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junio 23, 2020

Semblanza de Leonor García Hernando, por Sergio Kisielewsky y dos poemas

   
 La chica ya no está en el bar La Paz, no escribe junto a la ventana que da a la calle, no fuma sus cigarritos que saca de una tabaquera con brillo, ya no atraviesa Corrientes sin fijarse en los semáforos, dice cosas incorrectas en momentos incorrectos. No consigue trabajo, vive en pensiones, se enamora del hombre equivocado sin embargo huye con él, se casa de manera clandestina. Milita, reparte revistas en momentos más que difíciles, trabaja como secretaria en la SADE, es asistente de una gran cantante argentina, es una de las poetas que este país puso debajo de la alfombra con cierta incomodidad, algo generó su obra, por eso es necesario quebrar ese silencio y abrirse a su poesía. Leonor García Hernando nació en Buenos Aires en 1955, pero su época más feliz fue en Tucumán. Y le gustaba decir que su nacimiento fue un accidente de la historia. Su poesía corta por la mitad al lector, es un tatuaje a fondo, no se ve a simple vista. “La belleza ocupó todo su corazón” y por donde quiera que se mire su poética es una sombra que da luz, un esbozo narrativo incontenible como si las palabras huyeran a su origen. En la mesa del bar La Paz estaba siempre El cementerio marino de Valery, los libros de London y Baudelaire, siempre, subrayados y, por sobre todo, Los niños terribles de Jean Cocteau. Siempre atenta a lo nuevo que traían los clásicos, desembozada para vivir y escribir, falleció a los 46 años, un 31 de marzo de 2001.
    Ninguna obra se hace de hoy para mañana, pero, sus libros arrancan de cuajo una tradición para crear un imaginario en erupción. “La lujuria de esta luz blanca de los faros errando en un pavimento desolado”. Leonor avanza por la Avenida, come en Los Muchachos con Mirta Satz y Horacio el mozo de siempre dibuja una cuenta más cercana al arte que a las cifras. Coordina el Taller Literario Mario Jorge De Lellis entre 1974 y 1977, vende aros en el antiguo Consejo Deliberante, la platea se viene abajo al escuchar sus poemas en la obra Los poetas de Mascaró, estrenada en 2011, en el Centro Cultural de la Cooperación con la dirección de Leonor Manso y grandes actores, que crean una dramaturgia con poemas entre las manos. Patricio Contreras, Elena Tasisto, Ingrid Pellicori, Alejandro Awada, Walter Quiroz entre otros. Leonor me dice “Escribí más chiquito”, critica el poema, lo hace de una manera para que el próximo texto sea mejor, trabaja la imagen, la síntesis, la emoción lírica sin corta pistas, la épica hecha de un andamiaje sutil, cortante. Leonor habla con sus amigas, le alaban las piernas y escapa, se va con sus ojos azules a otra parte, cocina las mejores empanadas del mundo: las tucumanas.
   Tiene la paciencia de que el terremoto en 2001 está al caer ¿Será social, será el amor, será una casa propia? Todos los que la escuchan saben que es una poeta de otro mundo en un territorio ajado, no tiene buenas costumbres y su moral es un diamante que deja una ética imborrable, creó una obra sin respaldo alguno desde lo material y dio a la poesía una respiración distinta, versos extensos, encabalgados, sin adjetivos contando la verdad desde la herida. Sin embargo la derrota no es un precipicio, no es un señuelo final apenas es un relámpago, como definió Auden, a la muerte en el medio de un pic nic. Leonor no esclavizaba al lector con los tajos y las partidas, su universo está al borde del pudor, una saliva que se toca al leer, el vértigo de quien todo lo tiene y no lo sabe. En una reunión de la Revista Mascaró nombró a los poetas que se debía publicar. Nada más generoso que una lista de estéticas diversas, orígenes disímiles pero supo ver más lejos que todos. Admiraba a Walter Adet, Juan Carlos Moisés, Rafael Bielsa, Pedro Donangelo y Luis Eduardo Alonso. Es asombroso, al leer su obra, que, a pesar de la derrota política, está teñida de esa misma ética que no le permitía decaer (“Lisa, como serían tus ojos azules antes de 1976?”) ningún mapa represivo que, en muchas ocasiones, le mordió los talones la tuvo en el bando de la queja.
   La militancia orgánica no era su fuerte pero su empuje la llevaba a construir redes de solidaridad y reclamo por los escritores desaparecidos. El amor es otro tropiezo un vector donde decir algo con más sentido que el que suele escucharse de a miles. El casamiento clandestino con un hombre de color se realizó a espaldas de sus padres fue el comienzo de una paradoja, se escondió para ser feliz ¿escribir es esconderse? Tal vez en esa época la felicidad estaba mal vista, tenía mala prensa, así las cosas contra viento y marea Leonor fue feliz, breve fue su matrimonio pero feliz mientras duró. La juventud es algo que ocurre a veces y ella fue joven siempre hasta el último aliento. Cómo se llega a ser una poeta de esa espesura es aún temprano para desentrañarlo. Lee a los poetas franceses, los románticos alemanes, consume biografías de poetas y comienza un movimiento sutil que cambia las maneras de decir. Como el Taller por momentos era numeroso ella en forma natural se convirtió en un referente inevitable, una líder peculiar pero líder al fin en especial por su abordaje de la lectura y crítica de los otros textos. Siempre constructiva, punzante, deliberada y con fundamento. Una imagen en poesía no se construye de la noche al amanecer pero de noche y de mañana hay que trabajar las palabras, cortar la maleza, dejar que florezca lo mejor. Rigor, lecturas, tachaduras, notas al margen.
   Desde Mudanzas, su primer libro Leonor, lee a Pizarnik su otro yo, es una Alejandra que bien pudo ser su compañera de cuarto. Ya sabemos lo que ocasiona la convivencia por tanto una como otra hurgaron en materias muy disímiles, cunetas insalvables y fueron hasta el hueso. No son casuales las referencias en la poesía de Leonor hacia Pizarnik más como una hermandad que como una influencia. Los estilos son diversos pero hay un momento de las poéticas que se tocan y no porque se parezcan. Leonor entra a Pernambuco, un bar sobre Corrientes, a metros de Rodríguez Peña, hay actores y actrices. Sale de cuadro, allí los escritores van poco. Comienza un diálogo novedoso para esos tiempos, reparte sus poemas, escucha, conoce un mundo que le trae otras resonancias, el trabajo colectivo para crear en equipo, para generar obras de teatro. Si Proust la llevaba a sus juegos y vivencias en Tucumán los actores también daban en la misma tecla. Actrices y actores estaban allí, se compartía la mesa, los proyectos, el riesgo de llevar a escena a Beckett, Pirandello, Brecht. Sin embargo hay poco elemento teatral en su poesía, hay un acto de decirlo todo de un plumazo. Volver a leerla es la mejor construcción

Sergio Kisielewsky
en Fervor



DOS POEMAS
 

¡oh; la vida que existe en los libros de aventuras infantiles, para recompensarme a mí que he sufrido tanto ¿me lo darás tú? 
-Arthur Rimbaud-


                                               lejano, lejano
 parpadeo del reloj en la intimidad de la sombra.
 Huyen por el desfiladero embozados de amotinadas capas.
 La congoja de mis labios fue antes, en una copa que por minutos mordí.
Ahora retiro con un pañuelo rouge, espuma rota
los vidrios quedaron quebrados en la alfombra.
      Anchos mantos retroceden en el desfiladero con un estertor de pájaro alcanzado por la piedra. El tango completa el gesto de las piernas una forma de acercar el cigarrillo a la boca, herida que abre el rostro para que los besos se retiren
                                                 lejano, lejano
comprometerse a esas manos que apartan el pesado cabello de la frente y luego devorar la ceniza pequeña que ha quedado en el mantel.
                                                 Estoy para perder tantas veces como caigan los dados de una forma maltrecha
estoy para los grandes acontecimientos: un patio con un foso al fondo donde serán sumergidos los ahorcados, un pabellón de cal y las enfermas tocándose las ropas, el hundimiento de los barcos cargueros con pimienta negra y perlas de Malasia, con aceite crudo y navajas de Sevilla
                                                  yo estoy para las mutilaciones para los mancos con voz profunda con sus únicos cinco dedos alzados, agitados en su incapacidad de extrangular.
     Corno en un estuche, mi frente es la perla bajo las placas de fiebre.
Los lisiados desnudan sus rodillas para acercarlas al mar y fatigados dejan que el agua oprima sus mansas piernas incompletas
                                                  lejano, lejano
soy para los asmá ticos el puñado de hojas que quema la estufa; el espinazo de pánico en el descarrilamiento del Metró Port de Clinancurt - Port de Orleans
y la sospecha de los devoradores encapotados apostados en el desfiladero
                                                 lejano, lejano: ¿dónde estaba Dios cuando
te fuiste? el tango propone reprochar
escribir como un jadeo
retener ese bote que quiere deslizarse en el pantano con mi cuerpo atravesado en la quilla rozar esa cicatriz que el paisaje dejó en los párpados
estoy para rezongar
para cubrir de trébol la nuca del sonámbulo y lentos canales de sueño desagüen en esa cabeza neutra, de cabellos cortados al rape. Cabeza errática en la mesa desnuda; evoca otra posesión, otra intensidad en los cubiertos. Las cabezas descubiertas, desprotegidas entre la fuerte circulación de las voces, de las copas donde el trago es de ansiedad. Nadie quiere ser consolado.
Saturan esas manos que rozan la garganta. Perturban esos dedos las sienes escamadas de los que sólo quieren reposar
y estoy para abrir las cajas de música y escuchar los sollozos de las muchachas que abrieron otras cajas de música          otras puertas de cuartos de hotel        sus blusas con botones de nácar abrieron uno a uno desprendían los ojales del corazón y miraron con una aflicción de bolero las piernas de los hombres. 
     Estoy desnuda de situaciones poderosas. Si alguien me llamara desde una ventana oscura una voz que empu-jase mi nombre en la noche      una voz descarnada con el rostro retrasado en la penumbra      la desdicha de un barco guiado hacia el crecimiento de corales y el sonido de la brusca intemperie, de los mansos utensilios ahogados.
Una voz en la sombra grita un nombre y promete otras zonas      (y mi nombre es de reina dos veces construida y dos veces exiliada; fue hecho para el amor cortés, para las sofocaciones).   
     La resonancia de una palabra es tan alta      tan penetrente la atmósfera de un nombre que el amante desatento no encuentra donde abandonar el cuerpo desmayado de Leonor hecho de criaturas perplejas, de vacilaciones, la boca turbia de tierra: es mi reino que comí para que no me lo quitaran. 
     Mi nombre gritado desde esa alta formación de vidrio, desde un ácido encierro
y yo seré más buena      seré un cachorro que alza sus lúcidos ojos a la promesa de una voz. Tendré el encanto de los que perdieron siempre.
Estoy para los grandes acontecimientos
para dormir con Robin, el de los bosques. 




