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enero 28, 2024

Martín Rodriguez


Balada de bienvenida




El Citroen se desmoronó. 
vi la montaña temblar mientras pasaba mi padre
como si llevara las doce tablas romanas;
lo vi gigante en ese sueño 
haciendo dedo, de chico parece 
que un padre viene de abrir cárceles,
de liberar presos. 
En medio de la ruta desierta 
un taxi que lo leve 
al bar de la avenida Callao 
y tipear la nota para entregar
en el juzgado, en las dos primeras
horas de un día cualquiera, 
como todos los días de todos los años esos 
que se pasó con una familia al hombro 
con hijos propios, ajenos, suyos. 
Los primeros colores del mundo se ordenaban 
en torno a él: la luz de la mañana 
lo encontraba ya despierto siempre. 
El primer burócrata de la sonrisa, 
mi primer amigo, mi padre, el primer café 
y la palmada. 
Lo vi en la ruta, haciendo dedo. 
El auto incendiado atrás. 
Vi a mi padre temblar, 
vi las montañas tambalear a su paso


poesía argentina
MARTIN RODRÍGUEZ
(1978, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
De: "Balada para una prisionera", Caleta Olivia)
Enlaces: Revista Ruda
Imagen en Facebook

enero 24, 2024

Edgar O´Hara: Pero nada nos responde

Edgar O'Hara: Pero nada nos responde

Rapto campestre en Cieneguilla (Lima, agosto 1992)   


Para Luis Miguel, que compartió esta visión  


El restorán-recreo se llama La Dulzura  
en la luz y el aire limpio  
de Cieneguilla:  
                         3 Sapos, 
canchas de volley o badminton 
y un golfito.
                     Cerveza helada, platos
criollos, atención exclusiva y los domingos
tamalitos verdes (piqueo).
                                           Lo proclama el cartel.

No hay camarones a la piedra:
el río Lurín hace dos años
es con las justas un cabello de ángel.

Entramos por una chela.
                                        Familiones
bajo toldos del jardín.

(Ingenuotes. Ni se les ocurre
que esta compaña, a lo sumo,
durará un semestre.)

Quizá la respuesta esté
en ese chasquido sonoro que casi
la desfigura,
                    un eco labial
de platina y chocolate.
                                     Castañeteo
impúdico.
                Aunque más temprano que tarde
--lo intuimos-- la diosa recelará
su voz.
            En cambio la manada
ni por aquí adivina
el sabor a lo sacro.
                               Apuestan ahora
que Alianza le ganará a Cristal.

(Fiebre de manganzones, caso perdido.)

La hemos hecho muy larga. Terminamos
no una sino varias chelas.
Las familias se fueron yendo
como el sol de Cieneguilla.

                                             Pero
la Brasa sigue
en su hornacina, sonriente,
mientras los torpes delfines
del pensamiento

lanzan las fichas y nunca
le embocan al sapo. (La suerte
ya está echada.)

La hora de retirarse coincide
con el frío de la tarde
en Cieneguilla.
                       Le decimos adiós
a qué Dulzura.
                       Sin saberlo
nos hincamos.
                       Pero nada nos responde,
ni el más leve
gesto.


poesía peruana, Cieneguilla
EDGAR O'HARA
(1954, Lima, Perú)
Fuente: Nueva Provenza | 
Imagen en El enamorado






enero 21, 2024

Enrique D. Zattara: El crítico literario en su laberinto


En su primera novela El túnel (libro que probablemente sea de los más habituales entre los que nos “inician” en la literatura contemporánea en español), Ernesto Sábato sienta una posición que suele ser repetida casi a coro por muchos artistas (y público): el desprecio por la crítica. Según Sábato (o mejor dicho, según su narrador, el pintor Juan Pablo Castel), confiar en la opinión de los críticos profesionales de un libro o una obra de arte, es comparable a confiar en el éxito de una operación quirúrgica hecha por alguien que nunca ha entablillado siquiera la pata de un gato.

Salvedad hecha de que muchos críticos son también escritores de éxito, la acusación apunta a la idea de que ¿cómo puede juzgar una obra de arte alguien que es incapaz de pintar un cuadro o escribir una ficción convincente? Podríamos empezar por devolverle a Sábato la pelota con su propia medicina: ¿cómo podría juzgar entonces esa obra el propio autor? ¿con qué parámetros? De todos los autores, escritores y escribientes que pululan en el mundo, ¿quiénes están investidos con la licencia divina para decir que lo suyo (o lo que les gusta a ellos) es bueno y lo de otros es malo? En suma: ¿por qué un texto literario es bueno y por qué es malo? ¿Alguien podría explicarlo? No he logrado hasta ahora, en más de medio siglo leyendo al respecto, ninguna respuesta que me deje completamente satisfecho, sin dudas, sin ninguna posible refutación que oponerle.

