-->

octubre 30, 2012

Poesía y sociedad, un camino de ida y vuelta, por Natalia Carbajosa




     El hombre libre es aquel que piensa de otro modo de lo que podría esperarse en razón de su origen, de su medio, de su estado y de su función o de las opiniones reinantes en su tiempo.

Nietzsche


I


     A lo largo de la historia, la poesía se ha puesto al servicio de diversos fines en relación con la sociedad en la que se hallara inmersa. Los altos funcionarios del Imperio Tang en China (siglos VII-X), por ejemplo, debían pasar un riguroso examen, consistente en una composición poética, para poder obtener un puesto en la Administración, lo que muestra la alta consideración en que tal disciplina se tenía entonces. Los juglares repartidos por los reinos conquistados a los árabes en la Península Ibérica entre los siglos XI-XV, como sabemos, ejercían una auténtica labor de noticieros repartiendo las nuevas (políticas o amorosas) de reyes, nobles y guerreros. En las principales cortes europeas del Renacimiento, la poesía alcanzó un grado de distinción tal que, en su versión amorosa, satírica o religiosa, contribuyó a la expansión y fijación de las emergentes lenguas vernáculas a medida que estas se iban independizando del latín como vehículo de cultura. En la lucha contra los totalitarismos, la poesía social ha aportado a los oprimidos tanta o más capacidad de resistencia y esperanza que las armas clandestinas o los apoyos internacionales, como evidencian por igual los poetas que sufrieron el fascismo o el totalitarismo comunista en y tras la Segunda Guerra Mundial. Entre las clases populares, la transmisión oral de coplas y cantares constituía hasta no hace mucho tiempo —y aún sigue siendo así en las civilizaciones menos “desarrolladas”— un acervo espiritual con más peso en la identidad de un pueblo que el que cualquier estatuto autonómico pueda conferir.

     «La poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo», escribió muy cabalmente el poeta. Ahora bien, el tiempo al que se refería Machado era tanto cronológico como metafísico. Y es que el poeta, como el hombre libre de Nietzsche, es capaz de situarse fuera de ese tiempo cronológico al que también pertenece y, por ende, de la sociedad circundante, para ahondar en asuntos que no son patrimonio de ningún momento histórico concreto ni de ningún colectivo humano en particular, y ello aunque Shelley pretendiera hacer de los poetas, en la primera mitad del siglo XIX, los «legisladores de la humanidad». Es más, hasta cierto punto, y a pesar de los ejemplos de imbricación entre poesía y sociedad citados, el poeta ha de alejarse su circunstancia y la opinión común de su época para entrar en otra realidad más íntima. Así lo manifiesta con claridad Claudio Rodríguez, uno de los grandes de la segunda mitad del siglo XX: «Hoy mismo la ciencia, la técnica (…), además de los medios de comunicación y del intento de hacer la cultura internacional, (…) buscan un hecho externo mientras que el poeta ha de ensimismarse y ofrecerse (…) en la aventura y la efusión de la verdad interior. La vida no es poesía, pero la poesía es vida aunque hable de la muerte». El ensimismamiento del poeta funda otro tiempo, el tiempo de lo que perdura, parafraseando a Hölderlin. No por casualidad, el poeta alemán de finales del XVIII y principios del XIX ya conoce el progresivo arrinconamiento de la poesía respecto de la sociedad que se produce en Europa a partir de la revolución industrial. De ahí que el clamor de Shelley por los «legisladores de la humanidad» suene, más que a réplica a la ambición de Platón de que los filósofos gobernaran el estado, a la máxima del Nuevo Testamento de «mi reino no es de este mundo» (Juan 18:36).El mundo de los poetas, en efecto, nunca ha sido tan de otro mundo como desde el siglo XIX en adelante. Una de las grandes estudiosas de la poesía en nuestro tiempo, María Zambrano, apunta certeramente en el mismo sentido que la república del poeta se ubica en un espacio sumergido, una realidad que él ha de hacer emerger, para lo cual primero deberá «irse lejos del centro donde vive», convertirse en primer lugar en «el huido, el perdido». Y otra vez la Biblia ofrece su analogía: «El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mateo 10: 39).
     Del ensimismamiento del poeta, de su separación de sus semejantes nace, paradójicamente, una comprensión del mundo que está preparada para convertirse en lenguaje y perdurar a través de él. Ya Séneca observa que «cuando las cosas han tomado la mente, las palabras aparecen solas». La palabra poética, libre de las ataduras mundanas, se ofrece limpia, trascendida, eterna, y su resonancia es válida para cualquier contexto y cualquier época, por mucho que las circunstancias externas cambien. Y así, un poeta del siglo VII a. C., Arquíloco, nos devuelve sin que los siglos transcurridos lo acusen a la palabra en el tiempo de Machado: «entiende que es un ritmo el vivir».
     La poesía ha conocido este camino de ida y vuelta respecto de la sociedad mientras la palabra ha disfrutado del estatus que le otorgaron las civilizaciones que nos han precedido: la «casa del ser», como nos recuerda el filósofo alemán Heidegger, o la «fidelísima intérprete del alma», como la llamó el insigne humanista Tomás Moro. Y así se ha mantenido —con altibajos como la sospecha a la que estuvo sometida en la Inglaterra posterior a Shakespeare con el auge del discurso científico, que rechazaba los juegos de palabras del poema por engañosos y excesivos—, hasta que el positivismo y el ideal de progreso del XIX desterró el valor de toda actividad no lucrativa, ociosa y “ensimismada”. La especialización, la división del trabajo y, por ende, de la experiencia en un primer momento, y la sustitución posterior de la cultura tal y como se entendía hasta entonces por la sociedad del entretenimiento y los medios de comunicación de masas hicieron el resto. Los gobernantes y gestores de la educación y la cultura, por su parte, no se han quedado atrás: en palabras de Steiner, «la toma del poder político por los semicultos ha traído consigo una reducción de la riqueza y de la dignidad del idioma». Hoy, mucha gente con una posición profesional aventajada, incluso socialmente envidiada, se siente perpleja ante alguien que “elige” no ya dedicarse a la poesía, sino abordar el estudio del conocimiento que le ha precedido, y lo hace además expresándose con palabras precisas, alejadas de los eslóganes publicitarios, financieros, políticos y educativos que alberga el discurso de la mayoría.
     «El poeta es quien guarda y multiplica la fuerza vital del habla», añade Steiner. Difícil tarea cuando el habla se ha adelgazado hasta la anorexia, y cuando las vidas de los propios poetas —tan uniformes en esta nuestra aldea global y tan sometidas al exceso de estímulos como las de los demás— a duras penas estarán preparadas para ensimismarse, para que las cosas tomen sus mentes y se transformen en palabras. Y más arduo parece aún, en el caso de que algún aspirante a poeta venza tales obstáculos, sólo comparables a los doce trabajos de Hércules, que consiga comunicarse con sus semejantes. Esto es, que encuentre alguno entre ellos dispuesto a prestarle atención, habiendo tanto con que distraerse, tantos juguetitos que tener permanentemente encendidos y, sobre todo, con el rastro de la poesía completamente perdido en la deriva autosuficiente de la sociedad del siglo XXI.



