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Mostrando las entradas de agosto, 2016

Adolfo García Ortega

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Los vasos de Morandi      He ahí la astucia de las formas  y el secreto privado de los colores;  he ahí una medida para el mundo,  a veces pura, a veces sórdida,  siempre ligeramente manchada  como una gota de pintura blanca  resbalando por un pincel usado; sabiduría y zozobra están ahí, dentro del apacible vidrio de esos vasos vacíos y en calma. Pero también están en su interior todos los días de una vida cualquiera; los  enormes, los esplendorosos hechos de una biografía anónima y común. A mi entender, eso pintó Morandi: la vida entera, sucia y general. ADOLFO GARCÍA ORTEGA  (1958, Valladolid, España) Fuente: Luvina N°79 Imagen: teinteresa.es

Monika Rinck

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Charco dice él: el sufrimiento es un charco. digo yo: sí, el sufrimiento es un charco. porque el sufrimiento yace en una cuenca atravesado por peces y huele mal. dice él: y la culpa es un charco. digo yo: sí, la culpa también charco. porque la culpa se derrama en una depresión y alcanza la axila elongada de mi brazo que se extiende hacia arriba. dice él: la mentira es un charco. digo yo: sí, la mentira del mismo modo charco. porque en verano por las noches se puede hacer un picnic en las orillas de la mentira y allí siempre se queda algo olvidado. Traducción: Cecilia Pavón teenage winter again  en invierno en new haven en un banco del big green, horas cercadas de iglesias, cómo no nos helamos, sí que nos helamos, este anhelo del sur, y en cambio qué rotunda claridad la del acuerdo en que eso no es posible. la temperatura, el frío nos afectaba como habría de afectar a un animal — no cabía pensar en ninguna otra cosa. pero éramos personas, y pensamos: melancolía y teníamos razón...

Enrique Molina

Sin ninguna duda Los pasos se repiten sobre sí mismos y retumban tristemente en la oscurudad. Las copas se han llenado de piedras. ¿Y quién cierra la puerta? Los escaparates exhiben sólo pájaros muertos y diarios de otro siglo. La ronca sirena de los barcos silba en el alma con el amanecer de las antípodas pero apenas retumba en la cueva de la rata. Siempre el mismo lugar, la misma lágrima. Rostros que reflejan nada, mientras baila el verano y alguien vela        por ti sin saber para qué ni hasta cuándo. ¿Que te detiene en estos días perseguidos si no poderes del fondo de la         tierra...? Una venda sin fin que todo lo envuelve a manera de una momia. La hija preferida de la lluvia, tan lejana, te abre los brazos y puede        amarte, pero jamás alcanzarás sus labios. Siempre temblarás en el viento susurrante que acuna el deseo, ante        la total belleza cegadora que asoma tras las cosas. Otros ...

Señalador: Louise Glück

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Louise Glück /  Revista Crítica Caballo     ¿Qué te da el caballo que no puedo darte yo? Te observo cuando crees estar solo, y cabalgas en el campo, detrás de la cuadra con tus manos hundidas en las oscuras crines de la yegua. Conozco entonces lo que yace detrás de tu silencio: tu desprecio, tu odio por mí, por nuestro matrimonio. Y aún así pides mis caricias. Lloras como lloran las novias, pero te observo y noto que no hay pajecitos a tu alrededor. Entonces ¿qué hay en ti? Nada, pienso. Sólo la prisa por morir antes que yo. En un sueño te he visto cabalgar sobre los campos arrasados. Luego desmontas; caballo y tú caminan juntos en la oscuridad, sin sombras. Y yo sentía las sombras venir hacia mí —ellas, dueñas de su albedrío por la noche, pueden ir a cualquier parte. Mírame. ¿Crees que no lo entiendo? ¿Qué cosa es el caballo sino un pasaje fuera de esta vida? El fuego Si hubieras muerto cuando estábamos juntos no hubiera querido nada de ti. Ahora te pienso como si h...

