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febrero 24, 2019

Tatiana Faia





Tatiana Faia




primer poema de berlín     



para Francisca Camelo  






en la soledad de los claustros de kreuzberg 

un santo carga en lo alto y sin secretos 

su cruz envuelto por la noche 

no tiene otro color sino el blanco 

su vestido pero yo quería que fuera 

azul oscuro y bordado de estrellas 

con un aire

de solemne, salvaje, agreste



su consagración es incompleta

marítima, ululante

como nosotros él falló al unirse a los normandos

revelarse solitariamente creyente

y así consolado por un sosiego de piedra

lo guardan ahora nosotros y esta cámara

pequeños animales noctámbulos

la memoria distante de martirios

en gloria febril y efímera

que a él tampoco lo consuelan

y una absurda calma

una estoica y autoritaria indiferencia

contra los borrachos que a veces cortan

por las cercas del jardín

contra los turistas detenidos

para la ocasional fotografía

triunfa también algo en nosotros

pero no sabemos qué

y este santo que no tiene sinapsis

tampoco nos sabría decir



y quiero que él cante

y que nos cuente todos sus secretos

si algo lo tocó tanto como nos conmueven

los amigos que nos esperan a altas horas de la noche

o en las horas de madrugada en todas las ciudades distantes



esta noche sin embargo dos solitarias muchachas

recorren en línea recta la distancia entre esto

y checkpoint charlie

el santo tal vez pregone

como sugiere la cruz en lo alto

la otra mano erguida con un pulgar ligeramente curvado

tal vez lo que él diga haga efecto

en este ser tarde y estar todavía sobrias

como los santos en sus momentos de piedra

que no fueron hechos para soportar

toda esta ruina que nos rodea

aunque no sea aún esta, francisca, la conversación

que va a tropezar con mi absurda necesidad

de más estatuas de santas en éxtasis

más estatuas de santos que se divierten

en todas las alamedas de todos los jardines

de todos los claustros del mundo



la atención a una promesa también es esto

este momento dado por una amiga

un tiempo fuera de su rigor





en el inicio de una primavera

que carga con ella la cicatriz de un largo invierno

un inicio voraz y en color rojo

de frutos que brotarán enteros y dulces

porque tampoco queremos

creer en un dios que no baile

en un dios que no acepte nuestra sangre

y su velocidad caliente

sus juegos de inquietud y retroceso

ávido de pequeñas absurdas conquistas

un dios que no se siente a conversar con nosotros

es lo que no podríamos soportar




porque también en los momentos de pausa

el ardor del mundo carga su propio peso

se abre en su fuego contra la contracción

de un puño que se cierra sobre nuestros úteros

nuestros brazos nuestros ojos

nuestra alegría que nadie podrá romper

que nadie podrá romper




pero pienso que el ardor del mundo

cuenta hasta el tiempo

de cuánto duró esta pausa

tan inclemente que sabrá hasta

cuánto tiempo le llevó al azúcar

de sucesivas barras de chocolate

haber redundado en sugar rush




pero se desprende y cae




ya está en la luz inscrita en el cuerpo del santo

en la ausencia prometida por delicados detalles

de su brocado de mártir

mira cómo incluso él





para estar tan iluminado

tiene que ser vivo, pedestre, pagano

capaz de una caminata en línea recta

luz que viene de abajo hacia arriba y así se acepta






Berlín, 25 de mayo de 2018


Oxford, 28 de mayo de 2018






primeiro poema de berlim




para a Francisca Camelo




na solidão dos claustros em kreuzberg

um santo carrega ao alto e sem segredo

a sua cruz envolto pela noite

não tem outra cor que não o branco

a sua veste mas eu queria que fosse

azul escuro e orlado de estrelas

com qualquer coisa

de solene, selvagem, agreste



a sua sagração é incompleta

marítima, ululante

ele como nós falhou em juntar-se aos normandos

revelar-se solitariamente crente

e assim consolado por um sossego de pedra

guardam-no agora nós e esta máquina fotográfica

pequenos animais noctívagos

a memória distante de martírios

em glória febril e efémera

que também a ele não o consolam

e uma absurda calma

uma estoica e autoritária indiferença

contra os bêbados que às vezes cortam 

pelas vedações do jardim





contra os turistas que param

para a ocasional fotografia

triunfa também sobre algo em nós

