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mayo 29, 2020

Sandra Cornejo


Dos mujeres 



En un poema conocí una mujer.
Escribía acerca de un camino perdido 
en la colina.
Dos personas reencontradas.
Leves, subterráneas. Anochecidas ambas.
No era un poema feliz. Sí pleno. 
Escrito en italiano, la lengua del amor. 
¿O de la religión? Bien no recuerdo.
Dos personas, una en la otra,
sentadas a distancia prudente, frente a frente.
Reunidas en la casa de mar y de campiña.
Un diálogo de gestos. De memorias.

Pensé que en el poema, como en la vida, 
por un instante,
reconocemos a los nuestros
para despedirnos,
invariablemente, 
luego.
La poeta, supe después, 
vive en Calabria. En un templo.
Pinta iconos ahí. 
Absorta en sus rituales diarios
y sagrados.
Lejos y a resguardo de lo que, para nosotros, es el mundo.

                                                                                                         (A Mirella Muià)



Sandra Cornejo
De: "Corteza", Prueba de Galera, 2019
Otro poema de SANDRA CORNEJO, aquí
Enlaces:Tuerto Rey | La pecera / Dublin, la ciudad escrita | Los poetas no van al cielo

mayo 28, 2020

Malas memorias, por Jorge Aulicino

Malas memorias


Malas memorias     




Creo que Piglia es el que cuenta que una vez en que hablaba de poesía con Germán García este tapó una copa con la mano y la saco de la mesa. "La poesía habla de la copa que no está", dijo. Si fue así, y pido que me corrijan, y sobre todo si Germán García tiene razón, la poesía es siempre elegía. Incluso en la épica y en la oda. Se citaron hace poco aquí unos versos sentimentaloides, muy conocidos, de Neruda, de aquel Poema XX de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". Todos recuerdan el viento de la noche que gira en el cielo y canta, por no decir el ya desgastado "Puedo escribir los versos más tristes esta noche". Para mí, pese a algunas buenas imágenes, el poema podría dormir en el armario de la cursilería, si no fuera por una idea que sí me pareció misteriosa: "Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise." Antes de evocar su sentimiento, que por ser pasado debería estar muerto, Neruda dice:  "Como para acercarla mi mirada la busca. / Mi corazón la busca, y ella no está conmigo." ¿La amaba o la ama? ¿No la quiere o la sigue queriendo mucho? Corrigiendo levemente a Germán García diría que la poesía es lo que está a medio camino de no ser, o a medio camino de ser, lo cual es lo mismo. Añoranza de lo que sucedió -o mejor dicho, está a punto de dejar de suceder- y de lo que no ocurrió -o mejor dicho, está a punto de ocurrir-. La poesía existe, como tal, en un cruce de caminos fantasmales.



JORGE AULICINO en Facebook
Enlaces: Poemas de Jorge Aulicino
Imagen en China Daily



mayo 27, 2020

Nadia Adina Rose


Séptimo piso     




Nací en el séptimo piso 
El cielo azul frente a mí 
contenía todos los granos del tiempo 
como un reloj de arena al que no dieron vuelta. 
A veces los aviones cruzaban 
el cielo y goteaban 
papilla a su paso. 
Mamá decía abrir la boca .
 Por el alféizar de la ventana los pájaros se paseaban. 
Sus huellas en forma de letra ש eran la mezuzá
que el viento besaba
al entrar.
Lejos, abajo, se desplegaba
la toga de la tierra.
Yo extendía mis brazos
parar ensartarlos en sus mangas.



קומה שבע



נולדתי בקומה שבע.
הרקיע הכחול מולי
החזיק את כל גרגירי הזמן
כשעון חול ששכחו להפוך.
לפעמים מטוסים חצו
את השמים מטפטפים
דייסה בדרכם.
אימא אמרה לפתוח פה.
על אדן החלון התהלכו ציפורים.
עקבותיהן דמויות השין היו מזוזה
לרוח הנשק אותה
בדרכו פנימה.
הרחק למטה השתרעה
גלימת האדמה.
פרשתי ידיים
להשחיל בשרווליה.



