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enero 16, 2019

4 poemas de Diego Brando


poesía argentina



Ruido de ángeles cayendo en el patio 
y de insectos tragados por las arañas. 
Los frutos crecen y absorben la noche 
y destilan el azul más bravo del universo. 
He oído demasiado caerse 
el mundo sobre la casa, 
y cargar con sus cimientos sería 
darle de comer a los chacales. 
Se precipita la lluvia y las gotas golpean 
sobre el cobertizo, como un oro pálido. 
Huyo entre la bruma y pienso en no regresar; 
detrás cuelgan las ropas de los muertos. 
Qué loca idea fue nacer, madre, 
en noche de tormenta y lloviznas.
Algo se quebró desde el principio.




Cuando mi madre hace un silencio
es porque sobrevuela sus flores
un colibrí de tonos azules.
Las tardes de verano en el patio
con los gatos extendidos a la sombra
de un aromo que crece enorme
suelen tener esa manifestación divina.
El pájaro puede irse y luego volver
construyendo otro silencio.
Yo sólo pienso y contemplo,
así ha sido la vida de mi madre,
un momento detenido tras otro
en el que la muerte se ha querido posar en ella
con la prestancia de un pájaro eléctrico.




En el fondo de la segunda mitad de mi vida 
solo hay basura acumulada,
tropeles de caballos que huyen hacia el desierto.
No recuerdo ahora cómo era antes,
todo aquello quedó lejos
como la sombra de nuestros ancestros
bajo el limonero.
Si hago un esfuerzo solo sé
que algo desapareció y que lo lloramos,
y que lo que comenzó a acumularse
cedió ante la nieve.
Agua podrida de la que sin embargo bebo.




1



No esperábamos tanto viento,
pero aquí está,
cambiando todo de lugar.
También nosotros,
que miramos con extrema quietud desde la ventana
de qué manera se mueven las hojas acumuladas
al fondo de la casa y la ropa que olvidamos colgada
en el tendedero de cemento.
En su soporte, la inscripción de una fecha:
primero de diciembre de mil novecientos noventa y dos.
De los años
en que no hemos aprendido nada
queda el suave paso de las hojas,
la virtud del movimiento.
Seres ateridos por el frío,
admiramos lo que no entendemos.

Otros poemas de DIEGO BRANDO, aquí

enero 14, 2019

Eleonora González Capria

Eleonora González Capria


SÁBANA




Volvimos en un taxi
y adentro lo que había
no conocía el cielo.
Algunas cosas tienen que viajar siempre en tierra
y las que no
nacen igual a veces en cuartos bien cerrados.

Quizás el cielo le llegó entre sueños como una sábana
azul que se alejaba siempre, y al final 
despertaba temblando, pesadilla crónica
del deseo o del instinto.

Después soñé también mis propias pesadillas
el arrepentimiento
lo que nadie me supo explicar de guardarse
lo que debiera andar alto.
Ya en casa por las noches 
le cargábamos una manta encima
para que no soñara feo o despertara llorando.

Pero eso fue más tarde.

Primero nos lo dieron pájaro
adentro de una caja.


 

TEMA DE CONVERSACIÓN




Esa piedra, vos me decís, vino con la corriente
era la roca inaugural resto de monte suelto 
cosa de siempre de tu infancia.

Estás mintiendo. Esa palabra, cuando vivía,
salió de conejeras, de una noche
sin luz artificial, yo me acuerdo.
Quedaba blanco allá adelante
una mancha entre dos árboles
y cambié de camino
para pasar protegida por la sombra.
A oscuras, te expliqué, no me persigue mi cara.
Después hubo viento y después
hablamos. Eso era antes, un cuerpo de sonidos.

Vos insistís: oíme si siempre fue una piedra,
la guardo para dispararles
a los camiones por la ruta si me aburro
o algún día levantar una casa.