                                                   ha sido una tarde espléndida sobre los viejos plátanos que rodean la terminal de ómnibus
 y ella dijo: ___no hay nada bueno que empiece por ser una herida. 

No quiero esos obsequios miserables.
Era una niña de sienes desordenadas; una boca de labios gruesos acurrucada y saliente como una cornisa cuál era mi ofensa?      qué perdería cerca de las lanchas que derivan?      qué perdón no alcancé entre cortezas qué arrastrado manto, qué lunates y las palabras rarísimas caídas en el umbral helado?
 y ella dijo: ____ atardece con hojas de una pobre suavidad.
          No es poco ser olvidado. Quedar como una cáscara en el verano del agua estancada.
No es poco tocar la repugnancia de tu madre al mirarte y saberse tan. cercana al musgo, tan porosa y ataviada de vendas.
         La tarde mueve sus pliegues       caballos de tinta que se acumulan       esta ilusión de porvenir y derrota
nadie despide mi cuerpo
nadie pone su lengua en mi vientre
no      quitarán mi blusa en las sombras. Las suaves construcciones de seda japonesa adherirán poco más que azulejos salpicados de sangre
y ella dijo: tenía una poética de lencería
qué hacer ahora con esas enaguas, esas caídas del satén en 
los tobillos? 
tantos pliegues        el vestido de profundo escote para bailar sobre baldosas frías       el salón inmenso de tangos donde he pedido
y me quitaron más y más
y todavía el pezón sobre el "cuore" lo han arrancado
tantos pliegues              un borde marcado de encajes
mínimo telón para las piernas que se ocultan y aparecen es tarde en las hojas que oscurecen impregnadas. 
       Oculta por un antifaz, podría acercarme a las carrozas y collares de una palidez opaca, con sus lentos roces sobre la herida; consumen el paisaje inestable de la fiesta.
Queda el desierto con su almendro de leche
y ahora, bajo los pliegues, el ancho cuchillo de cocina. 

De: "Tangos del orfelinato", Colección Mascaró, 1999
Otro poema de LEONOR GARCÍA HERNANDO, aquí

junio 21, 2020

David McLoghlin

Café Derby, poesía irlandesa



Café Derby 




Al cruzar el oscuro paragüero de madera, chorreando
junto a la puerta, chica para chico, cuatro jovenzuelos
galantean serios con la madurez. Los chicos y su cabello,
fijado a lo torero, intensamente engominado;
a la francesa, las chicas revisten sus hombros
con jerséis pastel, y a la cintura otro.
Los atiende un camarero, calvo y retaco,
de menester quizá madurado desde mozo
en las tertulias de Valle Inclán. Hierático,
algo renco, viste una blanca chaquetilla sin cuello
abotonada hasta la garganta, parsimonioso.
Les lleva una bandeja a la mesa—denso,
de las américas, caliente chocolate negro,
infusiones en ánforas de alquimia, bullendo.



Antonio



Muchas noches merodeaba un músico
bajo el palacio del Obispo Xelmirez, bajo el arco
—la acústica tan buena que lo escuchabas
mucho antes de pasar el Obradoiro y subir las escaleras.
Sentado por la larga jornada, cuando se ponía de pie
andaba como con la pierna mal torcida.
No sabía su nombre.

10 años más tarde, descendíamos por Cervantes Lucía y yo,
Santiago tocándome la fibra de nuevo.
Él tocaba “Te Recuerdo, Amanda”
de Víctor Jara. “¡Claro!” le dijo a ella,
“¡Tú tocaste en el Modus Vivendi, en las noches de cantautores!
A las doce lo recogía su novia
con su Golden Retriever. Era universitaria,
10 años más joven. Y pensé entonces en las segundas oportunidades
mientras se marchaban, y en los días
de estudiante de Lucía, cuando decía “todas las ventanas
abiertas al ritmo de Pablo Milanés, Mercedes Sosa y Silvio,”
temas latinoamericanos de esperanza. Y tras la canción,
compañeros, Víctor Jara—y ella y yo
sin encontarnos en ningún bar del casco antiguo,
echando yo de menos estar en otro libro.

En Tarasca ponían a veces los temas de esperanza,
o más bien himnos rebeldes, e izaban la Ikurriña vasca
a la par de la estrella Cubana. Cuando pedí en castellano,
el velludo camarero me miró receloso
bajo fotos de prisioneros en blanco y negro,
amigos del hacha y la áspid—ecos de una iconografía
mural. Se volvió impasible, decidí no sacarme de la manga
a Irlanda. Pegado a mi codo, un parroquiano
llevaba el pasamontañas y el armalite sobre fondo
de la Tricolor: la camiseta inevitable.

Sonaba Víctor Jara en la gramola.
“Intenta tocar eso con la guitarra,”
le dirían los soldados entre risas en el estadio
de Santiago de Chile, al partirle la mano.
Víctor Jara les cantó desde el suelo.



Café Derby




Past the leaking umbrella bin of dark wood
by the door, girl facing boy, four teenagers
play seriously at adulthood. The boys’ hair
is bullfighter-gelled, deeply engominado;
French-style, each girl wears a pastel sweater
around her shoulders, another at the waist.
They are attended by a small bald waiter
who might have served as apprentice
at the tertulias of Valle Inclán. Hieratic,
a slight limp, the collarless white coat
buttoned to the neck, unhurrying
he carries a tray to their table—the dark
thick hot chocolate from the Americas,
the infusiones in alchemical jars, unfurling.



Antonio




Most nights there was a busker
in the arch under Bishop Xelmirez’s palace
—the acoustics so good you heard him
long before you came up the stairs from the Obradoiro.
He sat because of the long hours, and when he stood
he walked as if his leg had been turned the wrong way.
I didn’t know his name.

10 years later, Lucía and I were walking down from Cervantes
Santiago starting again for me.
He was playing “Te Recuerdo, Amanda”
by Víctor Jara. “¡Claro!” he said to her,
“you played at singer-songwriter nights at Modus Vivendi!”
At midnight his girlfriend collected him
with their Golden Retriever. She was a student,
10 years younger. As they walked away
I thought of second chances, and Lucía’s student
days when she said “every window was open
playing Pablo Milanés, Mercedes Sosa, and Silvio,”
Latin American hope songs. Behind the songs,
compañeros, Víctor Jara—and me and her
missing each other in every Old Town bar,
me missing being in a different book.

Tarasca sometimes played the hope songs,
more often rebel songs, flew the Basque Ikurrina
beside the Cuban star. When I ordered in Spanish
the bearded bartender looked at me askance
under black-and-white photos of prisoners,
friends of the axe and the asp—echoes of a mural
iconography. He turned stony, I wouldn’t play
the Irish card. Off my elbow, a local wore
the balaclava and the armalite, foregrounded
on the Tricolour: the easy t-shirt.

