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febrero 27, 2014

Dylan Thomas

Poeta Dylan Thomas con moño a lunares

Amor en el Manicomio


Una extraña que anda mal
de la cabeza ha venido a compartir mi cuarto en esta casa
una muchacha loca como los pájaros

traba la puerta de la noche con su brazo y pluma.
Ceñida a su laberíntica cama
engaña a la casa a prueba de cielo ingresando nubes

engaña a la habitación de pesadilla
numerosa como los muertos, caminando
o montando los océanos imaginarios del pabellón de los hombres.

Ella ha llegado poseída,
acepta la luz ilusoria  a través de la pared mullida,
poseída por los cielos

duerme en la depresión angosta y camina el polvo
alucina a su antojo
en las mesas del  manicomio adelgazadas  por mis lágrimas.

Y tomado por la luz de sus brazos
por fin, puedo, Dios, al fin,
soportar la primera visión que incendió las estrellas.


Enlaces: Poetas y padres
Versión: Marina Kohon

Mujer morocha con pullover negro
Marina Kohon: nació en Mar del Plata en 1965. Es profesora de inglés y poeta. Publicó “La Ruta del Marfil”, Editorial Alción y próximamente “Banshee”, una colección de poemas sobre leyendas celtas, Editorial Hemisferio Derecho. Coordina desde hace tres años un Club de Lectura de Literatura Irlandesa. Fue finalista en el concurso de poesía de Ruinas Circulares 2011 y Jurado en el concurso de poesía de María Pilar Escalera Martínez 2012 (España). Ha traducido a varios poetas: W.B. Yeats, Paul Muldoon, Billy Collins, Elizabeth Jennings, y Jaan Kaplinski entre otros. Colabora como traductora con el blog de Jorge Aulicino. Administra el blog: Ogham, de Arte Celta-Irlandés, http://oghamirlanda.blogspot.com.ar/ 



Love In the Asylum



A stranger has come
To share my room in the house not right in the head,
A girl mad as birds

Bolting the night of the door with her arm her plume.
Strait in the mazed bed
She deludes the heaven-proof house with entering clouds

Yet she deludes with walking the nightmarish room,
At large as the dead,
Or rides the imagined oceans of the male wards.

She has come possessed
Who admits the delusive light through the bouncing wall,
Possessed by the skies

She sleeps in the narrow trough yet she walks the dust
Yet raves at her will
On the madhouse boards worn thin by my walking tears.

And taken by light in her arms at long and dear last
I may without fail
Suffer the first vision that set fire to the stars.

febrero 23, 2014

Máximo Ballester

Hombre calvo con campera grisLa jirafita



En el Museo de las Relaciones Rotas, 
donde la gente dona toda clase de objetos
que pertenecieron a sus antiguas parejas
y que se exhiben en torno al concepto
de relaciones frustradas y sus ruinas, según explica
el anuncio, encontré aquella jirafita que te regalé.
La encontré con una pequeña nota, una tarjeta
doblada en dos atravesada por un cordón dorado
que le colgaba del cuello. En esas tres líneas
de despedida pude reconocer tu letra.
Lo que no pude –y dudo de que pueda algún día–
es adivinar quién diablos es Javier.



The monster



La tortuga raspa su caparazón
contra la reja del ventanal. Produce
un temblor que retumba en los vidrios.
Es evidente que quiere entrar.
Insiste levantando la puerta de la reja
unos milímetros y se queda mirándome.
Yo le hago un gesto de susto, como en las viejas
películas de terror. Me gusta que ella crea,
aunque sea por un instante, que representa
una verdadera amenaza para toda la familia.



