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marzo 11, 2019

Jorge Aulicino: El río y otros poemas





24    




Como un amor que se estrangula a sí mismo, 
   así es el río. 
El amor no se tolera a sí mismo y sólo lo tolera 
el que pesca con tanza, el de pocas luces. 
Es mejor, decía, pescar en la oscuridad. 
evitar la pasión, que termina en oscuridad. 
Y no con absurda caña, sino con tanza, cordel 
que tiembla sobre el costado del dedo,
que presiente la gravitación del pez.
El río no se tolera a sí mismo, por eso
se abre, se aparta de todo, lleva
lo que encuentra, que no es mucho, pero
no desespera, se abre más, porque esa es la ley
de la llanura, sobrevolada por loros.
Todo canta a su alrededor. El río lo consigue
pero no escucha cantos: los envuelve, los diluye,
   los lleva.
Liberado de pasión, no de amor, el río no es él mismo.
Una gota de vino cuelga a veces del labio
del pescador, se embriaga apenas, a veces.
Pero no pregunta lo que no comprende.
Apagó todas sus luces, como el río,
al que iluminan apenas el farol de una canoa,
   los astros.


Carpe diem




Muchos creían oír el
sonido del día
y nada oían
sino el sordo caer de la
civilización,
Y a esto el encierro
nos conduce, pero no han
puesto
todavía final a nuestra
cabeza,
y eso es lo mejor que
podemos decir de este eufemismo.
Ya no llueve como antes
llovía: es lo cierto.
No
sobre adoquines como los
de antes,
aunque aquello fuera
también ilusión.
El nombre de la verdad
no era aquel
resplandor sobre unos
techos de teja
después de la lluvia en
el barrio del Aeropuerto;
no los confusos truenos
del cielo o de los aviones
entre nubes gris y
gualda.
Quizá tampoco esa confusión,
fue la verdad. Ni ese
sonido
que llamaste día
y es para mí el de una
rajadura que se extiende
por la totalidad de las
cosas
y sólo oímos vos, yo,
los inútiles que no
tienen
otra cosa que escuchar.



De: "El río y otros poemas", Barnacle, 2019
Otros poemas de JORGE AULICINO, aquí

marzo 07, 2019

Agi Mishol: El marco de la puerta

Agi Mishol


Ya no tengo ese impulso

de salir corriendo como los alumnos
al oír el timbre
pero tampoco me convierto en estatua de sal
cuando miro hacia atrás
para cruzar dos veces
el mismo río.

El invierno desnudó los árboles
y la desnudez descubierta recuerda
que así es la cosa,

cada hoja que cae reconoce su culpa
se recoge en sí misma
para crujir bajo los pies del caminante.

Yo estoy descalza 
dentro de mis zapatos
desnuda
en mis ropas –
retrato enmarcado
en el marco de la puerta.

Ya no tengo el movimiento
latente en los pájaros
sólo el tiempo cuenta y cuenta
zumba a mi alrededor
como mosca que molesta.

marzo 05, 2019

Agustín Silva-Díaz


Dos veces    



Giro la llave y
dejo correr el agua
Primero algo de tierra que sale de la tubería
          y que nos recuerda de dónde venimos
                    del trópico
y que rápidamente se va por el desagüe
Me siento a esperar que el agua se ajuste a la temperatura perfecta
para esta piel roja de sol y este cuerpo desacostumbrado al frío
Veo el agua que huye, que ha sido desechada
que no ha sido escogida
El agua sigue fluyendo 
cierro el desagüe y la veo subir lentamente
El correr del agua arrulla y un eco
que me dice
          que el tiempo pasa
          que se escurre como el agua
          que los ríos
          que la mar y el morir
Oigo entonces cómo el agua se agita
y la veo en el agua, brillante
y entonces María Eugenia me recuerda:
           «Aunque no lo creas
           es la segunda vez que nos bañamos en esta bañera» 



El centro del universo



Mi papá acostado en un chinchorro
en el caney
Tiene una cuerda para balancearse levemente
como si le diera cuerda
al sol
para que siga su camino y pueda ocultarse
El cielo juega a despedirse con fuegos
de fiesta
allí donde se junta con el mar que brilla
Mi padre dice, sin despegarse del espectáculo
en el que parece haber estado trabajando

