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febrero 18, 2018

Mary Oliver

Poetas norteamericanas


Cómo es con nosotros, y cómo es con ellos



Nos volvemos religiosos,

luego nos alejamos de eso,
luego estamos necesitados y quizás volvemos atrás.
Nos dedicamos a hacer dinero,
luego nos volvemos a la vida moral,
luego pensamos de nuevo en el dinero.
Conocemos personas maravillosas, pero las perdemos
                      por nuestros negocios.
Estamos, como dice el refrán, en todas partes.
La constancia, al parecer,
tiene más que ver con los perros que con nosotros.
Una de las razones por las que los queremos tanto.



La historia de todo perro



Tengo una cama, mi propia cama.

Es justo de mi tamaño.
Y a veces me gusta dormir solo
con sueños dentro de mis ojos.

Pero a veces los sueños son oscuros y salvajes y aterradores
y despierto y tengo miedo, aunque no sé por qué.
Pero no tengo más sueño
y las horas pasan muy lento.

Así que trepo a la cama donde la luz de la luna
brilla en tu cara
y sé que pronto será de mañana.

Todos necesitan un lugar seguro.


How it is with us, and how it is with them




We become religious,/ then we turn from it,/ then we are in need and maybe we turn back./ We turn to making money,/ then we turn to the moral life,/ then we think about money again./ We meet wonderful people, but lose them/ in our busyness./ We’re, as the saying goes, all over the place./ Steadfastness, it seems,/ is more about dogs than about us./ One of the reasons we love them so much.



Every dog’s story


I have a bed, my very own./ It’s just my size./ And sometimes I like to sleep alone/ with dreams inside my eyes.// But sometimes dreams are dark and wild and creepy/ and I wake and am afraid, though I don’t know why./ But I’m no longer sleepy/ and too slowly the hours go by.// So I climb on the bed where the light of the moon/ is shining on your face/ and I know it will be morning soon.// Everybody needs a safe place


Fuente: Jámpster
Otros poemas de Mary Oliver, aquí
Enlaces: El placard Transtierros

febrero 16, 2018

John Koethe

John Koethe



Domingo a la tarde



Ideas como cristales y la lógica del violín:
otra vez las intrincadas evasiones se preparan
para avanzar sobre lo inarticulado. Y pronto 
comienza la melodía matinal, las naranjas y el té,
la caminata introspectiva por el barrio,

el ruido ambiente, el grave lenguetazo de agua sobre piedras.

La paz que uno consigue lo encuentra a uno solo,
en recuerdos de libros, de partes de canciones,
o en los dulces encantos del modo pasivo:
dudar, cavilar, demorarse en la biblioteca y finalmente,
como de una silla verde y soleada, levantarse y partir. 
Los mediodías parecen más oscuros, y los adolescentes
que siempre andaban por el estacionamiento ya no están.
Más agua en los ojos, más músicos desentonados en los subtes,
y desde la fuente de sentido un constante canturreo incidental.
Es una especie de reconfiguración, y el ejercicio solitario
que busca reafirmar su nombre suena hueco. En el cielo, el sol está más bajo,
y cuando uno se vuelve hacia lo que sentía el hogar,
las ventanas empiezan a llamear con una luz desamorada,
como si las alcobas que ocultan estuvieran vacías. ¿Es así
el paraíso? ¿La misma perspectiva desde otra habitación,
poblar un paisaje visto desde el balcón de alguien
en un instante suspendido – un avión plateado asciende silencioso
y la vida, al menos la que uno ha conocido, se va alejando? 

Yo pensaba que la gente entendía estas cosas.