BORRADOR DE TRADUCCIÓN




La evolución de las especies tiene
barba de viejo
finas pilosidades 
de árbol fueguino, hongo de alga,
tiene quince picos por capítulo
hijos de la misma madre.
Es la cara de un hombre
que antes no fue Dios.
Lo que hay que traducir es el recuerdo
de ese origen bajo el agua buscando palabras como
océano, transmutación, pinzones,
lo que sin forma avanza por el tiempo
multiplicado,
encontrar el estilo de epitafia simbiótica, 
el rasgo variable de la lengua ajena.
Esta cola, por ejemplo, es más larga
y sobrevive.
Sobre el mundo material
podemos decir al menos esto
venimos a la Tierra por leyes generales,
así empieza.
Termina la traducción diciendo:
todos éramos peces al principio
y todavía tenemos branquias.

ELEONORA GONZÁLEZ CAPRIA nació en Buenos Aires. Licenciada en Letras, traductora y profesora de Traducción, es poeta y narradora.

enero 13, 2019

John Burnside: Aprender a dormir

John Burnside


UN ENSAYO SOBRE EL DUELO     

                                                                para Lucas


I Al cavar una tumba para Oxy, un gatito negro atigrado, Octubre 2016

"Es muy amargo", respondió;
pero me gusta
porque es amargo
y porque es mi corazón".

Stephen Crane



Lindo día, para esta época del año,
sol en los árboles del seto, un solo
gavilán vuela sobre el potrero.
Es difícil cavar esta tierra, y cada vez cuesta más:
quince centímetros y tengo que volver a buscar el pico
para sacar las piedras grandes de la arcilla
y después, con la manta que vamos a usar de mortaja tendida en el pasto,
terminamos  en silencio la tarea, parando
solamente  una o dos veces
a calcular la profundidad y recuperar el aliento.
Sin nada que decir, desmigajás un puñado de tierra
para que se entibie en tus manos
y espolvoreás la tumba que improvisamos
con esas migas frescas, negras;
y después  de un momento sigo yo, respetando el silencio.

Nada que decir, pero me viene a la cabeza, desde lejos,
la voz de una vieja publicidad que me hace acordar
a la Nueva Jerusalén de cada canción
que mis padres me hicieron bailar, papel picado
rosa en mi camisa, la chica de moda,

una quimera de lentejuelas en mis brazos;
nada que tenga sentido, y sin embargo suficiente
para oponerme a ese relato tan de los años cincuenta
de lavanda y naftalina
en el vestido de novia de mi madre, las mangas huecas
más fantasmales que la novia que no tuve.
tanto que lamentar, ahora,
que apenas doy abasto:
despierto con mis libros hasta tarde, a la luz de la lámpara,
el corazón en un anzuelo, me alimento de todo lo que encuentro,
después duermo hasta tarde, un Neanderthal
contemporáneo, las planicies
implícitas en mis ganglios basales,
polvo que flota en el hall, el sol del mediodía,
y una suerte de dolce stil nuovo en la punta de la lengua.
Tanto que lamentar, y todo eso
casualidad,
esa maldita vocación de defender lo mío
toda la vida, mientras lo que creía sólido se deshacía
como nieve en el calor de una parrilla hibachi.

Veo que parecidos somos, qué distintos;
y que llegaste a ese estado en el que ser incomprendido
también es una especie de vocación, un árido refugio
al que vos te aferrás porque es duro
y porque es tuyo;
pero debo aceptar que sos propenso al dolor:
pero no es un don, en absoluto, sino un tesoro que cuidar
como al latido de un pájaro cantor
que se cayó, y es levantado y protegido
hasta que se anima y vuelve a volar.
En general, como sabemos, esa presencia se disipa
hasta volverse un pedacito de calor en una caja de zapatos forrada de musgo,
pero de vez en cuando levanta vuelo desde tus dedos
abiertos y se abandona suavemente al aire,
mientras se va oscilando hacia los árboles.
De ahí en más
ya no hay canción que vuelva a ser la misma;
te pones a escuchar, a la espera de alguna
señal de curación en los dialectos varios
y el zorzal y el petirrojo.

Recuerdo la mañana en que nos fuimos caminando
desde Leuk Stadt a Susten:
después de la primera nevada, tu hermano y yo
y vos, adelantándote para dejar huellas nuevas
en el sendero, entre las viñas.

Alguien se había marchado, o muerto, y sus uvas
estaban negras en el enrejado,
ya resecas por el frío pero aún
intensamente vivas, a su modo, una indeleble caligrafía
tiñendo los alambres con determinación y arrojo ciego.