Los anglosajones -o para decirlo más afinadamente: los ingleses- parecen haber resuelto el problema desde siempre con un método sencillo: categorías excluyentes. En efecto, para ellos existen dos clasificaciones básicas de lo que se escribe, publica y vende en las librerías: literatura culta y literatura popular. El propio autor no abriga dudas al respecto: desde el momento mismo de empezar a escribir se ubica en el lugar que presupone le corresponde. Miles y miles de historias de crimen y misterio, series de sagas familiares inagotables, y otros temas recurrentes, se escriben y se leen en mera clave de entretenimiento. Son los libros, digamos, que abundan en los vagones del metro. Ni siquiera Netflix y sus sucedáneos en las pantallas de los dispositivos móviles han logrado la hazaña de suprimirlos. Cosa curiosa, además: uno tendería a creer que a la gente actual le gusta lo que se lee del tirón, y no: la inmensa mayoría de los superventas de autores de quien nadie recuerda el nombre, son considerables tochos. Del otro lado están los autores serios, estudiados en las cátedras de Creative Writing y frecuentes en los suplementos culturales y las revistas por suscripción. Y a nadie se le ocurriría sugerir que Agatha Christie pudiese estar en la misma estantería que Lawrence Durrell o Virginia Woolf.

¿Tienen los ingleses claros los criterios estéticos que explican esta tajante y genética diferencia? No les hace falta. Para la todavía increíblemente prejuiciosa sociedad británica, no es una cuestión estética sino de clases: hay unos sectores que, en relación con su posición en la escala social, se da por sentado que son quienes tienen acceso a la “alta cultura”, aquello a lo que los sociólogos llamarían “apropiación de los bienes culturales”. Un privilegio que les está naturalmente vedado a las clases inferiores, que -se supone- no tienen acceso al nivel educativo suficiente (en un país donde la enseñanza superior y especializada no sólo está privatizada sino que es carísima). No solamente a ningún miembro de ese sector “culto” se le ocurriría pensar que Agatha Christie sea una gran escritora, sino tampoco a los mismos que la leen con gusto. Hay literatura para los cultos y literatura para la plebe, y nadie lo discute, ni siquiera la plebe. Aunque por supuesto, cualquier estadística de lectura destruiría fácilmente esa falsa convicción que no se basa más que en un prejuicio social. Como tantas cosas en el Reino Unido, las normas (al menos formalmente) son una cuestión de clase.

Entre los lectores (y los escritores) de habla castellana, la cosa es un poco más confusa. O quizás más democrática, lo que no significa que ello resuelva el problema. En un listado de suplemento literario (que puede ser considerado de algún modo como el estándar de la lectura culta) sería frecuente que entre “los mejores libros del año” Arturo Pérez Reverte, Isabel Allende o Carlos Ruiz Zafón alternasen con Bolaño, Piglia o Vila-Matas. O que haya lectores no necesariamente iletrados que incluyan entre sus lecturas de cabecera a El Código Da Vinci. La considerable mezcolanza de “mecanismos de consagración” que no han logrado por ahora imponer una hegemonía (suplementos y revistas más o menos especializadas, críticos pagados o no por las editoriales, cátedras universitarias y otros), sumado en los últimos años a las fatídicas “redes sociales” (sobre todo en el campo de la poesía, que es más cortita de leer), generan (y han generado históricamente, mucho antes de que los Like intervinieran en el asunto) una sopa de criterios en la que resulta difícil moverse.

Y no es que no haya criterios estéticos, tomas de posición enérgicas y luchas fratricidas. Incluso, autores defenestrados antes de ser leídos (pongamos por caso al pobre Paulo Coelho, mencionado unánimemente cuando se quiere ejemplificar “cómo no hay que escribir”, incluso por jóvenes autores que, sin advertirlo, escriben más o menos como él). El problema es que, al no existir prácticamente ningún tipo de explicación irrefutable, aceptada unánimemente, sobre las características del hecho literario, ¿con qué derecho -como no sea el autoritario- le negamos al admirador de Coelho o de poesía instagramiana el considerar que es su gusto literario, y no el de los que leen a Beckett y T.S. Eliot, el que tiene más valor? Al fin y al cabo, lo único seguro es que Coelho tiene más lectores (como los tuvieron Dumas, Ponson du Terrail, Daphne du Marier y otros en su momento), al menos durante el tiempo que siga estando de moda. Del mismo modo, ¿quién es el que puede dar una explicación realmente comprensible de por qué la letra de una murga de carnaval o el encendido verso del que enarbola su verbo viril contra los poderosos -sean estos quiénes sean en cada caso – es menos poesía que la de Octavio Paz? La presunta “democratización” de los criterios estéticos, en este caso, convierte al terreno de la literatura en un campo de batalla con reglas y normas cambiantes, pero sin leyes. ¿Es mejor o es peor?

