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noviembre 30, 2017

Marcelo Díaz | Entonces me acordé de tu voz


Quería hablar del aprendizaje de los sueños




entonces me acordé de tu voz
acompañada
por un espiral de sombra
haciendo algo parecido
a lo que hacen los pájaros
o lo peces
cuando nadan juntos
uno al lado del otro
como si no importara
la forma ni el contenido
así sea de día
o de noche
hasta dar con el principio de la claridad
donde se anuda la pérdida
y la memoria de la pérdida;
si me muero
quién hablará de las astillas
quién hablará
de la imagen mental de nuestro árbol
si puede acaso una hoja
-ahora en lugar de tu voz-
por cada instante recuperado
provocar una calma
parecida
a la de habernos perdido
en este mundo


Otros poemas de MARCELO DÍAZ, aquí

noviembre 29, 2017

Hablar de Poesía: En busca de Rilke / Entrevista a Ted Huges...




"Ted Hughes (Inglaterra, 1930-1998) es uno de los poetas más extraordinarios del siglo veinte. Mientras se desvanecen las polémicas en las que se vio envuelto tras el suicidio de su primera mujer, Sylvia Plath, más y más entidad va ganado su poesía, viva: violenta y al mismo tiempo delicada, como la naturaleza. Compartimos unos fragmentos de la entrevista –inédita en castellano– que Drue Heinz le hiciera a Ted Hughes para la Paris Review en 1995. Y luego el poema “The Offers”, publicado en Howls & Whispers, un libro casi secreto que Hughes publicó para sus amigos en una edición de solo cien ejemplares en 1998, al final de su vida..."



noviembre 25, 2017

Barry MacSweeney




poesía inglesa





De pronto Pearl despierta




Me golpee la mano derecha
contra el cajón despostillado de en medio
en la esquina del cuarto que da al poniente, y chupé la sangre de mis nudillos.
Otra vez me levanté
y de rodillas recé a Dios, y me paré de nuevo con la lengua encadenada eternamente. Bendícelo a él con su pelo rubio,
ralo por vagar, leyendo carriles y leyes y senderos como mapas.
Prímulas, corre nuestro viejo riachuelo,
años de lluvia que barren con pilas de piedra,
hermosamente suaves, el musgo y el liquen de formas precisas
cubren las piedras pulidas que han sacado, pasos hacia nuestras grandes y locas aventuras.
Nos reímos de los golpes y cortadas cayendo en estanques de renacuajos. En mi mente en lo alto del valle,
el rugido de una mena de plomo se derramaba
en los fantasmas de los armones de cuatro ruedas que dejaron
claramente a un costado de las vías. Ahora ellos —tú los llamas el gobierno— están matando
todo. Los cascos abandonados en el brezo. Las casetas de la empresa cerradas con llave
inservibles para pájaros, bestias y humanos. Las etiquetas
en los bordes: Ridley, Marshall,
McKinnon y Smith. Teléfonos
desconectados, nombres, códigos
que no pude leer.
Restos de alambres
chasqueando insistentes en el viento
que siempre cantó para mí.
El día despunta chorreando rocío
de las oscuras plumas verdosas del helecho, bajo el perfume de agujas de abetos y pinos
mientras las estrellas giran en su lugar
sobre nuestro par de miradas fijas al cielo.



Pearl a las 4 a.m




La luna a flote, una ebria barca de ópalo se estremece
en un océano de estrellas y planetas. Nubes feroces se pliegan sobre mi
como un chal a cuadros.
Parten, parten, un clic de herraduras hacia Nenthead, Alston y más lejos.
Abrí mi boca en la oscuridad de la cocina, torpemente mi saliva salpicó la grasa en la sartén. De
nuevo nieve
en mi rostro roto, reducido
a lamer el soporte hinchado de la puerca. Una gárgola apenas. A un paso la muerte como un soldado que acecha,
un defensor arrogante de la ley, su bayoneta calada. Un destello repentino ahí, y nada más. El chisporroteo de manteca
y las chispas extrañas
atizan mi mente, pues amo
algo que no conozco.
Es el viento brusco,
las piedras pulidas que caen cerca
desplazadas por la avalancha, las más finas campanillas bajo el cielo.