II





     El cambio de paradigma con que la sociología ha bautizado a la era tecnológica y ultraliberal en que vivimos es, sin duda, el más hostil de los posibles, aunque sólo sea por su indiferencia —la oposición abierta genera, al menos, una corriente de resistencia— hacia la palabra en general y la palabra poética en particular. Pero como el gris suele solapar los espacios absolutamente blancos o negros, conviene detenerse un poco y prestar más atención a este punto.

     La irrupción de la tecnología digital en nuestras vidas, que tantos quebraderos de cabeza está causando a los creadores que viven o pretenden vivir de sus obras —fundamentalmente novelistas y músicos— ha supuesto, sin embargo, una notable ventaja para los poetas.


Precisamente porque la poesía está fuera de la sociedad y, salvo algunos casos muy conspicuos de cenáculos literarios boyantes, con ediciones y premios recíprocos incluidos, ningún poeta vive ni aspira a vivir de su obra —la de poeta no es una “profesión”, sino una vocación—, la posibilidad de compartir en internet su obra y sus intereses y hacerlos visibles a quienquiera que desee asomarse, supone una oportunidad única en siglos para romper su forzoso aislamiento. En otras palabras: de la comunicación y edición por internet los poetas no tienen nada que perder, y sí mucho que ganar.
     Que la poesía goza de buena salud digital es patente por el ingente número de revistas, blogs, páginas de creación y traducción, tertulias, talleres, etc, que se propagan por la Red. En nuestro país, esto constituye una buena noticia por cuanto rompe con el aislamiento autonómico al que iban quedando relegados los poetas publicados por sus respectivos ayuntamientos o diputaciones —y así, se venía hablando de poetas extremeños, andaluces o gallegos, sin que unos tuvieran apenas noticia de los otros—, y porque está sirviendo para tender puentes con los poetas de América. Además, al no depender de subvenciones institucionales, las revistas de mayor calidad gozan de una libertad y un prestigio ganados por el abultado número y entusiasmo de sus lectores en los cinco continentes, no menos que por la diversidad y solvencia de sus —en su mayoría desinteresados— colaboradores.
     Como contrapartida —aunque esto también sucede hasta cierto punto en las publicaciones de poesía en papel—, la facilidad e inmediatez que proporciona el medio hace que, junto a buenas publicaciones, abunde lo regular y lo abiertamente malo. En efecto, si se hace un recorrido exhaustivo y desprejuiciado por la red, es imposible no preguntarse si la tentación de poner la poesía de uno mismo al alcance del mundo entero actúa en detrimento de una labor más pausada de elaboración, corrección y —lo más importante de todo— formación a través de la lectura. Y he aquí que nos encontramos con un hecho insólito en la historia de la poesía, a saber, la existencia de “poetas” que no han sido lectores antes, ni tienen intención de serlo. Digamos que la preeminencia de lo audiovisual, junto con el fácil culto a la inmediatez frente al ejercicio del esfuerzo y la paciencia, unidos a unos planes de estudios abiertamente beligerantes, en las últimas décadas, con las disciplinas humanísticas; todo ello ha logrado, si no acabar con el interés por la poesía, sí crear una especie nueva de aspirantes, una suerte de “poetas ágrafos” que ya no se conforman, como quien más y quien menos hacía en la era pre-digital, con usar la poesía como desahogo emocional para después guardar sus creaciones en la secreta intimidad de cualquier cajón.


Keats y María Zambrano pensando la poesía


     Por otro lado, entre los poetas con algo más de oficio, salvo honrosísimas excepciones, se observa una cierta uniformidad que tiene que ver con un modelo de existencia complaciente, anodino y, en ocasiones, patéticamente unido al subjetivismo que fue deslumbrante novedad en el Romanticismo y repetición desde entonces —la tan traída y llevada “poesía de la experiencia”—, modelo del que todavía no hemos logrado desprendernos del todo, quizá por falta de ideas mejores. Con esto no quiero decir que el poeta tenga que convertirse en un ser constantemente doliente y maldito, que no pueda optar a una plaza de funcionario o llevar una vida más o menos ordenada. Si nos fiamos de Keats, el poeta es el ser más despersonalizado de todos, y la fuerza y sublimidad de su expresión no reside en un manojo de datos biográficos más o menos halagüeños sobre su exiguo paso por la vida, sino en el poder de su imaginación. Ahora bien, la vida interior —una vez más volvemos al ensimismamiento— ha de estar en consonancia con el lenguaje, ya que la poesía no es otra cosa que poner la Vida verdaderamente vivida en las palabras. Si, por un lado, manejamos un lenguaje cada vez más empobrecido, manipulado y hueco y, por otro, las circunstancias externas nos conducen a la pereza intelectual y moral, al verso que surge de mi “yo” más inmediato y superficial es lógico que, no obstante las facilidades de transmisión, le sea más difícil que nunca moldear una materia prima digna de ser comunicada. Y he aquí que una cierta confusión de orden semiológico entre mensaje y medio —el medio NO es el mensaje— puede poner a más de uno ante un dilema de índole epistemológica.