Gerardo A. Gambolini

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Nayib Chammás Según un tatuaje del brazo, en 1881 nació en Líbano, en Amioun, hijo de Abraham y Futín. A los 14 años se fue a Pensilvania, Pittsburgh y Filadelfia y otras ciudades a vender peines, tabaco, botones y baratijas a los mineros. Luego discutió con sus hermanos, dejó el dinero y comenzó la vuelta. Anduvo por Budapest, en el reino de Hungría, Praga y Varsovia que eran pobres, burgos y villas con los primeros humos de la centuria y aldeas atadas al borde de los caminos, como cruces pecados o el mirar de los viejos; tarde o temprano, hijas todas de la guerra. Más años pasaron y en Arabia se unió con Ada, de quince, en invierno. Llegaron a Guadalupe y tuvo negocio, una quinta y ocho hijos —algunos mejores que otros— tres varones y cinco mujeres. Una de ellas fue mi madre. En 1913 Santa Fe volvió a inundarse hasta la quiebra de los comercios. Se levantó y se hundió más veces, y terminó hundido. Siempre pasaron los años; luego comenzaron a morir: Ada, mi abuela; Antonio, mi tío; Ma...

Eugenio Montale: El silbido del remolcador que de las brumas llega al golfo

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Delta      La vida que se gasta en los trasiegos  secretos he ligado a ti:  ésa que se debate en sí y parece  casi que no te sabe, presencia sofocada.    Cuando el tiempo se atasca en sus rompeolas tu acaso al suyo inmenso reconcilias, y afloras más precisa, memoria, de la oscura región donde bajabas, como ahora al escampar se espesa el verde en los ramajes, el bermejo en los muros. Todo ignoro de ti, sino el mensaje mudo que me sustenta en el camino: si existes, forma, o escrúpulo en el humo de un sueño te alimenta y la costa que se afiebra -turba- y contra la marea crepita. Nada de ti en el vacilar de horas grises o desgarradas por un lampo de azufre sino el silbido del remolcador que de las brumas llega al golfo. Otros poemas de EUGENIO MONTALE ,  aquí Versión: Armando Uribe Imagen: carlacerati.com

Louise Glück: Hablar por hablar

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Semejanza final      La  última vez  que vi a mi padre  ambos hicimos lo mismo.  El estaba parado en la puerta de su habitación,  esperando que yo acabase de hablar por teléfono.  Que él no estuviera pendiente a su reloj  era una señal de que quería conversar.  Conversar para nosotros siempre significó lo mismo.  El decía algunas palabras, yo decía unas de vuelta.     Y en eso consistía.  Casi terminaba agosto, hacía mucho calor, mucha humedad. Al lado los trabajadores arrojaban gravilla fresca  en la marquesina. Mi padre y yo evitábamos estar solos; No lográbamos conectarnos, hablar por hablar. Era como si no existieran otras posibilidades. Así que esta era especial: cuando un hombre se esta muriendo, hay de que hablar.     Debe haber sido temprano en la mañana. De un lado a otro de la calle los aspersores empezaron a funcionar. El camión del jardi...

Fernando Pessoa

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Poema en línea recta  Aún no he conocido a nadie que hayan molido a palos. Todos mis conocidos han sido campeones de todo.  Y yo, tantas veces despreciable, tantas veces inmundo, tantas veces vil, Yo, tantas veces innegablemente parásito, Imperdonablemente sucio,  Yo, que tantas veces no he tenido la paciencia de bañarme, Yo, que tantas veces he sido ridículo, absurdo,  Yo, que he dado públicos traspiés en las alfombras de etiqueta, Que he sido grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,  Que he sufrido ofensas y he callado,  Y que cuando no he callado todavía he sido más ridículo:  Yo, que les he parecido risible a las camareras de hotel, Yo, que he advertido guiños entre los mozos de cuerda,  Yo, que he hecho picardías financieras y he pedido prestado sin pagar, Yo, que a la hora del puñetazo lo he esquivado  Agachándome hasta más debajo de donde era posible el puñetazo; Yo, que he padecido la angustia de las pequeñas cosas ridículas, Yo compru...

Odysseas Elytis

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Lo ulterior de los sábados Shshsh...nada ya, nada blanco o terso nada ya Embriagador, melodioso, nada; ninguna nube iluminada             por detrás Ni siquiera compañía humana Algo fúnebre, desfalleciente, luego que el día de la Pasión Comenzó a inclinarse hacia el costado y a hundirse               lentamente Qué alma parte y huele El aire tan intensamente que no resisto más Shshsh...nadie sabe en medio de la oscuridad, salvo Allá arriba entre los guijarros, escucha, ruidos de otros mundos como de pescadores o de cuerpos que penetran uno en el otro mientras tiembla todo alma El cielo y una estrella encuentra inesperadamente valor para tocar tu frente parto lleno de errores de besos que permanecieron sobre mí y qué hermosos los cipreses en lo alto Qué hermoso también que comiencen a adquirir de nuevo otro fundamento Los acontecimientos celestes. Los jacintos de los astros, las tristezas, los perfumes y otras viejas sensac...

