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julio 05, 2018

Añosluz Editora presenta "Apolo Cupisnique", de Mario Montalbetti

Mario Montalbetti


Himno




Todavía quedan días en los que me digo:
hay un lugar que puedo hacer mío,
un café, por ejemplo, que puedo reclamar
como propio, luego de tantos excesos

o un terreno baldío en las afueras.
Pero eso sólo quiere decir que hay objetos
que me encuentran familiar, inanimado.
Mi anhelo es retórico: no espero afecto

de las cosas. Por eso mismo admiro
dos incomodidades: las sillas de madera
y las letras. En cambio, los poderes y la lujosa
circulación del guiso me dejan indiferente.

No en la explicación sino en la soledad
deseo usar estas palabras: yo no soy de acá.



Como Walcott



Escribo a mano con un lápiz Mongol No. 2 mal afilado
apoyando hojas de papel sobre mis rodillas.

Ésa es mi poética: escribir con lápiz es mi poética.

Si alguien pregunta como quién quiero escribir
respondo «como Walcott». Ésa también es mi poética.

También, esperar a que ella me muerda el cuello
es mi poética. La salobre oscuridad del mar, la insistencia
de sus golpes y el aire húmedo encima, lleno de pliegues,
es mi poética. Ella pregunta como quién quiero escribir

y yo respondo «no sé, como Walcott». O más bien
mi poética es di algo visceral de una buena vez,
como en la ópera, sin esperar que ocurra una muerte
especialmente interesante al final: es mi poética.

Lo del lápiz mal afilado es indispensable para mi poética.

Sólo así quedan marcas en las hojas de papel
una vez que las letras se borran y las palabras ya no

se entienden o han pasado de moda o cualquier otra cosa.



Traducción radical



Enseñarle castellano a un perro
es la verdadera enseñanza.
«Nunca va a aprender», dicen.
¿Por qué? ¿Acaso el castellano
es cuestión de inteligencia? Tal vez
sería mejor aprender a ladrar entonces.
¿Por qué no lo podemos hacer?
¿Porque somos demasiado inteligentes?
Me gustaría decir «Yo te quiero»
ladrando. Un perro es un verdadero
otro. Alguien que no comparte
mis reglas. Casi ninguna. A veces
decimos algo y el perro acude.
A veces el perro ladra y lo ignoramos.
En comparación, aprender aymara
(dialecto moqueguano, digamos)
es sencillo. Se puede hacer.
Tal vez la pronunciación no sea
perfecta, pero nos dejamos entender.
¿Cómo será ladrar con acento humano?
Los perros reirían sin parar.
«Y éste ¿de dónde salió?» dirán.


Otros poemas de Mario Montalbetti, aquí

julio 04, 2018

Moebius, programa de radio

El jueves 5 de julio de 2018 de 21 a 22 Moebius, programa de radio en www.arinfo.com.ar



Invitado: Fidel Maguna



https://moebiusenlaradio.blogspot.com/2018/06/fidel-maguna.html






Moebius, programa de radio. Conducido por Gerardo Curiá con producción de Lidia Rocha.













julio 01, 2018

Milo de Angelis: los camiones pasan lentamente, cargados, en el fondo de la curva

La lentitud




"Quería que todos se detuviesen"
dice
con la bufanda apretada
mientras cruzamos los charcos
“no quería volverme distinta"
y son confusas las palabras, entre los pasos, hoy,
en los bordes de la acera
“Jiskova está lejos
y nunca sé nada de los demás” y mientras tanto
empieza este campo, en el fondo de la avenida
el olor de los patios
después de los últimos tranvías “...cuál alegría... de qué
hablas... te alcanza este...
...este amor lleno de deberes... donde
como máximo se es perdonado... los que pueden...
...te conformas con esto...”
pero hay demasiado viento, y palabras llenas de consonantes
para decir que se acaba
y silabeamos “nerozumìm, nerozumim”
en la mañana como en el rubio pálido
una cosa inaferrable
que resbala sobre el asfalto, una vez sola
"...pero ahora la prueba es para nosotros...
nosotros que no podemos ver...” los camiones
pasan lentamente, cargados,
en el fondo de la curva
y los muros de estas casas, el olor a cocina
"dónde estás" me pregunta, en un idioma
indemostrable, y no habla.