mas não sabemos o quê

e este santo que não tem sinapses

também não nos saberia dizer




e eu quero que ele cante

e que nos conte todos os seus segredos

se algo o moveu tanto quanto nos comovem

amigos que nos esperem pela calada da noite

pelas horas cedo da manhã em todas as cidades distantes




nesta noite no entanto duas solitárias raparigas

fazem em linha recta a distância entre isto

e checkpoint charlie

o santo talvez pregue

tanto o sugere a cruz ao alto

a outra mão erguida com um polegar ligeiramente curvado

talvez o que ele diga pegue

a este quanto de ser muito tarde e estarmos sóbrias

como os santos nos seus momentos de pedra

que não foram feitos para arcar

com toda esta perda que nos rodeia

ainda que não seja ainda esta, francisca, a conversa

que vai descambar para a minha absurda necessidade

de mais estátuas de santas em êxtase

mais estátuas de santos a divertirem-se

em todas as alamedas de todos os jardins

de todos os claustros do mundo




a atenção de uma promessa também é isto

este momento dado por uma amiga

um tempo fora do seu rigor





na abertura de uma primavera

que carrega nela a cicatriz de um longo inverno

uma abertura voraz e em vermelho

de frutos que hão-de brotar inteiros e doces

e também nós não querermos

acreditar num deus que não dance

num deus que não aceite o nosso sangue

a sua velocidade quente

os seus jogos de inquietude e retrocesso

tão pronto para pequenas absurdas conquistas

um deus que não se sente para uma conversa connosco

é o que não poderíamos aturar




porque também nos momentos de pausa

o ardor do mundo arca com o seu próprio peso

abre-se no seu fogo contra a contracção

de um punho que se fecha sobre os nossos úteros

os nossos braços os nossos olhos

a nossa alegria que ninguém poderá quebrar

que ninguém poderá quebrar



mas penso que o ardor do mundo

conta até o tempo

de quanto durou esta pausa

tão inclemente que saberá até

quanto tempo levou até o açúcar

de sucessivas barras de chocolate

ter redundado em sugar rush




mas descola-se e vai cair



já está na luz inscrita no corpo do santo

na ausência prometida pelos delicados detalhes

do seu brocado de mártir

para ficar tão iluminado

tem de ser assim vivo, pedestre, pagão

capaz de uma caminhada em linha recta

luz vinda de baixo para cima e assim aceite






Berlim, 25 de Maio de 2018


Oxford, 28 de Maio de 2018






febrero 23, 2019

Pablo Anadón: sobre un episodio de la vida de Rudyard Kipling

Rudyard Kipling


Termino de ver la hermosa y terrible película "My boy Jack", sobre un episodio de la vida de Rudyard Kipling y su familia, cuando el hijo mayor, John, de 17 años, decide alistarse como voluntario en el ejército, impulsado en parte por su padre y los principios heroicos y nacionalistas de su padre, y en parte por su deseo de alejarse de la atmósfera "oscura y depresiva" (al decir de la hermana menor de John, Bird) de la casa familiar. Kipling, por su prestigio y su influencia en los altos mandos, logra que su hijo sea enrolado, a pesar de haber sido exceptuado por la edad y por ser corto de vista. Es ascendido a teniente y enviado a Francia, donde apenas llegado participa en la batalla de Loos, del 25/28 de septiembre de 1915, en la que es herido y declarado desaparecido. Los padres hacen todo lo posible para dar con su paradero, hasta que un soldado que estaba a sus órdenes y que participó a su lado en la ofensiva británica, los visita para contarles lo que vio en la sangrienta refriega, en la que murieron 50.000 soldados ingleses e irlandeses y aproximadamente 25.000 soldados alemanes (en ella murió el jovencísimo poeta británico Charles Sorley (1895-1915), y el escritor Robert Graves, también miembro del ejército británico, sobrevivió y describió en su autobiografía la batalla). Se atribuye a este episodio trágico el origen del conocido poema de Kipling "My boy Jack", con el que concluye la película:


"Have you news of my boy Jack?”

Not this tide.
“When d’you think that he’ll come back?”
Not with this wind blowing, and this tide.

“Has any one else had word of him?”
Not this tide.
For what is sunk will hardly swim,
Not with this wind blowing, and this tide.

“Oh, dear, what comfort can I find?”
None this tide,
Nor any tide,
Except he did not shame his kind —
Not even with that wind blowing, and that tide.