Víctor Jara was on the juxebox.
“Try playing that on the guitar,”
the soldiers mocked in the stadium
in Santiago de Chile, after they broke his hands.
Víctor Jara sang back at them from the ground


DAVID MCLOUGHLIN (1972, Dublin, Irlanda)
Traducción: Germán Asensio Peral
Fuente: Estudios irlandeses
Imagen: Coldfront

junio 16, 2020

Luis Cruz-Villalobos



Little blue



 La joven princesa 
 Oscura y sola 
 Pobre y desdichada
 Miraba
 Desde la esquina
 De aquel bar
 Una lágrima
 Recorría su corazón
 Y todas las noches
 Quería salir
 A volar
 Desde sus ojos
 Pero ella
 Que era tenaz
 Como una roca
 No la dejaba
 Jamás escampar
 A lo lejos
 En otra esquina
 Del nocturno bar
 Un piano
 Versátil
 Melancólico
 Hacía que ella
 Se tornase
 Melodía sutil
 Aunque cada noche
 Varios grises
 Y lejanos hombres
 La besaran vacíamente
 Tocaran su piel
 Sin jamás llegar a su alma
 Ella seguía allí
 Sola
 Triste
 Hecha melodía
 Sobre el enrarecido aire
 De aquel oscuro bar
 Donde su cuerpo trabajaba
 Vendiéndose
 Para no morir del todo.



1



En esta gris ciudad
Llueven pétalos blancos
De flores de ciruelo
Los pájaros cantan
Como si fuese primavera
Sin embargo aún
Somos este invierno



No-morir



Uno no quiere morir
Eso es todo
De eso se trata la vida
Y cuando llega
El tiempo exacto
De desear la propia muerte
Entonces
Ya nada vale la pena
Simplemente partir
Cerrar los ojos
Y para qué más
Caminar
Llorar
Vivir
Soñar
Ya no queda
Ningún otro paso
En el camino
Pues éste
Se torna abismo
Abrupto
Amplio
Uno
Todo
Final
Y sólo queda
Guardar silencio
Justo allí
Cuando esta pulsión
Honda
Blanca
De no querer morir
Se ha ido.



poesía chilena, Little blue
LUIS CRUZ-VILLALOBOS (1976, Santiago de Chile, Chile)
De: "Little Blue y otros poemas", Hebel Ed 2018
Imagen: Protestante digital


ANTÓN CHÉJOV: Gente sobrante



      Son las seis de la tarde de un día del mes de junio. Desde el apeadero de Jílkovo y en dirección a la colonia veraniega marcha un grupo de veraneantes recién bajados del tren. Son, en su mayor parte, padres de familia, y van cargados de paquetes, carteras, sombrereras y esas cajas de cartón que guardan las creaciones de la moda femenina. Todos presentan un aspecto cansado, hambriento y malhumorado, como si para ellos no brillara el sol ni floreciera la hierba.


En el grupo se encuentra Pável Matvéievich Zaikin, miembro del tribunal del distrito, hombre alto, un poco encorvado, vestido con un traje barato y portador de una escarapela en su gorra descolorida. Está sudoroso, sofocado y apesadumbrado.


—¿Viene usted diariamente a la dacha? —dice dirigiéndose a él un veraneante de pantalones color cobrizo.


—No. Diariamente, no —contesta sombrío Zaikin—. Mi mujer y mi hijo residen aquí siempre, mientras que yo vengo dos días a la semana. No tengo tiempo de venir todos los días y, además, sale caro.—


¡Y tanto que sale caro! —suspira el de los pantalones color rojizo—. Primeramente, en la ciudad no puedes ir a pie hasta la estación y tienes que tomar un coche…; luego, el billete, que cuesta cuarenta y dos kopeks… Después, en el camino, que si te compras el periódico…, o incurres en la debilidad de beberte una copita de vodka… ¡Todos gastos pequeños… insignificantes…! ¡Pero al final del verano resulta que se te han ido doscientos rublos! Claro que tiene más valor el poder disfrutar de la Naturaleza…, eso no lo voy a discutir… La vida bucólica… Pero hay que tener en cuenta lo que son nuestros sueldos de funcionarios. Por usted mismo sabrá que los kopeks están contados… y que si se descuida uno gastando, luego no duerme en toda la noche… ¡Así es…! Yo, señor mío… (no tengo el gusto de conocer su nombre), cobro cerca de dos mil rublos al año… tengo el grado de consejero civil…, y fumo tabaco de segunda y no me sobra un rublo para comprarme el agua mineral de Vichy que me ha sido prescrita por el médico, para las piedras del hígado.


—Todo, en general, es desagradable —dice Zaikin después de un corto silencio—. Por mi parte, sustento la opinión de que la vida veraniega ha sido inventada por los diablos y por las mujeres. A los diablos les mueve la maldad, y a las mujeres su extrema inconsciencia. Porque esto no es vida…, ¡es un infierno! ¡Las galeras…! El calor no te deja respirar, y aunque te sofoques, tienes que andar de un lado para otro como un condenado, sin contar un momento de tranquilidad. En la ciudad estás sin muebles… sin servicio… ¡Todo se lo llevaron a la dacha…! En cuanto a alimentarte, ¡sabe el diablo con qué te alimentas…! El té no lo puedes tomar, porque no hay nadie que pueda prepararte el samovar… No te lavas, y cuando llegas aquí, o sea a la plena Naturaleza, tienes que darte una caminata a pie a través del polvo y con calor… ¡Puf…! ¿Está usted cansado?


—Sí, señor…, y tengo tres nenitos —suspira el de los pantalones color rojizo.


—En general, ¡todo es desagradable! Lo sencillamente asombroso es que vivamos todavía.


Por fin, los veraneantes llegan a la colonia, y Zaikin, despidiéndose de los pantalones rojizos, se dirige hacia su dacha.


En su casa, un silencio mortal le sale al encuentro. Tan sólo se percibe en ella un zumbido de mosquitos y las peticiones de auxilio de una mosca caída para la cena de una araña. A través de las ventanas, de las que cuelgan cortinillas de muselina, se divisan flores de geranio ya comenzando a marchitarse. En las paredes de madera, desprovistas de pintura, junto a algunas oleografías, dormitan las moscas. Ni en el zaguán, ni en la cocina, ni en el comedor…, se ve un alma. Sólo en la habitación que recibe al mismo tiempo el nombre de salón y el de sala, encuentra Zaikin a su hijo Petia, chiquillo de seis años. Petia, sentado junto a la mesa, sopando fuertemente y alargando el labio inferior, está ocupado en recortar con unas tijeras el valet de carreau de una baraja.


—¡Ah! ¿Eres tú, papá? —dice, sin volver la cabeza—. Hola.


—Hola. ¿Dónde está tu madre?


—¿Mamá…? Se fue con Olga Kirillovna al ensayo del teatro. Pasado mañana es la función y me van a llevar a mí…


—¿Y tú vas a ir?


—Ssssí…


—¿Cuándo va a volver?


—Ha dicho que volvería al anochecer.


—Y Natalia, ¿dónde está?—Mamá se la llevó para que la ayudara a vestirse en la función, y Akulina se fue al bosque, por setas. Papá…, ¿por qué cuando pican los mosquitos se les pone la tripa roja?


—No sé… Porque chupan la sangre… Entonces, ¿no hay nadie en casa?


—Nadie. Estoy yo solo.


Zaikin se sienta en la butaca y mira por la ventana con los ojos embotados.


—Y entonces, ¿quién nos va a servir la comida? —pregunta.


—Hoy no han hecho comida, papá. Mamá pensaba que tú no vendrías, y dispuso que no se hiciera comida. Ella y Olga Kirillovna van a comer durante el ensayo.


—¡Vaya… vaya…! Y tú, ¿qué has comido?


—Yo he comido leche. Para mí trajeron seis kopeks de leche. Papá…, ¿y por qué chupan la sangre los mosquitos…?


A Zaikin le parece de repente que algo pesado le rueda por dentro hasta alcanzarle el hígado, al que empieza a chupar. De tal modo se siente enojado, ofendido y amargado, que tiembla y respira con dificultad. Siente ganas de pegar un brinco, de golpear en el suelo con algo duro y de enfadarse, pero recuerda que el médico le ha prohibido terminantemente ponerse nervioso. Haciendo un esfuerzo se levanta y se pone a silbar un pasaje de Los hugonotes.


—¡Papá…! ¿Sabes tú trabajar en el teatro? —oye decir a la voz de Petia.


—¡Aj…! ¡No me molestes con preguntas tontas! —se irrita Zaikin—. ¡Eres más pegajoso que una lapa! Ya tienes seis años y sigues tan tonto como hace tres. ¡Qué niño más tonto y más mal criado…!


¿Por qué, por ejemplo, estropeas la baraja…?, ¿cómo te atreves a estropearla?


—La baraja no es tuya —dice Petia, volviéndose—. Me la ha dado Natalia.


—¡Miente, chiquillo mal criado! —se excita más y más Zaikin— ¡Estás siempre mintiendo! ¡Lo que hay que hacer es darte unos azotes, renacuajo! ¡Tirarte de las orejas!


Petia se levanta de un salto, estira el cuello y mira fijamente el rostro encendido y enfadado de su padre. Sus grandes ojos parpadean primero, luego se humedecen y la cara del niño se contorsiona.


—Pero ¿por qué te enfadas? —chilla Petia—. ¿Qué te he hecho yo, tonto…? ¡No he hecho nada malo…, no he hecho ninguna travesura…, y tú te enfadas…! ¿Y por qué te enfadas conmigo…?


El pequeño habla con acento convincente y llora con tal amargura que Zaikin se siente


avergonzado.