Sabemos que la autonomía del hecho artístico es relativamente reciente. Hasta mucho después del Renacimiento, los creadores eran artesanos al servicio de la propaganda del poder político o religioso; y ese largo y complejo camino tiene sus momentos prototípicos como por ejemplo el teatro isabelino, apoyado (y tolerado o censurado de acuerdo a las circunstancias) por el poder real, pero al mismo tiempo muy dependiente de la existencia de un nuevo público plebeyo, lo que llevó al propio Shakespeare a crear un lenguaje desprejuiciado y popular para inventarse las historias dinásticas según lo que le convenía a los reyes. El artista (y el escritor) encuentran en la formación de un mercado de oferta y demanda la posibilidad de su independencia, reforzando su individualidad y el concepto de propiedad de su obra -paradójicamente- como un acto de rebeldía contra la “despersonalización” de la sociedad industrial. El ideal romántico del “genio” y la búsqueda de autonomía de su arte, mina las bases de las preceptivas que hasta entonces organizaban los juicios de valor de las obras, incluso hasta el punto de prescindir del gusto del público (ratificado en la sanción económica que significa la venta de las obras). Paul Valery diferenciaba las obras escritas para satisfacer a un público, de las escritas para crear un público nuevo; un criterio de valoración que todavía forma parte de algunas teorías estéticas. Schücking afirma que esta descomposición de la “autoridad” valorativa, condujo a los artistas a la aparición de lo que él llama “sociedades de admiración mutua”. Esas “sociedades de admiración mutua” generan y defienden valores y criterios estéticos en una lucha libre por la hegemonía de lo que Bourdieu llamaría “campo intelectual” (o su subconjunto, el “campo literario”), es decir: por la apropiación de los mecanismos de consagración.

En una metáfora a mi juicio ajustadísima, Bourdieu compara el campo intelectual con la Iglesia: existe un dogma que se atrinchera en sus sacerdotes para resistir los embates de los herejes, quienes una vez que han conquistado la fortaleza, cierran filas alrededor de los nuevos dogmas que han impuesto, para defenderlos de los herejes próximos.  “Lo que con frecuencia es descrito como competencia por el éxito es en realidad una competencia por la consagración, librada en un mundo intelectual dominado por la competencia entre las autoridades que reclaman el monopolio de la legitimidad cultural y el derecho a retener y conferir esta consagración”. Por supuesto, no todas las herejías se imponen, lo que significa no sólo una lucha entre sacerdotes y herejes, sino entre los mismos profetas de diferentes herejías. ¿No es esa una descripción perfecta del campo intelectual contemporáneo?

Bourdieu también acuñó otro “axioma” provocativo: artista es aquel de quien los otros artistas dicen que es artista. Parece una boutade, pero si lo miramos bien, es una verdad como un templo. Es el criterio de quienes ocupan la centralidad (los sacerdotes) o la marginalidad emergente (los herejes), quien decide la aceptación de una obra en la “buena literatura”. Tal como hace un siglo demostró ya Duchamp con su inodoro: rechazado por el Salón oficial no era una obra de arte, aceptado por el Salón alternativo sí lo era. (Y si quedó en la historia como una de las obras cumbre del siglo XX no es por su belleza “intrínseca”, sino por su significación conceptual en la polémica sobre la identidad del arte). Sacerdotes y herejes pertenecen al mismo campo cultural: críticos, comentaristas, curadores o polemistas, todos dependen de una categoría de pensamiento que los incorpora a los “artistas” vigentes. Así que, la provocación de Bourdieu, como se ve, no va mal encaminada. Aquí el público no pinta nada: el éxito de ventas no transforma en “gran escritor” ni a Paulo Coelho ni siquiera a Agatha Christie.