Trepamos por la senda congelada hasta Alte Kehr, la nieve fresca
densa sobre los muros de piedra que rodean la ciudad,
y todo parecía descifrable,
el deshielo en las huellas de un gato que anduvo merodeando
y la luz de la nieve en sus caras, como una bendición.

Por esta zona, oí decir, de vez en cuando
una mujer se levanta de su cama sin hacer ruido,
y sale temprano a la nieve de la mañana
sin dejar huellas mientras camina hasta el final de la senda
sin vapor en el aire, sin sonido, sin rastro;
y aunque sea una de esas que imaginaríamos
como una madre digna y fiel, prudente y amorosa, también sabemos
que ha viajado más allá de todo apego
por el Lugar que deja atrás, por los que siguen
adelante ya sin ella:
una mujer al atardecer, de blusa blanca y sandalias borravino,
que canta porque piensa que está sola
o que acaricia al gato mientras las nubes se amontonan
y lo que parecía seguro se prepara para la oscuridad que se acerca,
hojas de parra y aguanieve, setos en flor, sangre y espina de pescado



AN ESSAY ON MOURNING

for Lucas

I ON DIGGING A GRAVE FOR OXY, A BLACK TABBY KITTEN, OCTOBER 2016

"It is bitter - bitter;"
he answered; "But I like it because it is bitter, And because it is my
heart."
STEPHEN CRANE




A fair day, for this time of year/
sun on the hedge trees, a lone /sparrow-hawk over the paddock./ Digging on this
ground is hard, and then it gets harder: /six inches down, I have to go back
for a pick //to prise the larger stones out of the clay;/ and then, with the
blanket-weave shroud laid out in the open, /we finish the job in silence, only/
stopping once or twice/ to estimate the depth and catch our breath. //With
nothing to say, you crumble a fistful of loam/ so it warms in your hands,/ and
sprinkle the grave we've contrived/ with the raw, dark crumbs;/ and, after a
moment, I follow, respecting the silence.//Nothing to say, but far at the back
of my head,/ a voice from an old commercial, calling to mind/ the New Jerusalem
of every song/ my parents made me dance to, pink/ confetti on my shirt, the
latest girl//a chimera of sequins in my arms - nothing that made/any sense, but
just enough/ to contradict the '50s narrative/ of lavender and naphtha in/ her
wedding dress, the hollow of her sleeves //more ghostlike than the bride I never
saw./ So much to grieve for now,/ I can barely keep track:/ sitting up late
with my books, in the anglepoise light,/ heart on a fish-hook, I feed on
whatever I can,//then sleep late, like a latter-day/Neanderthal, the plains/
implicit in my basal ganglia,/ a dustfall in the hall, the noonday sun,/some
dolce stil nuovo, of sorts, at the tip
of my tongue.//So much to grieve for - and all of it/ happenstance,/ the curse
of a lifelong vocation for standing my ground/ while all that I once thought
solid frittered away/ like snow on a lit
hibachi.
//I see how alike we are, and how unalike;/ and I see you have reached that
condition where
misunderstood/ is
also a kind of vocation, the hardscrabble refuge/ you ding to because it is
hard, and because it is yours;//yet I have to accept that you are inclined to
grief:/ by no means a gift, but a treasure that must be/ guarded, like the
heartbeat of a fallen/ songbird, gathered up and carried home/ to safety, till
it dares to fly again.//More often than not, as we know, that presence fades/
to a morsel of warmth in a shoebox lined with moss,/ but once or twice it soars
from your parted/ fingers, soft surrender to the air,/ as it flickers away to
the trees. //From that point on,/ no song will be the same;/ you listen for
yourself, for some thin trace/ of healing in the varied dialects/ of mistle
thrush and robin.//I remember the morning we walked/ from Leuk-Stadt to Susten:/
lost the first quick snow, your brother and I/ and you, running on ahead, to
make/ new footprints on the path between the vines.//Someone had left, or died,
and their grapes/ were black on the trellis,/ shrivelling, now, in the cold,
but still/ so fiercely alive, in their way, an indelible script/ of purpose and
blind resolution inking the wires.//We climbed the icy track at Alte Kehr, the
new snow/ thick on the dry-stone walls around the town,/ and everything, it
seemed, was legible,/ meltwater filling the tracks where a cat had lingered,/
the snow-light on your faces, like a blessing.//In these parts, I've heard it
said that, now and then,/ a woman will leave her bed without a sound/ and go
out early in the morning snow,/leaving no prints as she walks to the end of the
track,/ no vapour on the air, no sound, no stain;//and though she is one of
those we would surely imagine/ as loyal and decent, a careful and loving
mother, we also know/ she has travelled beyond any strong/ attachment to the
place she leaves behind, or those/ who carry on without her://a woman at dusk,
in a white shirt and wine-coloured sandals,/ singing, because she thinks she is
alone,/ or bending to fuss the cat, while the snow-clouds gather,/ and all that
seemed sure stands poised for the darkness to come,/ vineleaves and meltwater,
hedge-blossoms, fish blood and bone. 