«Es verdad —piensa—. ¿Por qué le fastidio?».


—Bueno, bueno… —dice, cogiéndole por un hombro—. La culpa es mía, Petiuja… Perdóname…


Lo que eres es un niño muy listo, muy bueno, y yo te quiero mucho.


Petia se enjuga los ojos con la manga, se sienta en el mismo sitio que antes y se pone a recortar la dama de carreau. Zaikin entra en su despacho, se tumba en el diván con las manos debajo de la cabeza y queda pensativo. Las recientes lágrimas del chiquillo han quebrantado su enfado y el hígado se le ha ido aliviando poco a poco. Lo único que siente es cansancio y hambre.


—¡Papá! —oye decir a través de la puerta—. ¿Quieres que te enseñe mi colección de insectos?


—¡Sí…! ¡Enséñamela! Petia entra en el despacho y presenta a su padre un cajoncito largo, de color verde. Ya antes de tenerle escarabajos, saltamontes y moscas clavados con alfileres cerca, Zaikin ha percibido un zumbido desesperado y el arañar de unas patitas contra las paredes de la caja.


Levantando la tapa, ve una infinidad de mariposas al fondo de la caja. Todas, salvo dos o tres mariposas, viven todavía y se agitan.


—¡El saltamontes aún está vivo! —se asombra Petia—. ¡Le cogimos ayer por la mañana y todavía no se ha muerto!


—¿Quién te ha enseñado a clavarlos así?


—Olga Kirillovna.


—Pues a quien habría que clavar es a Olga Kirillovna —dice Zaikin, con repugnancia—. ¡Qué vergüenza! ¡Martirizar a los animales…!


«¡Dios mío…! ¡Cuán terriblemente mal se le educa!», piensa cuando se marcha Petia.


A Pável Matvéievich ya se le han olvidado el cansancio y el hambre, y sólo piensa en el destino de su pequeño. Mientras tanto al otro lado de las ventanas la luz va apagándose lentamente. Se oye a los veraneantes que vuelven en pequeños grupos del baño de la tarde. Alguien se detiene ante su ventana abierta del comedor y grita:


—¿Quieren setas?


Como nadie le contesta, se aleja chapoteando con los pies desnudos.


Pero cuando el crepúsculo se hace tan denso que ya los geranios que se divisan a través de los visillos de muselina pierden sus contornos y por la ventana empieza a entrar el frescor de la noche… escuchan pasos rápidos, charlas y risas.


—¡Mamá! —chilla Petia.


Zaikin se asoma por la puerta del despacho y ve a su mujer, Nadezhda Stepánovna, con su aspecto sonrosado y saludable de siempre. Con ella está Olga Kirillovna, mujer rubia y seca, de rostro pecoso, y dos hombres desconocidos. Uno de ellos es joven, alto, de cabellera rojiza y rizada y nuez prominente. El otro es de pequeña estatura, rollizo, y tiene un rostro de actor, afeitado, en el que resalta la barbilla oscura y torcida.


—Natalia, prepara el samovar —dice Nadezhda Stepánovna haciendo crujir los pliegues de su vestido—. Me parece que ha llegado Pável Matvéievich. ¿Dónde estás, Pável…? ¡Hola, Pável! —dice, entrando corriendo en el despacho y respirando anhelosamente—. ¿Ya has llegado…? Estoy contentísima. Traigo conmigo a otros dos aficionados. Ven que te los presente. El más alto es Koromislov… ¡Canta que es una maravilla…! El otro, el bajito, es Smorkalov… ¡Enteramente un actor! ¡Lee prodigiosamente!


¡Ay…! Estoy cansada… Acabamos de terminar el ensayo… Todo marcha a las mil maravillas.


Vamos a hacer El huésped del trombón y Ella le espera. La función será pasado mañana.


—¿Para qué les has traído? —pregunta Zaikin.


—¡No tenía más remedio, papaíto…! Después del té tenemos que repasar los papeles y cantar alguna cosa, Koromislov y yo cantamos a dúo. ¡Ah…!, que no se olvide… Haz el favor, querido, de mandar a Natalia por unas sardinas, un poco de vodka, queso y alguna que otra cosa. Seguramente se quedarán a cenar. ¡Uf, qué cansada estoy…!


—¡Hum…! No tengo dinero.


—No hay más remedio, papaíto… ¡Es violento! ¡No me hagas ponerme colorada…!


Media hora después sale Natalia en busca del vodka y de los entremeses. Después de beberse su té y de comerse un panecillo francés, Zaikin se retira a su dormitorio y se acuesta mientras Nadezhda Stepánovna y sus invitados, entre risas y ruido, se ponen a ensayar los papeles. Durante largo rato escuchó Pável Matvéievich la voz nasal de Koromislov leyendo y las exclamaciones declamatorias de Smerkalov… A la lectura sigue una larga peroración interrumpida por la risa chillona de Olga Kirillovna. Con el tono autoritario de un actor de veras, aplomo y valor, Smerkalov explica los papeles. Luego viene un dúo, y después un ruido de vajilla… Zaikin, entre sueños, oye cómo suplican


a Smerkalov para que lea La pecadora, y cómo aquél, después de hacerse rogar, empieza su


recitación. En ella silba, se golpea el pecho, llora y ríe con voz ronca de bajo…Zaikin hace una mueca de desairado y mete la cabeza bajo la manta.


—Van ustedes demasiado lejos y está muy oscuro —oye decir al cabo de una hora a la voz de Nadezhda Stepánovna—. ¿Por qué no se quedan a dormir…? Koromislov se puede echar aquí, en el salón sobre el diván, y Smerkalov en la cama de Petia. A Petia se le pone en el despacho de mi marido. ¿Verdad…? ¡Quédense!


Por fin, cuando el reloj da las dos de la madrugada, todo queda inmóvil. La puerta del dormitorio se abre y aparece Nadezhda Stepánovna.


—¡Pável…! ¿Estás dormido…? —murmura.


—No. ¿Por qué?


—Querido…, vete al despacho y échate en el diván para que pueda acostarse aquí Olga


Kirillovna. ¡Anda, querido…, ve! Yo la hubiera puesto en el despacho pero le da miedo dormir sola.


¡Anda…, levántate!


Zaikin se levanta, se echa encima una bata y cargado con la almohada, se arrastra hacia el


despacho. Cuando alcanza a tientas el diván, enciende una perilla y ve a Petia echado encima de éste.


El chiquillo no duerme y con ojos muy abiertos mira la cerilla.


—¡Papá…!, ¿por qué no duermen los mosquitos por la noche…?


—Porque…, porque… tú y yo estamos aquí de sobra. No tenemos ni siquiera un sitio en donde dormir.


—¡Papá…! ¿y por qué Olga Kirillovna tiene pecas en la cara?


—¡Ah…! ¡Déjame! ¡Me aburres!


Después de pensarlo un poco, Zaikin decide vestirse y salir a la calle para refrescarse. Allí


contempla el cielo gris matinal, las nubes inmóviles. Escucha el perezoso grito del rascón


adormilado y empieza a soñar con el día de mañana, en el que ya otra vez de vuelta en la ciudad y regresando del Juzgado, podrá echarse a dormir. De una esquina surge de pronto una figura humana.


«Seguramente el guarda», piensa Zaikin. Pero luego, cuando ésta se le aproxima y puede verla más detenidamente, reconoce en ella al veraneante de los pantalones rojizos, conocido la víspera.


—¿No duerme usted? —pregunta.


—No… No tengo sueño —suspiran los pantalones rojizos—. Me estoy recreando en la


Naturaleza. Sabe usted…, a mi casa, en el tren de la noche, nos llegó una querida huésped…, la mamá de mi mujer. Vinieron con ella mis sobrinas, unas muchachas excelentes… Estoy muy contento, aunque… ¡Hace mucha humedad…!, ¿no es cierto? ¿Y usted…? ¿Ha salido usted también a recrearse en la Naturaleza?


—Sí… —muge Zaikin—. También yo me estoy recreando en la Naturaleza… Diga… ¿Sabe si por aquí cerca hay alguna taberna o restaurante?


Los pantalones de color rojizo alzan los ojos al cielo y quedan profundamente pensativos.


Gente sobrante se publicó el 23 de junio de 1886, con la firma «A. Chejonté», en Gaceta de San Petersburgo (número 166). Se incluyó tanto en el primer volumen de las Obras completas, como en el libro Discursos inocentes de 1887. En vida de Chéjov se tradujo al búlgaro, alemán y serbocroata. Otros títulos en español: «Gente que está de más». (Cuentos completos 1885/1886, Edición de Paul Viejo, 2013)

junio 14, 2020

Pearse Hutchinson


Distorsiones     



Qué sorpresa te llevaste — 
mientras envejecías y usabas 
tan tranquilamente a sexagenarios 
como si fuesen espejos 
que en realidad no distorsionan 
sino que son simplemente proféticos
y tanto más confiables
que el vidrio del baño
que recibe el sol de la mañana
o el del vestíbulo
que no lo recibe jamás —
Qué sorpresa te llevaste
cuando un confiable espejo, que se sabía 60 y no 40
de modo que no te necesitaba a ti
como espejo, pensó que eras carne
y no vidrio, humano y no mineral
y por tanto irrompible, 

y sin verse a sí mismo
como espejo,
a tu extravagante manera de ver las cosas
comenzó a tratarte
como un juguete, como a un hermano,
y aunque tú eras carne y no vidrio,
te rompiste, y sangraste,
no arena, tampoco calcio
tampoco pálido plomo rojo—
de modo que, cuán grande fue
tu sorpresa, al rearmarte sobre
el pavimento, carne y no vidrio
al observar cómo su erguida nuca
se desviaba, con calma,
como si jamás se hubiese visto
reflejado en una flor, en un niño,
o en otro anciano. 