Pearl suddenly awake




Banged my right hand
against the chipped middle drawer
in the corner of the west-facing bedroom, sucking
home the knuckle blood.
Once more I rose
and kneeled, praying to God, and rose again,
my tongue in everlasting chains. Bless him asleep with his yellow hair,
worn out with wandering, map-reading
the laws and lanes and trails. Cowslips, our rushing ancient streatn, years of rajo sweeping over the cairns,
beautifully soft, discrinctly-shaped moss and lichen
enfolding the retrieved tumblestones, sreps ro our great and mad adventures. We laughed off cuts and bruises falling in rhe tadpole pools.
In my mind at the top of the valley, roar of lead ore poured crashing
finto rhe ghosts of now foresaken four-wheeled bogies distinctly off the trails. They-
you call it government— are killing everything
now. Hard hats abandoned in heather. Locked-up
company huts
useless ro bird, beast or humankind. Tags
in the rims: Ridley, Marshall, McKinnon and Smith. Deserted disconnected telephones, codes and names I could not read. Dead wires
left harping in the high wind
that always sang to me.
Day dawn dripping of dew
from those greenly dark feathers of fern, beneath fragrant needles of fir and pine
as the stars swing into place
aboye our double gaze at heaven.



Pearl at 4 a.m




Moon afloat, drunken opal shuggy boat in an otean of planers and stars.
Fierce clouds gather over me like a plaid shawl.
Gone, gone, click of quarter irons to Nenthead, Alston and beyond.
I moved my mouth in the darkness of the kitchen,
spittle poured wrongfully finto the pan fat.
Snow once more
in my broken face, reduced
to licking the swollen door post. Just a gargoyle. Death upon us like a stalkíng foot-soldier, high
and mighty on the Iaw, bayonet
fixed. A sudden glint there, and that's it. Spluttering lard
and strange sparks
ignite my mind, for I am in love with something I do not know. Ir is the brusque wind,
the nearest falling tumblestones disloged by the spate, the finest snowdrops under heaven.



BARRY MACSWEENEY (1948 / 2000, Newcastle upon Tyne, Reino Unido)

Traducción: Ricardo Cázares

Fuente: http://bibliotecavirtual.unl.edu.ar/index.html

Imagen: www.bbc.co.uk

noviembre 21, 2017

Jotaele Andrade: El roce de la rama contra el muro


El trabajo de la memoria 




el día exhala una sed casi humana

y en el patio
el cachorro de perro y yo
somos la íntima
memoria
en que el instante se reconoce y sucede

yo

me estoy en la sed
como está el fervor de la brasa
en su combustión

él

cava un pozo

arroja negra tierra

que
fugazmente
ennegrece el aire

cuando acaba

hunde su boca en el agujero
y saca
un hueso
marrón

al que da vueltas y lo arroja

y vuelve a tomarlo

y a arrojarlo

nuevamente

yo lo miro hacer


veo su alegría de perro que roe un hueso

y pienso que así es el trabajo de la memoria



La música hace demasiado ruido





todo cuanto es música

y tiene un  ritmo
un compás

y crece y decrece

como el fuego en los pastizales del verano
como la cucaracha aplastada por mi pie

se  reúne en una misma

interminable
canción

digo que todo es música

el ronroneo del gato ante el alimento
los golpes del corazón
cuando el amor o el pánico

es música mi pie desnudo sobre el vidrio trizado

de la memoria

y el gemido inconsolable de las crías huérfanas


todo

todo música

la lluvia y le grito de quien ha visto lo indecible

o la tragedia

el roce de la rama contra el muro

el hilar de las arañas sobre la presa
y el zumbido
insistente de las moscas
sobre lo corrupto
el golpe del fruto contra el suelo
la sombra monótona de las cosas

cualquier nombre repetido

en el mantra
desesperado de la ausencia

digo que el mundo es una música que hace demasiado ruido




Cualquier brasa inicia la catástrofe
simple es existir
dejar que la música impregne
de volumen el silencio
medir el peso de la escarcha
en el árbol
mientras atizas los leños
y mantienes a raya los demonios
domésticos
del fuego
conoces los objetos que te rodean:
la máscara africana
y su madera que guarda
el rostro en blanco de un espíritu
la vajilla
las esculturas en cuyas formas
se ha hecho leve el mármol
la mesa donde apoyas
tus pies desnudos
tan familiar y tibia
tan llena de tu existencia tu casa
te alberga como a un molusco
que entre sus paredes nacaradas
piensa que está lejos la catástrofe
entonces una brasa salta
y cae en la alfombra
como esa liebre que hace una semana
saltó
dentro de la cerca
y sobre la que se abalanzó raudo el mastín de la casa



