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febrero 03, 2015

Luis Pereira Severo, poemas inéditos

Luis Pereira Severo | El poeta ocasional
Se observa al poeta con el ceño fruncido, el pelo desaliñado y con anteojos. Detrás, un mueble con libros y varias miniaturas de adorno

El esplendor de los tiempos de Alemania del Este. 


Herramientas de aproximar las fotos. 
Húngaros, polacos, alemanas. Piezas 
de lo que no se desarma. 
Leipzig, Bolonia, en la foto también italianos. 
Una foto de Leipzig en invierno. 
La hermana de la sobreviviente la 
hija de la sobreviviente la 
nieta de la sobreviviente. Los trenes 
Los que no llegaron 
Los que sí. 
Fotos de Leipzig aun en tiempos del este. 
Amores que resisten, el natural 
desasosiego 
de las fotografías. 

 el agua hasta la
puerta de la casa



ES toda la mudanza:
la cama turca que
baila encima del camión.
colchón.
frazada mora.
los artefactos de
cocina.
colador.

cubierto. cuchara. platos. ollas. el aparato de
radio.

la colección de “el escolar”.
año mil novecientos sesenta y siete.
el camión que dobla por Valerio López.



LOS nazis
los tipos señalando
por el corte de pelo o los
tatuajes
que cómo qué con quién me acosté
anoche
con la madre santa
otra vez esa pesadilla amor
alguien señala a los que subirán al
tren
lo hemos visto amor
es una

historia de Hollywood
los tipos son eficaces
entran a la noche a la casa de Maite
cuelgan a Antonia y a Ramón
secuestran sus juguetes
son tipos corrientes
van a la verdulería
a los conciertos de piano
sus mujeres integran el coro
municipal
ellos llevan las listas de
los que van a colgar
lo harán mi vida otra vez
es casi inevitable
hasta que al fin aparezcan los
créditos
el público aplauda
al héroe de la pantalla.



LUIS PEREIRA SEVERO (1956, Paso de los Toros, Uruguay)

febrero 02, 2015

Moya Cannon


Olvidar los tulipanes     



Hoy, en la terraza, señala con su bastón y pregunta: 
«¿Cómo llamas a esas flores?». 
De vacaciones, en Dublín, en los años sesenta 
compró los cinco bulbos originales por una libra. 
Los plantó y los fertilizó durante treinta y cinco años. 
Los hizo crecer, los dividió, 
los almacenó en el galpón sobre alambres tejidos 
listos para plantar en hilera, 
corolas rojo y amarillo intenso: 

tesoro transportado en galeones
desde Turquía a Amsterdam, tres siglos antes.
Ahora en abril se balancean con un viento de Donegal,
encima de las delgadas hojas de los adormecidos crisantemos.

Un hombre que cavó surcos derechos y que recogió negras plantas 
[de grosellas,
que enseñó a hileras de niños las partes de la oración,
tiempos y declinaciones
debajo de un mapamundi de tela cuarteada;
al que le encantaba enseñar la historia
de Marco Polo y de sus tíos que, desalineados,
volvían a casa al cabo de diez años de viaje,
tajeando entonces el forro de sus abrigos
para dejar caer los rubíes traídos de Catay;

ahora, perdiendo primero los sustantivos,
está de pie junto a su cantero de flores y pregunta:
«¿Cómo llamas a esas flores?».


Otros poemas de Moya Cannon, aquí
Versión: Jorge Fondebrider
Fuente: www.luvina.com.mx




Forgetting Tulips



Today, on the terrace, he points with his walking-stick and asks / «What do you call those flowers?» / On holiday in Dublin in the sixties / he bought the original five bulbs for one pound. / He planted and manured them for thirty-five years. / He lifted them, divided them, / stored them on chicken wire in the shed, / ready for planting in a straight row, / high red and yellow cups– // treasure transported in galleons / from Turkey to Amsterdam, three centuries earlier. / In April they sway now, in a Donegal wind, / above the slim leaves of sleeping carnations. // A man who dug straight drills and picked blackcurrants, / who taught rows of children parts of speech, / tenses and declensions / under a cracked canvas map of the world– / who loved to teach the story / of Marco Polo and his uncles arriving home, / bedraggled after ten years journeying, / then slashing the linings of their coats / to spill out rubies from Cathay– // today, losing the nouns first, / he stands by his flower bed and asks / «What do you call those flowers?».


