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enero 27, 2019

Claudia Masin: un poema inédito

Claudia Masin


Salvaje    


Todas las cosas buenas son salvajes y libres 

Henry David Thoreau



Un cachorro de jaguar abre los ojos 
cuando la luz empieza 
a retirarse y es la hora del hambre, de aprender 
a procurarse el alimento 
por sí mismo. Cierra 
los ojos cuando el sol aparece, 
en medio de las hojas filtrándose, 
tocándolo como se toca a un animal salvaje 
aún pequeño: con suavidad, 
con miedo, con prudencia. Yo te dije: 
un jaguar no es hijo 
de nadie, es siempre huérfano. Pero quisiste 
darme casa y alimento, la domesticidad 
que cura y tranquiliza a los serenos, que enloquece 
y esclaviza a las fieras. No quiero 
la familia, la casa, la luz demasiado brillante 
sobre el cuero. Duele. El cuero está curtido 
pero debajo hay lastimaduras y el calor 
las trae de vuelta, me hace volver 
a retorcerme, es la soga que me encorva 
y me entristece. Yo te dije que no puedo. 
No puede la bestia calmarse y condolerse
de sí misma, no puede desprenderse ya
de su fiereza que es amor
aunque aterre a todo el que se acerca: amor a la inestable
y violenta vida que encrespa los nervios,
amor a las silenciosas
ramas del álamo que espera la estampida
porque en su interminable estarse quieto es el momento
más precioso: el momento en que despiertan
las criaturas del bosque y se aparean y se matan
y se lamen las heridas mutuamente, una vez
terminada la batalla que siempre,
pero siempre, recomienza.


Otros poemas de CLAUDIA MASIN, aquí

enero 26, 2019

Gerard Smyth



Gerard Smyth



Rendición



Tu viejo vestido de chiffon


cuelga como el fantasma de Emily Dickinson,

triste y desdichado en el cuarto del fondo. 


Un cuarto al que rara vez entramos.

Evoca recuerdos de una noche en los conciertos, 

un día en Rávena.


Ahí consignamos

a la pila de trapos y el revoltijo de cosas

tu ropa elegante, mi traje de tweed


grueso como una armadura.

Ahí en el armario con perchas de madera

está el sombrero de paja 


de tantos viajes, el ala estropeada; 

y la chaqueta suelta, que perdió algunos botones: 

en otro tiempo de moda,


ahora anticuada como el echarpe de Aran

o la camisa con vuelos, deshilachada lo mismo

que una bandera de rendición.




SURRENDER



Your old dress of full-length chiffon / hangs like the ghost of Emily Dickinson / looking forlorn in our backroom. // The room is one we seldom enter. / It prompts memories of an evening / at the proms, a day in Ravenna. // It is here that we consign / to the rag-heap and the jumble pile / your glamour frocks, my tweeds // as thick as body-armour. / The straw hat that has travelled far / is there in the closet of wooden // hangers, hems unravelling; / and the baggy jacket, some buttons gone: / once it was fashionable, / now it is dated like the Aran-shawl / and the shirt with flounces, / frayed like a flag of surrender.



Gerard Smyth (1951, Dublin, Irlanda)

Traducción: Gerardo Gambolini


enero 20, 2019

Roberto Echavarren

Doble sueño    




Llevabas el cabello suelto con meneo
que tus pasos exageraban a chasquidos.
Bajabas la calle. Nunca supe de ti.
Tu resplandor quedó prendido
al espejo convexo de un convertible estacionado.
Los árboles rompían el silencio con crujidos.
No era alegre la tarde
— no es alegre el silencio sino tranquilo
y fortificado en sí, cóncavo
en la palma de la mano. Después de tu pasaje
parecía que podías llegar. Alguien podía 
vernos a los dos — en otra parte, ni antes ni después
(al costado). Bajabas
del convertible con tricota rosada .
La portezuela al cerrarse implicó otras subidas y bajadas.
Habíamos estado juntos una vez. En la vida paralela
tuve el hábito de estar cerca de ti.