NADIA ADINA ROSE
NADIA ADINA ROSE (1967, Moscú, Rusia)
Nadia Adina Rose es una poeta y artista israelí que nació en Moscú y ha vivido en Israel desde la edad de 22 años. Rose se graduó de la escuela de arte en Moscú; recibió un BFA de la Academia Bezalel de Arte y Diseño en Jerusalén, y una maestría en Arte de Beit Berl College. Artista multidisciplinaria y poeta, esculpe, pinta, ilustra libros y enseña arte. Su primer libro de poesía, "Snow Ink" , recibió el Premio del Ministro de Cultura de Israel por poetas de debut. Su libro para niños, Y luego "El rinoceronte comenzó a volar" , ha sido traducido al portugués y al alemán. La poeta ha ilustrado más de una docena de libros hebreos y participó en una veintena de exhibiciones en galerías.(En Poetry International)


J.D. SALINGER: Un día perfecto para el pez plátano


      En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
       No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
       Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
       —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
       —Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
       —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
       A través del auricular llegó una voz de mujer:
       —¿Muriel? ¿Eres tú?
       La chica alejó un poco el auricular del oído.
       —Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
       —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
       —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
       —¿Estás bien, Muriel?
       La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
       —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
       —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
      —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...


       —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.


       —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.


       —¿Cuándo llegasteis?


       —No sé... el miércoles, de madrugada.


       —¿Quién condujo?


       —Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.


       —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...


       —Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.


       —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?


       —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha  hecho arreglar el coche?


       —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...


       —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...


       —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...


       —Muy bien—dijo la chica.


       —¿Sigue llamándote con ese horroroso...?


       —No. Ahora tiene uno nuevo


       —¿Cuál?


       —Mamá... ¿qué importancia tiene?


       —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...


       —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.


       —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...


       —Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...


       —Lo tienes tú.


       —¿Estás segura?—dijo la chica.


       —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?


       —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.


       —¡Pero está en alemán!


       —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .


       —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...


       —Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.


       —Muriel, mira, escúchame.


       —Te estoy escuchando.


       —Tu padre habló con el doctor Sivetski.


       —¿Sí?—dijo la chica.


       —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!


       —¿Y...?—dijo la chica.


       —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.


       —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.


       —¿Quién? ¿Cómo se llama?


       —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.


       —Nunca lo he oído nombrar.


       —De todos modos, dicen que es muy bueno.


       —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...


       —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma


       —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...


       —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.


       —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...


       —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.


       —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?


       —Me he quemado toda, mamá, toda.


       —¡Qué horror!


       —No me voy a morir.


       —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?


       —Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.


       —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?


       —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.


       —Bueno, ¿qué dijo?


       —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...


       —¿Por que te hizo esa pregunta?


       —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...


       —¿El verde?


       —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...


       —Pero ¿qué dijo él? El médico.


       —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.


       —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?


       —No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.


       —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?


       —En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.


       —En fin. ¿Y tu abrigo azul?


       —Bien. Le subí un poco las hombreras.


       —¿Cómo es la ropa este año?


       —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.


      —¿Y tu habitación?


       —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.


       —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?


       —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.


       —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?


       —Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.


       —¿Y no quieres volver a casa?


       —No, mamá.


       —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...


       —No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.


       —Mamá, esta llamada va a costar una for...


       —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...


       —Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.


       —¿Dónde está?


       —En la playa.


       —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?


       —Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.


       —No he dicho nada de eso, Muriel.


       —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.


       —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?


       —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.


       —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?


       —Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.


       —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?


       —No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.


       —Muriel, hazme caso.


       —Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.


       —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?


       —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.


       —Muriel, quiero que me lo prometas.


       —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.


           —Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?


       —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.


       La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. 


Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.


       —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.


       —Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.


       —Estáte quieta, Sybil, cariño...


       —¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.


       La señora Carpenter suspiró.


       —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.


       Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.


       Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.


       —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.


       El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.


       —¡Ah!, hola, Sybil.


       —¿Vas a ir al agua?


       —Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?


       —¿Qué?—dijo Sybil.


       —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?


       —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.


       —No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.


       —¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.


       —¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.


       Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.


       —Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.


       Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.


       —Es amarillo—dijo—. Es amarillo.


       —¿En serio? Acércate un poco más.


       Sybil dio un paso adelante.


       —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.


       —¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.


       —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.


       Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.


       —Necesita aire—dijo.


       —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?


       —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.


       —¿Sharon Lipschutz dijo eso?


       Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.


       —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?


       —Sí que podías.


       —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?


       —¿Qué?


       —Me imaginé que eras tú.


       Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.


       —Vayamos al agua—dijo.


       —Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.


       —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.


       —¿Que eche a quién?


       —A Sharon Lipschutz.


       —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.


       —¿Un qué?


       —Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.


       Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.


       Los dos echaron a andar hacia el mar.


       —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.


       Sybil negó con la cabeza.


       —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?


       —No sé—dijo Sybil.


       —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.


       Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.


       —Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.


       —Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?


       Sybil lo miró:


       —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.


       Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.


       —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.


       Sybil soltó el pie:


       —¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.


       —Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?


       —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?


       —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.


       —No eran más que seis—dijo Sybil.


       —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?


       —¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.


       —¿Si me gusta qué?


       —La cera.


       —Mucho. ¿A ti no?


       Sybil asintió con la cabeza:


       —¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.


       —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.


       —¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.


       —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.


       Sybil no dijo nada.


       —Me gusta masticar velas—dijo ella por último.


       —Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.


       Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.


       —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.


       —No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?


       —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.


       —No veo ninguno—dijo Sybil.


       —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.


       Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.


       —Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?


       Ella negó con la cabeza.


       —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.


       —No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?


       —¿Qué pasa con quiénes?


       —Con los peces plátano.


       —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?


       —Sí—dijo Sybil.


       —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.


       —¿Por qué?—preguntó Sybil.


       —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.


       —Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.


       —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.


       Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.


       Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:


       —Acabo de ver uno.


       —¿Un qué, amor mío?


       —Un pez plátano.


       —¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?


       —Sí—dijo Sybil—. Seis.


       De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.


       —¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.


       —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?


       —¡No!


       —Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.


       —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.


       El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.


       En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.


       —Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.


       —¿Cómo dice?—dijo la mujer.


       —Dije que veo que me está mirando los pies.


       —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.


       —Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.


       —Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.


       Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.


       —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.


       Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.


       Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.


       Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. 


Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.



Un día perfecto para el pez plátano (“A Perfect Day for Bananafish”) Nine Stories (1953)

mayo 25, 2020

Arun Kolatkar

Arun Kolatkar


Buen provecho     




Le deseo buen provecho 
a la vieja y frágil pescadora 

(menuda, 
no es más que un simple 

paquete de huesos, 
aligerado con los años, 

y atrapado
en una red de arrugas)

que, camino al mercado,
se ha parado

a desayunar de un pronto
en un chiringuito de té,

y está sentada encorvada
sobre un guiso de chícharos

– su plato preferido –
en una mesa tambaleante,

partiendo un trozo de pan
con sus garras filosas

para mojarlo en la salsa ligera
salpicada de chiles rojos,

y que en este mismo momento,
apuesto, tiene la boca aguada

ya que casi puedo sentir
su saliva

en mi boca.



ARUN KOLATKAR(1932, Kolhapur / 2004, Pune, India)
De:" Kala Godha / Poemas de Bombay", Kriller71 Ediciones, 2020
Enlace: Círculo de Poesía

mayo 21, 2020

Cecilia Pérez: Estamos a 181 kilómetros, uno del otro.




I












Un germen de escritura. La etimología de la palabra extrañar.


La abeja que digiere las veces necesarias y da lo dulce, aquello que pudo
arrancar de la amargura.


Perder el vientre no es poca cosa.


Un amante es cosa fácil, se come con él, se bebe. Lo difícil es el
tiempo: 


alimentar el fuego como se alimenta de notas el in crescendo de una melodía
improvisada.


Nos amábamos y ninguno se alarmaba de escucharse decir: te quiero comer.


Si no tuvieras la piel, te chuparía los huesos y las venas.


Bebería tu sangre.


No sé qué vamos a comer. No quiero cocinar para vos.


La etimología de la palabra extrañar: echar en falta algo


que formaba parte de nosotros.


No todo lo que comemos llega a formar parte. Mucho de ello sí.


De ahí el sentido de la evisceración.


Las reglas del buen gusto recomiendan


comer el animal eviscerado.










II















Una axioma desde donde escribir:


estamos a 181 kilómetros, uno


del otro.


La cábala dice equilibrio y renovación


pero yo sueño con un niño rubio y frágil


que no puede contener la orina y me pide


que lo ayude.


Leo tu mensaje de que te sentís muy solo


a veces


y  a una fotógrafa rusa que cambia 


la ciudad


por la absoluta soledad de un monte:


espera fotografiar la irisación de 


las nubes.