La lentezza



“Volevo che tutti si fermassero"
dice con la sciarpa stretta
mentre attraversiamo le pozzanghere
"non volevo diventare diversa”
e sono confuse le parole, tra i passi, oggi,
ai bordi del marciapiede
“Jiskova è lontana e non so mai degli altri” e intanto
inizia questa campagna, in fondo al viale
l'odore dei cortili dopo gli ultimi tram "...quale gioia... di cosa
parli... ti basta questo...
...questo amore pieno di doveri... dove
al massimo si è perdonati... quelli che possono...
...ti accontenti di questo..."
ma c'è troppo vento, e parole piene di consonanti
per dire che finisce
e sillabiamo “nerozumim, nerozumim”
nel mattino come nel biondo pallido
una cosa imprendibile
che scivola sull'asfalto, una volta sola
"...ma ora la prova è per noi...
noi che non possiamo vedere...” i camion
passano lentamente, carichi,
in fondo alla curva
ei muri di queste case, l'odore di cucina
“dove sei” mi chiede, in una lingua
indimostrabile, e non parla.


Otros poemas de MILO DE ANGELIS, aquí

Traducción: Javier Barreiro Cavestany
Fuente: Fondo Hugo Gola
Imagen: PENS

junio 30, 2018

Presentación "El libro de los helechos", de Marcelo Rizzi








Poemas de Marcelo Rizzi, aquí





junio 27, 2018

Marcelo Rizzi: El libro de los helechos, Barnacle, 2018


Marcelo Rizzi



LA adversidad convierte a uno 
en testimonio férreo de lo táctil:
se va hasta los robles más purificados 
como si fuese la primera vez,
y se regresa con los dedos manchados 
de azul para conjeturar la próxima; 
otros son los procedimientos
y las consecuencias si uno se demora 
un poco más, al verse en tales 
circunstancias tratándose de un álamo; 
con el mismo cuchillo de los dones 
habrá de sanarse lo sano,
o cavar con huesos o maderos 
una nueva trinchera;
con palabras sucias de tierra 
ladear los panales de la luna, 
los primeros de cien soles 
esparcidos por la arena



LA mejor vista del valle 

puede obtenerse a cierta hora de la tarde, 
cuando los seres que la colman
se anteponen los unos a los otros, 
el aire se llena de ambiciones,
y el círculo se transforma 
gradualmente en elipse; 
cada perímetro coincide 
con su afuera como sucede 
con las superficies invisibles
o con las piedras de una antigua 
ciudadela; todos las lenguas 
pasan a ser desde entonces 
rápidamente memoria:
instrumentos misteriosos 
cuyos fines se olvidaron: 
máscara que hay tras la máscara, 
ropas que al final nunca se queman, 
gotas de ajenjo morado que beben 
de a sorbo los hombres crispados



SOLÍA detenerme a recoger
del suelo las cosas que brillaban 
—un pendiente olvidado, una moneda, 
la hebilla de un cinturón—;
ponía edad a la memoria 
y el pasado se volvía remoto 
hasta el día de ayer;
hoy sólo observo al pasar
viejas casas rodeadas de nieve 

y de cierzos; busco en lo oscuro 
los motivos del claro, 
en lo claro las razones del humo,
y en sus frutos lo amargo; 
la suspensión —de momento— 
de toda variante del alma, 
como en el aire lo hacen
las últimas grullas de invierno


Marcelo Rizzi
De: "El libro de los helechos, Barnacle, 2018
Otros poemas de MARCELO RIZZI, aquí


junio 23, 2018

John Burnside

John Burnside

Indeleble     


Me gustaría mucho que De Hann viese un estudio mío de una vela encendida y dos novelas (una amarilla, otra rosa), colocadas sobre una silla vacía (precisamente la silla de Gauguin), lienzo de 30, en rojo y verde. Hoy mismo estuve trabajando en su equivalente, mi propia silla vacía, una silla blanca y barata con una pipa y un paquete de tabaco. En ambos estudios, al igual que en otros, he buscado un efecto de luz mediante un color claro. De Haan probablemente comprenderá exactamente lo que busco, si le lees lo que he escrito al respecto.

                                            Vincent van Gogh. “Cartas a Theo”, 17 de enero de 1889.



      Muerta hace cuarenta años, mi madre está cortando un corazón
      en la mesa de la cocina.
      Llueve en la puerta, aunque pronto va a ser aguanieve
      y después, de acá al bosque,
      va a nevar.

      Los ventanales de esa casa se empañarían
      en minutos,
      y podríamos haber estado solos todo el fin de semana;
      el resto de la ciudad, hasta donde sabemos, abandonada,
      sin nada del otro lado del jardín, ni iglesia, ni gente.

      Ahora está acá, en mi cocina, cortando un corazón:
      un platito con sal cerca del codo, un puñado de harina
      esparcida en la mesada, la radio encendida,
      ella trabaja igual que siempre, ensimismada,
      con el cuchillo de cocina que capta la luz de este mediodía invernal.

