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febrero 28, 2021

Constantino Cafavis: Un candil


He ido     




No tengo ligaduras; 
me abandoné a todo. 
He ido en la noche iluminada 
hacia goces que eran mitad reales 
mitad elaborados por mi espíritu. 
Y he bebido un vino fuerte 
como beben aquellos 
que se entregan valerosamente al placer. 



Cuerpo, recuerda     




Cuerpo, recuerda, no sólo el ardor 
con el cual fuiste amado; 
no sólo los lechos sobre los cuales 
te has acostado, sino esos deseos 
que brillaban por ti en los ojos
y temblaban en los labios,
y que un obstáculo fortuito
ha impedido que se cumplan…
Ahora que todo eso pertenece al pasado,
casi parece que te has abandonado a ellos…
Cuerpo, recuerda esos deseos
que por ti brillaban en los ojos
y temblaban en los labios.



Un candil




En una pequeña estancia
completamente vacía
con los cuatro muros
tapizados de telas verdes
un bello candil se incendia,
y una pasión, un deseo lujurioso
arde en cada llama.
Los fuegos del candil
inundan la pequeña estancia
de una claridad que no se parece en nada
a las luces habituales.
Y la voluptuosidad de su calor
no está hecha para cuerpos pusilánimes.





CONSTANTINO CAFAVIS
Otros poemas de CONSTANTINO CAFAVIS, aquí
Fuente: Centro Editor de América Latina, Los grandes poetas, 1988 vía Fb Liliana García Carril
Traducción: Juan Carvajal
Imagen: Politeinet.gr







julio 31, 2016

Valle de Traslasierra, Córdoba, Argentina



por Pablo Anadón


Tantas veces que lo he hecho a lo largo de los años, y nunca me canso ni me aburriré de hacer el cruce de las Sierras Grandes. Amo ese paisaje austero, de rocas pardas y pastizales ocres en invierno, con vertientes que bajan por las laderas después de las lluvias, águilas que vuelan en círculos sobre los precipicios al costado de la ruta, y al fondo, al descender, el Valle de Traslasierra, verde y azul, nítido o neblinoso según los días, con el espejo sinuoso del Dique de la Viña. Hoy fue un día soleado, despejado, sin una nube, y el paisaje era aún más hermoso que de costumbre. Ir escuchando música y fumando es casi la felicidad, como hoy, y si hay una hermosa mujer con quien ir conversando y compartiendo mates, es la felicidad sin más, como hace unos días. Esta siesta, como siempre, hice un alto en Lo De Ramallo, un lugar que ya me es entrañable, lo mismo que su gente. El dueño, Ramallo, le pidió a una de las buenas mozas, Laura, que me mostrara una escultura que en unas horas iban a instalar en el salón: era el águila que baja todos los días a buscar su trozo de carne, y que ahora me enteré que tiene nombre: Rita. La escultora resultó ser rusa, y ya me dieron su teléfono, porque además de esculpir, da clases particulares de idioma. A ella le encargarán también grupos escultóricos con otros animales de la zona, para un museo temático que crearán en el Parador. Pedí mi habitual café con un sándwich de pan casero, la hija del dueño me convidó una empanada frita, y me instalé en la terraza. Estaba terminando mi café, ya frío, fumando y leyendo una espléndida página de Brodsky sobre un poema de Thomas Hardy, que ya querría traducir, cuando escuché una música dulce y asordinada: era un muchacho que tocaba un “hand drum” (aquí se lo conoce como “sattva”, me explicó el ejecutante), un instrumento de sonido casi mágico, órfico, que usa la escala pentatónica, capaz de serenar, como la canción que oyó el Conde Arnaldos, a la naturaleza. Me quedé escuchándolo y mirando la tarde un rato y continué viaje. En el camino comprendí algo que no es ninguna revelación, pero que yo sentí como tal: no importa la hora de llegar, no importa llegar, aunque lo que nos espere pueda ser dichoso, estar en viaje ya vale la pena. Ahora me doy cuenta de que a esa revelación la he leído antes: está en el poema “Ítaca” de Kavafis. Igual, no es lo mismo leer que hacer la experiencia de una epifanía así, y yo la tuve hoy, en mi querido camino de las Altas Cumbres.


Itaca



Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.


Constantino Cavafis


Traducción, Pedro Bádenas de la Peña
Otros poemas de Cavafis, aquí. 
Enlaces relacionados con Pablo Anadón

septiembre 06, 2015

Constantino Cafavis

Constantino Cafavis

Un viejo




En la sala interior del ruidoso café
un viejo esta sentado, inclinado sobre una mesa;
un periódico frente a él, y ninguna compañía a su lado.

Y en el desdén de su edad miserable,
medita sobre lo poco que disfrutó los años
en que tenía fuerza, el arte de la palabra, y buen aspecto.

Sabe que ha envejecido mucho; está consciente de ello, lo ve,
y sin embargo el tiempo en que fue joven parece
ayer. Cuán breve el tiempo, cuán breve el tiempo.

Y piensa en cómo la Sabiduría lo engaño;
y cómo el siempre confió en ella –¡qué tontería! –
la mentirosa que decía, "Mañana. Tienes mucho tiempo."

recuerda impulsos que contuvo; y cuánta
alegría sacrificó. Cada oportunidad perdida
se burla ahora de su prudencia insensata.

..Pero con tanto pensar y recordar
el viejo devana. Y empieza a dormitar
inclinado sobre la mesa del café.



Velas




Los días de nuestro futuro están ante nosotros
como una fila de pequeñas velas encendidas–
doradas, cálidas y vivaces velitas.

Los días pasados van quedando tras nosotros,
una dolorida línea de velas extintas;
las más cercanas aún humean,
velas frías, derretidas e inclinadas.

No quiero mirarlas; su forma me entristece,
y me entristece recordar su antigua luz.
Miro hacia adelante hacia mis velas encendidas.

No quiero darme vuelta, para no ver y temblar–
cuán rápido la sombría línea se alarga,
cuán rápido las velas extintas se multiplican.



En los peldaños



Mientras bajaba por la infame escalera,
tú salías por la puerta, y por un momento
vi tu rostro nada familiar y tú me viste.
Luego me escondí donde no me vieses de nuevo, y tú
pasaste rápido ocultando tu rostro,
y te metiste a la casa infame
donde no podrías encontrar placer, como yo no lo había encontrado.

Y aún así, el amor que buscabas, yo lo tenía para dártelo;
el amor que yo quería– tus ojos me lo dijeron
tus cansados y desconfiados ojos– tú lo tenías para dármelo.
Nuestros cuerpos se sintieron y se buscaron;
nuestra sangre y nuestra piel entendieron.

Pero ambos nos ocultamos turbados.


CONSTANTINO CAFAVIS (1863, Alejandría / 1933, Alejandría, Egipto)
Imagen: redaccion.lamula.pe