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marzo 29, 2024

María Victoria Fabre

La ficción del recuerdo     

 


Mi hijo sabe cuál es su recuerdo más antiguo, 
desde los seis años insiste en contarlo 
y en él navega, 
aunque lo interrumpa el olvido. 
En el auto sentado en la butaca 
charlando de quién sabe qué.
Tal vez cada recuerdo
inaugure una partida.
A mí me viene el color naranja,
las piedras de ladrillo
en la plaza,
el paso vacilante y las manos
de mi abuelo, el mito
de que con él empecé a caminar.
Después vino la historia,
cifrada. Fotos en los recortes
de un álbum, el sopor
en las tardes de domingo
sobre el mantel de hule
con la retahíla de lo que voy
a recordar.
 
Pero prefiero ser
flecha en la bandada,
que guía al pájaro migrante,
abrir el caleidoscopio
donde se cruzan tu ojo y el mío.
Trazar esa ficción
donde encontrarnos.
 


Entomología

 


Pequeña, reina del verde, cazadora de bichos,
me ausento en el patio. - Hablen sus secretos,
discutan, en el jardín yo mando.
Ordeno mi mundo, lejos de palabras en voz baja,
que igual se escuchan, cierro mis oídos
a los padres. Afuera, al aire libre, protegida,
exploro, domino mi reino de tesoros minúsculos.
Construyo jaulas, casas en frascos
de vidrio con colchones de hojas,
gotas de agua fresca en un pétalo cóncavo.
Miro al Tata Dios. - ¡Bicho palito!
Con sus patas flacas y largas, parece una
ramita seca. Y lo perdono.
En las hojas del zapallo,
enormes y ásperas, camina la hormiga,
sube por mi mano, recorre el puño del pullover,
vueltas y vaivén hasta llegar al frasco.
Mejor sería cazar luciérnagas para apagar
la noche con el primo. Cuando llegue a mi casa
habrá tantas lucecitas guardadas,
que las moscas de la luz irán en caravana,
y abrirán lo oscuro en el desvelo
curioso de los frascos linterna. Ahora
es la tarde, húmeda. Tras la piedra un bicho bolita,
la próxima presa. Descubierto, se retuerce,
el sol ilumina demasiado,
se defiende de la rama que lo explora.
En el pasto, crecen manzanillas,
casi un yuyo con su florcita tosca.
Al fin algo lo salva, levanto la vista
y un color me refleja. Erguida,
con su vestido rojo y delicado,
florece la amapola.


poesía argentina poeta con anteojos entre luces y sombras
MARÍA VICTORIA FABRE (1968, Argentina). Es Licenciada en Psicología y Maestra de Artes Visuales. En su poesía destaca el interés por las relaciones entre Psicoanálisis y Arte. Publica sus notas en el blog: “El eco de Psique: Arte, Literatura y Psicoanálisis”, http://elecodepsique.blogspot.com.ar 
Ha realizado colaboraciones en poesía para la Revista Monolito. Mención de honor en Poesía en el Concurso Literario Nacional «Paco Urondo», 2015. Colaboró en los géneros de cuento y ensayo para la Revista Jus Digital. Publicó ensayos breves sobre temáticas ligadas al ejercicio de la psicología en compilaciones realizadas por la Editorial Letra Viva. Publicó el poemario Diálogos poéticos junto a Beatriz Fiotto y Laura Rivera. Editorial Elipsis. Rosario 2016. Es docente de Psicología en CBC UBA

Osvaldo Aguirre: Por suerte conocía el camino

¿Qué harías?



¿Qué harías si me despierto
en medio de la noche?
Aún pensaba en esa pregunta
cuando iba por la ruta y la tormenta
se desató. Y la que hiciste
a continuación también resonaba
como las pesadas gotas
de lluvia. El asfalto no se distinguía
de la banquina, y en el carril
contrario un auto avanzaba
a tientas con las balizas,
a la deriva en la oscuridad.
Estaba la curva, el camping
de los metalúrgicos
y la estación de servicios.
Por suerte conocía el camino.
Apagué las luces,
detuve el motor y le hablé
al agua y a la noche
como a un dios
al que quisiera apaciguar.


Poeta Osvaldo Aguirre mirando de soslayo con remera a rayas azules horizontales
Otros poemas de OSVALDO AGUIRRE, aquí

marzo 24, 2024

David Fraguas


METRÓPOLIS     



Metrópolis es un cuadro delirante y oscuro, un cuadro oscuro y conmovedor, rojo y negro, parpadeante, un cuadro que pintó Georg Grosz, en Berlín, durante la Gran Guerra. 
 
La Gran Guerra, la guerra del gas mostaza y las hazañas del Barón Rojo. 
 
La guerra de las estatuas conmemorativas en las plazas de los pueblos franceses, las plazas adornadas con flores y placas con nombres de jóvenes que perdieron la vida.

Metrópolis es un libro de Thea von Harbou y una película muda, una película de entreguerras de Fritz Lang, inspirada en el libro de von Harbou.

Una película oscura y conmovedora: la historia de una autómata malvada, malvada como los futuros amigos de von Harbou, los grises aliados de los cristales rotos, malvada y hermosa como una replicante que anuncia el fin del mundo, hermosa la autómata y hermosa Thea von Harbou.

Metrópolis es una pequeña ciudad del condado de Massac, Illinois, y es la ciudad de Lois Lane, valiente reportera, amante de un tipo que viene de otro mundo, que fue criado en Kansas, en una granja a más de 5.000 millas de Verdún.