Nostalgia



Un pobre animal asustado
contra el rincón de la cabina
ya no sale al encuentro de alimentos;
preserva una semblanza,
una concordia, una visita.
El casi cadáver agoniza enfrente.
Podemos vivir solos
pero no sin compañía de los muertos.
Viento negro atraviesa
el boquerón desgarrado.
Entramos en la alberca; gotea lluvia cálida:
aquí ellos acompañan el eco y el silencio.
El casi cadáver, Berenice,
emergió con la tea de la luna 
para mirarte, buscarte todavía —
ojo vidrioso, muda
pero con el ademán
de quien hablará última.
Señala el cielo
con guante transparente que engloba el paisaje
y se ausenta en mitad del recuadro.
Vendrá la muerte, tendrá tus ojos:
avispas oscuras
entre el labio y el plato de fruta.
Habrá una atmósfera cálida.
¿Qué pasó con la visita?
No se transforma sino en ella
misma todo el tiempo:
le creció el pelo, se le mueve por la espalda
negra hasta los zapatos;
se volvió al costado para decir: lindo perro. 


El claro




Ahora puedo escribir en pleno día
sobre el acolchado de la llovizna nivosa.
No lleva a ninguna parte;
deja la luz en desbandada , los ojos
en barbecho. Esta vez
no es como las otras. Ahora
no se trata de escribir al costado del día.
Las trampas de cazar erizos traquetean 
en el vacío. El coto resuena
con el caballo que estuvo ayer.
El Invierno es la estación cuando el cielo, borrado de pájaros,
cruje de súbito junto a un banco de madera.
Fue un pájaro, me dirás; yo podré estar de acuerdo.
Ahora — de día — estamos recogidos
como a la noche.
Ahora sí estamos solos.
No se ve el tiempo en que te perdí.
Podremos tomar café
frente a una ristra de tablas empapadas, en vacaciones.
Ya no sé de ti
salvo en una conversación de cosas.
Ya no sé de ti
— pero el día no sabe nada de nada.
Disponibles, tranquilos
tenso el arco de caza,
esperamos las bestias que han de ofrecer
junto a la verja visitas
por el vapor borradas. 




Retrato del poeta Roberto Echavarren mirando de soslayo, con anteojos sobre un fondo oscuro
ROBERTO ECHAVARREN
 (1944, Montevideo, Uruguay)

Imagen: Héctor González De Cunco

enero 17, 2019

Juan Liscano

Juan Liscano

Siempre


A Carmen Teresa


Decirlo
No se sabe sino ignorando
cuando se avizora
cuando se prueba el saber de sabores
cuando se levanta entre las sábanas
un feroz paisaje de olores y de lianas
cuando la desnudez
               frágil y poderosa
resplandece en la penumbra de la alcoba
y el tiempo grita 
               y se oyen nombres
palabras recortadas por tijeras de fuego
y se sabe y no se sabe
               y se es sabor
y todo sabe a cuerpos vivos fermentando
recobrados los instintos cazadores
iniciales
recobrada la virtud de estar
juntos solos
y en las axilas se besa un íntimo amargo
y lo oculto abre su interior
en la prueba de probarse
contra la muerte
                         que espera.



No pasa el tiempo




No pasa el tiempo
           pasamos nosotros.
El tiempo no tiene tiempo
mas hay el desgaste nuestro
los tajos
nuestro miedo
a ser devorados por el porvenir
y cabe decir que no hay muerte
porque la muerte no muere
mas hay nuestro pavor del vacío
del hueco
de ser borrados por la ausencia.

Tiempo y muerte: vocablos
nacidos de un pánico antiguo
nombres secretos
de la poda la cosecha los renuevos.
Están en la afluencia solar de la energía
en el movimiento de la vida
en el mínimo resplandor terreno
— esas uvas que relucen en el mediodía
con su promesa y su presencia. 


JUAN LISCANO (1915 / 2001, Caracas, Venezuela)
Fuente: Digital Commons

enero 16, 2019

4 poemas de Diego Brando


poesía argentina



Ruido de ángeles cayendo en el patio 
y de insectos tragados por las arañas. 
Los frutos crecen y absorben la noche 
y destilan el azul más bravo del universo. 
He oído demasiado caerse 
el mundo sobre la casa, 
y cargar con sus cimientos sería 
darle de comer a los chacales. 
Se precipita la lluvia y las gotas golpean 
sobre el cobertizo, como un oro pálido. 
Huyo entre la bruma y pienso en no regresar; 
detrás cuelgan las ropas de los muertos. 
Qué loca idea fue nacer, madre, 
en noche de tormenta y lloviznas.
Algo se quebró desde el principio.