enero 31, 2015

Pedro Serrano

Peregrinaje



Ya no estamos esos cuatro que viajamos
en busca de la claridad y salvación.
La vida ha ido apegándose a sus muros de cal, a su paso.
Mi padre no tenía aún mi edad, mi madre era muy joven.
Como una burbuja de esperanza íbamos
en peregrinación hacia el norte,
Houston, Nueva York, Montreal, trenes, aviones,
hoteles metafísicos con vacas alzadas en la entrada,
albercas a los pies de la cama,
cuerpos negros brillantes y sedosos.
Todo era novedad.
Ana Luisa en su jirafa con ruedas, pequeñita,
persiguiendo un mundo que ya no alcanzaría
y en el que me conduce.
Cruzamos por el cañón del Empire
arreando un sol entre los desfiladeros de Nueva York
hasta caer dormidos en cabeceras oscuras
y en el envés mis padres
relucientes y aéreos en la ciudad adulta.
Hacia el amanecer juntos de nuevo.
Agua de infancia.
Todo el itinerario en mi regazo
como el tren a Montreal,
en un último vagón por bosques aprehendidos,
viendo cómo se iba el paisaje
desde la barandilla
hacia lo que ya fue y sigue siendo.


Otros poemas de Pedro Serrano, aquí
Fuente: www.luvina.com

enero 28, 2015

Denise Levertov



La carretera Merritt     




Como si se tratara 
de moverse continuamente, de 
mantenerse en movimiento sin cesar. 
Bajo un pálido cielo donde,
cual la luz encendida de una estrella,
vamos atravesando la neblina, e incesantemente
perseguimos fijamente una constante
más allá de nuestros seis carriles
en un ensueño permanente…
Y la gente –nosotros mismos-
los seres humanos dentro de
los vehículos haciéndose visibles
solamente al parar en las estaciones de gasolina,
inseguros,
mirándose los unos a los otros,
bebiendo precipitadamente el café
de la máquina automática y, de prisa,
regresar a los coches
y desaparecer
en ellos para siempre
continuando el movimiento.
Casas y más casas, más allá de
la asfaltada pista, árboles, árboles, arbustos
que pasan y pasan.
Los autos que
siguen avanzando, delante de
nosotros, junto a nosotros,
presionando detrás de nosotros
y
en la parte de la izquierda, los que vienen
hacia nosotros con sus deslumbrantes brillos
moviéndose sin descanso,
por seis carriles, deslizándose
al norte y al sur, sumamente veloces,
con un sordo rumor.


La carretetera Merritt, poetas nortemaericanas
Otros poemas de DENISE LEVERTOV, aquí
Fuente:  Cuaderno de poesía critica Nº 25 
Imagen: Jot Down

enero 22, 2015

Ángel Faretta, poemas inéditos


Tras reeler la "Consolación" de Boecio




No callar una vez, callar dos veces,
la razón enaltece
al silencio un tiempo
y luego lo desdeña
sabiéndolo su misma entraña y peña,
y a otro lo abisma
en modo halagüeño
tornándolo ensueño,
espuma, mar, figura,
coto, albergue, clan, llama, nieve, pan,
lamia, mal; impura forma del hablar
y errado de creer que todo cura.