Roberto Piva

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Paranoia en Astracán Yo vi una linda ciudad cuyo nombre olvidé donde ángeles sordos recorren las madrugadas tiñendo sus ojos con lágrimas invulnerables donde niños católicos ofrecen limones a pequeños paquidermos que salen escondidos de los corrales donde adolescentes maravillosos cierran sus cerebros a los tejados estériles e incendian internados donde manifiestos nihilistas distribuyendo pensamientos furiosos acometen la descarga sobre el mundo donde un ángel de fuego ilumina los cementerios de fiesta y la noche camina en su hálito donde el sueño de verano me tomó por loco y decapité al Otoño de su última ventana donde nuestro desprecio hizo nacer una luna inesperada en el horizonte blanco donde un espacio de manos rojas ilumina aquella fotografía de pez oscureciendo la página donde mariposas de zinc devoran las góticas hemorroides de las beatas donde las cartas reclaman drinks de emergencia a lindos tobillos arañados donde los muertos se fijan en la noche y aúllan por un puñado de p...

Harry Clifton

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Tren nocturno por el Brennero ¿Por qué debería parecernos tan extraño   estar retrocediendo, dejar Alemania, mientras las horas cambian, con toda la historia en reversa, los pasajeros que duermen sobre ruedas engrilladas, y todo el mundo a oscuras? Era pasada la medianoche cuando salimos. Los cohetes de Año Nuevo se apagaban en las calles de Munich — el desorden del festejo, los petardos, el vidrio roto, y doscientos años de revolución tardando en irse, como un olor a azufre en la nariz. . . . El guarda tose en el pasillo, toda la noche. Puede quedarse con nuestros documentos si a la mañana nos los devuelve sellados. Nuestro único deseo es dormir en la paz del calor corporal —¡que ninguna antorcha brille entre nosotros!— mientras otro descifra por los reflejos las luces que se mueven, la dirección verdadera del tiempo. . . . Los Alpes no nos importan — Innsbrück, Brennero, Bolzano. Un sordo rugido al pasar por cada túnel — Las cumbres de Europa siempre nos parecieron frías. Mejor s...

Manuela R. Fernández

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Mujer creciente l a habitación parece achicarse sus paredes firmes me dejan sin opciones entonces recuerdo un hormigueo va creciendo y me empuja la veo apenas perceptible me convoca entonces salto me expando y respiro toda esa luz me define. T uve miedo de perder mi libertad pero esta vez fue diferente el temor se coló por mi espalda en un escalofrío interminable Es algo normal dicen los ecos algo muere y algo nace a cada segundo pero esta vez es en mí. T engo frío estoy sola y me duele llegan, hacen preguntas rostros ajenos me callan alrededor, vacío paredes desnudas una luz inmaculada me perfora los ojos en esta cama de piedra no me puedo mover entonces, sin preguntar me oprimen me cortan mi cuerpo parece no servir y ya va siendo hora solo quiero despertar y tenerte conmigo. Manuela R. Fernández (1979, Buenos Aires, Argentina) De: "Ecos en bermellón", Barnacle Libros, 2016

Frank Stanford

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Todos los que están muertos  Cuando un hombre ya sabe que otro  lo anda buscando,  el hom­bre no se oculta.  No se espera  a pasar otra noche  con su esposa  o a acostar a sus hijos.  Se pone una camisa limpia y un traje oscuro,  y va a la barbería  para dejar que otro lo rasure.  Cierra los ojos,  se recuerda a sí mismo cuando niño, desnudo  y recostado en una roca junto al agua.  El hom­bre pide, luego, la loción especial.  Los viejos se colo­can junto a la silla, en fila,  y el bar­bero rocía un poco a cada uno  de ellos en las manos.  LA LUZ QUE VEN LOS MUERTOS Son muchos los que vuelven Después de que alisó el doctor la sábana En torno de su cuerpo Y salió para hacer una llamada. Han muerto pero viven. Se les conoce como los muertos que vivieron a través de sus muertes, Y en mi familia Se les tiene por sabios y honestos. Flotan fuera de sus cuerpos Y se prenden del techo como una palomilla, Si...