Verdún —en la región de la Lorena, en Francia—, el pueblo de la famosa batalla, casi un millón de cadáveres, un millón de vidas arrancadas por un golpe de viento, un millón de historias hermosas y conmovedoras, un millón de nombres en placas de estatuas conmemorativas.

Metrópolis es el nombre de una ciudad en llamas, el nombre de una sala de fiestas del Titanic, de una vieja colección de cromos futuristas, de un sueño y un fracaso llamado siglo XX.


ELVIS AARON PRESLEY



Elvis Aaron Presley murió el 16 de agosto de 1977, a los 42 años, en la ciudad de Memphis, Tennessee, de un infarto, de mezclar la vida con las noches a solas.

O murió en pleno invierno, camino de la iglesia de Santa Trinidad, en Viena, en un tren, a resguardo de la nieve, la nieve que golpea los cristales y recubre los nombres de las lápidas, el rastro sin memoria del futuro.

O quizá murió en un asilo de indigentes, un asilo en Buenos Aires, en las afueras Detroit, un asilo en las afueras en ruinas de Beirut, en un cuarto en penumbra, aferrado a un viejo transistor, aferrado con manos temblorosas a un viejo transistor marca Telefunken, escuchando la voz entrecortada de Gardel, la voz de Billy Holiday, la voz de Robert Johnson, la voz que con desidia, con nostalgia y desidia, deshoja una flor moribunda.

O tal vez no murió, tal vez, como muchos proclaman, Elvis no murió, y vive, o malvive, en un piso alquilado de Vallecas, un anciano de más de 80 años, quince pastillas al día, mísera pensión, paseo a media tarde, insomnio, soledad.

Un anciano que llega cada tarde a la misma tienda de discos, y escucha —los ojos a punto de llorar— el Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart, el Réquiem que sonó el 29 de marzo de 1827 en la iglesia de Santa Trinidad, en Viena, el día del funeral de Ludwig van Beethoven, el día del funeral de Elvis Aaron Presley, el día de hoy o de mañana, un día como tantos, vulgar, irrepetible: caldo de verduras, pescado, compota de manzana, paseo a media tarde, insomnio, soledad.


poesía española, Tierras extrañas
DAVID FRAGUAS
(1976, Madrid, España)
Imagen en El sastre de Apollinaire


marzo 22, 2024

Ricardo Ruiz: Gotas de bruma


Ellos cantando, poesía argentina contemporáneaal costado de la noche  
 
un dedo de la mano 
debajo de la almohada 
señala un sueño 

el dolor 
la música 
del sueño 
que señala
 
uno por vez
 
aparecidos
gotas de bruma
en la lengua
que los nombra
el vuelo
de un pájaro
ciego
el amor cayendo
otros pesares
 
vuelven
 
al sueño
laberinto
lo que del sueño
es angustia
o espanto
 
uno por vez
 
los monstruos
sobre el pecho
tocan la cicatriz
del aire que respira
 
mientras duerme
 
murmura un ruego
quitapenas
 
un río que los lleve
aguas abajo
piedra contra piedra
lavando el alma
 
despertándonos



del nuevo
oscuro desván
de la historia
de este régimen
 
desciende
 
elegido
por sus víctimas
 
ínclito
en su espejo
de odio
 
en tanto
sus edecanes sus dueños
trepan las escaleras
de sangre prometida
 
entonando
música de idiotas
para idiotas
 
ellos cantando  
en tiempos sombríos
la lógica del crimen
del saqueo
 
sus facultades delegadas:
el decir de sus amos
 
nudo de lo real
 
la lucha
permanece 
en su condición
de plegaria
 
áspera
 
la voz de la calle
el canto del gallo
 


en una calle 
que no podemos ver
detrás del recuerdo
donde se oye el mar 
su rumor de árboles
en el reverbero del día
el pregón
requiere
lo que ya no sirve
lo que fue 
imprescindible 
o maravilla aún 
lo precario 
del amor
y otras máquinas
su caducidad 
programada
tal vez
un mismo 
otro sueño
repare y use
del corazón 
su mecanismo
lo que resta
una radio antigua
un viejo mueble 
descolado un estante 
de recuerdos una ventana
un televisor con fantasmas
mientras
entre el ruido
de ciudades ajenas
se repite el reclamo 
de lo que ya dimos

caminhão de sucata (camión de chatarra)


numa rua
que não podemos ver
atrás da memória
onde se ouve o mar
seu rumor de árvores
no reverbero do dia
o pregão
reclama
o que já não serve
o que foi
imprescindível
ou maravilha até
o precário 
do coração
e outras máquinas
sua caducidade 
programada
talvez o mesmo
outro sonho
conserte e use
do coração
seu mecanismo
o que resta
uma rádio antiga
um velho móvel
descolado uma estante
de memórias uma janela
um televisor con fantasmas
enquanto 
entre o ruído
de cidades alheias
repete-se o reclame
do que já demos

camión de chatarra (caminhão de sucata)
Tradução do autor
.