Jotaele AndradeOtros poemas de JOTAELE ANDRADE, aquí
 Imagen: www.laprimerapiedra.com.ar

noviembre 20, 2017

Jorge Aulicino: Es sabido que los versos no admiten defensa


Nueva Caledonia     




Nada quedaba ya de Troya 
ni de Babilonia ni de todas las ciudades del oriente, 
incluida Samarcanda y Labuán, 
ni siquiera de los suburbios de Buenos Aires, 
donde anduvo la sombra de un imperio. 
Nueva Caledonia era el refugio natural. 
Alzaste allí versos y columnas ecuestres, 
y con soldados de plomo y desguaces militares 
formaste tu ejército blindado.
Inútil.
Es sabido que los versos no admiten defensa.
Caen y renacen como esas plantas
entre los rieles que viste tantas veces,
durante tus esperas en estaciones del abandonado ferrocarril
bonaerense.
Antes de los zumbantes camiones, los contendores, antes
de las autopistas que cintilan.



Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí



noviembre 17, 2017

Countee Cullen











Incidente





Una vez montando por el viejo Baltimore,

Con el corazón henchido , con la cabeza desbordada de alegría,

Vi a un ciudadano de Baltimore 

Manteniendo fija la mirada en mí.



En ese entonces tenía ocho años y era muy pequeño,

Y no era ni un ápice más grande,

Y así le sonreí, pero él sacó

Su lengua, y me llamó: "Negro".



Vi el conjunto de Baltimore

De mayo a diciembre;

De todas las cosas que allí sucedieron 

Eso es todo lo que recuerdo. 







Para un poeta





He envuelto mis sueños en un paño de seda,

y los he puesto lejos en una caja de oro;

Donde se aferra con voluntad los labios de la polilla,

he envuelto mis sueños en un paño de seda;

No guardo rencor; No creo que valga la pena

para quien encontró la respiración de la tierra tan afilada y fría;

He envuelto mis sueños en un paño de seda,

y los he puesto lejos en una caja de oro.







Incident





Once riding in old Baltimore,

Heart-filled, head-filled with glee,

I saw a Baltimorean

Keep looking straight at me.



Now I was eight and very small,

And he was no whit bigger,

And so I smiled, but he poked out

His tongue, and called me, 'Nigger.'



I saw the whole of Baltimore

From May until December;

Of all the things that happened there









For A Poet





I have wrapped my dreams in a silken cloth,

And laid them away in a box of gold;

Where long will cling the lips of the moth,

I have wrapped my dreams in a silken cloth;

I hide no hate, I am not even wroth

Who found earth's breath so keen and cold;

I have wrapped my dreams in a silken cloth,

And laid them away in a box of gold.






Countee Cullen (1903, ¿Louisville, Baltimore? / 1946, New York, Estados Unidos de Norteamérica)

Fuente:


Imagen: The New York review of books


noviembre 11, 2017

William C. Williams: tres poemas emblemáticos

La carretilla roja de Wiliam C Williams

La carretilla roja



tanto depende de

una

carretilla roja lustrada
con

agua de lluvia
junto

a los pollos
blanco



El gran número




Entre la lluvia

y las luces
vi el número 5
dorado
sobre el rojo
camión de bomberos
avanzando
tenso
sin prestar atención
a los tañidos de campana
los aullidos de sirena
y el retumbar de ruedas
por la oscura ciudad.



Esto es sólo para decir




que me comí

las ciruelas
que había en
la nevera

y que
probablemente
guardabas
para el desayuno

Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
y tan frías



The Red Wheelbarrow



so much depends 

upon 

a red wheel 
barrow 

glazed with rain 
water 

beside the white 
chickens


The Great Figure




Among the rain 

and lights 
I saw the figure 5 
in gold 
on a red 
firetruck 
moving 
tense 
unheeded 
to gong clangs 
siren howls 
and wheels rumbling 
through the dark city. 