De: "Aprender a dormir", Audisea, 2017
Traducción: Daniel Lipara
Otros poemas de JOHN BURNSIDE, aquí
Imagen: Getty Images

enero 10, 2019

Raquel Lanseros

Raquel Lanseros

En ocasión de todos los finales



Yo nunca resistí las despedidas
con su mezcla de muerte y precipicio
con el aroma amargo de la finitud
empalagando el ánimo
con esa luz de hielo matutino
que penetra debajo de los párpados.

Yo nunca resistí las despedidas
pero no sé por qué.
Me lo pregunto porque no ha supuesto
una sorpresa súbita casi ninguna de ellas.
He solido saber
con esa exactitud de los relojes
el lugar, el momento
la documentación y el escenario
en que sobrevinieron.

No hay engaño. El jueves diecinueve
era un jueves sin ti. Estaba escrito
mucho antes que las lágrimas
anunciasen el fin
y todo fin es único.

Las despedidas son como el otoño
inevitables pérdidas
vienen puntuales con aviso previo.
Nadie puede acusar de su tristeza
a la pequeña hoja tiritando dormida
en medio del camino.

De repente esa hoja me recuerda
los hoteles pintados de naranja.
Son dos cosas que llegan de otra época
igual que llega la bruma de noviembre.
Traen una carga de nostalgia limpia
sin traición ni sorpresa.
Y sin embargo el alma
no logra acostumbrarse en una vida.

Yo nunca resistí las despedidas
porque en cada una de ellas se marchita la voz
de todas las personas que yo he sido
y ya no puedo ser.



RAQUEL LANSEROS (1973, Jerez de la Frontera, España)
Fuente: http://www.raquellanseros.com/index.php
Enlace: https://www.jotdown.es/2014/04/raquel-lanseros-la-poesia-es-el-territorio-absoluto-de-la-libertad/
Imagen: Museo Picasso Málaga

enero 03, 2019

Massimo Gezzi







Massimo Gezzi





Una despedida








Se paró a observar los últimos destellos

de luz que ahondaban detrás de los montes.

«No mienten nunca, los niños,

cuando pintan el sol rojo y las nubes

rosa sobre un fondo azul cobalto. Quizás sean

los únicos que todavía saben mirar algo».

Apoyó el vaso en la mesa,


sopló el humo contra el cristal y aquel

se abrió como un lago de aire gris.

«He pensado que mi vida era mía.

Tú también estás pensando, ahora,

que tú eres lo que eliges, lo que quieres,

lo que dices». Le respondían los libros,

los marcos, las plantas a punto de lanzarse en la oscuridad,

yo no. «Incluso lo que no dices»,

sonrió, mientras el estertor del catarro

se le volvía más oscuro. «En cambio ahora

tú, en esa silla, mientras me miras la espalda

y quisieras anudar tus manos o estar mudo,

tú ahora eres importante, y no lo crees, y no lo sabes».

La nube más lejana de repente se desvaneció

En pocos minutos perdió el rosa, luego el violeta.

Ya era una masa gris cuando él,

golpeando al compás dos dedos en los cristales,

después de un golpe de tos, entonó Yesterday,

luego paró.







Un paso atrás







En la calle, pasado un semáforo,

mitad en el césped mitad

en el cemento, una chica rubia platino,

con piercing en los labios y los auriculares

en los oídos. Tumbada entre las hojas

y en el frío, a pocos metros de un banco.