Cuando mi madre hace un silencio
es porque sobrevuela sus flores
un colibrí de tonos azules.
Las tardes de verano en el patio
con los gatos extendidos a la sombra
de un aromo que crece enorme
suelen tener esa manifestación divina.
El pájaro puede irse y luego volver
construyendo otro silencio.
Yo sólo pienso y contemplo,
así ha sido la vida de mi madre,
un momento detenido tras otro
en el que la muerte se ha querido posar en ella
con la prestancia de un pájaro eléctrico.




En el fondo de la segunda mitad de mi vida 
solo hay basura acumulada,
tropeles de caballos que huyen hacia el desierto.
No recuerdo ahora cómo era antes,
todo aquello quedó lejos
como la sombra de nuestros ancestros
bajo el limonero.
Si hago un esfuerzo solo sé
que algo desapareció y que lo lloramos,
y que lo que comenzó a acumularse
cedió ante la nieve.
Agua podrida de la que sin embargo bebo.




1



No esperábamos tanto viento,
pero aquí está,
cambiando todo de lugar.
También nosotros,
que miramos con extrema quietud desde la ventana
de qué manera se mueven las hojas acumuladas
al fondo de la casa y la ropa que olvidamos colgada
en el tendedero de cemento.
En su soporte, la inscripción de una fecha:
primero de diciembre de mil novecientos noventa y dos.
De los años
en que no hemos aprendido nada
queda el suave paso de las hojas,
la virtud del movimiento.
Seres ateridos por el frío,
admiramos lo que no entendemos.

Otros poemas de DIEGO BRANDO, aquí

enero 14, 2019

Eleonora González Capria

Eleonora González Capria


SÁBANA




Volvimos en un taxi
y adentro lo que había
no conocía el cielo.
Algunas cosas tienen que viajar siempre en tierra
y las que no
nacen igual a veces en cuartos bien cerrados.

Quizás el cielo le llegó entre sueños como una sábana
azul que se alejaba siempre, y al final 
despertaba temblando, pesadilla crónica
del deseo o del instinto.

Después soñé también mis propias pesadillas
el arrepentimiento
lo que nadie me supo explicar de guardarse
lo que debiera andar alto.
Ya en casa por las noches 
le cargábamos una manta encima
para que no soñara feo o despertara llorando.

Pero eso fue más tarde.

Primero nos lo dieron pájaro
adentro de una caja.


 

TEMA DE CONVERSACIÓN




Esa piedra, vos me decís, vino con la corriente
era la roca inaugural resto de monte suelto 
cosa de siempre de tu infancia.

Estás mintiendo. Esa palabra, cuando vivía,
salió de conejeras, de una noche
sin luz artificial, yo me acuerdo.
Quedaba blanco allá adelante
una mancha entre dos árboles
y cambié de camino
para pasar protegida por la sombra.
A oscuras, te expliqué, no me persigue mi cara.
Después hubo viento y después
hablamos. Eso era antes, un cuerpo de sonidos.

Vos insistís: oíme si siempre fue una piedra,
la guardo para dispararles
a los camiones por la ruta si me aburro
o algún día levantar una casa.



BORRADOR DE TRADUCCIÓN




La evolución de las especies tiene
barba de viejo
finas pilosidades 
de árbol fueguino, hongo de alga,
tiene quince picos por capítulo
hijos de la misma madre.
Es la cara de un hombre
que antes no fue Dios.
Lo que hay que traducir es el recuerdo
de ese origen bajo el agua buscando palabras como
océano, transmutación, pinzones,
lo que sin forma avanza por el tiempo
multiplicado,
encontrar el estilo de epitafia simbiótica, 
el rasgo variable de la lengua ajena.
Esta cola, por ejemplo, es más larga
y sobrevive.
Sobre el mundo material
podemos decir al menos esto
venimos a la Tierra por leyes generales,
así empieza.
Termina la traducción diciendo:
todos éramos peces al principio
y todavía tenemos branquias.