          Este es el centro del universo

Sonrío y me doy vuelta para buscar las aceitunas
que ya deben estar frías
con la seguridad de que me alejo
a cada paso
del centro del universo


AGUSTÍN SILVA-DÍAZ (1973, Venezuela)
Fuente: http://revistadepoesiaelsalmon.blogspot.com/




febrero 27, 2019

Robert Hass: Miseria y esplendor

Robert Hass


Miseria y esplendor




Convocados por un recuerdo imborrable, ella 
sonriente, los dos hablando en la cocina, 
antes o después de cenar. Pero ambos están en esta otra habitación, 
la ventana tiene vidrios pequeños y ellos sobre un sofá 
abrazados. Él la ciñe con toda su fuerza, ella hundida en el cuerpo de él. 
Es la mañana, tal vez la tarde, la luz 
fluye por la habitación. Afuera, 
el día es lentamente reemplazado por la noche, 
reemplazada por el día. El proceso tambalea salvajemente 
y acelera: semanas, meses, años. La luz en la habitación
no cambia, entonces es simple lo que está pasando.
Ellos tratan de transformarse en uno solo
y algo lo impide. Hay una ternura compartida, pero temen
que sus gritos breves, agudos, los reconciliará al momento
en que vuelvan a caer. Entonces se frotan uno con el otro,
sus bocas están secas, luego húmedas, luego secas.
Se sienten en el centro de un deseo
poderoso y confuso. Sienten
que son casi un animal,
arrastrado a la playa de un mundo -
o arrimado a la puerta de un jardín -
sin poder admitir que nunca serán admitidos.


Misery and Splendor



Summoned by conscious recollection, she
would be smiling, they might be in a kitchen talking,
before or after dinner. But they are in this other room,
the window has many small panes, and they are on a couch
embracing. He holds her as tightly
as he can, she buries herself in his body.
Morning, maybe it is evening, light
is flowing through the room. Outside,
the day is slowly succeeded by night,
succeeded by day. The process wobbles wildly
and accelerates: weeks, months, years. The light in the room
does not change, so it is plain what is happening.
They are trying to become one creature,
and something will not have it. They are tender
with each other, afraid
their brief, sharp cries will reconcile them to the moment
when they fall away again. So they rub against each other,
their mouths dry, then wet, then dry.
They feel themselves at the center of a powerful
and baffled will. They feel
they are an almost animal,
washed up on the shore of a world—
or huddled against the gate of a garden—
to which they can’t admit they can never be admitted.

Traducción: Adam Gai
Otros poemas de ROBERT HASS, aquí
Imagen: The Daily Californian

