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agosto 08, 2020

Armando Romero


Brisa 



El sólo movimiento de una hoja en el limonero puso en actividad toda la casa
A ras de suelo un leve humo disipó sus sombras y dejó al descubierto el dulce
                ladrillo de los antepasados
El antiguo fantasmero de caoba fue puras risas entrecortadas y pasos  blandos
                como guantes
Las vigas en el techo y el soporte de las arañas temblaron como una trapecista
                en celo de tendones
-Apagada estaba ya la vela en el altar contra el rincón y no se movía-
Al borde y al centro de una pantalla de adobe había ahora puertas y
                ventanas en vaivenes de secos golpes y monótonos
Paso tuvo el sol que quedaba restando y sumando por los postigos y los portillos
En la fragilidad de sus lazos y la corredera del hilambre la hamaca dijo sí o dijo nó
Corrió veloz la mariposa única hasta el escaño deshuesado y sólido que esperaba
                en el corredor
Y desde allí la ahumada cocina hizo leve muestreo de rescoldos y cenizas
Viejas ollas en depósito de sentencias y perfumes
Desierto de áridos granos y legumbres florecidas
Leña ya en el musgo y el renacimiento de las parásitas
Tardo hueco del fogón y su encanto
Platos y tazas desportillados por un constante repique de los usos
Pocillos en la pared como una interrogación colgando
Por el patio donde se desvanecía el acento trinitario y el punto aparte de las gallinas
caminó como un murmullo que no era sino roce y frotación de pieles desnudas por la
hierba
El cielo se sostenía en un meridiano preciso que era una nube gris y
                   muchas blancas más azul
Fue sólo un múltiple movimiento de pies como las hojas cortadas del plátano
Un sólo movimiento en esa tarde
Pero al detenerse el limonero
Todo en aquel sitio continuó como antes



Tentativa de canto en el camino

Meeting at night

“¿Oyen los muertos lo que los vivos
dicen luego de ellos?”
Luis Cernuda


No es fácil  encontrar en el cementerio
de la Isola di San Michele
a estos dos habitantes de la noche y el día.
A pesar de que casi se tocan con los pies o las manos,
sus tumbas guardan precavido silencio.
Poco tienen para decirse
estos combatientes derrotados
en la guerra fría.
Victorioso en el desborde de sus palabras,
el uno.
Victorioso en el verbo contenido,
el otro.
Felices de verse a cuerpo entero en el poema,
aunque derrotados al fin.
En la Isola di San Michele
una de las tumbas se regocija entre las flores,
manos dulces y amigas
vienen a menudo a acariciarla.
En la otra sólo se nota una mano solitaria
que a intervalos limpia el polvo
y controla la enredadera.
Nunca se conocieron,
ni hubieran querido hacerlo, de seguro,
estos dos habitantes de rostro maldito por la poesía.
El más viejo,
Ezra Pound
en la ironía de su nombre,
rugía de ira frente a los gusanos
de la usura en su patria, que era el mundo.
El más joven,
Joseph Brodsky
en la ironía de su nombre,
aplastaba con los dedos de sus palabras,
la insana y maligna burocracia de su patria,
que era para él sólo una parte del mundo.
Ninguno odiaba lo que el otro odiaba,
o amaba lo que el otro amaba,
excepto esta tierra que ahora visten
como sepultura.
Esta tierra de marinos y comerciantes
y viajeros atropellados por la muerte
en lápidas envejecidas
por el sol y el descuido.
No es para contemplar fantasmas
que  uno se acerca  a estas tumbas,
ni para oír sus diálogos secretos
sobre la inmortalidad del alma,
es quizás para ver
que el sol se hace noche
en los versos rimados y los metros precisos
del más joven y moderno,
mientras que en el más viejo y antiguo
sus versos saltan libres
de las rejas de las páginas,
y en diversos idiomas
imponen la prosodia de su osada aventura.
Sin embargo, si un oído allá esta noche
nos permitiera oírlos leyendo sus poemas,
encontraríamos la misma cadencia,
el dejo que permite el arrastre de las sílabas.
Bien sabemos que ambos habitaron
su imagen con orgullo y soberbia,
que apostaron a perder el cielo
para ganar la tierra,
que respondieron con fuego y dolor
a las tres preguntas de Dios,
porque ante el estar, el ir y el venir
imponían el incendio de adentro.
Por gritar desaforado,
por no roer su ira en sus intestinos
como lo hacen los hipócritas,
el de barba blanca y ojos enloquecidos
va al encierro del hospital Saint Elizabeth,
for the criminally insane;
por vagabundo,
poeta sin oficio conocido,
lacra de la sociedad,
parásito,
el de ojos tristes y rostro desafiante,
va a las estepas del Gulag.
Hijos de la historia,
y por ella condenados y consagrados,
sólo les resta el exilio
de lo que a duras penas podrían llamar patria.
Debe haber sido la diosa Fortuna,
que se pasea por la Plaza de San Marcos,
quien vino a anclar juntos en este cementerio
a estos dos seres que atormentados
atormentaron con sus versos los imperios.
No se conocieron,
ni se amarán nunca,
escrito va en la eternidad.
Pero juntos son una verdad
que ya es muy difícil ver
en este mundo de mentiras
que jugamos como niños perdidos.
Ya no nos quedan lenguas y plumas
para aquél que hablaba todas las lenguas,
o para éste que volaba con todas las plumas.
Pienso que si hay una luz
que los hermana y los une,
está allí por los meandros de Venecia,
en la parte roñosa de una iglesia,
en un oloroso portón,
en la calzada de los incurables,
o tal vez en una gárgola, una columna,
el polvo.
Extraño es pensar
que ahora no viene a mí
la palabra
agua.