No estoy sola


unas cinco o seis moscas rondan 


sin pausa mi cabeza y realmente


quisiera que se vayan.















Cecilia Pérez

CECILIA PÉREZ (Catriel, Provincia de Río Negro, Argentina. Reside en Neuquén)


















mayo 19, 2020

Marie Howe: Acurrucada atrás en cualquier taxi

Oración    




Alguien o algo se inclina cerca mío 
y trata de contarme la única historia cierta de mi vida: 
una nota, 
baja como un bombo, tocada una y otra vez: 
empieza el verano, 
y el hombre que amo ha olvidado mi olor 
mi manera de gemir cuando me tocaba, mi risa 
cuando me alzaba,
riendo, para acostarme
entre los narcisos desparramados sobre la mesa.
Y Jane está muerta,
y yo quiero ir donde ella fue,
donde fue mi hermano.
Quienquiera que sea el que me susurraba
cuando yo era una niña en la cama de mi padre
ha regresado y no puedo dejar de escuchar:
Así es,
así fue y así será—
golpeada una y otra vez—aterrada en las esquinas,
acurrucada atrás en cualquier taxi,
temerosa de gritar en medio del tráfico y que nadie me reconozca
o sepa donde llevarme.
Hay, casi recuerdo,
otra historia:
corre junto a esta como un arroyo junto a un tren.
Los gorriones la conocen; la hierba crece con ella.
El viento sopla a través de las ramas más altas
y parece no herirlas.
Dime.
¿Quién era yo cuando pronunciaba tu nombre?



Prayer



Someone or something is leaning close to me now
trying to tell me the one true story of my life:
one note,
low as a bass drum, beaten over and over:
It’s beginning summer,
and the man I love has forgotten my smell
the cries I made when he touched me, and my laughter
when he picked me up
and carried me, still laughing, and laid me down,
among the scattered daffodils on the dining room table.
And Jane is dead,
and I want to go where she went,
where my brother went,
and whoever it is that whispered to me
when I was a child in my father’s bed is come back now:
and I can’t stop hearing:
This is the way it is,
the way it always was and will be —
beaten over and over — panicking on street corners,
or crouched in the back of taxicabs,
afraid I’ll cry out in jammed traffic, and no one will know me or
know where to bring me.
There is, I almost remember,
another story:
It runs alongside this one like a brook inside a train.
The sparrows know it; the grass rises with it.
The wind moves through the highest tree branches without
seeming to hurt them.
Tell me.
Who was I when I used to call your name?



La oración
De: "What the living do", WW Norton, 1999
Traducción: Mori Ponsowy
Otros poemas de MARIE HOWE, aquí


mayo 17, 2020

Maxi Senkiw, un poema inédito



Manto sin desembocadura

es la ciénaga que en el sedimento añoso que la nutre

innumerables asuntos resguarda

bajo el espejo opaco de la superficie



Vida densa

la de la ciénaga

con su aro ambivalente de destrucción y verde crudo fiel

amortigua las crecidas

abre los brazos

cuando el vendaval le dona algo de su riqueza inmensa

ciénaga de entonación heroica

a la que van a morir las corrientes salvajemente puras



¿Dónde?

¿a qué poder del mundo le debe su fiereza, su seducción?

para que los hombres pisen su orilla

fuerte respiren en el bautismo de las aguas bajas

luego emerjan del baño sagrado

con un tarascón de serpiente estrellada



Que sea la ciénaga la fuente de todo principio

para que aquellos hombres áspidmarcados

con su insistencia sumergible

purifiquen primero al charco

abran después un canal

y enlacen la ciénaga con el río y más tarde con el mar






De: "La antorcha infinita", próximo a editarse







Maxi Senkiw

MAXI SENKIW

(1982, Buenos Aires, Argentina)




Periodista, poeta y músico. Nació en Buenos Aires. Se ha desempeñado en distintos medios radiales y gráficos. Por su labor periodística obtuvo, entre otros reconocimientos, el premio Eter en la categoría “Música en radio”. Sus poemas, reseñas y ensayos vinculados al campo cultural fueron incluidos en revistas, libros y portales web. Alción Editora publicó en 2018 su poemario Pampa pop, junto a una serie de videos y canciones creadas a partir de los textos que integran el material 


https://www.youtube.com/channel/UCi_vH33h4CZwc0fNbOGtzaA/videos
(En Excéntrica)


mayo 13, 2020

Billy Collins: La entrelazada cuerda de la sintaxis

Writer's Conference


Líneas perdidas entre los árboles     




Estas no son las líneas que vinieron hacia mí 
mientras caminaba por el bosque 
 sin llevar nada con qué escribir 
y nada donde escribir. 