This Is Just To Say




I have eaten

the plums
that were in
the icebox

and which
you were probably
saving
for breakfast

Forgive me
they were delicious
so sweet
and so cold



Otros poemas de WILLIAM C. WILLIAMS, aquí
Traducción: Jorge Santiago Perednik
Imagen: Culto.latercera.com



noviembre 10, 2017

Pablo de Rokha



Firma de Pablo de Rokha, poeta chileno



El hombre casado




Soy el hombre casado, soy el hombre casado que inventó el matrimonio;
varón antiguo y egregio, ceñido de catástrofes, lúgubre;
hace mil, mil años hace que no duermo cuidando los chiquillos y las
estrellas desveladas ;
por eso arrastro mis carnes peludas de sueño
encima del país gutural de las chimeneas de ópalo.
Dromedario, polvoroso dromedario,
gran animal andariego y amarillo de verdades crepusculares,
voy trotando con mi montura de amores tristes...
Alta y ancha rebota la vida tremenda
sobre mi enorme lomo de toro ;
el pájaro con tongo de lo cuotidiano se sonríe de mis guitarras
tentaculares y absortas;
acostumbrado a criar hijos y cantos en la montaña,
degüello los sarcasmos del ave terrible con mis cuchillos inexistentes,
y continúo mis grandes estatuas de llanto;
los pueblos futuros aplauden la vieja chaqueta de verdugo de mis
tonadas.
Comparo mi corazón al preceptor de la escuela del barrio,
y papiroteo en las tumbas usadas
la canción oscura de aquel que tiene deberes y obligaciones con lo
infinito.
Además van, a orillas mías, los difuntos precipitados de ahora y sus
andróginos en aceite;
los domino con la mirada muerta de mi corbata,
y mi actitud continúa encendiendo las lámparas despavoridas.
Cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida,
y, desde la otra vida, gotean las aguas,
yo estoy comiendo charqui asado en carbones rumorosos,
los vinos maduros cantan en mis bodegas espirituales ;
sueña la pequeña Winétt, acurrucada en su finura triste y herida,
ríen los niños y las brasas alabando la alegría del fuego,
y todos nos sentimos millonarios de felicidad, poderosos de felicidad,
contentas de la buena pobreza,
y tranquilos, seguros de la buena pobreza y la buena tristeza que nos torna humildes
y emancipados,
...entonces, cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la
otra vida...
"Bueno es que el hombre aguante, le digo",
así le digo al esqueleto cuando se me anda quedando atrás,
refunfuñando,
y le pego un puntapié en las costillas.
Frecuentemente voy a comprar avellanas o aceitunas al cementerio,
voy con todos los mocosos, bien alegre,
como un fabricante de enfermedades que se hiciese vendedor de rosas;
a veces encuentro a la muerte meando detrás de la esquina,
o a una estrella virgen con todos los pechos desnudos.
Mis dolores cuartelados
tienen un ardor tropical de orangutanes; poeta del Occidente,
tengo los nervios mugrientos de fábricas y de máquinas,
las dactilógrafas de la actividad me desparraman la cara trizada de
abatimiento,
y las ciudades enloquecieron mi tristeza
con la figura trepidante y estridente del automóvil:
civiles y municipales,
mis pantalones continúan la raya quebrada del siglo;
semejante a una inmensa oficina de notario,
poblada de aburrimiento,
la tinaja ciega de la voluntad llena de moscas.
Un muerto errante llora debajo de mis canciones deshabitadas.
Y un pájaro de pólvora
canta en mis manos tremendas y honorables, lo mismo que el
permanganato,
la vieja tonada de la gallina de los huevos azules.

PABLO DE ROKHA (Carlos I. Díaz Loyola, 1894, Licantén / 1968, Santiago de Chile, Chile)
Enlaces: Memoria chilena

noviembre 08, 2017

Pablo Queralt: Nací en el cine

Pablo Queralt



El viento balanceando las Spigelias y las Euphrasias bajo el cielo
blanco ese es todo su amor esa frecuencia nos atraviesa
felices en todas las escenas apiladas páginas y páginas
en el sentido que el tiempo circula
entre las squilas entre sus aguas
el rumor y la transparencia en ese ir hasta
en las esquinas de esas páginas