     El profesor Jordi Llovet, entre otros pensadores, ha señalado el peligro que entraña el uso extendido de las nuevas tecnologías en la adquisición del saber, que no de la información. La relación que el usuario establece con el ordenador, sobre todo entre las generaciones jóvenes —los llamados “nativos digitales”— está presidida por un componente de dispersión lúdica, de rapidez y de pasividad, con independencia de si lo que la pantalla le muestra es o no de gran enjundia. Tal factor es contrario no ya a la escritura, sino incluso a la lectura de poesía, que requiere concentración, una actitud plenamente activa y crítica y un esfuerzo a menudo superior al de la lectura de cualquier otro texto: no porque los poemas que se aborden sean necesariamente oscuros y herméticos, sino porque la poesía, la buena poesía —de ahí que cuente con tan escasos lectores auténticos—, descansa tanto en la palabra en sí como en las connotaciones que surgen de un uso de la lengua que antes elige sugerir que decir; en el ritmo; en la relación de un texto concreto con lo que le ha precedido, etc. Incluso la disposición tipográfica en el papel, que en la pantalla se pierde casi por completo, es pertinente a la elocuencia misma del poema o, mejor dicho, a su falta de elocuencia —el poema habla sobre todo a través de lo que le falta—. Así lo expresa con sencillez la poeta rumana contemporánea, icono de la resistencia a la dictadura de Ceaucescu en su país, Ana Blandiana:




     Tendría yo cinco o seis años cuando vi por vez primera un poema en una página. Estaba aprendiendo a leer y me habían regalado un libro de poesía para niños. Antes de empezar a leer, sílaba por sílaba, los versos, recuerdo que lo que me impresionó fue el exiguo número de palabras que contenían. Comparado con los tomos que tenía mi padre, con las páginas llenas de letras apretujadas, mi libro parecía poca cosa, con sólo unas cuantas líneas por página, entre las cuales las ilustraciones a colores o el simple y blanco silencio del papel estaban a sus anchas. Cuando le pregunté a mi padre por qué mi libro tenía tan pocas palabras, fue tajante: Así es la poesía.



Sophia de Mello


La poesía es, por tanto, cómplice del silencio y enemiga del atiborramiento que se brinda desde los medios de comunicación de nuestras tecnológicas sociedades. Se diría que exige vidas sencillas, mentes claras, aparatos apagados y una constante actitud de escucha. El testimonio infantil de otra poeta espléndida, la portuguesa Sophia de Mello, así lo atestigua:


     Encontré la poesía antes de saber que había literatura. Pensaba que los poemas no estaban escritos por nadie, que existían en sí mismos, por sí mismos, que eran como un elemento de la naturaleza, que estaban suspendidos, inmanentes. Y que bastaba con quedarse muy quieta, callada y atenta para oírlos.

    La sensación que la niña, futura poeta, tenía de que los poemas no estaban escritos por nadie, me recuerda una anécdota atribuida al otro Machado cuando, paseando por Sevilla, oyó cantar unos versos suyos en un patio. Se asomó, preguntó de quién era esa copla y recibió por respuesta: «¡Esta copla es del pueblo!». Para un poeta no cabe mayor satisfacción que la de que su nombre se haya olvidado y sus versos sean ya del pueblo, del aire respirado.
    Ahora bien, para que la poesía sea de todos, es preciso que circule no sólo en la Red —cosa que (insisto) a pesar de los aspectos más controvertidos, ha supuesto un enorme avance—, sino también en el formato más tradicional de la transmisión oral. Y aquí chocamos con la pseudo-pedagogía que ha eliminado de la docencia el aprendizaje memorístico, tan necesario para la vida del poema; pues la memoria de lo que aprendemos de niños hace que caigamos en el significado mucho más tarde; esto es, al contrario que como reza la máxima de Séneca, llegamos a las palabras por las cosas nombradas, y estas se quedan con nosotros para siempre. El “Spoken Word” —denominación anglosajona del antiguo Mester de Juglaría y felizmente practicado hoy en bares y cafés de muchas ciudades del mundo— en algo contribuye a devolver a la poesía su insustituible oralidad, pero poco puede hacer por reubicarla en el contexto infantil de las canciones de corro y los romances que acompañaban hasta no hace tanto a los juegos en la calle, hasta que ésta dejó de pertenecer a los niños.
     Por si esto no fuera suficiente, y no vaya a ser que a algún niño se le ocurra mostrar una temprana e intempestiva fascinación por la poesía, los libros de lengua de las principales editoriales escolares actuales —dentro de sus respectivos grupos mediáticos— que operan en educación primaria, han suprimido a los autores clásicos de sus páginas; de manera que, para ilustrar lo que es un poema, en lugar de mostrar un ejemplo de Juan Ramón, Lorca, Rubén Darío o cualquier otro autor cercano al mundo infantil, cuentan con “escritores a sueldo” que redactan poemas ad hoc, sin lirismo alguno, pero que —eso sí— incluyen un número conveniente de palabras con el grupo silábico que se esté tratando en la lección —ellos la llaman “unidad didáctica”—. Tamaño disparate debería denunciarse ante los tribunales, por cuanto se les está hurtando a los niños el derecho de conocer su propia tradición literaria, condenándolos de por vida —a no ser que sus padres se ocupen del asunto— a la ignorancia.


Los lectores del futuro, por tanto, y no exclusivamente los de poesía, constituyen ahora mismo una sombría incógnita.
     De todo lo expuesto hasta ahora se puede concluir que nos encontramos ante un camino incierto, de indicios más bien descorazonadores, pero —quién sabe— susceptible de transformarse en algo más valioso con el auxilio de las nuevas tecnologías y el coraje de quienes se encarguen de recorrerlo con valentía y rigor. Algo que ahora mismo nos resulta imposible de atisbar, que aún no es. Por el momento, no obstante, quedémonos al calor de los versos de la poeta Olvido García Valdés, más que adecuados para una definición presente de poesía, con su silencio y su murmullo interior: «…era azar y noche / aquella claridad, un cantar que venía / sin música, porque era dentro / la música».