Distortions 



What a surprise you got —
ageing yourself and using
sexagenarians calmly as mirror
s not really distorting
but merely prophetic
and so much more reliable
than the glass in the bathroom
that gets the sun in the morning
or the one in the hall
that never gets any at all —
What a surprise you got
when one reliable mirror,
who knew himself 60 not 40
so could not need you as a mirror,
thought you were flesh not glass
human not mineral and therefore unbreakable, 

and not recognizing
himself as a mirror
in your extravagant sense
proceeded to treat you
like a toy, like a brother
and though you were flesh not glass
you broke, and bled,
not sand or calcium either
nor dull red lead —
so how surprised you felt
assembling yourself on the pavement
flesh not glass
watching his creased nape
moving away, calmly,
as if it had never seen
itself in a flower, a child,
or another old man. 


PEARSE HUTCHINSON (1927, Glascow, Escocia / 2012, Ratghar, Irlanda)
Fuente: Johns Hopkins University Press
Traducción: Jorge Sagastume
Enlaces: Al pial de la palabra | La Convención
Imagen: Portraidi/ Foto de Bill Doyle



junio 12, 2020

César Moro


carta de amor (1942)



 Pienso en las holoturias angustiosas
 que a menudo nos rodeaban al acercarse el alba
 cuando tus pies más cálidos que nidos
 ardían en la noche
 con una luz azul y centelleante
 Pienso en tu cuerpo que hacía del lecho el cielo y las montañas supremas
 de la única realidad
 con sus valles y sus sombras
 con la humedad y los mármoles y el agua negra reflejando todas las estrellas
 en cada ojo
 ¿No era tu sonrisa el bosque resonante de mi infancia
no eras tú el manantial
la piedra desde siglos escogida para reclinar mi cabeza?
Pienso tu rostro
inmóvil brasa de donde parten la vía láctea
y ese pesar inmenso que me vuelve más loco que una araña encendida agitada sobre el mar
Intratable cuando te recuerdo la voz humana me es odiosa
siempre el rumor vegetal de tus palabras me aísla en la noche total
donde brillas con negrura más negra que la noche
Toda idea de lo negro es débil para expresar la larga ululación de negro sobre negro resplandeciendo ardientemente
No olvidaré nunca
Pero quién habla de olvido
en la prisión en que tu ausencia me deja
en la soledad en que este poema me abandona
en el destierro en que cada hora me encuentra
No despertaré más
No resistiré ya el asalto de las grandes olas
que vienen del paisaje dichoso que tú habitas
Afuera bajo el frío nocturno me paseo
sobre aquella tabla tan alto colocada y de donde se cae de golpe
Yerto bajo el terror de sueños sucesivos agitado en el viento
de años de ensueño
advertido de lo que termina por encontrarse muerto
en el umbral de castillos desiertos
en el sitio y a la hora convenidos pero inhallables
en las llanuras fértiles del paroxismo
y del objetivo único
pongo toda mi destreza en deletrear
aquel nombre adorado
siguiendo sus transformaciones alucinantes
Ya una espada atraviesa de lado a lado una bestia
o bien una paloma cae ensangrentada a mis pies
convertidos en roca de coral soporte de despojos
de aves carnívoras
Un grito repetido en cada teatro vacío a la hora del espectáculo indescriptible
Un hilo de agua danzando ante la cortina de terciopelo rojo
frente a las llamas de las candilejas
Desaparecidos los bancos de la platea
acumulo tesoros de madera muerta y de hojas vivaces de plata corrosiva
Ya no se contentan con aplaudir aullando
mil familias momificadas vuelven innoble el paso de una ardilla
Decoración amada donde veía equilibrarse una lluvia fina en rápida carrera hacia el armiño
de una pelliza abandonada en el calor de un fuego de alba
que intentaba hacer llegar al rey sus quejas
así de par en par abro la ventana sobre las nubes vacías
reclamando a las tinieblas que inunden mi rostro
que borren la tinta indeleble
el horror del sueño
a través de patios abandonados a las pálidas vegetaciones maníacas
En vano pido la sed al fuego
en vano hiero las murallas
a lo lejos caen los telones precarios del olvido
exhaustos
ante el paisaje que retuerce la tempestad.


lettre d’amour (1942)


Je pense aux holoturies angoissantes
qui souvent nous entouraient à l’approche de l’aube
quand tes pieds plus chauds que des nids
flambaient dans la nuit
d’une lumière bleue et pailletée
Je pense à ton corps faisant du lit le ciel et les montagnes suprêmes
de la seule réalité
avec ses vallons et ses ombres
avec l’humidité et les marbres et l’eau noire reflétant toutes les étoiles
dans chaque oeil
Ton sourire n’était-il pas le bois retentissant de mon enfance
n’étais-tu pas la source
la pierre pour des siècles choisie pour appuyer ma tête?
Je pense ton visage
immobile braise d’où partent la voie lactée
et ce chagrin immense qui me rend plus fou qu’un lustre de toute beauté balancé dans la mer
Intraitable à ton souvenir la voix humaine m’est odieuse
toujours la rumeur végetale de tes mots m’isole dans la nuit totale
où tu brilles d’une noirceur plus noire que la nuit
Toute idée de noir est faible pour exprimer le long ululement du noir sur noir éclatant ardemment
Je n’oublierai pas
Mais qui parle d’oubli
dans la prison où ton absence me laisse
dans la solitude où ce poème m’abandonne
dans l’exil où chaque heure me trouve
Je neme réveillerai plus
Je ne résisterai plus à l’assaut des grandes vagues
venant du paysage heureux que tu habites
Resté dehors sous le froid nocturne je me promène
sur cette planche haut placée d’où l’on tombe net
Raidi sous l’effroi de rêves successifs et agité dans le vent
d’années de songe
averti de ce qui finit par se trouver mort
au seuil des châteaux désertés
au lieu et à l’heure dits mais introuvables
aux plaines fertiles du paroxysme
et de l’unique but
ce nom naguère adoré
je mets toute mon adresse à l’épeler
suivant ses transformations hallucinatoires
Tantôt une épée traverse de part en part un fauve
ou bien une colombe ensanglantée tombe à mes pieds
devenus rocher de corail support d’épaves
d’oiseaux carnivores
Un cri répété dans chaque théâtre vide à l’heure du spectacle inénarrable
Un fil d’eau dansant devant le rideau de velours rouge
aux flammes de la rampe
Disparus les bancs du parterre
j’amasse des trésors de boismort et de feuilles vivaces en argent corrosif
On ne se contente plus d’applaudir on hurle
mille familles momifiées rendant ignoble le passage d’un écureuil
Cher décor où je voyais s’équilibrer une pluie fine se dirigeant rapide sur l’hermine
d’une pelisse abandonnée dans la chaleur d’un feu d’aube
voulant adresser ses doléances au roi
ainsi moi j’ouvre toute grande la fenêtre sur les nuages vides
réclamant aux ténèbres d’inonder ma face
d’en effacer l’encre indélébile
l’horreur du songe
à travers les cours abandonnées aux pâles végétations maniaques
Vainement je demande au feu la soif
vainement je blesse les murailles
au loin tombent les rideaux précaires de l’oubli
à bout de forces
devant le paysage tordu dans la tempête


CÉSAR MORO (Alfredo Quizpés Asin)(1903 / 1956,  Lima, Perú)
Enlaces: A media voz | Material de lectura / UNAM

junio 08, 2020

Mary O'Malley: Los objetos de la casa ya no son inertes o agradables

Gran poeta irlandesa con polluver negro y medallón

En Friar's Hill


Cuando partas a Itaca / ruega que tu viaje sea largo"
Cavafy

A esta hora de la noche los objetos de la casa
ya no son inertes o agradables.
Despiden emanaciones cargadas de ceniza.
El frío televisor, el panel de la ventana
y el teléfono tiemblan ligeramente
en sus sueños de baratija.
Hace casi dieciocho años
regresamos del sol
con dos hijos pequeños
a esta, nuestra ciudad universitaria.
Aquí, no lo sabíamos,
planeaban abrir una calle.
En la colina de enfrente
solían pastar dos caballos, Verano e Invierno,
que nuestra hijita adoraba.
Arriba, en las constelaciones,
convergían trayectorias
de estrellas candentes. Pese a las
señales de desastre,
cada colisión fue evitada.
Cuando volví al hogar esta noche
los gatos vinieron hacia mí,
una sombra gris, una nube naranja.
¿Hogar? No hay peligro de elegía.
Ya nunca tendremos treinta años de casados.
Este anillo de bodas
que fue nuestra O de regocijo
y “para siempre” y que está en un
oscuro cajón, todavía me va bien.
Cuando partimos a Itaca
con rostros radiantes, te di juventud
y fuego, tanto como dolor.
Aunque esa isla desnuda no era
el destino esperado,
compramos ámbar y ébano
y nuestro viaje fue largo.
Los caballos ya no están,
reemplazados por casas.
En cada calle, en cada barrio nuevo,
comienza una vez más.
Esta noche de noviembre
hay una luna
atrapada en una tenue malla
de bruma. Me consuela saber
que podría ir hasta la colina de enfrente
donde pastaban la yegua blanca y el caballo marrón
y la bahía se ensanchaba al oeste,
hacia el agua y la fuga.


