-->

noviembre 29, 2025

Joan Margarit | Me quedo aquí, adonde la vida me ha traído

Retirada    


No conocía este placer de obediencia a una ley. Me quedo aquí, adonde la vida me ha traído. Recorro la ciudad y me siento extranjero. No comprendo a los amigos que se han hecho tan viejos como yo y ya no sé de qué conversar con ellos. Cada nueva pareja de mis hijos me resulta más extraña. No recordaba haber deseado con tanta urgencia la soledad. Son señales. El animal las conoce y las obedece. Cuesta mucho encontrar un zorro muerto, un jabalí muerto. Antes se esconden.


Otros poemas de JOAN MARGARIT, aquí
Imagen en milenio

noviembre 24, 2025

Diego Brando | Es lo opaco del viento

1    

Mudas las campanas no hacen más que incendiar la noche en nombre de un santo o un reo, fiebre que repica el oro en las aguas. Aquí solo veo caballos pasar ante el caos del césped y su luz y un agravio en el canto del pájaro que se dirige al fuego y al deseo, murallas altas de pan que brotan de cada boca y el sol, ese imperio de muecas que solo al barro enaltece. 

2    

¿qué voz oír cuando el aire es frío y la niebla un animal? En los pliegues de la noche se ilumina el día, astros penden y la luz que deviene en sangre es lo opaco del viento en donde aparece un hombre, y en sus pupilas la forma del mundo donde todo fuego cabe


Otros poemas de DIEGO BRANDO, aquí










noviembre 22, 2025

Mirtha Lucía Makianich | Saerianas

Aunque Mirtha Makianich, en su introducción al poemario “Saerianas”, diga que es una presunción creerse intérprete de algunas obras de Saer, lo cierto es que la poeta hace años que viene revisitando la obra del escritor santafecino en un diálogo íntimo que va enriqueciéndose, una y otra vez, porque también son íntimas las vivencias, las imágenes y el paisaje evocado por el escritor santafecino. Y son precisamente esas vivencias, esas imágenes y ese paisaje compartido –en igual y a veces trágico trasfondo histórico– los dardos envenenados que la llevan a la escritura –no académica– sino poética. Este encuentro dialéctico y profundo la conducen al reencuentro con su propia identidad: “¿cuánto de mío / atravesado / por el cuánto tuyo?” y la retrotraen porque la memoria aunque le pese– es un oscuro animal en acecho constante.

Y aunque la verdad sea un chisporroteo fugaz, una fuente, un núcleo remoto –acaso delirante– le alcanza a Makianich para la perseverancia, la insistencia en penetrar en los misterios del sueño y en los círculos obsesivos de Saer, que son como los suyos, porque también los suyos son como fantasmas / o nubes de humo / telarañas / que se entrecruzan. Sin embargo –y es lo más importante– oye en el canto del narrador-poeta su propio canto. Dice la poeta–: ¿Sabes? // Yo sí he visto la rosa / la vieja rosa marchita / crecer entre tus hojas / pétalos abriéndose / jirones de amarillo / color y perfume // y ¿sabes?/escucho cantar / entre esos pétalos porque es / así efímera / y particular / la alegría / de la belleza. Mirtha cumple acabadamente con lo que dice Saer, texto que ella misma cita–: “Toda lectura es interpretación, no en el sentido hermenéutico, sino más bien musical del término. Lo que el lector ha vivido le da al texto su horizonte, su cadencia, su tempo y su temperatura”. 
                                                                                                                                          Livia Hidalgo

BORRADORES que siguen 
gestándose
¿y entonces?
se avanza y se retrocede 
puntitos     destellos
luz lucecita 
señales
y todo para contemplar 
una fuente
un núcleo remoto 
desnudo delirio.

  
  
  
ESPORÁDICA luz 
perfora la fronda
y bajo los eucaliptos 
el bayo amarillo 
tasca y tasca

ya sin vino el hombre 
yergue su espalda 
deja el áspero sillón
y entra a ese interior 
entra al círculo animal

va hacia el bayo y salta 
se cuelga del cuello 
tirando hacia abajo
mientras tensos hacia arriba 
los músculos del bayo

repican las patas 
contra el suelo
equilibrio contrario 
tensiona el hombre 
débiles los relinchos

minutos así 
sin dirección
su pensamiento 
luego el salto
se desprende y abandona

¿Qué fue eso
sueño y anticipo 
premonición
o qué?
¿Sabes?

Yo sí he visto la rosa 
la vieja rosa marchita 
crecer entre tus hojas 
pétalos abriéndose 
jirones de amarillo 
color y perfume

y ¿sabes?
escucho cantar 
entre esos pétalos.