Armando Romero
ARMANDO ROMERO (1944, Cali, Colombia. Reside en EEEUU)
Fuente: Lyrikline | Revista Altazor | La Otra
Imagen: Mecánica Celeste

agosto 02, 2020

Daniel Oronó: Un jadeo de ser


SEIS POEMAS CON IRMA

1- PISTA VACÍA




En mi infancia mi madre
limpiaba los pisos de la casa
con encomiable pasión y lavandina
mientras cantaba
con Eydie Gormé y el trío Los Panchos, 
con Julio Sosa o con Sandro,
con los Wawanco  
o algo a la moda.
Iba dejando brillante 
el living y los cuartos.
Fatigada de todo 
después
tiraba a un lado el delantal  
apagaba el tocadiscos
y se fumaba un jockey satisfecha,
sentada.
Y entonces era 
cuando solo 
el silencio tirano comenzaba:
todo quedaba listo, 
transparente
para que nadie 
comenzara 
a bailar.



2- INTIMIDAD SONORA  




Y con la casa limpia
reluciente
apagaba el pucho del descanso
y en un silencio como orquesta
mi madre sola 
empezaba a girar
con la mano en el vientre 
y el otro brazo 
como parando un taxi.
Era un instante eterno
con sus ojos cerrados
de intimidad sonora
transparente
en que nunca sabré
si entraba en éxtasis
o se burlaba de sí misma.
En todo caso
compensaba el secreto
que había entre 
la mecánica mudez 
del tocadisco
y la memoria de los bailes
que guardaba en sus piernas.
..al fin, 
solo un detalle abrupto
de indócil cenicienta
contra ese ruidoso cuento
cotidiano
llamado mugre, 
rutina, realidad.



3- DESPUES DEL A.C.V




Sentada frente al televisor
con su espasmódico brazo izquierdo
y el trípode en su derecha
mirando el vacío general de lo existente
nada la asemeja a esa madre
socialmente sonriente y bien dispuesta
de los años sesenta;
la misma que después se fue desdibujando
entre los ansiolíticos y las estampitas con velas,
…y aquel fracaso matrimonial
que aún no prescribe.
Frente a ese resplandor 
le desconozco ahora su bulto de ser
con la mera perduración
de lo que no prospera.
Así no encuentro en ella
ni la más mínima convicción
de haber sido alguna vez su hijo.
su empecinada y ajena
consecuencia. 



4- FECHA VENCIDA



Papá, mamá: 
Yo ya no tengo de qué quejarme.
El amor fue difícil.
Hicieron lo que pudieron
conmigo y con ustedes.
Conservo en un cuadrito
esa precaria perfección 
de una foto de infancia 
en que estuvimos juntos:
sin pronósticos de lluvia 
o vientos de tristeza
parecemos felices frente al sol,
y hasta algo tontos.
Después 
de a poco o de repente
cada uno del otro 
nos fuimos alejando sin respuestas. 
Pasa. Es duro y es sencillo:
en la larga tormenta de los años
apenas nos tuvimos a nosotros,
cada cual a su amparo.
La vida en su inclemencia
tiene esas cosas:
preguntas incómodas 
que el tiempo gasta.
Respuestas 
con su fecha vencida
que ahora a nadie importa.



5- CENIZAS




A la cremación del cuerpo
de lo que fue mi madre
asistieron tan solo
tres amigos remotos de la infancia
los cuales como yo 
han comenzado a envejecer 
con insistencia.
Nada se dijo de ella
y acompañaron solidarios.
Solo se limitaron a impedir
mi proyecto de esparcirla 
en el fluir del agua
que va hacia el mar 
por el canal vecino.
La sensatez argumentaba
la seguridad de una bóveda prestada
y un sencillo trámite municipal.
Hasta en la metafísica encrucijada
de unas cenizas con nombre de mujer
lo social fiscaliza
el rigor de las normas. 



6- A SALVO




“Ahora que mi madre ya está muerta,
no podrá morir de cáncer como lo anticipaba,
no tendrá que engañar a los mormones 
ni a los testigos de Jehová
ni a las legionarias de María
con falsas devociones
para tener alguna compañía piadosa
en el duro desierto de las siestas
o en la amenaza de los atardeceres,
ni tendrá que dejar
las luces prendidas de la casa para dormirse sola.
Ahora ya está muerta
a salvo del cáncer y las sombras, 
de la mugre, de Dios, y de todos los amores
que intentando no pudo.
Pero en esencia
está a salvo de ella”.
Todo esto pensé
mientras abrí apurado
la ordinaria cajita de pandora de su vida,
Volcando de a poco
sus cenizas al canal,
con cierto nerviosismo
como si fuese un delincuente
que despidiendo a un cómplice inmediato
ni siquiera ha aprendido a llorar y huye
con la falsa esperanza
de no dejar ni huellas,
Ni rastros, ni señales
de aquello que la sangre ominosa
A unido para siempre
Al miedo, a la desdicha.



ANIMALES 




El perro que me sigue a todos lados
no sabe que soy un hombre.
Me ve desayunar, pintar paredes,
dormir o caminar, leer un libro.
Desde su libertad, el holgazán, 
me va observando 
las exigencias de existir en mi prisión,
quien le aproxima el agua y lo alimenta,
porque mueve la cola  
y así se explica el mundo.
Ante sus ojos
debo ser lo que al fin soy : otro animal,
un latido tropezando con todo,
un  jadeo de ser 
por su anhelado hueso
enterrado a futuro.
Y lo que es peor,
al que hay que acompañar
olfateando la vida
pues el pobre, 
degradado a pensar,
al no ladrar, 
escribe o habla.   



ESTAR AVISADO




perderás la intemperie
un día el viaje
la mañana del reino los racimos
tus pies descalzos
la mujer que tocas
la costumbre incesante
incandescente
el asombro en las manos lo que habitas
puro silencio aroma en todos lados
dejarás al pasar estos galopes
la tierra el árbol la tormenta
el aire en su lugar cada certeza
serán otras las marcas, las señales,
el manantial que ocupas derramado
el reguero la sombra que visitas
La música del mundo en que te alejas
perderás
dejarás
así de simple



Daniel González Oronó
Otros poemas de DANIEL GONZÁLEZ ORONÓ, aquí










Pablo Seguí: Los cuerpos de la física


Lizard 




Acomoda la cucha 
pacientemente a un lado 
y al otro, y se reclina, 
satisfecho y seguro. 

Cierra los ojos pero 
no las orejas ante 
la noche numerosa 
de crujidos a ciegas. 