Otros poemas de RICARDO RUIZ, aquí

marzo 21, 2024

Señalador: Billy Collins

Leído en Otra iglesia es imposible proveniente de Zoon Phonanta     

Marginalia        



A veces las notas son feroces, 
asaltos virulentos contra el autor 
en diminuta letra negra 
desde los bordes de cada página. 
"Si pudiera ponerte las manos encima,
Kierkegaard, o Conor Cruise O'Brien",
parecen decir,
"cerraría la puerta y te sacudiría la cabeza con algo de lógica".
Otros comentarios son más informales, desdeñosos:
"Estupideces" "¡Por favor!" "¡JA!",
ese tipo de cosas.
Me acuerdo que una vez, alzando la vista de mi libro,
con el pulgar como señalador,
traté de imaginar qué clase de persona
había escrito:  "No seas bobo"
al costado de un párrafo de La vida de Emily Dickinson.
Los estudiantes son los más humildes,
simplemente dejan sus huellas esparcidas 
al borde de la página.
Uno garabatea "Metáfora" junto a una estrofa de Eliot.
Otro señala la presencia de "Ironía"
cincuenta veces en los párrafos de Una modesta proposición...


Traducción: Isais Garde
Otros poemas de BILLY COLLINS, aquí
Imagen en Annual Sonoma Festival Author




marzo 19, 2024

Elisa Díaz Castelo: Ceden sus amarras fantasmas sin agobio


Escoliosis   




En la búsqueda de la forma 
se me distrajo el cuerpo. Es eso, 
nada más, asimetría. 
La errata vertebral, 
el calibraje óseo, 
la rotación espinada. Es el hueso 
mal conjugado.
Es una forma de decir
que a los doce años
ya se ha cansado el cuerpo.
Es la puntería errada de mis huesos,
la desviada flecha.
No es lo que debiera, mi esqueleto
quiso escapar un poco
de sí mismo. Se le dice escoliosis
a esa migración de vértebras,
a estos goznes mal nacidos,
hueso ambiguo.

A esa espina
dorsal
bien enterrada.

A los doce años se me desdijo el cuerpo.
Porque árbol que crece torcido, nunca.
Porque mis huesos desconocen
el alivio
de la línea,
su perfección geométrica.

Me creció adentro una curva,
onda,
giro
de retorcido nombre: escoliosis.
Como si a la mitad del crecimiento
dijera de pronto el cuerpo mejor no,
olvídalo, quiero crecer para abajo,
hacia la tierra. Como si en mi esqueleto
me dudara la vida, asimétrica,
desfasada de anclas o caderas,
mascarón desviado, recalante.

Mi columna esboza una pregunta blanca
que no sé responder. Y en esta parábola de hueso.
De esta pendiente equivocada. De lo que creció
chueco, de lado, para adentro.
Se me desfasan
el alma
y los rincones. Mi cuerpo:
perfectamente alineado desde entonces
con el deseo de morir y de seguir viviendo.

Si las vértebras, si la osamenta quiere, se desvive,
rota por no dejar el suelo. Si se quiere volver
o se retorna, retoño dulce de la tierra rancia,
deseo aberrante de dejar de nacer
pronto, de pronto, con la malnacida duda
esbozada bajo la piel, reptante.
Paralelamente.
No es eso,
no es
eso
no
eso no,
no es ahí, donde ahí acaba,
donde empieza el dolor empieza el cuerpo.

Si se duele, si tiembla, al acostarse
un dolor con sordina, un daltónico dolor vago,
si el agua tibia y la natación, si la faja
como hueso externo, cuerpo volteado,
si los factores de riesgo y el desuso,
si el deslave de huesos. Es minúsculo
el grado de equivocación, cuyo ángulo.
A los doce años se me desdijo el cuerpo,
lo que era tronco quiso ser raíz.
Es eso, el cuarto menguante,
la palabra espina, la otra que se curva
al fondo: escoliosis. Es el cuerpo
que me ha dicho que no.



Esto otro que también me habita (Y no es el alma o no necesariamente)    


A partir de un verso de Darío Jaramillo

Animalejos
insidiosos o inocuos,
pero, ante todo, diminutos,
o, por lo menos, discretos. De varias patas
o ninguna, redondos o alargados, con
o sin ojos, con o sin dientes, asexuados
o calientes, procreativos. Sobre todo
invisibles o bien ocultos, invertebrados
(por suerte), inveterados. Desde siempre
nos habitan, huéspedes y nosotros, anfitriones,
no podríamos vivirnos solos, mantenernos.
Somos ellos: son nosotros. No hay dualismo
ni monismo. Todo parasitario,
todos parásitos: hay
tantas células de microbios
como células humanas en el cuerpo.

Bacterias, sobre todo,
rumiantes, pastando
en las estepas del intestino.
Virus, también, perfectos
como semillas de castaños.
Y dónde,
en todos lados.
Y cuándo,
siempre:
la ameba indecorosa,
el demodex alienígena,
anquilosotmas, tricocéfalos,
la triste solitaria.
Todos nauseabundos al microscopio:
aparatosos, necesarios
microorganismos patógenos y comensales,
rumiantes animalillos
simbióticos, simbólicos.
Holgazanes, vividores
de este cuerpo para ellos universo,
con sus nebulosas de células,
infiernos de ácido, para ellos
tierra fértil, paraíso
de sangre en movimiento.