vi lo geminiano vi lo escorpiano todo ese mundo

en lo naranja profundo asombrado vi mi amor por todo
dispersando sus sombras sus fuegos
nos lanzamos en esa tonalidad a un cielo de final
a esos ojos que me enseñaron cómo veía yo
a mis aquí ahora sus ventanas
más rápidas que el ojo que se abren
en ese casi nada de esa luz feliz
que deja percato el color
el buzón donde echar la carta
la necesidad de ese idioma esas palabras
yo estoy allí yo levanto la tapa de otro cielo
en el resplandor de esa pincelada
tan leve.
Y una vez y otra vez el momento de acercar la cara
que se abre a algo como esa sensación
de que el cuerpo flotará que nos hace libres
es una llave
si acercás tu cara a la pantalla ellos te traspasan
y es ese sol naciente que deja ese aire denso
esfumándose con su sueño dorado
que te tiene para ser volado
inciensos pasifloras
cambiando el color para ver
manzanillas melisas mentas
tamarindos naranjos amargos
que se acunan y dan vueltas en el aire
y luego ríen

algo cobra vida

un campo en cualquier parte
esa ráfaga que es soledad entre las casuarinas
fabricando mi campo precioso en la mirada.
Una imagen se talla y queda para siempre.
Los actores que pasan como un viento la sala se llena
y se vacía esta es toda la vida
que crece cada vez que respiro
sigo este manual este caminito para poder amar
una parte mía que odiaba necesito coraje para seguir
y que la vida parezca ser
uno venía a cierta hora de la tardecita y se sentaba inquieto
a mirar el instante presente en que la luz nidificaba en el sueño
y su sordina un paso más allá su silencio
inquieta luz confío en esa luz.



Mi abuela murió en el cine

después de tomar su copa de anís 8 hermanos
viendo los paraguas de Cherburgo maldito funeral
todavía siento su respiración sus pisadas el arco de claridad
que recibía mientras se movía por el pasillo su silueta
proyectada en la pared antes había dejado limpia la cocina
todo lavado para el día siguiente pasando por esa sumisión
cartílago de pájaro de entregarlo todo sin el miedo a perder nada
con o sin su llovizna de puntos azules en el talón del otoño
nunca pude devolverle todo lo que me dio
el esqueleto encaminado los pantalones recosidos
pero el día señalado desandé cayendo sin creer que existía
toda la cinemateca de esta ciudad de vidrio aullando buscando
ese sánscrito que traduce la verdad
buscándote en cada curva
en un mundo que chilla y cruje en su réquiem.


De: "Naci en el cine", detodoslosmares, 2018



Cuando el día se retira 



cuando olvidamos nuestro nombre aquello que sigue siendo yo  
aquello que ahora viene cuando todo se derrumba en mi hora verdadera 

y que seguirá siendo lo mismo cuando haya pasado 

espejea su instante dibuja la dimensión
de lo desconocido más allá de su cristal mental  
nos mancha con su azul con su insensata coherencia  
con su luz en que confío cada vez que despierto 
sacude el sueño en que estamos acostumbrados a vivir 
la caja cerrada donde esta la respuesta.  



§



Ese momento mágico que  sobreviene a lo largo del  día  
cambia mi  sistema cerebral y mi vida con su planeta balanza  
y deja todo ese sufrimiento acumulado en su pum pum  
de  darme contra la pared   
de  su  demencia negra una vez más.  
Pero siempre recuerdo la fiesta de estar vivo de liberarme  
de lo que no me  deja ser feliz 
y empezamos a sentirlo antes que el  personaje 
me maneje  a mí  
en momentos tan claros del juego de estar perdido y encontrar el eje  
cuando todo vuelve a cambiar. 
Y ese es el cielo que se liberó la mente que deja que mi visión interna  
me permita ver lo de afuera 
y no ser derrotado por la pequeñez  
cuando estoy ya sin aliento y atontado de tanto correr. 
Y es la primavera donde los menores tienen todo el permiso  
y la rueda del molino esta siempre cantando. 
Y eso es  todo lo que podes llevar a la mesa en esas noches. 
Alguien sigue leyendo alguien vertió la brea en esa hora desconocida. 
Nos alfabetizamos en esa espuma, mar de esos espejismos. 

De: "Raros sentidos", Editorial Modesto Rimba, 2017
Otros poemas de PABLO QUERALT, aquí

noviembre 05, 2017

Basil Bunting

Basil Bunting
Una vida extraordinaria



Bunting en Persia, por Christopher Domínguez Michael


Es bien conocido el fragmento del libro sexto de las Confesiones, de San Agustín, en que el de Hipona descubre, sorprendido, a San Ambrosio leyendo en voz baja. Entonces era inusual hacerlo: “Cuando leía, sin pronunciar palabra ni mover la lengua, pasaba sus ojos por las páginas, y su inteligencia en el sentido. Todo el mundo podía entrar a verle, ni era su costumbre avisar, de forma que, cuando yo entraba a menudo a verle, le hallaba leyendo en silencio, pues nunca leía en voz alta”.