Sobre la prohibición del incesto



Un mismo deseo va desde
la mirada del padre
hasta la del ajeno.
El mismo deseo corre
del ojo paterno
al externo.
No hay curva, pliegue
que el ojo no desee
aunque altere
el entendimiento.
Es que asintiendo
la mirada acepta
que la visión repta
a la misma meta.
Miramos lo mismo
sobre un abismo
que el ojo detalla
y que la boca calla.
No hay nada sin embargo,
tan sólo un encargo
de millones de años atrás
llegando con nuevo disfraz
en su propio Alcatraz
tan fiero como férreo
y tan prieto como hórreo
donde se cuece el grano
del propio molino
que vuelve tan fino
algo tan grueso.
Mira y mira el ojo
y recrea a su antojo
lo que ve.
Ya sé. Ya sé.
Contrario a la fe
es a veces,
con creces
desea lo que mira
y no se anima
a pedir a la mano
lo que el ojo
ofrece esa vez
en el doblez
o en la tirante forma
y en la repetida norma
de mirar perplejo
en un espejo
que es su propio ser.
Porque si cesara de ver
sería nada y no él.


El saber del cuatro 




El espejo no te da su reflejo
sino lo que ponés en él;
te devuelve a vos, perplejo,
en el cuarto de un hotel,
la apariencia fugitiva
de tu imagen unitiva,
mientras en otra pieza,
a kilómetros de distancia,
con igual, la misma ansia,
la pareja imitativa
de ese otro se refleja
circunstancialmente
en otro, raudamente.
Y ese otro se asemeja
al reflejo de un tercero,
y así el entero
que forman -cuarto,
espejo, imagen,
son -al margen- cuatro


Niño mimado



Ay Dios santo este chico,
decía la madre mirando al cielo
preocupada y en continuo desvelo
por su retoño y polluelo
al que notaba algo inquieto
últimamente.
Será que el antes recoleto
repentinamente
ha madurado
¿O no se dice así?
Se dice alienado
que suena mejor
y no dice mucho
será por el chucho
que provoca
en la madre
que al niño toca
y no siente en él
la carne de aquél
con quien creó el troquel
de esto que ahora
busca sin demora
partir cuanto antes.
¿Con otros infantes?
Seguramente
tan contestes
como el suyo
en salir de apuro
a los agrestes
prados y senderos
de la vida.


Nuestros supuestos amigos




Nuestros supuestos amigos
no hacen otra cosa
que llamar cuando tienen ganas,
contarnos alguna novedad
de sus chatas vidas,
que por lo general consisten
en repetirnos una y otra vez,
que como tantas veces,
están en algo, nuevo, distinto,
que seguramente no habrán de
terminar
como las veces anteriores.
O que han enlazado pene o vagina
en hoyo o falo maravilloso, único,
que por ello mismo deben nimbar
de características éticas,

anímicas,
o espirituales imposibles de ser
justificadas más allá de la cama
o del baño y bidet donde nos

lavamos
de tales revelaciones y epifanías.
Otras veces nos incordian
con sus súbitas conversiones
y entonces serían capaces
de hacer teología con Agustín
y con el propio Papa.
Más de las veces tenemos
que tolerarlos por sus

inquietudes,
y preguntarnos por éste autor
o por aquella cita.
Nada les importa,
sólo lo que desean
saciar en ese momento.
Así pasan los años,
ellos siguen con lo mismo.
Sentimos abrirse el abismo
y temer no llegar a la meta,
no terminar la obra o novela,
completar teoría o poema.
Les hemos avisado,
una y mil veces,
les hemos dicho
de todas las maneras posibles,
hemos gritado, llorado, avisado,
pero nada. Tenaz como el mal

aliento,
allí esperan del otro lado
del teléfono o acechando en el

correo
cibernético. Siempre con sus

novedades
repetidas y con sus instantes

eyaculatorios
u orgásmicos que pasan por

revoluciones,
y nada de nosotros que pueda
advertirles,
que nos roban tiempo y no dan
nada,
pero nada, a cambio del nuestro.
Y encima -¡ja!- nos llaman

maestro.