Then hold your head up all the more,
This tide,
And every tide;
Because he was the son you bore,
And gave to that wind blowing and that tide!



Mi hijo Jack



“¿Tienen noticias de mi hijo Jack?”
No con esta marea.
“¿Y cuándo piensan que regresará?”
No con tal viento ni con tal marea.

“¿Una palabra suya alguien tendrá?”
No con esta marea.
Porque lo hundido no puede nadar,
No con tal viento ni con tal marea.

“Oh querida, ¿un consuelo podré hallar?”
No con esta marea,
Con ninguna marea,
Salvo que a nuestra sangre supo honrar —
Incluso con tal viento y tal marea.

Alza, pues, la cabeza cuanto puedas,
Aun con esta marea,
Y con cualquier marea;
Porque él fue el hijo al que le diste aliento,
Y entregaste a este viento, a esta marea.


RUDYARD KIPLING (1865, Bombay, India Británica /1936, Londres, Gran Bretaña)
Imagen: vozpopuli

febrero 21, 2019

Alberto Cisnero: Adiós con escénica rapidez


22          



polvo y niebla de los callejones, ya no me 
siento solo. espero no llegar muy lejos, espero 
que por la mañana me encuentren sonriendo 
por un sueño que no se truncó. mirando largo 
rato el blanco de la página, en silencio. 
la tierra mantiene su imperio despedazando
hombres, puentes, casas. levantamos banderas
ajenas y hasta alguna nuestra. cualquiera
puede identificar y elegir el bien. esa es mi
tapera, mi destrucción, mi fantasía desarticulada.
aquí estoy, alegre, dispuesto a incluirla
en la deferencia sutil de algún epigrama.
y recuerden los viejos camaradas: no recitamos
los mismos libros que nuestros mayores,
los suplimos con furor.



27



sucedió algo determinado. prometí algo
sin decir qué,rendí las llaves de una ciudad,
lo empeñe todo y empecé de nuevo.
para escribirlo. para procurar evidencia.
para obligarme a creer en esa peripecia que hace
brotar flores de mistol, del aire, tan sólo
con aludirlas.definitivamente, no hay prisa.
un cielo impecablemente negro, el papel
limpio y vacío y perfectamente ordenado
mientras nuestras moléculas se confunden,
tienden hacia lo que van a destruir, establecen
su propia relación con el pasado.
cosas que uno nunca aprendió
y que recuerda nomás. o que imagina querer.
existen como este manuscrito, un río o un rincón,
indiferentes a quien lo descifre o a quien
vaya a hundirse en él.



33



todo ya fue escrito hace mucho tiempo.
los insectos estivales chocaban contra
la lámpara. ahora lo único que te resta es exponer
material de desecho, reiterar la sencilla crónica
de su pasado,los atributos externos
con los números pegados en ellos para los salones
de subasta. y que sea incompleto o repelente
en la vetustez de su tema. estuviste ausente
y encontrás de pronto las puertas cerradas
y las ventanas a oscuras. y tras el frescor de ese
primer cortejo, devuelto a su sentido prístino
el impulso de ponerle un fin iracundo, resolvés
escribir otro poema (cedido, propio, hurtado),
no importa sobre qué. extendés la mano y te decís
adiós con escénica rapidez, sorprendido sin una
opinión sobre los detalles faltantes, sin ocultarte,
permaneciendo en un rincón.


De: "Forma parte de mi guerra", Barnacle, 2019
Otros poemas de ALBERTO CISNERO, aquí

febrero 16, 2019

Jonatan María Reyes

Jonatán Reyes


|00|12|     




el vértigo aviva las cosas inanimadas 
como un desliz es una hora errónea. 
quién sabe. sólo sabemos que nunca 
llega la hora / sino que hay que llegar 
a ella / sí / claro está. hay que llegar 
como una colisión / llegar y meterse 
en sus concavidades / y ser cardumen 
brazada / delta / lo que sea / y sellar 
la cáscara / bucear. 

o también / digamos
                                     que nosotros 
somos la hora que / nos alargamos 
y astillamos 
    y que a su vez nos descolonizamos
que la hora es nuestra propia 
                        y hermosa desolación.