El  inglés Basil Bunting (1900–1985), fue, entre los poetas del siglo XX, el anti–Ambrosio. Este amante de la  recitación consideraba que mucha de la incomprensión pública  en torno a la poesía moderna consistía en que antes de ser leída en silencio, debía serlo en voz alta. Aunque amigo muy cercano de Ezra Pound, rechazó el imaginismo lo mismo que a aquel Mallarmé respondiéndole al pintor Degas que la poesía se hacía con palabras y no con ideas. Bunting fue otra cosa: el más sincero defensor de la comunión primigenia entre esas “dos hermanas nacidas de la danza primitiva”, a saber, la poesía y la música. Quiso que la suya –escasa– fuese leída como se escucha a Scarlatti pues sólo la forma sonata le placía al poeta. Es natural que no sea tan fácil, para el lego, seguirlo en esa pretensión, sobre todo a través de sus dos grandes poemas autobiográficos, “Villon” (1925) y “Briggflatts” (1965). Su competente traductor al español es Aurelio Major.

Este curioso cosmopolita, según apunta su biógrafo Richard Burton (uno más de los terrícolas así llamados) en A Strong Songs Tows Us. The Life of Basil Bunting (2013), fue al mismo tiempo uno de los modernistas (en el sentido anglosajón) más audaces y un empecinado poeta regional arraigado en su Northumbria. A esa contraposición se suma otra. Durante su juventud, la vida de Bunting fue la del aventurero mientras durante la segunda mitad de su vida prefirió el reposo. Nunca fue del gusto de la gente de Bloomsbury ni de Auden y sus amigos de izquierda quienes lo hallaban, a Basil, un tanto campesino.

No es casual que Bunting haya elegido al poeta francés Villon (1431–1463) como álter ego pues ambos fueron pendencieros, borrachos y víctimas de la ley. El inglés, formado en una familia cuáquera de inclinaciones fabianas (ese hospitalario y un tanto sonso socialismo británico), fue objetor de conciencia durante la Gran Guerra lo cual convirtió en prisionero político durante los meses anteriores al armisticio de 1918. A diferencia de otros, entre ellos no pocos cuáqueros, Bunting ni siquiera aceptó servir a su Majestad en alguna oficina como no–combatiente, lo cual le valió a él y al resto de los 16, 500 objetores, ser víctimas del escarnio de la sociedad inglesa, envalentonada por supuestos científicos que asociaban sin duda alguna a la objeción de conciencia con la homosexualidad.

Durante la primera postguerra, Bunting se inscribió a la London School of Economics, de la cual desertó sin licenciarse aunque conservó, con Pound, un gran interés por la economía durante toda su vida aunque condenó la deriva fascista de su maestro, quien nunca le perdonó del todo esa falta de solidaridad. Fue el tío Ez quien lo “descubrió” poniéndolo en contacto con la efímera aunque decisiva trasatlantic review (así, en minúsculas) y bajo el dominio de Ford Maddox Ford, escritor y mecenas. Se quejaba Basil, durante sus borracheras, de lo que él llamaba el rigor de la fordmaddoxization.

Con la Segunda Guerra, Bunting se reinventó y el antiguo objetor de conciencia se convirtió en jefe de una escuadra de Spitfirers de la RAF, transferido en 1942 hasta Medio Oriente, según le informó eufórico al poeta neoyorkino Louis Zukofsky (1904–1978), su gran amigo. Cruzando con sus aviones de combate la frontera entre Iraq e Irán, Bunting se enamoró de la antigua Persia y de su poesía clásica, que tradujo, asombrado de que el farsi clásico fuera tan distinto de la lengua vernácula indispensable para comunicarse con los iraníes, que le parecieron los más civilizados entre todos los hombres (“Son una extraña mezcla de licencia y mesura; tienen la dignidad de los árabes del desierto sin su histeria”). No toda la guerra la pasó en esa zona. En la Navidad de 1943 fue requerido en Malta como miembro del War Room del general Eisenhower, quien se aprestaba a invadir la Italia mussoliniana desde Sicilia.