La levantas. Sientes el calor

de su mano que se aferra a la tuya,

el perfume dulzón, ves sus ojos

medio colocados. Está viva, sonríe, se tambalea

mientras avanza hacia ti y hace amago

de abrazarte, apretando en todo momento

tu mano. Y tú echas un paso atrás,

estás temeroso, piensas en el asco,

en lo ignoto, tienes miedo y casi te avergüenzas.

Tienes cosas que hacer, claro, es tarde. Y mañana

el despertador, las clases, la prisa por las calles...

Volverás a pasar por aquí. Notarás con cierto

alivio su ausencia: en la hierba solo hojas,

cacas, la escarcha derritiéndose, tu quieta

seguridad de autómata imperturbable que esquiva

los obstáculos y los empujones. Ella ni te recuerda

siquiera, 

y ahora duerme.







Un congedo







Si fermò ad osservare gli ultimi bagliori

di luce che affondavano dietro i monti.

«Non mentono di niente, i bambini,

quando fanno il sole rosso o le nuvole

rosa su uno sfondo blu cobalto. Forse sono

gli unici che guardano ancora qualcosa».

Posò il bicchiere sul tavolo,

soffiò il fumo contro il vetro e quello

si allargò come un lago di aria grigia.

«Ho pensato che la mia vita fosse mia.

Anche tu lo stai pensando, adesso,

che tu sei ciò che scegli, ciò che vuoi,

quello che dici». Gli rispondevano i libri,

le cornici, le piante tese al tuffo nel buio,

non io. «Anche quello che non dici»,

sorrise, men tre il rantolo di catarro

gli si faceva più scuro. «Invece adesso

tu, su quella sedia, che mi guardi le spalle

e vorresti annodarti le mani o essere muto,

tu adesso sei importante, e non lo credi, e non lo sai».

La nuvola più lontana sbiadì all’improvviso.

Nel giro di pochi minuti perse il rosa, poi il viola.

Era ormai un ammasso grigio quando lui,

picchiettando due dita al ritmo contro i vetri,

diede un colpo di tosse e intonò Yesterday,

poi smise.






Un passo indietro







Lungo la strada, attraversato un semaforo,

metà sull’aiuola e metà

sul cemento, una ragazza biondo platino,

con piercing sulle labbra e le cuffie

nelle orecchie. Distesa tra le foglie

e nelfreddo, a pochi metri da una banca.

La rialzi. Ne senti il calore

della mano che si afferra alla tua,

il profumo dolciastro, ne vedi gli occhi

mezzi fatti. È viva, sorride, barcolla

mentre viene verso te e fa come

per abbracciarti, sempre stretta

alla tua mano. E tu fai un passo indietro,

ne hai timore, pensi allo schifo,

all’ignoto, hai paura e quasi non te ne vergogni.

Hai da fare, certo, è tardi. E domani

la sveglia, le lezioni, la corsa per la strada...

Ripasserai di qui. Noterai con un certo

sollievo la sua


assenza: sull’erba solo foglie,

cacche, la brina che si scioglie, la tua quieta

sicurezza di automa imperturbabile che schiva

gli ostacoli e le spinte. Lei non ti ricorda nemmeno,

e adesso dorme.









Massimo Gezzi (1976, Sant'Elpidio a Mare, Femo, Italia)

De: "Il numero dei vivi", Donzelli, 2015

Traducción: Paolino Nappi

Fuente: Universitat de València

Enlaces:

https://campodemaniobras.blogspot.com/2017/01/massimo-gezzi-dos-poemas.html 

https://www.eltoroceleste.com/massimo-gezzi/

Imagen: La prima web



enero 01, 2019

Andrea Cote Botero

poesía colombiana


Lección única sobre las cosas viejas

Ya dije:
no sé quién inventa el olor de la casa,

no sé.
Más aún si lo que te gusta es

la vista ruinosa de los tejados
y la pared deslucida, el muro demolido
y su puerta que ya no tiene afuera.
Más aún,

si ya no recuerdas que no es el olor,
sino la bondad de las cosas
al exhibir su derrota.