Mariposas



Seguí los pasos de aquel poeta japonés
que, enojado porque no lograba
componer el poema de una mariposa,
salió al jardín, rompió el papel con furia,
lo arrojó al aire, y los pedacitos de papel
se posaron en las ramas de los árboles.
Yo tampoco pude lograr el poema.
Y sin embargo no obtuve el mismo resultado.
Me quedé absorto mirando el ficus
y después el suelo: sentí compasión por los
pedacitos de papel esparcidos a mi alrededor.
Los examiné en silencio, lentamente,
como si practicara un ritual milenario.
El sol de la tarde bajaba y el canto de los
pájaros se escabullía detrás de los tejados.
Había algo de poesía japonesa en el aire.
Luego fui por un cesto. Y en él arrojé,
una a una, todas mis mariposas muertas.


MÁXIMO BALLESTER (1964, Buenos Aires, Argentina)

Fuente: Facebook
Imagen: www.eforyatocha.com

febrero 22, 2014

Guillermo Sucre


Guillermo Sucre


Los que piensan que les ha llegado la hora



Los que piensan que les ha llegado la hora
y se aprestan para asumir su destino
los que saben que siempre llegan a deshora
contra todo destino

los que escriben para sobresalir
no para encontrar la salida -¿hay salida?

los que sólo viven para poner la vida en palabras
los que escriben para poner la palabra en la vida

los que lo coleccionan todo para sentirse perdurables
los que han contemplado una sola vez la belleza
y ya ello les depara una riqueza un desamparo
para siempre

la vida no es avara ni para preservarla
hay que saber también arriesgarla
como en el amor: más fuerte cuando más lo alimenta
el desamor
más vívido cuando nace y se extingue cada día.



Escribo con las palabras que tienen sombra



Escribo con las palabras que tienen sombra pero no dan sombra
apenas empiezo esta página la va quemando el insomnio
no las palabras sino lo que consuman
es lo que va ocupando la realidad el lugar sin lugar
la agonía el juego la ilusión de estar en el mundo
la ilusión no es lo que hace la realidad sino la ráfaga escindida
simulacros donde ocurren las ceremonias intercambios de fulgores
del vacío del deseo
ya no hay sitio para la escritura
porque ella es el sitio mismo de lo que se borra
no descubrimos el mundo lo describimos en su terca elusión
ya no volveré al mar pero el mar vive en esa ausencia
que es el mar cuando la palabra lo dice
y se derrama sobre la página como una mano
ya no estaré en el bosque sino en la hoja que escribo y entreveo
su ramaje pasa el viento
ya no habrá más verano sino ese sol que devora a la memoria
y viene la gran noche de la arena que cubre los ojos y sólo
podemos leer lo que no estaba escrito



Guillermo Sucre (1933, Tumeremo, Venezuela)
Fuente: www.entreshndysybarteblebys.blogspot.com.ar
Imagen: www.lecturas-personales.blogspot.com

Miguel Ángel Petrecca


La voluntad    


Es la hora en que los sillones se desinflan despacio 
y los hombres van hundiéndose sin darse cuenta de ellos 
mientras ponen a girar en su cabeza un disco rayado. 
Afuera las casas nuevas con sus fachadas de cotillón 
sugieren un consenso alegre que las de otra época, 
en vez de desmentir, se encargan en silencio de reforzar. 
Figuritas en pose de declamación ilustran el libro de texto 
que hojeaba esta mañana sentado con una pierna sobre otra 
gozando de la perspectiva que provee la historia: 
no encuentra inspirador ahora el alarde que otros 
hicieron de su propia voluntad, pero también odia 
dejarse llevar por el tibio, tóxico interés en el pasado 
que surge a veces en las mudanzas del encuentro 
con una vieja bitácora. Gira sobre sí mismo ahora, 
y gira sobre sí mismo, dos veces, y gira de nuevo 
una vez más y siente que si sigue girando así 
una y otra vez va a terminar por perforar el piso,
y va aparecer de golpe en las antípodas de su propio dpto,
mirando la cara de su vecino como quien cavando un pozo
desde acá se encontrara de repente cara a cara con un chino.