febrero 26, 2019

Rodrigo Flores Sánchez







Rodrigo Flores Sánchez




Plan anual de trabajo calendarizado 2011









hay un eco

en la junta hay un eco

un eco que no proviene de quien habla

de quien coordina la reunión

diríase de la voz cantante

monologante



hay un eco

un eco periférico

accesorio

no sé si el eco viaja en el aire acondicionado

o expulsa en mí su aire enrarecido

en mis condiciones laborales

sobre la mesa de trabajo



ese eco

ese hueco

es un eco que me cava

que cava en mí

que acaba en mí

que va cavando en mí

y que me hace escucharlo

incesantemente

con impaciencia



hay un eco en la sala de juntas

es un eco que escucho

al que escucho

del que transcribo lo que dicta

al menos parcialmente

aquí

en esta hoja



un eco maquinal

una consigna

una orden de trabajo

una conjura

una esperanza de paro

un eco como pala que me pisa

que me entierra

que me sepulta en su rumor indoloro



es un eco o un semblante

es un rostro que gesticula

y me derrota con sus muecas

yo me abstraigo de la junta cuando percibo el eco

cuando lo escucho cuando lo huelo

cuando descubro al eco derrotarme

hay un hueco en el monitor

y en el monitor hay calendarios

procesos de trabajo diagramas de flujo



en mi cabeza hay un hueco

un jadeo que me cava

un ojo que me atisba

yo busco que me cave

y que me acabe

y que me ponga boca

y que me hable

y que me bale lánguido en la oreja



en la junta se habla de rutas críticas

de trabajo co la bo ra ti vo

yo me como lo que va quedando

lo que me deja el eco

de lo que hablan

las rutinas los automatismos de sus rostros

yo me colmo de aire acondicionado

de las órdenes exhibidas como propuestas

de las líneas jerárquicas yo me colmo



y sonrío

amable

deferente

respetuoso

comedido



y luego anoto que escucho un eco

y luego entonces escucho el eco

y al fin y al cabo para no mirarme

para no detenerme y descubrirme

invento voces

percibo ecos

me incitaré al pavor









febrero 24, 2019

Tatiana Faia





Tatiana Faia




primer poema de berlín     



para Francisca Camelo  






en la soledad de los claustros de kreuzberg 

un santo carga en lo alto y sin secretos 

su cruz envuelto por la noche 

no tiene otro color sino el blanco 

su vestido pero yo quería que fuera 

azul oscuro y bordado de estrellas 

con un aire

de solemne, salvaje, agreste



su consagración es incompleta

marítima, ululante

como nosotros él falló al unirse a los normandos

revelarse solitariamente creyente

y así consolado por un sosiego de piedra

lo guardan ahora nosotros y esta cámara

pequeños animales noctámbulos

la memoria distante de martirios

en gloria febril y efímera

que a él tampoco lo consuelan

y una absurda calma

una estoica y autoritaria indiferencia

contra los borrachos que a veces cortan

por las cercas del jardín

contra los turistas detenidos

para la ocasional fotografía

triunfa también algo en nosotros

pero no sabemos qué

y este santo que no tiene sinapsis

tampoco nos sabría decir



y quiero que él cante

y que nos cuente todos sus secretos

si algo lo tocó tanto como nos conmueven

los amigos que nos esperan a altas horas de la noche

o en las horas de madrugada en todas las ciudades distantes



esta noche sin embargo dos solitarias muchachas

recorren en línea recta la distancia entre esto

y checkpoint charlie

el santo tal vez pregone

como sugiere la cruz en lo alto

la otra mano erguida con un pulgar ligeramente curvado

tal vez lo que él diga haga efecto

en este ser tarde y estar todavía sobrias

como los santos en sus momentos de piedra

que no fueron hechos para soportar

toda esta ruina que nos rodea

aunque no sea aún esta, francisca, la conversación

que va a tropezar con mi absurda necesidad

de más estatuas de santas en éxtasis

más estatuas de santos que se divierten

en todas las alamedas de todos los jardines

de todos los claustros del mundo



la atención a una promesa también es esto

este momento dado por una amiga

un tiempo fuera de su rigor





en el inicio de una primavera

que carga con ella la cicatriz de un largo invierno

un inicio voraz y en color rojo

de frutos que brotarán enteros y dulces

porque tampoco queremos

creer en un dios que no baile

en un dios que no acepte nuestra sangre

y su velocidad caliente

sus juegos de inquietud y retroceso

ávido de pequeñas absurdas conquistas

un dios que no se siente a conversar con nosotros

es lo que no podríamos soportar




porque también en los momentos de pausa

el ardor del mundo carga su propio peso