venidera sí la nauseabunda sensación
cuando nos enteramos / a contratiempo
que el pegamento se terminó.  sí / 
siente el levitar intrincado 
                             siente la fecha cómo
se despega                                 
                  mira los dígitos a media ruta

mira el punto de cierre / allí dilatándose
siente la anémona que revienta bajo la piel.



|00|19|



hoy saliste de la máquina e imitaste
el zumbido del cuerpo cuando revienta 
en lo profundo

hoy saliste de la máquina 
trenzada y telepática / con tu huella 
impresa en el augurio lábil de los días 

y te sentí interferencia / te sentí brizna
de otra rauda que se tuerce maleza

te sentí danza nada más 
                             sobre esa loseta
trastocada / de frente 
al cénit que te inventa / de un sólo golpe.



|00|24|



hemos  predicho esta zona fingida
la insensatez de lo que se despega
la herida viva hasta su trascendencia

pero / digamos que seguimos siendo
perros de sol que se descascaran con
el trueno / que el silencio dispone
lo insólito a la redonda / que 
la belleza irradia en su derrumbe

esta clarividencia que nos vincula es 
la dilatación de tu cuerpo cuando se
tuerce en el mío / desliz de tu carne 
reproducción de un futuro que sutura
las cáscaras como si fuesen augurios

diríase la nada es el dorso de otra caricia
la corteza retiembla en su traslado
el ramaje nos presagia / que un fin fuese
absurdo / pues la vida reinicia en su trance.

De: "Databending", Barnacle, 2019


JONATAN MARÍA REYES (1984, San Juan, Puerto Rico)
Ha publicado los libros:Actias Luna(2013), SunnySonata (2014), Aduana (2014), Filmina (2016), Perdíamos la gracia y el verano (2017) y Data de otro ardor (2018).
Su poesía fue publicada en diversas revistas internacionales de literatura y poesía, de Colombia, Argentina, Venezuela, España, Grecia, Italia, Brasil, Ecuador, Estados Unidos, Chile, Bolivia y México. Su libro El oleaje que nos deshace resultó finalista del Premio Internacional de poesía Francisco de Aldana. En 2018 recibió el Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero por su poemario Data de otro ardor.
Ha sido traducido al italiano, griego, inglés y portugués.
Es director y editor de la revista de poesía Low-fi ardentía

febrero 07, 2019

Robin Myers: Después de Coahuila, Del Río, San Antonio, Chicago y Janesville, en Wisconsin

