Santiago Sylvester | La cantera (Notas del Tiempo)

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Manuel Mujica Lainez por Madrid, siempre teatral e ingenioso. Hace muchos años almorzamos en Salta. En el almuerzo me preguntó si yo pensaba volver a Salta a vivir; era mi época de estudiante en Buenos Aires; y yo entendí (con razón) que en su pregunta había una crítica: consideraba que Salta (y todas las ciudades del país, salvo Buenos Aires) era un pueblón sin mucha gracia. Le contesté con un poema chino: “un pueblo de hombres simples y mujeres sencillas, y pienso que cualquiera de ellos es mejor que yo”. Se sintió tocado, se revolvió como un pájaro que da un picotazo, y señalando hacia fuera por la ventana dijo: “¡Por supuesto, cualquiera de estos es mejor que yo, en el peor sentido de la palabra!” A Mujica no se le puede ganar con chicanas.

La anécdota anterior unida a otra de mucho después. El motivo que me había dado Mujica para llamarme en Salta fue que él tenía una novela cuyo personaje es un poeta de apellido Sansilvestre; huye a Londres y lo modifica por Sylvester. Yo no había leído entonces Los ídolos (cuyo protagonista, más que poeta, es un sospechoso de impostor); pero muchos años después el azar hizo que la editorial Cátedra, de Madrid, le encargara a Leonor, mi mujer, la edición crítica de ese libro.


El conocimiento tiene complejidad; es comprensible que el artista, al exponer su resultado, no facilite la tarea. Hubiera sido absurdo que Picasso, cuando pintó Las señoritas de Avignon, hubiera llenado el cuadro de carteles aclaratorios. El tiempo se encarga de aclarar intenciones y resultados. Pero cuidado: si los aclara demasiado les quita interés. La lectura de los clásicos (Quevedo, San Juan de la Cruz) es posible para cada nueva generación porque siempre quedan zonas en la penumbra, algo sin aclarar. Lo contrario ocurre con algunos versificadores, incluso buenos: el tiempo aclaró demasiado, y perdieron alarma por exceso de iluminación.

El consejo de Eugenio D´Ors, oscurezca (lo contrario de lo que diría un retórico: aclare), es un buen consejo, pero tampoco resuelve el problema; el tiempo también se encargó de demostrar que en muchas obras sólo había falsa oscuridad


Calderón y Shakespeare a raíz de una conversación.

Calderón, buen poeta y excelente dramaturgo: tiene ritmo teatral y sentido del desenlace. Fue un dramaturgo moral, didáctico sobre dónde están el bien, el mal, la salvación, etc. España era el país de la Contrarreforma, y Calderón estaba obligado (tampoco hay pruebas de que quisiera hacer lo contrario) a ensalzar una creencia y una ideología: su obra está presidida por la idea de que todo poder viene de Dios.

Shakespeare vivía en un país convulso y permisivo; es un poeta-dramaturgo laico. Dios no aparece en sus obras, salvo como exclamación (¡oh Dios!); nunca se apela a la autoridad divina para resolver conflictos humanos. El poder está tratado críticamente: reyes y autoridades son (pueden ser) locos, asesinos, dudantes o tortuosos; algo que no podría haber hecho Calderón. Ningún personaje de Calderón podría haber dicho “la vida es un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia”, a menos que, inmediatamente, lo refutara y probara que la vida tiene un sentido trascendente.

Época y sitio condicionan la obra de uno y otro: se los lee con agrado, pero a uno hay que situarlo en la historia, mientras que el otro pregunta con nuestras preguntas y a veces responde con nuestras respuestas.


Hay escritores, y hay gente que escribe. La diferencia es tajante, no sólo de calidad, sino de algo previo: la escritura como destino.


 Un poeta reclamaba para la poesía actual el poder de escándalo de Las flores del mal. El problema, sin embargo, no está en la poesía actual sino en la sociedad actual: no se escandaliza por nada, y menos por una expresión artística. En la época de Baudelaire, la clase dominante era una burguesía ilustrada a la que se podía molestar con un libro de poemas, con una ópera o una obra de teatro (ejemplo, “la batalla de Hernani”). Hoy eso es imposible, ni la burguesía ni ninguna otra clase se entera hoy de las modificaciones artísticas, ni le interesa en general el arte: menos aún el actual. Al poder de escándalo le falta contradictor, y no se puede jugar a la paleta sin frontón que devuelva la pelota. Vivimos la consecuencia del derrumbe del frontón. En la época de Baudelaire el frontón era poderoso: le hicieron un proceso judicial por su libro; la situación de hoy no admite ni siquiera imaginar la censura de aquella época, por lo que el arte tendrá que buscar otras intenciones. El arte de escándalo reclama un censor, y de eso ya no hay, afortunadamente, porque tampoco reclamemos lo que no estamos dispuestos a aguantar.

Por otra parte, hay mucho artista (incluso bueno) que elabora su arte de ruptura asistido por una beca o ayuda similar. No tengo objeciones a eso, pero hay que reconocer que esa situación le ha mojado la pólvora: su poder de escándalo queda reducido al estar “autorizado” a decir cosas terribles. Un crítico alemán usa esta fórmula: “a la subversión por la subvención”; es decir, el hecho de ser pagado para provocar: una ferocidad de boutique. 


Una anécdota que le oí a Roberto Tálice, con quien durante un tiempo fuimos vecinos en Buenos Aires. Tálice había sido amigo de Carlos de la Púa, poeta del lunfardo, y contaba que, con cierta jactancia, de la Púa se declaraba ateo cada vez que podía. Un día de la Púa se enfermó de verdad, enfermedad que lo llevó a la tumba, y Tálice fue a visitarlo al sanatorio. Al entrar a la habitación, se cruzó con un cura que salía; por supuesto, Tálice no dijo nada, pero de la Púa se sintió como pillado en una falta, y atinó a decirle en el mejor estilo tanguero: —Y bueno, flaco, tirarse un lance no cuesta nada.


No hay persona más insoportable que una celebridad de provincia”, Chejov.


De: "La cantera (Notas del Tiempo)", Ediciones Barnacle, 2026
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