Resumiendo a las apuradas: la literatura considerada como entretenimiento (que aunque parezca que nadie lee, por algo será que se venden millones de libros) va por un lado -impulsada por la industria editorial, las librerías de toda la vida y las Amazon&cia, los comentaristas pagos de las revistas populares, las campañas de marketing y las “sociedades de aplausos mutuos” de Facebook e Instagram- ; y la literatura considerada como arte por el otro -al amparo de la crítica especializada, la academia y la universidad, y los sellos editoriales “exquisitos”-. No sería vano hacer notar que las grandes empresas editoriales monopólicas tienen sellos dedicados a la “literatura de masas” y sellos dedicados a la “literatura culta”, todos rindiendo cuentas a la misma caja. El capital no tiene prejuicios literarios a favor de unos o de otros: recauda.

Pero volviendo a la pregunta inicial: entonces, ¿por qué una obra literaria es buena o es mala? ¿Es que debemos denunciar este aparente sectarismo endogámico de los “mecanismos de consagración”, para dejar los juicios de valor una vez más a la “mano invisible del mercado”, o sea, a la respuesta de los lectores (una propuesta que es fácil de vender al mismo tiempo como “liberal” y como “democrática”)?

Recuerdo que hace algunos años el museo Picasso de Málaga ofreció una muestra poco usual del grabador del siglo XV Albert Durero, en la que destacaba una famosa plumilla que representa una liebre. El arte en Málaga es un reclamo turístico, así que los medios de prensa le dieron gran despliegue, mencionando y reproduciendo incluso la supuesta pieza predilecta. Me he reído hasta agotarme con la anécdota de un amigo que asistió, rodeado de muchedumbres de señoras pensionistas en turismo de tercera edad que avanzaban rápidamente por los pasillos a la voz de “lo importante es el conejo”. Pero a fin de cuentas, ¿acaso nosotros si vamos al inmenso Louvre no pasamos de largo por decenas de obras para dirigirnos a ver antes que nada La Gioconda, o Las Meninas si se trata de El Prado?

Con todo, es evidente (al menos para mí) que la idea ingenua de la “democratización” de la crítica es tan falaz como la reforma de Lutero. Dejar al “público” la tarea de juzgar y consagrar o no el valor de una obra, es la más grande de las mentiras. El “gusto” no es una condición innata de las personas, sino el resultado de un cúmulo de prejuicios sociales desarrollados por la educación (y por lo tanto, epocales y conservadores); sumados a la influencia de los mecanismos ideológicos de la cultura en la que vive (en la sociedad actual, cada vez más una cultura global dominada por los medios de comunicación). Que un escritor de poemas tenga miles de seguidores en facebook o instagram, o que una estrella de la TV venda millones de ejemplares de su primera novela escrita en realidad por un “negro” literario (e incluso gane unos cuantos premios), no quiere decir que su libro valga algo. De hecho, seguramente será rápidamente denigrado por críticos (y autores) participantes de otros sistemas de consagración (la universidad, por ejemplo). En la práctica, entre la obra y el lector existe una enorme cantidad de mediaciones, que nunca o casi nunca son desinteresadas. Primero, los criterios de la editorial, quienes a su vez acuden a menudo a las obras recomendadas por críticos de su confianza, autores de su misma casa, etc. Luego los críticos de divulgación (básicamente los suplementos culturales de periódicos, que actualmente pertenecen a los mismos grupos empresariales que las editoriales que editan los libros); las revistas supuestamente canónicas tipo Granta; las listas de “los mejores de…” inventadas por ferias y distribuidoras en connivencia con las editoriales; y desde luego la universidad con la tiranía de sus culteranismos internos que convierten el incesante chorreo de “papers” en fotocopias en las que es obligatorio compartir las terminologías y lenguajes de moda.

Y por supuesto, toda esta mescolanza con sus consecuentes adherentes y detractores que se miran entre sí por encima del hombro, otorgando o negando valores sólo en función de sus propios códigos. “Tribus” literarias que normalmente se encabalgan mientras alguna tendencia predomina sobre otras, casi siempre en función de los climas sociales predominantes en cada época, y se disuelven o cambian de trinchera cuando su tiempo se agota.