¿Escucha el discurrir 
de mi lápiz, renglón 
tras renglón que pretenden 
dar cuenta de su pose? 

Él sabe del metrónomo 
de esta escritura en marcha. 
Lo que lo tiene en vilo 
no soy yo: es el umbral. 


Puertas abiertas




Apago la pantalla 
de la compu: escribir 
es alejarse. Suena 
el zumbido constante 
de la heladera (algunos 
hacen música con 
los monótonos ruidos 
de sus hogares: tedio 
vivido de otra forma). 
¿Y a dónde llego? Al linde 
de la mirada: canto 
en silencio la pura 
saciedad de mis ojos 
frente a líneas que corren 
cada vez más ariscas 
hasta volverse lumbre. 
poemas que conforman 
sólo por ser sonoros. 



Los cuerpos de la física



Los objetos, sin prisa 
ni pausa —la mirada 
los recorre—, mantienen 
su ser en la fijeza 
impávida que les 
es más propia. Mis manos 
podrían, iracundas, 
destrozarlos, hundirlos 
en lo oscuro. Se da 
que escribo, que me doblo 
ante el papel, y sale
elevar la mirada 
cada tanto y sentir
un vaso, un carillón, 
una reja: un segundo 
de eternidad inmóvil. 


Es que sos reptiliana




No somos compatibles 
pero nos entendemos 
pese a los sucesivos 
desengaños. (Girar 
en tu órbita me vuelve 
un manojo de voces 
que se apagan: precario 
ante el papel, idiota 
en versos que procuran 
apenas si llamarte 
la atención, y fracasan.) 



Nala piensa en Damayanti




El perro, inquieto, busca 
algo incansablemente: 
se acerca a la comida, 
va después al portón. 
En cambio yo, tranquilo 
después de dos semanas, 
pienso en vos, y del centro 
de tu nombre surgís. 
Surgís como una luna 
que cruzará la noche 
dándome, porque sabe, 
un poco de su luz. 
Luz que dice: “mirá: 
mi piel junto a tu piel”. 



De: "Lizard y otros poemas", Barnacle, 2020
Otros poemas de PABLO SEGUI, aquí
Entre los ocho y los diecisiete años estudió violín, para luego dedicarse hacia la poesía.
Ha publicado los siguientes libros: Los nombres de la amada (Alción, 1999), Claves y armaduras (Foja/Cero, 2005), Naturaleza muerta (El Copista, 2011),Otro verano y éste (Barnacle, 2017), Animal de bien (Barnacle, 2018), Noción de ritmo (Barnacle, 2019) y Lizard (Barnacle, 2020).
Desde hace varios años ya publica sus poemas en sucesivos blogs, entre los cuales figuran: El tren y la mujer que llena el cielo, El poeta ocasional, La lección de piano, El bakelita, Por el jornal, Crocante de seco y el actual, Voces en La Babía.

agosto 01, 2020

Pablo Queralt: Viendo los paraguas de Cherburgo



Mi abuela murió en el cine


después de tomar su copa de anís 8 hermanos


viendo  los paraguas de Cherburgo
maldito  funeral


todavía siento su respiración sus pisadas el arco de claridad


que recibía mientras se movía por el pasillo su silueta


proyectada en la pared antes había dejado limpia la cocina


todo lavado para el día siguiente pasando por esa sumisión


cartílago de pájaro de entregarlo todo sin el miedo a perder nada


con o sin su llovizna de puntos azules en el talón del otoño


nunca pude devolverle todo lo que me dio


el esqueleto encaminado los pantalones recosidos


pero el día señalado desandé cayendo sin creer que existía


toda la cinemateca de esta ciudad de vidrio aullando buscando


ese sánscrito que traduce la verdad


buscándote en cada curva


en un mundo que chilla y cruje en su réquiem.








Pablo Queralt

De: "Nací en el cine", Editorial Detodoslos mares, 2017


Otros poemas de PABLO QUERALT, aquí













julio 29, 2020

Gabriela Schuhmacher: poemas inéditos



Poemas de “Golpe de frío” que publicará Ediciones UNL Santa Fe 

“Golpe de frío”, de Gabriela Schuhmacher, es una composición poética que gira en torno a la evocación de un paisaje originario, a la inscripción que han dejado algunas escenas del pasado –presumiblemente autobiográficas- en un presente que decide volverse escritura y convertirse en un largo y sostenido, único poema.
Desde el inicio el faro que alumbra es Pavese: la obra abre con un epígrafe suyo recordándonos “aquel remoto estupor” que a veces regresa “en la inmóvil luz del día de verano”. Lo que se cuenta, lo que contarán estos poemas está fijado sobre un paisaje de la infancia y primera juventud, donde el sol y los frutos, la cotidianeidad inmediata de un pueblo de provincia, la imagen de la madre y de un primo; son presencias que permanecen inalterables.
No solo las palabras deslumbran en “Golpe de frío”, también lo que no se dice, lo que se rodea y no se nombra -el hecho irreversible de la muerte, lo fatal del destino, la irreversibilidad del tiempo-. Lo oculto se preserva así de la pérdida, se vuelve elocuente y desde ese no lugar irradia, echa luz.  


Bea Lunazzi

Campo de gladiolos




La casa se levantó en el último lote 
antes de llegar a la avenida de arena.
Para un lado estaba el pueblo,
para el otro
el campo de gladiolos, melones 
y sandías. Los quinteros, 
con un pañuelo en la cabeza 
y el torso descubierto,
tiraban detrás del alambrado 
las plantas malformadas 
Era el momento 
de salir a embolsarlas, siempre 
alguna sobrevivía tras mezclar
la arena con abono, esa materia
oscura y húmeda del gallinero.
Un hueco, depositar el bulbo, regar
y taparlo. Simple, tan simple como
esperar que la flor abriera salmón 
o blanca, los colores más frecuentes.