Individuación




Cuando de chicos vemos
sentado a nuestro lado
feliz en su banco escolar
a cualquier animal
al que creemos
más feliz y dotado
de sabrá Dios qué dones,
nos sentimos desdichados
y decimos ¿por qué
no estaré en su lugar?
Así otros que nos vieron
entonces, y ahora nos ven
desde su puesto respectivo,
dirán una vez más
¿Por qué no soy yo ese capaz
de no ser y sufrir lo que yo?
Así, una vez más, cuándo no,
se repite el carrusel de visiones
donde cada quién
desea ser otro y este otro
no es más que ilusiones
que le facilitan nuestro deseo
y ojo dirigido a su vicaria

cualidad
efímera, que la vuelve eternidad
nuestro desconsuelo de ese día,
y creemos ver pura algarabía
en la simple y chata otredad.



Autoconciencia




De nuevo esto está bien y ahora qué hago
se dice todo artífice ante el halago
de su propio elogio y conciencia
que es toda, pero toda la ciencia
de la que disponer pueda
ante el girar de la rueda
de su hacer periférico
y del andar meteórico
de la obra al fin terminada.
¿Y ahora de nuevo esa nada
en el estómago y en la mollera?
¿De nuevo la más que huera
ausencia de deseo por aquello
por lo que antes dio el pellejo?
¿Qué hacer entonces ahora
que el pincel ya no dora
superficies, ni el lápiz crea
seres de artificio y de cera
que fabrica en su interior
el primer y segundo motor
de la imaginación rampante
que es -sabe- la voz cantante
vuelta a reclamar acción,
correr de nuevo ese maratón
del ser buscando el artificio
y paralelo eludir el maleficio
cuando pone manos a la obra
y ve que la duración no sobra.



Didáctica: epigrama




No te confíes del que asiente
que tal vez con su mirada miente;
es que impotente en la disputa
calla y actúa como una puta
que ablanda a su premioso cliente
con pose astuta y reticente;
asienten con la fría mirada
a una lección que les sabe a nada.


Ángel Faretta
 ÁNGEL FARETTA (1953, Buenos Aires,   Argentina)
 De: “Donde hay una adivinanza" (Inédito)
 Imagen: www.datuopinion.com
 Enlaces:


enero 19, 2015

Ilya Kaminsky




El tango de mi madre








Veo sus ventanas abiertas en la lluvia, ropa lavada en las         


             ventanas—

ella monta un poni en mi cumpleaños,


un poni blanco en el séptimo piso.




“¿Y dónde lo dejamos?” “¡En el balcón!”
el poni relincha en el balcón por siete semanas.
En el centro de mi vida: mi madre baila,




sí, aquí, como en la infancia, mi madre
me pide que describa las etapas de mi felicidad—
ella habla de sopas, que son su tema:




entre los regimientos de platillos y de paños,
se mueve tan rápido—se queda estática,
abriendo y cerrando puertas.




Pero, ¿qué era la felicidad? ¡Un poni en el balcón!
El pasado de mi madre, una capa que usaba en los hombros.
Yo dibujo un eje a través de la tarde




para verla, a sus sesenta, cortejando una lengua
extranjera—joven, no tan joven—mi madre
galopa sobre un poni en el séptimo piso.




Se convierte en una extraña y actúa como ella misma,
abre lo que está cerrado, cierra lo que está abierto.






Ilya KaminskyILYA KAMINSKY (1977, Odesa, Ucrania)

Traducción: G. A. Chaves

Fuente: http://poesiamedellin.tumblr.com/

Enlaces:


http://circulodepoesia.com/2014/11/28524/
Imagen: www.spierpoetryfestival.co.za




enero 16, 2015

Antjie Krog

Canción de amor africana     




ni la húmeda intimidad de tus párpados aromáticos como el hinojo 
ni la violencia de tu cuerpo resistiéndose entre las sábanas 
ni lo que viene hacia mí como tu vida 
tendrá tanta menuda piedad de mí 
 
como verte durmiendo 
tal vez a veces te veo 
por primera vez 
tú con tu pecho de guayaba y uva

tus manos frías como cucharas
tus grandes penas altivas manchan de azul cada parte

nos soportaremos uno a otro
incluso si el sol abraza los techos
incluso si el estado cocina lugares comunes
llenaremos nuestros corazones de color
y nuestras trifulcas de pinzones

incluso si mis ojos ascienden hasta el horizonte
incluso si la luna viene con la espalda desnuda
incluso si las montañas forman una conspiración contra la noche
persistiremos cada cual
a veces te veo por primera vez.