Padecen la intrusión gradual de un vasto,
impersonal sistema de intercambios en el más íntimo dominio
donde cada objeto se refería a otro, cantándose entre ellos
en una hermosa regresión de olvido. La naturaleza como idioma
fiel a sus términos, pero con una cara casi humana
que tomó los románticos, oscuros movimientos de deseo, amor y pérdida
y les dio cuerpo, y los puso a la vista;
reemplazados por emblemas de lo más sublime,
como el Paraíso de Cantor, o Edward Witten con la vista perdida
mientras las hojas caen y un perrito corre entre ellas en el parque.
¿Algo de eso era mío? ¿Fue alguna vez de alguien? 
El tiempo vuelve las cosas más sólidas de lo que fueron;
sin embargo, estas cosas imaginarias – delfines y campanas, la terraza soleada
y las alas verdes y brillantes, el islote lejano sobre el lago – 
nunca fueron barreras, sino simples condiciones de ser, una niebla encantadora
que envuelve y luego cede como sorpresa blanda,
como si las cosas contra las que uno había empujado fueran cascotes de espacio.
El aire de la tarde parece más dulce. La luna,
surgiendo de un laberinto de nubes en el cielo abierto,
arroja una luz tenue sobre los árboles. Infinitamente lejos,
uno casi cree oir – como si los dedos de un gigante solitario
dibujaran el esquema puro y abstracto de esas cuerdas
en un momento privado de deleite – las ambiguas ondulaciones
de las silentes sílabas, como un murmullo de abejas.


JOHN KOETHE (1945, San Diego, Estados Unidos de Norteamérica)
Traducción: Laura Wittner
Fuente: http://selodicononlofaccio.blogspot.com.ar/2010/07/john-koethe-o-como-describir-la-tarde.html
Imagen: Twitter

febrero 08, 2018

Kostas Mavrudís

Kostas Mavrudis


Otoño

Advertencia sobre una fotografía


Envejezco
puedo decir me alejo
por supuesto no lo abandono
soy su memoria
(en algún momento también necesitaréis herederos
lo perdido con porfía pedirá indicios)
tenía entonces el cigarrillo apagado en los labios
cual fumador de película francesa en blanco y negro
(o como Blaise Cendrars en su clásica instantánea)
limpió con una manga los discos
antes de ponerlos en el gramófono
valses etéreos
en otro tiempo voces solazosas
algo de bel canto (con revoluciones que pierden fuelle)
llenas de los krach
que ahora nos gustan en las viejas grabaciones
con una manga los limpió
veis su cabeza con inclinación a la izquierda
como si tocara el violín
quizás otros sigan la escena de la calle
es otoño
(adustas nubes con formas)
reconocemos la época por el cielo
como el aficionado a los pronósticos
distingue las señales del tiempo
o como un amante de las artes al que
por el abundante rojo no le cuesta
reconocer las nubes de Monet
le veis se ríe ante el fotógrafo
ignoto cual compositor medieval el fotógrafo
(Anónimo
que vemos bajo el título)
rostro
si lo entendísteis
de mi antigua comarca
éstos eran árboles frente a su casa
(portería de fútbol con frecuencia por las tardes)
le molestaba la algarabía de los triunfos celebraciones
los gritos
la pelota contra las ventanas;
podéis visitarlo en el futuro
cuando faltemos quiero decir
podéis visitarlo
con este poema-guía:
la abertura con los árboles
el vals que pierden en las revoluciones
la pelota contra las ventanas cerradas



ΦΘΙΝΟΠΩΡΟ



ή

Παραίνεση για μια φωτογραφία



Παλιώνω
μπορώ να πω απομακρύνομαι
βέβαια δεν τον εγκαταλείπω
είμαι η μνήμη του
(κάποτε κι εσείς θα χρειαστείτε κληρονόμους
το χαμένο θα ζητά με επιμονή πειστήρια)
είχε λοιπόν στα χείλη σβησμένο το τσιγάρο
σαν καπνιστής σε μαυρόασπρη γαλλική ταινία
(ή όπως ο Μπλεζ Σαντράρ στην κλασική φωτογραφία του)
καθάριζε με το μανίκι του τους δίσκους
πριν να τους βάλει στο γραμμόφωνο
ανάερα βαλς
άλλοτε ρεμβαστικές φωνές
κάτι μπελκάντο (με στροφές που έπεφταν)
γεμάτα χρατς
που τώρα μας αρέσουν στις παλιές ηχογραφήσεις
με το μανίκι τούς καθάριζε
βλέπετε το κεφάλι του με κλίση αριστερά
τάχα παίζει βιολί
ίσως να παρακολουθούσαν κι άλλοι τη σκηνή του δρόμου
είναι φθινόπωρο
(σοβαρά σύννεφα σε σχηματισμούς)
αναγνωρίζουμε την εποχή από τον ουρανό
όπως ο ερασιτέχνης των προγνώσεων
διακρίνει τα σημεία του καιρού
ή ένας φιλότεχνος δεν δυσκολεύεται
από το άφθονο κόκκινο
να αναγνωρίσει νέφη του Μονέ
τον βλέπετε χαμογελά στο φωτογράφο
άγνωστος σαν μεσαιωνικός συνθέτης ο φωτογράφος
(Ανωνύμου
που βλέπουμε κάτω απ’ τον τίτλο)
πρόσωπο
αν το καταλάβατε
της αρχαίας μου επαρχίας
αυτά ήταν δέντρα μπροστά απ’ το σπίτι του
(γκολ ποστ πολύ συχνά τα απογεύματα)
τον ενοχλούσε η φασαρία των θριάμβων
οι κραυγές
η μπάλα στα παράθυρα·
μπορείτε να τον επισκέπτεστε στο μέλλον
όταν θα λείπουμε θέλω να πω
μπορείτε να τον επισκέπτεστε
με αυτό το ποίημα-οδηγό:
το άνοιγμα με τα δέντρα
τα βαλς που χάνουν στις στροφές
η μπάλα στα κλειστά παράθυρα