Hace años (fines de los 70 y principios de los 80) yo trabajé en una de las librerías más míticas de la calle Corrientes en Buenos Aires (Librería Hernández, para más datos), por donde circulaba la práctica totalidad de la intelectualidad porteña (a excepción de cierto sector de “cultura aristocrática” que prefería sus reductos de Barrio Norte). Allí se organizaban con frecuencia presentaciones de libros de autores que iban apareciendo en esos momentos. Conversaba un día con una autora que participaba de una de las tendencias predominantes en el mundo filouniversitario, que entonces era la de destacar el barroquismo verbal y la pirotecnia estilística denigrando la representación (estábamos bajo una dictadura y ya no estaban de moda los “escritores comprometidos”), encandilados con un sagrado Severo Sarduy de quien ya casi nadie se acuerda. Alguien se acercó a preguntarme qué escribía el joven autor que un rato más tarde presentaría su libro. A la escritora -que no nombraré- entonces muy en el candelero, le bastó con pocas palabras para desacreditarlo sin mancharse: “es un realista, o algo así”. Este tipo de juicios son el ejemplo más acabado de hasta qué punto cada época da por hecho (dentro, por supuesto, de los sectores del campo intelectual que ejercen o disputan cabeza a cabeza la hegemonía) que hay estéticas “buenas” y estéticas “malas”. Pero el soporte teórico de esos juicios es sólo ideológico, y como tal, histórico y pasajero. Huelga decir que cuarenta años después de aquella anécdota, sólo algunos de quienes vivimos aquella época recordamos a la escritora en cuestión. Lo mismo ocurre, debo decirlo, con el escritor “realista” que se presentaba aquella noche.

La anécdota podría ser transferida a cualquier otro momento, con otros criterios estéticos hegemónicos diferentes. A principios de los 70, en la Argentina eran “jóvenes promesas” una multitud de nuevos autores identificados con la etiqueta general de “escritores comprometidos”, mientras que se ignoraba sistemáticamente (salvo en cenáculos marginales) a quienes se desentendían de la Revolución Cubana y la utopía revolucionaria. Se me hace difícil mencionar algún nombre de aquellos que haya superado el medio siglo transcurrido. En la actualidad, este encabezamiento del suplemento cultural del periódico argentino Página/12 (sobre una novela de Gabriela Cabezón Cámara) es el estereotipo a seguir: “Su novela Las aventuras de la China Iron reescribe el Martín Fierro desde una perspectiva feminista, poscolonial y LGTB”. Es lo que toca. La literatura feminista o LGTB en la Argentina tiene muchas y muy interesantes “jóvenes promesas” muy solicitadas por los directores de las editoriales, pero está por verse qué nombres sigan existiendo dentro de cincuenta años, cuando esas minorías hayan sido totalmente integradas a la dinámica social y el asunto ya no sea de actualidad. Lo extraliterario, en realidad, es lo que identifica la literatura predominante en cada época. Y es normal que así sea, porque se trata de asuntos, temas o tendencias que están profundamente arraigadas en la sociedad, y por tanto en la conciencia del escritor de cada época. La pena es que ese criterio actúe como condicionante, censurando o descartando otras cuestiones más específicas del arte literario (y a quienes se apartan de esas tendencias epocales).

“Los autores hacen la obra, y los críticos hacen la literatura” decía Ángel Rama (cito de memoria). No es una soberbia del crítico uruguayo: son los comentaristas de las obras los que encuentran y clasifican las “tendencias” de cada momento, construyendo taxonomías comparativas basadas en criterios a menudo disímiles. Un ejemplo: ¿qué tienen en común las novelas de García Márquez, Julio Cortázar y Vargas Llosa, los tres máximos representantes del llamado “boom latinoamericano”? Literariamente, prácticamente nada. Sin embargo, nadie podrá negar que los tres participan de ciertas condiciones extraliterarias epocales (políticas, identitarias e incluso editoriales) que dan sentido a que la crítica las haya colocado en la misma estantería. Y como lectores -ingenuos o especializados- cuando leemos un libro lo hacemos a través de un backup previo que lo contextualiza. Difícilmente elegimos un libro para leer (seamos público masivo o incluso especialistas en literatura) por mero azar: siempre hay algún mecanismo previo que ha dirigido nuestra atención hacia ese libro. En ese, y en otros muchos sentidos, estoy convencido del rol determinante que juega la crítica como intermediaria entre la obra y el lector. Le guste o no le guste al personaje de El túnel de Sábato.

Claro que esa posición tiene sus riesgos. Muchos de nosotros seguramente nos hemos encontrado algún a vez en la situación de tener que escribir un prólogo o una reseña para algún amigo cuya obra no nos despierta el mínimo entusiasmo. Y -gajes del oficio- somos capaces de escribir varias páginas sobre ella evitando durante todo el tiempo decirle al lector lo que él está esperando: si el libro nos gustó o no nos gustó. Quiero decir con esto, que evadir el juicio puede también ser una forma de esquivarle el bulto a una de las responsabilidades que de algún modo uno contrae como crítico: orientar al lector para ayudarlo a hacer una lectura lo más creativa posible de la obra, ayudarlo -como diría Eliot- “a amar el poema”.