     
MIRTHA LUCÍA MAKIANICH (Villa Carlos Paz, Córdoba, Argentina) De: " Saerianas", Barnacle, 2025











noviembre 21, 2025

Daniel Martucci | El mejor modo de esperar

La imagen muestra al poeta Daniel Martucci con la mirada altiva, con el pelo muy largo hacia ambos lados de la cara descubriendo una amplia frente. Viste una remera con cuello en v color  vinotinto. Detrás un estante contiene algunos libros



EL mejor modo de esperar es ir al encuentro 
La espera da fuerza al deseo 
 
Ir al encuentro no es ir hacia donde el objeto está 
No es ir detrás de los guiños del objeto. 
 
El encuentro sucede en un punto de lo 
desconocido 
cualquier punto
un punto en especial

El deseo sabe de nada
es ese sabor el que lleva el cuerpo
Hacia el encuentro en otra parte

En una palabra
lo lleva hacia el cielo de un borde
donde se despeña al vacio
de un nuevo deseo sin nombre aún


DANIEL MARTUCCI (1957 / 2012, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
Fuente: "Música rara N° 2", 2004

noviembre 15, 2025

Suray Traba | Indómito despertar


4   



Desbaratado 
 
el sueño que sus brazos 
mece 
abre sus ojos 
la noche su tamboril      
que besa y daga 
una paciencia de escombros 
dibuja en el aura 
un quejido 
que no es reproche. 
 

10 



Muerde la noche
afín
herida diurna al día
la nimiedad
en su labio
musita
espasmos  despabilados 
la precisión desgrana
con instrumento
disonante
palabras inmunizadas
al destierro
su inciso
en clave de bestia
de vida láctea
rastrea destroza encontrando
pistas
negadas al alba
halo petrificado
anticipa
un aguijón de danza
destello mudo    afásico
en una palabra
escasez y abundancia
la noche
derrama
alaridos silvestres
noctámbula volví
para ser
su escribiente.


32



De intermitencia    infinita
pulsa         difuminada
en un cuenco
donde la luz mecía
se agitan             penumbras
la atmósfera se  tiñe de voraz
apura el paso
se acerca           se aleja
merodea el letargo
pierde equilibrio
al acierto
sazona un resquemor
envuelve
engulle      traga
soy su manjar.


VI



La voz 
muta
en sus jirones
despide esquirlas
de sueño roto.


VII



Es tarde
para la palabra
una consonante
   es insignia
pretextos que la noche inventa
duermen
bajo una bombita que titila.


SURAY TRABA (1969, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
De: "Indómito despertar", Barnacle, 2025

En su libro "La llegada a la escritura", la filósofa Hélène Cixous señala: "Lo único que tengo para escribir es lo que no sé". Esta idea resuena en este libro, el primer poemario de Suray Traba, donde la escritura se convierte en errancia por lo que no ha de saberse. Escribir como un estado de presencia en el no-saber. Situarse en el desconocimiento pleno como inicio de la escritura, atravesar el vértigo de esa inocencia, desaparecer para ser.
Suray recorre el campo abierto de la noche, buscando con su lámpara ciega los fragmentos de luz de un alba que se retrasa. 
En el territorio extenso de la vigilia, el lenguaje se extravía. ¿Cómo encontrar las palabras, en el espacio delimitado entre lo no-dicho y lo por-decir, cuando cada signo se revela urgente?
En hebras, desmenuzado, lo que no-se-sabe teje la trama de un idioma noctámbulo e insomne. Teje una voz.
Y la voz se extiende sobre el paisaje de la noche, poderosa y lúcida, delicada y caótica, tropezando con lo que se supo callar. 
"Quedate despierta, hilachita de voz", susurra. Y la voz se hace presente, se nace, se alumbra.
"Quiero escribir la noche", dice Suray, "quiero escribirla ahora, que no sé qué digo, con lo que no sé qué digo". 
El poema es mantra y plegaria, es fe y manifiesto para esa que tabula en la oscuridad, para la mujer que escribe en la noche, y en la noche, despierta.

Mariana Finochietto

noviembre 09, 2025

Ángelica Morales | Mientras dormía salieron pájaros de mis oídos y otros poemas


Mientras dormía salieron pájaros de mis oídos      

 


Eran pequeñas porciones 
                        de carne 
                        y pluma 
que se pusieron 
a caminar en recto 
                        sobre la almohada. 
Era una generación
de músicos sordos
que no sabían volar.
No sabían hacer otra cosa
que entrar
y salir de mis oídos,
como quien sale de una jaula
                        y vuelve a entrar,
como quien cierra
la puerta de una cárcel
                        y vuelve a entrar,
como quien abandona
el nido de un amor
                        y le prende fuego
                        a sus canciones
                        mientras baila desnudo
                        en mitad de las llamas.
Eran pequeñas criaturas
sin nombre,
con el peso
de un dolor liviano,
con el peso
de una carta
perfumada de tambor,
con el peso
de una pierna amputada
que sigue buscando
el camino de regreso.
Aún los guardo
dentro de mi silencio,
comen lluvia en rama,
la soledad dormida del otoño,
el primer frío de la muerte.