De: www.elcoloquiodelosperros.net
Imagen: nocualquiercosa.editorialamarante.es

octubre 27, 2012

Jüri Talvet

Juri Talvet


Tienes derecho a poner en duda aquello en lo que no creas




Una nube blanca se desliza fiel sobre las cimas de los abetos,
junto a las vías del tren.
La identidad está fijada con

clavos al discurso, afirma
alguien con vehemencia.
Hemos llegado a Lappenranta,

anuncia una autorizada voz femenina
que conduce el hilo del

pensamiento.
Mi pequeña hija. El conductor

del tren. Un fondo azul claro genera
inevitablemente confianza,
sin depender de si el

ordenador como sustituto temporal del brujo
en las islas Salomón acumula

las angustias del mundo y las reparte
cinco mil veces más rápido que

antes, o si en África la filosofía
en el sentido que le damos en

Europa puede existir del todo,
y si los filósofos negros, si

realmente son negros y si realmente
existen,
tratan el fenómeno de esa nube

blanca ontológicamente o
por el contrario

epistemológicamente,
pese a tu cerebro exacerbado,

pero confortablemente colocado
sobre una almohada blanca,

para pasar la noche.



JURI TALVET (1945, Pärnu, Estonia)
De: www.artepoetica.net
Imagen: impedimentatransit.blogpost.com

octubre 23, 2012

Tom Waits

Poeta Tom Waits con sombrero y campera de jean


Más que lluvia 




Es más que lluvia lo que cae sobre nuestro desfile esta noche 
Es más que truenos, es más que truenos 
es más que un mal sueño, ahora que estoy sobrio 
tristes tiempos, sólo tristes tiempos 
nuestros bolsillos no están forrados de oro 
nadie ha cogido el ramo 
no hay billetes que podamos doblar 
la suerte no nos acompaña 
y es más que un lío en lo que estoy metido 
es más que aciagos cielos grises 

Es más que un mal sueño, ahora que estoy sobrio 
se ha acabado el baile, se ha acabado el baile 
y es más que un lío en lo que estoy metido 
tristes tiempos, sólo tristes tiempos 
nuestros bolsillos no están forrados de oro 
nadie ha cogido el ramo 
no hay billetes que podamos doblar 
la suerte no nos acompaña 
y es más que adiós lo que tengo que decirte 
es más que aciagos cielos grises 
y es más que adiós lo que tengo que decirte 
es más que aciagos cielos grises 



TOM WAITS (Thomas Alan Waits, 1949, Pomona, California, Estados Unidos de Norteamérica)

octubre 19, 2012

Vivian Lofiego


La manzana en la oscuridad

                                                                          
                                ( a partir de Clarice Lispector)


Apareció de improviso
sorpresa que nos llevó a la risa,
unión en el sencillo ejercicio
cotidiano, habitar la indulgencia

Los cortes de la manzana resbalando de los dedos

El libro palpitaba con sus tapas verdes,
luminiscentes, desde el día
en que fue dado por perdido
( debajo de la cama como un gato
asustado o un niño a escondidas se demoraba)
Su transparencia  hacía
aumentar nuestra ceguera,
un observador implacable
inmóvil

Espectador de las  horas
-Martin- el personaje de Lispector-
deambuló en el desierto lavando las culpas
de su crimen

La casa que habitàbamos no poseía el presente
le estaba negado
el pasado tomaba el mando : un barco zigzagueando
llevado por piratas enarbolando su bandera de la muerte
Lo había dado por perdido después del caos de noviembre
-esos meses impíos que reclaman lumbre, meses de vino
caliente mirando caer la nieve, la esperanza de ser redimidos-

Encontrando la vida en lo ínfimo
de la materia,  en un rezo murmurado
se  ahonda bajo la piel la plegaria

Me doblegaba frente a esa ola helada,
-vientos austeros  a través de galerías remotas,
presiente y canta la desunión su canto

Las puntas de estrellas lacerantes parten
en dos al fruto, y un tarascón deja la huella de los dientes,
blancos encajes apurados de olvido

-de prisa, de prisa, siempre demasiado veloz el recorrido

La estación de tren desoladora
los àrboles esmirriados luchando por guardar
esa última hojita, verde  por milagro

El libro, me acompañaba
como àngel de la guardia, caracol vacío de sí
deseo trashumante
                                                   
                                                                 Una postal de París olvidada, dice :

Hay tantas catedrales y puentes célebres
en la Tour Saint Jacques Nerval se detiene con un poema en el bolsillo
Apollinaire en el Pont Mirabeau
Rilke en el Hôtel Dieu deposita el cuerpo de Laurids Brigge
Rimbaud escribe cartas tristes a su madre
cartas como un barco de papel detenido
Vallejo presiente el dia de su muerte

Perdido, en alguna precipitación en un tren hacia París,
imaginaba  con recelo  una deriva de manos poseer el libro,
la misma deriva
en nuestro umbral manchado de nevisca

En una librería de Barcelona surgió
brillando, irresistible : «  La manzana en la oscuridad »

Nos engullía en  silencio
la paroxística  criatura que rugía
quebrándonos,
sobre la piel,  lienzo en el cual
deposita  sus obras negras
la materia viva

Cometas precipitándose vertiginosos
hacia la tierra, así volvíamos
a viejos terrores de la infancia,
gemas perfectas, engarzàndose  en mi flanco

Rimbaud de Charleville, te sangra la mano

Las piedras, vivas, grababan la imposibilidad de ser
Tal vez el dolor es la inmovilidad
y la errancia en la inmovilidad-

La manzana no hacía más que brillar
en la oscuridad del cuarto, sin que le diéramos piedra libre
salió a la luz triunfante,