Otros poemas de MIGUEL ÁNGEL PETRECCA, aquí
De: "La voluntad", Bajo la luna
Imagen: editorialexcursiones.com

febrero 17, 2014

Kamau Brathwaite











Llega el nuevo mundo





Así desvalido

así

sin guía,

sin héroes,

te encontramos: amante

guerrero, tú que odias,

llegando por las hileras

del bosque

pie suave

al suave suelo

del silencio:

nos encontramos en el túnel

sucio de hojas.



Artilla

tu mosquete apun

ta sonó

fuego y nuestros

guerreros de firmes

carnes, cálidos,

picados por

moscas

cayeron.



Cuánto

Cuánto

Oh Señor

Oh demonio

Oh fuego

Oh flama

hemos andado

hemos viajado

hasta aquí

a este encuentro

este susto

y vergüenza

en el sucio

silencio.

Cuánto tiempo hemos

viajado por

cuestas jaspeadas

de sílice, piedras

secas como agua,

a este centellear

de flama en el bosque.

Oh quién nos ayudará

Ahora, des-

validos, sin

caballos, sin

guía, sin

esperanza, sin

Hawkins, sin

Cortés por venir.

Encarcelado Prempeh,

muerto Tawiah,

reprimido y colgado

Asentawa.

Oh quién nos ayudará

Ahora: Jerónimo, Tackie,

Moctezuma por venir.



Y el fuego, nuestro

fuego, forjando candados,

rocas más negras que hierro;

el fuego nos traicionó ya

en nuestra aldea; ahora

en el bosque, el fuego nos

tira como pájaros; nos arden

vainas en el vientre. El fuego

tira muros, forja

estos candados fogosos

más negros que el hierro

y en fila recorrimos el sendero

eslabonados en un nuevo

silencio de sonoro hierro.







2





Pasaremos mucho tiempo sin ver

otra vez esta tierra, estos árboles

de nuevo, vagando tierra adentro con el sonido

del rompiente, el humo subiendo



Pasaremos mucho tiempo sin ver

otra vez estas granjas, suaves húmedas lentas verdes

de nuevo: Aburrí, Akwamu,

sube la niebla



Ahora mira estos duros hombres, fríos

ojos claros como el agua que montamos

hábiles con la vela y la soga y los aparejos



Ahora mira estos fríos hombres, audaces

como el agua golpeando la proa en súbita ola feroz,

indiferentes, al parecer, a la batalla



del viento en el agua;

pues nuestra sangre, pronto

mezclada por capricho con su pasión,



por indiferencia, por furia,

creará nuevos suelos, nuevas almas, nuevos

ancestros; fluirá como esta marea fija



a la estrella que mantiene a flote la nave

a nuevos mundos, nuevas aguas, nuevos

puertos, el orgullo de nuestros ancestros mezclado



con el viento y el agua

la carne y las moscas, los látigos y el fijo

miedo al dolor en este puerto encadenado que nos recibe.






Kamau Brathwaite (1930, Barbados)