Calipso




La luna asoma su alta grupa sobre el pueblo.
La marea sube con intención de aclarar y anegar.
En un sueño, un bote se mueve detrás de la hierba.
Lo conozco, veintiocho pies y un mástil.
El motor Lister parece una becasina. Viene
hacia mí. Dos rápidas pinceladas
azul Matisse parten el agua en una V.
Ya craquelado el fuego, todo lo que quiero
es este estado, la raíz cuadrada del amor reducido
a nostalgia, una vocal suave sostenida por dos
consonantes fuertes - el reino de los sueños insiste
en que es peligroso consumirse más que eso.
El desecho de mis años se entrelaza con la marea agitada.
Voy hacia el promontorio, con su escudo de nubes de tormenta.
Trataré de hallar, en este viaje,
a alguien que tenga la receta de los panales.
Dejo mi hogar - no llevo acompañantes -
y subo al bote de mi padre con esta instrucción:
Olvida las estrellas. El ángulo plisado donde el cielo se junta
y forma un techo es lo único en lo que puedes fiarte ahora.
Dos golpes de los remos y responde, liviano como un hueso del deseo,
el caprichoso regalo de los dioses por este arte de estar sola.

Versiones de Gerardo Gambolini


La petición




A las nueve en el hotel.
Si no vienes o llegas tarde
nos veremos en la tumba.
Creo que deberías ponerte 
un vestido.
¿Te parece bien?
Por supuesto,
ninguna mujer de Connemara que se precie
aparecería en un cementerio
con menos.

Versión de Enrique Alda



MARY O'MALLEY 
(1954, Connemara, Irlanda)

junio 04, 2020

José Miguel Silva: Penélope escribe

José Miguel Silva


Gran circo de Montekarl    



No me gusta especialmente el circo, pero como no hay nada más 
y una persona tiene que entretenerse con alguna cosa, aquí vine. 
Confieso que me atrajo sobre todo el número de la Gran 
Conflagración del Capitalismo, anunciado con letras rojas 
en el cartel. El asunto que surge es: 
¿a qué horas comienza? Pregunto, nadie sabe. 

Francamente, esto ni parece una producción americana. 
Estamos aquí de pie hace quién sabe cuántas horas y nada sale  
de la rutina: entran payasos, salen payasos, unos más 
ricos, otros menos, pero de todos modos sin gracia.
Ya ni siquiera puedo ver. Y los domadores de caniches,
burros, comedoras de latón. Esto me enferma.

Ahora son los comedores de fuego. Que fastidio de mierda.
Sólo necesitamos un mago, listo ¿para qué dije eso?.
Más valía haberse quedado en casa. Pero la culpa es mía —
boletos tan baratos, debí haber desconfiado—. Podría intentar salir,
¿pero cómo, si ni consigo ver la puerta? ¿Y salir hacia dónde?
¿Hacia el frío de la noche? Estamos bien jodidos.



Los mejores años de mi vida



Los mejores años de mi vida
pasaron conmigo ausente, pasaron
en una corriente subterránea.
No me enteré de nada, distraído
con la caída de la hoja,
la densa mezcla de pan y desorden.
Estaba todo por pasar, pero yo sólo atendía
a pequeñas querellas
y tímidos pasos sin ton ni son, siempre a la espera
de no tener futuro. Sentado, como un pobre
sobre un pozo de petróleo,
medía con tijeras las semanas,
me mezclaba con libros, ansiaba
el día en que dejara de sangrar.
Los mejores años de mi vida los cambié
por esto.



Penélope escribe



Es más que cierto: no siento tu ausencia.
Pasé toda la tarde ordenando tus papeles,
leyendo las cinco cartas que me fuiste mandando
la semana que perdimos: tú en el Alentejo,
yo bajo el agua. Después regué las rosas
que dejaste en el huerto. Siempre sola y sin
lamentar mi estado (porque no me haces falta),
puse el disco de Chavela que me diste en Navidad
y empecé a preparar tu plato predilecto.
Cocinar me hizo perder el apetito; por eso
abrí una botella de vino y no me cuesta
confesarte que no siento tu ausencia.
Más o menos a las diez, me obligué a rechazar
dos invitaciones para salir (alegué androfobia)
y estoy en este momento recortando tu imagen
(no me haces falta) en la fotos que guardo de los dos,
es una forma de castigar con la papelera
a la inhábil idiota que dejó que te marcharas.



O Grande Circo de Montekarl



Não gosto especialmente de circo, mas como não há
mais nada e uma pessoa tem de se entreter com alguma
coisa, cá vim. Confesso que me atraiu sobretudo o número
da Grande Conflagração do Capitalismo, anunciado
em letras vermelhas no cartaz. A questão que se põe é:
a que horas começa? Pergunto, ninguém sabe.

Francamente, isto nem parece uma produção americana.
Estamos aqui de pé há sei lá quantas horas e nada sai
do ramerrão: entram palhaços, saem palhaços, uns mais
ricos, outros menos, mas todos iguais, todos sem graça.
Já nem os posso ver. E domadores de caniches,
burricos, cantilenas de latão. Isto põe-me doente.

Agora são os comedores de fogo. Que seca do caralho.
Só nos falta um mágico – pronto, para que é que eu falei.
Mais valia ter ficado em casa. Mas a culpa é minha –
bilhetes tão baratos, devia ter desconfiado. Podia tentar sair,
mas como, se nem consigo ver a porta? E sair para onde?
Para o frio da noite? Estamos bem fodidos.



Os melhores anos da minha vida



Os melhores anos da minha vida
passaram comigo ausente, passaram
numa corrente subterrânea.
Não me apercebi de nada,
distraído com a queda das folhas,
a densa mistura de pão e desordem.

Estava tudo em aberto, mas eu não sabia
senão de pequenas querelas,
e tímidos passos à toa, sempre à espera
de não ter futuro. Sentado, como um pobre,
sobre o poço de petróleo,
eu media com tesouras as semanas, 
misturava-me com livros, ansiava 
pelo dia em que deixasse de sangrar.

Os melhores anos da minha vida troquei-os
por isto.



Penélope escreve



É mais que certo: não sinto a tua falta.
Fiquei a tarde toda a arrumar os teus papéis,
a reler as cinco cartas que me foste endereçando
na semana que perdemos: tu no Alentejo,
eu debaixo de água. Fui depois regar as rosas
que deixaste no quintal. Sempre só e sem
carpir o meu estado (porque não me fazes falta),
pus o disco da Chavela que me deste no Natal
e comecei a preparar o teu prato preferido.
Cozinhar fez-me perder o apetite; por isso 
abri uma garrafa de maduro e não me custa
confessar-te que não sinto a tua falta.
Por volta das dez horas, obriguei-me a recusar
dois convites pra sair (aleguei androfobia)
e estou neste momento a recortar a tua imagem
(não me fazes falta) nas fotos que possuo de nós dois,
de maneira a castigar com o cesto dos papéis
a inábil idiota que deixou que tu te fosses.



JOSÉ MIGUEL SILVA (1969, Vila Nova de Gaia, Portugal)

Enlaces: Zurgai | Poesía nómada | Luvina

junio 01, 2020

Nicos Cavadías: Leía con ardor a la santa de Ávila

Marabú (i)   




Dicen los marineros que viajan conmigo 
que soy un tipo agrio, intratable y malvado, 
que odio a las mujeres de una manera ruin 
y que yo nunca suelo acostarme con ellas. 

Y aún dicen más, que tomo hachís y cocaína, 
que una pasión terrible me tiene poseído, 
que tengo el cuerpo lleno de horribles tatuajes, 
extraños y angustiosos, con los que estoy marcado. 

Y aún dicen otras cosas peores, muchas más,
que, sin embargo, son mentiras e invenciones.
Pues lo que de verdad me marcó mortalmente,
no lo ha sabido nadie, a nadie dije nada.

Pero ahora que ha caído la tarde tropical
y huyen hacia el oeste aquellos marabús
hay algo que me incita a poner por escrito
aquel suceso oculto que siempre silencié.

Yo fui una vez grumete en un barco correo
que llevaba las cartas de Egipto al sur de Francia.
Entonces conocí a mi flor de los Alpes
y nos ligó una estrecha amistad fraternal.

Era aristocrática, ligera y melancólica,
hija de un rico egipcio que un día se mató.
Viajaba sus penas hacia tierras lejanas
–acaso allí sucede que las penas se olviden–.