ANTJIE KROG 
(1952, Kroonstad, Estado libre de Orange, Sudáfrica)

Traducción de Nicolás Suescún
Imagen: www.wknofm.org







enero 13, 2015

Carlos Alcorta, cuatro poemas inéditos



Parte de la historia   



Un día como éste, también ventoso
y húmedo, cuando apenas faltaban unas horas
para embarcar con rumbo
a la Península y era el uniforme
militar, restituido ya al celoso furriel,
un colgajo arrugado y maloliente,
baqueteado en marchas nocturnas y maniobras
intimidatorias en la frontera;
un doce de febrero por la tarde,
de hace ya más de treinta años organizaba
mi equipaje y decía adiós al campo
de instrucción, a los gritos del oficial
al mando ― Joseph Roth las describió
en Puesto de vigía como “amargas 
vejaciones” ― y al miedo acuartelado
en el cuerpo de guardia, persuadido
de que finalizaba una etapa superflua
de mi vida. Tricornios, metralletas,
amenazantes ráfagas de fuego amotinado
dentro del hemiciclo me sorprenden
varios días después, mientras reparo
algunos desperfectos en mi casa
con más voluntad que pericia. Vuelve 
el tiempo de la espada y la cruz. Oficiales
conjurados y guardias civiles a sus órdenes
pretenden convertir la faz de España
en un cuartel inmenso sometido
a sus delirios. Tengo frío, el pánico
no me deja pensar con claridad.
Mis ojos no se apartan
de la pantalla del televisor.
Pasé la noche en vela hasta que supe
que habían fracasado. No podía
imaginar entonces que la suerte
de poeta joven que estrené meses 
después me atribuiría responsabilidades
futuras en el curso de la historia,
y en mi propia manera de entenderla.



San Zeno Maggiore



Era casi de noche. Lloviznaba
la última vez que estuve en esta plaza,
mientras porfiados reflectores
percutían sobre la fachada
de la basílica abrillantando
impunemente un toldo pintado, un trampantojo.

Como un gato nocturno, 
cegados construyeron mis ojos un precario
armazón para el pensamiento.

Ennoblece hoy el amortiguado sol
columnas, arcos, toba, el mármol rosa
de pilastras y leones, aunque su potestad
no alcanza los rincones de la explana más sombríos,
en donde permanece
despreocupada la resbaladiza
escarcha de la noche precedente.

El agnóstico nada más observa,
aún no saca conclusiones.

La iglesia está vacía. En un pequeño
locutorio, lacrado como un confesionario,
dormita el vigilante que me vende
la entrada. Casi a tientas desciendo hacia la cripta
donde Romeo desposó a Julieta
─la mortecina luz de candelabros
mugrientos crea junto a los ventanales
un mundo fantasmal, de evanescentes
apariencias, igual que si fueran actores
de cine, despojados de formas absolutas─,
subo y bajo peldaños, me demoro
como si obedeciera un precepto
que no acierto a personificar
ni cuando escribo, en un descansillo
no consagrado a la oración. 
No es un ultimátum divino 
o el despertar de una conciencia
religiosa lo que me inmoviliza,
sino la humana seducción del arte 
que convierte en prodigio un acto cotidiano,
el peso de una lágrima, el color
cárdeno de la toga, el ligero arco levitante.