Al lado del alcanforero




mamá sirve la mesa.
Cubre su piel un paño lleno de colores. Rodeada 
de mosquitos alza sus manos y se lamenta: 
es un árbol que crece lento, pero ya debería 
ahuyentarlos. Sacude el mantel y busca
las latas de pasto seco. Enciende un fuego 
que, con pan viejo echado por encima, 
se convierte en humo espeso.
Los zumbidos desaparecen, nadie se queja, 
pero mamá no quita los ojos de las latas 
y ciñe su cuerpo más a la tela. Para ella 
no es bueno permanecer desprevenida 
ante los embates de la existencia. 

a Perla

Dormir juntos

Esta demora es la más dulce

Cesare Pavese



Comíamos en la mesa grande 
la que daba al patio, de espaldas a la noche,
al miedo de la noche. Por eso
no salíamos, era mejor dejar que el cansancio 
nos abatiera. Casi siempre caíamos
dormidos sobre el mantel y uno a uno
nos cargaban para llevarnos al cuarto. 
Sabíamos que nada 
sería más seguro en el mundo que sentirnos
arrojados a la par. No faltaba quien, 
al pasar y vernos, advirtiera lo peligroso
de crecer de golpe, lejos de la luz del sol.


Paltas tucumanas




Mamá contaba que un amigo del norte 
traía paltas de regalo, que ella 
les sacaba el corazón redondo y duro
para ponerlos en almácigos. 
Daba gusto ver los brotes vigorosos,
traspasarlos al suelo 
con tutores y pensar cómo 
sería el camino de ingreso
una vez crecidos.
Con Javier la ayudábamos
en cada plantación. 
Al caer la tarde, cada uno se preguntaba 
por el corazón enterrado, 
por el conocimiento vegetal 
que rompe la oscuridad 
hacia la luz.
Al pie de la cama, agradecíamos 
tener a mamá en la noche,
era la única capaz de escarbar 
corazones dormidos, 
lograr que volvieran confiados
a la blandura de la vida.



Referencias:

Al lado del alcanforero. “Ciudad en el campo”
Dormir juntos. “La cena triste” 
Cesare Pavese, “Trabajar cansa”.  “Trabajar cansa / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Traducción. Jorge Aulicino (Griselda García Editora / Cartografías / Ediciones del Dock, 2018).


Una serie de poemas narrativos, que reconocen la sombra del poema-racconto de Cesare Pavese y las mitologías ocultas de la vida provinciana, conforman una revisión del pasado que es, también, una visión de la naturaleza.  En el núcleo, dos figuras: un primo rutilante, muerto tempranamente, y la madre. Los rodean la frontera con la escasez, con el sacrificio; los enaltece la luz sepia de todo lo que fue; los preserva el entorno de las cosas del campo, los pájaros, los cielos, las plantas, la tierra que se cultiva. A veces un “golpe de frío” recuerda la mortalidad, hasta que se abre un sabor, una cadencia, o  “una ventana sin pensamientos / al día en que nada nos iría a sorprender”.

Extracto del jurado del premio José Pedroni 2019 integrado por Laura Wittner, Jorge Monteleone y Carlos Battilana. Mención honorífica categoría obra inédita 2016-2019. Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe.


GABRIELA SCHUHMACHER
Nació en la ciudad de Santa Fe, en 1970. Publicó los libros de poesía: Cantos del norte (Editorial de l'aire, Santa Fe, 2016), Puros e Impuros/Extensos Óleos (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2018) y Ahogada en otro Tíber (Editorial Ciudad Gótica, Rosario, 2018). Becaria en letras del FNA (2017) por el proyecto Ahogada en otro Tíber. Recibió una mención honorífica en el Premio José Pedroni de poesía, categoría inéditos 2016 - 2019 por el libro Golpe de frío (Santa Fe). Integra entre otras antologías, la Federal de Poesía Región Centro (CFI, Buenos Aires, 2018). Sus poemas pueden encontrarse en diferentes revistas digitales y blogs. Estudió artes visuales y es gestora cultural universitaria. Autora y coordinadora del proyecto La Poesía se mueve. Trabaja en museos de la ciudad de Santa Fe, Argentina.

Santiago Sylvester responde ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti

Santiago Sylvester


Santiago Sylvester nació el 16 de junio de 1942 en Salta, capital de la provincia homónima, la Argentina, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es Abogado, por la Universidad Nacional de Buenos Aires, desde 1970, título convalidado académicamente por la Universidad Complutense de Madrid en 1979. Entre otras distinciones, recibió el Premio Jaime Gil de Biedma, en España, en 1993, el Gran Premio Internacional Jorge Luis Borges, en 1999, y el Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, en 2008. Es Miembro de número de la Academia Argentina de Letras (2014) y Miembro correspondiente de la Real Academia Española (2015). Ensayos de su autoría incluyen los volúmenes “La tierra natal – Lo íntimo”, de Juana Manuela Gorriti (1998) y “En tierras de Magú Pelá”, de Federico Gauffin (2009). Es el antólogo, entre otras obras, de “El gozante. Antología de Manuel J. Castilla”, “Poesía del Noroeste Argentino. Siglo XX”, “Anuarios del tiempo” (Antología de Néstor Groppa), “Juan Carlos Dávalos, una obra en su lugar” y “Los que se fueron (25 poetas argentinos contemporáneos)”. Participó en los siguientes libros colectivos: “Tres décadas de poesía argentina (1976-2006)”, “El verso libre”, “Giannuzzi”, “Dificultades de la poesía”, “Viel Temperley”, “Otro río que pasa” y “Lugones, diez poemas comentados”. Es el autor del libro de cuentos “La prima carnal” y de los ensayísticos “Oficio de lector”, “La identidad como problema. Sobre la cultura del Norte” y “Sobre la forma poética”. Algunos de sus poemarios publicados entre 1963 y 2020: “En estos días”, “El aire y su camino”, “Esa frágil corona”, “Palabra intencional”, “La realidad provisoria”, “Libro de viaje”, “Perro de laboratorio”, “Entreacto”, “Escenarios”, “Café Bretaña”, “Antología poética” (Fondo Nacional de las Artes, 1996), “Número impar”, “El punto más lejano”, “Calles”, “El reloj biológico”, “La palabra”, “Los casos particulares”, “El que vuelve a ver”, “La conversación”, “Llaman a la puerta”y “Ciudad”.