Solía llevar con ella el Journal de Bashkirtsev,(ii)
o leía con ardor a la santa de Ávila.
A veces recitaba tristes versos franceses
y se quedaba horas mirando el mar azul.

Yo sólo conocía los cuerpos de las putas
–tenía un alma abúlica herida por la mar–,
ante ella recobré la gracia de la infancia
y en éxtasis le oía hablar como un profeta.

Le puse un día al cuello una pequeña cruz
y ella me regaló una hermosa cartera.
Me sentí desdichado, el más triste del mundo
cuando un día llegamos al fin a su destino.

Muchas veces pensé en ella al navegar
como mi baluarte, como mi ángel guardián,
y su foto en el puente para mí era un oasis
que uno hubiera encontrado en medio del desierto.

Creo que debería ya detenerme aquí,
tiembla mi mano, el aire caliente me fustiga.
Las flores tropicales apestan en el río
y allá a lo lejos grazna un torpe marabú.

¡He de seguir!... Un día en un puerto extranjero
me emborraché con whisky, ginebra y con cerveza,
y sobre medianoche, tropezando pesado,
me dirigí a las casas sucias de las perdidas.

Allí sórdidas hembras arrastran a los hombres
y de repente una me arrebató el sombrero
–viejo hábito francés del barrio de las putas–
y casi sin quererlo entonces la seguí.

Era un cuartito oscuro, tan sucio como todos,
a pedazos caía la cal de las paredes.
Ella, un andrajo humano que hablaba roncamente
con los ojos oscuros, negros y endemoniados.

Le dije que apagara la luz. Caímos juntos.
Mis dedos recorrieron sus huesudas costillas.
Hedía a absenta. Desperté, que dicen los poetas,
“cuando la aurora extiende sus pétalos de rosa.”(iii)

Cuando le vi la cara con las primeras luces
me pareció tan digna de lástima y maldita,
que con extraño horror, como si me aterrase,
me saqué la cartera veloz para pagarle.

Doce francos franceses... y lanzó un alarido
y vi que me miraba con sus ojos salvajes
y también mi cartera... pero yo me quedé
con la mirada inmóvil en la cruz de su cuello.

Olvidé mi sombrero, como un loco corrí,
un loco que vacila y que se tambalea,
pues llevaba en la sangre la horrible enfermedad
que juega con mi cuerpo y aún hoy lo tortura.

Dicen los marineros que viajan conmigo
que hace mucho tiempo que no veo a mujer
que soy pellejo viejo, que tomo cocaína,
mas si ellos lo supieran me compadecerían...

La mano tiembla... fiebre... He olvidado mucho.
En la ribera veo un marabú muy quieto,
y mientras él me mira a su vez insistente,
nos parecemos –creo–: estúpidos y solos.



Nagel el timonel

A N. Rando

Nagel Harbor, timonel noruego en Colombo,
después de viajar como siempre en un barco
que partió hacia un lejano puerto desconocido,
desembarcó en su barca pesado, pensativo,
con sus manos robustas cruzadas sobre el pecho,
fumando en una vieja pipa amasada en barro,
mientras hablaba sólo, en una lengua nórdica.
Marchó apenas se fueron los barcos de su vista.

Nagel Harbor, capitán de navíos mercantes,
al mundo entero dio la vuelta, pero un día,
cansado, se quedó de timonel en Colombo.
Pero siempre pensaba en su país lejano
y en las islas Lofoten pobladas de leyendas.
Y, sin embargo, un día se murió en su cabina
cuando escoltaba en puerto al Steamer Tank “Fjord Folden”
que hacia las islas Lofoten partía humeante...



El mono de un puerto en el Índico




Una vez, en un puerto del Índico lejano,
le cambié una corbata polícroma de seda
a un cierto marroquí por un pequeño mono
de ojos grises, oscuros y llenos de malicia.

Mordía una gran pipa en sus labios el mono
y sólo la soltaba cuando quería exhalar
un humo denso que, según el vendedor,
era opio que fumaba desde que era pequeño.

Al principio tan sólo vomitaba en la proa
y me miraba triste y en completo silencio.
Pero al pasar el tiempo, él solo vino a mí
y se pasaba horas sentado sobre mi hombro.

Si me tocaba guardia nocturna en la cabina
y el tormento del sueño me horadaba los ojos,
se quedaba sombrío tiritando en mi hombro
y muy serio miraba la brújula conmigo.

Le compraba en los puertos plátanos y bombones
y en tierra le llevaba con una cadenita,
nos sentábamos juntos, bebíamos en los bares
hasta que ya borrachos volvíamos al barco.

No se enfadaba nunca, me mostraba su amor,
y ni una vez tan sólo escuché sus gruñidos.
Parecía habituado a esta vida y a mí,
y yo me hice a él como a una persona.

Pero una vez que andaba absorto junto a él,
se escapó de mis manos y se marchó feliz.
Tenía una gran virtud: sabía guardar silencio
y de mujer tenía su innoble corazón.



ΜΑΡΑΜΠΟΥ




Λένε για μένα οι ναυτικοί που εζήσαμε μαζί
πως είμαι κακοτράχαλο τομάρι διεστραμμένο,
πως τις γυναίκες με ένα τρόπον ύπουλο μισώ
κι ότι μ’ αυτές να κοιμηθώ ποτέ δεν πηγαίνω.

Ακόμα, λένε πως τραβώ χασίσι και κοκό,
πως κάποιο πάθος με κρατεί φριχτό και σιχαμένο,
κι ολόκληρο έχω το κορμί με ζωγραφιές αισχρές,
σιχαμερά παράξενες, βαθιά στιγματισμένο.

Ακόμα , λένε πράγματα φριχτά πάρα πολύ,
που είν’ όμως ψέματα χοντρά και κατασκευασμένα,
κι αυτό που εστοίχισε σε με πληγές θανατερές
κανείς δεν το ‘μαθε, γιατί δεν το ‘πα σε κανένα.

Μ’ απόψε, τώρα που έπεσεν η τροπική βραδιά,
και φεύγουν προς τα δυτικά των Μαραμπού τα σμήνη,
κάτι με σπρώχνει επίμονα να γράψω στο χαρτί,
εκείνο, που παντοτινή κρυφή πληγή μου εγίνη.

‘Hμουνα τότε δόκιμος σ’ ένα λαμπρό ποστάλ
και ταξιδεύαμε Αίγυπτο γραμμή Νότιο Γαλλία.
Τότε τη γνώρισα – σαν άνθος έμοιαζε αλπικό –
και μια στενή μας έδεσεν αδελφική φιλία.

Αριστοκρατική, λεπτή και μελαγχολική,
κόρη ενός πλούσιου Αιγύπτιου οπού ‘χε αυτοκτονήσει,
ταξίδευε τη λύπη της σε χώρες μακρινές,
μήπως εκεί γινότανε να τηνε λησμονήσει.

Πάντα σχεδόν της Μπασκιρτσέφ κρατούσε το Ζουρνάλ,
και την Αγία της ‘Aβιλας παράφορα αγαπούσε,
συχνά στοίχους απάγγελνε θλιμμένους γαλλικούς,
κι ώρες πολλές προς τη γαλάζιαν έκταση εκοιτούσε.

Κι εγώ, που μόνο εταίρων εγνώριζα κορμιά,
κι είχα μιαν άβουλη ψυχή δαρμένη απ’ τα πελάη,
μπροστά της εξανάβρισκα την παιδική χαρά
και, σαν προφήτη, εκστατικός την άκουα να μιλάει.

‘Ενα μικρό της πέρασα σταυρόν απ’ τον λαιμό
κι εκείνη μου χάρισε ένα μεγάλο πορτοφόλι
κι ήμουν ο πιο δυστυχισμένος άνθρωπος της γης,
όταν εφθάσαμε σ’αυτήν που θα ‘φευγε, την πόλη.

Την εσκεφτόμουν πολλές φορές στα φορτηγά,
ως ένα παραστάτη μου κι άγγελο φύλακά μου,
και μια φωτογραφία της στην πλώρη ήταν για με
όαση, που ένας συναντά μες στην καρδιά της ‘Αμμου.

Νομίζω πως θε να ‘πρεπε να σταματήσω εδώ.
Τρέμει το χέρι μου, ο θερμός αγέρας με φλογίζει.
Κάτι άνθη εξαίσια τροπικά του ποταμού βρωμούν,
Κι ένα βλακώδες Μαραμπού παράμερα γρυλίζει.

Θα προχωρήσω!... Μια βραδιά σε πόρτο ξενικό
είχα μεθύσει τρομερά με ουίσκυ, τζιν και μπύρα,
και κατά τα μεσάνυχτα, τρικλίζοντας βαριά,
το δρόμο προς τα βρωμερά, χαμένα σπίτια επήρα.

Αισχρές γυναίκες τράβαγαν εκεί τους ναυτικούς,
κάποια μ’ άρπαξ’ απότομα, γελώντας, το καπέλο
(παλιά συνήθεια γαλλική του δρόμου των πορνών)
κι εγώ την ακολούθησα σχεδόν χωρίς να θέλω.