El libro volvió a mis manos,
lista para recibirlo,
pronta a partir

Dejando  diminutas huellas en la nieve,
pisadas leves  linderas al bosque,
tanta levedad resonando en el cielo de los astros,
sin despedidas
el desierto de Lispector en una cartera de charol
un trozo de manzana amarillenta en el bolsillo


Inédito


Vivian Lofiego, de espaldas a la pared
VIVIAN LOFIEGO
 nació en Buenos Aires. Hizo un Master en la Universidad de Buenos Aires en Ciencias Sociales estudió artes escénicas. Se radicó en París. Trabajó en el Teatro del Odeón con Lluís Pascual. Hizo un Master en Literatura Hispana en la Sorbonne. Es autora de libros de poesía, libros de artista, teatro, cuento, fue finalista del premio Julio Cortázar, es autora e ilustradora  de libros para chicos y traductora de algunas de las grandes voces de la poesía francesa. Coordina el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo. Fue miembro en el 2011 de: La Fabrique de Traducteurs, en el CITL (Collège International  de Traducteurs Littéraires) 
Colabora en el suplemento Ñ.
Imagen en Facebook

octubre 18, 2012

Juan Maineri






Flores



te acordás
guardás las fotos
el patio la morera
las hojas en el agua
comparabas cámaras
como en compraventa
cambiabas la lente
hacías pruebas
estrenabas objetos
tomabas prisioneras
imágenes
las aquietabas
dejabas pistas
testimonio
en los pliegues
los cuerpos
en silencio

la tarde
brisada de inquietud
como el vuelo
del colibrí
los hilos que traza
en lo que miramos
sin reposo
busca el polen
en las flores
acerca el pico
lo aleja
parece temblar
¿tiembla?
temeroso
pero va
no se detiene

salía del agua    
buscaba calor
en los ladrillos
te miraba
ir y venir
de flor en flor
devanar el hilo
tejer fina seda
limpiar la lente
con el algodón
tibio que cubre
la piel        
tocar apenas
la flor
ansiar el polen
encantar imágenes
el agua
las gotas
de la tarde

entrabas
en lugares
desconocidos
con los pies
desnudos

los granos
de un deseo
desvanecido
caían como cuentas
de collar
formaban rizomas
entre los geranios
el romero
la yerba buena
en el suelo
que pisamos
de un lugar
a otro

te alejabas
¿vendrías?
¿estarías esa noche
como otras
con la máscara
del hábito
la ternura
el murmullo
de caricias
entre telas azules?

esperaba
en la calle
que descansaran
tus alas
inquietas

buscabas
lo perdido
en la mesa
tendida
la cocina
el baño
los grifos
las flores


JUAN MAINERI (1959, Córdoba, Provincia de Córdoba, Argentina)
De: http://jedna-pb.blogspot.com.ar/

octubre 15, 2012

William Butler Yeats














La isla del lago de Innisfree







Me levantaré e iré ahora, iré a Innisfree

Construiré una cabaña pequeña, de barro y cañas

Tendré allí nueve surcos de habas, y un panal para las abejas,    

Viviré solo bajo el claro de los altos zumbidos



Y allí tendré paz, porque la paz viene cayendo lento,

Cayendo por los velos de la mañana hasta donde los grillos cantan

Allí la medianoche es todo un destello, la luna un resplandor púrpura,

Y la tarde se llena de alas de pardillos.



Me levantaré e iré ahora, para siempre, noche y día

escucho al agua del lago besar suavemente la costa

mientras me detengo en el camino, o en el asfalto gris,

en lo profundo del corazón, la escucho.





William Butler Yeats (1865, Dublin, Irlanda / 1939, Roquebrune-Cap-Martin, Francia)

Versión: Marina Kohon





The lake isle of Innisfree







I will arise and go now, and go to Innisfree,

And a small cabin build there, of clay and wattles made:

Nine bean-rows will I have there, a hive for the honey-bee,

And live alone in the bee-loud glade.



And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow,

Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;

There midnight’s all a glimmer, and noon a purple glow,

And evening full of the linnet’s wings.



I will arise and go now, for always night and day

I hear lake water lapping with low sounds by the shore;

While I stand on the roadway, or on the pavements grey,

I hear it in the deep heart’s core.


octubre 14, 2012

Mario Luzi




Mujer en Pisa









No siempre estabas sola conmigo. A menudo veías

largas fiestas marchitándose en los canales,

fluyendo bajo los puentes, perseguidas por el tiempo

entre racimos, en lánguidos prados y la luz

de la tarde horadando las aguas

y los aros del río.



Y a veces no supimos quién de los dos era el ausente:

con frecuencia mirabas los límpidos torneos

librándose en las vías bajo soles invernales,

entre verandas, flores brumosas y el hielo

de las murallas arrollando los trofeos

en luces infernales.



Mujer de otra manera —lo más semejante a la vida—

cálida en imperceptibles pasiones,

velada por un vapor de lágrimas ideales,

en el viento, en los últimos puentes surgías

por los portales al fuego de las estrellas,

detrás de amarillentos vidrios.








A lo largo del río










Quien sale ve inesperados signos, 

manchas de nieve en los montes. El frío


de la Pascua,

es cruel con las flores,

empeora a débiles y enfermos

y más de uno, perdida la esperanza,

tirita bajo cuellos y bufandas.



No será culpa mía si te encuentro.

Sigo el curso de este rápido río

insinuado entre barracas y túmulos.

Sitios donde el vagabundo, flautista

o lanzador de cuchillos, atiza

el fuego, acerca a las manos

dormita; el viejo desata al perro

junto a la orilla y ve la corriente;

un hombre, de pie sobre la gabarra, hurga

el fondo con la pértiga durante

horas y horas, hasta que en las barracas

colocan los quinqués sobre la mesa.



Es el paisaje humano

que por falta de amor

parece desunido y extraño.

Cuántos rodeos los tuyos, solitaria.

Es más claro que nunca, el sufrimiento

penetra en el ajeno sufrimiento

o acaso es vano

—no como río helado, como fuego

comunicante, sólo quisiera...