1: ¿Cuál fue tu primer acto de “creación”, a qué edad, de qué se trataba?

S Sylvester: Que la cosa iba literariamente en serio, lo supe más o menos a mis 17 años. Hasta entonces, todo había sido un poco de juego y otro poco de pose. Creo que a aquella convicción me llevó algún poema que ya no recuerdo y que prefiero no recordar, aunque suene a ingratitud. Lo cierto es que en esa época supe dos cosas: que tenía un destino en la poesía y que tenía que hacer todo lo posible para que eso fuera cierto.
2: ¿Cómo te llevás con la lluvia y cómo con las tormentas? ¿Cómo con la sangre, con la velocidad, con las contrariedades?

S Sylvester: Con los fenómenos de la naturaleza me llevo muy bien, salvo con el viento. El viento me desasosiega, los otros no. Me encantan las tormentas de verano de Salta, que aparecen bastante en mis poemas. Por otra parte, viendo llover se puede tomar un trago, o al lado de un río crecido; en el viento, no.

En cuanto a la sangre, me remite a un problema sanitario, así que es mejor dejarla donde está: en las venas. En realidad, no me gusta ni como metáfora.

Sobre la velocidad, si es la de un automóvil, depende de las prisas. Y si es figurada, me gusta poco: siempre digo que me parece bien que la gente sea rápida, pero no que se le vea la velocidad.

Y las contrariedades, por definición son eso: prefiero que no lleguen. Y si llegan no me ofenden tampoco: la vida está llena de contrariedades y hay que negociar.

3: “En este rincón” el romántico concepto de la “inspiración”; y “en este otro rincón”, por ejemplo, William Faulkner y su “He oído hablar de ella, pero nunca la he visto.” ¿Tus consideraciones?…

S Sylvester: Hubo algún romanticismo que consideraba al poeta como intermediario entre la musa y el papel en blanco. Y esto es claramente una exageración. Ahora que han desaparecido las musas, hay otro abuso, el de creer que lo que haga el poeta será poesía, con lo que se confunde poesía con auto expresión. En estos excesos está la idea de inspiración, que sería un regalo que el poeta recibe por ser quien es. Esta concepción, tanto del poeta como de la inspiración, no es la que frecuento.

Lo que sí hay son imponderables, momentos de más lucidez, en los que se nos ocurren cosas o soluciones que en otro momento no llegan. Estos momentos existen, y posiblemente los tenga todo el mundo, cada uno en su materia. Lo que sucede también es que hay quienes utilizan mejor esos imponderables, porque están más capacitados, o más atentos, o porque saben más, o tal vez porque llegan a donde tienen que llegar. Y esos son los buenos poetas. Un poeta trabaja para serlo y lo consigue.

4: ¿De qué artistas te atraen más sus avatares que la obra?

S Sylvester: En general, de ninguno. De un artista me interesa sobre todo su arte, no sus avatares. Y si alguna vez curioseo, como todos, en esos avatares, es porque están respaldados por los resultados artísticos. O los complementan.

5: ¿Lemas, chascarrillos, refranes, proverbios que más veces te hayas escuchado divulgar?

S Sylvester: No soy muy de refranes, tal vez porque siempre me han parecido un poco sabiduría de viejos, aun siendo un lector asiduo de Don Quijote: un libro pródigo en refranes. En cuanto a armar frases, es consecuencia de la relación con las palabras. El otro día me salió una frase en una carta, que te la hago llegar: “Había un tiempo en que para escribir poesía había que saber escribir poesía”.

6: ¿Qué obras artísticas te han —cabal, inequívocamente— estremecido? ¿Y ante cuáles has quedado, seguís quedando, en estado de perplejidad?

S Sylvester: De lo primero, es decir estremecimientos, ya hay poco. Esto me sucedió en mi juventud: por ejemplo, con César Vallejo, con Pablo Neruda o García Lorca.

En cuanto al asombro o la perplejidad, me ocurre bastante, a pesar de los kilómetros de lectura que tengo necesariamente a mis años: con T. S. Eliot, Carlos Drummond de Andrade, Borges, y muchos más.

El Quijote, Francisco de Quevedo o San Juan de la Cruz son perplejidades perpetuas.

7: ¿Tendrás por allí alguna situación irrisoria de la que hayas sido más o menos protagonista y que nos quieras contar?

S Sylvester: El ridículo, si se trata de eso, es algo que todos queremos evitar, sobre todo cuando es involuntario. No veo entonces la gracia de recordarlo. Por otra parte, el peor ridículo es el que uno desconoce de sí mismo; y de eso habría que preguntarle a otro, tratando de que no sea un enemigo.

8: ¿Qué te promueve la noción de “posteridad”?

S Sylvester: Me remite a la muerte, así que prefiero dejarla por ahora donde está.

9: “¿La rutina te aplasta?” ¿Qué rutinas te aplastan?

S Sylvester: Utilizo la rutina, y la aprovecho. A veces, hasta la necesito, incluso para romperla. Y es una paradoja, porque no he llevado una vida rutinaria, así que en realidad de lo que hablo es de obsesiones y de viejas manías, como estar siempre leyendo o tener a mano una libreta de notas.

10: ¿Para vos, “Un estilo perfecto es una limitación perfecta”, como sostuvo el escritor y periodista español Corpus Barga? Y siguió: “…un estilo es una manera y un amaneramiento”.

S Sylvester: Me gusta más lo de Stevenson, cuando dijo que el estilo consiste en que todas las palabras de una página miren en la misma dirección. En realidad, un estilo no se busca: se lo encuentra, y en general, no es deliberado. Es la recurrencia de ciertos giros, de palabras, de manías, y es finalmente lo que hace que exista, por ejemplo, lo kafkiano, lo borgeano o lo cervantino (o mejor, lo quijotesco). Un estilo fuerte y reconocible es propio de un gran escritor. Corpus Barga confunde estilo con manierismo.

11: ¿Qué sucesos te producen mayor indignación? ¿Cuáles te despiertan algún grado de violencia? ¿Y cuáles te hartan instantáneamente?

