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octubre 12, 2017

Wallace Stevens




Wallace Stevens









Estudios de dos peras





I




Oposculum pedagogum.


Las peras no son violines,

desnudos o botellas.

No se parecen a ninguna otra cosa.





II





Son formas amarillas


compuestas de curvas

combándose hacia la base.

Son toques rojos.





III





No son superficies planas


de curvados perfiles.

Son redondas, 

ahusadas en el vértice.





IV





Tal como están modeladas


hay porciones de azul.

Una tiesa hoja seca culega

del vástago.





V





El amarillo resplandece,


brilla en distintos amarillos,

limones, verdes y naranjas

que florecen en la piel.





VI





Las sombras de las peras


son burbujas sobre el verde mantel.

Las peras no se ven

como el observador quiere.






octubre 04, 2017

Señalador: Vittorio Sereni





Vittorio Sereni / La muchacha de Atenas







Ya el día es un suspiro

y toda el Ática una sombra.


Y así como un fulgor alumbra los opacos



vidrios que en fuga pasan


tu rostro allá abajo se irisa
junto a la aureola de la lumbre
que al icono nocturno
le enciendes.
Pero aquí...




Leer más en El trabajo de las horas




octubre 01, 2017

Anne Michaels: A la verdad le gusta ocultarse en lo abierto. Ya por entonces, a solas en el puente, en la soledad del deseo

Anne Michaels



Segunda búsqueda



Ayer, en el cementerio, no podía entender las palabras "Pierre Curie" grabadas en la lápida.

Marie Curie, 1906 


A la verdad le gusta
ocultarse en lo abierto. Ya por entonces,
a solas en el puente, en la soledad
del deseo, nuestra luna inundaba
los desfiladeros de Truyère.
El músculo satinado de una melodía
serpenteaba por el agua reclamando
atención: por el Wisla, el Biévre,
el Sena. La lluvia tiraba con manos invisibles
de la barba de los cedros, socavaba la ribera de los ríos,
apretaba los puños con el olor de la tierra,

como si supiera que algún día yo metería
las manos entre el pardo polvo de la mena
salpicado de agujas de los pinos de Bohemia,
que estaría cuarenta y cinco meses bajo el paraguas o empapada
bajo el sol, avivando el espíritu azul
del amargo aliento de la pechblenda.
Tantas cosas consumidas, años, para alcanzar
ese color. Como si la lluvia polaca ya conociera
nuestro jardín inundado de París: esperaba
mientras te traían
a casa desde la rue Dauphine, medio cerebro
secándose en el pavimento; la cuchilla de la luna
en la garganta de las flores, carne fresca empapada,
sus bocas amoratadas y abiertas,
sus gritos deshaciéndose en el polvo en la garganta.
Una humedad sepia como la de los bosques de Miniére y Port Royal 
que tú me describiste, me ayuda a dormir: ya en aquel tiempo 
me enseñó a no tener miedo
de la tierra, a agradecer 
los retorcidos senderos 
del fracaso que nos juntaron, 
a rechazar el sudario y en vez de eso 
cubrirte con espinos, iris, el paño negro 
de tierra que tanto amabas. 

Antes de casarnos 
permanecía con el río 
fluyendo por mis manos 
como si la pérdida de algo hermoso 
me hubiera manchado la piel. Qué parecido 
un brinco de esperanza a un brinco 
de miedo. Mientras, un pájaro 
firmaba su nombre en el cielo. Ya entonces 
te sentía por mis ropas, como el beso del radio 
en el bolsillo del chaleco de Becquerel, el beso que nunca olvidó, 
abrasando su vientre.

Aparté tu chaqueta
para verte. Besé la túnica de sombra que te cubría y no quité 
tu sangre de mis uñas. Le grité a Irene 
por cerrar un libro que habías dejado abierto sobre la mesa. 