Pero esto que también me habita
algún día se mudará de cuerpo,
me moriré, me comerán de adentro
para afuera, clostridia coliformes
(se muere siempre
de adentro para afuera,
del centro al diámetro,
de la sangre al nombre).
Esto que también me habita
soy yo, parte por parte,
perviviendo
con la irresoluta sentencia
de la vida eterna o al menos
más larga que la mía,
diminuta, rapaz y carroñera,
después de la muerte



Vida media




Redondeo su nombre: tres o cuatro recuerdos.
Un número que tiende a oscurecerse.
Nombre de borde y empeño, nombre de fondo,
canción que de tanto escucharse se desgasta.
Dios ha hecho su mudanza. Aquí no vive.
Cielo, tierra, hemos sido demasiado lentos:
ya se acabó la cuenta regresiva de la infancia
y no me acuerdo del nombre de su perro
ni de qué traía puesto cuando nos empapamos
bajo la lluvia tibia de Querétaro.
Nuestros nombres eran
innumerables abejas, un enjambre o manada,
multitud de sonidos, ni siquiera
el cauce o la desembocadura, ni siquiera el agua.
Recuerdo obstinado, elemento
que al atravesar el tiempo se desgasta.
Ésta es la vida media. Con los siglos
hasta los elementos cambian,
se pierden por partes, se vuelven otros
más comunes, más estables. Casi todos
terminan convertidos en plomo.
Hay que decirle al alquimista: dale tiempo.
Queda la vida a contrapelo y esta calle lejana
en la que vivo, quedan las frutas maduras
que esperan de madrugada en sus cajas
frente al mercado vacío. El presente
es punto ciego, ese momento
de la noche a medias donde no se sabe
si las cosas terminaron o están a punto de empezar
de nuevo, todavía. Queda la palabra de su nombre:
un cuchillo de carnicero tantas veces afilado
que casi ya no existe



Apogeo de sombra




Y el tema del último planeta,
desterrado
al frío de la noche
en algún sitio de octubre.
El hilo del que pendía
cortado sin arrepentimiento.
Se borró de cuadernos y sistemas,
lo desaprendimos con esmero,
como ha de suceder con tantas cosas.

Cuando me lo dijo, estábamos en la oficina.
La lluvia suavizaba su voz
en esta ciudad de estrellas apagadas.
Los planetas, sabía teóricamente, son estables,
sus luces constantes y finísimas.
Me gustaban por eso.
Pero, después, saber con qué facilidad
se puede prescindir. Los objetos, los nombres,
ceden sus amarras fantasmas sin agobio.

Un pájaro se resguardó de la lluvia
en la oficina.
La pequeña bestia cantaba,
revoloteando su voz tan tibia.
Dijimos
que lo liberaríamos,
pero lo olvidamos.
El lunes ahí estaba,
helado,
un puño de alas oscuras.

Después de ese día
no hablamos más.
En algún sitio de mi cuerpo,
se engendró una nueva oscuridad,
un hemisferio de pérdida bajo la piel.

Qué confusión,

permanecer y cesar,
caminar las mismas calles
y volverse invisible.

Miraba, desde el otro lado, la ventana.
Recorría mi trayecto errático de sombra,
los días que compartimos:
aulas iluminadas, distantes
ecos de otra luz.
Encendía sus palabras entre mis labios,
esquirlas abrasadas,
parpadeantes.

La materia es más débil que la mente:
Yo no existía pues se negaba a verme.
Mi cuerpo
levantaba su oscura obsolescencia.
Mi nombre,
un trago de silencio en su garganta.
Y la ridícula tristeza,
como si el planeta hubiera de hecho desaparecido,
erosionado, hundido en su apogeo de sombra,
cerrado sobre sí mismo,
un camino que ya nadie recorre


poesía mexicana actual, Principia, escoleosis
De: "Principia", Elefanta del Sur, 2021
Otro poema de ELISA DÍAZ CASTELO, aquí


marzo 18, 2024

Señalador: Dalia Ravikovitch




Cuando ya se han ido todos 
me quedo a solas con los poemas: 
algunos míos, otros no. 
Los poemas escritos por otros
son los que más me gustan.
Me quedo en silencio
y la garganta se libera del ahogo.
Me quedo.
A veces quisiera que todos se fueran...



marzo 16, 2024

José Ignacio Hernández

UNA cascada se derramaba por su hermoso pelo hasta sus pies. Llevaba una tela estoica sobre la espalda, acaso un cielo pálido. En su cabeza no había ningún maquillaje. Sólo una corona con zafiros que no se atrevían a brillar, y el ala incompleta de un cupido que el orfebre le había sugerido. Cuando quiso agregar la otra, ella se negó. 

Cuánto habrás sufrido, yo pensaba. 

Cuánto yo te amo, habré dicho. 

Ojalá tu historia no hubiera quedado escrita en ese tapiz. Déjame que mi amor la reescriba. Déjame robarle la palidez a ese cielo que osadamente se rasca con tu piel. No, me respondía. No, una y otra vez. No. Déjame amarte. Silencio. Te amo, es lo que digo. Es lo que soy. Los dioses lloran conmigo. En sueños me dicen que soy el ala que te falta. En sueños te dicen que el mundo no es mundo sin tu canto. Ella, que estaba de espaldas, me iluminó con sus ojos. Soy yo el que tiene miedo, supliqué. He venido para ser tu ala. No llevo oro en el corazón, nunca mis manos se tiñeron con un azul como el zafiro. Tengo las uñas sucias de tinta. Acaso sólo puedo soñarte o reescribirte. No soy digno de ti. Más digno es el paño que lustra tu corona. Tengo las manos llenas de tinta. Es lo único que me queda. No, volvió a responder. Nunca me atreví a moverme. Permanecí arrodillado a sus pies. A veces, el sueño me vencía y despertaba, desesperado, con el temor de que ya no estuviera allí. Pero nunca se fue.