      Nunca creí en fantasmas y no tengo un especial interés
      de ver otra vez a mis muertos
      ¿pero cómo no aceptar lo que se niega a desvanecerse,
      como el borrón de la pintura en que una mano o un bol de porcelana
      oculta el pentimento de un pájaro cantor

      atado, o esa mancha color amapola
      que emerge una vez más
      cuando blanqueamos la pared del lavadero?
      ¿Cómo podría el niño que hay en mí
      poner en duda lo que me contaron

      del amigo de un amigo de un amigo
      que presenció esa luz que nadie podría explicar,
      un resplandor sobre el estanque donde, hace décadas,
      el hijo del panadero se cayó a través del hielo
      en el azul parafina de Año Nuevo, cuando nadie miraba?

      Recuerdo ese paseo de domingo
      cuando paramos en la niebla súbita, los árboles,
      una pausa en la blancura extensa como el cielo,
      y ella en aquel vestido verde que tanto le gustaba,
      tan vivaz que casi estoy ahí de nuevo

      aunque no es el vestido ni ella, simplemente
      es el color que me lleva hacia atrás,
      el verde que te quiero verde en este mundo que no
      cesa, mientras vamos pasando
      incesantes, pero siempre

      cambiando, verde que te
      quiero… Y sólo por un momento quiero
      detener su mano y decirle
      que ya no comemos corazón, o no
      en esta casa; no comemos

      hígado, tripas o patas de cerdo hervidas
      a fuego lento, durante horas, para extraer
      sus jugos, pero cuando giro hacia ella
      mi madre ya no está y la silla
      está vacía, como el espacio muerto en el bosque

      cuando talan un árbol, o para ser más preciso,
      la silla en el famoso “lugar vacío” de van Gogh
      que pintó al irse Gauguin, la luz de la lámpara de gas
      azul en la madera pulida y el cabo de la vela, clarísima
      y casi insoportable de tan viva.



Indelible



I should like De Haan to see a study of mine of a lighted candle
and two novels (one yellow, the other pink) lying on an empty chair
(really Gauguin’s chair), a size 30 canvas, in red and green.
I have just been working again today on its pendant, my own empty chair,
a white deal chair with a pipe and a tobacco pouch. In these two studies,
as in others, I have tried for an effect of light by means of clear colour,
probably De Haan would understand exactly what I was trying to get
if you read to him what I have written on the subject.                                 

                                                     Vincent van Gogh. Letter to Theo, 17th January 1889



Forty years dead, my mother is dicing a heart
at the kitchen table.
Rain at the door, but soon it will turn to sleet
and, later, from here to the woods
there will be snow.

In that house, the windows would cloud
in minutes,
and all weekend we could have been alone,
the rest of the town abandoned, as far as we knew,
nothing beyond the garden, no church, no people.

Now she is here, in my kitchen, dicing a heart:
a saucer of salt at her elbow, a handful of flour
sprinkled across the table, the radio on,
she works as she always did, absorbed in her task,
the chef’s-knife catching the light of this winter’s noon.

I have never believed in ghosts, and I’ve no great wish
to see my dead again,
but how could I not respect what refuses to fade,
like the blur in the paint where a hand or a porcelain bowl
conceals the pentimento of a tethered

songbird, or that poppy-coloured stain
emerging, once more,
when we whitewash the scullery wall?
How could the boy in my shoes quite disbelieve
what they told me about

the friend of a friend of a friend
who witnessed a light that nobody could explain,
a lucency over the pond where, decades ago,
the baker’s son fell through the ice, in the paraffin blue
of Hogmanay, when nobody was watching?

I remember us stopping one day, in a sudden fog,
out for a Sunday walk, the trees
a held breath in the sky-wide white of it
and she in that green print dress she loved to wear
so vivid I am almost there again,

but it isn’t the dress, or her, it’s purely
the colour that pulls me back,
the verde que te quiero verde in this world that never
ceases, while we go on passing through
as ceaselessly, though always

changing, verde que te
quiero – and, just for a moment, I want to stay
her hand and say
we never eat heart any more, or not
in this house; we never eat

liver or tripe, or pigs’ trotters simmered for hours
on low heat to draw
the juices – but when I turn to where she was,
my mother is gone and the chair
is empty, like the dead space in a wood

after a tree is felled, or to be more precise,
like the chair in the famous van Gogh, the ‘empty place’
he painted when Gauguin left, the light from the gas lamp
blue on the polished wood and the stem of a candle,
perfectly clear and almost too vivid to bear.

