Pablo Caramelo | La ausencia no tiene explicación

La lectura ocurre cuando se lee por segunda vez un texto, cuando se puede interpretarlo. El azar me ha deparado esa oportunidad. Pablo Caramelo en “Un zumbido bajo y constante” recorre un periplo compuesto de enigmas; con altivez y un lenguaje directo presenta una retórica descriptiva o el efecto que lo real produce en la subjetividad. Una vida particular, una historia íntima, el proceso mediante el cual se puede inferir la emergencia de un conflicto propio de aquellas zonas tangibles de la experiencia con el orden de lo imaginario (“nada en este mundo debería ser / tan hermoso y tan ajeno”). El autor tensa de modo ex profeso la dimensión biográfica y testimonial en la construcción del sujeto y del texto, evocativo y sombrío, con una lógica excluyente: donde hay vida, hay amor. A partir de esos materiales cifra la intuición lírica en su plena intensidad y logra un equilibrio inconmensurable como un recuerdo. Sin obviar los sucesos de la época, los dislates de la moral burguesa, el quebrantamiento de las leyes, el sentido común (“Aún hay magnicidios y récords deportivos, robots / que galvanizan muertos a distancia”) y los ruidos creados por los norteamericanos, entre esa dispersión y polifonía, queda todavía un mundo más antiguo, más firme: “Venías sólo a darte cuenta del amor”. Así se templa el acero.   
                                                                                                                                        Alberto Cisnero                                         
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En cada turno oscuro un gemido coral,  
en cada indicación imprecisa  
las madres asfixian al futuro dios 
entre sus ropas, el zorzal se aturde 
cuando su canto grazna y, entonces,  
prefiere hundir también sus patas 
en los desagües fríos y resignarse
a una tonada más simple, más antigua.
Los ciclistas que recorren la noche 
relatan ese repliegue de la vida, cuya 
penumbra vibra para bien y para mal,
y turba a los ancianos despiertos: 
nunca tardaron tanto las señales del cielo.
Sombras sobrecogidas en vano, regatean 
sus horas en nombre de un antiguo velar.
Un pregón entra en el palier, recorre el pasillo
de la morada, padres supernumerarios frotan
el moho de los pesebres. Resuellan edictos,
despachos de un nuevo orden jadeante.



5



De vez en cuando, en medio de los gritos, 
un destello. Una emergencia luminosa, 
imposible de seguir. Con la apariencia 
de relax que nos produce esa epifanía,
nos miramos: no alude a un mundo sumergido. 
Es ella misma. Un cambio de aire para seguir 
la agitación sin rumbo. Hablamos mucho 
sin obtener nada. Extraviamos la taza de té 
y el sentido del brío. Sin numen ni penurias,
en el cuarto inmenso, tres clavos en la pared.  
Abrazados, discutimos la imagen que sostenían.



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¿Una pelota de cuero, entonces,
no debiera ser objeto de devoción,
sin que decidamos, luego, jugar
y disolvernos? Ay, aquellos bienes: 
durante generaciones aumentaron 
la alegría, incluso en la derrota,
incluso en ese almuerzo ambiguo 
donde la silla destinada al mensajero
por primera vez quedó desocupada, 
y resolvimos desoír teorías al respecto, 
pues los misterios descarrían la teoría
hacia el misticismo, y porque la ausencia 
no tiene explicación, aunque con ella 
desprendamos en paz el nombre 
de cada cosa: hasta las copitas chinas 
de licor quedan deshechizadas.
Respirás con incomodidad, 
este último paseo es innecesario.
Imágenes anárquicas reinando
sobre nada, puro éxtasis negativo.
La materia acumulada por tu clan
descansa del deseo y de la historia: 
alguien reclinado te reconoce y pregunta 
si te molesta cerrar todas las ventanas.



PABLO CARAMELO (Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina)
De: "Un zumbido bajo y constante", Barnacle, 2026
Imagen en Barnacle Ediciones

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