Como es fácil de advertir (y no he intentado ocultar en ningún momento, espero) llego al final de este artículo sin dar respuesta a la pregunta original: ¿qué es lo que determina que una obra literaria (una novela, un poema, un cuento) sea buena o sea mala? Suponiendo, claro, que la respuesta realmente exista. Y es que estoy convencido de que, se pueda o no responder a esta pregunta en términos absolutos (digámoslo mejor, en términos divinos), los críticos tenemos la obligación de buscarla.

 


ENRIQUE D. ZATTARA
es escritor, periodista y crítico literario. Nació en Venado Tuerto (Argentina) en 1954 y ha vivido en Rosario, Buenos Aires, Málaga y actualmente en Londres, donde dirige el proyecto cultural El Ojo de la Cultura Hispanoamericana y dos sellos editoriales. Es Graduado en Filosofía por la UNED de Madrid. 
Dirigió dos revistas literarias en Buenos Aires (Arte Nova y Contrapelo) y dos en España (Utopía Poética y Letras Axárquicas). Publicó más de veinte libros: tres novelas (Dos cuervos en la rama, Lazos de tinta y Sinfonía de la patria), dos libros de relatos (Fotos de la derrota y Ser feliz siempre es posible), siete de poesía (los dos últimos: Anatomía de la melancolía y Veinte epígrafes para un álbum familiar), y varios más de ensayo y crítica literaria. 

enero 14, 2024

Stephen Spender: Agazapados edificios con su aire extraño detrás de los árboles,

El paisaje cerca de un aeródromo    



Más hermosa y suave que cualquier polilla 
Con antenas zumbantes cubiertas de piel tanteando 
 su inmenso camino 
a través del crepúsculo, el avión con sus motores 
 detenidos 
se desliza sobre suburbio,las mangueras fijas 
 en lo alto 
para indicar el viento. Dulcemente, plenamente, cae, 
alterando apenas las corrientes de aire marcadas.

Arrullados por el descenso, los viajeros a través del mar
y a través de tierra femenina gozando de sus fáciles miembros
en millas de suavidad, dejan ahora que sus ojos acostumbrados a mirar
penetren a través del crepúsculo en las afueras de esta ciudad
aquí donde la industria revela un borde raido.
Aquí pueden ver lo que se hace.

Más allá de la parpadeante luz de la torre de control
y el campo de aterrizaje, observan las avanzadas
del trabajo: chimeneas como descarnados dedos
  negros 
o figuras aterradoras y locas, y agazapados
 edificios
con su aire extraño detrás de los árboles, como rostros
 de mujeres 
destrozados por la pena. Aquí, donde pocas casas
gimen con una débil luz detrás de sus postigos,
ellos reparan en la inquietante sensación de queja,
 cual perro
dejado afuera, y temblando ante la luna extranjera.

En la última curva del amor, pasan sobre campiñas
detrás del aeródromo, donde los chicos juegan todo el día
tajando la hierba muerta: cuyos gritos, como pájaros salvajes
se asientan sobre techos próximos,
aunque pronto son ocultados bajo la ruidosa ciudad.

Luego, al aterrizar, oyen tañer la campana
llegando a través del paisaje de la histeria,
hasta donde, más ruidosa que todas esas baterías
y torres ennegrecidas contra ese cielo moribundo,
se yergue la Religión, la iglesia bloqueando el sol.



The Landscape Near An Aerodrome




More beautiful and soft than any moth
With burring furred antennae feeling its huge path
Through dusk, the air-liner with shut-off engines
Glides over suburbs and the sleeves set trailing tall
To point the wind. Gently, broadly, she falls,
Scarcely disturbing charted currents of air.

Lulled by descent, the travellers across sea
And across feminine land indulging its easy limbs
In miles of softness, now let their eyes trained by watching
Penetrate through dusk the outskirts of this town
Here where industry shows a fraying edge.
Here they may see what is being done.

Beyond the winking masthead light
And the landing-ground, they observe the outposts
Of work: chimneys like lank black fingers
Or figures frightening and mad: and squat buildings
With their strange air behind trees, like women's faces
Shattered by grief. Here where few houses
Moan with faint light behind their blinds,
They remark the unhomely sense of complaint, like a dog
Shut out and shivering at the foreign moon.

In the last sweep of love, they pass over fields
Behind the aerodrome, where boys play all day
Hacking dead grass: whose cries, like wild birds
Settle upon the nearest roofs

But soon are hid under the loud city.
Then, as they land, they hear the tolling bell
Reaching across the landscape of hysteria,

To where larger than all the charcoaled batteries
And imaged towers against that dying sky,
Religion stands, the church blocking the sun.