                                      

Et canem meum



Recién cuando me levanto a despedirme
sabés que este perro es mío:

porque se cuida solo, en un rincón,
a menos que lo necesiten,

silencioso, invisible,
como medio dormido,

sombra ligeramente elaborada
entre las sombras

hasta que se levanta rápido
de un solo movimiento,

como un oso que emerge de los árboles
y extrañamente es más que cualquier cosa que hayas visto,

él va conmigo –y yo con él–
y lo que a mí me falta lo lleva en esa gran

cabeza negra, una reserva
llena de sueños

de los que no soy parte, aunque les sigo
el hilo, como el humo de un arma en un claro

o una hueste lejana de voces en lo oscuro, corriendo
hacia nosotros, arriesgando al viento su alegría

como si la tierra misma
estuviera hecha de deseo.



Et Canem meum



It's only when rise to take my leave,
you know this dog is mine:

for he keeps to himself, in the corner,
unless he is needed,

invisible, silent,
seemingly half-asleep,
a slightly elaborate shadow

amongst the shadows,
till, rising to his feet
in one swift move,

The way a bear, emerging from the trees,
is strangely more than anything you know,

He goes along with me - and I with him -
and what I lack, he carries in that great

dark head, a brimming
reservoir of dreams

I am not party to, although I catch
the drift of it, like gunsmoke in a clearing,

or some far host of voices in the dark,
running towards us, changing their joy to the wind,

as if the earth itself
was done with longing


Otros poemas de JOHN BURNSIDE, aquí
Fuente: Hablar de poesía / Jámpster
Traducción: Daniel Lipara
Imagen: Herald Scotland

junio 20, 2018

Diego Brando, un poema inédito


14    



Hay un silencio de catedrales 
y un búho atraviesa la noche. 
Grazna y me recuerda 
que no hay descanso en los ojos abiertos, 
que el corazón lleva años latiendo. 
Y que no se detendrá hasta el diluvio, 
hasta que entregue con mis manos 
la memoria que abandoné en el campo. 
Soy el hombre peculiar que fuma 
y ve en el humo el deseo de una mujer 
calcinada como una flor en el verano,
mientras su propia cabeza se asemeja
a una piedra suelta sobre el asfalto.
Erro por los suburbios y veo el fogonazo
de mis huesos sobre la niebla.


El poeta Diego Brando con un gato negro
De: "Todo lo que se hunde" (inédito)


junio 16, 2018

Diego Colomba




Poetas argentinos





Puedo dividir (mentalmente) la realidad en varios planos 

si lo deseo sentado en la antesala de una morgue 

hospitalaria donde las enfermeras bromean entre sí 

mientras aguardan la ambulancia que pedimos hace un rato. 

Vos también bromeás narrándome tu última aventura 

porque sos un viejo amigo y te sentís autorizado 

aunque la escena en la que actuamos lleve por nombre

“la muerte golpea nuestra puerta”.

En eso te parecés a estas mismas mujeres que conviven

a diario con los muertos: pero te estaba diciendo que puedo

que estoy en condiciones de festejarte la anécdota 

de buena gana riéndome y palmeándote en el hombro 

(como lo hago) porque no hay nadie de la familia 

merodeando y no me importa lo que piensen unas mujeres desconocidas y sin embargo podría estar llorando 

y soplándome los mocos a conciencia

o discutiendo con los de la administración 

por la dudosa factura que hace poco recogí y pagué 

con plata ajena: cualquier de las opciones sería digna 

de esta luz que no quiere dejar nada en la penumbra.









La tibieza de las chapas 

la fragancia del estiércol 

las partículas de polvo 

que se agitan en el aire 

el ritornelo del agua

y de los tordos

son materia 

poética

del mundo.



Íntima. Extraña.

Desmedida.



Me pregunto:



¿Quién respira?



¿Quién será el inocente

que vendrá a rescatarnos?







Si al momento de lavarme las manos como ordenó 

la enfermera que se queda custodiando la puerta

pienso en la mutación que cada uno de los visitantes 

ha sufrido después de permanecer algún tiempo

en esta gran habitación repleta de camas y biombos 

que voy a recorrer en breve espero que la suerte no me sea esquiva: he visto llorar con mayor o menor grado 

de desconsuelo a una quincena de hombres y mujeres

y no soportaría ver ahora cómo respiran con dificultad 

niños o jóvenes desconocidos. No sería piadoso de mi parte mostrarle el rostro desencajado a quien merece palabras 

de aliento y de ternura. Y en efecto la suerte 

está de mi lado porque en cada una de las camas 

que repaso en mi camino hallo personas viejas 

que han vivido lo suficiente para no sentirse 

defraudadas un tiempo razonable a los ojos 

de un desconocido que no les tiene cariño alguno 

y afortunadamente encarna un papel secundario 

en esta historia de sábanas blancas tubos y mangueras

donde suenan variopintos chillidos de alarma 

y el oxígeno se distribuye

con relativa justicia.