Con los años, mis huesos estaban tan blandos que parecía como si el tapiz me cubriera. En mis suspiros empecé a medir el último augurio de una vida que había transcurrido en la desmesura, náufraga en los mares del amor, embriagada por la sal, sin sol, sin sol, a los pies de un tapiz. Tal vez envuelvas mi cuerpo con él cuando muera, tal vez lo hagas para preservar mi tinta del polvo. Es lo único que tengo.
 
Ven, escribe mi ala, dijo. Tu voz es la mía. 

Al cielo llegó un rayo de la corona. 
Un ruiseñor se desprendió de la tela y voló. 
Los hilos que sobraban se perdieron, como sombras que arden bajo el sol.    


Lamentación de Moisés



(Del libro inédito El Pájaro de Fuego)

Los comediantes merodean, borrachos,
Por el camino gris de la Bahnhofstrasse.
Sus ojos no pueden ver cómo tiembla mi corazón.
Llegan a casa: ¡un susto de Coca!, gritan.
El aliento tan agrio como garganta de gato.
Miran un espejo gris con descaro,
Es medianoche, tiemblan sus corazones. 

El espejo les ordena arrancarse el pecho.
Ardiendo, ardiendo,
Lo han escuchado cantar, entre tinieblas.
Han visto el sol ardiendo en el cielo.
El mundo duele, 
Hay música en el río,
Hay música en el fuego,
Los dedos se extravían en las cuerdas de la lira, 
Buscando ver las palabras que dice la zarza.
Oír el Principio que hizo el cielo y la tierra.

Los comediantes saben bien las costumbres del ratón,
Limpian con devoción los huesos en la cripta.
Elevan sus ojos invisibles del alma
Y los carcome, de pronto, la desesperación.
El ardor de la tierra que nada espera,
Gente que nada espera.

Silencio.
Un laberinto está amarrado entre los santos y el cielo.
La puerta quedará amarrada.
En la ciudad de los muros, las tumbas se abren.
Están vacías, no son para los muertos. 

Busca al ángel que llora,
Silencio, silencio, silencio,
Busca entre los ángeles,
El campo sagrado alberga tumbas que no pertenecen al cielo.
No son para los muertos, 
Son muebles. 

¡Mira con los ojos del alma!
Silencio, silencio, silencio.
Los comediantes han visto el fuego pero callaron la zarza.
Saben bien las costumbres del ratón,
Lenta es la causa de sus heridas y rápida la mano de Dios que las cura.
Arden en bolas de fuego.
Gritan y callan.

¡Mire, Biasutto!
Sus ojos han estado atentos, pero ciegos han sido para el alma.
¿Ha visto más allá del fuego que lo envuelve? 
¿Biasutto?
¿Ha visto, María Teresa?
¡O voi che siete due dentro ad un fuoco!
¡Voi, ustedes! ¡Han clausurado las puertas!

Azotan los vientos,
Los cebos fundidos decantan en el mar.
La noche había visto todas las estrellas 
Cuando el remolino los embistió de frente.
Tres veces giraron y en la cuarta
Con la espalda ya hundida en el abismo,
Los tragó una voluntad desconocida.
¡Ustedes, que han visto la pluma caer!
¿Dónde escondieron la zarza?
¿Qué secretos guarda la ciudad amurallada?

¿Quién romperá los muros? 
¿Quién incendiará las vestiduras de los comediantes?
¿Qué nos dice el fuego?
¿Qué palabras pronuncia el Tzinacán?
Así lo escribió Moisés,
Quítense las sandalias, comediantes. 
Quítate las sandalias cuando te acerques a esta casa 
Y escucha con el alma la verdad de Dios.
Harás bien de temer, criatura inmunda, y te cubrirás la cara.
Extiende la mano y agarra la serpiente por la cola. 
Los ángeles lloran cuando las tumbas están vacías.

Comediante, criatura inmunda, 
No salvarás la tierra que nada espera.
El remolino tragará tu ambición y tu poder.
Y un pájaro de fuego convertirá el agua del Nilo en sangre.
¿Quién da la boca al hombre?
¿Quién lo hace mudo o sordo o perspicaz o ciego?
El pájaro verá cómo tiembla mi corazón y abrirá los ojos de mi alma.

Así lo escribió el Tzinacán.
Vendrá un gran pájaro que romperá los muros y fundirá los bronces.
Explotará los vidrios de las cúpulas,
Quemará las vestiduras de peladas cabezas.
Las velas caerán como lluvia sobre el río.
El pájaro reunirá las partes que fueron robadas,
El fuego reunirá lo necesario.
Con la pluma que cae
Romperá los muros
Pero no purificará la tierra que nada espera.

Ve, yo estaré en tu boca, dice el Señor.
Y el pájaro vendrá.
¿Cuál será tu lugar en esta danza de alas infernales?
Serás un subastador de migajas, como el comediante, 
O acaso tan mentiroso como el poeta,
Trágico, heroico, inexistente,
O santo aguerrido, sin escrúpulos.
Serás Atenas, o María Teresa. 
Serás Ofelia, o bruja.

El ministro pronuncia las palabras.
LQS: sobre la mesa acanalada vuelcan su sangre.
Invocan al ángel.
¿Qué has hecho, criatura indefensa? 
¿Qué has hecho?
Mira con los ojos del alma,
Mira lo que nos dice el fuego.
No calles, ¡habla!
¡Ustedes, los que vieron la zarza! 
¡Hablen!
El mar despotrica contra el amargo cebo,
Tiene sed de almas errantes,
Almas que hacen alas de sus remos.

¡Da! ¡Da! ¡Da!
¿Qué nos une al grito solitario del trueno?
Este grito que se esconde y golpea el aire entre las rocas.
La piedad más grande del olvido,
El estupor,
La voz de los siete cielos.