KOSTAS MAVRUDIS (1948, Tinos, Grecia)
Fuente: Revista Fogal
Traducción: Mario Domínguez Parra
Enlaces:
http://circulodepoesia.com/2014/03/poesia-griega-kostas-mavrudis/
http://www.omni-bus.com/n50/sites.google.com/site/omnibusrevistainterculturaln50/antologia-poesia-griega-1940-2015/kostas-mavrudis.html

febrero 05, 2018

José Luis Piquero



Dummy



En realidad ya estoy acostumbrado:
ni siquiera me duele.

Antes era peor: perspectivas de viaje que siempre se truncaban (y a los niños
no les daba ni tiempo a marearse),
el dejà vu del susto y un punzante
sentimiento de culpa:
no he sabido cuidar de mi familia.

Luego uno aprende a relativizar
y no faltan ventajas: nada de preocuparse por ascensos
o por pagar facturas,
mis hijos nunca traen malas notas,
mi mujer no me engaña: se sienta y cierra el pico.

Somos una familia peculiar: el señor Ave Fénix y señora
con sus encantadores chiquillos soñolientos.
Tan ciegos, tan tenaces
en el error. Tan tontos.

Ya lo sé: damos risa.

Tengo este sueño: pego un volantazo
de lo más inspirado, piso a fondo,
esquivo a un ingeniero y salimos a escape
carretera adelante, hacia auroras blanquísimas, el cielo de los dummies.
Y al despertar os odio. ¡Dios mío, cómo os odio!

Óyeme tú, viajero, que recorres triunfante la autopista
y a tu corazón baja
el canto eterno de la radio-fórmula.
Acuérdate de mí cuando, muerto de miedo,
levantes la cabeza llena de sangre y grites:

“¡Santo Dios, no lo he visto!
¿Estáis bien?”.
Y el silencio.

JOSÉ LUIS PIQUERO (1967, Mieres, España)
Fuente: Revista Fogal
Imagen: El País

febrero 04, 2018

Nikola Madzirov

Nikola Madzirov


Luz y polvo




Te encontraré en un momento
entre las cuatro estaciones,
cuando llevan a los niños de paseo,
y las almas regresan
como platos sucios en
una cantina obrera.
No somos una religión
y nadie cree en nuestras
sagradas escrituras.

Nuestras miradas se esconden
en los pliegues de las cortinas,
que dejan pasar oraciones ajenas
y luz que cae.
¿Se tocarán nuestros ángeles
cuando nos abrazamos
en la oscuridad, alguien encenderá una vela
para proclamar un reino?
Somos la luz de una cerilla consumida
que se convierte en polvo


Todo




Todo es caricia.
La nieve cerraba sus alas
sobre las colinas, yo cerraba mis palmas
sobre tu cuerpo como cinta métrica
que se desenrolla sólo por la longitud
de otras cosas.
El universo existía
para que naciéramos en lugares diferentes
y nuestra patria fuera el arco iris
que une dos jardines
que no saben uno del otro.
Así pasaba el tiempo:
cultivábamos el miedo dentro de nosotros
mientras en los demás nacía la admiración.
Nuestras sombras se hundían
en pozos envenenados,
las palabras dichas por alguien
desaparecían y aparecían
como pedazos de vidrio en una playa de arena,
rotas y afiladas.
Todo es recuerdo.
El sueño estaba cerca,
lo remoto era lo que soñábamos.