Amor difícil de ofrecer,

difícil de recibir. Se conturba

al atreverse, siente el frío de la sierpe

mas torna insatisfecho al no atreverse,

apremia en todas las edades de la vida.

El río corre, desata sus rápidos,

arde la espera, la familia se reúne

para la cena, se comparte el alimento.

Truena. Medio llovizna. Crece la hierba.







Mario LuziMARIO LUZI (1914, Sesto Fiorentino / 2005, Florencia, Italia)

Enlace: Material de lectura UNAM



octubre 12, 2012

Roberto Malatesta

Un simple espectáculo


Mi hija y yo observamos cómo entrenan perros.
No es por interés en el asunto,
es cierto que nos gustan mucho los animales,
hoy estamos aquí sin más cuestiones.
Apacible espectáculo:
hombres y bestias,
viento y un cielo gris,
luz a lo lejos, en los bordes,
donde quiebran las nubes.
Estamos bien aquí,
la tarde nos parece inmejorable,
echados en el pasto sin nada que hacer,
nada podría resultar mejor, tanto que
yo no sé qué es esto, cómo denominarlo,
si felicidad, busco el cómo y el porqué
sin nombre alguno todo me desborda,
sin nombre alguno, no está mal, mejor así.
Todo es inmensidad:
el pasto, el viento, la luz,
Todo importa, empero, nada es importante:
sólo grande y sin peso.
Estamos bien aquí.



La confianza de los pájaros




Una cardenilla y un cachilo
casi a mis pies.

Yo no me muevo,

todo movimiento
sería
una desconsideración.
Empero esta obligada quietud
es mi mayor libertad,
hace que me reconozca contenido
en un espacio sin lindes.
Siento que al saberlo
la brisa de la mañana
también lo sabe.
No es extraño
que esta sabiduría
hija del espíritu
sea la madre
de la confianza de los pájaros.



Roberto D. Malatesta (1961, Santa Fe, Provincia de Santa Fe, Argentina)
De: "Cuaderno del no hacer nada", Editorial Sigamos enamoradas, 2009 



octubre 10, 2012

Dolors Alberola


Biblioteca







Mirabas los estantes.

Te preguntabas siempre cuántos sueños

habrían sucedido dentro de los volúmenes

que, ajados, eran polvo. Cuántas manos creyendo

en la perduración terrible del amor, en la durable

extensión de las cosas,

en el enigma seco de la piedra.




No sabías a qué aquellas bibliotecas transitorias,

pero no de palabras, no de lomos,

no de aquellas cubiertas

ni de las rosas grana que dormían adentro

de los más anticuados, de aquellos preferidos

que creías eternos, de los que iban firmados

por Homero, Kavafis, por Platón, Aristóteles

y tantos, tantos nombres.

Pero no de esos otros diminutos

que también iban llenos de poemas, de vida.




Del cementerio aquel de los extraños dioses

preguntabas, de sus blancos estantes, de las simas,

de los mármoles blancos al pie de las iglesias,

de las cavernas, mares, las cenizas,

ya por siempre sin nombre.

De todos estos libros de los que uno también

viene formando parte.




Allí, te preguntabas.

No podías contar esos malditos

ejemplares durmientes, sin lomo, sin espaldas,

sin manos, ya sin ojos,

sin la escritura lenta de la voz,

sin el gramaje cierto del deseo,

sin su caligrafía. Nada,

sólo el polvo que,


ileso, venía a perpetuarse

y no era ese polvo del hombre en sus escorias,

no era el polvo inaudito del hombre en su miseria,

no era el polvo volátil de una urna que se abre

en un, perdido ya, columbario. No era

esa ceniza amarga de Cartago,

ni ese viento encarnado de un volcán,

de cualquier fechoría

que sucede en las tintas naturales,

en cimas naturales, en historias normales

donde se apilan libros, sólo para leerlos

los inmortales dioses que duermen en columnas.




Te preguntabas, sabes, amor, te preguntabas

y solamente había estantes en tu vida,

solamente los nichos cercanos a tu sombra,

solamente los nombres que iban apareándose,

multiplicando nombres, dando así

nuevo pasto a la historia, solamente las sílabas,

los terribles sonidos de las hojas,

llegado el colofón,


aquellas citas

donde yo te decía: espero que tu amor;

donde tú me dijeras: será así;

donde otros pudieran desdecirse.

Todas aquellas citas que se iban borrando

y sólo había nada, los estantes vacíos,

el polvo a toda vela, la penuria del hombre,

los dioses alargando por fin esos tentáculos

y tomando de aquí, de allá, de todas partes,

las mujeres amadas, los niños inconexos,

las virtudes más altas de quien fuera

que soñara un instante.




Ante tu mano, ahora, el tomo en que Virgilio

bajara a los infiernos,

los ojos de Beatriz aferrándose a Dante,

esos eternos círculos en donde

nuestras manos tenían ya un futuro.

Para qué tantas páginas,

para qué tantas cifras,

para qué tantos vientres

encuadernando vientres,

para qué tantos ríos,

aportando más ríos y secándose,

para qué tanto


mapa, tantas casas alzándose

en tomos de arquitectos como Le Corbusier,

Bramante, Barragán,

para qué tanto luto,

una luna de luto iluminando todo,

un resplandor de luto forjándonos la noche,

un misterio de luto tapándonos los ojos,

un lupanar de luto encendiéndolo todo.




Para qué aprendimos a leer desde siempre

esas nomenclaturas infinitas

que luego son finitas,

los mapas de los cielos,

el desfile desnudo de Orión,

la vía láctea,

la lista interminable de los godos,

todas aquellas sumas restándonos los años,

las restas, cada una, señalando la carne.

Para qué en los estantes tantos muertos.




Para qué en la memoria tantos dioses, amor,

mientras la mano sola se desliza

hacia la sombra abierta

de un mármol de Carrara.








El lienzo






Dicen que Salvador Dalí

se ha movido en el lienzo. Ha dado un paso

desde ese lateral que ocupaba en la arena

donde, bajo la sombra del mar, se duerme el perro.