¡Da! ¡Da! ¡Da!
No escribas nada de lo que oyes,
No escribas lo que dicen los cielos plateados.
No escribas su canto ermitaño y gris.
Hasta dónde hemos de seguir la decepción de este pájaro,
Su olor a estrellas y ese frío desagradable. 

No puedo hablar, soy tan joven.
Sufro.
Sufro más allá de las palabras,
Con esta pluma solitaria en las manos.

Tiemblo como la montaña
Cuando la sombra de Estacio entró en los cielos;
Los custodios de Dios doblaron sus rodillas ante la noche.
¿Qué habremos de dejarle a esta pobre humanidad?
¿Qué haremos de este mundo?

Criatura mundana,
Tus palabras no son las de Adán
Ni tu música el glorioso decacordio.
                                          ¡Hora novissima!
Tampoco Eva tejerá tus sueños.
                                         ¡Tempora pessima sunt!
¡Criatura!, tu palabra es la verdad.
No se salvará por sí sola
Pero es más grande que la luz.
                                           Vigilemus.

¿Dónde están los siete valles?
¿Dónde está la sombra que se perdió en el sol?
¿Dónde el espejo que nos mostraba lo que fuimos?

¿El montón de polvo?
¿El vil montón de tierra?
¿El aniquílense en mí y en mí se encontrarán?

¿Qué hay del sol de la majestad (que es un espejo)?
¿Dónde la Sombra que cae?
¿Dónde, ahora, el éxtasis y el deseo?

                                                       Nomina nuda tenemus. 
                                                       Nomina nuda tenemus.
                                                       Nomina nuda tenemus.

Oh, Tiresias, mira este fuego más allá de sus llamas
Y regálanos la verdad que otros callan. 
¡Oh, Tiresias!
Profeta, padre de Manto,
Que legaste tus dones a Virgilio, el gran mago.
En la tarde violeta, hora en que renace el deseo,
Hora en que el campanil retumba bajo el agua,
Hora en que estaremos solos,
Oh, Tiresias, dime quién estará en mi corazón cuando llegue la hora.
Dime, por Virgilio, a quien siempre amaste,
Cuándo vendrá mi hora. 
¿Podré acaso reposar donde siempre quise estar?
Dime si desde el Hades pudiste ver los cantos carbunculares de Ulises y sus hombres
                                                                                              Cuando se hundían.
Ven, háblame del gran sueño de Babilonia
Y de aquel gigante que lloraba lágrimas eternas. 
Dime, ¿dónde está Dios?
¿Dónde está el Señor?
Habla su Nombre, muéstranos su Rostro.
Todo está ardiendo,
Todo lo que vemos, todo aquello que se aleja,
Todo lo que duele,
Todo lo que nos une.
Oh, musas, allí es el fuego.
Llamen a este pájaro, díganle que ha extraviado su pluma
Y que la danza se desate.

Poco a poco voy perdiendo ante el temor;
Poco a poco me entrego a la sorda desesperación de los comediantes.
Diminutas criaturas,
Inexplicables y contaminadas
Como la tierra que nada espera
Y arde, incansablemente, ciegamente.

Ardiendo, ardiendo,
Hemos arrancado el corazón de nuestros pechos.
¿Qué haremos ahora?
Fríos con un mundo en nuestras manos.
Con nuestra sangre en la boca.

Es medianoche, las puertas se cierran.
Silencio, silencio, silencio.
La ciudad amurallada vuelve a pisotearnos,
A forzar el terreno ajeno de nuestros sueños.
¿Qué haremos, ahora que las heridas no sanan?
¿Qué haremos?, pobre humanidad.
Habremos de temer y cubrirnos la cara.
Los ángeles lloran lágrimas eternas. 
Porque la hora ha llegado y estamos solos. 


Yoknapatawpha


I

El valle es una boca descuidada.
Nos arrastra,
Nos pierde en el río.
Corre por galerías en bajada.
Túneles de hierba seca que lloramos, 
Que jugamos.
Como Dios y el Diablo.

A pisotear escorpiones en la arena,
A levantar la piedra que oprime.
Agradecer la tierra
Y mojarnos en el azabache del llanto.

Ese bramido, 
El talismán de nuestros sueños,
El lobo que destiñe el pasto.
Ese bramido que rompe el valle,
Y nuestra noche muere en la garganta.

Todo cae, desaparece;
Hasta el vinagre en las almohadas.
Un avión quiebra el dorado nítido
Y une lo que no vemos.
El invertido marfil de ladrillos.
El aliento que oprime la montaña. 


II

Las herraduras se pegan en el barro,
Hay un siseo bajo la lluvia
Y Arca Roja muere junto al río. 
Pero ella no le teme al bosque.
El camino se evapora,
Se funde en el desierto de sombras,
En el nombre que trae el viento.
Sombra Azul escucha el siseo,
Impone su pecho en Tippah,
Siente sus crines velar a la mujer que llevan.

El espíritu de Arca Roja aguarda entre los árboles,
No pierde un momento de relámpagos 
Para señalar, con dedos ensangrentados, 
El escondite de la roca. 
Sombra Azul es una gota en el mar,
Vuela, truena su pecho de barro,
Es un poeta en el mausoleo de ráfagas.
Encuentra el talismán entre oleadas de cielo
Y un río. 