Me postro ante el reclinatorio
como quien cumple una promesa,
hasta que me duelen las rodillas,
hasta que la circulación sanguínea
se paraliza y punzan en la blanda
piel mil cristales rotos, rasgándola,
como cuando pretendes
paliar la sed bebiendo agua muy fría. 
Un mudo habla de nuevo, recobra el ciego el don
de la vista. Suplican mis sentidos.
¿Es ahora el futuro del pasado?
¿Soy en este instante el niño
que fui después? ¿Es más grande el vacío
al recordarlo que antes, mientras lo percibía,
o quizá la escritura resucita
otros sentidos que ignoraba 
poseer? Asciendo hasta el altar despacio.
No deseo romper este silencio
místico, similar al que prolonga
el orgasmo. Examino el perímetro.
Hago cientos de fotos. Descompongo
el conjunto. Enmascaro mis creencias. No me mueve
fe alguna porque veo en las pinturas
más que fervor, idolatría, angustia
de vivir, servidumbres hereditarias, nada
que proporcione libertad al siervo
ante el destino. Desde lo más íntimo
de mi ser veo a ese hombre que aún quiere
encarnarse en un héroe abrumado
por un amor furtivo que parte hacia la guerra,
un Ivanhoe real, acerados
mis sueños, más letales que su espada.

Entre mi mundo y el suyo no hay paz
posible. Son los muros de la historia,
sutiles, invisibles los que logran
distanciarnos. Existen otras maneras de morir
más crueles que la espada, como el frío o el hambre.



White Horse Beach



Ensombrece la luz solar un brusco
movimiento de nubes
escalonadas que apuntalan
en las sombras mi pensamiento,
distraído hasta entonces en relampagueantes
charcos desperdigados por la arena
que escapan hacia el mar en tersos hilos
de agua, charcos accidentalmente 
recordados en el momento en el que escribo, 
porque un poema es una convención,
en él la realidad se reconoce
a sí misma inventándola al decirla. 

Dentro de la mochila 
se apiñan latas de cerveza, frascos
de loción hidratante, antiguos fuegos
debilitados por el desafecto
cotidiano que he acarreado dentro
del equipaje miles de kilómetros
ignorándolo, como si fuera ese parásito
intestinal que no consigo
exterminar. Mientras recojo piedras
deslavadas y conchas de moluscos
enmarañadas por el oleaje
en la caloca y mi hijo selecciona
emocionado las de irisaciones
más atrayentes, me detengo ajeno 
al paisaje, añorando otro momento
mejor, al otro lado del océano.

No dejo de pensar en lo distintos
que somos, en la forma tan opuesta
de expresar nuestras emociones, 
aunque sea el silencio ese espejo
desalmado que muestra las penurias
cotidianas que nos consumen.
La indiferencia no es la bienvenida
que esperaba. ¿Será este tu modo
de aferrarte a un pasado familiar
mitificado desde niña 
o una ocurrente táctica 
para romper ese eslabón 
imaginario que te ata a mi vida?



Cimez Lectularius



Notaste atolondrados movimientos
de origen animal aventurándose
por tus piernas, sagaces, obsesivos
igual que esa manada
de jadeantes felinos despiadados
atravesando la sabana ambigua
que viste en un documental nocturno.

Tus dedos rastrearon el centro del picor
sin encontrar a los parásitos
que pugnaban por su supervivencia.
Aparecieron manchas rojizas en tu piel,
espantosas, púrpuras en su cumbre,
como un volcán a punto de estallar.
Inspeccionaste con ahínco el campo
de operaciones. Cuerpos incansables
ocultos en las fibras capilares
ejecutan impunemente el plan
previsto sin que puedas hacer nada.

Restaste importancia a las picaduras
y te burlaste de ese insecto esquivo,
al que aún no ponías nombre, que la pasada
noche se alimentó de tus problemas,
de tu sangre doliente. Temías iniciar
otra disputa más y te esforzaste
por ver las cosas de la misma forma
que ella las percibía, con la incómoda
sensación de que formular alguna
queja a los empleados del hotel
quebrantaba su escaso sentido del ridículo, 
algo que no podía permitirse
ni a miles de kilómetros de casa.