ELEONORA GONZÁLEZ CAPRIA nació en Buenos Aires. Licenciada en Letras, traductora y profesora de Traducción, es poeta y narradora.

enero 13, 2019

John Burnside: Aprender a dormir

John Burnside


UN ENSAYO SOBRE EL DUELO     

                                                                para Lucas


I Al cavar una tumba para Oxy, un gatito negro atigrado, Octubre 2016

"Es muy amargo", respondió;
pero me gusta
porque es amargo
y porque es mi corazón".

Stephen Crane



Lindo día, para esta época del año,
sol en los árboles del seto, un solo
gavilán vuela sobre el potrero.
Es difícil cavar esta tierra, y cada vez cuesta más:
quince centímetros y tengo que volver a buscar el pico
para sacar las piedras grandes de la arcilla
y después, con la manta que vamos a usar de mortaja tendida en el pasto,
terminamos  en silencio la tarea, parando
solamente  una o dos veces
a calcular la profundidad y recuperar el aliento.
Sin nada que decir, desmigajás un puñado de tierra
para que se entibie en tus manos
y espolvoreás la tumba que improvisamos
con esas migas frescas, negras;
y después  de un momento sigo yo, respetando el silencio.

Nada que decir, pero me viene a la cabeza, desde lejos,
la voz de una vieja publicidad que me hace acordar
a la Nueva Jerusalén de cada canción
que mis padres me hicieron bailar, papel picado
rosa en mi camisa, la chica de moda,

una quimera de lentejuelas en mis brazos;
nada que tenga sentido, y sin embargo suficiente
para oponerme a ese relato tan de los años cincuenta
de lavanda y naftalina
en el vestido de novia de mi madre, las mangas huecas
más fantasmales que la novia que no tuve.
tanto que lamentar, ahora,
que apenas doy abasto:
despierto con mis libros hasta tarde, a la luz de la lámpara,
el corazón en un anzuelo, me alimento de todo lo que encuentro,
después duermo hasta tarde, un Neanderthal
contemporáneo, las planicies
implícitas en mis ganglios basales,
polvo que flota en el hall, el sol del mediodía,
y una suerte de dolce stil nuovo en la punta de la lengua.
Tanto que lamentar, y todo eso
casualidad,
esa maldita vocación de defender lo mío
toda la vida, mientras lo que creía sólido se deshacía
como nieve en el calor de una parrilla hibachi.

Veo que parecidos somos, qué distintos;
y que llegaste a ese estado en el que ser incomprendido
también es una especie de vocación, un árido refugio
al que vos te aferrás porque es duro
y porque es tuyo;
pero debo aceptar que sos propenso al dolor:
pero no es un don, en absoluto, sino un tesoro que cuidar
como al latido de un pájaro cantor
que se cayó, y es levantado y protegido
hasta que se anima y vuelve a volar.
En general, como sabemos, esa presencia se disipa
hasta volverse un pedacito de calor en una caja de zapatos forrada de musgo,
pero de vez en cuando levanta vuelo desde tus dedos
abiertos y se abandona suavemente al aire,
mientras se va oscilando hacia los árboles.
De ahí en más
ya no hay canción que vuelva a ser la misma;
te pones a escuchar, a la espera de alguna
señal de curación en los dialectos varios
y el zorzal y el petirrojo.

Recuerdo la mañana en que nos fuimos caminando
desde Leuk Stadt a Susten:
después de la primera nevada, tu hermano y yo
y vos, adelantándote para dejar huellas nuevas
en el sendero, entre las viñas.

Alguien se había marchado, o muerto, y sus uvas
estaban negras en el enrejado,
ya resecas por el frío pero aún
intensamente vivas, a su modo, una indeleble caligrafía
tiñendo los alambres con determinación y arrojo ciego.

Trepamos por la senda congelada hasta Alte Kehr, la nieve fresca
densa sobre los muros de piedra que rodean la ciudad,
y todo parecía descifrable,
el deshielo en las huellas de un gato que anduvo merodeando
y la luz de la nieve en sus caras, como una bendición.