S Sylvester: Indignación me producen muchas cosas: la violencia, la injusticia, las dictaduras, las desmesuras del poder, tanto en lo público como en lo privado. Pero quisiera mencionar algo de mucha actualidad, que no llega a la indignación lo que me produce, pero sí a un enojo mezclado con decepción: hablo de una vieja conocida nuestra, “la grieta”.

En Argentina no tienen prestigio los matices; incluso no es bien visto el que matiza. Esta limitación es empobrecedora, y produce algo peor: nos deja a merced de “los profesionales de la grieta”. Por supuesto, me refiero a la grieta política, que está poblada de mala fe, y que necesita de las dos orillas. Pero esto se repite en todas partes: literatura, futbol, etc.

Para mí, pensar es matizar, mientras que la idea maniquea de blanco o negro es la comodidad de las consignas, que eluden el pensamiento por cuenta propia, y que me tienen harto. En la vida en democracia tendría que ser obligatorio pensar y por lo tanto matizar, porque es lo que permite llegar a consensos, y sólo con consensos se desarrolla una sociedad. Pero estamos empeñados en no hacerlo, para beneficio de los que viven de la grieta, que están en todos los oficios, y que abundan en política, periodismo, entre los intelectuales y los opinólogos. Con el añadido de que en la grieta todos terminan pareciéndose a lo mismo que critican. No tengo un sentido angélico o ingenuo de la política ni de la vida, ya no tengo edad para eso, ni, por supuesto, propongo que seamos equidistantes: hablo de queprefiero los argumentos a las consignas y a los tópicos, el debate al discurso único; y esto no suele suceder en nuestro país.

12: ¿Qué postal (o postales) de tu niñez o de tu adolescencia compartirías con nosotros?

S Sylvester: Mi niñez feliz transcurrió en Salta, en una casa con patios. Menciono los patios porque es algo que ha desaparecido de la arquitectura actual. Gran parte de mi felicidad estuvo en esos patios con canteros y macetas, con el olor del agua y de la tierra cuando los regaban por la tarde. Y el toldo y las parras aplacando el solazo de las siestas del verano.

De mi adolescencia recuerdo que fue tan complicada como la de cualquier otro, contando con la protección relativa en la que transcurrió la mía. Salta era por entonces, aunque no lo sabíamos, una ciudad chica, penetrada por el campo. Los carros y los coches a caballo circulaban por el centro de la ciudad, y también llegaban las vendedoras de quesillos y tamales, a caballo y con las árganas cargadas. Y ya ves, de eso no ha quedado ni la palabra árgana.

13: ¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas hubieras elegido o elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?

S Sylvester: La verdad es que no lo sé. Pero para elegir, preferiría algo muy distinto a lo que conozco como, por ejemplo, haber peleado en la Guerra de Troya y haber acompañado a Ulises en su viaje. No estaría mal ser personaje de Homero, pero preferiría que los dioses no me cayeran en cuenta: eso era peligroso.

14: El silencio, la gravitación de los gestos, la oscuridad, las sorpresas, la desolación, el fervor, la intemperancia: ¿cómo te resultan? ¿Cómo recompondrías lo antes mencionado con algún criterio, orientación o sentido?

S Sylvester: De esa enumeración, lo que necesito de verdad es el silencio. No sólo cuando escribo, que finalmente puedo hacerlo en un café, sino simplemente para estar; el ruido me irrita, como me irritan un poco hasta las palabras demasiado sonoras. Con el resto de las cosas pongo un “depende”: la oscuridad no me molesta de noche, pero sí de día; las sorpresas no me molestan si son buenas; el fervor si no es excesivo, lo mismo que la gestualidad. Intemperancia y desasosiego no me gustan nada y creo que no tienen el afecto de nadie.

15: ¿A qué artistas en cuya obra prime el sarcasmo, la mordacidad, el ingenio, la acrimonia, la sorna, la causticidad… destacarías?

S Sylvester: Entre los que no han sido amigos míos, a Quevedo, a Miguel de Cervantes en el Quijote. Entre los que han sido mis amigos, podría ser Joaquín Giannuzzi. Les aparece de pronto un punto irónico, que a veces puede llegar al sarcasmo, y que me parece propicio para el viejo latinazgo: “ridendo castigat mores” (“riendo, enmendar las costumbres”).

En otro tono, deliberadamente humorístico, recuerdo las dos ‘Antologías apócrifas’ de Conrado Nalé Roxlo, que son un prodigio de “saber hacer”: impecables imitaciones de estilos, con un humor insuperable.

16: ¿Qué apreciaciones no apreciás? ¿Qué imprecisiones preferís?…

S Sylvester: No aprecio, en poesía, lo confesional, el poeta que cuenta dónde y cuánto le duele; el abuso trivial de la primera persona del singular. En cuanto a las imprecisiones, me gustan cuando significan algo.

17: ¿Viste que uno en ciertos casos quiere a personas que no valora o valora poco, y que en otros casos valora a personas que no quiere? ¿Esto te perturba, te entristece? ¿Cómo “lo resolvés”?

S Sylvester: Tuve que resolverlo cuando hice alguna antología de la poesía del Norte: y lo he resuelto siendo honesto. Me resultó muy comprometido por ser yo del Norte: tuve que incluir a un par de poetas que no me quieren, ni yo los quiero; y a la vez tuve que dejar fuera a algunos amigos. Ahí no valían ni el amiguismo ni el enemiguismo, sino que tenía que opinar sin cargas emocionales. Es un problema serio, pero de problemas se nutre todo, así que corresponde encararlos lo mejor posible. Sé que me pude equivocar, no soy infalible, pero he usado mi criterio, que es el único que tengo.

18: ¿El mundo fue, es y será una porquería, como aproximadamente así lo afirmara Enrique Santos Discépolo en su tango “Cambalache”?

S Sylvester: No lo creo. Ese tango es buenísimo, pero no creo en su filosofía. Puede sonar a paradoja, pero no lo es tanto. En general, no creo en una cierta filosofía callejera que propaga el tango, que la identifico como “el prestigio del fracaso”. Por ejemplo, “primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”: me parece una secuencia atroz. Ese “andar sin pensamiento” lo identifico con el infierno: algo a resolver, pero no a imitar ni a proponer como un proyecto, como lo hace el tango. Y sin embargo “Naranjo en flor” es un tango que me gusta. Son los escalones que separan a la estética de la vida: no son la misma cosa.