Enlaces: Casa refugio Citlaltépetl; Ecured


Fuente: www.lajiribilla.cu

Imagen: www.barbadostoday.bb




febrero 16, 2014

Patricia Jabbeh Wesley


Patricia Jabbeh Wesley

Para mi esposo después de tantos años     



Así que ésta es la cama. Así que ésta es la vida. 
Así que ésta es la vida 
de los años después o después de los años. 
La luz de la vela perdura todavía después de todos estos años. 
Alguien nos observa. 
Este viaje ha sido largo, así que si hay rosas 
dámelas en un florero alto.
Los claveles no me atraen, pero los hibiscos
que tanto extraño no lucen bien en un florero.
Ven, siéntate junto a mí como un nuevo amante.
Como un amante que busca renovar los años
que hemos compartido juntos durante tantas guerras
y tantas lágrimas, tantas risas y vidas.
Es como si fuéramos otras gentes desde otras vidas,
como si hubiéramos vivido y vivido por otros
que nunca supieron cómo vivir,
como este fuego, yo digo este fuego, mi amante, mi esposo,
mi amante, esposo, el padre de mis niños,
el  padre de los niños que nunca tuve,
el padre de los niños que volvieron porque
odiaban mi vientre. Algunas veces, mi vientre
llora por ellos; algunas veces, mi vientre
danza el que nunca permanecieran o vinieran. Porque mi vientre
era insuficiente para el fuego que ellos cargaban
desde el otro mundo, así que amante mío, mi esposo
de tantos años, que ni los puedo contar.
Así, qué fue aquello decías tú cuando rememorabas
cómo después de todos estos años, aquí nos encontramos,
todos los demás amantes perdidos en el mar, y aquí nos encontramos
junto a la chimenea y al fuego, tan suave.
Los niños se nos han envejecido ahora, querido mío.
Ven, ésta soy yo. No te retrases demasiado.
Yo fui hecha para este tiempo y tú, para mí.
Envejecemos. Envejecemos.
¿Puedes apagar el fuego ahora?


PATRICIA JABBEH WESLEY (1955, Maryland Country, Liberia)
Fuente: www.festivaldepoesiademedellin.org
Imagen: www.altoona.psd.edu

febrero 15, 2014

Laura Wittner


Luna de plástico



Estamos en un living oscuro
Donde quiero todo menos lo que tengo.
Sin zapatos, en el piso, tomando vino
en vasos de cristal, ponen música fuerte
y me pregunto: ¿por qué nosotros nunca
ponemos esta música?
La posibilidad del placer me está
haciendo levitar
y la imposibilidad del place me marea.
Voy a asomarme a la ventana a tomar aire,
pero no hay más, aquí, que la estrecha
confluencia
de patios traseros y escaleras para inendio,
la ausencia de sonido mordazmente agitada
por la música mágica, una oscuridad de
afueras de la ciudad
apenas conocida. Así que necesito ir a la calle.
Me pongo los zapatos, salgo,
bajo la luz marrón que el piso a cuadros
se chupa como esponja,
y mientras tanto pienso, pienso.
¿Por qué nosotros nunca ponemos esta música?
Me paro en la vereda congelada. No hay olores.
No puedo distinguir la ventana
De donde vengo. Un grupo de hombres en la sombra
me vuelven al temor. Ay, pero, gracias.


Laura WittnerOtros poemas de LAURA WITTNER, aquí
De: "La tomadora de café", Ediciones Vox, 2005
Imagen: www.festivaldepoesiarosarioenfotos.blogspot.com

febrero 01, 2014

James Schuyler


Justo antes del otoño



en los intervalos quietos entre vientos de equinoccio
el silencio destella
o en un bosque de abetos
se muestra como troncos rayados, claros, oscuros
visto entre ellos
todos iguales, cada uno diferente:
un bosque despojado de sus ramas más bajas
que yacen vagamente apiladas junto al sendero
musgosas, con liquen, pudriéndose.

El sol está en el cielo como si fuera un retrato.
A las aster las inclina una brisa
que para plantas más leñosas sería indigno notar.
Varas de oro erguidas como cúspides
o de otro tipo, que señalan en lenguaje gestual indio:
"Por aquí".

Por la tarde temprano la luna sube la cielo
mientras el sol va hacia el oeste
su luz ingrávida se posa
sobre un zarzal de saúcos y cerezos silvestres.
Parece que la luz los presionara
y los timoneara desde arriba
así como una lancha huye de la estela
que parece propulsarla
a través de ilusiones de verde
hechas por árboles negros reflejados en el agua astillada
que toma forma.
¡Maravillosa energía universal,
expresada en una estelar quietud!
La Vía Láctea desplegada
sobre la casa anoche
y las Pléyades
a la vista débilmente exclamaban:
"La mejor forma de ver las estrella
es mirar un poco hacia un costado"
un universo en su red de espacio
debilitándose, concluyendo, continuando.


