calle. 
Golpeándonos las nalgas con varas de ortiga. 
Escupiéndonos whisky al amanecer sobre el balcón 
adorando a Venus sobre nuestros pies. 
Es tan misteriosa la vida 
que su dolor merece la pena, eso 
dijo esa otra que se despertó en mí al sol
vestida y sola, huérfana de otra sed
que no fuera la de buscarte
al amanecer y decirme
soy otra
de las que amas
cuando nos amamos



VÍCTOR REDONDO
(1953,  Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Reside en San Miguel de Tucumán)
Enlaces: La ficción del olvido | Preferiría no hacerlo | De sibilas y pitias