NIKOLA MADZIROV (1973, Strumica, Macedonia del Norte)
Traducción:Marija Krstevska
Fuente: ParaleloSur

febrero 01, 2018

Juan Carlos Olivas

Poesía costarricense


Tanatosis (o el arte de hacerse el muerto)


Sentado en la mecedora
del patio de mi casa leo a Cioran,
a Borges, a los poetas chinos
de una dinastía de casi 2000 años atrás.

La belleza aún sigue latente en sus textos,
también el hastío, lo solitario y lo abyecto
que se traduce en las sílabas que conforman mi mundo.
Estos poetas tuvieron pánico a la muerte.
Me pregunto si hay dolor, si vienen por nosotros,

si uno sube y desciende por un túnel escarchado
en la más fiera luz que hayamos visto,
si se siente el frío que dicen que se siente
o es como quedarse dormido
entre lunas de espuma y sábanas de opio.
Yo también viví mis días

como si nunca fuera a morir
y ahí estuvo el error.
Escribí porque tuve miedo y arrogancia

y ahora la verdad me golpea
como un trapo en la cara;
quizás no viví lo suficiente,
quizás me fui perdiendo
en el bosque sagrado de la procrastinación,
dejando para última hora las cosas esenciales:
mi hijo que sopla un diente de león,
el vecino que grita gol desde lo eterno,
la canción que mi esposa tararea,
el hombre o la mujer que cede ante la noche
y lee a Cioran, a Borges, a los chinos,
un libro de poesía
como un paliativo real
contra la muerte.

JUAN CARLOS OLIVAS (1986, Turrialba, Costa Rica)
Enlaces:

enero 24, 2018

Sonja Åkesson


Poesía sueca


Una carta    




¡Hasse! 
¡Hans Evert! 
¿Te acuerdas de mí? 
No fui tu primera chica 
claro 
pero tu fuiste mi primer chico. 
Ibas constantemente en la bici, una Rambler, 
y llevabas la gorra en la nuca
y yo iba en la barra con mi abrigo rojo
y a veces en la parrilla.

Una tarde nos caímos en la cuneta.
Qué canciones cantabas.
Ya entonces eran viejas:
“A casa de mi chica
tarde o temprano
me lleva el camino
a casa de mi chica
que escribe
que me quiere”
aún oigo tu voz con precisión:
azafrán y canela y unos granos de mostaza
y tú desafinabas un poquito en todos los tonos.
Tu hermana estaba gorda y se llamaba Jenny
Cuando empezamos tú tenías 17 años y yo —
no, no me atrevo a decirlo.
Podrías acabar en la cárcel.
Tú estabas siempre bronceado por el sol.
Luego llegó la movilización.
¿Recuerdas aquella cabaña de la orilla del lago azul
con el gallo y el gato y los abedules?
Imagínate que viviésemos allí ahora.
Yo hubiese tenido un montón de críos
que se lavarían en una palangana
en la cómoda
antes de ir a la catequesis dominical.
Tu hermana, la gorda Jenny,
hubiese sido mi cuñada.
Pero no hubiese tenido suegra.
Tu padre la había matado de un tiro
y luego se había cortado el cuello
con una navaja de afeitar.
Una vez me enseñaste una foto de ellos.
A veces te emborrachabas un poco.
Entonces ponías en el manillar
ramilletes de jazmín
o ramitas de peral en flor.
Una vez te lo hiciste
con otra chica.
Cuando enloqueció tu padre te escondiste en un
armario.
Él también había pensado matar a tiros a los hijos.
Yo mentía todas las noches.
Nunca había mentido antes.
Cuando mentía hacía como
si yo no fuese yo.
Simulaba que era un sueño.
Pretendía que ni siquiera era yo
la que soñaba.
Mi madre tenía un olor ligeramente acídulo.
Se le había caído el pelo.
Ella lloraba
y yo también lloraba convulsivamente
aunque sólo era un sueño,
y aunque tampoco era yo la que soñaba.
Todos los días eran un solo sueño.
Una noche mi madre se sentó con abrigo y sombrero.
Imagínate que lo hubiesen hecho,
quiero decir si me hubiesen echado de casa.
Imagínate, yo que lloraba reclamando a mi madre
desesperadamente
cuando sólo llevaba una semana en casa de la prima Ruth.
Tú eras bueno con los niños.
Y no quiero decir nada irónico.
Yo no era un niño.
Tú eras muy bueno con los hijos del campesino.
Tú eras también bueno con la vieja señora de la
limpieza.
La gente decía que eras bueno con los hijos del
campesino
y con la vieja señora.
“Un saludo con el viento quiero yo enviar
a mi padre y a mi madre y la chica de mi lugar”
Cuando cantabas te subía y bajaba la nuez.
Tú padre llevaba mucho tiempo sin levantarse,
paralítico,
creo que a raíz de un accidente.
Tu madre estaba muy guapa en la foto.
Luego estalló la guerra
y durante varios años
no fui la chica de nadie en particular.
Durante algunos años no mentí nunca.
Más adelante te hiciste de los de Pentecostés
y te casaste, bastante rico
con una chica, con finca, también de Pentecostés.
Te encontré una vez.
Le habías pedido perdón a Dios, dijiste.
Me sonó bastante estúpido.
Sabía que me deseabas.
¿Cuántos años puedes tener ahora?
¿45?
¿Sigues en la congregación redimido?
¿Crees que tu padre estará en el infierno?
¿Hueles todavía un poco a caballo?
Aunque seguramente tendréis tractor.