Ya intuías, sin duda, gracias a su naturaleza
precavida, a su exacerbado
solipsismo que no conviene decir toda
la verdad, ni siquiera a los más íntimos.
Las confidencias son un arma
de doble filo. Alivian el peso de la culpa,
pero convierten el futuro en algo parecido
a una pista de hielo en el desierto.



La imagen muestra a una persona vestida con camisa blanca y saco negro, de pie frente a una pared de piedra con texturas ásperas y tonos grises y beige. El encuadre parece cuidadosamente compuesto: el contraste entre la elegancia del atuendo y la rusticidad del fondo crea una tensión visual interesante, casi simbólica. La iluminación enfatiza los relieves de las piedras y la limpieza del traje, lo que sugiere una escena pensada para transmitir sobriedad, profesionalismo o introspección.
CARLOS ALCORTA
 (1959, Torrelavega, Cantabria, España)

Del libro próximo a publicarse: "Ahora es la noche"
Enlaces:
https://carlosalcorta.wordpress.com/
http://www.vallejoandcompany.com/construccion-de-una-voz-propia-sobre-ejes-cardinales-de-carlos-alcorta/
http://revistatarantula.com/vistas-y-panoramas-de-carlos-alcorta/
    Imagen: www.revistatarantula.com













enero 12, 2015

Rutger Kopland

poesía holandesa



XI     



Todos los años que estuve mirando 
en la terraza del río 
pensé yo: así como aquí, como debe ser 

nada falta, nada sobra 
es fácil comprenderlo 
es demasiado obvio para describirlo 
pues allí está 

el paisaje con el río 
que nunca habré de conocer


RUTGER KOPLAND (Rutger Hendrik van der Hoodakker , 1934, Goor / 2012, Glimmen, Holanda)
Traducción: Carlos Ciro
Fuente: Errancias de sombra
Referencia: Jonio González en Facebook 


XI



Al die jaren dat ik zat te kijken
op het terras aan de rivier
dacht ik: zoals hier, zo moet het zijn

niets ontbreekt, niets is overbodig
het is te eenvoudig om te begrijpen
te vanzelfsprekend om te beschrijven
zo ligt het daar

het landschap met de rivier
ik zal het nooit kennen

enero 09, 2015

Raquel Sinelli





Raquel Sinelli


Escenas en el patio



En la enamorada del muro
se refugian pájaros
tan fugaces que casi ni se ven.
Hacen huecos
pequeños túneles de hojas
donde se aquietan un instante,
sin recuerdos. Luego se van
al mismo espacio misterioso
del que surgen.
Llevan su sonido
y esa levedad pesa como
si algún significado fuera a revelarse.
En silencio, ella cuelga la ropa.
Con los pies aferrados al piso áspero
alza la cabeza
mira el cielo, puntos oscuros
un trazado que desconoce.



Un pozo



Al fondo de la casa
alguien hizo un pozo.
Al costado quedó
tierra amontonada;
cascotes, ramas, lombrices.
Despacio, te acercas a mirar;
entre paredes de barro
un cuadrado se despeja y atrae.
Desde el borde hacia abajo
se ve un cielo oscuro
que parece no terminar.

De: "La envoltura", Ediciones del Dock, 2012


El visitante




De madrugada alguien barre
el aire enrarecido de los cuartos
sacude el sueño y del rostro
que se asomó a hablarte
no queda sino tu turbación.

No hubo palabras que ahora
puedas abrir o enhebrar.

Las imágenes vienen de un territorio
que ignoras durante el día
y vibran en horas
silenciosas como temblores
que despiertan a pequeñas ciudades
antes del amanecer.



Sudestada




En los médanos, al amparo 
del viento hostil,
incesante
recostados en las
sillas plegables,
escuchamos el ruido
del agua
                    como un motor.
La sudestada sube el
nivel del mar
ensucia la espuma,
trae restos
de lo que parecía
hundido, enterrado.
Los turistas levantan
sus lonas,
comienzan a irse. La playa
ya no es el lugar del juego.
Quietos como estatuas
esperamos la lluvia
sumidos en una agitación
personal.