Por esta zona, oí decir, de vez en cuando
una mujer se levanta de su cama sin hacer ruido,
y sale temprano a la nieve de la mañana
sin dejar huellas mientras camina hasta el final de la senda
sin vapor en el aire, sin sonido, sin rastro;
y aunque sea una de esas que imaginaríamos
como una madre digna y fiel, prudente y amorosa, también sabemos
que ha viajado más allá de todo apego
por el Lugar que deja atrás, por los que siguen
adelante ya sin ella:
una mujer al atardecer, de blusa blanca y sandalias borravino,
que canta porque piensa que está sola
o que acaricia al gato mientras las nubes se amontonan
y lo que parecía seguro se prepara para la oscuridad que se acerca,
hojas de parra y aguanieve, setos en flor, sangre y espina de pescado



AN ESSAY ON MOURNING

for Lucas

I ON DIGGING A GRAVE FOR OXY, A BLACK TABBY KITTEN, OCTOBER 2016

"It is bitter - bitter;"
he answered; "But I like it because it is bitter, And because it is my
heart."
STEPHEN CRANE




A fair day, for this time of year/
sun on the hedge trees, a lone /sparrow-hawk over the paddock./ Digging on this
ground is hard, and then it gets harder: /six inches down, I have to go back
for a pick //to prise the larger stones out of the clay;/ and then, with the
blanket-weave shroud laid out in the open, /we finish the job in silence, only/
stopping once or twice/ to estimate the depth and catch our breath. //With
nothing to say, you crumble a fistful of loam/ so it warms in your hands,/ and
sprinkle the grave we've contrived/ with the raw, dark crumbs;/ and, after a
moment, I follow, respecting the silence.//Nothing to say, but far at the back
of my head,/ a voice from an old commercial, calling to mind/ the New Jerusalem
of every song/ my parents made me dance to, pink/ confetti on my shirt, the
latest girl//a chimera of sequins in my arms - nothing that made/any sense, but
just enough/ to contradict the '50s narrative/ of lavender and naphtha in/ her
wedding dress, the hollow of her sleeves //more ghostlike than the bride I never
saw./ So much to grieve for now,/ I can barely keep track:/ sitting up late
with my books, in the anglepoise light,/ heart on a fish-hook, I feed on
whatever I can,//then sleep late, like a latter-day/Neanderthal, the plains/
implicit in my basal ganglia,/ a dustfall in the hall, the noonday sun,/some
dolce stil nuovo, of sorts, at the tip
of my tongue.//So much to grieve for - and all of it/ happenstance,/ the curse
of a lifelong vocation for standing my ground/ while all that I once thought
solid frittered away/ like snow on a lit
hibachi.
//I see how alike we are, and how unalike;/ and I see you have reached that
condition where
misunderstood/ is
also a kind of vocation, the hardscrabble refuge/ you ding to because it is
hard, and because it is yours;//yet I have to accept that you are inclined to
grief:/ by no means a gift, but a treasure that must be/ guarded, like the
heartbeat of a fallen/ songbird, gathered up and carried home/ to safety, till
it dares to fly again.//More often than not, as we know, that presence fades/
to a morsel of warmth in a shoebox lined with moss,/ but once or twice it soars
from your parted/ fingers, soft surrender to the air,/ as it flickers away to
the trees. //From that point on,/ no song will be the same;/ you listen for
yourself, for some thin trace/ of healing in the varied dialects/ of mistle
thrush and robin.//I remember the morning we walked/ from Leuk-Stadt to Susten:/
lost the first quick snow, your brother and I/ and you, running on ahead, to
make/ new footprints on the path between the vines.//Someone had left, or died,
and their grapes/ were black on the trellis,/ shrivelling, now, in the cold,
but still/ so fiercely alive, in their way, an indelible script/ of purpose and
blind resolution inking the wires.//We climbed the icy track at Alte Kehr, the
new snow/ thick on the dry-stone walls around the town,/ and everything, it
seemed, was legible,/ meltwater filling the tracks where a cat had lingered,/
the snow-light on your faces, like a blessing.//In these parts, I've heard it
said that, now and then,/ a woman will leave her bed without a sound/ and go
out early in the morning snow,/leaving no prints as she walks to the end of the
track,/ no vapour on the air, no sound, no stain;//and though she is one of
those we would surely imagine/ as loyal and decent, a careful and loving
mother, we also know/ she has travelled beyond any strong/ attachment to the
place she leaves behind, or those/ who carry on without her://a woman at dusk,
in a white shirt and wine-coloured sandals,/ singing, because she thinks she is
alone,/ or bending to fuss the cat, while the snow-clouds gather,/ and all that
seemed sure stands poised for the darkness to come,/ vineleaves and meltwater,
hedge-blossoms, fish blood and bone. 