Enlaces: El poeta ocasional
Imagen: www.openlettersmonthly.com


enero 28, 2014

Santiago Kovadloff















Externo






Puedo ser a veces, pura exterioridad.

De pie en oficinas donde tramito mis cosas

o atento a que me llamen,
con un número en la mano,
en bancos, casas de cambio,
en la cola
de los que adeudan la luz,
no leo, no pienso, no recuerdo,
ni siquiera miro a los que me rodean.



Aprendí a aguardar mi turno
sin buscar amparo en nada.
Nunca estuve en tantos sitios 
tan desnudo como ahora;
nunca tan entero en una fila
entregado sin más 
a la espera con que espero,
gestos, músculos, sudores solamente, 
libre al fin de mí, sin más allá,
externo, desasido,
absorto en esa mansa
inconsistencia del instante. 


Santiago Kovadloff (1942, Buenos Aires, Argentina)



enero 26, 2014

Dimitris Angelis, ver­sión y nota de Vir­ginia López Recio

El extenso poema que, junto al poeta Pedro Mateo, tra­duci­mos a con­tin­uación con­sti­tuye la primera parte de Con­fir­mando la noche (2011), último poe­mario del escritor griego Dim­itris Angelís. “1989”, título que lo encabeza, se refiere al poeta griego Yan­nis Rit­sos (1909–1990) y la con­mo­ción que sufrió al enter­arse de la caída del Muro de Berlín. “Tenía con­tin­u­a­mente encen­dida la tele­visión, seguía con obsesión las noti­cias, no podía creerlo”, comentó su sec­re­taria a Dim­itris Angelís al adver­tir éste, mien­tras anal­iz­aba su obra, la caída cor­po­ral y psíquica de Rit­sos aquel año.

Por otra parte, encon­tramos en el poema muchas ref­er­en­cias indi­rec­tas a la vida de Rit­sos: Kap­sa­lona y Ai Yanni eran los sana­to­rios donde estaba hos­pi­tal­izado para su tratamiento de tuber­cu­lo­sis y donde cono­ció las ideas marx­is­tas; y los ver­sos: “los per­ros con des­gana a la puerta de los viejos mataderos de Guicio”, están saca­dos de su libro La mon­stru­osa obra de arte. Todo esto se com­bina con frases de la Bib­lia (y allí habían lle­gado a bus­carlo con lin­ter­nas, antor­chas y armas; su morada con­viér­tase en desierto) y tam­bién –con inten­ción de recrear el ambi­ente de aque­lla época–, con esce­nas de cine (la famosa de la escalera de Odesa del Acorazado Potemkin de S. Eisen­stein, el telé­fono del psiquiátrico de la película Stalker de A. Tarkovski, las casas que se quedan con la luna como “dec­o­ra­dos de cine”, etc.), e his­to­rias de la caída del Muro (como la de Ros­tropóvich quien, al enter­arse de la noti­cia, cogió el primer vuelo para ir a Berlín y tocar su chelo frente al Muro).
Con esta mate­ria surgió el esqueleto del poema, cuyo título primero fue “Rit­sos frente al tele­vi­sor” y su tema: cómo un poeta-ideólogo ve el mundo y sus sím­bo­los (el mar­tillo oxi­dado por la hoz y el mar­tillo, la mul­ti­copista para las con­vo­ca­to­rias ile­gales, los estandartes, etc.); cómo aque­llo a lo que había servido durante toda una vida –incluso tam­bién “en cam­pa­men­tos flotantes”, en alusión al exilio– se desmoronaba.
Aunque está claro que lo que cae es un sis­tema total­i­tario e inhu­mano (Siberia, el psiquiátrico, el par­tido en todas partes), pese a que el poeta era cono­ce­dor de lo que regía tras el lla­mado “telón de acero” (“lo sabía pero no hacía nada, yo lo sabía”), el objeto del poema no es humil­lar al anciano poeta, sino mostrar su frus­tración y soledad, dis­crim­i­nar el mundo entero que fes­teja al ideól­ogo soli­tario que llora y, ante todo, señalar que el hecho de la fe –inde­pen­di­en­te­mente si aque­llo en lo que creemos resulta una alu­ci­nación, una men­tira o, aún peor, una men­tira homi­cida– es lo que salva la inte­gri­dad del hom­bre, pro­fun­diza su memo­ria y con­fiere esen­cia a su existencia.
Por eso, el poeta con­fiesa al final de su poema que “la única rev­olu­ción que existe es el Otro”. Prom­ete regre­sar, aunque mien­tras tanto se pierde den­tro de un tele­vi­sor: la real­i­dad icónica reem­plaza la vida, el mundo utópico de la ide­ología es susti­tu­ido por el mundo improce­dente y de fal­sas ilu­siones del con­sum­ismo. En el nuevo medievo, cuyo comienzo marca el final de la fe (1989) –y no solo de la política, sino de cada tipo de fe–, no hay ya ries­gos morales, por eso “la manta de cuadros en el suelo” resulta “una tabla de aje­drez vacía”. Posi­ble­mente, tam­poco antes existieran tales ries­gos, pero sí el debate y el con­flicto en torno a ello. Ahora ten­emos que esperar la nueva “pri­mav­era del cuerpo”, frase de Mar­cus Min­u­cius Felix que deja abierta al final del poema la per­spec­tiva de la esper­anza, ya que el poeta entra en el mundo de la tele­visión prome­tiendo que va a regre­sar. Hasta entonces…