Se han ido para siempre, 
manojo de monedas 
que cayeron por la rejilla de la memoria, 
junto con la nemotecnia ingeniosa 
que yo ideaba para ponerlas en su sitio—
todas se fueron y a todas olividé
antes de que hubiera regresado al césped
en el fondo de nuestra casa silenciosa

con sus jarras repletas de bolígrafos,
sus libretas de notas y las resmas de papel en blanco,
su escritorio y lámpara suave,
su mesa y la luz desde sus ventanas.

Por lo tanto, esta es mi elegía a ellas,
esas seis u ocho exhalaciones,
la entrelazada cuerda de la sintaxis,
el jazz de la cadencia,

y la pequeña intuición al final
que se menea como la cola corta
de un perrito de obediencia perfecta,
sentado junto a la puerta.

Esta es mi envío a la nada
en el que digo, Vete, poema breve--
no al mundo de ojos extraños,
sino a algún limbo en el aire,

hogar de cantos épicos perdidos,
nombres no recordados
y sueños fugitivos
como el que tuve anoche,

el que, como una ciudad fantástica hecha a lápiz,
se borró a sí mismo
en el aire de la mañana clara
justo cuando me despertaba.



Lines Lost among Trees




These are not the lines that came to me
while walking in the woods
with no pen
and nothing to write on anyway.

They are gone forever,
a handful of coins
dropped through the grate of memory,
along with the ingenious mnemonic

I devised to hold them in place-
all gone and forgotten
before I had returned to the clearing of lawn
in back of our quiet house

with its jars jammed with pens,
its notebooks and reams of blank paper,
its desk and soft lamp,
its table and the light from its windows.

So this is my elegy for them,
those six or eight exhalations,
the braided rope of syntax,
the jazz of the timing,

and the little insight at the end
wagging like the short tail
of a perfectly obedient spaniel
sitting by the door.

This is my envoy to nothing
where I say Go, little poem-
not out into the world of strangers’ eyes,
but off to some airy limbo,

home to lost epics,
unremembered names,
and fugitive dreams
such as the one I had last night,

which, like a fantastic city in pencil,
erased itself
in the bright morning air
just as I was waking up.

Otros poemas de BILLY COLLINS, aquí
Traducción: Adam Gai
Imagen: Saint Miguel Writer´s Conference

mayo 09, 2020

José Emilio Tallarico

poesía argentina, Espejos



Espejos    



Debería acudir más a los espejos, 
confiar más en su capacidad 
de exhibir esos espacios fabulosos 
donde habitan las emanaciones de la luz 
y los pertrechos de la sombra. 
Una mueca procaz, un monólogo magro 
es cuanto puedo concederles, 
ellos replican con el paso
de un hombre desvelado en su noche de libros.
Hay un espejo que enmarqué al amparo
de un bricolage compulsivo, está en el living.
Otro, muy pequeño, lo compré porque tenía
una imagen de Lennon que parecía un holograma.
Casi nunca los toco.
Será que ya nos precisamos menos.
La mano está más cerca del saludo nostálgico
que de procurarles brillo.
También la época hizo lo suyo para crear opacidad
y tal vez sea bueno ahora negociar
un saludable desapego.
Redefinir ecos, formas y hechizos.
No sin culpas, claro.



Boleto de ida



Uno no está de vuelta,
sigue con varios boletos en la mano,
pretende barajarlos
antes de que en la próxima estación
un guarda verifique las leyes del azar,
y uno le encostra el número justo,
el horario preciso,
y la frente arrugada también,
como esos viejos cowboys de Hollywood
que parecen haber pensado asiduamente
en sus feroces destinos 



Ventanas 



Tres ventanas se abren a la playa
y dejan ver el mar.
Entre ventanas ventana
hay dos espacios de pared pulida
donde la imaginación proyecta
el movimiento lento de las olas,
y el conjunto adquiere
un aspecto de pantalla gigante.
Los sectores de mar imaginado
dependen del grado de atención
del observador: saben ser inestables.
A reces se completa el horizonte
y otras veces el mar no tiene la entereza
de ocuparlo todo.
Al caer la luz suponemos que triunfa el mar:
lo dicen la rompiente y el silbido del viento
(en el oído se ocultaban).
Las ondulaciones de la playa,
el tempo de las olas, ya afrontan lo oscuro.
Pronto sería tierra de nadie,
arena marginal: ausencia.
Debemos convertir en música 
este comienzo de la noche. 