Cuanto más avanzaba nuestra vida en común 
más te amaba. Día tras día 
vertía mayor pureza 
en vasijas y tarros. Te observaba 
inclinado sobre la mesa como un relojero, 
engastando lo que no es visible. El regocijo 
de la concentración, el amor
la sustancia precipitante. Nuestras manos
nunca dejaban de moverse, piel
de zalea, largos guantes devorándonos
hasta el hueso. Abrimos la puerta a
la aurora boreal, a los icebergs, a lejanas
montañas alineadas en las repisas. 
El residuo azul que se pega como un olor
lo empaña todo con su aliento. 
Por la noche, trabajando, nos sentábamos igual
que bajo las estrellas. La destilación reluciente
del tiempo. 

Te reías cuando, subrayaba los libros de cocina 
con el mismo cuidado que las notas de laboratorio 
pero para mí era lo mismo: el mismo 
proceso del amor, disolver, filtrar, reunir 
hasta que la verdad sea tan pequeña que se palpe 
en la lengua. Mi cuerpo dolorido de permanecer de pie 
en el patio, removiendo. O de tenderme 
debajo de ti. 
Los sonidos de la noche en el césped
de Sceaux, los faroles del porche,
las patas de madera arañando los baldosines
cuando tu padre seguía a la luna con la silla. 
Escuchaba en la oscuridad la canción de la corriente
sabiendo que no había diferencia, tu mano
adormecida a mi lado, estuvieras pensando
en la esencia de las sales, en guarismos del átomo o en los efectos 
secretos de la luz de la luna: se trataba del mismo amor,
radiante en la memoria, sencillo como la piel. 

Todo lo que tocamos 
arde a lo lejos, nos hayamos entregado 
o no, el mismo día de abril se alarga hasta la delgadez,
la misma tarde de invierno 
se espesa hasta la oscuridad. Tenía treinta y ocho años.
Cada vez que la puerta se abría 
esperaba que hieras tú. Durante meses guardé tu ropa
acartonada por la sangre. 
Solamente la calle me entendía. Caminaba
y cerraba los ojos encomendándome al Dios
de los tranvías, de los caballos, de los cabriolés. 

Eres el cristal que silencia 
las hojas mojadas, el silencio del río en invierno. 
No puedo ver el mundo 
con tus ojos, pero puedo verte a ti 
en el mundo: la invisibilidad que inclina la rama; 
la reverberación de la luna al seccionarse; 
la piel desvaneciéndose bajo los rayos. 
Cuando Albert, en mitad de una prueba, 
arrojó de repente su mochila 
para amedrentar los acantilados de Engadine, 
agarrándome del brazo, histérico; “Necesito saber 
qué les ocurre a los pasajeros 
cuando el ascensor cae al vacío” — 
y yo cogiendo a las niñas, temerosa 
de que empezaran a reírse allí mismo - 
era lo que tú habías estado pensando 
cuando atravesamos el Paso de Majola.

Llevo a nuestras hijas
a los ríos que amabas. 
Paseamos por la ribera del Biévre
donde pasabas noches enteras
pescando ideas en el agua. 
Pienso en su piel de plata
invisible en la corriente, 
separando aún la sangre fría y brillante 
del río incoloro. Invisible 
como el oxígeno que sella el agua y el hielo 
de modo que la línea entre río y cielo 
no se rompa, el hidrógeno alineándose 
en una sola dirección, bajo las cuchillas de los patinadores. 
Moviéndose más rápido a cada lenta zancada. 
Nada mejor para entrar en calor que el movimiento,
la velocidad en nuestros muslos. 

Sólo puedo encontrarte 
buscando en lo más profundo, así es como el amor
nos marca el camino en el mundo. 

Mis manos arden
todo el tiempo. 



De: "Buceadores de la piel", Bartebly Ediciones, 1999
Traducción: Jaime Priede. Epílogo: Jordi Doce
Otros poemas de ANNE MICHAELS, aquí

Pablo Seguí





Canción











´



Ella quiere otra cosa, 

a veces, que lo que 

yo quiero, nada más. 