Estación de luz



Verás, es tu ciudad que no descansa,
en la que siempre hay algo a punto de venirse abajo.
Por ejemplo, la lluvia —derrumbada en la luz—
ya sabes;
o los árboles
quemados de cielo a media tarde,
aniquilados como pájaros
que se lanzan desde el aire
y caen en los parques,
arrastrando su manía de caer.
Porque es verdad que es mi ciudad
y es del otoño,
la casa misma de todo lo que lentamente se desploma,
hastiado de durar
en el aire y la intemperie de la luz.
Es mi ciudad,
la casa de las cosas
que siempre son más bellas
cuando están a punto de acabar.

ANDREA COTE BOTERO (1981, Barrancabermeja, Colombia)
Fuente: 400 Elefantes
Enlace:U Externado | Otra iglesia es imposible

diciembre 31, 2018

José Kozer: Dunas en la distancia

José Kozer


Veáse como siempre acaba en lo mismo



Un jueves, y no es éste, metí las manos
en los bolsillos (perdí
la noción del tiempo.
De pie, y luego sentado
en penumbra, y luego a
oscuras. Ayuné. Bebí
Bebí agua mental. Sabía que
al amanecer era viernes,
y con eso me bastaba.
A veces sacaba las
manos de los bolsillos,
puños crispados. Abría
las manos, todo seguía
igual. Eso no está mal.
Surgía, iba surgiendo
o iba a surgir un
pensamiento, eso
no está tampoco mal.
Uno, y no tres asuntos
entrecruzándose,
alterando el ritmo de
la respiración. Aparecía
yo aquella tarde en un
pinar, dunas en la
distancia, la bahía
refulgente (cabrilleos)
(rielar pronto la luna
llena) (ah el poema
de Espronceda que
memoricé durante la
adolescencia) levanté
el brazo, extendí la
mano, se vino a posar
un paro carbonero,
¿seré San Francisco?
Y la rapaz se quería
posar en mi cabeza
recién tonsurada, la
tonsura la produjo
un rayo. ¿Sería yo
uno de los elegidos,
aquel que convertiría
al ave de carroña en
paloma buchona?
Volvía a meter los
puños en los bolsillos,
a quedarme quieto, tengo
a la mano hace horas el
libro de los 50 poemas
de Osip Mandelstam en
la traducción de Meares,
me he propuesto ayunar,
no leer, tener el menor
número de pensamientos,
realizar el menor número
posible de movimientos
durante dos días. No
está mal. Han pasado
unas 36 horas, y ahora
empiezo a brincar
(mental) de un sitio a
otro, mi madre desde
el Más Allá me anima
a volver a la normalidad,
y mi padre, el ceño
fruncido, los brazos
cruzados sobre el pecho
(modelo otomano) o cual
si fuera un campeón de
lucha libre, me contempla
como aquél que contempla
a un pobre diablo a todas
luces incapacitado para
la vida. ¿Y él; y él? Callo.
No rebatirlo. Eso estaría
mal. En eso consiste en
caer en la trampa. No
ponerme, después de
dos días de interioridad,
mínima actividad motriz,
a disputar. Con él. Ni
con nadie. Ni con el
otomano ahí enfrente,
ni con el zahorí que
me indica el camino
del agua con pozos
que serán la riqueza
de Israel. ¿Y por qué
no de Andalucía?
Amanece. Llevo
horas desvelado.
Soy un enredador
enredado en sus
minucias, los sucesos
del día. Todo una vez
más me afecta. Que si
tal que si esto que si
aquél dijo o dejó qué
de decir. ¿Eh? El
viento viene de los
Urales, el olor a lejía
de las lavanderas del
Caspio, y los rostros
descompuestos son
un asunto, fíjate,
entre mi padre y yo.


Otros poemas de JOSÉ KOZER, aquí 
Imagen: Rialta

diciembre 24, 2018

Carlos Llaza












Sonido virgen





The vacant text glows white on pages that are black.


Peter Redgrove


Arrojo la Biblia al río y

desde la altura del puente

veo que el lomo azul



ondea como espinazo

de criatura viva. Intrigado

no pierdo de vista el recorrido;



cuando ella navega, el agua

se agita y babea espuma.

El libro tras darse vuelta



pasa las hojas como quien

se lee a sí mismo y

memoriza los versos,



luego las letras se abren

y elevan cual remolino

de cenizas. El texto es ahora



terreno baldío, pluma de cuervo.