La sangre desanda sus pasos,
Vuelve a su piel. 
Señala de adentro hacia afuera.
Así escribió su vida:
Como olas que abandonan el mar.
Arca Roja, el sagrado talismán,
El rapsoda,
Dice su nombre.
Canta 
Para ella,
La eternidad. 



JOSÉ IGNACIO HERNÁNDEZ
(1988, Ciudad de Mendoza, Mendoza, Argentina)







marzo 13, 2024

Tres poemas de Matilde Casazola

 I      




Amo mis huesos 
su costumbre de andar rectos 
de levantar un semicírculo 
para abarcar el cielo 
de encadenarse en filigranas diminutas 
para favorecer el movimiento; 
amo mis huesos con sus cuevas 
sus salientes
y sus curvas profundas.
Si hubiera sido insecto,
también habría amado mis antenas
como amo ahora mis ojos con sus cuencas
y mis manos inquietas
y toda esta estructura
en la cual vivo
en la cual soy completa.
Y le doy gracias al discutido Dios 
de creación perfecta o imperfecta 
de existencia absoluta
o no existencia,
le doy gracias 
en uso
de mi cuerpo y su esencia.
Al menos, comprendo su intención: 
sé que era buena



La ciudad cerrada


1

Estremezcámonos: 
la vida es movimiento.
Moscas rondan y rondan por mi espacio 
(este pequeño espacio 
de cuatro paredes alquiladas).
Nunca las tomo en cuenta 
a no ser para darles el final golpe de gracia.
Mis pies se asientan
buscando tierra firme
—invisible circuito de vida los recorre—.
Pero mis pies apenas saben 
de cemento y de hierba; 
no se preguntan nada 
y continúan caminando ciegos.
Toda la vida está llena de tentáculos ágiles 
que alcanzan o reciben 
depositan tesoros 
aletean promesas.
Con títulos firmados 
límites, reglamentos
pasamos la maravillosa aventura de vivir nuestro turno 
uniformados en legiones obedientes 
y casi olvidándonos de lo que somos.
Bendita orilla
paraíso sin nombre todavía
donde poder oír el ritmo de nuestra propia sangre
y acordarnos nuevamente 
de la verdad eterna.
Donde hasta la serpiente sabe por qué vive. 
Donde no hay que inventar razones 
para justificar nuestra presencia.
¡Oh bancos del Estado 
monedas rodando por las calles 
oh múltiples pelucas 
de ciento tres coma un colores!
Pero la industria se iría por los suelos 
y la patria y su bandera, y el progreso.
Pero diremos qué felices somos 
sentados a la mesa 
con cubiertos dorados.
Estremezcámonos, siquiera entonces:
Señoras y señores
la vida es un amable sueño
con cine y macetitas decoradas de antemano.
Viva la vida
y los pies encerrados en vistosos estuches. 
¡Adiós cerros inaccesibles y lejanos! 
no servís para nada 
a no ser para poneros 
en alguna vitrina al precio de ocasión



10



Detrás de los letreros 
hay gentes que respiran.
Grises gentes que se nutren 
de luz artificial, 
de mortal 
languidez
y sofocante espuma 
de palabras mil veces 
repetidas.
Detrás de los letreros 
están los verdaderos 
personajes de la vida
53
contorsionándose, asfixiados por el denso 
humo letal que expelen 
la industria y el progreso.
Hombres en camiseta
gordas mujeres de pisada lenta
barren la esquina
vacían ceniceros
inacabables
se acuestan agotados
espalda contra espalda
fijamente
mirando
el resplandor de incendio
que en la pared reflejan los letreros.
Día tras día
las fechas del almanaque caen
se desgranan
sobre su frente triste
cuadriculada
de espesa propaganda.
Jugándose su suerte
a un buen vaso de vino
al partido de fútbol
en la televisión de los domingos,
desprolijos y ufanos
los abatirá la muerte


poetas bolivianas, Tríptico
MATILDE CASAZOLA MENDOZA
(1943, Sucre, Bolivia)
De: "Tríptico", Municipalidad de Lima, 2020

marzo 09, 2024

Willy Gómez Migliaro



ALZAR sombra si tapan los árboles de moras 
liviana entre muros a la izquierda y derecha 
donde cae el canalón como un mecanismo  
tender sonidos sacudidas y perforaciones del agua 
hoyos que con pico habrían adelantado desiertos 
y ahí levantar habitaciones  
“sombras nada más”  
nos toca su reguero vertical y el desprendimiento  
de sobra hasta llegar al otro lado 
al cuidar las aguas jalar baldes recortar 
sauces y dejar caminos de conciencia o batirse 
entre dos fuegos de los que tienen todo y 
de los que no tienen nada si estiran mangueras 
transforman sectores de infierno al diseñar 
caños reservas grifos o decorados de dolor 
por otros medios ver 
río arriba excrecencias de sequías 
trae el agua alimenta una obsesión de regar 
jardines tecnológicos o dar vida al mar solo
una producción ideal del sentido
al doblar mangueras al escuchar adentro 
canción de resistencia  
de plásticos rotos  



FLUYEN las aguas y sobre ellas latas 
llevan imágenes borrosas 
de proceso de ejecución brillan bajo el sol 
contenido que alguna vez fue necesidad  
como un tiempo el principio recoge
el final se levanta y rueda desde la inmovilidad 
motivos entre desarmes y diseños 
de imagen objetora circular
a través de ella sigues a un animal herido 
viste huella de sangre no el arma
sino destreza al forzar la ambición
o mito circular de boca en boca
arrasaba aire contaminado 
sirve de algo movernos 
aunque se abren más portones de almacén
sueldan chapas levantan rejas reducen autos 
adentro todo es inclasificable afuera 
filos redondos de tarros de leche