El mar le devoró el color,

dejándole los ojos manchados de paisajes

que, incoloros, contempla desde un lugar absurdo.

¿Es un niño el que mira, una niña que nunca

pudo llevar vestido

y rueda con la rueda, o ese aro

que se pudre en la imagen? Pero, vivo,

ha dado un paso aún en la memoria.

Dicen que es Cadaqués

y sus tardes de viento y borrachera,

que es un tiempo futuro de marinas

el que tira del niño, conminándolo

-delgado como el aire- a caminar huyendo

de la sombra del mar, donde, si levantamos

la piel de tanta muerte, descansaría el perro.

El niño retrocede. Ya lo han visto turistas,

pintores que, avisados, se acercan a la sala

por ver esa impresión

que deja la figura al arrastrar

los diminutos pies contra la arena.

Pasan los coloridos turistas y contemplan.

Se oye una voz:

-Circulen.

Son miles los que vienen a ver a Salvador

renaciendo en el cuadro. Hace tres días

que dio el primer paso.

No se paren. Circulen, no hay volumen

para toda la cola que sigue hasta la calle.

Lo curioso del lienzo, señores,

miren donde señalo,

es la cola delgada de cometa

que deja al palpitar esa figura.

Estamos estudiando este fenómeno

similar a la sangre

que brota de los ojos de las vírgenes

o a las caras de Bélmez. No se agolpen...

Dicen que existen huellas en la tela,

que la playa presenta unos descensos,

que el lienzo ha variado y es posible

 que todo comenzara cuando, al niño,

se le cayera, ingrave,

el último juguete o, en los ojos,

se agolpara la sombra y no encontrara

otro camino abierto de regreso.








DOLORS ALBEROLA nació en Sueca (Valencia), el 14 de enero de 1952. Cursa estudios de Medicina, que abandona para obtener el título de Procurador de los Tribunales, siendo la primera mujer de aquella Comunidad que ejerció dicha profesión. Desde finales de los setenta reside en Andalucía, donde ha trabajado como periodista. Vive actualmente en Jerez de la Frontera, dedicada de lleno a la literatura.



Entre los numerosos premios con que ha sido reconocida su obra destacan los siguientes: Carmen Conde (1998), Premio Internacional Ciudad de Miranda (2000), Premio Bahía de Algeciras (2002), Premio Villa de Peligros (2002), Premio de Poesía Vila de Martorell (2003), Premio Cálamo de Poesía Erótica (2003), Premio Victoria Kent (2005), Premio José Luis Núñez (2005), Premio de Poesía Ernestina de Champourcin (2005), Premio Ciudad de San Fernando (2005), Premio María Luisa Sierra (2005), Premio Ciudad de Torrejón (2007), Premio de Poesía Pastora Marcela (2007), Premio Internacional de Poesía Alonso de Ercilla (2008) y Premio de Poesía César Simón (2012). En dos ocasiones (2000 y 2007) ha sido finalista del Premio Andaluz de la Crítica y en una del Premio de la Crítica Valenciana (2000).



Ha publicado los siguientes libros de poesía: Trizas (Sueca, 1982); La quejumbrosa vida de John Stemberg (Puerto de Santa María, El Ermitaño, 1997); Cementerio de Nadas (Madrid, Torremozas, 1998), premio Carmen Conde; El medidor de cosas (Ayuntamiento de Miranda de Ebro, 1999, 1ª ed. y 2000, 2ª ed.), premio internacional Ciudad de Miranda y finalista del Premio Andaluz de la Crítica; Historias de snack bar (Jerez de la Frontera, EJE, 2000), finalista del Premio de la Crítica Valenciana; Ire(né) Lanuit (Valladolid, Editorial El gato gris, 2000); Conversaciones con Uriel, el pacificador de cosas (Cádiz, Excma. Diputación Provincial, 2001); Una nena que porta al cap un ganivet (Córdoba, Aristas de Cobre, 2001); El vagabundo de la calle Algarve (Algeciras, Fundación José Luis Cano), premio Bahía 2002;  Apocalipsis Sur (Granada, Excma. Diputación Provincial, 2003), premio Villa de Peligros 2002; El último tren (Chiclana, Fundación Vipren, 2003). Cementerio de arena (Cuadernos de Orpheu, Brasil, 2003), El monte trémulo (premio Vila de Martorell, 2003), Decomo (premio Cálamo de poesía erótica, 2003), en colaboración con Domingo F. Faílde, Esa mujer de Lot (Els Plecs d’Alfons el Magnànim, 2004); Juego de Damas (Sevilla, Instituto Andaluz de la Mujer, 2004); Ciudad contra la lluvia (premio Victoria Kent, 2005); Acaso más allá (premio José Luis Núñez, Sevilla, 2006); El don del unicornio (premio Ernestina de Champourcín, Álava, 2006): El libro negro (Madrid, Huerga & Fierro, 2006), premio Ciudad de San Fernando; Ángel oblicuo (premio María Luísa Sierra, Bornos, 2006),  Arte de perros (Jerez, EH, 2006),  El ojo y el tiempo (Madrid, Vitruvio, 2007), De donde son las voces (2008), Del lugar de las piedras (2009), Sobre la oscuridad (2011), Todos los trenes mueren en línea recta (2012) y La escopeta de Lily Mae (2012). Una amplia selección de su obra figura en De piedra y sombra. Antología poética (1982-2006). Barcelona, Atenas, 2006.