Desde su sitio, las estrellas—

todas en primera fila—



se emocionan ante el ascenso

de las invitadas. Un perro aúlla.

Una rata con visible apuro



pasa a mi costado y desciende a

la ribera. A medida que la

noche avanza mi libro se debilita.



Como aluvión de agua negra

el cielo desborda el cauce.

De pronto un hombre con ropa raída



surge del río. Lleva en las manos

lo que ahora es un cuaderno

abierto en la primera página.



Me mira entonces a los ojos,

pronuncia mi nombre y en

taquigrafía documenta el himno



que brota de estos labios:

rumor en lengua nunca antes vista.







CARLOS LLAZA (1983, Lima. Perú)

Fuente: https://www.letraslibres.com/mexico/literatura/dos-poemas-1

Imagen: Verkami

diciembre 23, 2018

Louise Glück

Louise Glück | El poeta ocasional

Vísperas




En tu prolongada ausencia, me permites
el uso de la tierra, anticipando
cierta ganancia por la inversión. Yo debo declarar
que fracasé en mi tarea, principalmente
respecto de las plantas de tomate.
Pienso que no debería ser alentada a su cultivo
Pero si es así, deberías detener
las grandes lluvias, las noches frías
tan seguidas aquí, mientras que otras regiones reciben
doce semanas de verano. Todo esto
te pertenece a ti: por otra parte,
yo he plantado las semillas, observado los primeros brotes
como alas rasgando el suelo y fue mi corazón
roto por el pulgón, la mancha negra multiplicándose
veloz en las hileras. Dudo
que tú tengas corazón, así como entendemos
este término. Tú que no discriminas
entre muertos y vivos, tú que en consecuencia eres
inmune a los presagios, pareces no saber
el pánico que sufrimos, la hoja manchada,
las rojas hojas del arce cayendo
incluso en agosto, con temprana oscuridad. Yo soy la responsable
de estas viñas.


Vespers



In your extended absence, you permit me
use of earth, anticipating
some return on investment. I must report
failure in my assignment, principally
regarding the tomato plants.
I think I should not be encouraged to grow
tomatoes. Or, if I am, you should withhold
the heavy rains, the cold nights
that comes so often here, while other regions get
twelve weeks of summer. All this
belongs to you: on the other hand,
I planted the seeds, I watched the first shoots
like wings tearing the soil, and it was my heart
broken by the blight, the black spot so quickly
multiplying in the rows. I doubt
you have a heart, in our understanding of
that term. You who do not discriminate
between the dead and the living, who are, in consequence,
immune to foreshadowing, you may not know
how much terror we bear, the spotted leaf,
the red leaves of the maple falling
even in August, in early darkness: I am responsible
for these vines.


Traducción: Adam Gai
Otros poemas de LOUISE GLUCK, aquí

diciembre 13, 2018

Elizabeth Barrett Browning




Soneto 14





Si has de amarme, hazlo por nada,

fuera de por el amor mismo. No digas,

“La amo por su sonrisa – su aspecto – su manera

de hablar suave , - su agudeza



que armonizó con la mía  y ciertamente trajo

sensación de paz aquel día” –

porque de por sí, mi amado, estas cosas pueden ser cambiadas

o cambiar para ti – y amor tan bien forjado,



puede también deshacerse. Ni me ames por

tu piadoso enjugar de mis lágrimas:

Criatura que recibió tan largo tu ternura



 puede olvidarse de llorar y perder así tu amor.

Ámame sólo por el amor mismo, para que sin cesura,

por gracia del amor eterno, sigas amando.











Sonnet 14







If thou must love me, let it be for nought 

Except for love’s sake only. Do not say, 

“I love her for her smile—her look—her way 

Of speaking gently,—for a trick of thought 



That falls in well with mine, and certes brought

A sense of pleasant ease on such a day”— 

For these things in themselves, Belovèd, may 

Be changed, or change for thee—and love, so wrought, 



May be unwrought so. Neither love me for 

Thine own dear pity’s wiping my cheeks dry:

A creature might forget to weep, who bore 



Thy comfort long, and lose thy love thereby! 

But love me for love’s sake, that evermore 

Thou mayst love on, through love’s eternity.