De: "El día pleno", Nusud, 2003
Otros poemas de RAQUEL SINELLI, aquí
Imagen: Facebook

enero 03, 2015

Joshua Corey




Mercado de déficit cognitivo






Ella ha olvidado lo que olvidó
esta mañana: sus llaves, la tostada en la tostadora que ennegrece
el interior de cráneos amados, pequeños planetarios
que proyectan constelaciones cada vez más
incompletas y extravagantes: el Culo
Grávido, la Rueda Mesozoica, la Gran
Barba de Chivo, el Ínfimo Fascista. Al otro lado de su ventana
se congrega un gentío que bulle en blanca confusión
como leche que hierve hasta secarse en la sartén—algunos
alzan dedos para apuntar en esta o aquella dirección
con certeza saltimbanqui pero
ellos están demasiado cerca para todas
esas manos voladoras, de manera que botan anteojos
y sombreros—disculpas inaudibles, alguien ofrece
un puño, la reyerta inunda el exiguo tráfico
de bicitaxis y camiones repartidores llenos hasta el copete
de lechugas que se pudren. Mientras, por encima de todo,
ella prepara las cosas del té: taza y plato de cerámica,
cucharita de peltre, tetera de hierro enguijarrado, un pedazo
de Sara Lee. Espera recordar
encender la radio, escuchar cuando venga el ascensor, cuando
se cierre el candado o alguien llame
a la puerta. Dentro de poco ella lo dejará todo
en la misma configuración
que hay en el fondo de un limpio fregadero blanco
con su grifo goteante.
Nosotros, que observamos esto, ya medio vueltos
hacia jardines soleados o hacia el semirremolque que se 
     aproxima—
sin ser el que está muerto pero tampoco exactamente vivo.
La piel es un guante que se arruga al tensarse.
Lo mismo el cerebelo. Una partida
de ajedrez entre juanpalos—me refiero a los insectos
esos que parecen de madera. Yo digo que aparentamos
a partir de fotos y repeticiones
lo que nos jugamos en estos nombres sin peso.






Joshua CareyJoshua Corey (1970, New York, Estados Unidos de Norteamérica)

Fuente: www.poets.org 

Traduccion: Gustavo Adolfo Chaves en http://cafeverlaine.blogspot.com.ar/2011/09/un-poema-joshua-corey.html

Imagen: www.poetryfoundation.org















Cognitive Deficit Market 





She has forgotten what she forgot

this morning: her keys, toast in the toaster blackening

the insides of beloved skulls, little planetariums

projecting increasingly incomplete

and fanciful constellations: the Gravid

Ass, the Mesozoic Cartwheel, the Big

Goatee, the Littlest Fascist. Outside her window

a crowd gathers, seething in white confusion

like milk boiling dry in a saucepan—some

lift fingers to point this way and that

with herky-jerky certainty but

they’re standing too close for all

those flying hands so that eyeglasses and hats

fall—apologies inaudible, someone hands

a fist, the brawl overwhelms the meager traffic

of pedicabs and delivery trucks stacked high

with rotting lettuce. Meanwhile above it all

she’s setting out the tea things: ceramic cup and saucer,

little pewter spoon, pebbled iron pot, a slice

of Sara Lee. Waiting to remember

to turn the radio on, listen for the elevator, for

the lock to turn or a knock

on the door. In a little while she’ll put everything

away in the same configuration

at the bottom of a clean white sink

with its faucet dripping.

We who watch this, half-turned away already

toward sunny gardens or the oncoming semi—

being not the one dead but not exactly alive either.

The skin is a glove that wrinkles as it tightens.

The cerebellum’s the same. A game

of chess between walking sticks—I mean the insects

made up to resemble wood. I say we dissemble

from photos and repetition

our stakes in these weightless names.