Un artista de provincia busca su propio estilo








Atisba el revoltijo de luces y de sombras que hacen 

esos chicos penitentes que caminan alrededor 

del mástil el director de escuela el único pintor paisajista 

del pueblo que piensa en su última tela  y siente el súbito deseo de terminar con todo: tocar la campana para no tener que buscar a la portera que se encierra en la cocina cuando empieza a apretar el frío revisar las nucas de los varones 

y las trenzas de las mujeres propinar el coscorrón 

que le debe al travieso que se fue ayer antes de hora 

trepándose al tapial del fondo para encaminar de una buena vez sus pasos hacia una casa con olor a encierro y la estufa apagada donde esperan el caballete de campaña y una valija roída con pomos retorcidos y pinceles. Si se apura cuenta todavía con un poco de luz natural para dar las pinceladas finales en el campo mismo donde brota la impresión 

el pajonal del bajo donde cerdos perros galgos y potrillos 

se alimentan de los restos de basura que el pobrerío 

de los ranchos tira a diario mientras mira ondear las aguas poco profundas si la brisa sopla. Sabe que lo que busca 

oscuramente es la expresión en el paisaje una manera 

personal de darle lumbre pero el paisaje cambia 

como su misma alma que no encuentra asidero y lo obliga 

a seguir manchándose los dedos. Esas cavilaciones ocupan su mente cuando camina cargado y se detiene un segundo para contemplar la escena que ya ha plasmado en otro 

cuadro: los árboles sin hojas la paja brava una bandada 

de tordos en el celaje el camino solo.





De: "Papá trajo a casa un cuatro ele", Barnacle, 2018




Diego Colomba (San Nicolás, Santa Fe, 1972) 

Es poeta y crítico literario. Ha colaborado con reseñas, notas y entrevistas en numerosos medios. Seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (2009). Publicó su tesis de doctorado Letras de Rock Argentino (2011) y el libro de crítica Mesa de novedades. Poesía y narrativa del presente (2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012). En poesía publicó Baja tensión (2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Desaire (2014), Inmemorial (2015), Chispero (2016), El largo aliento (2016) y el ebook La hospitalidad del mundo (2017).



junio 09, 2018

Alicia Silva Rey, un poema inédito


No hay grullas en Dublín     




No hay grullas en Dublín. 
Entre mayo y noviembre  
abre el embarcadero Gingelgracht.  
Se recorre la ciudad (Amsterdam)  
en hidropatines  
que provee el mismo embarcadero (no es caro).  
Los padres y sus niños salvajes 
atraviesan ciegamente, aun bajo la lluvia, 
esa mollera fermentada, 
una ciudad( Amsterdam - Dublín), 
bajo cobertores impermeables 
que el embarcadero entrega junto con 
chocolates y mapas metalizados. 
Después, 
dormiré en habitaciones con grullas 
adosadas a paredes de estuco 
(no serían grullas o sí, acaso).



De: “El poder de unos límites”. Publicará en Buenos Aires, Mora Barnacle.
Otros poemas de ALICIA SILVA REY, aquí

junio 07, 2018

Presentación de "Herbarium", de Celia Fontán









La mariposa y la iguana presenta Herbarium de Celia Fontán en el Centro Cultural de la Cooperación 


Av. Corrientes 1543, CABA,  viernes 08 de junio a las 19:00 hs.






Amorphophallus titanum





Odoardo Beccari había oído hablar de esa flor, acaso la más grande y extraña de Sumatra, la isla de las flores prodigiosas, y había sonreído con escepticismo, no por su tamaño desmesurado ni por su belleza, sino por el terrible olor que, según los nativos, emanaba del alto espádice y de los pliegues violáceos de la corola, que volvía penosa su contemplación. Sin embargo, aquella mañana, cuando a poco de andar lo sorprendió el olor inconfundible de la carne muerta, no dudó en seguir su rastro, avanzando en medio de la selva. La bocanada honda y sombría  revivió su alma de huérfano y se quedó allí, en puntas de pie, como si estuviera ante el signo del mundo y hubiese regresado al cuarto de Florencia, donde en tardes de lluvia y al paso de los cortejos fúnebres hacia la Puerta Santa, soñó con la espesura viva de las tierras del sur.









Malvaria









En los últimos meses se ha detectado en los viveros la proliferación de la malvaria. A la luz del día, el aspecto de esta malva silvestre es inofensivo, si bien la ausencia de clorofila le confiere una palidez lechosa, similar a la de los peces abisales. Durante las horas de la noche, la malvaria se adhiere a los tallos de las plantas vecinas, transformándolas en involuntarias hospedantes y las penetra por medio de filamentos que retrae con las primeras luces del amanecer. La malvaria recupera, entonces, la apariencia de una pequeña mata de gramínea. Pero la planta succionada sobrevivirá apenas unas horas, antes de apagarse sin remedio. A diferencia del resto de las parásitas, su apetito es voraz.