Traducida al gallego, catalán, portugués, francés, italiano, árabe, serbio y ruso, su obra ha sido recogida en diversas antologías: La palabra debida (Sevilla, Instituto Andaluz de la Mujer, 2000); Mujeres de carne y verso, antología poética femenina en lengua española del siglo XX, sel. de Manuel Francisco Reina (Madrid, Esfera Literaria, 2001); Poetisas españolas, antología general, de Luzmaría Jiménez Faro, tomo IV: de 1976 a 2001 (Madrid, Torremozas, 2002); Ilimitada voz, Antología de Poetas Españolas (1940-2002), sel. y estudio de José Mª. Balcells (Cádiz, UCA, 2003); Reinas de Tairfa. Poesía Femenina Gaditana (1982-2002), sel. y estudio de Manuel Moya (Fundación Caja Rural del Sur, Huelva, 2004) y El placer de la escritura o nuevo retablo de maese Pedro (Cádiz, UCA, 2005) ); El poder del cuerpo. Antología de poesía femenina contemporánea, de Meri Torras (Madrid, Castalia, 2009) y Trato preferente. Voces esenciales de la poesía actual en español, de Balbina Prior (Madrid, SIAL, 2010). Ha colaborado en la prensa literaria, revistas especializadas y numerosas publicaciones colectivas.


octubre 08, 2012

Alberto Pellegatta



Arrugas



Se insinúa la sospecha de que su solución
sea nuestra ruina. Así se deshace el fuego.
Un remolino absorberá cualquier cosa,
hasta los besos de la boca. El laberinto
se hundirá en sus mismas paredes. Así los peces
serán heridas del agua, y será
el ruido de las hojas entre las hojas
como el olor del café en el aire, del tibio
holgazaneo en la cama, ya
desenfocado. Mientras
se consumen los dientes. Eh, sí
nos arrepentiremos de cada mueca de la boca,
hasta de las sonrisas que desarman. Dice
así alejándose: a veces me ayuda pensar
en décimas de octavas, o mirar en la pared
las manchas de humedad que el enlucido
muda en figuras enigmáticas.


Alberto Pellegatta
Alberto Pellegatta (1978, Milan, Italia)
De: Letralia
Enlaces: http://albertopellegatta.blogspot.com.ar/
Imagen:cetonaverde.org






octubre 06, 2012

Antonio Cisneros (1942 / 2012)



                                       http://www.letras.s5.com/cisneros140903.htm

Ferreira Gullar: Rumbo al caos

Ferreira Gullar
Plátanos podridos



Como un reloj de oro lo podrido
oculto en las frutas
sobre la barra (todavía miel
adentro de la cáscara
en carne que se hace agua) era
todavía oro
el turbio azúcar
venido desde el suelo
                             y ahora
ahí: plátanos negros
                como bolsas blandas
                donde llega una abeja
                y gira
                y gira manecilla en universo dorado
                (parte nimia de la tarde)
en abril
        mientras vivimos

Y detrás de la urbe
(de la gente en la sala
o remendando)
a espaldas de la gente
frente a ella
a su derecha o
(tras de las palmas de los cocoteros
alegres
y del viento)
como un cinturón azul
y ardiente
el mar
golpeando su tambor

que
desde el estanco
no se escucha

¿Qué tiene el mar que ver
con estos plátanos
                     ya manchados de muerte
que a nuestro
lado viajan
rumbo al caos
                y se van fermentando
y ardiendo en agua y ácidos
camino de la noche
en su vertiginosa lentitud?

¿Qué tiene el mar que ver
con este estruendo
de aguas sucias
que hierven en los plátanos
con estas voces que hablan de vecinos,
de culos, de cachaça?
¿Qué tiene el mar que ver con este ruido?

¿Qué tiene el mar que ver con este patio?

Aquí, de azul,
apenas hay un trozo
de frasco de leche de magnesia
(hueso de ángel)
que se perderá en la tierra blanda
con la acción giratoria de la noche
y del perfume en las hojas
de la menta
              Ningún alarde
ninguna alarma
aun cuando el verano va gritando
sobre nuestros tejados

Poco tiene el mar que ver
con este baño de cemento
y zinc
        donde el silencio es agua:
        una esmeralda
        engarzada en el tanque
        (y que
                suelta
        se va por los desagües
        que hay bajo la ciudad)
En todo aquí hay más pasado que futuro
hay más muerte que fiesta:
                              en este
baño
de agua salobre y sombra
        mucho más que de mar
                               hay de floresta

Mucho más que de mar
en este baño
hay de podridos plátanos de estanco

y no tanto por el agua
en que se liman (donde
un fuego al revés
huye en azúcar)
más por la tersura de esta vida
de fruta
inserta en la vida de familia:
la tersura de un baño a media tarde

La tersura de una casa en el Nordeste
con sus cuartos y sala
con su baño
que esta tarde atraviesa para siempre

La tersura de una luz que hiere la vida
en el cuerpo de la gente
al fondo
donde plátanos podridos mar azul
hambre tanque floresta
son un mismo estampido
un mismo grito

Y la gente platica
en la cocina
o en la sala cuenta cosas
y en el habla en que habla
(ese ruido)
tanto estruendo hace el mar cual la floresta
tanto
fulgura en miel la tarde
- podrido fuego –
                como fulge
la esmeralda de agua
                que se fue

¿Sólo tiene el mar que ver con sus estruendos
con sus martillos blancos
su diurno
relámpago
que nos ciñe la cintura?

El mar
        sólo tiene el mar que ver con este baño
con este patio verde y este estanco
        sólo tiene que ver
        el mar
con esta nocturna
tierra del patio
donde gravitan perfumes y futuros
        el mar el mar
con su pistón azul y con su fiesta
        tiene que ver que ver                 
con estos plátanos
        donde la tarde se pudre como una
carnaza vegetal que atrae abejas
panteoneras
        tiene que ver con esta gente estos hombres
que lo traen en el cuerpo y hasta el nombre
        tiene que ver con estos cuartos tan oscuros
con estos muebles quemados de pobreza
con estas paredes viejas y esta poca
vida que en la boca
es risa y en el vientre
es hambre

Al fondo del estanco
en la penumbra
                hierve la llaga de la tarde
con sus moscas;
en torno de esa llaga está la casa
y están sus clientes
el barrio
la avenida
las calles y más patios más estancos
y otras casas con sus cristaleras
otras plazas laderas miradores
de donde se ve el mar
nuestro horizonte 


Enlaces: Ferreira Gullar
De: Periódico de poesía