JOSÉ EMILIO TALLARICO (1950 / 2019, Buenos Aires, Argentina)
Fuente: Ibuk, Biblioteca de poesía | Poesía inexorable

mayo 07, 2020

Yahya Hassan


Fuera de la puerta     



yo estaba en el guardarropa con un buñuelo  de manzana en la mano 
aprendiendo a atar los cordones de los zapatos en silencio 
naranjas adornadas con clavos de olor y cinta roja 
colgaban del techo como muñecos de vudú perforados 
así es como recuerdo la guardería 
los otros se alegraban de que iba a venir papá noel 
pero yo le tenía tanto miedo como a mi padre 


El príncipe árabe




a los pequeños príncipes se les deja hacer todo
de pronto no les dejan hacer una mierda
y después reciben una paliza
cuando termino la escuela
o me mandan a casa expulsado
me sigue el gato negro del cura
camino con la pesada mochila a la espalda
sé lo que va a pasar cuando llegue a casa
no aguanto un gato pegado a los talones
me vuelvo pero qué entiende un gato
lo cojo del rabo
le doy vueltas y lo lanzo a un seto
el príncipe árabe
no es necesariamente el primogénito
pero es el primero que recibe un bofetón cuando padre vuelve del trabajo


YAHYA HASSAN
YAHYA HASSAN(1995 / 2020, Aarhus, Dinamarca)
Traducción Francisco J Uriz
Fuente: Suma de Letras, 2014
Enlace: ABC Cultura | La información
Imagen: Frettabladid

"Yahya Hassan nació en 1995 en el seno de una familia de palestinos que emigraron desde un campo de refugiados a Dinamarca en los 80. A los 13 años abandonó el colegio, después de que una infancia marcada por el miedo y la violencia le empujara a delinquir y a llevar una vida al borde de la marginalidad. Tras reiteradas acciones criminales, entró en Solhaven, un internado denunciado en 2011 por ejercer la violencia contra algunos de los jóvenes.
Hassan desarrolló por sí mismo el amor a la literatura, entre sus referentes, él mismo ha citado a Dostoyevsky, Michael Strunge y Stieg Larsson. Poco después de empezar a escribir, sus textos llamaron la atención de una de sus profesoras, la escritora Louise Østergaard. Aquello desembocó en una relación que inspiró la primera novela de ella y algunos de los poemas de él.

Cuando salió del centro de menores, Hassan volvió a delinquir, pero siguió escribiendo y logró entrar en la universidad. La historia de Hassan y su poesía han sido objeto de atención de la prensa de todo el mundo independientemente de su línea editorial, desde el periódico inglés The Guardian hasta el estadounidense The Wall Street Journal." En Hoy es Arte