De: "Herbarium", La mariposa y la iguana, 2018


Basilio Fernández, un poeta ocasional












EL 28 de julio de un año sin gloria

nací a la extrañeza,

y al bienestar de los rincones familiares,

discontinuo y sin sueño

como el que no espera visitas.





Nunca necesité afanes para diluirme,

ni testigos para la emancipación al menudeo;

sin transacciones ni pretextos

he rechazado el clima de esas horas inevitables

vana escoria de una imagen desenfocada.

Condenado a negarme,

ya firmar pactos de inactividad con maniquíes

sibilinos,

he llegado a este mundo

como un puente tendido a la contradicción

o al nihilismo de los galeotes.

Guiado por vilanos,

desatrancando puertas cerradas al hastío de los

transportes,

he desdeñado los mejores auspicios

y las frambuesas anexionadas por un devaneo

de otoño.

Al paso del tiempo,

apenas me doy cuenta del declive de la virtud,

de la degradación paulatina de las tormentas de

verano

de las torres oblicuas

que se tambalean

en el error de las actitudes imprevisibles.

A veces prolongo las palabras con que juego

sin gran convicción

y vagamente sigo la porfía

de una nueva forma de vislumbre.

Sálvese el que pueda

en el cataclismo de la tristeza

o en las consolas donde naufragan los deseos

imbricados en lo irreal

aunque sin provecho de nadie.

Poco se sabe

de los predestinados a la irreflexión

y mucho menos

de los que comparten su miseria en el

aburrimiento.

Más de trescientos años queman mi orgullo,

mis gestos de pana marchita

o cordobán raído, ahíto de polvo,

sobre la prudencia anónima

que cede a la vanagloria de la luz.








Elegía









Lo que hubo en ti de roca, sangre y sigilo,

fue del último viento estéril,

de la última nevada transitable, a los ojos

ya las banderas abatidas, solas.

¿Por qué nuevos caminos vas

acumulando noche, noche para siempre?

En qué colinas toma rumbo a los cielos

tu fluir de testigo delgado, actitud del alba?

Aquellas aguas grises,

aquel tardío florecer de las tierras aradas,

tu paso del otro lado de las lícitas aves,

eran los simulacros de amor para el otoño.

Todo fue inútil, inútil como una bocina

entre las losas del mundo y las cabelleras

cansadas,

y ahora que un fusil me apunta a los ojos

y sobre mi cabeza caen árboles tronchados,

te necesito: háblame muy cerca del pie,

muy cerca, sube lentamente en pudor de

neblina

hasta mi voz petrificada de emigrante celeste.

Vanidades, humaredas, glorias humanas,

no son tan inmóviles como yo mismo,

como mis vagonetas cargadas de recuerdos

que pasan sobre tus moldes terrenos,

sobre los senderos que hollaste

y que conducen a ti,

tan lejana de los viejos modos y de los días.






(Solitude, optional april)