se abre en su fuego contra la contracción

de un puño que se cierra sobre nuestros úteros

nuestros brazos nuestros ojos

nuestra alegría que nadie podrá romper

que nadie podrá romper




pero pienso que el ardor del mundo

cuenta hasta el tiempo

de cuánto duró esta pausa

tan inclemente que sabrá hasta

cuánto tiempo le llevó al azúcar

de sucesivas barras de chocolate

haber redundado en sugar rush




pero se desprende y cae




ya está en la luz inscrita en el cuerpo del santo

en la ausencia prometida por delicados detalles

de su brocado de mártir

mira cómo incluso él





para estar tan iluminado

tiene que ser vivo, pedestre, pagano

capaz de una caminata en línea recta

luz que viene de abajo hacia arriba y así se acepta






Berlín, 25 de mayo de 2018


Oxford, 28 de mayo de 2018






primeiro poema de berlim




para a Francisca Camelo




na solidão dos claustros em kreuzberg

um santo carrega ao alto e sem segredo

a sua cruz envolto pela noite

não tem outra cor que não o branco

a sua veste mas eu queria que fosse

azul escuro e orlado de estrelas

com qualquer coisa

de solene, selvagem, agreste



a sua sagração é incompleta

marítima, ululante

ele como nós falhou em juntar-se aos normandos

revelar-se solitariamente crente

e assim consolado por um sossego de pedra

guardam-no agora nós e esta máquina fotográfica

pequenos animais noctívagos

a memória distante de martírios

em glória febril e efémera

que também a ele não o consolam

e uma absurda calma

uma estoica e autoritária indiferença

contra os bêbados que às vezes cortam 

pelas vedações do jardim





contra os turistas que param

para a ocasional fotografia

triunfa também sobre algo em nós

mas não sabemos o quê

e este santo que não tem sinapses

também não nos saberia dizer




e eu quero que ele cante

e que nos conte todos os seus segredos

se algo o moveu tanto quanto nos comovem

amigos que nos esperem pela calada da noite

pelas horas cedo da manhã em todas as cidades distantes




nesta noite no entanto duas solitárias raparigas

fazem em linha recta a distância entre isto

e checkpoint charlie

o santo talvez pregue

tanto o sugere a cruz ao alto

a outra mão erguida com um polegar ligeiramente curvado

talvez o que ele diga pegue

a este quanto de ser muito tarde e estarmos sóbrias

como os santos nos seus momentos de pedra

que não foram feitos para arcar

com toda esta perda que nos rodeia

ainda que não seja ainda esta, francisca, a conversa

que vai descambar para a minha absurda necessidade

de mais estátuas de santas em êxtase

mais estátuas de santos a divertirem-se

em todas as alamedas de todos os jardins

de todos os claustros do mundo




a atenção de uma promessa também é isto

este momento dado por uma amiga

um tempo fora do seu rigor





na abertura de uma primavera

que carrega nela a cicatriz de um longo inverno

uma abertura voraz e em vermelho

de frutos que hão-de brotar inteiros e doces

e também nós não querermos

acreditar num deus que não dance

num deus que não aceite o nosso sangue

a sua velocidade quente

os seus jogos de inquietude e retrocesso

tão pronto para pequenas absurdas conquistas

um deus que não se sente para uma conversa connosco

é o que não poderíamos aturar




porque também nos momentos de pausa

o ardor do mundo arca com o seu próprio peso

abre-se no seu fogo contra a contracção

de um punho que se fecha sobre os nossos úteros

os nossos braços os nossos olhos

a nossa alegria que ninguém poderá quebrar

que ninguém poderá quebrar



mas penso que o ardor do mundo

conta até o tempo

de quanto durou esta pausa

tão inclemente que saberá até

quanto tempo levou até o açúcar

de sucessivas barras de chocolate

ter redundado em sugar rush




mas descola-se e vai cair



já está na luz inscrita no corpo do santo

na ausência prometida pelos delicados detalhes

do seu brocado de mártir

para ficar tão iluminado

tem de ser assim vivo, pedestre, pagão

capaz de uma caminhada em linha recta

luz vinda de baixo para cima e assim aceite






Berlim, 25 de Maio de 2018


Oxford, 28 de Maio de 2018






febrero 23, 2019

Pablo Anadón: sobre un episodio de la vida de Rudyard Kipling

Rudyard Kipling