Robin Myers


Viendo una fotografía de mi abuela Estela, a quien nunca conocí



Después de Coahuila, Del Río, San Antonio, Chicago y Janesville, en Wisconsin,
de la revolución y sus fronteras de arena movediza y de su padre ansioso en pleno caos,
después de aquel trabajo largo y almidonado que tuvo él en la compañía Parker, leyendo
sin palabras, día tras día, el periódico con una de las manos detrás que se alargaba en busca del tazón
de chiles jalapeños, después de que nacieran uno tras otro la hermana y los hermanos,
algunos con nombres que en la lengua cambiaron de idioma y otros que hincharon
sus bordes ingleses como un mosquitero en el verano, después de los rebozos y las faldas
y los sombreros y los minúsculos violines que debieron tocarle a los vecinos, ninguno
de los cuales se parecía a ellos, cuando se presentaron,
después de la universidad, a la que ella marchó, sola y en contra de las órdenes —luego de que, como se dice
cuando las jovencitas hacen esas cosas, “huyera de su casa”—, después
de su amante egipcio y el horror de los padres de ambos, después de la guerra,
después de que mi abuelo, un filósofo alto, pelirrojo y gesticulador, fuese enviado
a una nave en mitad de un océano repleto de metal, y después de un feroz
brote de varicela que lo hubiera matado pero que en realidad lo rescató
de aquello que diezmara a los demás y en cuya compañía estaba, después de un
hermano muerto y luego otro, el que había querido morir, y antes que
sus hijos, tres de ellos —cuatro, contando al que vivió unos días
antes de que él naciera: Bruce—, mi padre era el segundo, antes de aquella casa en Denver
con jardín trasero, antes de aquellos perros cuyas caras ella tomaba entre sus manos
para lanzar insultos amorosamente en esa lengua que sus padres no hablaban ya
salvo entre ellos, antes del par de años en Lima, antes de que ella diera su permiso a los hijos
de ya no ir a esa estricta escuela católica donde les escocían las palmas de las manos,
antes de que mi padre y su hermano, en la más refulgente acción de triunfo
que puede concedernos una infancia, arrojaran al mar sus libros de texto desde un acantilado,
antes de la casa que ella y mi abuelo habían querido construir en un pueblo de Michoacán
con nombre de columpio —E-ron-ga-rí-cua-ro— y no lo hicieron nunca, antes
que a él se le parara el corazón, antes de aquellos años afligidos que mi padre pasó como asistente de hospital,
pedaleando de forma delirante bajo la nieve rumbo a sus talleres literarios al salir de su turno por las noches,
antes de la otra guerra, de las tres conscripciones de mi padre, salvado cada vez por ésta
u otra báscula, antes de que viese a mi mamá en un aeropuerto, antes de Nueva York
y los suburbios y de mí y de mi hermano y de todos los sitios donde hemos crecido,
antes de abrírsele México de nuevo, al fin, pero no como ella lo había imaginado,
recorriéndolo a solas, rentando una vieja casa en una ciudad con nubes bajas y oscuras escaleras
que subían y bajaban desde el lago —una ciudad más grande ahora, tumefacta
de tráfico a lo largo de sus calles raquíticas, una tierra arrasada en forma tal que la hubiese hecho trizas
de haber vivido como para saberlo—, antes de aquellas cartas que le escribió a mi padre
en sus dos lenguas y antes de haber estado yo al pie de la catedral de Xalapa,
desconociendo si ella había entrado alguna vez ahí —yo no—,
pero con la sospecha de que ella, al menos, había estado allí también, al pie,
mi abuela —de veintisiete, veintiocho años, quizá de treinta—
baila a solas en un vestido blanco, con los brazos ligeros y descalza,
con faldas que en torno a ella lo barrían todo en una ráfaga de gracia,
su rostro oscuro inclinado a la cámara pero sin ver hacia ella,
sonriendo un poco, como si se asombrara a sí misma en silencio,
como si ella supiera que tenía algo hermoso en su interior
y había vivido ahí todo ese tiempo,
y que había decidido,
en ese mismo instante
y con su ayuda,
hablar.



On Seeing a Photograph of My Grandmother, Estela, Whom I Never Met




After Coahuila, Del Rio, San Antonio, Chicago, and Janesville, Wisconsin,
after the revolution and its quicksand borders and her father smoldering in the shuffle,
after his long, starched-collar tenure at the Parker Pen Company, wordlessly
reading the newspaper every day, a hand drifting out behind it to feel for the bowl
of little peppers beside him, after the sister and brothers born in succession,
some with names that changed language on the tongue, some that swelled into
their English edges like a screen door in summer, after the skirts and scarves
and hats and tiny violins they were instructed to play for the neighbors, none
of whom looked very much like any of them, when they came to call,
after college, which she left for, alone and against orders —after, as people say
when young women do such things, she “ran away from home”— after
her Egyptian lover and the horror of both her parents and his, after the war,
after my grandfather, a tall, grinning, ruddy-haired philosopher, was sent
on a ship to the middle of an ocean teeming with metal, and after a ferocious
bout of chicken pox that could have killed him but actually plucked him out
of what slaughtered the others in whose company he’d gone, after one
dead brother and then another, the one who’d wanted to die, and before
her sons, three of them —four, counting the one who lived for just a few days
after he was born: Bruce— my father the second, before the house in Denver
with the garden in back, before the dogs whose faces she’d take in her hands
to lovingly insult in the language her parents had stopped speaking to everyone
but each other, before the two years in Lima, before she let her children
stop going to the steely Catholic school where their palms had smarted,
before my father and his brother flung, in the most resplendent gesture of triumph
a childhood could possibly grant, their textbooks off a cliff and into the sea,
before the house she and my grandfather had longed to build in the Michoacán town
with a name like a swing—Er-on-ga-rí-cua-ro—and never did, before his
stopped heart, before my father’s stricken years as a hospital orderly,
biking delirious in the snow to his writing workshops after the night shift,
before the other war, my father’s three drafts, each time reprieved by this
scale or that one, before he saw my mother in an airport, before New York
and the suburbs and me and my brother and everywhere that’s grown us up,
before Mexico opened itself to her again at last, but not as she’d imagined,
going it alone, renting an old house in a city with low clouds and dark stairs
clambering up and down from the lake —a larger city now, tumefied
with traffic along its skinny streets, land ravaged in ways that would have
pierced her had she lived to know— before the letters she’d write to my father
in her two tongues, and before I stood on the steps of the Xalapa cathedral,
not knowing whether she would have ever gone in —I have not—
but suspecting that she would, at least, have stood here too,
my grandmother —twenty-seven, twenty-eight, maybe thirty—
dances by herself in a white dress, soft-armed, barefoot,
her skirts sweeping up around her in the gust of her grace,
her dark face tilted toward the camera but not looking into it,
smiling a little, as if quietly astonishing herself,
as if she knew she had something beautiful inside her
that had lived there all along
and had decided,
right at that very moment,
with her help,
to speak.