BASILIO FERNÁNDEZ (Valverdín, León, 1909-Gijón, 1987) es un caso singular de poeta secreto en la literatura española del siglo xx. Publicó, a finales de los años veinte, cuatro poemas en revistas de vanguardia: tres en Carmen, dirigida por Gerardo Diego, a la sazón profesor suyo en el Instituto Jovellanos de Gijón, y uno en Meseta, promovida en Valladolid por Francisco Pino. Luego Ezra Pound incluyó su poema “Hombre erguido”, junto con otros de Luis Cernuda y Juan Larrea, en un dossier de poesía española, publicado en 1933 en el suplemento literario del periódico Il Mare, que dirigía en Rapallo. Estas cinco piezas participan de la estética creacionista en la que Basilio y su compañero de estudios Luis Álvarez Piñer se formaron, bajo el magisterio de Gerardo Diego y, por su mediación, de Juan Larrea –“larreístas”, se calificaron en alguna ocasión–, aunque “Hombre erguido” –escrito más tarde y perteneciente a Solitude, optional april, el único intento coherente de Basilio de reunir sus poemas en un libro–, sugiera ya una depuración de los mecanismos expresivos y preocupaciones que desbordaban el perecedero cauce de las imágenes múltiples. Tras publicar estos cinco textos, Basilio enmudeció literariamente. Y lo hizo del todo: ni siquiera se permitió merodear por los arrabales del circo literario: cenáculos, ateneos, colecciones provinciales. Sólo se carteó con Gerardo Diego, su maestro de siempre, y con Gonzalo Torrente Ballester, del que se había hecho amigo en la Universidad de Oviedo, en cuya facultad de Derecho demostraron idéntico desinterés por el Derecho. Basilio se dedicó toda su vida a regentar un almacén familiar de vino y coloniales en Gijón, “un negocio más bien humilde y de ámbito local, hasta tétrico”, en el que Basilio se desempeñaba con una “bata azul de dril, vigilando las compras”, como ha recordado José Solís. Lo que no significa que no escribiera: durante casi sesenta años, aunque con grandes periodos de inactividad, Basilio siguió componiendo poemas, que guardaba meticulosamente en un cajón; 130, para ser exactos. Estos poemas fueron descubiertos, a su fallecimiento, por su sobrino Emiliano Fernández, que los dio a conocer en 1991, y que es el responsable de las dos antologías de su obra publicadas hasta ahora: Antología poética, en 2007, y esta Antología (1927-1987). Basilio obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1992, el primero que se concedía a título póstumo, gracias al empeño de un esforzado grupo de lectores, entre los que se contaba Antonio Gamoneda. Se publicaron entonces apresuradas noticias y reseñas detestables, pero, poco a poco, el calor de su hallazgo se atenuó en un tibio rumor y acabó convirtiéndose en un ignaro silencio. Basilio Fernández constituye, junto con Álvarez Piñer, como ha señalado Juan Manuel Díaz de Guereñu, la segunda generación del creacionismo español, la generación fracasada que habría podido impulsar, de forma natural, aquellas sonorosas veleidades ultraístas. Este mismo fracaso llena de sombras existenciales el deambular juguetón del lenguaje basiliano, que, sin abandonar la fe vanguardista, ya no sólo cascabelea, sino que golpea con furia. Ésta es la clave de su poesía: la conjunción del funambulismo ultraísta, siempre en busca de lo rítmico, de lo inesperado –“crear un poema como la naturaleza hace un árbol”, escribió Huidobro–, y la conciencia irrestañable de la pérdida, o de lo nunca poseído: la certeza de que todo se desvanece. Tengo para mí que el origen de este malestar se sitúa en la traición de Basilio a su destino de poeta, a cambio de la holgura económica y el bienestar social, como sospecha Torrente Ballester. El novelista se había encontrado por casualidad con Basilio a su regreso de Italia: como consigna en el epílogo de Poemas (1927-1987), “había terminado su licenciatura, estudiaba en Italia, vestía muy bien y parecía otro. A mi pregunta sobre su poesía, me respondió despectivamente. Y no volvimos a vernos hasta mucho tiempo después”. En Filomeno, a mi pesar, publicada en 1988, Torrente describe un encuentro similar entre el protagonista y Benito, su antiguo compañero de estudios y primeras armas literarias –trasunto probable de Basilio–, a quien halla “muy bien trajeado y algo más grueso. Ya no fumaba. Tenía novia formal, estudiaba Derecho con ahínco con vistas a unas oposiciones, y parecía olvidado de la poesía”; y añade: “Benito había hallado la felicidad correcta y permitida a costa de su libertad, y quién sabe si a la renuncia de su destino; una felicidad y una libertad relativas […] que yo no llegué a envidiarle”. La poesía de Basilio aparece, en efecto, saturada de motivos que reflejan el sufrimiento por lo que podía haber sido y no ha sido: el amor frustrado, la libertad perdida, el vuelo libérrimo del ser por los cielos de la fantasía y la plenitud. Frente a ello, denuncia una vida plagada de grisura y sinsentido, el fluir anodino de las cosas, la creciente palidez de los recuerdos, la oxidación de todo. Y utiliza abundantes recursos de la retórica clásica, inspirados en la lectura atenta de los autores de los siglos de oro españoles –con Garcilaso y Jorge Manrique a la cabeza–, junto con asociaciones irracionales, propias de la poesía contemporánea –en especial, de los surrealistas. “Sólo se ama/ lo que se pudre a nuestro lado”, escribe Basilio en “Los remedos empalidecidos”. Y luego: “Todo parece equivocado/ en una sucesión de ecos y lágrimas/ cuando evocamos el rostro furtivo de viejos personajes/ ya sin perfil en la lejanía de los siglos/ disfrazados de lluvia/ o de ausencia traspapelada entre incertidumbres”.



La edición de la antología no aporta novedades reseñables sobre la vida y obra de Basilio, salvo la agrupación en un solo conjunto de los poemas escritos a partir de 1982 que, en recopilaciones anteriores, habían aparecido separados: Las ocasiones convocadas y Raudos contornos donde el silencio persevera. Emiliano Fernández adjunta unas útiles “Notas a los poemas”, aunque no corrige algunas de las muchas erratas que afean las sucesivas ediciones de la poesía de su tío, e insiste en desdeñar sus composiciones más tempranas, propiamente creacionistas –tanto las publicadas como las que permanecen inéditas en el archivo personal de Gerardo Diego–, de las que sólo incluye tres en Antología (1927-1987). Lo cual no es óbice para que este nuevo compendio de su poesía revele al extraordinario poeta que es Basilio Fernández, aunque siga escondido. 





