Las cosas claras
Fuente: https://www.instagram.com/catalina_boccardo/
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De: Poesía reunida (1908/1939), Barnacle, 2025
HÉCTOR PEDRO BLOMBERG: Nació
en Buenos Aires en marzo de 1890, en el histórico barrio de Monserrat que
evocaría y cantaría treinta años después. Conoció el Paraguay, de donde su
madre —doña Ercilia López, sobrina del mariscal Francisco Solano López—, era
oriunda. Cursó sus estudios en el Colegio Nacional Central (hoy Buenos Aires).
De allí pasó a la Facultad de Derecho, instalada por ese entonces en la calle
Moreno, frente a los fondos del convento franciscano, y donde funcionó la
célebre Imprenta de los Niños Expósitos. Esa infancia, vivida entre las piedras
y tradiciones de su ciudad natal, influyó poderosamente en la casta obra
evocativa que Blomberg realizó en su madurez. Abandonados los estudios de
derecho, e iniciado en el periodismo, hizo largos viajes desde las costas del
Pacífico hasta el cercano Oriente, y desde los mares del sur hasta el Báltico,
viajes que le sirvieron para escribir después muchos de sus cuentos y novelas
de la vida en los puertos, y que le inspiraron los poemas de “A la deriva” y
“Bajo la Cruz del Sur”. Falleció en Buenos Aires en abril de 1955.
Cuando tenía treinta y seis, Marilyn Monroe se llevó a la cama
todas las píldoras para dormir. La hija de Marlon Brando
se colgó en el cuarto tahitiano
de la casa de su madre
mientras Stanley Adams se pegó un tiro en la cabeza. A veces
miras las nubes o los árboles y no se parecen
ni al cielo ni al suelo ni a las nubes ni a los árboles.
La artista Kathy Change
se prendió fuego y los hijos de Bing Crosby
abandonaron a tiros la industria musical.
A veces me pregunto por la vida
interior de los osos polares. Deleuze, el filósofo,
se tiró al mundo por la ventana
para salir de él. Peg Entwistle, una actriz desconocida,
se liberó de la “H” de Hollywood,
cuando todavía se veía en blando y negro
y David O. Selznick era el rey, circa 1932. Ernest Hemingway
se llevó el cañón a la sien en un pueblo de Idaho,
mientras su nieta, que era modelo, trepó al árbol familiar
y se pasó de pastillas. Mi hermano
se pegó parches de fentanilo en el cuerpo
hasta que el cuerpo dejó de serlo. Me gusta
el sonido de los gansos en el agua. Me gustan
los jabones que te dan en los hoteles porque son hermosos.
Sarah Kane se ahorcó, Harold Pinter
le dio unas rosas cuando aún estaba vida
a Louis Lingg, el anarquista, se prendió un cartucho de dinamita
en la boca
aunque tardó casi seis horas
en morir. Luis II de Baviera se ahogó
y lo mismo Hart Crane, Virginia Woolf y John Berryman. Si viajas,
llévate siempre un libro,
sobre todo en el tren. Andrew Martínez, el militante nudista, murió
en prisión, con una bolsa en la cabeza, desnudo,
y Potocki, el escritor y aristócrata polaco,
usó una bala de plata en 1815.
Sara Teasdale se tragó un frasco de pastillas
después de prepararse la bañera
en cuya agua se abrieron las venas
docenas de senadores romanos.
Larry Walters se hizo famoso
por volar con unos globos y una sillita plegable. Podría subir
miles de metros. Era un hombre que volaba.
Se disparó en el corazón. Por las mañanas al levantarme
me lavo los dientes, me lavo la cara
y me pongo la ropa que más me gusta.
Quiero tratarme bien.
"Una única gran conversación jamás interrumpida". Así describe el poeta su relación con Federica, la bella, la "ninfa" que tiene "un alma tan llena de almas", aquella para la cual los acontecimientos futuros existen ya, tiempo circular que roza lo eterno, pero que, como todo tiempo, se termina. Y lo curioso es que este libro es eso: una larga conversación, íntima, irónica y dolorosa, con quienes al leerlo entramos en el secreto de esa "habitual ironía" que esconde a duras penas el deseo de luz (pienso en la "tentación de la claridad" de la que hablaba Bayley). Confesión de moralista, con cierto airecito de Siglo de Oro en algunos giros (particularmente) perfectos de sus versos (pongo el adverbio de modo entre paréntesis como él mismo lo hace, sospecho que para subrayar la insistencia en su uso), que se siente traicionado por la vileza del mundo y que, se lamenta, hubiera deseado llegar con sus palabras a los solitarios, a los insatisfechos. Ya que ha tenido la confianza de pedirme estas líneas, me gustaría contestarle que los solitarios y los insatisfechos, vale decir, las y los lectores de poesía, pueden leerlo tranquilos, y aclarar por qué. Porque la charla ininterrumpida es también un arte poética surgida de una comprobación por suerte renovada, como el mar: "Se escribe al dictado, se es un copista". Porque este libro contiene hallazgos (claramente) dictados, en los que ellas y ellos podrán reconocerse a sí mismos: "Una casa enorme, inmensamente deseada y común, la intemperie". Y porque cuando este poeta raro, que ha llegado al momento en el que puede permitírselo todo, incluyendo las palabras terminadas en "mente", alude a la materia poética, está señalando el término exacto que refleja su poesía, centrada, anclada en la materia. Solitaria e insatisfecha, yo volvería una y otra vez al amarillo de las mariposas amontonadas alrededor de la camisa incandescente, en el farol al que antes llamábamos sol de noche y ahora no sé, o a los ojos de los pulpos (profundamente) fijos en los nuestros. Por esas mariposas y esos pulpos aconsejo leer a este Mister Magoo que podrá sufrir de cualquier cosa en su vida, menos de ceguera.
De: "Treinta y seis grados, La Cartonera Edizioni, 2024
Otros poemas de EDUARDO MAGOO NICO, aquí
El uso de "raton laveur" en el poema añade un elemento curioso y llamativo a la lista de objetos y seres que Prévert enumera de forma aparentemente azarosa.