Pero ¡cómo me duele, 

Ahora, que se muestre  

indiferente, lejos! 

Canción, decile que ardo, 

que humeo negramente, 

que mis labios se agrietan.   









Un mundo  









Yo sé que las palabras 

ni las fotos podrán  

tenerte nunca. Que 

el beso que nos dimos  

anoche se conserva 

apenas, desleído 

por la ingrata memoria. 

Que esa risa que estalla 

de repente en tus labios,  

y que yo no manejo 

ni aunque lo intente, surge  

cuando quiere o querés;  

que es inútil grabar  

para los venideros  

ese tacto a distancia  

que sonriendo me ciñe.  

Somos ese detalle 

que el otro guarda, que 

recuerda, del que abjura 

o por el que suspira 

o se alegra. Es posible 

que ahora que dormís 

no me tengas presente: 

soñás, quizá, con una 

minuciosa manada 

de elefantes a punto  

de entrar en un bazar;  

o con esa perrita 

que te daba la pata  

anoche. Lo que sí 

es cierto es que, callado,  

y cansado, y desnudo,  

escribo sobre vos. 

Y lo más cierto es que 

estas pobres palabras, 

que leerás mañana  

por la mañana, con  

un mate, a las corridas, 

jamás conseguirán  

mostrar el modo claro 

en que tu cuerpo luce 

de noche al descansar. 

Todavía más cierto 

es que no importa. Puede 

que el futuro no sepa 

nada de vos, ni de  

tus labios rumorosos.  

Los míos guardarán 

su forma, su tibieza, 

su increíble dulzura. 

Ya no puedo olvidarte, 

señora que ha logrado, 

sólo con ser, hacer  

de estos días un mundo.   











Otro verano y éste   









Increíble. Si pienso en esa noche 

de lluvia en que entreví 

la verdad de los cuerpos al mirar  

aquella lluvia que,  

potente, se volcaba sobre las 

carnosas hojas tras 

el vidrio, tras la reja repujada, 

al cabo de los años 

y de una suerte inteligente y ciega 

que atrás dejó los nombres 

de aquellos seres negros que querían  

que negara sin más  

la brisa, me doy cuenta de que nada 

de lo que ahora tengo 

me faltó nunca. Cuánto se engañó 

mi corazón con fuentes  

retorcidas, perversas; cuánto encuentro 

de lo de siempre en vos, 

amor, en tu palabra y en tu risa, 

e incluso en los desplantes 

intempestivos, aguerridos, altos 

de tanto orgullo tuyo,  

respiración que canta. Reconozco 

caricias y destellos 

reveladores de la más ociosa  

infancia que, latente  

aún en nuestros rostros de crecidos,  

aflora como un fuego, 

como sonrientes llamas que se besan, 

o más bien como imanes 

que, separados, se buscaban desde 

la lejanía. O como 

lo que jamás podremos olvidar: 

el amor a la vida, 

nacido de una noche de verano, 

de la lluvia, lo verde, 

y ahora constatar que curioseabas, 

de algún modo, detrás 

de esos cristales, duende, aquellos ojos  

que luego te supieron.  















De: "Otro verano y éste", Barnacle, 2017

Otros poemas de Pablo Seguí, aquí

Pablo Seguí (1973, Córdoba, Argentina)

Entre los 8 y los 17 años estudió violín, para luego volcarse hacia la poesía. Ha publicado tres libros: Los nombres de la amada (Alción, 1999), Claves y armaduras (Foja/Cero, 2005) y Naturaleza muerta (El Copista, 2011).  Desde hace varios años ya publica sus poemas en sucesivos blogs, entre los cuales figuran: El tren y la mujer que llena el cielo, La lección de piano, El bakelita, Por el jornal, Crocante de seco y el actual, Voces en La Babía. Los poemas que componen Otro verano y éste han sido seleccionados de algunos de dichos blogs.