Otros poemas de ROBIN MYERS, aquí
Traducción: Hernán Bravo Varela 
Fuente: https://www.revistadelauniversidad.mx/
Imagen: Youtube

febrero 05, 2019

Ángel Faretta

Ángel Faretta

A quien se sienta a mi lado



Por qué Dios mío, frente a la belleza
posible, como Narciso a contracorriente,
evitás todo posible contacto cuando
huido ya de la tentación del espejo
lo otro me atrae fuera de mi yo.
¿Por qué? Te pregunto otra vez,
se repite esta no especular razón
que hace huya de mi ser parcial
buscando completarlo en otro.
¿Has tenido a bien –o a mal-
buscar mi perdición, cuando
no hago más que buscar
eso que pusiste en tu mundo
para así valorar lo tan bello
de tu obra? Siempre tarde
con torpezas y errores;
nombres apenas borroneados,
falta de señas, adioses apurados;
sueños que buscan compensar
vanamente lo no logrado; así

me apartás desde siempre

-o muchas veces, entonces-
de la piel vista y deseada
el paisaje carnal, el borde
de la prenda o dobladillo.
Penosa peripecia y pena.
¿Me vas a dejar tan sólo
la belleza de la imagen
vuelta pintura o film?
Todas son naves que se van
en este tiempo, y que solo
dejan una estela en el mar
inquieto de mi deseo 
tenaz. Aún en lo bajo
lo alto permanece.
Chet Baker ya sin dientes
al pico de su trompeta…
en Tokio en busca 
de un zen ya vuelto 
clisé y comentario. 
Me tiro al piso,
me desgarro, si llamás
desde ese otro lado.

Otros poemas de ÁNGEL FARETTA, aquí

Ed Ochester


Trabajando en una tienda de cortinas







"Sabes tipear?" me dijo Jake.

"Tal vez diez palabras por minuto."

"Está bien," dijo Jake," sólo recibimos

dos, tres cartas de vez en


cuando,

lo que necesitamos es un chico inteligente

que sea amable con los clientes,

no necesitas saber nada de cortinas,

sólo se amable cuando la gente cruce la puerta,

conversa con los compradores

no necesitas saber nada de cortinas

sólo llévalos a las muestras,

tenemos todo, los estilos, los precios,

puestos en las etiquetas.

Lo que necesitamos es un chico amable

y educado, como tú. Lo harás bien."




Y lo hice, y esto es un elogio a Jake,

que haya sido próspero, quien me pagó por nada,

quien conocía el gran secreto de


la vida:

"sé amable," y quien


me mandó una vez con rosas

al departamento de una clienta

con una advertencia: "ella es una dama,

dale un vistazo a la casa y cuéntame,

puedes saber mucho de la gente

por cómo es su casa," y volví

y le dije "su casa es linda, y ella es muy bonita,

y tiene un montón de libros de Shakespeare

en su living," y Jake dijo "mierda,

no llegaré a ninguna parte con ella

si es una intelectual."






WORKING AT
THE WHOLESALE CURTAIN SHOWROOM "Can you type?" Jake said./ "Maybe
ten words a minute."
 /"That's ok," Jake said, "we just get/a


couple letters now and then,/ what we need is a smart kid/ to be nice to

customers,/you don't have to know nothin about curtains,/ just be nice when

people come through the door,/ talk nice to buyers you don't have to know nothin

about curtains/ just show them the way to the samples,/ we got all the stuff, the

styles, the prices,/ printed on the cards./ What we need is a nice/ educated kid,

like you, you'll do fine."//And I did, and this is in praise of Jake,/ may he have prospered, who payed me for nothing,/ and who knew the great secret of living:/ "be nice," and who once sent

me with roses/ to the apartment of a female buyer/ with the warning: "this

is a fine lady,/ look around and tell me what the place looks like,/ you can tell

a lot about people/ from the look of their place, " and I came back/ and

said "she's got a nice place, and she's really pretty,/ and she's got a

full set of the Yale Shakespeare books/ in her living room," and Jake said

"oh, shit,/ I'll never get anywhere with her/ if she's an

intellectual." 