Finalizando la guerra, Bunting volvió a Bagdad y a Teherán, capital de una nación que se había declarado neutral, sabedor su Sha de que en el momento preciso, de extenderse el conflicto, Persia podía cotizarse muy alto, apetecida por Hitler como la supuesta patria de los arios. En Teherán y en Isafahán, se dedicó Bunting no sólo a la traducción sino a otro de sus exitosos oficios, el espionaje al servicio del M16. Se casó con una iraní (Sima, una kurdo–armenia, para ser exactos) y desempleado tras la guerra, deambuló por Italia e Inglaterra hasta que pudo colocarse como corresponsal en Irán de The Times. Pero el gusto le duró poco. Mohammad Mossadeq, el Lázaro Cárdenas de Irán, expulsó del país a todos los corresponsales extranjeros antes de expropiar el petróleo en 1951. El primer ministro nacionalista fue derrocado por un golpe de Estado organizado por la CIA y murió en 1967 confinado en su villa. Bunting, antiguo cuáquero y socialista de salón, nunca le perdonó a Mossadeq la expulsión de aquel paraíso donde tradujo a los poetas persas de los primeros siglos del milenio pasado, como Rudaki, Manuchehri, Saadi, Hafiz, Shirazi y Ubay Zakan.

Es razonable imaginarse al viejo y pobretón Basil recitando en Northumbria a Hafiz en el tono de “No te aflijas si el viaje es amargo y la meta incierta” y esperando la respuesta del joven Basil, quien en agrio recuerdo del autocompasivo Villon, se considerara “sucio e inmaduro”: un salmón que ha perdido su estación en el río.  No ignoraba Basil Bunting que así como los compositores no son los mejores intérpretes de sus obras, no  por necesidad han de ser los poetas quienes mejor leen sus versos.


¿Un presagio?




El mismo año, súbito cambio de capital, establecida aquí, en Kyoto, durante siglos.

Nada obligaba al cambio ni era tarea fácil
pero rezongar era ya demasiado.
Nos mudamos, los que tenían empleo o buscaban uno o se aferraban al resto
a prisa y presurosos se impacientaban por ser los primeros.
Las cumbreras sobre cuartos vacíos; desmantelados: flotan río abajo.
La tierra volvió a ser un páramo.
Visité el lugar nuevo: estrecho y más accidentado,
acantilados y marismas, costas ensordecedoras, fuertes vientos perpetuos;
el palacio era una cabaña de troncos arrojada en las colinas (aunque el conjunto no deslucía).
No había terreno llano para las casas, muchos lotes baldíos, una ruina la antigua capital, la nueva un campamento,
y los pensamientos como nubes mudables, deshechos con
un soplo:
los labriegos gimen por las tierras perdidas, los recién llegados sorprendidos por los precios.
Nadie de uniforme: las multitudes
parecían reclutas con licencia.
Hubo murmuraciones. El tiempo las determinó.
En invierno se revocó el decreto, volvimos a Kyoto;
pero las casas ya no estaban y nadie tenía medios para reconstruirlas.
He oído de una época en que los reyes bajo los techos de corteza miraban las chimeneas.
Cuando el humo era escaso, bajaban los impuestos.



Portent?




The same year thunderbolted change of capital, fixed here, Kyoto, for ages.

Nothing compelled the change nor was it an easy matter
but the grumbling was disproportionate. We moved, those with jobs
or wanting jobs or hangers on of the rest, in haste haste fretting to be the first. Rooftrees overhanging empty rooms; dismounted: floating down the river. The soil returned to heath.
I visited the new site: narrow and too uneven,
cliffs and marshes, deafening shores, perpetual strong winds; the palace a logcabin dumped amongst the hills
(yet not altogether inelegant).
There was no flat place for houses, many vacant lots, the former capital wrecked, the new a camp,
and thoughts like clouds changing, frayed by a breath: peasants bewailing Iost land, newcomers aghast at prices. No one in uniform: the crowds
resembled demobilized conscripts.
There were murmurs. Time defined them. In the winter the decree was rescinded, we returned to Kyoto;
but the houses were gone and none could afford to rebuild them.
I have heard of a time when kings beneath bark rooves watched chimneys.
When smoke was scarce, taxes were remitted.

BASIL BUNTING (1900, Scottwoods-on-Tyne / 1985, Hexham, Inglaterra) 
Traducción: Aurelio Mayor
Fuente: Fondo Hugo Gola
Enlaces: Buenos Aires Poetry | El dorso de las cosas
Imagen: Adaptación The New Yorker