De: "Aprender a dormir", Audisea, 2017
Traducción: Daniel Lipara
Otros poemas de JOHN BURNSIDE, aquí
Imagen: Getty Images

enero 10, 2019

Raquel Lanseros

Raquel Lanseros

En ocasión de todos los finales



Yo nunca resistí las despedidas
con su mezcla de muerte y precipicio
con el aroma amargo de la finitud
empalagando el ánimo
con esa luz de hielo matutino
que penetra debajo de los párpados.

Yo nunca resistí las despedidas
pero no sé por qué.
Me lo pregunto porque no ha supuesto
una sorpresa súbita casi ninguna de ellas.
He solido saber
con esa exactitud de los relojes
el lugar, el momento
la documentación y el escenario
en que sobrevinieron.

No hay engaño. El jueves diecinueve
era un jueves sin ti. Estaba escrito
mucho antes que las lágrimas
anunciasen el fin
y todo fin es único.

Las despedidas son como el otoño
inevitables pérdidas
vienen puntuales con aviso previo.
Nadie puede acusar de su tristeza
a la pequeña hoja tiritando dormida
en medio del camino.

De repente esa hoja me recuerda
los hoteles pintados de naranja.
Son dos cosas que llegan de otra época
igual que llega la bruma de noviembre.
Traen una carga de nostalgia limpia
sin traición ni sorpresa.
Y sin embargo el alma
no logra acostumbrarse en una vida.

Yo nunca resistí las despedidas
porque en cada una de ellas se marchita la voz
de todas las personas que yo he sido
y ya no puedo ser.



RAQUEL LANSEROS (1973, Jerez de la Frontera, España)
Fuente: http://www.raquellanseros.com/index.php
Enlace: https://www.jotdown.es/2014/04/raquel-lanseros-la-poesia-es-el-territorio-absoluto-de-la-libertad/
Imagen: Museo Picasso Málaga

enero 03, 2019

Massimo Gezzi







Massimo Gezzi





Una despedida








Se paró a observar los últimos destellos

de luz que ahondaban detrás de los montes.

«No mienten nunca, los niños,

cuando pintan el sol rojo y las nubes

rosa sobre un fondo azul cobalto. Quizás sean

los únicos que todavía saben mirar algo».

Apoyó el vaso en la mesa,


sopló el humo contra el cristal y aquel

se abrió como un lago de aire gris.

«He pensado que mi vida era mía.

Tú también estás pensando, ahora,

que tú eres lo que eliges, lo que quieres,

lo que dices». Le respondían los libros,

los marcos, las plantas a punto de lanzarse en la oscuridad,

yo no. «Incluso lo que no dices»,

sonrió, mientras el estertor del catarro

se le volvía más oscuro. «En cambio ahora

tú, en esa silla, mientras me miras la espalda

y quisieras anudar tus manos o estar mudo,

tú ahora eres importante, y no lo crees, y no lo sabes».

La nube más lejana de repente se desvaneció

En pocos minutos perdió el rosa, luego el violeta.

Ya era una masa gris cuando él,

golpeando al compás dos dedos en los cristales,

después de un golpe de tos, entonó Yesterday,

luego paró.







Un paso atrás







En la calle, pasado un semáforo,

mitad en el césped mitad

en el cemento, una chica rubia platino,

con piercing en los labios y los auriculares

en los oídos. Tumbada entre las hojas

y en el frío, a pocos metros de un banco.

La levantas. Sientes el calor

de su mano que se aferra a la tuya,

el perfume dulzón, ves sus ojos

medio colocados. Está viva, sonríe, se tambalea

mientras avanza hacia ti y hace amago

de abrazarte, apretando en todo momento

tu mano. Y tú echas un paso atrás,

estás temeroso, piensas en el asco,

en lo ignoto, tienes miedo y casi te avergüenzas.

Tienes cosas que hacer, claro, es tarde. Y mañana

el despertador, las clases, la prisa por las calles...