Μια κάμαρα στενή, μικρή, σαν όλες βρωμερή,
οι ασβέστες απ’ τους τοίχους της επέφτανε κομμάτια,
κι αυτή ράκος ανθρώπινο που εμίλαγε βραχνά,
με σκοτεινά, παράξενα, δαιμονισμένα μάτια.

Της είπα κι έσβησε το φως. Επέσαμε μαζί.
Τα δάχτυλά μου καθαρά μέτρααν τα κόκαλά της.
Βρωμούσε αψέντι. Εξύπνησα, ως λένε οι ποιητές,
«μόλις εσκόρπιζεν η αυγή τα ροδοπέταλά της».

‘Ηταν την είδα και στο φως τ’ αχνό το πρωινό,
μου φάνηκε λυπητερή, μα κολασμένη τόσο,
που μ’ ένα δέος αλλόκοτο, σα να ‘χα φοβηθεί,
το πορτοφόλι μου έβγαλα γοργά να την πληρώσω.

_ώδεκα φράγκα γαλλικά ... Μα έβγαλε μια φωνή,
κι είδα μια εμένα να κοιτά με μάτι αγριεμένο,
και μια το πορτοφόλι μου... Μ’ απόμεινα κι εγώ
ένα σταυρόν απάνω της σαν είδα κρεμασμένο.

Ξεχνώντας το καπέλο μου βγήκα σαν τον τρελό,
σαν το τρελό που αδιάκοπα τρικλίζει και χαζεύει,
φέρνοντας μέσα στο αίμα μου μια αρρώστια τρομερή,
που ακόμα βασανιστικά το σώμα μου παιδεύει.

Λένε για μένα οι ναυτικοί που εκάμαμε μαζί
πως χρόνια τώρα με γυναίκα εγώ δεν έχω πέσει,
πως είμαι παλιοτόμαρο και πως τραβάω κοκό.
Μ’ αν ήξεραν οι δύστυχοι, θα με είχαν συγχωρέσει...

Το χέρι τρέμει... Ο πυρετός ... Ξεχάστηκα πολύ,
ασάλευτο ένα Μαραμπού στην όχθη να κοιτάξω,
Κι έτσι και καθώς επίμονα κι εκείνο με κοιτά,
νομίζω πως στη μοναξιά και στη βλακεία του μοιάζω...



Ο ΠΙΛΟΤΟΣ ΝΑΓΚΕΛ

Στον ποιητή Ν. Ράντο



Ο Νάγκελ Χάρμπορ, Νορβηγός πιλότος στο Κολόμπο,
άμα έδινε κανονική πορεία στα καράβια
που φεύγαν για άγνωστους και μακρινούς λιμένες,
κατέβαινε στη βάρκα του βαρύς, συλλογισμένος,
με τα χοντρά τα χέρια του στο στήθος σταυρωμένα,
καπνίζοντας ένα παλιό χωμάτινο τσιμπούκι,
και σε μια γλώσσα βορινή σιγά μονολογώντας
έφευγε μόλις χάνονταν ολότελα τα πλοία.

Ο Νάγκελ Χάρμπορ, πλοίαρχος σε φορτηγά καράβια,
αφού τον κόσμο γύρισεν ολόκληρο, μια μέρα
κουράστηκε κι απόμεινε πιλότος στο Κολόμπο.
Μα πάντα συλλογιζόταν τη μακρινή του χώρα
και τα νησιά που ‘ναι γεμάτα θρύλους, τα Λοφούτεν.
Όμως μια μέρα επέθανε στην πιλοτίνα μέσα
Ξάφνου σαν ξεπροβόδισεν το Steamer Tank « Fjord Folden »
όπου έφευγε καπνίζοντας για τα νησιά Λοφούτεν...



Η ΜΑΪΜΟΥ ΤΟΥ ΙΝ_ΙΚΟΥ ΛΙΜΑΝΙΟΥ




Κάποτε σ’ ένα μακρινό λιμάνι του Ινδικού,
δίνοντας μια πολύχρωμη μεταξωτή γραβάτα
σ’ ένα αράπη, μιαν μικρή αγόρασα μαϊμού
με μάτια γκρίζα, σκοτεινά και πονηρία γεμάτα.

Ένα τσιμπούκι δάγκωνε στο στόμα της χοντρό
και το ‘βγαζε όταν ήθελε μονάχα να φυσήσει
έναν καπνό πολύ βαρύ, που, ως μου ‘πε ο πωλητής,
ήταν οπίου, που από μικρή την είχε συνηθίσει.

Τις πρώτες μέρες μοναχή στης πλώρης μια γωνιά ,
ξερνούσε και με κοίταζε βουβή και λυπημένη,
μα σαν επέρασε καιρός, ερχόταν μοναχή
κι ώρες πολλές στον ώμο μου ξεχνιόταν καθισμένη.

Όταν στη γέφυρα έκανα τη βάρδια της νυχτός
κι η νύστα βασανιστικά τα μάτια μου ετρυπούσε,
στον ώμο κρυώνοντας στεκόταν σκυθρωπή
και σοβαρά μαζί μ’ εμέ τον μπούσουλα εκοιτούσε.

Στα πόρτα της αγόραζα μπανάνες και γλυκά
κι έξω με μι’ άλυσο μικρή την έβγαζα δεμένη
κι αφού σ’όλα καθόμαστε και επίναμε τα μπαρ,
στο φορτηγό γυρίζαμε κι οι δυο μας μεθυσμένοι.

_ε θύμωνε και μου ‘δειχνε πολύ πως μ’αγαπά,
ούτε κακά την άκουσα ποτέ να μου γρυλίσει.
Φαινόταν πως συνήθισε τις κακουχίες και εμέ,
Κι εγώ σαν άνθρωπο την είχα συνηθίσει.

Κάποια φορά που επήγαινα μαζί της σκεφτικός
εξέφυγ' απ’ τα χέρια μου χαρούμενη και πάει.
Είχε προτέρημα πολύ μεγάλο: να σιωπάει.
Μα κάτι είχε απ΄την ύπουλη καρδιά της γυναικός.


i El marabú es un pájaro tropical. Es el pájaro triste y maldito que elige el joven poeta para simbolizarse a sí mismo: de hecho, ha sido una especie de pseudónimo por que fue conocido. Puede encontrarse un paralelo en el “Albatros” de Baudelaire en Las flores del mal “Spleen e ideal”.

iiMarie Bashkirtseff: se refiere a Marija Konstantinovna Bashkirtseva, pintora, escritora y mezzosoprano rusa, nacida en 1858 en Ucrania, vivió exiliada en Francia y murió en París antes de cumplir veintiséis años, en 1884. Feminista avant la lettre, en la Riviera francesa comienza a escribir su Journal a los catorce años: un diario personal que llevó durante toda su vida y que se publicó tras su muerte. Decía en sus páginas: “Si no vivo lo suficiente para ser reconocida, este diario interesará a los naturalistas; siempre es curiosa la vida de una mujer en su día a día, sin afectación, como si nadie en el mundo debiera jamás leerla y al mismo tiempo con la intención de ser leída; estoy segura de que me encontrarán simpática... y digo todo. Si no, ¿para qué? Por lo demás, verán bien que digo todo...”. Hay una traducción española de su diario: Marie Bashkirtseff, Diario
de mi vida, Trad: Bettina Pla, CEAL, 1977.
iii Expresión homérica algo cambiada. “La aurora de rosados dedos” o de “túnica azafranada” es un tópico literario para el amanecer desde la poesía épica griega hasta nuestros días (p.e. Ilíada I 477, etc. Cf. Homero, Ilíada, Biblioteca Básica Gredos,
Madrid 2000, pág. 16).

Nicos Cavadías
NICOS CAVADÍAS (NIKOS KAVVADÍAS) 
(1910, Nikolsk-Ussuriysky, Rusia / 1975, Atenas, Grecia) 
Traducción y notas: David Hernández de la Fuente
Fuente: Universidad Carlos III de Madrid, 




mayo 29, 2020

Sandra Cornejo


Dos mujeres 



En un poema conocí una mujer.
Escribía acerca de un camino perdido 
en la colina.
Dos personas reencontradas.
Leves, subterráneas. Anochecidas ambas.
No era un poema feliz. Sí pleno. 
Escrito en italiano, la lengua del amor. 
¿O de la religión? Bien no recuerdo.
Dos personas, una en la otra,
sentadas a distancia prudente, frente a frente.
Reunidas en la casa de mar y de campiña.
Un diálogo de gestos. De memorias.

Pensé que en el poema, como en la vida, 
por un instante,
reconocemos a los nuestros
para despedirnos,
invariablemente, 
luego.
La poeta, supe después, 
vive en Calabria. En un templo.
Pinta iconos ahí. 
Absorta en sus rituales diarios
y sagrados.
Lejos y a resguardo de lo que, para nosotros, es el mundo.

                                                                                                         (A Mirella Muià)



Sandra Cornejo
De: "Corteza", Prueba de Galera, 2019
Otro poema de SANDRA CORNEJO, aquí
Enlaces:Tuerto Rey | La pecera / Dublin, la ciudad escrita | Los poetas no van al cielo