1989




Aquel invierno, en la misma Roma y sus alrede­dores
ocur­rieron muchas cosas sobre­nat­u­rales: un niño de seis meses, nacido de
padres libres, gritó “¡Vic­to­ria!” en el mer­cado de ver­duras; un buey se
había subido a la ter­cera planta de un edi­fi­cio en la zona del mer­cado y,
entonces, espan­tado por el alboroto de los veci­nos, se lanzó al vacío; en
Lanu­vio un cuervo revoloteó en el tem­plo de Juno y se posó sobre su lecho; y
en Piceno había caído una llu­via de piedras…


Tito Livio, xxi, 62.



el tele­vi­sor siem­pre encendido
como altar fúne­bre insta­l­ado en la habitación hace

años –un fuego
que no calienta, solo alumbra
tenue­mente
hasta los dos sil­lones y más allá la mesa sin recoger

aún con las miga­jas,
y un mon­tón de sobras (pues fal­ta­mos años) –más

atrás se extiende

densa e insidiosa oscuridad
de chirri­dos llena y un eco per­ma­nente de gri­tos

ahoga­dos allí donde dejó su huella la memoria
al hablar de salas en sana­to­rios públi­cos, Kap­sa­lona

y Ai Yanni,
graneros de ensueño, fábri­cas con los pul­mones de

alquitrán, deporta­ciones a paisajes helados,
al hablar de la mul­ti­tud que espan­tada bajó las

escaleras man­i­fe­s­tando su amor y no las volvió a subir,
del ansia nues­tra para ado­rar a dioses venidos

abajo, idén­ti­cos a nues­tras tristes existencias

‒anun­cios

helada quedó la pan­talla, helado el piso
como si alguien hubiera dejado la puerta de la morgue