Fuente: Letras Libres


junio 06, 2018

Lu Menezes


Río congelado     




Raro Río frío: 
en mañana marina de Leblon 
en la esquina de Delfín con Reina Guillermina, 
belleza de lo Real -ferina- urdida en azul omnipresente 
violado por banderas de alerta rojas, almendros refulgentes... 
tachos de basura naranja, transeúntes, velas a lo lejos 
y -sí- un perfecto pero: 
este perro 
negro con pata 
enyesada - rota? torcida? Perro cojo 
en blanco y negro en el corazón de la realidad hipercolorida 
Todo tan vívido engendrado por el DJ del Azar
que ningún disco de Newton
jamás haría girar y generar
saldo amnésico
Síntesis de cenizas 



Un río luso-holandés




Además de lado a lado alinear
Pan de Azúcar, Cristo Redentor, Piedra de Gavea, Dos Hermanos,
el Rio pintado en la pared de la panadería "Joya"
tenía molinos de viento a orillas de la bahía.

La ensenada carioca
tuneada por la mente aglutinante del pintor
anclada en una Holanda sin Mondrian,
sin diques de contención,
era aún enriquecida por el mecenas portugués

exponiendo a su vez
- contra la liquidez azul pincelada-
en el estante de los lácteos, entre latas de leche en polvo Nido
un ventilador polvoriento,
subtipo tropical de molino.

Y el girar de los diversos tipos de pan
en la mirada de un cliente
iría a alimentar
- mientras su café durase -
incierta energía vital elemental
empujándolo, de nuevo, a ordeñar
la voluble vasta vaca azul-lavable llamada imaginación



Era negra y era la Luna


(A Carlito Azevedo) 

Al astronauta le extrañó el lado oscuro de la Luna:
"Era negra como alquitrán
y era la Luna"

Una cosa es saber
que se trata de to be and not to be
la cuestión; otra, estar ahí -
en la oscuridad lunar como en nevasca negra
experimentando
un miedo incomparablemente nuevo 

Aquí
en la noche eléctrica clara por demás,
huésped turbulento de esta altísima
torre de hormigón sin sombra
de Aladdín, 

el viento

- flautista actuante, antes tan antes
de las primeras flautas de ala de buitre y presa de mamut -

seductor precursor
de Hamelín,

artista ancestral
con hambre sonora infinita,
ya no asombra,
infunde un miedo farsesco dudoso

mientras obsesivo, astuto, mañoso
infiltra por las rendijas de las ventanas antiruidos
su orquesta furiosa de soplos discursivos

Poesía brasileñaLU MENEZES (1948, São Luís do Maranhão, Brasil)
Traducción: Aníbal Cristobo
Fuente: http://kriller71.blogspot.com/
Imagen: radiobatuta.com.br

junio 04, 2018

Fernando Ayala

#10





Qué tren, qué tren.

No hay abismo, el tren existe en su ruta callejera

insiste el acero en dejarla rodar,

hay huella marcada en realidad.

Cuentan las estaciones que hubo una vez

y habrá tantas como sean necesarias

hasta que entienda el ganador:

que lo humano se pierde, pero no se olvida.

No hay abismo, hay soledades

como trenes sin estación

dentro de nadie, todo, es algo

ahí donde la sangre está seca

se unen músculos, huesos y piel.

Pero no hay abismo, eso es religión

hay historia en treinta mil pedazos

hay cercos que romper, por los trenes

que aún no salen, por la estación 

amanecer.









b






Nuevos ritmos, viejos aromas, rocío matinal

de maldiciones celestes, ricos de pobreza humana

recreos serviles consientes, reos de la propiedad

fantasmas luminosos de las noches dulces,

aptos de calamidad callejera, 

perecederos de bellas durmientes

dorados de plata falsa, perdurables

claros de luna nueva, hijos del dueño de nada

fieles trepadores del futuro, cíclicos, sistémicos

monitos con cola de paja, dealers de tecnología seca

soñadores del ensueño promiscuo, duros planetas

sin órbita, atletas de golpes bajos, prometeos

del renacimiento, tapones de luna, asteriscos

de estrellas fugaces, matemáticos del calendario,

oportunistas del espacio material, infantes de marina

polvos frescos del ocaso, 

berretines del consuelo amoroso,

van siempre para arriba, porque el día 

que caigan del cielo

ellos saben, no los busca nadie.








De: "Conurbano, mano de obra", Barnacle, 2018