Elizabeth Barrett Browning (1806, Durham, Inglaterra / 1861, Florencia, Italia)

Traducción: Adam Gai

Imagen: Brewminate



diciembre 06, 2018

Raymond Carver: Asia


Asia



Qué bueno es vivir cerca del agua.
Los barcos pasan tan próximos a la tierra firme
que un hombre puede tender la mano
y quebrar una rama de uno de los sauces
que crecen aquí. Los caballos corren salvajes
junto al agua, a lo largo de la playa.
Si los hombres de a bordo quisieran, podrían
hacer un lazo, arrojarlo
 y  traer a cubierta a uno de  los caballos.
Algo que les sirva de compañía
en el largo viaje al Este.
Desde mi balcón puedo leer los rostros
de los hombres mientras miran fijamente a los caballos,
 a los árboles y a las casas de dos pisos.
Yo sé en qué están pensando
cuando ven a un hombre saludándolos con la mano desde el balcón,
su auto rojo abajo en la calle.
Lo miran y se consideran
afortunados. Qué misterioso golpe
de suerte, piensan, los ha traído
por todo este camino hasta la cubierta de un barco
con destino a Asia. Esos años de empleos temporarios
o de trabajo en los depósitos o como estibadores
o simplemente vagando por los muelles,
han sido olvidados. Cosas así les han sucedido
a otros más jóvenes,
si realmente sucedieron.
Los hombres de a bordo
agitan las manos, devolviendo el saludo.
Están inmóviles, agarrados a la borda,
mientras que el barco pasa deslizándose. Los caballos
salen de entre los árboles hacia el sol.
Se paran como estatuas de caballos.
Observando el barco mientras pasa.
Las olas se rompen contra el barco.
Contra la costa. Y en la mente
de los caballos, donde
siempre es Asia.


Asia




It’s good to live near the water.

Ships pass so close to land
a man could reach out
and break a branch from one of the willow trees
that grow here. Horses run wild
down by the water, along the beach.
If the men on board wanted, they could
fashion a lariat and throw it
and bring one of the horses on deck.
Something to keep them company
for the long journey East.
From my balcony I can read the faces
of the men as they stare at the horses,
the trees, and two-story houses.
I know what they’re thinking
when they see a man waving from a balcony,
his red car in the drive below.
They look at him and consider themselves
lucky. What a mysterious piece
of good fortune, they think, that’s brought
them all this way to the deck of a ship
bound for Asia. Those years of doing odd jobs,
or working in warehouses, or longshoring,
or simply hanging out on the docks,
are forgotten about. Those things happened
to other, younger men,
if they happened at all.
The men on board
raise their arms and wave back.
Then stand still, gripping the rail,
as the ship glides past. The horses
move from under the trees and into the sun.
They stand like statues of horses.
Watching the ship as it passes.
Waves breaking against the ship.
Against the beach. And in the mind
of the horses, where
it is always Asia.

Raymond CarverTraducción: Adam Gai
Otros poemas de RAYMOND CARVER, aquí
Imagen: Penguin NZ

diciembre 04, 2018

Jessica Traynor



Jessica Traynor






Cartas desde el Monte Fuji






Desde la cima del  Monte Fujiyama te envío cartas,

escritas en hojas cuadradas, luego plegadas


en tantos diseños diferentes como los  copos de nieve.

Las suelto al aire, míralas caer en el mundo.


Abre una. En ella hay una foto de tu infancia.

Puedes verla, pero se derrite en tu mano


como la pregunta que te hago, presa en la brisa,

y tu respuesta, arrastrada por el río hasta el mar  llano.


 Aun a través de esta nieve, constante, devoradora del año,

yo siempre te enviaré cartas.







Letters from Mount Fuji





From the top of Mount Fujiyama I send you letters,

written on square pages, then folded


in as many different patterns as a snowflake.

I drop them onto thin air; watch them fall into the world.


Open one. In it is a picture from your childhood.

You can look at it, but it melts in your hand


like the question I ask you, caught on a breeze,

and your answer, taken by the river to the flat sea.


Even through this constant, year-devouring snow,

I will always send you letters.






JESSICA TRAYNOR (1984, Dublín, Irlanda)

Traducción: Adam Gai

Imagen: RTE