Nació en Buttle, en la isa de Gotland, en 1926. En 1951 se trasladó en Estocolmo, donde descubrió su vocación por la escritura. En 1957 publicó su primer libro de poemas, Situationer (Situaciones), pero su verdadera irrupción en el panorama literario no llegaría hasta 1963, con su obra Husfrid (Paz hogareña), libro que la convirtió en una de las figuras centrales del movimiento feminista y de la corriente poética conocida como «nueva sencillez».
Posteriormente publica Jar bor i Sverige (Vivo en Suecia, 1966), donde rompe con las convenciones de género; Pris (Precio, 1968), donde ensaya el collage y el poema en prosa; y Sagam om Siv (La Saga de Siv, 1974), incursión en el haiku.
A mediados de los años setenta, aquejada de problemas psiquiátricos, se traslada a Halmstad. Fallece de cáncer de hígado en 1977. Ese mismo año ve su último libro, Hästens öga (El ojo del caballo).
"Vivo en Suecia", Antología poética, Vaso Roto Ediciones, 2015
Traducción: Francisco J. Uriz
Imagen: varavitmansslav.weebly.com

enero 21, 2018

Jorge Ortega


Poesía mexicana




Subida al monte Urgull




Al fondo el mar, el sobrio mar

de fondo 

que se nos desdibuja.


Entre robles y helechos

la espiral de piedra no pulida,

las furtivas

y onduladas

terrazas del musgo.


La espuma de la hiedra

trepando por los troncos,

los cauces de hojarasca 

crujiendo bajo una pisada en falso.


Rampas. Escalones

pacientemente relamidos

por el inofensivo alud del vaho.


Y el final en dónde o para cuándo:

la cumbre se escabulle a nuestros ojos,

pirámide borrada por la selva 

en una distracción.


A mayor esfuerzo, menor la extenuación, 

mejor la claridad de los confines

o pronta la llegada.


El poema se hace en el trayecto,

trata lo que tardamos

en alcanzar la cima 

y descubrir ahí lo perseguido en vano,

la veleidad del aire, el resbaloso pez de las alturas.






El jarrón




Donde no hay un jarrón

hay un jarrón.


Es el jarrón

que fabrica el deseo, el jarrón


que no compraste en Nápoles

pero que participa

de una memoria herida

por la desposesión.


Lo huérfano de ti,

aquello que anhelaba tu rescate

en el momento preciso


detona en la pupila, logra empinar el río

del aire peregrino que traslada 

las ofrendas de unos

          a otros 

                      territorios.


El jarrón que aún te aguarda en Nápoles

se acostumbra al espacio que no ocupa, crece

en la repisa austera de la sed

pintándose solo.


¿O es acaso el entorno el que se adapta

a la forma añorada?