Ed Ochester

Ed Ochester (1939, New York, Estados Unidos de Norteamérica)

Fuente: Letras en línea

Enlaces: https://www.poets.org/poetsorg/poet/ed-ochester



enero 27, 2019

Claudia Masin: un poema inédito

Claudia Masin


Salvaje    


Todas las cosas buenas son salvajes y libres 

Henry David Thoreau



Un cachorro de jaguar abre los ojos 
cuando la luz empieza 
a retirarse y es la hora del hambre, de aprender 
a procurarse el alimento 
por sí mismo. Cierra 
los ojos cuando el sol aparece, 
en medio de las hojas filtrándose, 
tocándolo como se toca a un animal salvaje 
aún pequeño: con suavidad, 
con miedo, con prudencia. Yo te dije: 
un jaguar no es hijo 
de nadie, es siempre huérfano. Pero quisiste 
darme casa y alimento, la domesticidad 
que cura y tranquiliza a los serenos, que enloquece 
y esclaviza a las fieras. No quiero 
la familia, la casa, la luz demasiado brillante 
sobre el cuero. Duele. El cuero está curtido 
pero debajo hay lastimaduras y el calor 
las trae de vuelta, me hace volver 
a retorcerme, es la soga que me encorva 
y me entristece. Yo te dije que no puedo. 
No puede la bestia calmarse y condolerse
de sí misma, no puede desprenderse ya
de su fiereza que es amor
aunque aterre a todo el que se acerca: amor a la inestable
y violenta vida que encrespa los nervios,
amor a las silenciosas
ramas del álamo que espera la estampida
porque en su interminable estarse quieto es el momento
más precioso: el momento en que despiertan
las criaturas del bosque y se aparean y se matan
y se lamen las heridas mutuamente, una vez
terminada la batalla que siempre,
pero siempre, recomienza.


Otros poemas de CLAUDIA MASIN, aquí

enero 26, 2019

Gerard Smyth



Gerard Smyth



Rendición



Tu viejo vestido de chiffon


cuelga como el fantasma de Emily Dickinson,

triste y desdichado en el cuarto del fondo. 


Un cuarto al que rara vez entramos.

Evoca recuerdos de una noche en los conciertos, 

un día en Rávena.


Ahí consignamos

a la pila de trapos y el revoltijo de cosas

tu ropa elegante, mi traje de tweed


grueso como una armadura.

Ahí en el armario con perchas de madera

está el sombrero de paja 


de tantos viajes, el ala estropeada; 

y la chaqueta suelta, que perdió algunos botones: 

en otro tiempo de moda,


ahora anticuada como el echarpe de Aran

o la camisa con vuelos, deshilachada lo mismo

que una bandera de rendición.




SURRENDER



Your old dress of full-length chiffon / hangs like the ghost of Emily Dickinson / looking forlorn in our backroom. // The room is one we seldom enter. / It prompts memories of an evening / at the proms, a day in Ravenna. // It is here that we consign / to the rag-heap and the jumble pile / your glamour frocks, my tweeds // as thick as body-armour. / The straw hat that has travelled far / is there in the closet of wooden // hangers, hems unravelling; / and the baggy jacket, some buttons gone: / once it was fashionable, / now it is dated like the Aran-shawl / and the shirt with flounces, / frayed like a flag of surrender.



Gerard Smyth (1951, Dublin, Irlanda)

Traducción: Gerardo Gambolini


enero 20, 2019

Roberto Echavarren

Doble sueño    




Llevabas el cabello suelto con meneo
que tus pasos exageraban a chasquidos.
Bajabas la calle. Nunca supe de ti.
Tu resplandor quedó prendido
al espejo convexo de un convertible estacionado.
Los árboles rompían el silencio con crujidos.
No era alegre la tarde
— no es alegre el silencio sino tranquilo
y fortificado en sí, cóncavo
en la palma de la mano. Después de tu pasaje
parecía que podías llegar. Alguien podía 
vernos a los dos — en otra parte, ni antes ni después
(al costado). Bajabas
del convertible con tricota rosada .
La portezuela al cerrarse implicó otras subidas y bajadas.
Habíamos estado juntos una vez. En la vida paralela
tuve el hábito de estar cerca de ti.