19: Por la fidelidad y entrega a una causa o proyecto, ¿qué personas (de todos los tiempos y de todos los ámbitos) te asombran?

S Sylvester: Hay tres momentos de la humanidad que me parecen ejemplares, a pesar de sus contradicciones: el siglo de Pericles, el Renacimiento y la Ilustración. En esos períodos hubo gente como Sófocles, Leonardo o Voltaire, entre muchos otros, que hicieron que la vida, y sobre todo las expectativas, sean mejores que como las recibieron. Doy esos nombres en representación de muchos.

20: ¿Qué te hace “reír a mandíbula batiente”?

S Sylvester: Algunas bromas al estilo de Chaplin. Pero en realidad mi risa, que existe y mucho, no es muy batiente.

21: ¿Cómo afrontás lo que sea que te produzca suponerte o advertirte, en algunos aspectos o metas, lejos de lo que para vos constituya un ideal?

S Sylvester: Esa pregunta describe bastante la vida. Tener un ideal es común; y sentir que no se lo alcanza, también. Como poeta, para hablar de lo visible, uno tiene la esperanza de ser de lo mejor, y la realidad no nos dice siempre lo que queremos. No estoy exponiendo una falsa modestia, que suele ser más falsa que modesta, sino considerando lo que creo de mí y de lo que he podido ser.

22: El amor, la contemplación, el dinero, la religión, la política… ¿Cómo te has ido relacionando con esos tópicos?

S Sylvester: Soy y al parecer he sido, por temperamento y convicción, bastante realista. Por eso mismo, he tenido momentos a favor y momentos con el viento en contra. Brevemente, en amor me fue bastante bien; en contemplación también, aunque sin exagerar; en dinero ni me ha faltado ni me ha sobrado, con lo que estoy hablando de mi buena suerte; en religión comencé siendo un católico muy creyente y fui derivando hasta mi actual descreimiento; y en cuanto a la política, tengo una relación de opinante sin partido. Es curioso, esto me pasa en Argentina, porque en mis largos años en Madrid me sentí muy cómodo e identificado con el PSOE y trabajé como abogado en la UGT, el sindicato del partido socialista. Al volver a Argentina, no pude encontrar un partido como el PSOE, así que soy un socialista sin partido. Tal vez no sea cómodo, pero es consecuencia de lo que expuse un poco antes: de mi intención de pensar por cuenta propia y de no dejar a otro mi responsabilidad de analizar.

23: ¿A qué obras artísticas —espectáculos coreográficos, films, esculturas, música, pinturas, literatura, propuestas teatrales o arquitectónicas, etc.— calificarías de “insufribles”?

S Sylvester: Muchas cosas son insufribles, en todos esos terrenos. Por ejemplo, la poesía catártica, además de que oculta un abuso del yo, termina en puro narcisismo. Pero tampoco me ensaño, con no usarla me conformo.

24: ¿Qué calle, qué recorrido de calles, qué pequeña zona transitada en tu infancia o en tu adolescencia recordás con mayor nostalgia o cariño, y por qué?…

S Sylvester: Son muchas las calles a las que me gustaría volver, situadas en varias ciudades, y a las que quizás alguna vez vuelva. Pero hay unas a las que ya no será posible: las calles de una Salta que existió y que ha desaparecido. Aclaro que no es nostalgia, con su etimología peligrosa de regreso doloroso, sino más bien simple remembranza. De cuando el tamaño de la ciudad la hacía transitable a pie, y en poco más de media hora estábamos en el río; de cuando terminaba la ciudad y empezaba el campo, sin esa zona terrible que ha crecido en todas las ciudades, de viviendas precarias y carentes de todo. Y, en fin, de cuando tenía toda la vida por delante, que es seguramente la clave de cualquier remembranza. También digo, a cambio de eso, que Salta ha crecido bastante bien, me gusta caminar por la ciudad actual, llena de energía y variada, a tono con la época.

25: ¿Cómo reordenarías esta serie?: “La visión, el bosque, la ceremonia, las miniaturas, la ciudad, la danza, el sacrificio, el sufrimiento, la lengua, el pensamiento, la autenticidad, la muerte, el azar, el desajuste”. Digamos que un reordenamiento, o dos. Y hasta podrías intentar, por ejemplo, una microficción.

S Sylvester: Lo que haría, y es lo que hago con mucha frecuencia, no es una microficción que nunca he practicado, al menos conscientemente, sino acudir con todas esas palabras a un diccionario etimológico. Ahí sí que se esconde una cantidad enorme de relatos apasionantes, que acompañaron a la humanidad en nada menos que en su construcción social.

26: “Donde mueren las palabras” es el título de un filme de 1946, dirigido por Hugo Fregonese y protagonizado por Enrique Muiño. ¿Dónde mueren las palabras?…

S Sylvester: De las palabras puede decirse todo, hasta que mueren. Y entre otras cosas, hay que decirlo con palabras. La paradoja es que para saber que una palabra ha muerto hay que usarla, si no, no hay manera de saberlo. La palabra péñola ¿la damos por muerta? Mientras siga en el Quijote seguirá mandando alguna señal.

El hecho de que no la usemos no es más que un hecho, no una ceremonia fúnebre. En todo caso, lo que sí es cierto, es que hay cosas que, para decirlas, no se encuentran palabras. Hay otros lenguajes, sin palabras, que son tan válidos como las palabras; y a veces más. Pero un cementerio de palabras, que seguramente existe en cualquier idioma, es siempre provisorio, hay que saber que todas mantienen por las dudas un ojo abierto.

27: ¿Podés disfrutar de obras de artistas con los que te adviertas en las antípodas ideológicas? ¿Pudiste en alguna época y ya no?