Jorge Ortega (1972, Mexicali, México)

enero 19, 2018

George Franklin











A la izquierda del noveno hoyo    






El viento sopla a través del campo de golf en sombras.  

Nadie juega a esta hora. Ningún carro se abre paso 

por el verde. El verde ni siquiera es verde sin la luz del sol.   

Más allá de la reja, bolas de golf extraviadas 

se hunden cada vez más en la tierra. 

Con cada aguacero desaparecen un poco más. 

La luna ilumina la boca blanca de la trampa de arena. 

Parece que se hablaran entre ellas en un idioma íntimo. 

Algo acerca de la filosofía y la dificultad de sentirse en casa. 

A la izquierda del noveno hoyo, un estacionamiento 

divide el universo en líneas paralelas y delimita espacios.  

Aquí y allá, una lámpara define los espacios de otra manera 

Este oscuro, aquel claro. Desde dentro de una casa, 

la música suena y las sombras se alejan 

y regresan a través de la cortina de una ventana.  

Podrían estar danzando o tratando de evitar rozarse entre sí. 

De luchar o abrazarse. Luego una sombra cubre a otra 

y la luz de un televisor oscila en colores apagados.   

Afuera, todas las cosas los miran: 

el campo de golf, el estacionamiento, la luna. 










Luchas de arañas 






En los campos de trabajo del norte, hay luchas entre arañas 

Me lo dijeron mis estudiantes la semana anterior 

Como los presos cazan arañas, las almacenan 

en botellas de vidrio, las ceban con polillas e insectos 

hasta el día en que cada una de ellas trata 

de arrancar a mordiscos la cabeza de la otra 

mientras los prisioneros hacen apuestas y miran. 

Esto me recordó de inmediato al Conde Ugolino 

En Dante, que roía la espalda del esqueleto 

de su enemigo Ruggiery, como si el hambre y la ira 

jamás se satisficieran. Eso es estar en el infierno 

Pensé, pero no estaba totalmente en lo cierto 

También pensé en Tertuliano, en la manera en que describió   

uno de los placeres en el cielo, que sería mirar hacia abajo 

el sufrimiento de los condenados. Mis estudiantes 

se han reunido en círculos junto a sus literas, en el verano 

del norte de la Florida, un clima bastante similar al infierno 

y miran hacia abajo, dos arañitas  que se desgarran 

la carne entre sí. Durante unos minutos 

estaban en el cielo. 










Left of the Ninth Hole 


   



The wind blows across the golf course in the dark. 

No one is playing now.  No carts edge their way 

Around the green.  Even the green is not green 

Without sunlight.  Beyond the fence, lost golf balls 

Sink incrementally into the ground.  With each rain, 

They disappear a little more.  The moon illumines 

The sand trap’s white mouth.  They seem to be speaking 

To each other in a private language.  Something about 

Philosophy and the difficulty of feeling at home. 

To the left of the ninth hole, a parking lot divides 

The universe into parallel lines and defined spaces. 

Here and there, a lamp defines the spaces differently: 

This one dark, that one light.  From inside 

A house, music is playing, and shadows move back 

And forth across a curtained window.  They could be 

Dancing or even trying to avoid each other’s touch, 

Fighting or embracing.  Then one shadow covers 

Another, and the light of a television flickers 

In muted colors.  Outside, everything is watching them: 

The golf course, the parking lot, the moon. 



   






Spider Fights 


  



In the work camps up north, they have spider fights. 

My students told me this last week, how 

The prisoners catch spiders, keeping them in 

Glass jars, feeding them insects and moths 

Until the day when two spiders will each 

Try to chew off the other’s head, while 

The prisoners place bets and watch. 

It reminded me at first of Count Ugolino in 

Dante, gnawing at the back of his enemy 

Ruggieri's skull—hunger, like 

Anger, never satisfied. That’s what it means 

To be in hell, I thought. But, I wasn’t entirely right. 

I also thought about Tertullian and how he described 

That one of the joys of heaven would be to look down 

On the suffering of the damned. My students 

Had gathered in circles by their bunks in the North 

Florida summer, a climate close enough to hell, 

And stared down on two small spiders tearing 

At each other’s flesh. For a few minutes, 

They were in heaven. 