mayo 05, 2020

Melisa Papillo

Melisa Papillo



Tengo treinta y tres años




y estoy tratando de dominar el volante.
Constantemente. Dejo y retomo.
Cuando tenía nueve, once, quince
soñaba que conducía un Falcon gris
y nunca frenaba.
Tomaba Maestra Baldini derecho y no frenaba.
Pasaba mi casa materna y no frenaba.
Durante las clases mi instructora repite
“no pensés, esto es automático”.
¿Por qué sueño que manejo?
Me despierto y busco en yahoo respuestas:
que estoy intentanto dominar mi destino,
que necesito tomar el control de mi vida,
imprudencia, falta de consciencia.
Cuando me levanté esta mañana
sólo quería manejar con la ventanilla baja.
Casi me anoto en un taller para descifrar sueños.
La ruta onírica. Eso que soñás te está diciendo algo.
Eso que soñás, sos.
Dicen que podés cambiarte el nombre:
si alguna vez soñaste que eras, por ejemplo, pantera,
te llamás Pantera
porque sos pantera.
Debe ser más complejo que como lo explico.
Debe ser más perturbador que como lo entiendo.
Hay otra forma de resolver los sueños recurrentes:
apostando. Una sola vez lo hice y gané setenta pesos.
Ahora no sé si debo cambiarme el nombre o hacer plata.
Últimamente salgo con GPS activado.
No es tan sencillo
cada tanto grita ruta desconocida.
A veces no entiendo muy bien los cruces, las líneas
y hago todo mal. Confundo caminos.
Mientras busco excusas para frenar
y poner balizas.
Me encantaría ser de esas personas
que siguen orientadas cuando giran el mapa.
Voy a dejarme el pelo largo
así el viento que entra por la ventanilla
lo tire todo
para atrás.
Quizá use un pañuelo como vincha
y ponga la radio con el volumen bajo.
Si algún día logro agarrar el volante
con una sola mano, con la otra
voy a saludar con ese gesto de “chau”:
no ondeando el brazo de un lado a otro
sino levantando y bajando la mano rápido
como quien dice presente desde un banco de escuela
y sigue en lo suyo.

(en Paisajes con agua en movimiento, por La Carretilla Roja. 2020)


MELISA PAPILLO (1984, Buenos Aires, Argentina)
Enlaces: El Furgón | Opcitpoesia | Desde cualquier montaña

mayo 01, 2020

Eavan Bonland, otro poema

Eavan Bonland


Y alma




Mi madre murió un verano—
el más húmedo según los registros del estado.
Las cosechas se podrían en el oeste.
Los manteles a cuadros se disolvían en los jardines traseros.
Las reposeras vacías acumulaban agua de lluvia.
Mientras iba hacia ella
a través del tránsito, a través de las lilas que goteaban turbias
detrás de las casas
y en las veredas,  para brindarle
el último homenaje de una hija, pensé en algo
que recordé
haber oído una vez, que el cuerpo es, o
dicen que es, casi todo
agua y mientras giraba hacia el sur, que la nuestra es
una ciudad de eso,
una en la que
cada día los elementos comienzan
un viaje hacia otro que jamás,
debido al clima,
falla—
            el océano visible en los bordes que lo delimitan,
color de nube alcanzando el aire,
con el Liffey almacenando uno y emplazando al otro,
la sal recibiendo en el North Wall la falta de aquello y,
como si esto no fuera suficiente, todo ello
terminando casi todas las tardes
en nuestro discurso—
costa   canal océano río corriente y ahora
madre y seguí manejando y aunque
la mente no es confiable cuando sufre, en
el próximo aguacero casi parecías
que podían ser las sombras uno del otro,
el modo en que el cuerpo es
de cada uno de ellos y ahora
ellos estaban otra vez en marcha— niebla en neblina,
neblina en bruma de mar y ambas en el esmalte aceitoso
que reposa en las barandas de
la casa donde ella se moría
a medida que yo entraba.
                                                            

EAVAN BOLAND (1944/2020, Dublin, Irlanda)
de Domestic Violence, W.W. Norton & Company, Inc., 2007
versión © Silvia Camerotto

And Soul




My mother died one summer—
the wettest in the records of the state.
Crops rotted in the west.
Checked tablecloths dissolved in back gardens.
Empty deck chairs collected rain.
As I took my way to her
through traffic, through lilacs dripping blackly
behind houses
and on curbsides, to pay her
the last tribute of a daughter, I thought of something
I remembered
I heard once, that the body is, or is
said to be, almost all
water and as I turned southward, that ours is
a city of it,
one in which
every single day the elements begin
a journey towards each other that will never,
given our weather,
fail—
       the ocean visible in the edges cut by it,
cloud color reaching into air,
the Liffey storing one and summoning the other,
salt greeting the lack of it at the North Wall and,
as if that wasn't enough, all of it
ending up almost every evening
inside our speech—
coast canal ocean river stream and now
mother and I drove on and although
the mind is unreliable in grief, at
the next cloudburst it almost seemed
they could be shades of each other,
the way the body is
of every one of them and now
they were on the move again—fog into mist,
mist into sea spray and both into the oily glaze
that lay on the railings of
the house she was dying in
as I went inside.