Termino de ver la hermosa y terrible película "My boy Jack", sobre un episodio de la vida de Rudyard Kipling y su familia, cuando el hijo mayor, John, de 17 años, decide alistarse como voluntario en el ejército, impulsado en parte por su padre y los principios heroicos y nacionalistas de su padre, y en parte por su deseo de alejarse de la atmósfera "oscura y depresiva" (al decir de la hermana menor de John, Bird) de la casa familiar. Kipling, por su prestigio y su influencia en los altos mandos, logra que su hijo sea enrolado, a pesar de haber sido exceptuado por la edad y por ser corto de vista. Es ascendido a teniente y enviado a Francia, donde apenas llegado participa en la batalla de Loos, del 25/28 de septiembre de 1915, en la que es herido y declarado desaparecido. Los padres hacen todo lo posible para dar con su paradero, hasta que un soldado que estaba a sus órdenes y que participó a su lado en la ofensiva británica, los visita para contarles lo que vio en la sangrienta refriega, en la que murieron 50.000 soldados ingleses e irlandeses y aproximadamente 25.000 soldados alemanes (en ella murió el jovencísimo poeta británico Charles Sorley (1895-1915), y el escritor Robert Graves, también miembro del ejército británico, sobrevivió y describió en su autobiografía la batalla). Se atribuye a este episodio trágico el origen del conocido poema de Kipling "My boy Jack", con el que concluye la película:


"Have you news of my boy Jack?”

Not this tide.
“When d’you think that he’ll come back?”
Not with this wind blowing, and this tide.

“Has any one else had word of him?”
Not this tide.
For what is sunk will hardly swim,
Not with this wind blowing, and this tide.

“Oh, dear, what comfort can I find?”
None this tide,
Nor any tide,
Except he did not shame his kind —
Not even with that wind blowing, and that tide.

Then hold your head up all the more,
This tide,
And every tide;
Because he was the son you bore,
And gave to that wind blowing and that tide!



Mi hijo Jack



“¿Tienen noticias de mi hijo Jack?”
No con esta marea.
“¿Y cuándo piensan que regresará?”
No con tal viento ni con tal marea.

“¿Una palabra suya alguien tendrá?”
No con esta marea.
Porque lo hundido no puede nadar,
No con tal viento ni con tal marea.

“Oh querida, ¿un consuelo podré hallar?”
No con esta marea,
Con ninguna marea,
Salvo que a nuestra sangre supo honrar —
Incluso con tal viento y tal marea.

Alza, pues, la cabeza cuanto puedas,
Aun con esta marea,
Y con cualquier marea;
Porque él fue el hijo al que le diste aliento,
Y entregaste a este viento, a esta marea.


RUDYARD KIPLING (1865, Bombay, India Británica /1936, Londres, Gran Bretaña)
Imagen: vozpopuli

febrero 21, 2019

Alberto Cisnero: Adiós con escénica rapidez


22          



polvo y niebla de los callejones, ya no me 
siento solo. espero no llegar muy lejos, espero 
que por la mañana me encuentren sonriendo 
por un sueño que no se truncó. mirando largo 
rato el blanco de la página, en silencio. 
la tierra mantiene su imperio despedazando
hombres, puentes, casas. levantamos banderas
ajenas y hasta alguna nuestra. cualquiera
puede identificar y elegir el bien. esa es mi
tapera, mi destrucción, mi fantasía desarticulada.
aquí estoy, alegre, dispuesto a incluirla
en la deferencia sutil de algún epigrama.
y recuerden los viejos camaradas: no recitamos
los mismos libros que nuestros mayores,
los suplimos con furor.



27



sucedió algo determinado. prometí algo
sin decir qué,rendí las llaves de una ciudad,
lo empeñe todo y empecé de nuevo.
para escribirlo. para procurar evidencia.
para obligarme a creer en esa peripecia que hace
brotar flores de mistol, del aire, tan sólo
con aludirlas.definitivamente, no hay prisa.
un cielo impecablemente negro, el papel
limpio y vacío y perfectamente ordenado
mientras nuestras moléculas se confunden,
tienden hacia lo que van a destruir, establecen
su propia relación con el pasado.
cosas que uno nunca aprendió
y que recuerda nomás. o que imagina querer.
existen como este manuscrito, un río o un rincón,
indiferentes a quien lo descifre o a quien
vaya a hundirse en él.



33



todo ya fue escrito hace mucho tiempo.
los insectos estivales chocaban contra
la lámpara. ahora lo único que te resta es exponer
material de desecho, reiterar la sencilla crónica
de su pasado,los atributos externos
con los números pegados en ellos para los salones
de subasta. y que sea incompleto o repelente
en la vetustez de su tema. estuviste ausente
y encontrás de pronto las puertas cerradas
y las ventanas a oscuras. y tras el frescor de ese
primer cortejo, devuelto a su sentido prístino
el impulso de ponerle un fin iracundo, resolvés
escribir otro poema (cedido, propio, hurtado),
no importa sobre qué. extendés la mano y te decís
adiós con escénica rapidez, sorprendido sin una
opinión sobre los detalles faltantes, sin ocultarte,
permaneciendo en un rincón.