Otro poema de STEPHEN SPENDER
Fuente: "Poemas 1928-1953", Editorial Losada, 1967
Traducción: William Shand y Alberto Girri
Imagen en npg.ork.uk



enero 12, 2024

Cristina Campo


Ha quedado allá lejos, cálida, la vida 
el  color de mis ojos, el tiempo 
ardiendo al final de cada viento 
Manos vivas, buscándome… 
 
Permanece la caricia que no encuentro
más, salvo entre dos sueños, la infinita
sapiencia mía en retazos… Y vos, palabra
que trasmutabas la sangre en lágrimas.

Siquiera cargo un rostro conmigo 
ya traspasado en otro rostro
como espera en el vino y consumido
en los inflamados silencios…

Vuelvo sola…
entre dos sueños allá lejos, veo el olivo
rosado en jarrones plenos de agua y luna
del largo invierno. Vuelvo a ti que te hielas

en mi leve túnica de fuego.



È rimasta laggiù, calda, la vita,
l’aria colore dei miei occhi, il tempo
che bruciavano in fondo ad ogni vento
mani vive, cercandomi…

Rimasta è la carezza che non trovo
più se non tra due sonni, l’infinita
mia sapienza in frantumi. E tu parola
che tramutavi il sangue in lacrime.

Nemmeno porto un viso
con me, già trapassato in altro viso
come spera nel vino e consumato
negli accesi silenzi…

Torno sola…
tra due sonni laggiù, vedo l’ulivo
roseo sugli orci colmi d’acqua e luna
del lungo inverno. Torno a te che geli

nella mia lieve tunica di fuoco.


poesia italiana contmpranea, blogs de poesia y literatura
CRISTINA CAMPO
(1923, Bolonia / 1977, Roma, Italia)
Traducción: Ángel Faretta
Imagen en Il foglio litterario



enero 09, 2024

Contra los recitales de poesía

por Darío Jaramillo Agudelo 

¿Odio las lecturas de poemas? No creo. El odio es un sentimiento activo, consciente,  deliberante, militante, constante. El odio ocupa la atención. El odio es obsesivo como su contrario, el amor.

No, no odio las recitaciones públicas de poemas pero no me interesan, me aparecen aburridas, monótonas, inapropiadas: nunca he ido a ninguna. Solo a aquellas en donde a mí me toca leer —o recitar.

Las lecturas consisten en poner a leer en público a alguien que no lo sabe hacer bien o que, si lo hace bien, es por pura coincidencia de dos talentos en una persona, cosa que no siempre ocurre. Y nadie dice nada porque no hay crítica de las lecturas como sí hay crítica de toros o crítica de recitales de música. Nadie dice que este lee bien o aquel es monótono.

Es muy difícil que un individuo pueda tener dos talentos al tiempo, el primero, ser capaz de escribir buena poesía y, el segundo, ser capaz de leerla bien en voz alta.

Ya se sabe, todos los poetas verdaderos pertenecen a la sociedad de poetas muertos y los vivos que escribimos versos apenas somos modestos aprendices. Entonces el problema es peor, porque la mayoría de los poetas que leen en esos actos públicos tampoco tienen el talento para escribir, la mayoría no son buenos poetas sino entusiastas de la poesía que hacen sus honestos intentos, algunas veces incluso consiguen algún prestigio por sus tentativas. El problema, para peor, es que, no teniendo el talento para escribir, tampoco tienen la capacidad para leer.

El asunto es más duro cuando uno ve a individuos muy talentosos, muy sensibles, buenos poetas, haciendo el ridículo por cuenta de sus buenos versos. Intentando transmitir con sus voces opacas, sus repeticiones, sus equivocaciones de lector, sus tosecitas, unos textos que ellos mismos escribieron pensando en un lector silencioso, solitario, apartado del ruido mundanal. ¿Se puede leer en voz alta algo que fue pensado para la lectura silenciosa

Lo grave de todo esto es que, reticente a ir a lecturas de poemas a ver a otros poetas o aprendices de poetas, con la duda constante acerca de mis propios versos, consciente de que no soy un buen perifoneador, siempre cometo el atribulante error de aceptar asistir como lector de mis poemas cuando me invitan a hacerlo.