  






George Franklin


Traducción: Ximena Gómez


Fuente: www.alastorliterario.com



Diego L. García

poesía argentina, poeta leyendo un libro en mangas cortas




el aire acondicionado zumba y corta
en breves fracciones de tiempo. estoy
inmerso en esa similitud animal (recuerdo
las palomas en la casa vieja). constante
custodia de objetos sucios, fuera de sitio.
si hubiera visto un cuadro con un paisaje
de ríos y árboles y hubiera intentado
entrar en él hasta hallarme sumergido
en sensaciones realísimas, sé
que el aire acondicionado sería siempre
el fondo, el telgopor raspado en la base
de la caja. digo: fracciones. y hay
ahí una ventana. quién está del otro lado?
ya sé la respuesta. pero la pregunta se escurre:
quién está del lado en el que estoy?
no alcanzaron los pájaros ni el arrullo de
la palabra “arrullo” en medio de una escena
pintada a la perfección. el cartón soporta
un viaje de encomienda hacia cualquier parte
y así el corazón llega dejándose nombrar



Otros poemas de DIEGO L. GARCÍA, aquí
Imagen: Foto M Biaggini

enero 15, 2018

Ricardo Costa










Una naranja     






El cuchillo recorta circularmente la naranja 

bajo su cáscara. 

Hace correr el jugo entre el filo y la pulpa, 

marcando el cauce de un camino líquido 

que rodea a la fruta para venirse a tu mano. 

Viéndote ejecutar esa maniobra, pienso que 

algo terrible ocurriría con mi corazón

si tu apetito cayera en desgracia.

Ese movimiento giratorio, ese descascarar

en crudo para llegar al brillo de la pulpa,

daría con la parte más débil de un hombre

y la desnudez de su sangre brotaría hasta

manchar sus ojos de la manera más vergonzosa.

La diferencia la marcaría el ángel que mueve

tus manos.

Porque la fruta gira entre tus dedos para que

su carne se abra por entero a la luz.

En cambio, un corazón se pudre si no se lo corta

en el momento preciso.

Queda dudando lejos, cavado en una ruina oscura,

a treinta y cinco centímetros por debajo

de la boca.






Otros poemas de RICARDO COSTA, aquí

enero 11, 2018

Señalador: Milo de Angelis


Milo de Angelis / Ginebra Magnolia    



Todo estaba ya en camino. Desde entonces hasta aquí. Todo 

el tiempo, luminoso, rozaba los labios. Toda 
la respiración se concentraba en el collar. Las sombras 
de Lambrate cerraron la puerta. Toda la habitación, 
absorta, se convirtió en el primer latido. El negro 
de tus cabellos contra el amarillo del último rayo. 
Desde entonces hasta aquí. Era el primer día del verano.
El silencio nos llenaba la frente. Todo estaba
ya en camino, desde entonces, todo estaba aquí, único
y perdido, nuestro y remoto. Todo pedía
permanecer a la espera, de volver a su verdadero nombre.






enero 07, 2018

Amelia Biagioni


Oh, Infierno,
te agradezco
la causa perdida,
la tiniebla entre los dientes,
las manos de humo
y esa espalda acosándome.
Te agradezco
el crepúsculo de piedra que no cesa.
Te agradezco
que existas cuando respiro.
Porque eres el recinto
donde encuentro,
retenidos por el ojo y el fuego,
los nombres y las formas
de la dicha.


Cada día, cada noche



Cada día
me levanto sin nombre,
y en la nuca
una sombra
tenaz, ajena, a filo,
me acusa desde siempre;
y la culpa
total, indescifrable,
entera, me usurpa,
no sé quién soy, me oculto, huyo,
y me pierdo extranjera.
Hasta sentir,
cada noche,
una luz
fiel, entrañable, mansa,
que vuelca desde siempre
río, libélulas, sol, trébol
en mi cabeza más lejana,
y le apoya
alguna, aquella mano;
y cuando empiezo a recordarme,
un ruido sucio, espeso,
de sombra,
se interpone en la nuca
y despierto
sin nombre.




AMELIA BIAGIONI (1916, Gálvez, Santa Fe / 2000, Buenos Aires, Argentina)
Fuente: Facebook de Jonio González. Poemas de "Poesía completa", Adriana Hidalgo, 2009