Volverás a pasar por aquí. Notarás con cierto

alivio su ausencia: en la hierba solo hojas,

cacas, la escarcha derritiéndose, tu quieta

seguridad de autómata imperturbable que esquiva

los obstáculos y los empujones. Ella ni te recuerda

siquiera, 

y ahora duerme.







Un congedo







Si fermò ad osservare gli ultimi bagliori

di luce che affondavano dietro i monti.

«Non mentono di niente, i bambini,

quando fanno il sole rosso o le nuvole

rosa su uno sfondo blu cobalto. Forse sono

gli unici che guardano ancora qualcosa».

Posò il bicchiere sul tavolo,

soffiò il fumo contro il vetro e quello

si allargò come un lago di aria grigia.

«Ho pensato che la mia vita fosse mia.

Anche tu lo stai pensando, adesso,

che tu sei ciò che scegli, ciò che vuoi,

quello che dici». Gli rispondevano i libri,

le cornici, le piante tese al tuffo nel buio,

non io. «Anche quello che non dici»,

sorrise, men tre il rantolo di catarro

gli si faceva più scuro. «Invece adesso

tu, su quella sedia, che mi guardi le spalle

e vorresti annodarti le mani o essere muto,

tu adesso sei importante, e non lo credi, e non lo sai».

La nuvola più lontana sbiadì all’improvviso.

Nel giro di pochi minuti perse il rosa, poi il viola.

Era ormai un ammasso grigio quando lui,

picchiettando due dita al ritmo contro i vetri,

diede un colpo di tosse e intonò Yesterday,

poi smise.






Un passo indietro







Lungo la strada, attraversato un semaforo,

metà sull’aiuola e metà

sul cemento, una ragazza biondo platino,

con piercing sulle labbra e le cuffie

nelle orecchie. Distesa tra le foglie

e nelfreddo, a pochi metri da una banca.

La rialzi. Ne senti il calore

della mano che si afferra alla tua,

il profumo dolciastro, ne vedi gli occhi

mezzi fatti. È viva, sorride, barcolla

mentre viene verso te e fa come

per abbracciarti, sempre stretta

alla tua mano. E tu fai un passo indietro,

ne hai timore, pensi allo schifo,

all’ignoto, hai paura e quasi non te ne vergogni.

Hai da fare, certo, è tardi. E domani

la sveglia, le lezioni, la corsa per la strada...

Ripasserai di qui. Noterai con un certo

sollievo la sua


assenza: sull’erba solo foglie,

cacche, la brina che si scioglie, la tua quieta

sicurezza di automa imperturbabile che schiva

gli ostacoli e le spinte. Lei non ti ricorda nemmeno,

e adesso dorme.









Massimo Gezzi (1976, Sant'Elpidio a Mare, Femo, Italia)

De: "Il numero dei vivi", Donzelli, 2015

Traducción: Paolino Nappi

Fuente: Universitat de València

Enlaces:

https://campodemaniobras.blogspot.com/2017/01/massimo-gezzi-dos-poemas.html 

https://www.eltoroceleste.com/massimo-gezzi/

Imagen: La prima web



enero 01, 2019

Andrea Cote Botero

poesía colombiana


Lección única sobre las cosas viejas

Ya dije:
no sé quién inventa el olor de la casa,

no sé.
Más aún si lo que te gusta es

la vista ruinosa de los tejados
y la pared deslucida, el muro demolido
y su puerta que ya no tiene afuera.
Más aún,

si ya no recuerdas que no es el olor,
sino la bondad de las cosas
al exhibir su derrota.


Estación de luz



Verás, es tu ciudad que no descansa,
en la que siempre hay algo a punto de venirse abajo.
Por ejemplo, la lluvia —derrumbada en la luz—
ya sabes;
o los árboles
quemados de cielo a media tarde,
aniquilados como pájaros
que se lanzan desde el aire
y caen en los parques,
arrastrando su manía de caer.
Porque es verdad que es mi ciudad
y es del otoño,
la casa misma de todo lo que lentamente se desploma,
hastiado de durar
en el aire y la intemperie de la luz.
Es mi ciudad,
la casa de las cosas
que siempre son más bellas
cuando están a punto de acabar.

ANDREA COTE BOTERO (1981, Barrancabermeja, Colombia)
Fuente: 400 Elefantes
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