Otro poema de EAVAN BONLAND, aquí 
Imagen: Irish Examiner    

Eavan Boland

Eavan Bonland

La granada    




La única leyenda que me ha gustado es 
la historia de una hija perdida en el infierno. 
Y allí encontrada y rescatada. 
Amor y chantaje son la clave de esta historia. 
Ceres y Perséfone los nombres. 
Y lo mejor de la leyenda es 
que puedo aplicarla a cualquier cosa. Y la aplico. 
La leí por vez primera
cuando era niña en el exilio de
una ciudad con nieblas y extrañas consonantes,
y al principio yo era
una niña expatriada en el crujiente crepúsculo
del mundo subterráneo donde las estrellas se anublaban. Después
una noche de verano salí
a buscar a mi hija para meterla en la cama.
Cuando por fin llegó corriendo, yo estaba dispuesta
a hacer cualquier cosa para conservarla.
La llevé conmigo a través de las campanillas
y las avispas y las almibaradas buddleias.
Pero entonces yo era Ceres y sabía
que, en aquel camino, a cada hoja de cada árbol
le llegaría el invierno.
Que era ineludible para cuantos por él pasáramos.
Y también para mí.
Es invierno
y están ocultas las estrellas.
Subo las escaleras y me paro donde puedo ver
a mi hija dormida junto a sus tebeos,
su bote de Coca, su plato de fruta intacta.
¡La granada! ¿Cómo pude olvidarla?
Habría podido regresar a casa y ponerse a salvo y así
terminar la historia y toda nuestra
descorazonadora búsqueda, pero extendió su mano
y tomó una granada.
Alargó su mano y arrancó
el sonido francés de manzana y
el ruido de una piedra y la prueba
de que incluso en el reino de la muerte,
en el corazón de la leyenda, en medio
de las rocas llenas de lágrimas no derramadas
dispuestas a transformarse en diamantes
cuando alguien contara su historia, una niña puede
sentir hambre. Podría prevenirla. Todavía queda una
oportunidad.
La lluvia es fría. El camino agrisado.
El barrio tiene coches y televisión por cable.
Las veladas estrellas vacilan sobre el suelo.
Es otro mundo. Pero ¿qué otra cosa
puede dar una madre a su hija sino
estas hermosas rendijas de tiempo?
Si retraso la pena disminuyo la ofrenda.
Suya será la leyenda como lo fue mía
Entrará en ella como lo hice yo.
Despertará. Tomará en su mano
la acartonada, enrojecida cáscara.
La acercará a sus labios. Y yo no diré nada.



The pomegranate




The only legend I have ever loved is
the story of a daughter lost in hell.
And found and rescued there.
Love and blackmail are the gist of it.
Ceres and Persephone the names.
And the best thing about the legend is
I can enter it anywhere. And have.
As a child in exile in
a city of fogs and strange consonants,
I read it first and at first I was
an exiled child in the crackling dusk of
the underworld, the stars blighted. Later
I walked out in a summer twilight
searching for my daughter at bed-time.
When she came running I was ready
to make any bargain to keep her.
I carried her back past whitebeams
and wasps and honey-scented buddleias.
But I was Ceres then and I knew
winter was in store for every leaf
on every tree on that road.
Was inescapable for each one we passed.
And for me.
It is winter
and the stars are hidden.
I climb the stairs and stand where I can see
my child asleep beside her teen magazines,
her can of Coke, her plate of uncut fruit.
The pomegranate! How did I forget it?
She could have come home and been safe
and ended the story and all
our heart-broken searching but she reached
out a hand and plucked a pomegranate.
She put out her hand and pulled down
the French sound for apple and
the noise of stone and the proof
that even in the place of death,
at the heart of legend, in the midst
of rocks full of unshed tears
ready to be diamonds by the time
the story was told, a child can be
hungry. I could warn her. There is still a chance.
The rain is cold. The road is flint-coloured.
The suburb has cars and cable television.
The veiled stars are above ground.
It is another world. But what else
can a mother give her daughter but such
beautiful rifts in time?
If I defer the grief I will diminish the gift.
The legend will be hers as well as mine.
She will enter it. As I have.
She will wake up. She will hold
the papery flushed skin in her hand.
And to her lips. I will say nothing.



EAVAN BOLAND (1944 / 2020, Dublin, Irlanda)
Traducción: Pilar Salamanca
Fuente: Tuerto Rey
Enlace: de sibilas y pitias | Letras libres | Revista Chubasco en primavera | Ogham