De: "Forma parte de mi guerra", Barnacle, 2019
Otros poemas de ALBERTO CISNERO, aquí

febrero 16, 2019

Jonatan María Reyes

Jonatán Reyes


|00|12|     




el vértigo aviva las cosas inanimadas 
como un desliz es una hora errónea. 
quién sabe. sólo sabemos que nunca 
llega la hora / sino que hay que llegar 
a ella / sí / claro está. hay que llegar 
como una colisión / llegar y meterse 
en sus concavidades / y ser cardumen 
brazada / delta / lo que sea / y sellar 
la cáscara / bucear. 

o también / digamos
                                     que nosotros 
somos la hora que / nos alargamos 
y astillamos 
    y que a su vez nos descolonizamos
que la hora es nuestra propia 
                        y hermosa desolación.

venidera sí la nauseabunda sensación
cuando nos enteramos / a contratiempo
que el pegamento se terminó.  sí / 
siente el levitar intrincado 
                             siente la fecha cómo
se despega                                 
                  mira los dígitos a media ruta

mira el punto de cierre / allí dilatándose
siente la anémona que revienta bajo la piel.



|00|19|



hoy saliste de la máquina e imitaste
el zumbido del cuerpo cuando revienta 
en lo profundo

hoy saliste de la máquina 
trenzada y telepática / con tu huella 
impresa en el augurio lábil de los días 

y te sentí interferencia / te sentí brizna
de otra rauda que se tuerce maleza

te sentí danza nada más 
                             sobre esa loseta
trastocada / de frente 
al cénit que te inventa / de un sólo golpe.



|00|24|



hemos  predicho esta zona fingida
la insensatez de lo que se despega
la herida viva hasta su trascendencia

pero / digamos que seguimos siendo
perros de sol que se descascaran con
el trueno / que el silencio dispone
lo insólito a la redonda / que 
la belleza irradia en su derrumbe

esta clarividencia que nos vincula es 
la dilatación de tu cuerpo cuando se
tuerce en el mío / desliz de tu carne 
reproducción de un futuro que sutura
las cáscaras como si fuesen augurios

diríase la nada es el dorso de otra caricia
la corteza retiembla en su traslado
el ramaje nos presagia / que un fin fuese
absurdo / pues la vida reinicia en su trance.

De: "Databending", Barnacle, 2019


JONATAN MARÍA REYES (1984, San Juan, Puerto Rico)
Ha publicado los libros:Actias Luna(2013), SunnySonata (2014), Aduana (2014), Filmina (2016), Perdíamos la gracia y el verano (2017) y Data de otro ardor (2018).
Su poesía fue publicada en diversas revistas internacionales de literatura y poesía, de Colombia, Argentina, Venezuela, España, Grecia, Italia, Brasil, Ecuador, Estados Unidos, Chile, Bolivia y México. Su libro El oleaje que nos deshace resultó finalista del Premio Internacional de poesía Francisco de Aldana. En 2018 recibió el Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero por su poemario Data de otro ardor.
Ha sido traducido al italiano, griego, inglés y portugués.
Es director y editor de la revista de poesía Low-fi ardentía

febrero 07, 2019

Robin Myers: Después de Coahuila, Del Río, San Antonio, Chicago y Janesville, en Wisconsin

