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agosto 17, 2022

Lisa Grunberger: Nací sabiendo


Nací sabiendo




Mi padre arregla relojes en el sótano,
mi madre mira TV arriba.
La puerta de mi Oma siempre está cerrada.
Imagino que está sentada en la silla verde menta
tejiendo o leyendo a Goethe. Los sábados
mira el show de Lawrence Welk.
Hago los deberes en la mesa de la cocina –
los iroqueses, álgebra, Orgullo y prejuicio.
Pruebo las tazas congeladas de helado de nuez
Weight Wathcher’s enterradas bajo pechugas de pollo
del súper y bolsas refrigerantes. Sabe artificial,
sus gránulos helados se niegan a derretirse
en mi boca adolescente.
A veces papá sube
y se corta una tajada de queso fuerte
o saca una barra de Caddbury con leche
y parte un trozo para mí.
Mamá baja con sus pantuflas rosadas
durante una pausa comercial y
caza un grillo que canta y la pone nerviosa,
como el tictac del reloj o el agua cuando gotea.
Corta un pomelo en ocho gajos y
lo pone en un cuenco sobre una toalla de papel
con otra en la mano para recoger el jugo.
Sube otra vez.
Entre la 1 y las 4 de la mañana la casa
encierra los gritos de mi Oma. No recuerdo
haberle preguntado a mi madre el por qué o qué eran esos gritos.
Nací sabiendo sobre Buchenwald,
sobre mi Opa Leo que murió de tuberculosis en un campo de trabajo.
Sabía que en el barco ilegal a Palestina
mi padre larguirucho comía cebollas y papas crudas
como si fueran manzanas.
Cada mañana bajo la escalera y encuentro a Oma
vestida con medias y zapatos, blusa de seda y falda de tweed,
bebiendo café schwartz –negro– de cara al sol, mirando
hacia la bahía. Ni una sola vez pensé en preguntarle
en qué soñaba. Pero a veces, cuando era muy chica.
iba a verla, me sentaba en el borde de su cama
que olía a fruta pasada, hilo y crema Nivea,
y ponía mi pequeña mano en su frente
húmeda con el sudor de Hitler.


Born Knowing




My Father fixes clocks in the basement, 
my Mother watches TV upstairs.
My Oma’s door is always closed.
I imagine she sits on the mint green chair
knitting or reading Goethe. On Saturday
she watches Lawrence Welk.
I sit at the kitchen table doing homework––
Iroquois Indians, algebra, Pride and Prejudice.
I taste the frozen cups of Weight Watcher’s
Butter Pecan ice treat buried underneath
supermarket chicken breasts and blue ice packs.
It tastes synthetic, its icy granules refuse 
to melt in my adolescent mouth. 

Sometimes Daddy comes up 
and cuts himself a piece of smelly cheese
or pulls out a bar of Cadbury Milk Chocolate
and breaks off a piece for me.  
Mom comes down in her pink slippers then, 
during a break for commercials; she chases 
a cricket whose chirping makes her nervous,
like a ticking clock does or water dripping.
She cuts a grapefruit into eight wedges and
places it in a bowl atop a Bounty paper towel
with another towel in hand to collect the juice.
She goes upstairs.

Between 1 and 4 in the morning the house 
holds my Oma’s screams. I don’t remember
asking my Mother the why or what of these cries.
I was born knowing about Buchenwald, 
my Opa Leo who died of tuberculosis in a labor camp.
I knew how on the illegal ship to Palestine 
my beanpole Dad ate raw potatoes and onions like apples.

Every morning I come down the stairs to find Oma
dressed in stockings and shoes, a silk blouse and tweed skirt,
drinking schwartz café––black coffee, facing the sun, looking
out at the bay.  Never once did I think to ask her of what 
she dreamed. But sometimes, when I was very young, 
I would go to her, sit at the edge of her bed that 
smelled of over-ripe fruit, yarn and Nivea cream,
and press my small hand to her forehead,
wet with Hitler’s sweat.