abierta y esa rendija se con­vir­tió en un muro que cae
y tre­scien­tos mil hom­bres se escapan sin demora de
la historia lle­vando velas encen­di­das como si volvieran del ofi­cio
de Resurrección vesti­dos de baratillo, con jer­seys apo­lil­la­dos,
arras­trando male­tas preparadas aprisa, la jaula con el canario muerto ‒piensan
en avenidas de Siberia con soli­tarias gaso­lin­eras
al alba, frío y abed­ules ensangrentados,
en el sonido del telé­fono retum­bando en las pare­des
de cemento del psiquiátrico, nadie lo cogió y se quedaron con
la duda de si los estaba bus­cando Stavroguin– piensan
en ciclis­tas del par­tido pasando bajo las ven­tanas
del par­tido con los rojísi­mos geran­ios del partido
en decap­i­tadas igle­sias con sus cam­paneros
inconsolables
en procla­mas por la radio, sovi­ets invic­tos, para
afeitar a Stalin y en el viento peren­nemente arras­trando per­iódi­cos
del 36 en un camino de tierra–“como entonces”
dijo el anciano des­per­tando del letargo (que allí
habían ido a bus­carlo con lin­ter­nas, antor­chas y armas)
recogió del suelo la manta, se la echó sobre las pier­nas,
tenía frío “igual que entonces”, un cuerpo desem­bar­cado pudriéndose
en cam­pa­men­tos flotantes, colum­nas inacabables y
faji­nas junto a las alambradas
‒todos ellos estarán ahora deci­di­da­mente
muer­tos en una probable
San Peters­burgo, hasta hace dos horas Leningrado, si
lo hubieran sabido
si Pedro, Juan, Elías lo hubieran sabido entonces
no pasaríamos hoy lista a los enter­radores, tam­poco
con­taríamos pro­fe­tas remunerados
se enciende y apaga la memo­ria, sube y baja vaguadas,
se defiende
y en la fotografía estás tú son­riendo con toda la
familia del zar,
detrás y al fondo
los pavor­reales
(quédese su man­sión deshabitada)
que a nosotros nos heredarán
otras aves
más humildes
‒power off
en lugar de pedir perdón
se oscure­ció la habitación con­fir­mán­dose la noche
que lo posee
en vez de expe­ri­en­cia indis­ci­plinada vejez, en
vez de sabiduría esas repeti­das ofus­ca­ciones de su soledad
de donde a menudo aflo­ran con toda su fab­u­losa
vaguedad
las antaño para él sagradas Babilo­nias –en
ellas vio
los estandartes de las bar­ri­cadas de mayo arrum­ba­dos
con­tra la pared, hasta sus som­bras se habían desteñido
consignas pin­tadas sobre otras consignas en muros ree­scritos
que parece los mantienen en pie solo las letras y por eso con la luna llena se
quedan los edi­fi­cios en meras fachadas como dec­o­ra­dos de cine– asimismo
vio 
en los rudi­men­ta­r­ios patios ten­di­das en el alam­bre
para secarse las camisas ensan­grentadas iguales a pieles de animales
y entre las orti­gas en la basura: un mar­tillo oxi­dado,
la mul­ti­copista y como un cacharro viejo
la palan­gana plateada de las purifi­ca­ciones donde
dicen que una vez tam­bién Pilatos se lavó las manos
y si en la His­to­ria ha quedado su nom­bre se debe a ella
que rel­e­gada ahora espera por las tardes a
los niños para ser en sus manos aunque sólo sea un pequeño cím­balo
estri­dente, y de nuevo se oiga su voz
“yo sabía y no hice nada, yo lo sabía”, pal­abras ver­te­brales
de una ali­maña desconocida
cuya espina dor­sal mas­cul­lan los per­ros con des­gana
a la puerta de los viejos mataderos de Guicio
y al mismo tiempo que la noche cubierta de ven­da­jes
lo va envolviendo con sus enfer­medades, él
echa a cor­rer por senderos engañosos, por­tando con
ansiedad la antor­cha para encen­der la televisión
y se vayan los drag­ones de esca­mas vis­cosas, que
se vayan
porque en ningún momento fueron del todo impar­ciales
con él