Robin Myers


Viendo una fotografía de mi abuela Estela, a quien nunca conocí



Después de Coahuila, Del Río, San Antonio, Chicago y Janesville, en Wisconsin,
de la revolución y sus fronteras de arena movediza y de su padre ansioso en pleno caos,
después de aquel trabajo largo y almidonado que tuvo él en la compañía Parker, leyendo
sin palabras, día tras día, el periódico con una de las manos detrás que se alargaba en busca del tazón
de chiles jalapeños, después de que nacieran uno tras otro la hermana y los hermanos,
algunos con nombres que en la lengua cambiaron de idioma y otros que hincharon
sus bordes ingleses como un mosquitero en el verano, después de los rebozos y las faldas
y los sombreros y los minúsculos violines que debieron tocarle a los vecinos, ninguno
de los cuales se parecía a ellos, cuando se presentaron,
después de la universidad, a la que ella marchó, sola y en contra de las órdenes —luego de que, como se dice
cuando las jovencitas hacen esas cosas, “huyera de su casa”—, después
de su amante egipcio y el horror de los padres de ambos, después de la guerra,
después de que mi abuelo, un filósofo alto, pelirrojo y gesticulador, fuese enviado
a una nave en mitad de un océano repleto de metal, y después de un feroz
brote de varicela que lo hubiera matado pero que en realidad lo rescató
de aquello que diezmara a los demás y en cuya compañía estaba, después de un
hermano muerto y luego otro, el que había querido morir, y antes que
sus hijos, tres de ellos —cuatro, contando al que vivió unos días
antes de que él naciera: Bruce—, mi padre era el segundo, antes de aquella casa en Denver
con jardín trasero, antes de aquellos perros cuyas caras ella tomaba entre sus manos
para lanzar insultos amorosamente en esa lengua que sus padres no hablaban ya
salvo entre ellos, antes del par de años en Lima, antes de que ella diera su permiso a los hijos
de ya no ir a esa estricta escuela católica donde les escocían las palmas de las manos,
antes de que mi padre y su hermano, en la más refulgente acción de triunfo
que puede concedernos una infancia, arrojaran al mar sus libros de texto desde un acantilado,
antes de la casa que ella y mi abuelo habían querido construir en un pueblo de Michoacán
con nombre de columpio —E-ron-ga-rí-cua-ro— y no lo hicieron nunca, antes
que a él se le parara el corazón, antes de aquellos años afligidos que mi padre pasó como asistente de hospital,
pedaleando de forma delirante bajo la nieve rumbo a sus talleres literarios al salir de su turno por las noches,
antes de la otra guerra, de las tres conscripciones de mi padre, salvado cada vez por ésta
u otra báscula, antes de que viese a mi mamá en un aeropuerto, antes de Nueva York
y los suburbios y de mí y de mi hermano y de todos los sitios donde hemos crecido,
antes de abrírsele México de nuevo, al fin, pero no como ella lo había imaginado,
recorriéndolo a solas, rentando una vieja casa en una ciudad con nubes bajas y oscuras escaleras
que subían y bajaban desde el lago —una ciudad más grande ahora, tumefacta
de tráfico a lo largo de sus calles raquíticas, una tierra arrasada en forma tal que la hubiese hecho trizas
de haber vivido como para saberlo—, antes de aquellas cartas que le escribió a mi padre
en sus dos lenguas y antes de haber estado yo al pie de la catedral de Xalapa,
desconociendo si ella había entrado alguna vez ahí —yo no—,
pero con la sospecha de que ella, al menos, había estado allí también, al pie,
mi abuela —de veintisiete, veintiocho años, quizá de treinta—
baila a solas en un vestido blanco, con los brazos ligeros y descalza,
con faldas que en torno a ella lo barrían todo en una ráfaga de gracia,
su rostro oscuro inclinado a la cámara pero sin ver hacia ella,
sonriendo un poco, como si se asombrara a sí misma en silencio,
como si ella supiera que tenía algo hermoso en su interior
y había vivido ahí todo ese tiempo,
y que había decidido,
en ese mismo instante
y con su ayuda,
hablar.