poetas norteamericanas
Otros poemas de LISA GRUNBERGER, aquí
Traducción: Gerardo Gambolini
Imagen en ResearchGate

diciembre 13, 2021

Dos poemas de Lisa Grunberger

poetas norteamericanas, recuerdos de madre

Recuerdos de madre, otra vez      




a la mañana cuando mi cabeza está pesada de noche y cobija 
y murciélagos y de las letras haciendo su striptease detrás de mis ojos cerrados 
       
me lleno de ti, tus ojos entre tigre y avellana danzan frente a mí 
y estarás allí todo el día un fragmento del otro mundo 
 
dentro de mí como vive nuestra casa dentro de mí esa otra familia 
     tan real como una lluvia en un país diferente tan real como un caballo 
 
de un siglo diferente porque aún estamos allí no es así madre 
     volteando las fichas de Rummikub, dejando hervir el café turco  
 
otra vez antes de verter la espesa infusión oscura en la porcelana. 
     Qué hace la memoria sino doblarse sobre sí misma — ella también  
 
como una sombra oblicua interrumpida al mediodía en una calle veraniega.  
algunos ven auras, mis dones son más modestos: yo huelo tu aroma 
 
como un perro huele la carne asada del festín de un vecino 
bajo una carpa en el cul-de-sac a la vuelta de la esquina donde las casas  

cuestan más porque hay un jardín y una vista de flores. 
Siempre decías sigue la tierra y el agua,

cuando estábamos en la cama mirando y mirando la caja boba,
esa fluorescente maravilla de suspiros y sonidos,

tu cabello color miel recién arreglado firme al contacto cuando mi cara 
rozaba sus bordes accidentalmente. La tierra a principios de abril

está llena de flores de cerezo. Mi hija anhela 
conocerte. Qué haces le pregunto cuando ella

apoya su mejilla fría contra mi corazón. Escucho
la voz de tu madre, me dice, como si fuera obvio 



El tiempo de mi padre




Trato de hallar el tiempo de mi padre
dentro de mí. Es difícil.

Su tiempo era Encantado. Un tiempo
de sueño que él conjuraba con sus manos. 

Mi padre casi murió allí.
Lo salvó buena gente.

Lo salvó un bote. Heces al costado
del bote, según un testigo ocular.

Lo salvaron cebollas crudas.
Mi padre reía mucho.

Los relojes de nuestra casa
que recogía como niños perdidos 

repican y cantan y suenan
y hacen cucú a toda hora.

¿Sabes? Él vive realmente
en el No-Tiempo. Cuando tenía hambre, 

comía. ¡Media hogaza de pan italiano
en el camino a casa desde el trabajo!

“Cariño, no tendrás hambre
para cenar”, decía mamá.

Pero él comía la sopa
de hongos, el colirrábano ligeramente salado.

Pedía más. Pedía postre.
“Noch vas?” preguntaba, un tono inocente en su voz.

Para mí, el tiempo encarcela.
Estrecho y estrechándose. Yo estoy buscando 

el tiempo de mi padre, los domingos
reunidos en la mesa interminable llena de pasteles

y café turco hecho en la vieja cafetera
que mamá trajo de Israel.

El tiempo me pesa.
¿Qué tiempo es este?  

La muerte se saltó una generación.
Él, tan luminoso, yo, tan oscura,

él claridad mezclada con oscuridad humana,
yo oscuridad mezclada con la luz de papá.

Lupa, resortes, mecanismo, balanza.
Regular como un reloj. Se levantaba a las 6. Ducha

y una taza de café liviano y dulce.
Se iba al trabajo. Volvía  y se lavaba las manos,

mucho jabón en el lavabo, arriba.
Sus manos elegantes salpicando

notas de gracias bajo el grifo.
Siempre lo mismo, sin aburrirse.

Un hombre de rutinas. ¿Adónde irá
cuando yo muera?  Se volverá una foto 

sin nombre en un álbum? ¿Quién es ése? 
Un hombre que por poco fue asesinado

en un tiempo en que un millón y medio de niños
fueron asesinados. “Por qué escribes

sobre esas cosas tan oscuras, Leeza,
come un chocolate,

haz un pastel, suéltate,
escucha un poco de Louis Armstrong. 

Escucha el sonido tan hermoso 
que puede crear tocando su trompeta”. 

Papá cierra sus ojos marrón claro
y escucha el sonido 

que hace Louis con su trompeta,
y el tiempo se mece embelesado

sobre su cabeza. Dentro de mí
el tiempo fuera de la cuna

hace tic-tac
interminablemente 

Yo voy a morir
lejos de donde vengo.

Su tiempo, sí, está 
dentro de mí.

Pero es difícil.


LISA GRUNBERGER (Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos de NA) 
Traducción: Gerardo Gambolini
Enlace: Lisa Grunberger
Imagen en Templey University

Dice Anne Carson

  "Los adjetivos son las asas del Ser. Los sustantivos nombran el mundo, los adjetivos te permiten asir el nombre e impedirle que vuele...