 

Pudiera ser que el otoño sangre en la ciudad


 
 
Hoy comienza
un cambio de estación.
Hay maletas
arriba del armario
que aguardan la ropa vieja
                        o el sudor,
que esperan el hambre
de una polilla.
Allí he de guardar
el ruido más cálido
de una noche de agosto,
versos de Shakespeare
que no sé pronunciar en francés,
un cupón de la suerte.
Hoy la ciudad
despierta su lengua al frío,
sus mujeres tumban la herida
y pasean famélicas
por las aceras,
abrazando sus propios huesos,
sin reconocerse
en el cristal de los escaparates,
haciéndole la burla a la leche en flor
que hierve dentro de sus pezones.
Hoy habrá música de hojas
cayendo dentro
de una taza de té,
habrá ancianos
que pisen por primera vez un asilo.
Todos serán mayores
de ochenta años,
sabrán bailar tangos,
escupir sobre una palangana,
morder el corazón del trueno.
Hoy mi casa
se hace más pequeña
y hay un dolor cautivo
dentro de mis orejas,
como de burros lamiendo la sal
que no existe en la montaña,
como de obrero de la construcción
derribando tabiques
dentro de mi cabeza.
Hoy los pájaros me dan la espalda.
Hoy los árboles
desnudan el silbido de una serpiente,
mudan su alma de tierra blanca
por un hueco
de silenciosa negrura.
Mientras tanto...
                        Golpes en el televisor,
                        golpes de estado
                        en países que comen silencio
                        en llamas,
                        partidos políticos
                        que rompen su sexo en dos
                        y masturban ideas viejas
                        frente a un muro de metacrilato.
Hoy mi ciudad
es la misma ciudad de hace un año,
idéntica a la de hace un siglo,
con total seguridad,
no ha cambiado nada
desde que Dios puso aquí
                        el primer terror
                                    de sus lámparas.


 

Pero también puedo soñar cosas bellas dentro del fuego 

 



Alguien me pidió fuego
y yo saqué mi corazón
y se lo ofrecí.
Recuerdo
que en la calle
empezaban a caer
las primeras gotas
del otoño
y que una niña china
me sonrió
desde el escaparate metálico
de sus dientes.
Fue entonces
cuando empecé a escribir
este silencio,
cuando me puse a buscar
en el mapa
la lentitud mística
de los pájaros.
 
 
 

La ceguera de Dios



 
Mi casa está abierta a la ternura de la tarde.
Mi casa que es hueco lunar o lagartija reptando entre las manos del tiempo.
Tantas veces he visitado en sueños su ceniza, Dios amarillo,
como quien visita una tacita de té los domingos
o la pierna amputada de esa bailarina que sigue girando al borde de un puñal.
Mi casa que es de bronce y olvido y huele a leche caliente y vicks vaporub,
a tormenta que agita el alcohol de sus ángeles y un chocar de música lujuriosa.
¿Por qué tendremos tanto dolor cuando se nos muere una casa, una infancia, el pecho de una pared?
¿En qué cielo se tumba la órbita de nuestro llanto?
He de decirte, Dios amarillo, que mi casa está plena de fantasmas,
mujeres infelices que levantan la piel de sus vestidos
y brincan sobre el fémur de un cajón
donde las polillas se emborrachan de hambre.
Un día de estos tienes que contarme cómo es tu casa, Dios amarillo,
qué animal humano roe el hueso de tu corazón,
le da una patada a tu ceguera


ÁNGELICA MORALES
(1970, Teruel, España)
Imagen en deconcursos 




 

noviembre 01, 2025

Dos poemas de Pablo Queralt

 

TENER LIBROS en el baño en la cocina como la plata en distintos lugares
para que nunca me falte así alguien que no conozco esconde dentro mío ideas
recuerdos que de pronto aparecen como cuando salía a fumar para no sentirme desplazado del que narra y quién mira
donde se gesta el poema y pone algo que va del pasado al presente como quién confunde
los tiempos y viene de lo antiguo y no de lo reciente tirando del hilo.



CAMINAMOS caminamos y puedo decir que allí nuestras almas hablaron 
tan cerca estuvimos que nada tocábamos y ni hablar necesitábamos 
yo era tu imagen o mi materia era la tuya la sustancia única 
de nuestras palabras estalladas en su microcosmos al espacioso infinito 
que era la nada y el todo donde llegamos sin decir que llegamos. 


De: "La doble pena de volver a contarlo todo, Ediciones La yunta, 2025
Otros poemas de PABLO QUERALT, aquí