SALIDA del sol ante una actividad que nos rodea 
restaurante marino a la entrada se toca cucharas
como castañuelas escucha y refleja durante 
los servicios al alzar los brazos hay posibilidad
un núcleo en la sala si las sillas caen y uno se mantiene 
al sentir platos por cada rajadura
fragmentos de nuestras vidas superpuestas sobre 
lo real espeja de nuevo corresponden a dejar vacío 
o la acción proyecta llenar 
reflejo de existencia de cosa indefinida 
verás tu embalse y ahí de nuevo guía 
aceptándolo hay alteridad lejos de nosotros 
decisión de alzar de llenarse de mesas 
de chocar vasos después constitución de una retórica 
y al acabado un desconocido de la gula un gesto 
expresa satisfacción o grosería familiar y carga 
al descubrir hubo amor en las ensaladas 
odio en el plato caracoles en nuestra extrañeza 
“el crecimiento debe continuar” después 
no comprender ningún futuro



QUÉ hermosa con tu sujetador de cabello 
poder de algún animal fija juegos
forma usual de flor tallada flecos puntada
y sobre ella caballitos flacos y dimensión 
de acertijos sin saber nada abajo hay
partida de montes o están hechos de 
tubos de polietileno de cáscaras de nueces
y todo se ha esparcido en tu cabellera hoy 
sábado de ornamentos si no se vuelven 
obsoletos o demoramos en nuestros silencios 
de amor de mezcla y embestida rogar
o gravitar sobre borrón pinzas y exhibición  
de nuestros regalos en la constitución 
tiempo en el diseño gráfico de línea en un enganche 
primero circular luego curvo para un concepto 
de belleza femenina y brillar con huecos 
desdibujar otros fragmentos y así
enganchado es un cuerno alrededor de los 
ojos no están bajo fijaciones se
estrella en la ventanilla cruce de especies
al lado donde setos y geranios resisten 
hundimientos o ganado de todo sobra 
en tu gancho flotante abotonado desmantela 
la parábola trayente de animales en una fábrica 

                                                                                                                                                                            

poetas peruanos actuales, Escritura creativa, Lírico puro

WILLY GÓMEZ MIGLIARO (1968, Lima, Perú)
De: "Lírico puro", Barnacle, 2024
Ganador del premio hispanoamericano de poesía Festival de la Lira 2015. Ha publicado los libros de poesía "Etérea" (2002), "Nada como los campos" (2003) y "La breve eternidad de Raymundo Nóvak" (2005), todos bajo el sello Hipocampo Editores; "Moridor" (Pakarina Ediciones, 2010), "Construcción civil" (Paracaídas Editores, 2013), "Nuevas Batallas" (Arteidea Editores, 2013), "Pintura roja" (Paracaídas Editores, 2016), "Lírico puro" (Hipocampo Editores, 2017-Barnacle, 2024) y "Manantiales" (Ícata, 2021). Entre los libros de investigación ha sido compilador del libro "OPEMPE, relatos orales asháninka y nomatsigueng"a (Editorial AndesBook, 2009) y "Cholos, 13 poetas peruanos nacidos entre el 70 y el 90" (Catafixia, 2014). Profesor de literatura y asesor literario. Actualmente dicta talleres de escritura creativa.

Enlaces: La mula | Cine y Literatura | Poesía

marzo 04, 2024

Waly Salomão

Balada de un vagabundo     




he aquí el sol, he aquí el sol 
el sol apodado astro rey 
hete aquí que hallé al gran culpable 
de este mi vivir disparatado 
de mi deambular así pirado 
soltando mi agrio corazón desnudo lacrado 
arrugado marchito de edificio vacío 
en terreno baldío sepultado y al rato abandonado
ignoro el barrio, el código postal, la calle, el documento de identidad
no preguntes si ser portador del número equis de contribuyente me hace feliz
¿estaré en la encrucijada, cual espada filosa que el bien del mal separa?
me meto en la ce del centro, en el guarda equipajes de la estación central
bailaré desnudo en bolas desnudo flagrante in fraganti en el mar del cráter de la luna incluso sin saber dónde termina la mía y dónde empieza la tuya
Voy a dar vueltas bajo la marquesina, perfumado suburbio, triste trópico, paraíso
hojas de hierba de la hierba de romero dorada albahaca pasto del viaducto
yo no voy a ir, ¿vos vas? no voy, dulce melancolía, ¿ibas a ir? no, no iba, no iba a ir
dejá que la tristeza se acueste, use, abuse de la fama, dé vueltas en mi cama
diez cien mil veces, cada noche todos los días, muero de soledad y dolor
un millón billón trillón de veces, voy a la alegría, salto hacia el amor
un vicio solo solamente solo para mí no basta
una hinchazón de amor incontrolable por mi cuerpo se propaga
está atestado, está repleto de virtud y vicio, mi cielo
un gallo solitario alza la cresta y cacarea su alborozo
un vicio solo solamente solo es pura parla
acierto trece puntos, soy un billete de lotería premiado
soy el beso de la boca del lujo en la boca de la basura
soy el beso de la boca de la basura en la boca del lujo

 

WALY SALOMÃO
(1943, Jequié, Bahía / 2003, Río de Janeiro, Brasil)
De: Waly Salomão, Poesía Total, Cuenco de Plata, 2022
Traducción: Teresa Arijón y Bárbara Belloc
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