Nostalgia



Un pobre animal asustado
contra el rincón de la cabina
ya no sale al encuentro de alimentos;
preserva una semblanza,
una concordia, una visita.
El casi cadáver agoniza enfrente.
Podemos vivir solos
pero no sin compañía de los muertos.
Viento negro atraviesa
el boquerón desgarrado.
Entramos en la alberca; gotea lluvia cálida:
aquí ellos acompañan el eco y el silencio.
El casi cadáver, Berenice,
emergió con la tea de la luna 
para mirarte, buscarte todavía —
ojo vidrioso, muda
pero con el ademán
de quien hablará última.
Señala el cielo
con guante transparente que engloba el paisaje
y se ausenta en mitad del recuadro.
Vendrá la muerte, tendrá tus ojos:
avispas oscuras
entre el labio y el plato de fruta.
Habrá una atmósfera cálida.
¿Qué pasó con la visita?
No se transforma sino en ella
misma todo el tiempo:
le creció el pelo, se le mueve por la espalda
negra hasta los zapatos;
se volvió al costado para decir: lindo perro. 


El claro




Ahora puedo escribir en pleno día
sobre el acolchado de la llovizna nivosa.
No lleva a ninguna parte;
deja la luz en desbandada , los ojos
en barbecho. Esta vez
no es como las otras. Ahora
no se trata de escribir al costado del día.
Las trampas de cazar erizos traquetean 
en el vacío. El coto resuena
con el caballo que estuvo ayer.
El Invierno es la estación cuando el cielo, borrado de pájaros,
cruje de súbito junto a un banco de madera.
Fue un pájaro, me dirás; yo podré estar de acuerdo.
Ahora — de día — estamos recogidos
como a la noche.
Ahora sí estamos solos.
No se ve el tiempo en que te perdí.
Podremos tomar café
frente a una ristra de tablas empapadas, en vacaciones.
Ya no sé de ti
salvo en una conversación de cosas.
Ya no sé de ti
— pero el día no sabe nada de nada.
Disponibles, tranquilos
tenso el arco de caza,
esperamos las bestias que han de ofrecer
junto a la verja visitas
por el vapor borradas. 




Retrato del poeta Roberto Echavarren mirando de soslayo, con anteojos sobre un fondo oscuro
ROBERTO ECHAVARREN
 (1944, Montevideo, Uruguay)

Imagen: Héctor González De Cunco

enero 17, 2019

Juan Liscano

Juan Liscano

Siempre


A Carmen Teresa


Decirlo
No se sabe sino ignorando
cuando se avizora
cuando se prueba el saber de sabores
cuando se levanta entre las sábanas
un feroz paisaje de olores y de lianas
cuando la desnudez
               frágil y poderosa
resplandece en la penumbra de la alcoba
y el tiempo grita 
               y se oyen nombres
palabras recortadas por tijeras de fuego
y se sabe y no se sabe
               y se es sabor
y todo sabe a cuerpos vivos fermentando
recobrados los instintos cazadores
iniciales
recobrada la virtud de estar
juntos solos
y en las axilas se besa un íntimo amargo
y lo oculto abre su interior
en la prueba de probarse
contra la muerte
                         que espera.



No pasa el tiempo




No pasa el tiempo
           pasamos nosotros.
El tiempo no tiene tiempo
mas hay el desgaste nuestro
los tajos
nuestro miedo
a ser devorados por el porvenir
y cabe decir que no hay muerte
porque la muerte no muere
mas hay nuestro pavor del vacío
del hueco
de ser borrados por la ausencia.

Tiempo y muerte: vocablos
nacidos de un pánico antiguo
nombres secretos
de la poda la cosecha los renuevos.
Están en la afluencia solar de la energía
en el movimiento de la vida
en el mínimo resplandor terreno
— esas uvas que relucen en el mediodía
con su promesa y su presencia. 


JUAN LISCANO (1915 / 2001, Caracas, Venezuela)
Fuente: Digital Commons