La contradicción es, si se quiere, más patética, por hacerme presente en un escenario a compartir el ridículo con otros poetas más. Y compartir no lo hace a uno dueño solo de una partecita del ridículo total: compartirlo es potenciar con el ridículo ajeno el ridículo que uno mismo puede hacer. La contradicción es, creo, más profunda porque acceder a estar ante un público es ir contra el origen mismo de la vocación: uno escribe poemas porque es un solitario, porque le gusta el aislamiento, el silencio, la contemplación; y uno lee poemas en público, con ruido, rodeado de gente que no conoce y en una circunstancia en que, tímido y con pánico escénico, uno se siente autor deliberado de un doble engaño: leer en voz alta, mal leídos, textos que fueron compuestos para ser leídos mentalmente. Dios —que fue poeta antes de ponerse a inventar el mundo— me perdone.

enero 07, 2024

Hugo Gutiérrez Vega: Vivo en el descalabro

El pontífice    




Vivo en el descalabro. 
No he podido aliar mi voluntad 
a una ortodoxia 
firme, clara y segura. 
Dudo y persisto en la búsqueda 
de un cordel pendiente del aire, 
de lo innombrado,  
de lo que da sentido a la noche lunar, 
a la mañana descubierta por pájaros sedientos, 
a la tarde sentada en la banca del parque,
a tu calma cuando al final del amor
te ocupa la plenitud del cuerpo.
No puedo aceptar
el orden preciso de las creencias.
Cuarenta y seis años en el mundo
me han dejado la certidumbre
de que aquí hay un engaño,
un retorcido truco,
algo que sobrecoge al desamor,
algo trivial y blando,
algo tan natural como la sangre.
A nada puedo aferrarme
y no protesto o me doy por vencido.
Tal vez esta búsqueda
y la certeza del engaño
sean una oscura forma
de la gracia.


HUGO GUTIÉRREZ VEGA
(1934,  Guadalajara / 2015, Ciudad de México, México)
Fuente: Facebook Jonio González
Enlaces:
Imagen en Universidad Autónoma de Querétaro  


enero 04, 2024

Liliana Ponce


La ciudad se acerca     




Voy por la carretera como si durmiera 
en un relámpago. 
¿Cuánto hace que partí? 
El ardor roe la sed, el hambre, el dolor. 
Un suave polvo impregna tu vestido y el cabello 
se ha vuelto gris –gris de liquen, 
de piedra húmeda 
(¿o es que acaso debo pensar en lo húmedo
para esconder la aridez, o desplazarla?)

Duermo en un relámpago
y sé que olvido la muerte
como si olvidara un sueño rápido,
el instante en el vértice de los signos.

Al final del viaje
habrá que tejer en el viento–
y sobre este desierto
todo lo dicho alguna vez se expande,
móvil, continuo.


poetas actuales, poesía argentia
LILIANA PONCE
(1950, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
Fuente: Facbook Rolando Revagliatti
Imagen en Facebook

enero 02, 2024

José Luis Greco


Grietas  
  


Una grieta gris en desarrollo 
se pronuncia en mi muro. 
 
¿Debería sellar la grieta? 
 
Es mi grieta, es mi muro,
aunque sea una medianera.

¿Tendría que acordar con el vecino?

No es fácil consensuar, 
mantenemos diferencias.

Uno no elige a los vecinos. Por
suerte a veces cambian, aunque
también puede ser peor:

Más vale malo conocido…

Pero algo habría que hacer
antes que la grieta evolucione
y el gris se siga pronunciando
hasta que nada nos divida:

No estoy dispuesto a compartir
mi casa con el vecino, necesito
sostener esta pared aunque no
sea sólo mía.

¿Qué se yo de sellar grietas?
Y el vecino, un hombre gris,
más que yo, ¿qué va a saber?

Es difícil convivir con una grieta,
casi como con un vecino gris
(un gris no elegido)

Tal vez la grieta sea lo único
que nos une.  Por suerte, la
medianera nos separa.


poesía argentina, grietas
Otros poemas de JOSÉ LUIS GRECO

enero 01, 2024

Antonio M. Figueras


LA VIDA POR DELANTE    


Mi perro
es un cachorro
incapaz de intuir
que no ha venido
para llevarse la vida
por delante.

Parece feliz,
ajeno a la necesidad
de tomar partido
en lo que sucede
en la plaza Maidan
o en Tahrir
o en el penúltimo desahucio.

Mi perro
ha destrozado
las muñecas rusas
que traje de Moscú.

Da la impresión
de que no le ha extrañado
que al final del misterio,
tras la última matrioshka,
no hubiera
nada.


ANTONIO M. FIGUERAS (1965, Madrid, España)
Fuente: El sastre de Apollinaire