‒tele­visión

fuera, tras la ven­tana cae rodando la cabeza cor­tada
de la luna, dentro
la habitación hasta arriba cubierta con hojas de
tabaco y el muro
cayendo a cámara lenta una y otra vez, oh noche dis­paratada
cómo es que te has quedado sin pasado y tus gentes
bailan, se abrazan, en sus bol­sil­los y en bol­sas de
plás­tico meten piedras y cas­cotes como recuerdo
el impe­rio se desmorona
‒“todo cae al final” fue lo que
dijo volviendo a coger la manta del suelo
“la cuestión es quién coge las llaves”, los otros
hacen ondear impro­visadas ban­deras, cuel­gan grandes
sábanas blan­cas en los bal­cones, se pre­gun­tan qué dirá
mañana el Pravda
encien­den hogueras rit­uales, escuchan a Ros­tropóvich
y se enam­oran, al mismo tiempo
que un sol­dado novato con los ojos enro­je­ci­dos
grita “deser­tores” –“¿se dirige usted
a mí, señor?” y apri­eta los puños con ira

‒anun­cios

“hay un malen­ten­dido”, volvió a pen­sarlo, “yo soy en realidad
de otra época y un enam­orado de balas,
de llu­vias tóx­i­cas, de sepul­turas de héroes, y sin

embargo
la única rev­olu­ción que existe es el Otro. Esper­e­mos
un poco más y llegará
la pri­mav­era del cuerpo. Entonces,
volveré”.

Avanzó tac­i­turno den­tro de la pan­talla, un bosque
los anun­cios, las series, los pro­gra­mas, tomó por la emp­inada senda,
en un paisaje inver­nal sem­brado de impro­visadas tum­bas
alguien cav­aba con sus manos la tierra pero a él no lo vio
invis­i­ble siguió avan­zando entre los ausentes
dejándole
al viento el encargo de repe­tir susurrando su
testamento:
expectan­dum nobis etian cor­poris
ver est, expectan­dum‒

Y la manta de cuadros en el suelo, un tablero de aje­drez vacío.


DIMITRIS ANGELIS (1973, Atenas, Grecia)
Fuente: www.revistacritica.com
Imagen: www.festivalpoesiagranada.com


enero 25, 2014

Carlos Germán Belli


No despilfarrarlo     




Y en adelante como nunca ayer 
ser absoluto dueño del gran tiempo, 
que es exclusivamente para usarlo 
en cosas entrañables por entero, 
y con tal razón no despilfarrarlo
ni un instante de la futura vida,
que aunque fuera infinito y espacioso
en el seno del mundo terrenal,
no hay que dejarlo torpemente caer
en la boca de lobo de la nada,
que sólo con el paso de los años
los ojos del espíritu descubren
desde acá el más allá desconocido,
porque en alas del rápido minuto
se puede ir muy imperceptiblemente
a los reinos del cielo o del infierno.


CARLOS GERMÁN BELLI (1927, Lima, 2024, Surquillo, Perú)
Imagen:  www.transtierros.blogspot.com

enero 21, 2014

Selva Casal


III


Estos fueron los días sobre la tierra.
Nuestros días.
Cuando éramos tan pequeños como sombras de sueños.
¿Es cierto que vivíamos al borde de las cosas
sin jamás descubrirlas
y que las tardes se arracimaban dulces
en el umbral de la casa?
Y que había fechas para sonreír, para llorar.
Y yo no estaba nunca
porque siempre era tarde, porque siempre era ayer.


Selva Casal
(1930 / 2020, Montevideo, Uruguay)

De: “Días sobre la tierra”

enero 19, 2014

Señalador: Edwin Miur / Enrique Solinas





Entonces esa noche
al final del verano los extraños caballos regresaron.
Oímos un lejano retumbar en el camino,
un traqueteo cada vez más violento; se detuvo, luego empezó de nuevo
y al doblar el recodo se transformó en un clamor vacío.

Cuando vimos las cabezas
como una gran ola salvaje tuvimos miedo.
Habíamos vendido los caballos en época de nuestros padres...



Enrique Solinas / El Desaguadero



Descorro la sábana y al mismo tiempo
vuela una mosca como ninfa sorprendida.
He aquí la cuestión:
sus labios entreabiertos y la piel extraña
contrastan con el gesto de una sonrisa,
y el único signo de vitalidad
es la mosca
que ha bebido toda su respiración.