S Sylvester: He podido y puedo. Siempre he separado ideología de resultado artístico. Nos pasó famosamente con Borges, con quien estar en desacuerdo era inevitable. Durante un tiempo no querían leerlo ni algunos sectores de la izquierda, ni la derecha nacionalista, ni el peronismo en general, y cuando lo leían era para demolerlo. Con el tiempo se pusieron las cosas en su sitio, para beneficio de todos.

Ahora pasa algo parecido con Mario Vargas Llosa, sectores de la izquierda no quieren leerlo por sus declaraciones políticas. Yo reconozco que me fastidia, por ejemplo, su deslumbramiento por las multinacionales, ¿pero no voy a leer por eso “Conversación en La Catedral”, o “La orgía perpetua” sobre “Madame Bovary” de Flaubert, o “La fiesta del chivo”, una novela extraordinaria que es una denuncia brutal contra las dictaduras latinoamericanas?

Y desde la otra orilla, puede pasar con Neruda: tiene poemas de alabanza a Stalin o al “ángel de Comité Central”; ¿y en consecuencia no habría que leerlo?

¿O no vamos a leer “Viaje al fin de la noche” porque Céline era nazi?

Sobre esto, se podría hacer una larga lista, empezando por Virgilio, que pertenecía al grupo más próximo de Augusto, y que escribió el primer libro de encargo para mayor gloria del emperador y del Imperio Romano. ¿Habría que no leer por eso “La Eneida”?

Uno puede decidir, con todo derecho, no leer a un escritor; pero me parece una equivocación que la causa sea ideológica. Son autolimitaciones con las que no estoy de acuerdo, y que son consecuencia, no de una ideología, sino de su distorsión. Si una ideología nos limita la inteligencia, quiere decir que estamos usando mal las dos cosas: la ideología y la inteligencia.

28: ¿Cómo te cae, cómo procesás la decepción (o lo que corresponda) que te infiere la persona que te promete algo que a vos te interesa —y hasta podría ser que no lo hubieras solicitado—, y luego no sólo no cumple, sino que jamás alude a la promesa?

S Sylvester: La verdad es que, sin ponerme en sarcástico, ya me he acostumbrado. Esa es una conducta que es imposible no conocer si se ha vivido mucho. Hay una excusa frecuente, que unas veces es tácita y otras enunciada de muchas maneras, que podría sintetizarse así: “Disculpame, necesité hacerlo”. Es el principio de necesidad aplicado a alguna fallada.

29: No concerniendo al área de lo artístico, ¿a quiénes admirás?

S Sylvester: A muchos. Galileo, Darwin. Montaigne, Mandela, Alberdi, Sarmiento, gente que ha tenido la tozudez y la capacidad para enfrentarse, por las mejores razones, con los sólidos muros del prejuicio y la ignorancia.

30: ¿Tus pasiones te pertenecen o sos de tus pasiones? Pasiones y entusiasmos. ¿Dirías que has ido consiguiendo, en general, distinguirlos y entregarte a ellos acorde a la gravitación?

S Sylvester: No sé por qué, el uso de la “pasión” (que suele ir entre signos de admiración, se vean o no), ha derivado en cierta justificación de la teatralidad de uno mismo, y me resulta un poco molesto. Las pasiones existen, por supuesto, pero hablar de ellas me suena a bolero. Sin las pasiones faltaría un condimento importante; es imprescindible que existan, pero me parece bien combinarlas con algunos valores antiguos, como la discreción, cierto pudor para mostrarse, disimular al narcisista que todos llevamos puesto. Creo y mucho en el entusiasmo, que me fomento; y descreo de la gestualidad, que me molesta bastante: suelen servir para la auto exaltación.

31: ¿Qué artistas estimás que han sido alabados desmesuradamente?

S Sylvester: Muchos, y sin embargo no me molesta la sobrevaloración de un artista sino lo contrario: el olvido; sobre todo si es programático y rencoroso, como pasa muchas veces.

32: ¿Acordarías, o algo así, con que es, efectivamente, “El amor, asimétrico por naturaleza”, tal como leemos en el poema “Cielito lindo” de Luisa Futoransky?

S Sylvester: Por suerte, no. Existe el simétrico, y me tocó conocerlo.

33: ¿El amanecer, la franca mañana, el mediodía, la hora de la siesta, el crepúsculo vespertino, la noche plena o la madrugada?

S Sylvester: Mejor la tarde que la mañana. Por la mañana suelo estar ficticiamente lúcido; por la tarde mejoro. Y como dijo Hemingway (siempre un poco fanfarrón, pero esta vez decía una verdad), la noche es otra cosa.

34: ¿Qué dos o tres o cuatro “reuniones cumbres” integradas por artistas de todos los tiempos y de todas las artes nos propondrías?

S Sylvester: Si es de todos los tiempos, que por lo menos no falten Homero, Platón, Kafka, Borges, Flaubert, y varios más. El problema que veo es que yo no estaría ahí ni sirviendo las copas, así que no podría ni hacer la crónica.

Y es posible que una reunión como esa termine en fracaso. Hay un precedente que viene al caso. Un matrimonio de ingleses reunió a comer en un hotel de París a Pablo Picasso, Ígor Stravinski, Marcel Proust y James Joyce. Proust llegaba del teatro y comentó que había estado oyendo a Beethoven; Stravinski le contestó que no soportaba a Beethoven; y cuando Proust aclaró que se trataba de los cuartetos, Stravinski respondió que eso era lo que más odiaba de Beethoven. Joyce se dedicó al pernod y no dijo ni una palabra, y Picasso comió rápido y se fue. Y así fue esa cena inolvidable para los que la propiciaron, pagaron y luego contaron. Egos demasiado grandes para una sola cena.

35: Seas o no ajedrecista: ¿qué partida estás jugando ahora?…

S Sylvester: Acabo de leer en una carta de Raymond Chandler, que el ajedrez era para él el más grande desperdicio de inteligencia después de la publicidad. Creo que exagera, pero la verdad es que soy muy poco ajedrecista. Hablo sobre todo de lo simbólico: soy muy poco estratega, así que no sé cuál es mi partida actual, salvo salir vivo y más o menos bien de la pandemia.

* Cuestionario respondido a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Santiago Sylvester y Rolando Revagliatti, julio 2020.