On Seeing a Photograph of My Grandmother, Estela, Whom I Never Met




After Coahuila, Del Rio, San Antonio, Chicago, and Janesville, Wisconsin,
after the revolution and its quicksand borders and her father smoldering in the shuffle,
after his long, starched-collar tenure at the Parker Pen Company, wordlessly
reading the newspaper every day, a hand drifting out behind it to feel for the bowl
of little peppers beside him, after the sister and brothers born in succession,
some with names that changed language on the tongue, some that swelled into
their English edges like a screen door in summer, after the skirts and scarves
and hats and tiny violins they were instructed to play for the neighbors, none
of whom looked very much like any of them, when they came to call,
after college, which she left for, alone and against orders —after, as people say
when young women do such things, she “ran away from home”— after
her Egyptian lover and the horror of both her parents and his, after the war,
after my grandfather, a tall, grinning, ruddy-haired philosopher, was sent
on a ship to the middle of an ocean teeming with metal, and after a ferocious
bout of chicken pox that could have killed him but actually plucked him out
of what slaughtered the others in whose company he’d gone, after one
dead brother and then another, the one who’d wanted to die, and before
her sons, three of them —four, counting the one who lived for just a few days
after he was born: Bruce— my father the second, before the house in Denver
with the garden in back, before the dogs whose faces she’d take in her hands
to lovingly insult in the language her parents had stopped speaking to everyone
but each other, before the two years in Lima, before she let her children
stop going to the steely Catholic school where their palms had smarted,
before my father and his brother flung, in the most resplendent gesture of triumph
a childhood could possibly grant, their textbooks off a cliff and into the sea,
before the house she and my grandfather had longed to build in the Michoacán town
with a name like a swing—Er-on-ga-rí-cua-ro—and never did, before his
stopped heart, before my father’s stricken years as a hospital orderly,
biking delirious in the snow to his writing workshops after the night shift,
before the other war, my father’s three drafts, each time reprieved by this
scale or that one, before he saw my mother in an airport, before New York
and the suburbs and me and my brother and everywhere that’s grown us up,
before Mexico opened itself to her again at last, but not as she’d imagined,
going it alone, renting an old house in a city with low clouds and dark stairs
clambering up and down from the lake —a larger city now, tumefied
with traffic along its skinny streets, land ravaged in ways that would have
pierced her had she lived to know— before the letters she’d write to my father
in her two tongues, and before I stood on the steps of the Xalapa cathedral,
not knowing whether she would have ever gone in —I have not—
but suspecting that she would, at least, have stood here too,
my grandmother —twenty-seven, twenty-eight, maybe thirty—
dances by herself in a white dress, soft-armed, barefoot,
her skirts sweeping up around her in the gust of her grace,
her dark face tilted toward the camera but not looking into it,
smiling a little, as if quietly astonishing herself,
as if she knew she had something beautiful inside her
that had lived there all along
and had decided,
right at that very moment,
with her help,
to speak.


Otros poemas de ROBIN MYERS, aquí
Traducción: Hernán Bravo Varela 
Fuente: https://www.revistadelauniversidad.mx/
Imagen: Youtube

febrero 05, 2019

Ángel Faretta

Ángel Faretta

A quien se sienta a mi lado



Por qué Dios mío, frente a la belleza
posible, como Narciso a contracorriente,
evitás todo posible contacto cuando
huido ya de la tentación del espejo
lo otro me atrae fuera de mi yo.
¿Por qué? Te pregunto otra vez,
se repite esta no especular razón
que hace huya de mi ser parcial
buscando completarlo en otro.
¿Has tenido a bien –o a mal-
buscar mi perdición, cuando
no hago más que buscar
eso que pusiste en tu mundo
para así valorar lo tan bello
de tu obra? Siempre tarde
con torpezas y errores;
nombres apenas borroneados,
falta de señas, adioses apurados;
sueños que buscan compensar
vanamente lo no logrado; así

me apartás desde siempre

-o muchas veces, entonces-
de la piel vista y deseada
el paisaje carnal, el borde
de la prenda o dobladillo.
Penosa peripecia y pena.
¿Me vas a dejar tan sólo
la belleza de la imagen
vuelta pintura o film?
Todas son naves que se van
en este tiempo, y que solo
dejan una estela en el mar
inquieto de mi deseo 
tenaz. Aún en lo bajo
lo alto permanece.
Chet Baker ya sin dientes
al pico de su trompeta…
en Tokio en busca 
de un zen ya vuelto 
clisé y comentario. 
Me tiro al piso,
me desgarro, si llamás
desde ese otro lado.

Otros poemas de ÁNGEL FARETTA, aquí